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lunes, 23 de septiembre de 2024

LOS SIGUIENTES de Pedro Simón

Editorial: Espasa
Fecha publicación: septiembre, 2024
Precio: 21,95 €
Género: narrativa
Nº Páginas:312
Encuadernación: Tapa dura con sobrecubierta
ISBN:  978-84-670-7174-0
[Disponible en eBook y Audiolibro;
puedes empezar a leer aquí]


Autor

Pedro Simón (Madrid, 1971) es periodista del diario El Mundo y ha obtenido una decena de galardones por sus artículos. Entre ellos destacan el Premio Ortega y Gasset 2015 en la categoría de Periodismo Impreso por su serie de reportajes La España del despilfarro y el Premio al Mejor Periodista del Año de la APM en 2016. En 2020, fue finalista de los premios internacionales de la Fundación Gabo. En 2021 ganó el Premio Rey de España de Periodismo.

Es autor de una docena de libros entre los que destacan sus novelas Peligro de derrumbe, Los ingratos (Premio Primavera de novela 2021) y Los incomprendidos. Ha publicado también las antologías de reportajes Siniestro total, Crónicas bárbaras y Las malas notas y el ensayo Memorias del alzhéimer. Es uno de los autores, junto con Eduardo Madina, Javier Gómez Santander y Antonio Lucas, de Perder la gracia, una crónica generacional a cuatro voces editada por Alfaguara.

Sinopsis

Gabriel, Darío y Carmen son tres hermanos con suertes muy distintas que tienen que asumir una nueva y delicada tarea en sus vidas: ocuparse por fin del padre, Antonio, octogenario y viudo. El plan acordado es compartir los cuidados del anciano a partes iguales y llevarlo de casa en casa con su vieja bolsa de viajes por breves periodos de tiempo.

Así es el comienzo de algo irremediable. Así es envejecer y enfermar. Así acabaremos todos. Así fue el principio y será el final. Pero van pasando los meses y papá empeora. La herida abierta de un antiguo episodio familiar lo acelera todo. Entonces optan por tomar una decisión. 

Esta es una historia que versa sobre la dicha y el dolor de los hijos. Un viaje generacional en torno a la soledad y la culpa, la memoria y el perdón.

Una novela que habla de la necesidad de decir y, también, sobre todo, de la heroicidad de callar. 

[Información tomada directamente del ejemplar]


«Todo el mundo te habla del día en que tu padre no te conocerá, pero nadie te prepara para ese primer día en que tú no conoces a tu padre». [Los siguientes, pág. 227]


En el año 2021, el periodista y escritor Pedro Simón llegó a mi vida. Lo hizo con un premio bajo el brazo, el Premio Primavera de Novela que ese año se otorgó a este autor por la novela Los ingratos. En los círculos literarios suele ser común despotricar de los premios concedidos en esta esfera, especialmente si no se lo conceden a uno. Que si este premio está apañado, que si la calidad de las novelas es inexistente, bla, bla, bla. Es una polémica de la que intento mantenerme al margen pero, para los que tanto hablan, hay que decir y reconocer que Los ingratos fue y es una novela estupenda, que he leído este verano. No obstante, si me aboné a la narrativa de Pedro Simón fue con su obra posterior, Los incomprendidos (puedes leer mi reseña aquí). Admito que la segunda novela me gustó más que la primera. Y debo reconocer ahora que, lo que Pedro Simón ha hecho en Los siguientes, es del todo indescriptible.

¿Conocéis ese latigazo que nos cruza cuando escuchamos una canción al sentir que parece que hablan de nosotros, de nuestras vidas? A mí me pasa también con algunas novelas. Y, hasta la fecha, me ha pasado con todas las que ha escrito el autor. En Los ingratos me sentí parte de la historia a través de un personaje muy secundario, el mongol -término despectivo que a mí se me clava en la piel-. Muchos ya sabéis que tengo una hermana con síndrome de Down a la que adoro. Me volvió a ocurrir con Los incomprendidos, sintiéndome esa tía Clara de la novela, refugio y cómplice de los sobrinos. Y ahora, con Los siguientes, siento que Simón ha calcado mi relación con mis hermanos y mis padresY es que el autor sabe explorar el mundo de las relaciones familiares, como muy pocos saben hacerlo.

