miércoles, 23 de noviembre de 2022

CARMEN LAFORET, LA CHICA RARA (DOCUMENTAL - 2015)

Año: 2015

Nacionalidad: España

Director: Ana Pérez De La Fuente, Marta Arribas Veloso

Reparto: --

Género: Documental

Sinopsis: Retrato psicológico de la escritora catalana Carmen Laforet, que huyó del éxito para convertir su actividad creadora en un camino tortuoso. Nacida en Barcelona en 1921, comenzó a escribir su primera novela, 'Nada', a los 22 años y ganó el premio Nadal con ella al año siguiente. Carmen escribe sobre su realidad próxima, su propia experiencia familiar, un mundo oscuro y miserable en la Barcelona de los años 40 con el vacío de la posguerra de fondo. En el documental participan sus hijas Cristina y Marta Cerezales, Carmen Riera, escritora y premio Nacional de las Letras, y la escritora Nuria Amat, además de otras amigas íntimas de la escritora con las que compartió viajes y vivencias, como la actriz Asunción Balaguer o su amiga y biógrafa Roberta Johnson.

[Fuente: Filmaffinity]


Hay libros que nunca se terminan de leer. Una única lectura puede llevarte a descubrir otra obra literaria, un cuadro, una canción, un suceso, un ser humano, un lugar, o una película. De ese modo llegué hace unos días a este documental del que vengo a hablaros hoy. Sí, otro documental. Yo también soy rara como Carmen Laforet lo fue. Por eso me fijo en lo poco habitual, en lo recóndito, en lo que pasa de puntillas. Porque lo pequeño, a veces, es algo enorme. Y llego a este documental a través del libro titulado Un viaje al corazón de Sanmao, editado por Anaya Touring. Un libro de viajes, escrito por dos mujeres, Ana Pérez de la Fuente y Marta Arribas Veloso, las directoras de este documental de 2015.

Carmen Laforet, la chica rara forma parte de esos Imprescindibles emitidos por La 2 de Televisión Española. Programa cultural que se encarga de dibujar la trayectoria de diversas personalidades, del pasado y del presente, y que han destacado en distintos ámbitos. Ahí tenemos a Gregorio Marañón, a Elías Querejeta, a Lola Flores, a Antonio Gades, a Antonio Mingote,... También a Gonzalo Torrente Ballester, a Roberto Bolaño, a Ana María Matute, a Antonio Gala... Y a Carmen Laforet. A veces maldigo mi manía de no ver televisión. Pero, a veces, también bendigo la suerte de llegar al mismo lugar, aunque sea a través de otro camino. El camino de un libro me lleva al camino de este documental, a la vida de Laforet, bellamente retratado a lo largo de casi una hora de proyección.

Carmen Laforet, la chica rara abarca desde aquellos primeros años que la autora vivió en Canarias. La familia seguía al cabeza de familia, un arquitecto que encontró proyección laboral en las islas afortunadas. Era 1923, y Carmen tenía dos años. Disfrutando de un mar al que se escapaba cada vez que podía, le alcanzó la adolescencia allí y también un primer amor. No será el definitivo.

Cuenta este documental que el veneno de la literatura se lo inyectó su madre, maestra sin ejercicio y fallecida prematuramente. La figura de la madre fue sustituida por la de la madrastra. En ocasiones, los personajes de los cuentos son tal cual en la realidad, pero no hay mal que por bien no venga. Laforet gozaba de cierta libertad para entrar y salir, sin tener que dar muchas explicaciones. Siguiendo el rumbo de los años, y buscando precisamente esa libertad que ella tanto anhelaba, la veremos trasladándose a Barcelona para cursar estudios universitarios. Llegó a aquella ciudad, herida de guerra, con más libros que vestidos, para alojarse en casa de sus abuelos.

Nada comenzaba a fraguarse. ¿Autobiografía? Dicen que siempre lo negó. Nada radiografía la posguerra, la desolación de la guerra, el vacío. De esta novela se hizo una película, dirigida por Edgar Neville. ¿Lo sabías? Yo no. A ver cómo hago ahora para poder verla. Decepcionada por no encontrar lo que esperaba, a Barcelona le siguen otras ciudades: Madrid, París, Tánger, Roma y su estancia en Estados Unidos.  Aquí y allá va conociendo gente en su camino. Me resulta muy curiosa la amistad que forjó con la tenista Lilí Álvarez, a la que dedicó una de sus novelas. La vamos a ver también en compañía de Rafael Alberti. Y sabremos de su correspondencia con Ramón J. Sender, al que solo vio personalmente en dos ocasiones.

Obviamente, en Carmen Laforet, la chica rara se hará mención al Premio Nadal, que ella ganó con Nada en su primera edición. Una mujer, tan joven ganando un premio en una esfera más propia de hombres. Manuel Cerezales, con quien se casó y tuvo cinco hijos, fue quien la animó a presentarse al premio. Me parece muy curioso saber de qué manera llegó el manuscrito al jurado. Se recogen las alabanzas que recibió, el éxito de crítica, pero también el desbordamiento que la autora sintió al saberse centro de atención. Guapa y joven, despertaba curiosidad, pero entabló un juego de despiste con la prensa que le hacía pregunta tras pregunta, con las que ella no se sentía cómoda. No tenían nada que ver con la literatura, con el proceso creativo, con los libros.

Tras un irrefutable éxito como el de Nada, ¿a qué vértigo se enfrenta un autor? Habrá espacio en este documental para el resto de sus obras, como La isla y los demonios; La mujer nueva, con el que ganó el Premio Nacional de Literatura en 1954; y la trilogía Tres pasos fuera del tiempo, que no llegó a culminar, compuesta por La insolación, Al volver la esquina y Jaque mate. Ella solo vio publicada La insolación. Tras su muerte, fueron sus hijos los que hicieron llegar la segunda entrega a la editorial. Con respecto a la tercera, se desconoce si llegó a existir o no, si sigue en un cajón. Se dice en este documental que siempre tuvo miedo de no alcanzar lo que quería a través de sus libros. Debió de ser una mujer muy perfeccionista, que se exigía mucho a sí misma. Y ese miedo la llevó a la desgana, a dejar de escribir, a no conceder entrevistas, a no ver a nadie. Hasta que llegó la enfermedad y con ella, la muerte a los 82 años.

Poco a poco, minuto a minuto, la vida de la autora catalana se va desgranando. Un narrador en off, que simula su propia voz, nos irá desvelando lo más íntimo y personal. Se aislaba en casas en mitad de la sierra para escribir. Fumaba, escribía, rompía lo escrito. Ni siquiera era consciente de que hacía frío. La chimenea siempre apagada. Pero también podremos oír a sus hijas -Cristina y Carmen, a autoras como Carmen Riera o Nuria Amat, la actriz Asunción Balaguer, o a su biógrafa Roberta Johnson. 

Qué fácil es aprender leyendo. Qué fácil es también oyendo y viendo. Asomarse a este tipo de trabajos audiovisuales, a este retrato de la vida de Carmen Laforet, es un acicate que me empuja a las novelas de la autora. Confieso que nunca he leído nada de Carmen Laforet. Confieso que su Nada descansa a escasos pasos del lugar en el estoy ahora sentada. Me levanto y cojo en mis manos el libro, una vieja edición que El Mundo publicó bajo la colección Las 100 mejores novelas en castellano del siglo XX. Lo abro y me sorprende encontrar un marca-páginas señalando la página 42. ¿Comencé a leerlo alguna vez? No lo recuerdo. Quizá sí. Y quizá vaya siendo hora de concluir la lectura.

El documental Carmen Laforet, la chica rara, apelativo que por cierto usaba Carmen Martín Gaite para definir a las mujeres inconformistas, lo tienes íntegramente en Youtube. Yo te lo dejo aquí, a tu alcance, para que lo veas si te apetece. Te gustará saber más de esta autora, en cuyas fotografías en blanco y negro, en plena juventud, se la ve con la mirada alegre, el cigarrillo entre sus dedos y las ondas en su cabello. Parecía una actriz de Hollywood.



martes, 22 de noviembre de 2022

HÉCTOR ABAD FACIOLINCE: ❝Soy un escritor que sabe muy poquito❞

Sigo enganchada a aquel El olvido que seremos. Y es que hay lecturas que marcan para toda la vida, que se te pegan a la piel, y ya no hay forma humana de desprenderte de ellas. Tengo muy vívidas las sensaciones que sentí al leer aquella novela, aquel invierno de club de lectura, en el que nos reuníamos un grupo copioso e interesante de lectores. Recuerdo lo que opinaron mis compañeros, tan impresionados como yo. Me recuerdo también buscando más información sobre aquel autor, Héctor Abad Faciolince, y sobre su padre, Héctor Abad Gómez. Empapándome de su vida, examinando las fotografías y los artículos que me arrojaba Internet. Recuerdo lo mucho que celebré cuando supe de la adaptación al cine, lo que me alegré al saber que Javier Cámara daría vida a ese doctor tan humanitario. Me recuerdo viendo la película. Que nada ni nadie me distrajera. 

Al conocer que Héctor Abad Faciolince visitaría Sevilla para promocionar su último trabajo, Salvo mi corazón, todo está bien, y que me podría sentar a conversar con él, pensé que los diez años que llevo al frente de este espacio, dejándome guiar únicamente por lo que dicta mi corazón, haciéndolo lo mejor que puedo con los pocos recursos y conocimientos a mi alcance, dedicándole horas que no tengo, bien merecían la pena por encuentros como este. Así que, hace unas semanas, yo con mis nervios y él con el cansancio natural por estas lides, el milagro se fraguó. Aquí os dejo nuestra conversación. 

