domingo, 6 de diciembre de 2020

NOVIEMBRE... ¡DE UN VISTAZO! (#11/2020)

Annus horribilis. Y si algo es susceptible de empeorar, sin duda lo hará. El mes de noviembre ha sido demoledor en lo personal. El alcance de la pandemia no solo se restringe al coronavirus y sus consecuencias. También está ocasionando una oleada de daños colaterales de la que se habla poco. Pero, mientras la mayoría de la población está deseando que este año acabe, -aunque mucho me temo que el 2021 aún traerá bastante cola-, y tenemos las esperanzas puestas en la vacuna, la vida sigue su curso. A pesar de haber vivido un mes que no olvidaré jamás, lo literario no ha estado mal del todo. Aquí os lo cuento.


[Para conocer la sinopsis de los libros expuestos 
solo tienes que clicar en cada título o en los enlaces a las reseñas]


Los comprados


Para comprar libros estaba yo. Este mes no he adquirido ninguno. Ya me resarciré. 

Los recibidos

Noviembre fue tan esplendoroso como lo fue octubre. Editorial Planeta lanzó los dos Premios Planeta de este año. Por un lado, Aquitania de Eva García Sáenz de Urturi, que resultó la ganadora. No he leído nada de la autora aún, así que espero estrenarme con ella estas Navidades.





Y la finalista fue Sandra Barneda con Un océano para llegar a ti. Reconozco que el título me gusta mucho, a ver qué tal su interior. De momento, no he leído ninguna opinión sobre el libro. De Barneda solo leí La tierra de las mujeres, que no me hizo mucho tilín. 

La misma editorial publica La gran catástrofe amarilla de J.J. Benítez. Con la muchísima curiosidad que siempre me ha despertado la saga Caballo de Troya, nunca he leído nada del autor. Pero este libro tiene muy buena pinta. Echad un ojo a la sinopsis porque resulta tentador.





Marcos Chicot es un clásico en mi casa. Con cada nueva publicación, el autor se cuela en mis estanterías y siempre es un placer leerlo. El asesinato de Platón ha sido lectura de estas últimas semanas y muy pronto os daré detalles.


Por su parte, la Fundación José Manuel Lara publica tres títulos, siendo uno de ellos una auténtica joya literaria que todo amante de la poesía debe tener. Me refiero a Poemas impersonales de Juan Ramón Jiménez, un poemario que contiene textos inéditos del que os hablé hace unos días aquí.


Y dos títulos más. Por un lado, El síndrome de Diógenes de Juan Ramón Santos que ha resultado ganador de XXXIX Premio de Narración Corta de Novela. Ochenta y ocho páginas de ingenio y toques de novela negra, una sátira que, por la sinopsis, creo que me va a gustar mucho. 




Por otro, Los caballos inocentes de Raúl Quirós Molina, ganador del XXXIX Premio de Novela Felipe Trigo. Esta novela tiene un toque a historia de barrio muy atractiva, una regresión a los años 80 que me parece muy tentadora.

Y es un clásico en estas fechas que Algaida Editores publique sus dos Premios de Novela Ateneo de Sevilla. En la categoría senior, el galardón se lo llevó Blanca Riestra con Últimas noches del edificio San Francisco. Se trata de una historia que nos hará viajar al Tánger de finales de los 50.





En cuanto a la categoría joven, el ganador resultó Alejandro Narden con Horizonte aquí. Curiosamente, esta historia también nos hará viajar a tierras africanas.

Pero si hay un libro que me ha conquistado el corazón, ese ha sido Sevilla. Acuarelas de viaje, editado por Anaya Touring. Con textos de Blanca Espigares Rooney e ilustraciones de Alicia Aradilla, me parece un regalo perfecto no solo para los sevillanos, sino también para todos aquellos que, por un motivo u otro, estén enamorados de esta ciudad. En este vídeo podéis ver el ejemplar con detalle.





Para las entrevistas, y después del parón que tuve por circunstancias personales, llegaron a casa unos cuantos títulos, todos ellos muy dispares pero muy interesantes. Entre ellos está Arena de Miguel Ángel Oeste. Publicada por Tusquets, es una novela que transcurre durante un verano malagueño. Lo de menos son los hechos, pues lo que prima en esta novela son las emociones y sensaciones. La novela está leída y muy pronto tendréis la reseña. 





Otra gran novela que publica Tusquets ha sido Dicen los síntomas de Bárbara Blasco. Con este título, la autora se ha alzado con el XVI Premio Tusquets Editores de Novela 2020. Esta me ha gustado muchísimo y pronto os contaré detalles. También hablé con la autora hace unos días. 

Pero sin duda, me parece un novelón lo último de Vanessa Montfort. La mujer sin nombre (Plaza & Janés) me está sumergiendo en los círculos literarios del Madrid de principios del siglo XX, de la mano de una mujer fascinante, María Lejárraga. Cuando tenga que redactar la reseña, no sé si por dónde voy a empezar. Hablaré con la autora en unos días.





Y también estoy deseando sentarme a leer Rey blanco de Juan Gómez-Jurado (Ediciones B). Aunque tenía entrevista programada, me fue imposible realizarla.  

Muchos sabéis que me encanta el género ilustrado. Se está convirtiendo en un imprescindible para mí. Adoro los libros de María Hesse. Me he leído unos cuantos y todos los disfruto mucho. En esta ocasión, ha lanzado una biografía ilustrada sobre una de las actrices más icónicas de Hollywood. Marilyn. Una biografía (Lumen) es una maravilla. Pronto os hablo de este volumen y publico la entrevista con la autora.





Enfermera Saturada es casi de la familia. Siempre me han divertido sus aventuras y jamás me resisto a cualquier publicación de su autor, Héctor Castiñeira. En esta ocasión, Nosotras, enfermeras (Plaza & Janés), es un volumen mucho más serio pero muy necesario. La entrevista con Castiñeira ya está publicada y pronto os daré detalles del libro.

Pero el coronavirus ha llegado al mundo de la ilustración para quedarse. Esta vez es Enfermera en apuros (Ana Polegre) la que nos habla de las vivencias de sus compañeros en Coronavirus. Historias reales en primera línea de batalla (Zenith Libros). Ya tenéis la entrevista y la reseña publicadas en el blog.