Los siguientes habla de abuelos, de hijos y de nietos. Habla de los lazos que se forjan y se destruyen entre estas tres generaciones. Habla de un momento concreto de la vida, esa etapa en que los padres se vuelven hijos y los hijos, padres. Esa última estación en la que el abuelo es consciente del fin de sus días y los de su alrededor asisten a esa decrepitud, casi como convidados de piedra, sintiendo que aquello que ven sus ojos no les pasará a ellos mismos, porque son tan estúpidos que ni siquiera son conscientes de que, en el mejor de los casos, también tendrán que apearse en esa última estación. Los siguientes aborda ese periodo en el que la luz va disminuyendo paulatinamente, y lo hace enfocando el asunto desde distintos ángulos, ofreciendo al lector una visión global de ese momento duro y doloroso que ninguno querríamos vivir. 

Carmen, Darío y Gabriel son tres hermanos, los tres hijos de Antonio, un hombre octogenario y viudo, que cada día puede valerse menos por sí mismo. Carmen y Gabriel, son a la vez, padres de Hugo y Hernán, dos nietos muy distintos pero que podrían ser muy iguales, si la vida dejara de jugar con nosotros, poniéndonos piedras en el camino. Los siguientes narra la historia de unos hijos que tienen que hacerse cargo de un padre cada vez más dependiente. Como ocurre en la mayoría de las familias, los tres tendrán que reorganizar sus vidas para ocuparse del padre, mientras Antonio, rueda como una pelota de una casa a otra, sintiéndose un lastre, una carga para sus hijos, y con el agravante de que, además, acarrea un quintal de sentimiento de culpa con motivo de un episodio del pasado.

Los siguientes habla de enfermedad, de dolor, de muerte, de rabia, de ira, de perdón, con una galería de personajes reducida de las que os paso a dar cuenta.   

Personajes

Las tres voces principales corresponderán a los tres hijos que, en primera persona, nos contarán sus emociones.

Carmen

Ella es la encargada de iniciar la narración con un párrafo que te deja tiritando:


"El primer día que tuve que limpiarle el culo a mi padre, me mentí diciéndome que era igual que cuando se lo limpiaba a mi hijo". [pág. 11]

 

Trabaja como auxiliar de enfermería en una residencia de ancianos. Conoce de primera mano lo que es la vejez, la decrepitud, la muerte. No por tratar a diario con tan desagradables compañeros está más acostumbrada o le resulta más fácil enfrentarse a esas situaciones. Ella misma lo reconoce en esos argumentos que utiliza para convencer a su padre de que no es tan grave que le tenga que limpiar el culo. Hay que dejar de lado el asco y poner cariño a espuertas, como ella misma se dice, para devolver todo lo que otros hicieron por ti. Porque ella sabe que, probablemente para sus padres tampoco resultaba agradable tener que limpiarle el culo cuando era pequeña. Lo hacían sin más y lo hacían con una sonrisa, a pesar del olor nauseabundo o del aspecto de aquello que encontraban en el pañal.

Carmen es la hija que controla la vida del padre. Ella sabe cuándo le toca médico a Antonio, qué pastillas debe tomar, a qué hora debe tomarlas, o cuándo hay que ir a la farmacia para retirar más medicamento. Carmen quisiera tener a su padre bajo su ala las veinticuatro horas del día, pero es imposible. Sus propias obligaciones le impiden atenderlo todo lo que ella querría. Sabe que, como entre sus manos, su padre no estará igual de atendido. Y a veces, aunque una no quiera, aunque se resista, aunque te sientas mal por ello, te ves obligada a tomar una decisión que te pone entre la espada y la pared.

Darío

Lo sabe. Sabe que Carmen es así. No le molesta, pero sí siente a veces que su hermana lo trata como un inútil. 


«Que si necesito lo que sea, que la llame; que nuestro padre hace mejor de vientres (así lo dice ella) después del desayuno; que no me olvide de su salvado pero que tampoco lo atiborre a kiwis; que ya ha hablado con mi vecina dominicana y que lo que necesite; que en el táper van unas alubias muy suavitas y en la bolsa van unas croquetas de jamón congeladas; que no se me pase la cita del viernes con el médico». [pág. 37]

 

Darío es el hijo pequeño de Antonio. Trabaja como guardia jurado en una nave de material informático. Se podría decir que es la oveja negra de la familia, el más «defectuoso», pero hay que reconocer que es un buscavidas, una persona que, en momentos de dificultades, siempre saca la cabeza del agua para respirar. 

El trata a su padre de tú a tú. Para Darío, Antonio no es el padre-niño, sino que sigue siendo un adulto, su padre, a pesar de su vejez y de sus achaques. Darío no entiende a esos hijos que se exasperan con sus padres, porque los tienen que atender, porque ocuparse de ellos les desbarata los planes de fin de semana, el descanso dominical, las vacaciones, o esa escapada a la sierra con los amigos. 