Marisa G.- Héctor, por empezar por el principio, por el título. Salvo mi corazón, todo está bien es un verso. Ya usó uno de Borges, en El olvido que seremos. Ahora le toca el turno a Eduardo Carranza.

Héctor A.F.- Sí, como los poetas usan el lenguaje de una manera muy condensada y eficaz, tienen que escoger muy bien las palabras. He usado versos de poetas muchas veces para los títulos. Cuando estoy escribiendo un libro, leo mucha poesía porque es un alimento maravilloso para la prosa y, a veces, leyendo poesía, encuentro el verso adecuado para titular el libro.

M.G.- En esta novela, usted cuenta, a través de la voz de un cura, la historia de otro que está a la espera de un trasplante de corazón. El narrador, Aurelio Sánchez. El que espera el trasplante es Luis Córdoba. Es un relato con visos de realidad porque usted conoció a estos dos personajes, a estas dos personas. ¿Por qué contar esta historia? En un momento de la novela se dice que la enfermedad de Luis es el origen de este relato.

H.A.F.- Sí. La novela es un trasplante de la realidad a la ficción. Conocí a Luis Alberto Álvarez, la persona real en la que se inspira el personaje de Luis Córdoba. Lo conocí en los años 70, en el siglo pasado, en un curso de cineclub sobre neorealismo italiano. Ni siquiera sabía que era cura porque no se vestía con sotana. Supe que era cura mucho tiempo después. Era un hombre que transmitía, que contagiaba un entusiasmo extraordinario por el cine, por la música, por el arte. Era un hombre lleno de vitalidad y de entusiasmo. Pero muchos años después, cuando éramos mucho más amigos y compartíamos grandes comidas, se enfermó del corazón. No podía seguir viviendo en la casa donde vivía porque tenía muchas escaleras y se fue a vivir a la casa de una mujer, madre de dos hijos, que acababa de ser abandonada por su marido. La situación de un sacerdote que entraba a vivir a una casa, y que ocupaba el lugar del padre de familia que se había ido, me pareció el símbolo de algo. ¿De qué? No lo sé, pero pensé en escribir esa historia. 

Finalmente, en la pandemia, cuando todos parecíamos estar enfermos de algo que nos podía matar, como los enfermos del corazón, encontré el ambiente y la forma mental adecuada de la época, para escribir una historia de amenaza de muerte y de enfermedad.

M.G.- ¿Y por qué decidió cambiar los nombres?

H.A.F.- Porque no es una biografía de Luis Alberto Álvarez. Esta novela es lo que muchas personas me contaron sobre él, lo que yo recordaba de él. Muchas personas que hablaban de situaciones iguales me contaban historias distintas. Por un lado, confirmé algo que yo ya sabía, que la memoria es muy frágil y muy fabuladora, que uno, al recordar, involuntariamente inventa. Si dos personas cuentan lo mismo de dos maneras muy distintas, están inventando. No es que mientan, es que no se dan cuenta de que recuerdan de forma diferente. Eso por un lado. Y por otro, cuando el cura de la realidad se va a vivir a esa casa, con dos mujeres y tres niños, sin padre y sin esposo, y se cierra esa puerta, lo que ocurrió dentro de esa casa, yo no lo sé, ni nadie me lo pudo contar. En la novela, lo que pasó dentro de esa casa es algo que yo completo con mi imaginación. Por lo tanto, no tengo derecho a llamar esto de otra forma que no sea novela y por eso también, les tengo que cambiar los nombres a las personas involucradas.

M.G.- En cualquier caso, Luis Alberto Álvarez, al que llamaban el Gordo porque era una persona de constitución grande, no era un cura al uso. Por lo que se cuenta de él en la novela y por lo que se deduce del texto, no trataba de captar ni evangelizar, y prefería enseñar a través de sus pasiones, el cine y la literatura, antes que a través de las Sagradas Escrituras.

H.A.F.- Tengo entendido que en Sevilla también hubo un cura así.

M.G.- Sí, se menciona en la novela, Manuel Alcalá. 

H.A.F.- De Alcalá oí hablar a un político, a un ministro de Felipe González, a Alfonso Guerra, quien decía que Alcalá tenía un cineclub y le había enseñado a ver cine. 

Creo que ha habido curas así. Los mismos maestros de Luis Alberto en Roma eran hombres así, curas jesuitas muy abiertos a ese último arte, y a ese arte nuevo de la cinematografía, fascinados por él, que le abrieron los ojos. En el cine se conjugaban las artes del oído y de la vista.

Soy ateo pero reconozco que, dentro de la Iglesia, en la arquitectura de las catedrales, en la pintura religiosa, y en la música sacra, se han producido algunas de las obras de arte más maravillosas, más eternas, más inmortales de la historia del arte del ser humano. Entonces, asociar a estos curas con mi novela, con una novela sobre el cine y sobre todo, sobre la ópera, me parecía bien. 

M.G.- Luis Alberto Álvarez o su personaje, Luis Córdoba, era crítico de cine. En la novela se incluyen algunas de sus críticas. Por ejemplo, Pulp Fiction no sale muy bien parada. ¿Esos textos corresponden con la realidad?

H.A.F.- Luis Alberto Álvarez tenía una página de cine, todos los domingos, en el periódico de mi ciudad. Al final de su vida, se publicaron dos tomos con sus críticas cinematográficas. Poco después de su muerte, yo mismo, siendo editor en la editorial de la Universidad de Antioquia, publiqué el tercer tomo de sus últimas críticas de cine. Los tres libros se llaman igual: Páginas de Cine 1, Páginas de Cine 2, Páginas de Cine 3. Cuando él habla de cine, cuando se refiere a algunas películas, muchas veces, y sin comillas, lo que la novela presenta como un diálogo ficticio, en realidad está tomado literalmente, o casi literalmente de las críticas que él escribía. 

M.G.- Hay muchas referencias cinematográficas a lo largo de toda la novela. No sé si estas corresponden a las propias del autor, o a las de Luis Alberto Álvarez. 

H.A.F.- En realidad, soy un escritor que sabe muy poquito. No sé nada de curas. No sé nada de ópera. Sé muy poquito de cine. Lo que sé de literatura se me ha olvidado. Lo que escribo lo hago con la ayuda de mis amigos. Por ejemplo, un amigo me contó que Álvarez organizó el único festival de cine infantil que hubo en Medellín, pero ese amigo no se acordaba de qué películas se proyectaron. Entonces, llamé a mi amigo Fernando Trueba y le conté que estaba escribiendo una novela en la que aparecía un festival de cine infantil, y le pedí que me dijera las diez películas que él consideraba que eran apropiadas para niños, y él me las dijo. Y, como no sé nada de ópera pero el escritor mexicano Jorge Volpi es un gran experto en ópera, hablé con él y me sugirió algunas partes de óperas que podían venir bien para la novela. 

Mi ignorancia, que es muy grande, la puedo suplir con amigos mucho más cultos que yo, y eso queda mucho mejor que si usara mi propio cerebro. Me apoyo en otros.

M.G.- Al margen de Luis Córdoba y el narrador, hay un tercer personaje, Joaquín. Él es el exmarido de Teresa, la señora que acoge en su casa a Luis, una vez que está esperando el trasplante. Quizá me equivoque, Héctor, pero este Joaquín comparte ciertas similitudes con su propia vida. Joaquín también tiene un problema de corazón, como lo ha tenido usted, es ateo, su madre es creyente, su esposa era italiana. Hay ciertos paralelismos.

H.A.F.- Sí, hay cosas tomadas de mí y otras no. Soy bastante ridículo pero Joaquín es más ridículo que yo. Un personaje puede ser uno mismo mejorado o caricaturizado. En mis novelas, hay personajes que se parecen a mí pero que son mucho mejores que yo. Son más cultos, más inteligentes, más altos, más guapos, más agradables que yo pero, en este caso, Joaquín soy yo mismo pero empeorado, disminuido, más frívolo, más superficial, más tonto,... Soy yo pero empeorado.

M.G.- Este libro no solo retrata la historia del personaje, de Luis Córdoba, sino que la novela también sirve de vehículo para hablar de otros temas como la familia, la paternidad, la amistad, la lealtad, el amor,... Es decir, es una novela en la que se habla de muchos temas universales.

H.A.F.- Sí. No es algo que yo haya hecho de forma deliberada pero, cuando uno cuenta una historia, así no tenga una aproximación sociológica, ni teológica, ni quiera demostrar nada, inevitablemente, los temas acuciantes de la sociedad en la que uno vive terminan por aparecer. 

Si la institución familiar está en crisis, si otros tipos de familias surgen y se proponen como alternativas válidas y respetables, aparecen en la novela. Sin querer demostrar nada, pero sabiendo que hay muchos curas que son homosexuales, pues es normal que también aparezcan. Si en Colombia  hay una gran crisis de paternidad y responsabilidad, de padres ausentes, también aparece. Pero todo esto es involuntario. Es como si fuera el espíritu de los tiempos que, irremediablemente impregna las historias que uno escribe, aunque no se quiera. 

Sin hacer sociología y sin tratar de demostrar nada, lo que quiero sencillamente es contar historias claras y simples, pero son historias que se contaminan de la realidad que yo vivo. 


[Si prefieres escuchar nuestra conversación, dale al play]

M.G.- El narrador también es cura y es homosexual, lo dice abiertamente. Hay un momento en el que él confiesa que entró en la iglesia como remedio para la concupiscencia. En ese momento pensé, ¿esto no es igual que los matrimonios en crisis que tienen hijos para arreglar sus problemas?