Por último, Henar Álvarez publica La mala leche (Planeta), una novela gráfica sobre los dramas de la vida moderna donde se entremezclan feminismo, maternidad y sexo en clave de un humor irreverente. Será de mis próximas lecturas. 

Los ganados

Poca actividad. Cero oportunidades.  

viernes, 4 de diciembre de 2020

LOS PECES DE LA AMARGURA de Fernando Aramburu

Editorial: Tusquets Editores
Fecha publicación: Septiembre, 2006
Precio:16,00 €
Género: Relatos
Nº Páginas: 242
Encuadernación: Rústica con solapas
ISBN: 9788483103456
[Disponible en eBook y Bolsillo]



Autor

Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) es licenciado en filología hispánica por la Universidad de Zaragoza y desde 1985 reside en Alemania. Fue miembro del Grupo CLOC de Arte y Desarte. Considerado ya como uno de los narradores más destacados en lengua española, es autor de las novelas Fuegos con limón (1996), Los ojos vacíos (2000, Premio Euskadi), que junto con Bami sin sombra (2005) y La gran Marivián (2013) conforman la «Trilogía de Antíbula», El trompetista del Utopía (2003), Viaje con Clara por Alemania (2010), Años lentos (2012, VII Premio Tusquets Editores de Novela y Premio de los Libreros de Madrid) y Ávidas pretensiones (Premio Biblioteca Breve 2014). Como cuentista, además de Los peces de la amargura (2006, XI Premio Mario Vargas Llosa NH, IV Premio Dulce Chacón y Premio Real Academia Española 2008),  ha publicado El vigilante del fiordo (2011). A estos títulos se añaden los ensayos recogidos en Las letras entornadas (2015). En 2016 Fernando Aramburu nos ha entregado con Patria su novela definitiva sobre la vida en Euskadi bajo el terrorismo.

Sinopsis

Es difícil empezar a leer las historias en principio modestas, de una engañosa sencillez de Los peces de la amargura, y no sentirse conmovido, sacudido –a veces, indignado– por la verdad humana de que están hechas, una materia extremadamente dolorosa para tantas y tantas víctimas del crimen basado en la excusa política, pero que sólo un narrador excepcional como Aramburu logra contar de manera verídica y creíble. Un padre se aferra a sus rutinas y aficiones, como cuidar los peces, para sobrellevar el trastorno de una hija hospitalizada e inválida; un matrimonio, fastidiado por el hostigamiento de los fanáticos contra un vecino, esperan y desean que éste se vaya de una vez; un joven recuerda a su compañero de juegos, que luego lo será de atentados; una mujer resiste cuanto puede los asedios y amenazas antes que marcharse... A manera de crónicas o reportajes, de testimonios en primera persona, de cartas o relatos contados a los hijos, Los peces de la amargura recoge fragmentos de vidas en las que sin dramatismo aparente, de manera indirecta o inesperada –es decir eficaz–, asoma la emoción y, con ella, la denuncia y el homenaje.

[Información tomada directamente del ejemplar]


«Patria» es una de las palabras que más ha resonado en este 2020, solo superada por otra que no pienso mencionar. «Patria» ya fue una palabra que sonó mucho en las conversaciones del año 2016, cuando Fernando Aramburu publicó su novela, considerada como la definitiva. De aquel éxito vinieron estos, la novela gráfica firmada por Toni Fejzula y el propio autor (puedes leer la reseña aquí) y la adaptación televisiva producida por HBO, cuya emisión -un total de ocho capítulos- se produjo entre el 27 de septiembre y el 8 de noviembre. Ha sido una serie muy alabada. Me gustó la estructura, la disposición narrativa de la historia, pero no conecté con las actrices y actores que interpretaban a Bittori y a sus hijos. Tampoco me gustó nada la caracterización de Joxe Mari y su madre, una vez que había que mostrarlos más avejentados por el paso de los años. Por cierto, poco he leído sobre el documental Patria: detrás de la serie, tan interesante de ver como la propia serie, y que nos muestra el backstage del rodaje, con intervención del director, actores y miembros del rodaje.

Pero Fernando Aramburu no aborda la temática terrorista por primera vez con Patria. Ya lo hizo en 2006, cuando publicó Los peces de la amargura (Tusquets Editores). Aquel volumen de relatos, que va por su sexta edición, ya contenía los mimbres necesarios para la construcción de su novela más famosa. A lo largo de diez relatos vamos a encontrar todos los elementos que sucumben ante la onda expansiva del terrorismo y los atentados. 

* Los peces de la amargura. Dando título al volumen, este cuento narra la historia de una joven de veintinueve años, víctima colateral de un atentado. A través de un fraseo corto inicial, la historia ahonda sobre la destrucción de la vida, aunque la víctima siga respirando. El manto de la tristeza cubrirá definitivamente a estos personajes, de ahí que cada párrafo termine con la palabra exacta, triste. En el relato, que gana fuerza cuando se narra el atentado y sus consecuencias, conoceremos a Juani, la madre de la víctima, que tanto me ha recordado a Miren, en su trato con Josean (sendos personajes de Patria).


«La hija replicó que nadie contara con ella para formar un hogar feliz». [pág. 21]


* Madres. Con un inicio que recuerda a los cuentos infantiles, este relato narra la historia de la Toñi, una joven madre de tres hijos, cuyo marido -guardia municipal-, fue asesinado por ETA. Si la Toñi sufre por la muerte del esposo, habrá otras madres que también sufrirán por la muerte de sus hijos. ¿Qué dolor pesa más? ¿Cuál es el que merece ser escuchado? En Madres, las amenazas proceden de quienes menos se esperan (como en Patria), de los tuyos, de tu gente, de tus amigos y de tus vecinos, y circularán listas con nombres escritos sobre fondo negro. 


«Era, cómo les explicaría yo..., una mezcla de desánimo y compasión al ver que existen personas convencidas de que, para formar el país de sus sueños, por fuerza hay que causar dolor al prójimo». [pág. 48]


* Maritxu. Y más madres, las que se recorren cientos de kilómetros para llegar a otro punto geográfico del país (extranjero), para visitar a sus cachorros en la cárcel (como hacía Miren en Patria). Son madres que hablan entre ellas, que se apoyan, siguiendo el curso de una exquisita narración dialogada. Madres de gudaris, de guerreros que lo han dado todo por Euskal Herria. Orgullo, aunque a veces asalte la duda. Madres que encuentran justificación en los sucesos de Gernika, y que se sienten apoyadas por la iglesia vasca. Mujeres fuertes. Maridos callados. El cordón umbilical sigue intacto. 