«El hijo que le dice a su padre: te has meado, o se te ha escapado el pis, o tienes que tener más cuidado, hombre; el que lo trata como a un niño, el que lo mira desde arribita, el que lo da por amortizado, el que le recuerda su mierda, el que le dice en voz alta: ya te measte; ese, decía, ese es un hijo de la grandísima puta sin corazón. Y yo puedo ser un desastre a veces, o no haber acabado ninguna de las tres carreras, o desparramar más de la cuenta, o ser un padrino de mierda que no va a ver a su ahijado porque no sabe ni qué decirle, o acabar a cuatro patas con la cabeza metida en el retrete, pero un hijo de punta no soy. Eso sí que no». [pág. 52]

 

No es mejor ni peor hijo que Carmen. Es distinto. A su modo, también se preocupa de su padre pero prefiere darle cancha, dejarle una pequeña parcela de libertad. Él piensa que si el hombre está enfermo, ¿por qué amargarle los pocos años de vida que le quedan?


«Mi hermana tiene demasiado controlado a papá. Le ordena. Le atosiga. Le coarta la poca libertad que le queda: no bebas esto, no comas lo otro, no salgas así vestido a la calle, no hagas lo de más acá, no hagas lo de más allá, no, no, no». [pág. 140]


A Antonio le gusta estar con Darío. No es que sea un hijo modélico pero, por lo menos le prepara unos cafés milagrosos, que al anciano le revitalizan. 

Gabrie

Es el hijo mayor. Ingeniero de profesión, es el que parece tener una vida más desahogada. Trabaja mucho y viaja también mucho por trabajo, pero cuando llega a casa lo encuentra todo en su sitio gracias a la nómina que le paga mensualmente a Erlinda. Pero siempre se ha dicho que el dinero no da la felicidad y debe ser cierto porque Gabriel es un alma en pena. Su tormenta interior no cesa nunca, y vive sin vivir. Ocho años atrás la vida le sonreía, augurándole un futuro lleno de dicha y felicidad, pero en una milésima de segundo todo cambió.  Desde entonces está metido en un pozo oscuro y frío. Su relación con el padre se quebró en mil pedazos. Refiriéndose al hombre que le dio la vida, dice:


«No soy un monstruo. No soy lo que creen. Pero, ocho años después, me duele verlo». [pág. 67]

 

Gabriel es el personaje que levantará más ampollas en el lector. Está lleno de rabia y de rencor. Él es ese padre que viene a demostrar a otros que sus preocupaciones son estúpidas, que hay cosas mucho más graves por las que preocuparse. ¿Tu hijo no aprueba ni una sola asignatura? ¿Llega borracho a casa todos los fines de semana sin poder tenerse en pie? Qué mierda importa todo eso. Gabriel se cambiaría por ellos sin pensárselo dos veces. Es ese personaje que permite relativizar las preocupaciones.

Si toda la novela erosiona la piel, los capítulos dedicados a Gabriel te arrancarán la piel a tiras. Escuece mucho sentir el dolor de este padre que preferiría mil vives vivir lo que a otros padres ni se les pasa por la cabeza. El tormento que siente Gabriel lo ha dejado hecho un despojo. Quiere perdonar pero no sabe cómo hacerlo. 

Con Gabriel he muerto y he resucitado. De su mano he bajado al infierno y he corrido antes de que llegue ese último instante para buscar la rendición. 

Antonio

Es el padre-niño. Es el «Antonio-sin-Olivia». Si yo me he sentido Carmen al leer esta novela, Antonio sería mi padre. Él es ese autobusero que formó una familia junto a Olivia, la esposa que ya no está, y a la que echa tanto de menos. Con su trabajo, Antonio consiguió sacar a los suyos adelante. Dio estudios a sus hijos y hasta ahorró lo suficiente como para comprarse una parcela en la sierra. Aquel pedazo de tierra fue el logro más grande de Antonio, un terruño al que iban en familia cada fin de semana, donde jugaban sus hijos pequeños, un espacio en el que encontraba felicidad.