H.A.F.- Es algo que, aparentemente, está en la iglesia desde San Pablo. Hay un libro de una teóloga alemana que se llama Eunucos para el Reino de los Cielos, -creo que es una frase de San Pablo que aparece en una de sus epístolas-. Es una frase en la que la iglesia se basa tardíamente para establecer el celibato sacerdotal como algo obligatorio. Muchas vocaciones no son absolutamente sinceras por las ganas de ayudar al prójimo o de adorar a Dios sino que, en muchos casos, es para resolver un problema económico, para que en una familia haya menos bocas que alimentar, para que además el hijo reciba una buena educación en el seminario. Y ahí se meten, sin tener vocación religiosa. Y otros, sobre todo en el siglo pasado, cuando la homosexualidad estaba muy mal vista, cuando eran rechazados por las familias, y socialmente abominados y perseguidos, muchachos que sentían esas pulsiones y eran muy creyentes, vieron conveniente meterse a cura, refugiarse en los hábitos, recubrirse del prestigio del sacerdocio, ser casto, no ejercer su homosexualidad, y resolver ese dilema moral. Como teoría, como idea de sublimación y como propósito, es bonito pero en realidad, para muchos de ellos aquello era totalmente impracticable. Creo que ese es el origen de las muchas hipocresías que hay dentro de la Iglesia y de las muchas neurosis que el celibato obligatorio produce, ya sea en curas heterosexuales o curas homosexuales. Es una imposición tardía, que en el cristianismo primitivo no estaba, ni en el judaísmo, ni en las iglesias orientales, creencias que yo respeto. Si alguien quiere ser célibe me parece perfecto, como el que quiere ser soltero o vegetariano, el problema es cuando no es voluntario sino obligatorio para todos los que se metan en esta institución.

M.G.- ¿Está cambiando la Iglesia? El Papa actual se ha pronunciado en algunos asuntos delicados.

H.A.F.- Sí, la Iglesia quiere dar la impresión de ser una institución sólida e inmodificable, que no cambia a lo largo de la historia. Sin embargo, en mi propia historia me he dado cuenta de cómo ha cambiado la aproximación de la Iglesia con respecto a, por ejemplo, los suicidas. Ha aumentado la compasión de la Iglesia. Antes, el suicidio era totalmente abominable y el suicida era alguien que se condenaba automáticamente. Todavía hay pueblos africanos en los que el suicidio es castigado con la pena de muerte. En la Iglesia era castigado con el infierno inmediato. Era como una excomunión póstuma. No se les podía dar una misa, ni enterrar en camposanto. Pero se ha vuelto más compasiva con el suicida y con la familia que sobrevive al suicida. 

Este Papa también ha desarrollado posturas más compasivas, que alimentan menos el sufrimiento humano. Cuando el Papa dice que él no es nadie para juzgar a los homosexuales, cuando él dice que conoce a algunos ateos que son mejores personas que muchos creyentes, aunque eso suene herético y abominable para los católicos, está contribuyendo a que haya una Iglesia menos despiadada, menos tolerante.

Los curas de mi novela, cuando aceptan familias distintas, compuestas por dos hombres, por dos mujeres, familias unidas por el amor y no se les juzga, están dando un paso todavía más adelante en una religión que, basada en el amor, debería ser muchísimo más abierta. No es que yo le pueda dar consejos a la Iglesia, no pertenezco a ella, pero me parece que cualquier acto humano que disminuya el sufrimiento es benéfico para la civilización y para la humanidad. Ojalá la Iglesia diera pasos así, a favor de la tolerancia, la apertura, y el respeto por cualquier manifestación amorosa.

M.G.- Estamos hablando de temas muy serios, de enfermedad, de muerte, pero también es una novela a la que no le falta el humor. Hay momentos en los que me lo he pasado muy bien.

H.A.F.- Menos mal, ¿cuándo te reíste?

M.G.-  Pues en diversos momentos porque Luis Córdoba es un personaje peculiar y que sorprende.

H.A.F.- Sí, yo quería eso también. Él hacía reír porque era simpático e irónico. La tristeza, la preocupación, la enfermedad tienen que ir mezclados con el humor porque si no la vida se vuelve sin espesor y sin belleza.

M.G.- Como Luis Córdoba tiene un problema de corazón, en un momento dado usted profundiza mucho en la novela, sobre el funcionamiento de este órgano y sus patologías. Aporta muchos datos, con lo cual, creo que se habrá tenido que documentar bastante. Hasta tal punto que el narrador le dice al lector que si se quiere saltarse toda esa información es libre de hacerlo.

H.A.F.- Sí. Es algo que he hecho en muchas de mis novelas. Hay trozos en mis novelas que son digresiones, ampliaciones de algo. A mí me gustan particularmente. Sin embargo, sé que a algunos lectores no lo disfrutan porque quieren la narración pura y dura. Esas digresiones casi siempre son un poco más ensayísticas. Me gustan cuando las leo en otras novelas porque siempre me gusta aprender. 

Para esta novela, me documenté bastante. Leí muchos libros y no exactamente de cardiología, pero sí de divulgación científica sobre el corazón porque mi protagonista tenía una insuficiencia cardíaca y porque yo mismo tenía un problema cardíaco. Estaba muy obsesionado con ese órgano, tan importante que está en la mitad del pecho. Quería entender su funcionamiento. Pensé que algunos de mis lectores podían estar interesados, aunque fuera por mera curiosidad, en saber cómo funciona ese músculo y esa bomba que nos mantiene vivos. Para mí es muy interesante pero si tengo a una lectora o a un lector que solamente le interesa la trama, pues entonces le permito que se lo salte.

M.G.- Me parece muy curioso cómo titula los capítulos, empleando letras del abecedario -A, B, C,-. ¿A qué se debe?

H.A.F.- Hay un motivo secreto. En el capítulo A, el nombre del tema fundamental y secreto de ese capítulo empieza por A. En el capítulo B, igual... Y así. En la Ñ y en la X, las letras forman parte de la palabra importante del capítulo. Quise hacerlo así, como una especie de acertijo para que los profesores se diviertan buscando esa palabra. (Ríe)

M.G.- Mientras escribía esta novela, y como ha comentado, usted sufrió problemas de corazón, al igual que el protagonista. Pero esta escritura también le ha debido de reportar emociones más bonitas porque, si no me equivoco, parte de la novela la escribió en la misma habitación que se escribió Cien años de soledad.

H.A.F.- En la misma habitación, no, porque Cien años de soledad se escribió en una habitación del piso de abajo de esa casa, donde me dieron una beca. Es un cuartito muy pequeño, al que García Márquez le decía la Cueva de la Mafia. En cambio a mí me dieron la habitación más grande de la casa, que fue el dormitorio donde él y Mercedes dormían, que además tenía baño propio. Yo tenía una habitación muy buena y muy luminosa, que miraba a un patio con mucha luz. Estaba muy bien.

García Márquez creía en los fantasmas. Cuando quiso comprar una casa en Cartagena de Indias no fue capaz de comprar ninguna vieja porque decía que esas casas estaban llenas de fantasmas. Él era muy miedoso y muy supersticioso. Pero yo no creo en nada de eso y, sin embargo, cuando residía en la casa en la que me dieron la beca, supersticiosamente pensaba que allí sí estaba el fantasma de García Márquez, pero porque había un perro que no hacía más que ladrar y yo pensaba que él se había reencarnado en ese perro. Cuando en mi novela ladra un perro, en mi mente es el fantasma de García Márquez, protestando por mi indigna presencia.

M.G.- (Risas) Como última pregunta. Siempre pregunto a los autores el porqué de una novela concreta pero nunca les he preguntado por qué escriben, en general. Creo que es una buena pregunta para usted. ¿Por qué escribe Héctor Abad Faciolince?

H.A.F.- A los trece años resolví que quería dedicar mi vida a lo que más me gustaba, el mundo de la lectura y de los libros. Pensé que el horizonte más probable de ese deseo era el fracaso porque la mayoría de los escritores que hay, somos escritores fracasados. Yo también he sido un escritor fracasado en muchos periodos de mi vida. Pero siempre pensé que me dedicaría a los libros. Así que, lo primero que hice, estando estudiando en la universidad, fue escribir reseñas de libros. Al salir de la universidad, empecé a traducir libros. Después fui editor de libros y así fue como edité el último libro del Gordo. Luego fui librero, un fracaso porque no sirvo para el comercio. Después volví a ser otra vez editor y luego, bibliotecario. También fundé con mi esposa una pequeña editorial. Mientras todo esto ocurre, decido ser lector de libros y, cuando soy capaz, escritor. A veces, fracaso. A veces, no. Pero esa es la vida con la que siempre soñé. Si nunca hubiera editado y escrito libros que se leyeran, si nunca me hubieran invitado a Sevilla para presentar un libro -algo con lo que ni soñaba-, tenía claro que por lo menos iba a hacer algo relacionado con ese mundo. Estar al lado de los libros es un sueño cumplido

M.G.- A veces, los sueños se cumplen, Héctor. Y aquí está usted, en Sevilla, para presentar esta novela, Salvo mi corazón, todo está bien. Le agradezco muchísimo que me haya atendido.

H.A.F.- Un placer.

Sinopsis: El sacerdote Luis Córdoba está a la espera de un trasplante de corazón. Es un cura amable, alto, gordo, pero su mismo tamaño hace que no sea fácil encontrar un donante. Como los médicos le aconsejan reposo y su residencia tiene muchas escaleras, recibe hospedaje en una casa donde viven dos mujeres, una de ellas recién separada, y tres niños. Córdoba, que es bueno y culto —crítico de cine y experto en ópera—, goza compartiendo lo que sabe con las mujeres sin esposo y los niños sin padre. Pronto se ve envuelto y fascinado por la vida familiar y, sin pretenderlo, empieza a desempeñar el papel de paterfamilias y a replantearse sus opciones de vida.