«Miraba a su hijo y no sabía qué decirle»[pág. 74]

 

* Lo mejor eran los pájaros. Pero también las hijas están muy presentes en estos textos, hijas que perdieron a su padre por ser guardia civil. ¿Qué le puede contar una madre a su bebé recién nacido sobre la historia de la familia? ¿Qué se le cuenta a la carne de tu carne, cuando ya te arrancaron un pedazo? Demoledor el diálogo de una madre que le habla a un hijo que aún no entiende. ¡Cuánta verdad en sus palabras!


«Me arrebataron el padre, pero el recuerdo  que guardo de él lo decido yo. Ese recuerdo no es el de un hombre muerto. Tendrían que matarme para borrar su risa en mi memoria». [pág. 85] 


Esto es una simple muestra de lo que contiene Los peces de la amargura. Hay víctimas colaterales, miembros de las Fuerzas de Seguridad asesinados, vecinos que tienen que soportar los ataques de la banda terrorista contra algún inquilino del inmueble, huérfanos que arrastran traumas de la infancia, madres que lloran, hombres señalados con el dedo que no pueden soportar la presión, etarras encarcelados que recuerdan su infancia, cuando jugaban a gudaris utilizando petardos.

El retrato es amplio. El terrorismo en el País Vasco visto desde diferentes ángulos, mostrando un buen ramillete de escenarios posibles. No hay ningún tipo de juicio. Simplemente estamos ante una narración ilustrativa, como el pintor que hace una copia exacta del paisaje que tiene justo enfrente, sin implicarse. Tampoco hay culpables pero víctimas, muchas. Todos los hombres, mujeres y niños que pasan por estas páginas, sean como sean, son víctimas. Incluso el etarra de Golpes en la puerta, víctima de las influencias de su entorno. Como ya pasó en la novela, o al menos a mí me ocurrió, Aramburu muestra el escenario de tal modo que el lector es capaz de entender todas las posturas, sin que por eso lleguemos a justificar la violencia.

Y a diferencia de lo que suelo hacer con los libros de relatos, esta vez me he tomado mi tiempo. No ha sido una lectura que haya acometido del tirón, en un par de días. En esta ocasión, opté por leer el volumen de manera relajada, lo que me ha permitido desconectar entre historias, impedir que los hechos de la previa me influyeran a la hora de adentrarme en la siguiente. En realidad, esta es la mejor manera de leer cuentos y relatos, dándose un respiro entre uno y otro.

Diálogos sin patrón, monólogos interiores, voces indistintas, y el peculiar uso verbal en el diálogo vasco, hay mucho de Patria en estos cuentos. Bueno, más bien al revés. Dedicado a la impureza y un glosario final que nos ayudan a entender ciertos vocablos, esta lectura es la antesala perfecta para luego lanzarse de lleno a la novela. Y si esto último ya lo has hecho, también es el colofón perfecto para esa novela de Aramburu, que marcó un antes y un después en la literatura contemporánea.

Más que recomendable.



[Fuente: Imagen de la cubierta tomada de la web de la editorial]

Puedes adquirirlo aquí:


jueves, 3 de diciembre de 2020

HÉCTOR CASTIÑEIRA: 'Hoy pediría que no volvieran los aplausos y que, a cambio, la población fuera más responsable'

¿He dicho ya que soy fan de Enfermera saturada? Seguro que sí. Me gusta el humor, me gusta el género ilustrado y me gusta pasármelo bien, cuando me siento a leer. Son tres componentes que siempre encuentro en los libros protagonizados por Satu, esa enfermera divertida y guasona, que va dando tumbos de hospital en hospital, y compartiendo con los lectores cualquier anécdota divertida que le ocurra. De Enfermera Saturada, o de Héctor Castiñeira (así se llama su creador) he leído todo lo que se ha publicado: La vida es suero, El tiempo entre suturas, Las uvis de la ira, Suero de una noche de verano, El paciente siempre llama dos veces, El silencio de los goteros, El guardián entre el ibuprofeno. Estos libros, que los lees en una sentada, mientras esperas el autobús o estás en la sala de espera del médico, son como caramelitos dulces que te dejan un fantástico sabor de boca. Hasta la fecha, el humor ha sido siempre la característica principal en las historias escritas por este autor, pero un día llegó una pandemia, y Satu tuvo que ponerse seria. 

La publicación de Nosotras, enfermeras despertó mi curiosidad desde el primer momento. ¿Cómo nos iba a contar Satu, siendo un personaje tan divertido, algo tan serio como una pandemia? ¿De qué modo nos iba a ser partícipes, esta vez, de lo mal que el personal sanitario lo estaban pasando en los hospitales? Hace unos días tuve la oportunidad de hablar con Héctor Castiñeira sobre su última publicación. Se me quedaron muchas preguntas en el tintero, pero ahí van una buen ramillete de ellas. 

[Foto de Archivo. 2017]
Marisa G.- Héctor, este libro era muy necesario, ¿verdad?

Héctor C.- Bueno, yo creo que sí. Qué te voy a decir. Creo que es necesario dejar por escrito todo lo que hemos vivido en los hospitales, todo a lo que nos hemos enfrentado los profesionales. Es importante que toda esa gente, que estaba en sus casas durante la cuarentena, conozca lo que estaba ocurriendo detrás de los muros de los hospitales. Y es especialmente importante que todos aquellos que, a día de hoy, todavía no se toman muy en serio el virus, se conciencien.

M.G.- Pero, el enfoque de esta historia ha tenido que cambiar con respecto a las anteriores. Te habrás tenido que enfrentar a esta desde otro punto de vista. Hablas de cosas muy serias.

H.C.- Totalmente. En este hay que ponerse muy serio. Los libros anteriores son de humor. Hasta ahora, mi experiencia narrativa ha sido con literatura de humor. En realidad, me senté a escribir todo esto sin tener en mente la idea de un libro. Simplemente, necesitaba dejar por escrito todo lo que estaba viendo, y viviendo en el hospital. Era una manera de desahogarme. Luego pensé en volcar todas aquellas anotaciones en un libro pero claro, no podía partir del humor. Era impensable hacer humor con una pandemia, la enfermedad y la muerte. Así que este libro, ha sido también un reto para mí.