«Porque, en la parcela, mi padre se convertía en explorador y en inventor y en albañil y en jardinero y en portero de fútbol y en niño chico». [pág. 111]


Antonio es de la generación PNM (por no molestar). Ya no toma decisiones. En su lugar, ahora la toman sus hijos y lo que ellos digan, bien estará. Si lo ponen allí, bien. Si lo ponen aquí, también bien. Incluso si lo llevan a aquel lugar. ESE. En mayúsculas. Todo está bien para él. Porque Antonio, a sus más de ochenta años lo soporta todo. Los reveses, los desplantes, los envites. Y lo hace con un «No pasa nada, hijo». Pero sí que pasa. Pasa que Antonio guarda un secreto, algo que sus hijos no saben y que, por supuesto, se llevará a la tumba. ¿Qué efecto causaría en los hijos la verdad? Nunca lo sabremos.

Temas

Los siguientes toca temas de carácter universal que a todos, antes o después, en mayor o menor medida, nos afecta. Para empezar, una de las cuestiones que aborda es la del rol del cuidador, asunto que siempre me ha interesado. Sólo los que han tenido que cuidar de una persona dependiente o gran dependiente, o están en ese proceso, pueden entender el desgaste psicológico que supone los cuidados hacia esa persona. Un hijo, con padres que todavía están activos, ágiles de mente, con buena salud, y que se valen por sí mismos para las cuestiones más básicas de la vida, puede llegar a pensar que la vida continuará así sine die. Sin embargo, cuando empiezas a ver que tu padre ya no se puede levantar tan fácilmente de una silla, o que a tu madre se le olvida que tiene la olla puesta en el fuego, o surgen los problemas de salud, uno detrás de otro, es entonces cuando comienzas a verle las orejas al lobo. Y déjame que te diga que, el hecho de que tus padres tengan sesenta o sesenta y cinco años no es garantía de nada, porque conozco a amigos con padres de noventa y tres años que todavía se asean solos y a amigos con padres de setenta que ya no pueden ni levantarse de la cama. 

Sea como sea, e independientemente del número de miembros de la unidad familiar o de la edad de los padres, no deja de ser llamativo que, a pesar de los avances en la sociedad, la mujer sigue ostentando mayoritariamente ese papel de cuidadora, aunque tenga familia propia y un trabajo tan estresante y acaparador como el que pueda tener un hombre. Es lo que le ocurre a Carmen y ella lo expresa dolorosamente bien en las siguientes líneas:


«[...] yo tenía tres bonitas papeletas para hacerme cargo de papá a distancia que mis hermanos no tenían: vivía muy cerca de su piso, trabajaba con ancianos como nuestro padre, era mujer». [pág. 12-13]

 

Todo se tambalea en la vida de una persona cuando, obligada por las circunstancias, tiene que asumir un papel que, hasta la fecha, había ostentado otra persona. Carmen lo entendió perfectamente el día que su madre falleció, porque Olivia se encargaba de todo, de la logística de su hogar y de su marido pero, al fallecer, Antonio quedó a la deriva, se convirtió en Antonio sin Olivia, quedando al cuidado de unos hijos a los que no quería molestar, para los que él se sentía una carga, cayendo el peso más determinante en una hija que ahora, además de las suyas propias, tiene que hacer malabares para asumir otras responsabilidades y obligaciones añadidas.

* El duelo. En la novela se incide mucho sobre un pensamiento que a todos se nos ha cruzado alguna vez por la mente porque, ante el dolor de una pérdida cuesta mucho entender que el día amanezca brillante y soleado, que se escuchen las risas de los niños, que el mundo siga su trajín como si no le importara lo que te ocurre. Son esos días o semanas en los que uno se siente como un extraterrestre, un ser lánguido y desmadejado, que arrastra su pena por las calles, mientras contemplas a los demás vivir como si nada.


«Alguien debería pensar en todo eso cuando llena Madrid de luces de Navidad, Hernán. Debería pensar que hay padres que tienen ingresado un hijo a vida o muerte y salen al mundo exterior de las guirnaldas». [pág. 172]


* La muerte nos iguala. Creo que es uno de los actos de justicia más brillantes de la vida. Carmen, por su trabajo, está en constante contacto con la muerte. Sabe que la figura oscura se pasea por los pasillos de la residencia de ancianos en la que trabaja y que, acostumbra a hacer visitas inesperadas. Hoy le toca al de la 101. Mañana, quizá le tocará al de la 212. Carmen nos habla mucho de la vejez, de la enfermedad y de la muerte. Todas las muertes tienen algo en común. Todas las vidas, no. Ella se hace preguntas que asustan.


«Las vidas no se parecen. Se parecen las muertes. Y eso es lo que me da miedo, me gustaría decirle a veces a Hugo, pero creo que todavía no tiene edad.