Salvo mi corazón, todo está bien es la historia de un sacerdote bondadoso —inspirado en un cura real— que pone a prueba sus creencias y su optimismo inquebrantable en un mundo hostil. Su crisis existencial, en medio de personajes llenos de ganas de vivir, nos muestra una visión del matrimonio como una fortaleza sitiada: los que están dentro quieren salir, y los que están fuera quieren entrar.

viernes, 18 de noviembre de 2022

NO HAY BISONTES EN LOS VALLES DE AMAPOLAS de María Jesús Puchalt

Editorial: Sargantana
Fecha publicación: abril, 2022
Precio: 18,90 €
Género: narrativa
Nº Páginas: 438
Encuadernación: Tapa blanda con sobrecubierta
ISBN: 978-84-18552-67-0

Autora

María Jesús Puchalt reside con su familia en su Valencia natal, de donde no le gustaría alejarse porque, como ella dice, puede ver el mar. Es licenciada en Derecho y su vida profesional ha estado vinculada los últimos veinte años a la Administración pública, especialmente a la gestión cultural. 

Al frente de l'Institució Alfons el Magnànim creó el Premio de Novela Negra de la Diputación de Valencia y ha presidido diversos jurados tanto de narrativa como de poesía. Ha escrito artículos para la prensa local y es autora de varios cuentos infantiles.

En la actualidad se encuentra totalmente volcada en la literatura, es miembro del jurado del Premio de Narrativa del Ateneo Mercantil de Valencia, colabora como lectora de manuscritos en una agencia literaria, imparte talleres de escritura y  participa en varios clubs de lectura mientras cumple uno de sus sueños: finalizar el grado en Lengua y Literatura Española.

Mar de azahar fue su primera novela publicada (Editorial Versátil).

También es coautora de la obra 15 miradas a la libertad (Arcopress Ediciones, Almuzara)

Sinopsis

Los Estevill son una familia llena de sombras, contrastes y paralelismos; personajes complejos que se afanan en esconder su verdadera identidad.

A su llegada a Valencia, Blanca se reencontrará con su abuelo materno, Fernando Estevill, coronel médico del Ejército de Tierra. En él se refugiará para mitigar el dolor por la reciente muerte de su madre, Soledad. En torno a su recuerdo, ambos tejerán un vínculo muy especial. En plena adolescencia, Blanca conocerá a su abuela Pepa, una mujer acibarada y distante que se mueve entre rosarios y remordimientos, pero… ¿quién es Pepa en realidad? ¿Cuál es la causa de su amargura?

De la mano de Blanca, el lector descubrirá un entramado de verdades y mentiras que solo podrá superarse en ese latente universo en el que ella y su abuela convergen. Una historia de pérdidas, abuso y mucha culpa, pero también un grito de esperanza en un mundo de amapolas, bisontes, chicharras y mariposas azules que a veces, solo a veces, te muestran el camino hacia la victoria.

[Información tomada directamente del ejemplar]



A María Jesús Puchalt la conocí cuando publicó Mar de azahar. Fue en el año 2016 y, por entonces, tuve la oportunidad de hablar con ella (puedes leer la entrevista aquí). Han pasado más de cinco años para ver otra novela firmada por la que fue la artífice del Premio de Novela Negra de la Diputación de Valencia. Bajo el curioso título de No hay bisontes en los valles de amapolas, Puchalt narra la historia de la joven Blanca, una novela con aromas de otros tiempos, publicada por la editorial Sargantana. 

La novela se inicia en el año 1986, arrancando la acción en la ciudad de Teruel. Blanca Martínez es una joven huérfana. Su madre Soledad, con la que tenía un vínculo muy especial, ha fallecido y la familia al completo, es decir, Blanca junto a su padre Manuel y a su abuela Carmen, deciden mudarse a Valencia. Allí le espera otra parte de la familia, los abuelos maternos -Fernando y Pepa-, con los que ha mantenido una relación desigual. Pero también tendrá la oportunidad de conocer el mar, del que tanto le había hablado su madre. 

«Los tres huían de un pasado que les atormentaba para dirigirse a un destino que les hacía tambalearse de puro vértigo, pero al que no tenían más remedio que aferrarse con todas sus fuerzas». [pág. 18]

Para la joven, mudarse es un auténtico drama. Atrás deja su casa de la calle Barón, en cuyo balcón su madre pasaba horas contemplando el infinito. Demasiados recuerdos que empaquetar para trasladar a otro lugar. Deja también las tiendas del barrio, su colegio, sus amigas y, con todo el dolor de su corazón, también deja a Alberto, el joven del que está enamorada. ¿Cómo es posible que le hagan algo así, cuando estaba empezando a conocer el amor? Pero la familia busca un nuevo inicio en Valencia, una nueva vida, que les sirva para tratar de desprenderse del dolor y la ausencia que ha dejado la muerte de Soledad. Otra cosa es que lo consigan. 

La llegada a Valencia no resulta fácil. Aunque la casa en la que se alojan es muy bonita y ella se siente cómoda en su interior, no deja de ser un lugar extraño y nuevo para Blanca. Pero inmediatamente la joven entabla amistad con Amparo, la hija de una vecina del inmueble. Ella se convertirá en un apoyo fundamental e incondicional para el resto de su vida. Por otra parte, visitar a sus abuelos maternos es algo que inicialmente no agrada mucho a la joven. Bueno, no es agradable por la abuela Pepa. La relación entre su padre y esta abuela nunca fue buena. De hecho, Blanca no ha visto nunca a su abuela. Pepa jamás aceptó el matrimonio de su hija Soledad con Manuel. No fue a la boda, ni tampoco fue al sepelio. Pepa es una mujer severa, recta, seria y tan distante que cuesta trabajo conectar con ella.

«Aquella mujer no solo era distante, sino que su corazón parecía tan duro como las rocas que había en la explanada de Teruel donde saltaba a la comba». [pág. 31]

En cambio, Fernando tiene un carácter totalmente distinto. Blanca siempre tuvo una relación muy estrecha con su abuelo materno, quien se desplazaba desde Valencia a Teruel con frecuencia para visitar a su nieta. Ahora que están juntos, esa conexión se intensifica. A Blanca le encanta estar con su abuelo, que acostumbra a contarle historias interesantes. Entre él, su hija Soledad y su nieta Blanca se forjará un vínculo en forma de poema, unos versos de John McCrae que tituló En los campos de Flandes.

No hay bisontes en los valles de amapola narra los años de adolescencia y madurez de Blanca en Valencia, o en algún otro lugar al que el destino la lleve. Y mientras la vemos alcanzar la edad adulta, también veremos cómo se desarrolla la vida del resto de los personajes, de los miembros de esta familia, cada uno con su pasado, con sus penurias y sus secretos. Porque sí, en esta novela más de un personaje estará lleno de luces y sombras y, página a página, iremos conociendo todo lo que esconden. Y así hasta llegar a un desenlace de esos que dejan un dulce sabor de boca.


¿Qué me ha parecido esta novela?

Para no faltar a la verdad, tuve algún tropiezo inicial, pero en ese escollo imploro el mea culpa porque me precipité y malentendí el inicio de un capítulo, antes de llegar al final del mismo. Yo y mi impaciencia. No doy más detalles para no entrar en spoilers.

En líneas generales, la novela me ha gustado bastante. Antes comentaba que este libro tiene aromas de otros tiempos, al menos para mí. ¿Por qué? Pues porque, aunque su acción arranca en 1986, salvo algún flashbackno he podido evitar enclavar mentalmente el relato en otra época más lejana. No sé si el aura con la que la autora envuelve toda la historia me ha provocado esta sensación y, al contrario de lo que pueda parecer, tener esa percepción me ha resultado muy placentero. 

Como digo, la novela cuenta la historia de Blanca y su familia. Adentrarme en su adolescencia y madurez, asomarme a su corazón, sentir cómo sus relaciones con otros miembros de la familia van avanzando, observarla en los instantes de felicidad y en esos otros en los que tiene que hacer frente a disgustos y preocupaciones,... todo esto lo he disfrutado mucho. Hasta el punto de desear llegar a casa para sentarme a leer y ver cómo se iba desarrollando todo. En los momentos más álgidos, que los hay, necesitaba saber qué es lo que le iba a ocurrir a Blanca, cómo iba a salir airosa de algún atolladero, o cómo iba a enfrentarse a una situación complicada, que las habrá. 

Pero Blanca no es el único personaje que me ha enganchado a esta historia. El elenco de secundarios, -que no lo son tanto porque también habrá espacio para que los conozcamos mejor-, terminará por captar la atención del lector. No son personajes planos, algo de lo que os hablaré más tarde, sino que sus vivencias aportarán enjundia, suspense y misterio a la globalidad de la historia. 

Así pues, No hay bisontes en los valles de amapola ha sido una lectura muy agradable. No obstante, también tengo que puntualizar alguna cuestión que me ha resultado menos gratificante. Y es que, en ciertos capítulos hay una profusión de datos que no me han terminado de convencer. Os explico. El poema de John McCrae tiene importancia en el argumento de la novela. En un capítulo concreto se cuenta la historia de esos versos. ¿Por qué el autor lo escribió? ¿Cuándo lo escribió? ¿Qué significado tiene? Toda la información que se da sobre el poema resulta muy interesante pero creo, y esto es una opinión muy personal, que la autora aporta muchos datos. Lo mismo ocurre con otro pasaje en el que se habla de un cuadro que un personaje le regala a otro. En esas páginas se explica el motivo del regalo, la historia de la pintura y se adentra un poco en el uso del color y de la luz que el pintor empleó. Y de igual manera sucede cuando se cuenta el accidente que sufrió un submarino, hecho importantísimo en la historia. Entiendo que estos pasajes pretenden redondear la historia y darle solidez pero, y aun siendo datos interesantes, esa relación de datos me sacaba unos instantes de la historia principal, porque me parecía que Puchalt se extendía un pelín. En esos escenas, quizá hubiera sido mejor no entrar en tanto detalle, compactar algo más la información, u ofrecerla de un modo menos académico. Pero, como digo, esto es solo una valoración muy personal y, además, es algo que ocurre muy puntualmente, sin afectar al grueso de la historia. 