M.G.- De todos modos, Héctor, Enfermera saturada es un personaje que se caracteriza por su sentido del humor. Aunque en este libro se aborde una temática muy seria, al personaje se le escapa a veces esa chispa.

H.C.- Sí, hay pequeños toquecitos de humor. Son dosis pequeñitas que también han existido en el hospital, en el día a día de la primera oleada. Era algo muy necesario, que nos ayudaba a sobrellevar todo lo que vivíamos. Pero, desde luego, este libro no se parece en nada a los anteriores. Aquí, el humor es algo anecdótico.

M.G.- Se cuenta en el libro que vivíais como mucha incredulidad, asombro y perplejidad todo lo que nos llegaba desde China. Hay un momento en el que Satu y sus compañeras flipan cuando leen que las enfermeras chinas se rapaban el pelo para que el gorro les encajara mejor. 

H.C.- Es que nos sorprendió un montón. Desde España lo veíamos como si fuéramos espectadores de una película. Por entonces, ver a las asiáticas raparse la cabeza era algo que nos parecía muy lejano, a pesar de la gravedad de los sucesos que estaban ocurriendo allí. En febrero, estábamos convencidos de que el virus no nos iba a llegar, que era algo que estaba pasando a miles de kilómetros y que no iba a alterar nuestro día a día.  Pero llegó. Vimos que era una realidad y tuvimos que cambiar nuestra forma de trabajar y reorganizar el hospital de arriba a abajo.

M.G.- El ciudadano de a pie ha escuchado muchas teorías en estos meses, incluso algunas de carácter conspiranoico. Vosotros, los profesionales, qué pensáis de este virus. ¿De dónde viene esto, Héctor?

H.C.- Mira, es un virus respiratorio como en su día fue el SARS o el MERS. La aparición de coágulos o la pérdida de gusto y olfato son síntomas raros y poco frecuentes en los virus respiratorios, salvo en la Covid-19. Y la neumonía que el coronavirus provoca es un poco más dura que con otros virus respiratorios.

Nosotros no manejamos ninguna teoría extraña sobre el origen de este virus. Creemos que es un virus respiratorio que ha saltado, por lo que parece, del murciélago como otros muchos coronavirus. La parte buena es que cada vez sabemos más cosas de él, pero en la primera oleada nos cogió a todos muy desorientados. 

M.G.- ¿Y os estáis enfrentado a esta segunda oleada, quizá, un poco más relajados?

H.C.- Relajados, no. Sobre todo, por la tendencia de casos. El miedo que tenemos ahora mismo es que los meses de invierno sean tan duros como prevemos que van a ser. Si todo sigue así, lo vamos a empezar a notar en el mes de enero. Confiamos en el quehacer de los políticos y esperemos que los ciudadanos se lo tomen en serio, y apliquen esas cuatro medidas básicas para evitar los contagios.

M.G.- Uf. La esperanza está en que seamos responsables y nos portemos bien, durante las navidades. 

H.C.- Ojalá. Hay que apelar a la responsabilidad individual. Entiendo que son fechas muy importantes, pero que no pasa nada si no nos podemos reunir con la familia  y los amigos esas noches. 

M.G.- Volviendo al libro. Se narran algunas situaciones que Satu vive con algunos pacientes a los que atiende. ¿Esas escenas corresponden a situaciones reales que ha vivido Héctor?

H.C.- Son escenas reales, sí. Lo único que cambia es el nombre de los pacientes. Antonio y Lorena no se llamaban así. La primera paciente que tuve era esa mujer embarazada que vemos en el libro. Tenía un montón de miedo y de dudas, como es lógico. Estaba muy asustada y continuamente nos preguntaba qué le iba a pasar a su hijo. No sabíamos qué decirle. Buscábamos información pero, en todo el mundo, solo encontramos dos casos de mujeres embarazadas con coronavirus. Era todo nuevo y no podíamos darle información.

M.G.- Y viviendo estas cosas en el hospital, ¿cómo hacéis para que luego no os llevéis toda esta carga emocional a casa? ¿Cómo conseguís cerrar los ojos y dormir?

H.C.- Es que no fuimos capaces. De ahí también la idea de escribir el libro. Personalmente, poner por escrito todo esto, me ayudó un poco a sobrellevar toda la dureza que estábamos viviendo. Estamos acostumbrados a trabajar con la vida y la muerte y, en circunstancias normales, ves a muchos pacientes que fallecen, pero lo hacen rodeados de sus seres queridos. Sin embargo, ahora los pacientes fallecen solos, sin la compañía de los suyos. Tú eres la única persona que está a su lado. No eres de la familia, no eres un ser querido, sino un extraño, pero eres la única persona que puede estar ahí, consolándolo. Eso te afecta muchísimo y es muy duro tener que hacer videollamadas de despedida entre el familiar y el paciente. Todo ese peso se te va quedando en la mochila, y llega un momento en que no puedes tirar más. Por eso, hay muchos compañeros de baja y otros tantos están acudiendo a terapia dentro de los mismos hospitales. 

M.G.- Es muy difícil digerir eso. Pero, me quiero centrar ahora en la parte crítica del libro. Habéis estado en primera línea de batalla, sin suficientes equipos de protección, e incluso batallando con ciertos compañeros que eran bastante desaprensivos.

H.C.- El robo siempre es criticable, pero si encima lo perpetra un personal sanitario, dejando a sus propios compañeros totalmente vendidos, eso no tiene nombre. Que a alguien no le importe dejar a sus compañeros desprotegidos ante un contagio es algo muy doloroso.  

En el libro, la crítica está presente porque nos vimos durante unas semanas muy solos y muy abandonados a nuestra suerte. Vimos como el New York Times nos llamaba sanitarios kamikazes. Y es que nos sentíamos así, con bolsas de basura y utilizando la misma mascarilla durante una semana. Usábamos lo único que teníamos a mano. Nos sentimos como peones sustituibles, que iban a la guerra

M.G.- ¿Y ahora os sentís más valorados? ¿Compensaron los aplausos, teniendo en cuenta que, todavía hoy, hay un sector de la población que hace lo que quiere?