Da miedo cuando te preguntas: ¿será así la mía? ¿Moriré como mamá? ¿O lo haré como ese cuerpo envuelto en una manta térmica de la carretera? ¿O me iré como esta señora a la que le hago el embozo de la cama? De vieja. De su misma enfermedad. Sola». [pág. 34]


* Las residencias de ancianos. Y entramos para mí, en el tema estrella. Residencia de ancianos, ¿sí o no? Cada uno de los hijos tiene una visión distinta del asunto. Carmen no quiere. Gabriel no ve otra solución posible. Darío siempre anda en el término medio. Y Antonio, lo que digan sus hijos, porque no quiere molestar. En este sentido, la novela escarba en el conflicto moral que asalta a los hijos llegados a ese punto de no retorno. ¿Qué hacer cuando tu padre y tu madre necesitan cuidados que ya no puedes darles? Es durísimo que tengan que abandonar su casa para siempre, pero la vida hoy día está configurada de tal modo que a muchas familias no les queda otro remedio. En Los siguientes, vamos a ver lo que piensan los hijos de esta cuestión, las argumentaciones que esgrimen cada uno, las gestiones que hacen sin que todavía hayan comunicado la noticia al padre.


«Fueron las Navidades más tranquilas y calladas, pero sobre todo las más hipócritas, no me digas que no, Carmen. Una puede engañar a todo el mundo, pero a una misma no, Carmen, a una no. Fueron las Navidades más hipócritas porque los tres hijos sabíamos eso, pero él todavía no». [pág. 177]


Mis propias reflexiones

Pedro Simón vuelve a colocarme entre las páginas de esta nueva novela. Me temo que yo soy Carmen, la controladora. Soy la que sabía cuándo le tocaba médico a mis padres, la que conocía perfectamente las pastillas que se tenían que tomar, a qué hora debían tomárselas, para qué servían y hasta qué efectos secundarios podían tener. Hice amistad con las farmacéuticas del barrio de mis padres, hablé varias veces con sus médicos, con sus enfermeras, con la trabajadora social del centro de salud, con la enfermera de enlace y con las administrativas que gestionaban las citas médicas. A muchos les conté mi vida, me desahogué con ellos, y removí Roma con Santiago para que a mis padres (y también a mi hermana pequeña) les concedieran la ley de dependencia.

A diferencia de Carmen, yo no tuve que limpiarles jamás el culo a mis padres. Pero sí tuve que cambiarle varias veces a mi padre la bolsa de recolección que iba conectada a su sonda urinaria. Os parecerá una asquerosidad pero en aquellos momentos a mí me daba igual. A veces, en ese breve instante que se producía entre desconectar una bolsa y colocarle otra, a mi padre se le escapaba la orina y sí, me mojaba las manos. Yo, como Carmen, jamás usé guantes. Lo podía haber hecho perfectamente. Es más, debía de haberlo hecho pero, yo qué sé, en esos momentos no caí. Algunas tareas cayeron sobre mí de golpe y tuve que aprender como pude. Sustituí los guantes por todo el amor y el cariño.

Y digo que a mis padres no he tenido que limpiarle el culo jamás pero a mi hermana pequeña, a esa belleza de 50 años con síndrome de Down, sí se lo tengo que limpiar de vez en cuando. Y no me importa absolutamente nada hacerlo. Ni me resulta agradable ni desagradable. ¿Acaso mi cuerpo no expulsa lo mismo que el de ella? Lo hago porque tengo que hacerlo, porque ella lo necesita, como lo necesitaré yo algún día, y mientras uso toallitas húmedas a destajo, o cambio un pañal por otro, me río y la hago reír a ella. Ya está. Culo limpio. Hay muchas Carmen en el mundo. 

Pero creo que la gravedad no está en que un hijo o una hija tenga que limpiarle el culo a su padre o a su madre porque ellos ya no puedan hacerlo por sí mismos. Lo más penoso no es lo que los hijos sientan, sino lo que sienten los padres. Debe ser mucho más duro para ellos tener que aceptar que están perdiendo autonomía, que ya van cuesta abajo y sin frenos, que la cosa no va a mejorar sino todo lo contrario. Es decir, la peor parte no se la llevan los hijos como cuidadores, sino los padres como personas dependientes, a los que les asalta una vergüenza infantil. Antonio lo dice muy claro: «un hombre al que su hija le ve el culo es un hombre perdido».