Ahora bien, igual que os digo una cosa, os digo otra. En otra escena, y al hilo de la acción y el diálogo que tiene lugar, se narra la historia de amor entre Chopin y George Sand, y cómo la pareja acabó en Mallorca. Desconocía esta conexión entre el compositor polaco y la escritora, y esos párrafos me han resultado deliciosos. 


Personajes

Son varios los personajes que vamos a poder conocer en esta novela porque No hay bisontes en los valles de amapolas es una novela coral, y de todos ellos, la autora compone un dibujo muy completo. Para empezar, habría que destacar que Blanca es la protagonista principal, una joven adolescente a la que se le coge cariño. Está en esa edad en la que todo se vive con una intensidad especial. Lo que la entristece parece el fin del mundo, lo que le entusiasma la eleva a las nubes. En ese sentido, Blanca me ha recordado a mí misma cuando tenía su edad, cuando las amigas eran lo más importante, cuando mudarse a otro lugar era un auténtico drama, cuando las mariposas revoloteaban en mi interior ante el primer amor. A Blanca la iremos viendo crecer, madurar, convertirse en una mujer adulta que tiene que enfrentarse a otra problemática bien distinta, a problemas realmente serios, y no a las chiquilladas de cuando era adolescente. Ella aprende a base de golpes que le da la vida, de traiciones y disgustos. La verdad es que no lo tendrá fácil y habrá de tomar decisiones importantes, pero en eso consiste vivir, en andar un camino de aprendizaje y, a la postre, le servirá para llegar a ser una mujer fuerte que, en un momento dado, toma las riendas de su vida y le planta cara a quien se la tiene que plantar. 

Otros tantos personajes ostentan gran importancia. Particularmente me han gustado mucho Fernando y Pepa, los abuelos maternos de Blanca. Fernando es un hombre que amaba a su hija profundamente y que ahora ama tanto a su nieta que haría cualquier cosa por ella. Precisamente, por ese amor que siente por Blanca, tratará de protegerla contra cualquier persona que le pueda hacer daño. La experiencia que da los años le permite ver cosas que Blanca, en su juventud, no es capaz de ver. Eso provocará que, en algún momento, abuelo y nieta disientan en sus opiniones, algo habitual y común cuando madurez e inexperiencia se enfrentan. Las relaciones entre Blanca y sus abuelos maternos están muy bien tejidas y resultan muy naturales, por lo que el lector tendrá la sensación de estar ante personajes muy reales.

A Fernando se le coge mucho cariño también. Es un hombre de buen corazón que igualmente ha sufrido lo suyo. Su mundo interior es mucho más amplio de lo que podemos pensar. En su corazón se acumulan sentimientos encontrados. Su hija ha muerto pero su nieta le ha devuelto las ganas de vivir. ¿Es eso algo malo? Ahí queda su dilema moral, un sentimiento que le produce una enorme carga de culpabilidad, que deberá aprender a gestionar.  No será el único personaje que se sienta culpable. El corazón de Fernando tiene muchos recovecos. Él está muy vinculado al pasado de otro personaje, del que mejor no desvelo nada, y a su esposa la conoció en otras circunstancias que no voy a desvelar tampoco. A pesar de que la abuela Pepa es una mujer que puede causar rechazo en algún momento, él la ama profundamente. Y es que Pepa tiene un pasado que nos irá sorprendiendo, a medida que vayamos conociendo detalles.

Precisamente, debo admitir que quien más me ha sorprendido es Pepa. Desde las primeras páginas, y teniendo en cuenta la severidad con la que se comporta, nos haremos una imagen de este personaje que irá transformándose a medida que avancemos en la lectura. Pepa es una mujer con pasado, que ha sufrido ciertos reveses de la vida que han ido marcando su carácter, por eso la vemos siempre como a la defensiva, sin mostrar un ápice de compasión ni de ternura. Se ha construido una coraza. Sin embargo, una vez que la conozcamos en profundidad, sabremos entender sus motivaciones, su comportamiento y terminaremos viéndola desde otro prisma. Ese cambio de percepción que vamos a experimentar como lectores, también salpicará a otros personajes de la historia. 

En cuanto al resto de personajes, y por dar algunas pinceladas, os podría decir que Manuel, el padre de Blanca, es un hombre anclado al pasado, sin poder pasar página tras la muerte de su esposa Sole. La abuela Carmen será un personaje cálido, siempre al lado de su hijo, y sufriendo porque ve cómo Manuel no quiere levantar cabeza. 

Y vendrán más personajes: Sagrario, la vecina; Amparo, la hija de esta; Inmaculada, la amiga de Blanca; Alberto, el novio de la joven; y otros muchos más. Algunos nos producirán un gran repudio. Pero, de los más secundarios, quisiera destacar a Engracia, la doncella de Pepa. Es una mujer zalamera, desenvuelta y algo descarada, amparada en los años que lleva al servicio de la misma familia. Engracia dice lo que piensa y no tiene pelos en la lengua. Me he reído mucho con su forma de hablar y con esa manera tan vivaracha de enfrentarse a su señora, a la que respeta y quiere profundamente porque, sin desvelar mucho, esta buena mujer tiene que estar muy agradecida a la abuela Pepa. Engracia tiene un lado divertido, y otro tierno y mullido. Será una figura importante para Blanca, casi como una segunda madre. 

Estructura y estilo

La novela se estructura en tres bloques, a lo largo de los cuales se distribuyen un total de cuarenta y nueve capítulos titulados, de media longitud.

La narración cuenta con algunos flashbacks. Retrocederemos en el tiempo, a 1941, para conocer cómo fue la vida de Pepa y qué acontecimientos contribuyeron a construir su carácter. Pero el grueso de la historia se desarrollará a partir de 1986. Reitero aquí esa sensación que he tenido, de estar leyendo algo que tiene lugar en otras décadas más remotas. No sé explicar muy bien por qué he tenido esa sensación pero, sinceramente, ha sido algo que me ha agradado. Quizá sea porque, en algunos momentos, la narración se envuelve de un toque poético y melancólico. Los personajes de esta novela arrastran sus pesares y enfrentan el día a día sin olvidar lo que vivieron en el pasado. Por otra parte, hay escenas protagonizadas por el abuelo Fernando y Blanca que están revestidas de mucha elegancia.

Con algún cambio de voz narrativa, el diálogo se repliega en favor de la narración que, ya sea a través de un narrador omnisciente o a través de la voz de la propia Blanca, va desgranando la sucesión de hechos.


En definitiva, y salvo alguna cuestión ya mencionada, No hay bisontes en los valles de amapolas ha resultado una lectura agradable, donde se potencia las relaciones familiares y se muestran las dos caras de una misma moneda, el amor. María Jesús Puchalt compone un bonito puzle familiar, en el que los personajes soportan la carga de su pasado, se enfrentan a un presente que, en ocasiones se vuelve árido, y encaran un futuro esperanzador. 

[Fuente: Imagen de la cubierta tomada de la web de la editorial]

Puedes adquirirlo aquí: 


miércoles, 16 de noviembre de 2022

LA VIDA PADRE (COMEDIA - 2022)

Año: 2022

Nacionalidad: España

Director: Joaquín Mazón

Reparto: Karra Elejalde, Enric Auquer, Megan Montaner, Lander Otaola, Maribel Salas, Gorka Aguinagalde, Yanet Sierra, Manuel Burque, Pablo de Santos, Unax Hayden.

Género: Comedia

Sinopsis: Mikel, un joven y ambicioso chef, recibe la visita inesperada de su padre, desaparecido hace treinta años. En un momento crítico para el futuro de su restaurante, Mikel deberá hacerse cargo del alocado e imprevisible Juan, un verdadero huracán de vitalidad que pondrá a prueba todas sus ideas sobre la cocina y la vida.

[Fuente: Filmaffinity]


Me gusta el género de la comedia. Ver una película durante hora y media, que te haga reír, es un bálsamo para los días más grises. Pero debe ser comedia pura. Nada de esas cintas pseudo-cómicas, mezcladas con un romance excesivamente edulcorado, que ni te despierta la risa ni te provoca una carcajada. Y me gustan las comedias de cualquier nacionalidad: británicas, francesas, argentinas, italianas y, por supuesto, españolas. Si además de comedia el reparto lo encabeza un actor como Karra Elejalde, la tentación es demasiado poderosa como para resistirse. Así que, aquí me tenéis. Vengo a hablaros de La vida padre.

En La vida padre todo gira alrededor de una familia y el restaurante Ataria, en Bilbao. Para conocer la historia completa hay que retrotraerse en el tiempo, y viajar al año 1990. Por entonces, el Ataria era un restaurante reputadísímo, dirigido por el genio culinario Juan Intxausti. Una noche, cuando no cabía un alfiler en el establecimiento, donde se habían congregado personalidades de todos los ámbitos -futbolistas, políticos, empresarios y hasta el mismísimo rey emérito- ocurre una terrible desgracia que hundió por completo la reputación de Juan. Todo por lo que había luchado se vino abajo y Juan nunca más levantó cabeza. De hecho, tomó una decisión drástica, que afectó a toda la familia.