H.C.- Hoy pediría que no volvieran los aplausos y que, a cambio, la población fuera más responsable. En cualquier caso, durante aquellas primeras semanas tan duras, los aplausos nos ayudaron mucho. Ver a la gente saliendo a los balcones de manera espontánea, para darlos las gracias y su apoyo, nos hizo sentir que no estábamos solos. En realidad, no había necesidad de dar las gracias porque este es nuestro trabajo pero, lo estábamos pasando tan mal, que nos reconfortó mucho. 

M.G.- En la era de los aplausos, se comentaba que íbamos a convertirnos en mejores personas, que íbamos a cambiar...

H.C.- ¡Uy! (Risas)

M.G.-... pero a estas alturas de la película, eso ya no se lo cree nadie.

H.C.- Con que no salgamos peores, casi que me doy por satisfecho. Es cierto que todos nos esperanzamos, pensando que esto nos iba a enseñar a ser mejores personas pero no... 

M.G.- Somos unos egoístas.

H.C.- Sí, pero ya lo comprobamos en abril. En algunas comunidades de vecinos, los aplausos fueron sustituidos por notitas en las que se pedían a los sanitarios que se fueran a vivir a otro lugar. Es decir, con los aplausos nos agradecían pero oye, no regreses a tu casa después del trabajo. Mejor, vete a otro lugar. Entendemos que se tuviera miedo, pero también había mucho prejuicio e ignorancia.

M.G.- Y tú, que eres embajador de la iniciativa Salud sin bulos, ¿qué me dices de todas las fake news y los bulos que salieron durante aquellos meses? Con esto de los bulos, no termino de comprender qué beneficio se obtiene y qué cabeza es la que maquina todas estas informaciones falsas.

H.C.- Bulos hay todo el año, sobre un montón de enfermedades. Por lo que veo, hay como dos vertientes. Por un lado, está el bulo que busca venderte algo o intenta desprestigiar un marca o un producto en concreto. Por otro, tenemos los bulos que buscan hacer daño porque sí. Por supuesto, el coronavirus no iba a ser inmune a los bulos. Al principio, vimos muchos mensajes que se hacían casi virales, en los que se anunciaba una cura milagrosa, que las instituciones sanitarias no querían difundir, no sé bien por qué oscuro propósito. Ojalá hubieras tenido entonces una cura milagrosa, que hubiera impedido que tantas y tantas personas perdieran la vida. 

M.G.- ¿Y qué me dices de los negacionistas?

H.C.- Es incomprensible que, con tantos fallecidos, con tantas personas que han tenido que ser ingresadas, a las que la Covid-19 les ha dejado secuelas, aún haya personas que digan que esto es mentira, que el virus no existe, y que hay un plan  por parte del personal sanitario. Bueno, si esto es un plan de los sanitarios nos está saliendo muy mal. Muchos se han contagiado en la primera ola, y se siguen contagiando, por no hablar de los que han fallecido. Quiero pensar que todo esto es fruto del miedo, del temor que produce enfrentarse y convivir con un virus nuevo, que nos conduce a una serie de teorías conspiranoicas. Y ahora, con la vacuna, están los que dicen que intentan colocarnos un chip pero, ¿para qué? Si todos llevamos el móvil en el bolsillo y con eso ya estamos más que controlados.

M.G.- (Risas) Es que es alucinante. Bueno Héctor, para ir terminando. A Satu le queda  una larga vida, ¿verdad?

H.C.- Pues espero que sí. Me gustaría que Satu fuera recuperando el humor, pero de momento lo tengo que dejar aparcado. Ojalá el año que viene puede sacar otro título, pero no te puedo decir en qué tono y cómo será. Solo espero que no sea necesario escribir una segunda parte del coronavirus y todo esto se termine pronto.

M.G.- Bueno, material sigues teniendo.

H.C.- Sí, es verdad. Yo sigo llevando esa libretita en la que voy anotando todo lo que me voy encontrando.

M.G.- Pues Héctor, muchas gracias por atenderme y muchas gracias por lo que estáis haciendo por todos nosotros.

H.C.- Gracias a ti por el interés. Y ahí seguimos en los hospitales, atendiendo a los pacientes, y cuidándolos lo mejor que sabemos y lo mejor que podemos.


Sinopsis: Esta es la historia de una enfermera que luchó contra el coronavirus en primera línea, armada con una bolsa de basura y una mascarilla reutilizada. Pero, en realidad, es también la de todos los enfermeros y las enfermeras que plantaron cara al virus, esos a los que la sociedad llamó héroes, y por quienes aplaudía a las ocho, mientras ellos y ellas vivían con el miedo pegado a su espalda. Es el testimonio de sus lágrimas, temores y sacrificios, y a la vez de la inmensa felicidad que sentían cada vez que apagaban un respirador y entregaban el alta a un paciente.

«El primer paciente que atendí con la COVID-19 fue el 5 de marzo de 2020. Creo que esta será una de las fechas que recordaré toda la vida. Hasta ese día, hasta el mismo instante en que tienes frente a ti a una persona contagiada con el virus que está causando tantos estragos, mis compañeras y yo seguíamos pensando que no nos tocaría.

Supongo que una, como mecanismo de defensa, tiende a negar la realidad hasta que la tiene a dos metros de distancia y con un informe del laboratorio con la palabra POSITIVO escrita en mayúsculas. A pesar de todo, y aunque los casos en Italia se contaban ya por miles, seguíamos aferrándonos al hecho de que ese día en nuestro país los confirmados apenas superaban los doscientos y en las plantas de mi hospital los casos no llegaban ni a media docena. No podíamos ni imaginar que acabaríamos ingresando, únicamente en nuestra unidad, a más de trescientos pacientes en solo dos meses. Que en toda España habría más de doscientos cincuenta mil casos confirmados, que en apenas tres meses más de cincuenta mil compañeros y compañeras se contagiarían o que nos dejarían para siempre más de veintiocho mil personas según los datos oficiales.

Con este libro pretendo plasmar, de la forma más fiel posible a la realidad, todas las historias acontecidas durante estos meses para que, a pesar del paso de los años, no se pierdan en el olvido, se reescriban o se desdibujen. Así, quienes no lo han vivido tan de cerca, podrán ser más conscientes de lo que sucedió.»

miércoles, 2 de diciembre de 2020

CANCIÓN DE CUNA (DRAMA - 1994)

Año: 1994

Nacionalidad: España

Director: José Luis Garci

Reparto: Fiorella Faltoyano, Amparo Larrañaga, María Massip, Carmelo Gómez, Maribel Verdú, Alfredo Landa, Virginia Mataix, Diana Peñalver, María Luisa Ponte.