Y si yo soy Carmen, mi padre fue Antonio. Él también compró una parcela con mucho esfuerzo. Encontrar el término parcela en la novela me ha hecho mucha gracia. Debe ser algo generacional. Mi padre no decía vamos al pueblo, o vamos a la urbanización, o vamos al campo, o vamos a la otra casa. No, él decía vamos a la parcela, como lo dice Antonio. Y como Antonio, mi padre fue también inventor (no os imagináis el sistema de riego y canalización de agua que ideó; ni un ingeniero entendía aquello, tan solo él), y también albañil, poniendo ladrillo aquí y allá (todavía me enternece recordar aquella pequeña placa de cemento en la que grabó con sus números algo bailarines la fecha en la que se terminó de construir la piscina), y jardinero, y niño chico. Mi padre, en sus últimos años, se caía con frecuencia. Y siempre se reía de sí mismo. Y nosotros nos reíamos con él. Yo no sé cómo no se abrió la cabeza más de una vez. A veces, lo veías con heridas o chillones. Pero él siempre se reía. Siempre. Hasta que su demencia senil se lo tragó y ya dejó de reír. Qué gran tipo, mi padre. 

Y aquellas caídas, aquellos despistes de mi madre con la comida, la casa manga por hombro porque ya no podían con el día a día nos llevó, o mejor dicho, los llevó a una residencia de ancianos. Fui yo la que, con el beneplácito de mis hermanos mayores, movió los hilos. Porque mi hermana mayor y yo ya no podíamos hacer más de lo que hacíamos. Tres años estuvimos tratando de mantener a flote una casa con tres tripulantes que necesitaban más cuidados cada día. La casa de mis padres llegó a convertirse casi en un sainete, de tanta gente que entraba y salía por la puerta, haciendo lo que podían (unos), lo que tenían la obligación de hacer, a cambio de un estipendio (otros).

La decisión de solicitar plaza en una residencia de ancianos no fue fácil. Las mismas dudas, incertidumbres, miedos que asaltan a los personajes de esta novela nos asaltaron a mis hermanos y a mí. Al conflicto moral interno se unieron, a veces, los comentarios pseudo-inocentes de otras personas, las preguntas cargadas de maldad. Los hijos que llevan a sus padres a una residencia de ancianos son cuestionados y juzgados. Si por algunos fuera, deberían ser quemados en la hoguera. Pero, ¿quién les da derecho a opinar? ¿Acaso saben cómo es tu vida, cuáles son tus obligaciones, tus limitaciones, tus horarios? Hay que ser muy valiente, y no un hijo de puta, para tomar la decisión de trasladar a tus padres a una residencia de ancianos. No nos vayamos a equivocar. Aún recuerdo aquel 25 de julio de 2018 cuando mis padres abandonaron para siempre la casa que los había acogido desde el año 1977. No volvieron a poner un pie en ella. Recuerdo hacer inventario, catalogando lo que tenían que llevarse y lo que no, hacer una lista de las cosas necesarias, meter la ropa en las maletas, un sinfín de bártulos, toda una vida condensada en unas cuantas bolsas. Mi madre preocupada por dejarlo todo en orden. Bajar las persianas, cerrar puertas y ventanas. ¡El gas, que no se nos olvide! Despedirse de los vecinos entre lágrimas. El trayecto en coche hasta la residencia se hizo eterno, tratando de llenar los incómodos silencios con comentarios estúpidos, gastando bromas, procurando quitar hierro al asunto, cuando en el ambiente se sentía la tristeza, densa y pesada. Aire irrespirable. Y luego, al llevar, sacar aquellas vidas del vehículo, con sus pertenencias. Los abrazos, los besos, la congoja en el corazón. «Volveremos pronto a veros». Y la trabajadora social pidiéndonos que dejáramos pasar unos cuantos días, que no fuéramos al día siguiente, ni al otro, ni al otro,...  porque tenían que aclimatarse. «Adiós, papá. Adiós, mamá». Y los hijos mirando hacia atrás mientras se encaminaban hacia la salida, con un dolor interno que quemaba, la boca seca, sin poder tragar. Y luego, al llegar a la calidez de tu propio hogar, sentarte en el sofá, mirando al vacío, con los ojos clavados en la negrura de un televisor apagado, y esa cabeza tuya con miles de pensamientos que te rondan. ¿Estarán bien? ¿Qué pensarán de mí? ¿Se sentirán traicionados o abandonados?


«Y, al final, justo en ese momento en que le abracé y le besé para decirle feliz año, papá -esas tres palabras nada más-, yo me sentí la hija más hija de puta del mundo, la más mala, la más desaprensiva, la más triste, la más equivocada». [pág. 178]


Hoy quiero pensar que no me equivoqué. Pero, ¿y si lo hice y no supe verlo? Quizá debí hacer las cosas de otro modo. Sacrificarme más, quizá. Arrastro el sentimiento de la duda cada día y ya no puedo ni pedirles perdón. 