Lo que os he contado hasta ahora sirve de introducción al verdadero desarrollo del argumento porque el presente de la película ocurre en 2022. Han pasado más de treinta años y el Ataria vuelve a lucir con esplendor. Su chef es Mikel Intxausti, hijo de Juan y ganador de dos estrellas Michelín. Está en juego una tercera pero todo depende de que Mikel sea capaz de replicar la famosa crema de erizo que elaboraba su padre. Pero de Juan Intxausti nunca más se supo después de aquella noche de agosto de 1990. Dado por muerto, su mujer continuó con su vida y sus dos hijos -Mikel y Ander-, crecieron con la ausencia del padre. Pero, ¿está muerto realmente? Bueno, no os desvelo nada nuevo (ya lo dice la sinopsis) si os adelanto que la tranquila vida de Mikel y su familia se verá alterada por la reaparición de alguien que fue muy importante en sus vidas, por el regreso de Juan Intxausti. ¿Dónde ha estado todos estos años? ¿Qué consecuencias tendrá su reaparición para la familia y el restaurante? En eso consiste esta película, en narrar cómo afectará a unos y otros el regreso de Juan. 

En definitiva, La vida padre es una película que explora las relaciones padres e hijos, dejando constancia de que, al final, la sangre tira mucho. Todo esto en clave de humor, aunque con algún toquecito dramático para compensar la balanza.

Qué me ha gustado de esta película

Grosso modo, me gusta el argumento. No es excesivamente original, ni en lo referente a lo culinario ni tampoco en lo que le ocurre a Juan. Digamos que pasado y presente se funden para enfrentar, a su vez, lo tradicional con lo moderno. ¿Qué tipo de comida ofrecía Juan en el Ataria? ¿Qué oferta gastronómica elabora su hijo Mikel? En este sentido, hay cierta crítica porque, en un momento dado, uno de los personajes se pregunta a sí mismo qué es lo que hoy se hace en restauración: ¿guisar o crear una obra de arte minimalista? Lo mismo, por ahí deberían haber escarbado más porque yo creo que, en los restaurantes de altura, se cuelan muchísimo con tanta cocina de vanguardia y tanta gaita.

¿Y es divertida? A ver, reír, te ríes. Al menos, yo sí me he carcajeado en varias ocasiones pero diría que el argumento tiene baches. Hay escenas muy divertidas, gags buenísimos, pero también te encuentras chistes un tanto tontos y escenas cómicas que te dejan totalmente indiferente. Así que, a mi criterio, la película genera en el espectador sensaciones que van y vienen. 

Y técnicamente me gustaría resaltar la transición que podemos ver entre el pasado y el presente, es decir, entre la Bilbao de 1990 y la de la actualidad, mostrando cómo ha cambiado la ciudad y lo distinta que es la parte de la ría de lo que fue décadas atrás. La ciudad no es que tenga gran protagonismo. Serán pocas las escenas de exterior en las que podemos identificar lugares reales de la ciudad. Casi todo ocurre en el interior del restaurante, o en la casa de Mikel. 

Qué no me ha gustado de esta película

La introducción será narrada por el propio Mikel, conectado en videoconferencia con una mujer. ¿Quién es esa mujer? No lo sabemos. Podemos intuirlo pero no se explica. ¿Tiene importancia ese detalle? Pues no, la verdad. Sin embargo, a mí me gusta que todo tenga una justificación.

Por otra parte, creo que el pasado de Juan durante esos treinta años que ha estado desaparecido está excesivamente camuflado. No pido que se cuente con detalle lo que le ha ocurrido durante ese periodo de tiempo, pero no hubiera estado mal algo más de información. Por ejemplo, qué pasó las horas posteriores a ese momento trágico que él vive en 1990, cuando toda su vida se viene abajo, por qué su familia piensa que está muerto, por dónde se ha movido, qué ha hecho. Tan solo un par de detalles y un par de escenas nos permiten tener una somera idea.

Y cuidado con las relaciones amorosas. ¿Es necesario desarrollar una trama sentimental? A veces sirven solo de relleno. Quizá, en este caso, sí tenga algo de sentido, por el hecho de enfatizar que los cocineros solo viven por y para sus platos, sin tener vida familiar, ni social, ni amorosa. Pero en La vida padre, ese hilo argumental es casi anecdótico, el desarrollo es tan minúsculo, que prácticamente se podría haber obviado.


Como anécdotas, en algún momento se tira de estereotipo, de la idiosincrasia de los vascos, del tira y afloja con otras comunidades autónomas. Por suerte, los andaluces nos libramos en esta cinta, cosa rara porque siempre nos han dado por todos lados. Sin embargo, algún que otro chascarrillo si irá contra madrileños y catalanes, algo que no sé cómo encajarán. Ya he leído alguna opinión diciendo que son bromas de mal gusto. 


Reparto e interpretaciones

No cabe duda de que el mejor papel de todos es el de Juan Intxausti, interpretado por Karra Elejalde. Juan es un hombre que tiene su propio mundo interior, que se resiste al avance del tiempo, que no entiende mucho de lo que ocurre a su alrededor, y esa desorientación y locura es la que genera situaciones divertidas, que sacarán una carcajada al espectador. Elejalde es un punto y aparte. Hay actores y actrices a los que no les hace falta pronunciar palabra para transmitir. Les basta una mirada, un levantamiento de ceja, un fruncir el ceño para que todo cobre sentido. No es fácil llegar al espectador con el simple lenguaje gestual pero Karra lo ha conseguido siempre. Y más en esta ocasión, en la que el mundo en el que se mueve le parece tan extraño y raro que, a veces, no da crédito. 

En cuanto a Mikel Intxausti, es un digno sucesor de su padre. Él ha absorbido la pasión por la cocina que sentía su padre y al restaurante se dedica en cuerpo y alma. Su personaje arrastra un enorme sentimiento de culpabilidad, del que mejor no os digo nada, y, tras la aparición de su padre, cree sentirse en deuda con él. Eso hará que Mikel cambie su estilo de vida, que reconozca qué es lo que realmente merece la pena y por lo que hay que preocuparse de verdad. Interpretado por Enric Auquer, hace buena pareja con Elejalde y, tanto actores como personajes, componen un buen tándem.

Sin embargo, el papel de Nagore, la doctora que se introduce en la vida de los Intxausti por circunstancias de la vida, queda muy en el aire. Sin ella, no habría trama amorosa y, sinceramente, como dije antes, tampoco hubiera pasado nada si se elimina ese hilo. Además es que, lo que ocurre entre Nagore y Mikel es evidente desde el minuto uno. Demasiado predecible. 

Interpretado por Megan Montaner, a mí esta chica me aporta poco. La he visto recientemente en la serie Si lo hubiera sabido que, dicho sea de paso, no merece mucho la pena, más allá de las estampas que ofrece sobre Sevilla.

Eso sí, el resto de personajes que están interpretados por ese grupo de actores vascos que todos conocemos -Maribel Salas, Gorka AguinagaldeIker Galartza, Santi Ugalde-, está muy muy desaprovechado. La madre de Mikel y su actual pareja podrían haber dado mucho más juego. Y luego hay otros dos personajes también muy conocidos que apenas tienen unas líneas de guion.


En fin, La vida padre está bien. Su visionado permite echarse unas risas pero, en lo que a mí respecta, es una película muy pasable.




Tráiler:




martes, 15 de noviembre de 2022

VÍCTOR AMELA: ❝Lorca vivió su propia catarsis en Cuba❞

Federico García Lorca. Granada, Madrid, Nueva York, Buenos Aires,... Estas son algunas de las ciudades que el poeta granadino visitó durante su vida. Estas y otras más. Entre ellas, Cuba. A la isla que Cristóbal Colón bautizó como Juana, llegó Lorca tras una estancia en Nueva York. Su intención era dar tres conferencias allí pero quedó maravillado con la alegría, el colorido y el bullicio cubano. Las tres conferencias se convirtieron en nueve. Un puñado de días se convirtió en algo más de tres meses. Mientras, su madre se preguntaba por qué no regresaba su hijo a España, a su Granada, a su lado. Pero es que Federico García Lorca encontró en Cuba lo que no tenía en España. Allí conoció a personas cultas, interesadas en su poesía, que lo admiraban. Allí declamó versos pero también bebió ron, bailó, cantó y se liberó de sus ataduras. Cuba era como su bella Granada, pero más libre. ¿Cómo fue la estancia del poeta en aquel lugar? De aquellos noventa y ochos días que Lorca pasó en la isla escribe Víctor Amela en Si yo me pierdo. Tras un viaje en plena pandemia, donde pudo visitar los lugares que el poeta vio, y donde pudo hablar con todo aquel que pudiera darle información veraz sobre la estancia de Federico en Cuba, Amela compone una novela claramente estructurada en dos partes. Por un lado, retrata cómo fueron los días del poeta en aquel paraíso terrenal. Por otro, el periodista y escritor describe sus vivencias en Cuba, siguiendo la pista de Lorca.  De todo ello hablamos hace unas semanas.

Marisa G.- Víctor, en 2018 publicaste una novela titulada Yo pude salvar a Lorca, en la que relatabas la historia de tu abuelo materno, que realmente conoció a Lorca. ¿Aquel libro te llevó a este? ¿O ya tenías en mente los dos cuando te lanzaste a estos escritos?