Género: Drama

Sinopsis: Cuando a las puertas de un convento de clausura aparece un cesto con una niña dentro, las monjas sienten despertar su instinto maternal. La superiora y el médico del pueblo, que es el único hombre autorizado a entrar allí, llegan a un acuerdo: él adoptará a la niña, pero se la entregará a las monjas para que la eduquen.

[Fuente: Filmaffinity]


Ayer publicaba en redes sociales una fotografía, mostrando la última novela de Vanessa Montfort, La mujer sin nombre. Se trata de una historia que narra la vida de María de la O Lejárraga, una mujer a la que no se ha hecho la suficiente justicia. Su marido, Gregorio Martínez Sierra, fue un dramaturgo y escritor, al que se le atribuyen como un centenar de obras, como El amor brujo, pero ¿realmente todas eran de su única autoría? Bueno, en la novela de Montfort encontraréis la respuesta. Por mi parte, ya os hablaré con detalles de este libro, pero os adelanto que me parece una maravilla. 

Bien, en esa novela se menciona reiteradamente el título del que vengo a hablaros hoy. Canción de cuna fue escrita por el dramaturgo en 1911 y a él está atribuida, como se recoge en los créditos de la película. Según la novela de Montfort, la idea para escribir el texto surge tras leer en un periódico la noticia de un bebé abandonado a las puertas de un convento de clausura.

De la obra se han hecho diversas adaptaciones, tanto de factura nacional como internacional. La primera que encuentro data del año 1933, una versión estadounidense, dirigida por Mitchell Leisen. En 1953, México lleva a cabo otra adaptación, dirigida por Fernando de Fuentes. Pero, la supuesta obra de Gregorio Martínez Sierra no llega a los cines de nuestro país hasta 1961, de la mano del cineasta José María Elorrieta y con interpretaciones de Lina Rosales, Jaime Avellán, Soledad Miranda, Antonio Garisa. Posteriormente, José Luis Garci vuelve a adaptarla para el cine, en 1994. Es esta versión, que consiguió cinco Goyas (Mejor Actriz Secundaria - María Luisa Ponte; Mejor Fotografía, Mejor Dirección Artística, Mejor Diseño de Vestuario, Mejor Maquillaje y Peluquería) de la que vengo a hablaros hoy. 

La acción se ubica a finales del siglo XIX, en algún lugar de Castilla. No se especifica más detalle. En un viejo convento castellano, donde la vida transcurre entre la quietud, la soledad, la semipenumbra y el silencio, roto esporádicamente por el tañido de la campana que llama al rezo, viven un grupo de monjas de clausura que ven la vida pasar entre sus labores conventuales. Los encajes de bolillo, la recolección de fruta en el huerto, la lectura, la devoción a Dios, las tareas de costura, o la elaboración de las comidas son parte de las actividades a las que las monjas dedican su tiempo. No tienen más contacto con el exterior que el que le procura don José (Alfredo Landa), el médico rural que atiende a las religiosas, único hombre al que se le permite poner un pie más allá de la verja de clausura, a pesar de su agnosticismo. Él será el nexo de unión con la vida que sigue su curso lejos de este lugar, donde la política marca la actualidad, como los esponsales entre miembros de la realeza.

El día que la reverenda madre (Fiorella Faltoyano) celebra su onomástica llega al convento un inesperado regalo. Cuando la monja tornera abre la puerta del santo lugar, haya a un bebé de mes y medio envuelta en mil encajes. La llegada de la niña causa un gran revuelo de tocas y mantillas, y las monjas quedan embelesadas, enamoradas de ese ser diminuto que despierta inmediatamente el instinto maternal de las religiosas. ¿Qué hacer con esa criatura? ¿Deben las monjas hacerse cargo de ella? Seguramente, es hija del pecado, pero se la ve tan inocente... No sin cierta oposición por parte de alguna monja de aparente carácter avinagrado, la solución la tendrá don José. En Canción de cuna conoceremos parte de la vida de ese bebé que, a través de una significativa elipsis, veremos convertida en una jovencita casadera, a la que llamarán Teresa. El inicio y el fin, como la vida; el principio y el final de la niña en el convento.

La trama no se extiende en mostrar la vida conventual. Tampoco se centra en narrar el paso de los años de la niña entre esos muros. No se afana en las rutinas y la rigidez de horarios vespertinos. Ni siquiera contempla las dificultades o alegrías que podrían acarrear la crianza de una niña para unas mujeres, cuyos vientres jamás albergaron vida. Sin embargo, sí incide en la dificultad de las novicias para adaptarse a la dureza de la clausura. Son ellas, las jóvenes novias vestidas de blanco, las que aún tienen ilusiones y ensoñaciones; las que, en algún momento, reciben una reprimenda por haber buscado un resquicio que les haga sentirse vivas. Y como la vida es cíclica, de igual modo será el sentir de estas monjas, que un día vistieron el hábito blanco y, con los años, lo cambiaron por la sobriedad del negro.

Canción de cuna ahonda principalmente en las relaciones entre los personajes, que quedan dibujadas al vuelo pero con suma delicadeza. Parece que don José, un hombre que ha permanecido en la soltería, siente un cariño especial por sus monjas, a las que llegará a sentir como sus hijas. Su afecto alcanza más profundidad en el caso de la reverenda madre Teresa, siempre preocupado por su delicado estado de salud, a la que habla con una dulzura y ternura que conmueve. También es el médico el que aporta algún toque de humor, en sus diálogos con la monja tornera (María Luisa Ponte). 

A su vez, la cinta explora el vínculo entre la joven Teresa con sor Juana de la Cruz, la que se encargó de educar a la niña de forma más directa. Para la muchacha, esta monja ha sido como su madre, su auténtica madre, a la que confiesa sus dudas existenciales. ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? Qué importa todo eso cuando la niña encontró el amor de muchas madres dentro de ese mundo que es tan ajeno a los nuevos adelantos del siglo, o al cambio de modas en el vestir que proceden de París. ¿Qué hay en ese mundo al que Teresa tendrá que hacer frente el día de mañana? ¿Hay también amor? ¿Puede existir la felicidad más allá de los límites del suyo, que lindan con ese río, a cuya orilla la joven pasea?