Mucha gente podrá pensar que este libro es deprimente pero se equivocan. Los siguientes es un continuo aprendizaje, es un constante enfrentarte a lo que viviste, a lo que estás viviendo, a lo que te tocará por vivir. Es un vademécum de la vida, un diccionario emocional que recoge un buen puñado de emociones, las que invaden a los hijos que tuvimos que llevar a nuestros padres a una residencia de ancianos. Algunos lo hicimos con todo el dolor de nuestro corazón pero hay que ser realistas y sí, también hay otro tipo de hijos. Hijos que piensan así:


«Abuelos a los que toda la familia da por amortizados, que es como si estorbaran, como si sobraran, como si ya estuviesen tardando en palmarla porque ni sienten ni padecen y -como le escuché decir por el móvil a una mujer que fue de visita a la residencia - es deprimente gastar un sábado por la tarde en ir a verlos». [pág. 100]

 

Y yo os digo que el gesto de amor más maravilloso que podéis regalar es ir a verlos y darles vuestro tiempo. Hablar incluso con los que no son miembros de vuestra familia, preguntarles por su vida, hundirte en sus miradas y regresar juntos al pasado de su memoria, cogiéndoles la mano.

Estructura y estilo

Los siguientes cuenta con una estructura muy definida. Prácticamente la totalidad de la novela se sustenta sobre un patrón que permite ir alternando las voces de los tres protagonistas. En el último tercio esa estructura cambia ligeramente hacia un capítulo coral, en el que se suman las voces de otros personajes que, hasta el momento, han permanecido en silencio. 

«¡¡Qué tío!! ¡¡Cómo narra!!» Anoté estas dos exclamaciones casi en las primeras páginas de la novela. Y es que es impresionante cómo Pedro Simón es capaz de poner palabras, no ya a los sentimientos que no nos atrevemos a verbalizar, sino incluso a esas emociones que nos da reparo pensar, como si nos avergonzáramos de nosotros mismos. ¿Sabéis lo que os digo? Ese pensamiento que se nos cruza por la mente y nuestro Pepito Grillo nos susurra al oído: ¿Cómo puedes pensar algo así? Simón se lanza de cabeza a esa piscina llena de emociones universales y tan humanas, con las que es fácil conectar. 

A ello se une que a Los siguientes no les falta su punto de misterio. Gabriel es el personaje que más inquietud generará. Sabemos que algo ocurrió. Lo sabemos desde las primeras páginas, pero desconocemos qué puede ser. ¿Por qué Gabriel ha roto relaciones con su padre? Avanzamos en la lectura y Simón se contiene lo justo. No tarda demasiado en lanzar el obús sobre nuestras cabezas. En ese punto el lector se queda en estado de shock. Pero nos esperan más sorpresas porque Antonio, como dije antes, guarda un secreto. Un secreto que podría haberlo cambiado todo.


En definitiva, cada página de esta novela te sacude. Cada una de ellas. Todas. Los párrafos se van sucediendo, colocándote la congoja, la más oscura, a la altura del pecho. La novela te cuestiona, te obliga a preguntarte. ¿Qué hice yo por mi padre? ¿Acaso supe ver que mi madre no me decía esto o aquello por no molestar? Y por no molestar, nosotros, los hijos, quizá demasiados ocupados, demasiados inmersos en nuestras rutinas, no vimos la necesidad de nuestros padres y continuamos con nuestra propia vida, inconscientemente o intencionadamente, ajenos a lo que acontecía a nuestro alrededor. 

Pero no olvides, querido lector, que nosotros seremos los siguientes:


«Tu padre como una novela por entregas de tu yo futuro, del pobre protagonista en que te acabarás convirtiendo. Como en uno de esos folletines que se compraban en el quiosco en los que pone fin».  [pág. 216]


Por cierto, y por destensar el ambiente, ¿os fijasteis en la fotografía de la cubierta? Es muy fácil descubrir a Pedro Simón niño en esa instantánea, ¿verdad?

No dejes pasar esta novela. 