Víctor A.- Cuando escribí aquel era como un tributo a mi abuelo, por esa pena que él tuvo toda la vida, por no haber podido salvar a Lorca. Quise contarme a mí mismo la historia porque, al final, tirando de los hilos entendí lo que había pasado. Me conté su historia a mí mismo, en una especie de reconciliación con la historia de mi familia y con la de España. Yo creí que, con aquel libro, ya había terminado mi vínculo con Lorca, a través de ese nexo familiar, pero con la promoción, hablando y hablando de Lorca, me entero de que él fue una especie de leyenda en Cuba. Yo no sabía que había estado en Cuba. Sabía que había estado en Nueva York, en Argentina, pero no se ha hablado mucho de la estancia de Lorca en Cuba. Busqué en los libros de Gibson, donde se trata muy de pasada. Incluso cuenta en Lorca y el mundo gay, un libro increíblemente maravilloso, cómo él fue a Cuba para saber más de esa estancia de Lorca pero no encontró a nadie que le contara lo que él andaba buscando. Habló con Dulce María Loynaz, que también sale en esta novela, pero ella no le contó nada. Creo que no le dijo nada porque entre Dulce María y Lorca había como un pique. Ella era una mujer muy academicista, muy recta y estirada, y Federico era un loquito maravilloso que allí se desmadró más. Si tú juntas todos los testimonios, todas las cositas escritas que se dijeron sobre Lorca, te sale una postal maravillosa en la que lo ves disfrutando, bailando, tomando ron, yéndose de juerga en ese coche descapotable de Flor Loynaz. Me dije que era una pena que nadie hubiera contado todo esto. Ahí tenía el aliciente pero me faltaba una cosa, viajar a Cuba. Y me costó porque fue en 2020. En verano, la isla estaba cerrada por el covid. La abrieron en diciembre y fue cuando decidí ir allí, aunque la gente de mi entorno me pedía que no fuera porque me iba a enfermar. Además, cuando me fui todavía no había vacunas. Fue llegar, me hicieron una PCR y me confinaron en el hotel durante tres días hasta tener los resultados.

M.G.- Eso es lo que cuentas en los primeros capítulos, esa espera de los resultados dentro de la habitación del hotel, en esa planta 23 del hotel Habana Libre, que tiene una vista increíble de la isla. Son muy divertidos esos pasajes.

V.A.- Sí. Cuando me puse a escribir me planteé por qué no contar cómo yo persigo a Lorca y lo que me pasa a mí, mientras estoy persiguiendo a un fantasma. Fui a una Cuba fantasmagórica, comparada con la de los años 30, pero también comparada con la de un año antes. Estaba todo cerrado. Me dio mucha pena pero, en el fondo, me fue bien porque me focalicé. Me dediqué a visitar los lugares y a hablar con las personas. Fue un contraste interesante para darle aún más vida a los capítulos de los años 30, donde todo era diversión, alegría y juerga continua.

M.G.- Dices en el libro que aquellos noventa y ocho días que él pasó en Cuba fueron los más felices de su vida. Lorca llegó a ser él mismo cuando en España no podía.

V.A.- Me impresiona mucho que, cuando él zarpa, después de esos noventa y ocho días, se da la vuelta en la cubierta del barco, mira a los amigos que se han ido a despedir de él, -Flor Loynaz, Juan Marinello, Antonio Quevedo-, y les dice que allí había vivido los mejores y los más felices días de su vida. Por entonces, tenía treinta y dos años recién cumplidos y creo que, los cinco años siguientes que vivió en España, bueno también sería feliz, pero ese paréntesis en Cuba fue seguramente el más feliz de la vida de Lorca. Fue una felicidad que pasó por los sentidos corporales, como él decía, y también por el alma. Federico llega a Cuba y ve a los negros, a los que llamaba «negritos sin drama», que cantan, que bailan, que aceptan que son negros, y viven como negros felices, algo que contrasta con los negros de Nueva York, que querían vivir como los blancos. Aquello a él le apenó mucho el alma. Pero en Cuba vio que la gente era congruente con lo que eran. Eso a él lo movilizó por dentro y le hizo pensar: ¿y yo qué? Soy homosexual y no me acepto. Más allá de que la sociedad me acepte o no, estoy en una lucha interna. Creo que él se aceptó en ese momento y dijo, no literalmente, que el hombre que no se aceptaba a sí mismo sería desgraciado. En Cuba recibió una gran lección. Dejó de importarle lo que pensaban los demás, porque contra eso no podía hacer nada. Se perdonó su homosexualidad, la asumió y dejó de castigarse. Y allí, en Cuba, escribe El público, una obra de teatro. En una carta, Lorca le dijo a Rafael Martínez Nadal, íntimo amigo suyo, que aquella obra era de contenido altamente homosexual. Verbaliza su homosexualidad. Lorca vivió su propia catarsis en Cuba. Él le dijo a su madre que Cuba era como Andalucía, como Málaga, como Granada, pero más relajada.

M.G.- Incorporas una cita de la madre, al inicio del libro, en la que viene a decir que a Lorca parecía que le gustaba más Cuba que su propia Granada.

V.A.- Sí. La madre estaba preocupada. Se preguntaba por qué no volvía. Si ya llevaba allí mucho tiempo y encima ni escribía. Desde Nueva York mandó muchas cartas pero desde Cuba, solo dos. Una, al día siguiente de llegar. Otra, un mes después, el 5 de abril, donde dice que Cuba es un paraíso y si se perdía que lo buscaran en Andalucía o Cuba. Y se perdió.


[Si prefieres oír nuestra conversación, dale al play]

M.G.- (Risas). ¿Y quiénes fueron los artífices de que Federico llegara a Cuba? Cuando llega a Nueva York, ¿tenía la idea de viajar a la isla?

V.A.- Eso no lo sé con seguridad. Pero sí sé dos cosas. Una, José María Chacón, un cubano que vivía en España entre los años 18 y 20, conoció a Lorca en Sevilla, durante una Semana Santa. Federico tenía por entonces veinte años, pero estaba ayudando a Falla a montar el primer concurso de cante jondo en Granada. Habían venido a Sevilla porque aquí había un cantaor que Falla quería llevar al concurso. En ese contubernio de la Semana Santa, Lorca y Chacón se conocen, y se prendan uno del otro. Sobre todo Chacón de Federico. Él lo contaría después. Decía que estar con Lorca era como estar con la poesía viva. Y todavía no había publicado nada. Era solo un chaval pero iba por todos lados declamando, recitando, improvisando versos. Chacón quedó maravillado. Y esa amistad se mantuvo en el tiempo. Cuando él se entera que Federico está en Nueva York, en el año 30, lo organizó todo con Fernando Ortiz, el presidente de la Asociación Hispano-Cubana de Cultura, para que Federico fuera a Cuba a dar tres conferencias. Lorca acepta. Le pagaron el pasaje, le adelantaron un dinero y se va a La Habana. Es la primera vez que a Lorca le pagan por sus cosas. Así que los responsables fueron Chacón, Ortiz, y Lydia Cabrera, una cubana que Federico ya había conocido en Madrid, en el año 27. A ella, Lorca le dio el manuscrito original del Romancero Gitano. Le pidió que lo leyera para dedicarle el poema que a ella más le gustara. Lidia Cabrera se prendó de La casada infiel. Y ese poema está dedicado a Cabrera y a su negrita, una amiguita de Lydia. Así que, Federico llegó a Cuba y se cubanizó.

M.G.- Lorca se cubanizó y Cuba también se impregna de la esencia de Lorca porque fue a dar solo tres conferencias y dio bastantes más. Se metió a Cuba en el bolsillo.

V.A.- Dio nueve. Y sí, Cuba se rindió. Allí había llegado el Romancero Gitano, que se convirtió en un best-sellers en España. A los cubanos cultos les impactaba mucho recibir al poeta de moda, al autor del Romancero, de La casada infiel, que era un poema casi pornográfico, muy erótico y bonito. Pero Federico, en el escenario, era un showman. Por los testimonios que he recogido, creo que hipnotizaba a los que lo veían. Movía las manos, modulaba la voz, según lo que decía. Sí, se metió a Cuba en el bolsillo y él se sintió tan halagado, tan agasajado, tan cuidado que le dijo a su madre que un poeta en Cuba era mucho más que un príncipe en Europa. Hoy en día, todos los cubanos cultos saben lo feliz que fue Federico en Cuba y se sienten muy orgullosos. Durante muchos años, el gran teatro de La Habana se llamó Federico García Lorca. Ahora se llama Alicia Alonso, pero han dejado el nombre de Lorca para la sala principal. 

M.G.- La novela se estructura en dos partes. De hecho, se puede leer como dos novelas en una. Por un lado, tú cuentas tu experiencia, en ese viaje que haces a Cuba, detrás de la voz de Federico García Lorca. Por otro lado, recreas esos noventa y ocho días que el poeta pasó en la isla. ¿Con qué inconvenientes te has encontrado a la hora de seguir los pasos de Lorca en Cuba?

V.A.- Yo soy muy positivo, así que primero te digo las ventajas. Los tres historiadores que más han escrito sobre Lorca en Cuba, -Ciro Bianchi, Urbano Martínez Carmenate y Luis Machado Ordetx-, me recibieron con los brazos abiertos. Me explicaron y me enseñaron todo lo que sabían. Les pregunté de todo y toda esa información me ha servido de mucho. Pero claro, cuando fui a los lugares donde él había estado me daban pena. Por ejemplo, el hotel La Unión  en el año 30 era un hotel avanzadísimo. Tenía dos ascensores, teléfono en todas las habitaciones. Ahora es un edificio que está en pura ruina, que se está derrumbando y está apuntalado con maderos. Intenté entrar para respirar un poco el lugar en el que Federico había escrito y vivido, pero al tercer escalón me di la vuelta. No me atreví. Con esto te quiero decir que yo he visto un fantasma de la Cuba que vio Federico. No solo han pasado noventa años sino que la Cuba del 2020 estaba vacía, todo el mundo con mascarilla, buscándose las habichuelas, y sin ningún lugar abierto, ni la Floridita, ni la Bodeguita, ni los teatros, ni nada. Eso es lo que cuento.