Amor (el prohibido, el maternal, el carnal, el otorgado a Dios), pero también la amistad, la bondad, el agradecimiento, el sacrificio, son  algunos de los temas que surcan la historia, haciendo hincapié en los misterios del alma humana.

En cuanto al repartocuenta con nombres bien conocidos, desde Fiorella Faltoyano, Amparo Larrañaga, Alfredo Landa y María Luisa Ponte -todos ellos espléndidos en su papel, que interpretan con un cariño que traspasa la pantalla, y muy bien caracterizados para recrear el paso del tiempo- a Maribel Verdú y Carmelo Gómez que, por entonces, tenían veinticuatro y treinta y dos años, respectivamente. Son precisamente estos dos últimos los que menos me han gustado. Verdú porque me parece poco creíble en su papel de adolescente enamorada, y Gómez porque, a pesar de ser un actor que me encanta y cuyo trabajo siempre me gusta, Garci optó por doblarlo (no lo entiendo) y el resultado me ha parecido deplorable. 

Canción de cuna cuenta con una ambientación fabulosa, en la que la luz juega un papel fundamental para crear atmósfera. El convento es ese lugar donde prevalece la semioscuridad, tímidamente interrumpida por los escasos haces de luz que se cuelan entre los muros del vetusto edificio. Y será la luz la gran protagonista en una escena final que conmueve y remueve por dentro.

Por otra parte, la banda sonora está llena de nostalgia y emoción. He leído que el tema central se reitera con frecuencia. Es cierto, pero a mí me parece una melodía tan bella que no me ha importado escucharla una y otra vez. 

Canción de cuna narra una historia sencilla pero con un hermoso toque melancólico, y ejecutada con una gran sensibilidad y una sublime delicadeza. Cuenta con escenas que se quedarán grabadas en tu retina. Es de esas películas para paladear, sin prisas, perdiendo la mirada en los recovecos de un convento en penumbras, como los del alma de sus personajes. Rodada en el Monasterio de Santa María de la Vid y en el Monasterio de Santo Domingo de Silos, en Burgos, es un largometraje lleno de quietud y recogimiento, de gestos, miradas y silencios que lo dicen todo, porque «saber mirar es saber amar».

En definitiva, y en contra los que opinan que es una película cursi, a mí me parece bonita, entrañable, tierna, conmovedora, hecha con amor y delicadeza, que nos transporta a otro mundo en el que la vida transita a otro ritmo.



Escena:                                                                                      Puedes adquirirla aquí:            

     

                                                                                     

martes, 1 de diciembre de 2020

MIGUEL ÁNGEL OESTE: 'Quiero que esta novela ensucie, como ensucia la arena de la playa'

No pudo ser. El novelista Miguel Ángel Oeste tenía previsto visitar Sevilla el pasado día 19 de noviembre para presentar su última novela, a la que ha titulado Arena (Tusquets Editores), pero como viene siendo habitual en los últimos meses, el coronavirus obligó a cancelar el evento.

Arena fue presentada por Oeste al premio Tusquets Editores de Novela en su última edición. No ganó pero aún así, la editorial quiso publicar esta novela que «narra las aventuras de Bruno, que vive su adolescencia marginal entre cervezas calientes, vespinos, tiempo muerto sobre la arena blanca de la playa, cómics, música y novelas, mientras decide su futuro sin contar con la familia».

Con Miguel Ángel Oeste hablamos hace unos días sobre esta novela, en la que resplandece la juventud y el tiempo, dos de las obsesiones del autor.

[Fuente: Planeta de libros]
Marisa G.- Miguel Ángel resulta llamativo la manera en la que se ha publicado esta novela, un poco como a la sombra de esas segundas oportunidades que a veces surgen en la vida.

Miguel A. O.- Como digo, esto ha sido otra forma de ganar. Diría incluso que es hasta mejor porque así me ahorro la presión del premio. 

La editorial Tusquets se ha volcado conmigo. Me han tratado de una forma increíble y estoy realmente contento. Para mí, ha sido muy gratificante publicar con ellos, un sello en el que también figuran nombres como Almudena Grandes, Fernando Aramburu, Daniel Ruiz, Antonio Orejudo, Luis Landero, o escritores extranjeros como Haruki Murakami. A la vez, es una gran responsabilidad. A ver ahora cómo lo recibe el público. De momento, está teniendo buena acogida y eso tranquiliza. 

M.G.- Pues cuéntame el porqué de esta novela. 

M.A.O.- Nunca me planteo un porqué. Ni me lo planteé con la anterior ni con esta. Cuando escribo, lo único que pretendo es indagar y experimentar. Busco sensaciones para comunicar o compartir. Me gustan las historias sobre la juventud. Me gusta leer novelas o ver películas que tienen a gente joven como protagonistas. Creo que la infancia y la juventud nos influyen muchísimo, pero no solo a nivel de vivencias, sino también en relación a todo lo que vemos o escuchamos, a todo lo que leemos. Es una época en la que se configura nuestro carácter, nuestra personalidad.

Los temas que se tratan en esta novela, de los que mejor no hablar mucho, están muy latentes en el texto. No he querido profundizar mucho porque creo que la literatura no debe ser explícita. Es mucho mejor esa literatura que sugiere, que seduce o que provoca sensaciones encontradas.

M.G.- La historia transcurre en Málaga.

M.A.O.- Sí, pero del mismo modo que las novelas de Marsé transcurren en Barcelona. Se trata de un espacio geográfico que conozco bien, y que me ha permitido darle más autenticidad a la historia. En cualquier caso, lo que se narra en Arena podía suceder en otro lugar distinto. 

M.G.- Totalmente de acuerdo. En cualquier caso, ese Málaga, tú Málaga, ya estaba presente en tu primera novela, precisamente por lo que comentas, por conocer bien el escenario.

M.A.O.- Exacto, aunque los escenarios de Arena no tienen nada que ver con lo que son ahora. El espacio geográfico se ha transformado, como también hemos cambiado nosotros. En la novela hablo de una zona de Málaga que para mí era como un universo, donde ocurrían un montón de cosas. Toda Málaga se concentraba en esa playa, desde la mañana a la noche, y allí coincidían gente de distinta clase. Pero no hablo de esos espacios con nostalgia, sino que vuelvo a ellos con una mirada más ambigua, a través de un personaje inocente y tierno, que también experimenta dolor. Bruno es un personaje que se autodestruye pero a la vez tiene reacciones muy emotivas.