M.G.- ¿Y la voz de Lorca? Intentaste hablar con un familiar de alguien que hizo un programa de radio y puede ser que grabara a Lorca pero...

V.A.- Cuando entrevisté a Pepín Bello, con 101 años, para La Vanguardia, me dijo que no había grabación de la voz de Lorca, aunque se rumoreaba que había una grabación en Argentina. Si era así, decía que se la trajeran porque él era la única persona viva que podría reconocer su voz. Me dijo que le dábamos mucha pena todos los que no habíamos escuchado nunca la voz de Federico porque él era capaz de declamar cualquier obra de teatro de Lope de Vega, cambiando la voz según el personaje. Hacía voces. Y cuando supe que en Caibarién, el español Manolín Álvarez, fundador de la radio en Cuba, radió una de las conferencias de Federico y que además le había hecho una entrevista, me pregunté si lo habría grabado. Y me fui a Cuba con la ilusión de ver los lugares pero también con el deseo de encontrar la voz de Federico. Fue un acicate importante para mí. Si llego a encontrar una grabación con la voz de Lorca, me hago el hombre más famoso del mundo durante unos días. Pero además hubiera sido una gran promoción de la novela. Y bueno, buscar esa voz me sirve para que el lector me siga en la aventura.

Pude hablar con la hija de Manolín Álvarez, que tenía 92 años. Ella me contó cosas maravillosas de su padre. En su casa había un cuarto lleno de cachivaches de Manolín y a su bisnieta le pedí que buscara entre esas cosas, a ver si aparecía una grabación con la voz de Lorca. Por ahora sigue buscando.

M.G.- (Risas) Ojalá aparezca.

V.A.- A mí me sirve de metáfora. Voy a Cuba a buscar la voz de Lorca pero, de algún modo, lo que encuentro es su voz más íntima y auténtica. En un capítulo del libro cuento que desaparece, que se va solo a Santiago de Cuba. Él era muy sociable pero de vez en cuando necesitaba soledad, para estar consigo mismo. Creo que, en ese viaje en tren, hace dos cosas. Una, escribe Son de negros, poema en el que homenajea a Cuba. Y dos, creo que debió de preguntarse a sí mismo qué hacer, si quedarse en Cuba y ser feliz para siempre, o volver a España. ¿Y qué hace? Pues, vuelve de Santiago de Cuba y lo primero que dice a Marinello y a Flor es que hace falta en España. Reflexionó y decidió que tenía una misión. De hecho, cuando vuelve a España, enseguida se proclama la República, pide subvención para montar la Barraca, se pone el mono de trabajo, y se va a los pueblos a entregar cultura a la gente que no tiene recursos.

M.G.- Precisamente con ese mono de trabajo lo veremos en una foto que se incorpora en el libro, donde aparece con su sobrina Tica, cuando era una niña. Con la que tú pudiste hablar, pero claro ella ya tenía 90 años. En ambas fotos tienen la mismísima expresión.




V.A.- La misma cara, exacto. Y entre una foto y otra han pasado 85 años. Ella me contó que, antes de nacer, cuando estaba en la barriga de Concha, la hermana de Federico, Lorca estaba en Cuba y, por una carta, supo que iba a ser tío. Tica nacería en diciembre pero Federico, en junio, porque él era un poco visionario, ya había decidido que lo que esperaba su hermana iba a ser una niña, que él sería el padrino y que la niña se llamaría Tica. Ella me dijo que su tío era un poco mandón, pero lo decía con mucho cariño y ternura. 

Federico le compró una muñeca negra que guardó hasta el nacimiento de Tica. Me contó que ella se recordaba a sí misma, con diez años, en la cubierta del barco, rumbo a Nueva York porque se iban exiliados. La muñeca debió de perderse en alguna mudanza.

M.G.- Tica te cuenta las canciones infantiles que le cantaba Federico. El libro se compone también de poemas, de habaneras, de canciones infantiles. Casi podrías haber creado una lista de Spotify.

V.A.- Estoy haciéndola. Voy a meter en una lista de Spotify todas las canciones que menciono en la novela, -Suavecito, Lágrimas negras,...-, que empezaban a sonar en esa época, y que hoy en día siguen sonando porque se han convertido en clásicos. De este modo, la gente puede ir escuchando las canciones mientras lee la novela.

M.G.- ¿Y qué hay de verdad en esa parte en la que tú cuentas tus vivencias en Cuba, con ese taxista clandestino, tan divertidísimo, que lo que quería era que tú templaras con cubana?

V.A.- Esa parte me gustó mucho. Siempre estuve solo pero cuando decidí ir a Matanzas,  Sagua la Grande y Cienfuegos necesitaba que alguien me llevara. Un amigo de un amigo me habló de este chico habanero que explotaba clandestinamente un coche. En la novela lo llamo Ariel Yoendri, pero realmente se llamaba de otro modo. Al poco de conocernos, empezamos a intimar y a hablarme de su novia, su mujer, su exmujer, de una española que se lo quería llevar a España, de la hermana de la prima de la novia. No hacía más que preguntarme si había templado con cubana y quería presentarme a alguna. Pero yo le decía que había ido a Cuba por Lorca y él no sabía quién fue Lorca. Fue un ten con ten. Aprendí mucho de los hombres cubanos, de cómo eran sus relaciones con las mujeres, y él aprendió mucho de Lorca porque yo le iba explicando todo. Ahora hay un taxista habanero culto sobre Lorca. Yo recojo todo lo que él me fue contando pero añadiendo un poquito de literatura. Todo eso me sirve para decirle que cuide a las mujeres, que las mime porque su método de pingues y disgustos no sé muy bien hasta cuándo le iba a funcionar. Hay que tratar bien a las personas.

M.G.-. Hay que añadir que la novela contiene un anexo con fotografías. ¿De dónde las sacas?

V.A.- Busqué por Internet. En una carambola extraña di con la foto de la habitación del hotel La Unión, en la que se alojó Lorca. Así, con todo. Al finalizar el libro pensé que la gente se podía pensar que me lo estaba inventando todo, por lo que decidí poner fotos, para que vieran que no me inventaba nada.

M.G.- Víctor, no he leído mucho de la obra de Lorca, tampoco he leído mucho sobre su vida. Algo sí y, con lo que he leído y lo que me ha llegado, Lorca siempre me pareció un hombre serio, taciturno, introspectivo. Sin embargo, en tu novela descubro a un Lorca alegre, divertido, coqueto. Es una imagen que me ha sorprendido.

V.A.- Pues eso, precisamente, es lo que quería, que te sorprendiera, que la gente descubriera que hay un Lorca luminoso, gozoso, alegre, cachondo, rumbero. Los amigos cubanos decían que era muy rumbero, y que se apuntaba a la primera fiesta que viera. No me preguntes dónde lo leí pero inventó un cóctel, mezclando ron y champán, y le puso de nombre Bomba española. Igual lo bebieron un día y no repitieron más. Con esto quiero reivindicar esa faceta gozosa y disfrutona de Federico, un vitalista absoluto, aunque también tenía dramones. Creo que él disfrutaba muchísimo y cuando estaba en el punto alto de la fiesta, le venía la certeza de que iba a morir, como todos. Él lo pensaba todo el tiempo. Le venía como una micro-depresión, aunque luego volvía a remontar. Pero no nos olvidemos de esa faceta de vividor que, para mí, es un ejemplo. Le gustaban los helados, le gustaban los cócteles, le gustaba la música, le gustaba el teatro, y lo disfrutaba todo muchísimo. 

M.G.- Me ha encantado encontrarme a ese Federico.

Para terminar, tú escuchaste a tu abuelo hablar de Lorca, él lo conoció, coincidió con él, te quedaste con muchas ganas de preguntarle cosas a tu abuelo. ¿Cuándo empezó Víctor Amela a leer a Lorca, después de escuchar de niño que su abuelo lo conoció?

V.A.- Tenía diez años cuando escuché a mi abuelo decir que pudo salvar a Lorca, pero creo que en ese momento ni siquiera sabía de quién hablaba mi abuelo. O sí, quizá en algún libro de texto había leído su nombre. Luego, con dieciséis o diecisiete años, te explican bien la generación del 27 y lees algún verso. Pero, en realidad, el penetrar en la poesía de Lorca ha sido de mayor. Cualquier cosa que leas de Lorca tiene encanto y tiene algunas cosas muy poco leídas porque las escribió de más joven, pero están llenas de belleza. Él era un amante de la belleza. Para mí, Lorca es bondad y belleza. No hizo nunca nada malo ni mal a nadie. Todo fue amistad y con todo el mundo se llevaba bien. A todo el mundo daba algo. Siempre divertía a la gente que estaba alrededor. Cualquier cosa que leas de Federico te enseña algo. 

M.G.- Víctor, lo dejamos aquí. Un placer hablar contigo sobre Lorca.

V.A.- Gracias a ti.

Sinopsis: La novela sobre los 98 días más felices y desconocidos de la vida de Federico García Lorca en la Cuba dorada de 1930.

Federico García Lorca desembarcó en Cuba procedente de Nueva York en marzo de 1930, invitado por una semana. Pero discurrieron más de tres meses hasta que el poeta andaluz decidió volver a España, embriagado de música y belleza caribeñas, soneros y santeros, terrazas y palmeras, ron blanco, sensualidad negra y noches de Malecón.

¿Qué hizo el poeta en «los días más felices de mi vida», como definió sus días cubanos? ¿Cómo Cuba tiñó la obra, la persona y el destino de Federico? «Si yo me pierdo —advirtió por carta a sus padres— que me busquen en Cuba.» Y se perdió. ¿Para encontrarse? Esta novela lo cuenta.

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