Quiero que esta novela ensucie, como ensucia la arena de la playa, con esos granos que se te pegan a la piel y son muy difíciles de quitar.

M.G.- Verano, sol, playa, arena, amigos que se conocen por apodos,...  Muchos de los recuerdos que construyen esta novela parecen tan reales que, inevitablemente, he pensado que has volcado mucho de tu juventud en estas  páginas. 

M.A.O.- Sí, sí. Como dicen algunos buenos escritores, en toda literatura reside algo autobiográfico. En esta novela hay componentes autobiográficos, pero están filtrados o deformados. Arena intenta explorar esa zona más gris de la moral, la incapacidad de comunicarnos cuando somos más jóvenes.

M.G.- Antes has comentado que, cuando escribes, buscas emociones. En todo momento, he tenido la sensación de que te dejas llevar. Aunque hay un hilo narrativo definido, me parece un libro un tanto errático. No solo en la historia en sí, sino también en la estructura, con esos capítulos tan cortos que se alternan con otros mucho más largos. 

M.A.O.- Me interesa mucho la escritura y el lenguaje. La estructura está muy meditada, como también lo está el ritmo. Son las sensaciones de Bruno las que van marcando la pauta. En realidad, lo que les ocurre a los jóvenes durante ese verano es lo de menos. Lo que más importancia tiene son esas emociones que te comento. Por otra parte, he querido ir mucho al grano. En ningún momento he querido lanzarme a hacer descripciones largas y detalladas. 

M.G.- Hemos hablado del espacio geográfico pero no del temporal. Cuéntame algo.

M.A.O.- La historia se desarrolla en el año 92, lo que se deduce de diversas referencias, porque tampoco se menciona de manera explícita. Fue un año que, con la expo y las olimpiadas, España entró en la modernidad. Sin embargo, también había mucha miseria, que se trata de eliminar o, al menos, de enmascarar.

M.G.- Te he leído decir que esta novela ha sufrido un constante proceso de reescritura, alentado por voces muy conocidas de la literatura, como Daniel Ruiz o Juan Bonilla. ¿Qué te han ido aportando cada uno de ellos?

M.A.O.- Juan Bonilla fue mi primer editor y es mi primer lector. Le mando todo lo que escribo porque es muy honesto en su criterio. A Dani le pasé la segunda o la tercera versión, y él me fue comentando lo que le gustaba, lo que creía que funcionaba o no. He tenido muy en cuenta las impresiones de todos los que ha ido leyendo el texto. Creo que uno está demasiado cerca de lo que hace, y siempre se necesita una serie de filtros que te haga ver la historia desde otro punto de vista.

M.G.- En la novela se inciden con frecuencia en diversos conceptos. En las primeras  páginas me llamó mucho la atención el concepto que tiene Bruno sobre la felicidad. Él ve a gente feliz, pero parece que esa felicidad se le escapa de las manos constantemente. 

M.A.O.-  Cuando uno es joven, los referentes siempre están en la familia, en los padres. Pero los padres de Bruno no son un ejemplo a seguir, no son buenos pilares. A él no hay quién lo sostenga, no tiene a nadie y por eso no puede ser feliz. Fíjate que, para él, lo más cercano a un referente es el Pérez, un tipo que vive en la calle, un vagabundo.

M.G.- Y el hecho de venir de una familia desestructurada, ¿lo empuja a buscar refugio en el sexo?

M.A.O.- No, el sexo no es refugio para él. En realidad, es una zona oscura que contribuye a su autodestrucción. En la novela, el sexo es algo muy turbio, que ni siquiera le hace disfrutar. Es algo muy desasosegante, algo muy dañino. Probablemente, el sexo es para él la única forma de sentirse vivo. 

M.G.- Lo que está claro es que Arena es una novela muy sensorial. Hay un montón de referencias al calor, al sudor, a los olores. A veces, he tenido una sensación muy pegajosa.

M.A.O.- He pretendido que sea muy sensitiva, que todas esas sensaciones sean casi como un personaje más. Quería que la lectura fuera emocional, tanto para bien como para mal. No sé si lo he conseguido. Eso lo tiene que decir los lectores. 

M.G.- Miguel Ángel, la publicación de esta novela ha coincidido con otra obra tuya, con un cuento infantil.

M.A.O.- Sí, con Carlota quiere leer. Es muy distinto a la novela, claro. Estoy también muy satisfecho con este cuento, que fomenta el amor por la lectura, y la cultura, lleno de bondad y que además explora el tema de ser diferente. Hemos hecho un vídeo de animación con el que estoy muy contento. Este cuento es algo muy cálido, mientras que Arena es un texto muy frío, aunque se desarrolle en verano.

M.G.- Por terminar, tú que tienes vinculación con el cine, me gustaría preguntarte si crees que el sector logrará recuperarse con facilidad, una vez que consigamos salir de esto

M.A.O.- La cultura está muy penalizada en este país. Si antes de la pandemia ya estaba mal, ahora... Esto ha hecho y está haciendo mucho daño. No sabría decirte si el cine logrará recuperarse o no. Nadie sabe nada. Lo peor es que no hay ningún tipo de apoyo. Sinceramente, soy muy escéptico. Vivimos en una sociedad muy inmediata, donde no se tiene en cuenta ni la educación ni la cultura. ¿Tú crees que van a cambiar las cosas?

M.G.- En su día tenía esperanza, pero ya no. Miguel Ángel, no te robo más tiempo. Lo dejamos aquí. Muchísimas gracias por atenderme y espero que Arena funcione realmente bien.

M.A.O.- Muchas gracias a ti.


Sinopsis: 
Playa, motocicletas, música, cómics y todo un verano por delante en el que el protagonista deberá decidir qué hacer con su vida.

Cervezas calientes, vespinos, tiempo muerto sobre la arena blanca de la playa... Un verano inacabable y pegajoso en algún lugar de la costa malagueña y la sensación de que nada bueno va a salir de la adolescencia marginal de Bruno, quien narra las aventuras propias y las de su grupo de amigos. Y aunque su padre le repite que deje los cómics y las novelas y se matricule en derecho, lo cierto es que ni sus progenitores ni los amigos que éstos frecuentan predican con el ejemplo, y Bruno deberá decidir su futuro sin contar con la familia.

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