[Fuente: Imagen de la cubierta tomada de la web de la editorial]

Puedes adquirirlo aquí en tapa dura,  aquí en Kindle y aquí en audiolibro.


viernes, 27 de enero de 2023

LOS INCOMPRENDIDOS de Pedro Simón

Editorial: Espasa
Fecha publicación: noviembre, 2022
Precio: 19,90 €
Género: narrativa
Nº Páginas: 304
Encuadernación: Tapa dura con sobrecubierta
ISBN: 978-84--670-6437-7
[Disponible en eBook;
puedes empezar a leer aquí]


Autor

Pedro Simón (Madrid, 1971) es escritor y periodista. Actualmente trabaja en el diario El Mundo. Por su faceta de reportero, ha obtenido galardones como el Premio Ortega y Gasset 2015, el Premio al Mejor Periodista del Año de la APM en 2016 o el Rey de España de Periodismo en 2021. Entre sus antologías de reportajes, destaca Crónicas bárbaras.  En 2015, se inició en la ficción con Peligro de derrumbe. En 2021 recibió el Premio Primavera de Novela por Los ingratos.

Sinopsis

Javier y Celia son un matrimonio de clase media con un hijo pequeño y una hija preadolescente. Él trabaja en una editorial y ella en un hospital; él arregla vidas de mentira y ella arregla vidas de verdad. Tratan de prosperar, se mudan a un barrio mejor, la cotidianidad. Podría ser la historia de muchos. Hasta que tiene lugar una excursión a Pirineos que lo cambia absolutamente todo.

Esta es la historia de un viaje al abismo que habla de otros muchos viajes. El viaje de la infancia a la convulsa adolescencia. El que va de la algarabía infantil al silencio más sepulcral. El de los padres que caminan detrás con su culpa y llegan tarde. El de los abuelos que fueron delante y a los que nadie escucha. El que hace alguien para salvar una vida. También es la historia de ese otro viaje al que todos tenemos miedo: el que habla de nuestro pasado más oscuro y secreto.

Los incomprendidos es una novela sobre la soledad familiar, la incomunicación entre padres e hijos, el horror de decir, pero también, y desde la primera página, sobre la esperanza.

[Información tomada directamente del ejemplar]

¿Y por dónde empiezo? De entrada, para ponerte en situación, te diré que no soy madre. Quédate con ese dato. Y ahora déjame mostrarte la primera línea de esta novela.


«Esa niña de la foto me quiere muerto». [pág. 13]


Lo dice Javier, un padre, mientras sostiene en la mano una foto en la que se ve a su hija Inés, con trece años, vistiendo su trenca verde, de rostro sofocado por los juegos con su hermano Roberto. La familia completa estaba en los Pirineos, de vacaciones. Eran felices.

Efectivamente Inés ha pensado más de una vez en la muerte de su padre. No solo lo ha pensado. Lo ha deseado. Alguna vez ha imaginado que el avión en el que viaja su padre se estrella contra las montañas, o cae en picado al mar. Que un día está y al siguiente es ausencia. Fantasea con esa idea. ¿Por qué? Con estos puntos de partida, os cuento un poco más sobre Los incomprendidos.

Javier y Celia son un matrimonio que tienen dos hijos. Inés es una preadolescente, con todo lo que eso conlleva. Roberto es más pequeño. Javier es editor. Su trabajo le obliga a viajar ocasionalmente. Celia trabaja en un hospital. Forman una familia que empezó en un barrio humilde y de extrarradio, en un piso pequeño en el que apenas había espacio para los cuatro. Pero el matrimonio ha prosperado y ahora viven en una zona residencial, de casas adosadas y jardines. Javier y Celia hicieron lo que vieron en sus amigos, lo que se esperaba de ellos. Dieron un paso adelante. 


«Puedes tirarte un fin de semana entero sin saber muy bien dónde está el otro, apenas coincidiendo para cenar en silencio o ni eso. Una pantalla en cada cuarto. Dos equipos de música en ambientes distintos. Metros y cerrojos y escaleras y mucho wifi de por medio. Dónde se ha metido ahora Inés, por qué se ha enfadado esta vez, qué le hemos hecho hoy». [pág. 21]


A Javier y Celia la vida les sonreía pero un buen día deciden hacer una excursión a los Pirineos. Lo que prometía ser unos días de desconexión, risas y alegría en familia se tornó en una pesadilla. Algo ocurrió en ese viaje, algo oscuro y tenebroso, un episodio del que ninguno quiere hablar, pero que llevan clavado dentro. Todo cambió aquel día y desde entonces una sombra flota sobre las cabezas de esta familia. Impronunciable.

 

«Luego ocurrió aquello.

Sí. Fue como si abriese una pequeña grieta en una esclusa que creíamos inquebrantable y todo se fuera inundando poco a poco. Gota a gota. Con la rutina y el transcurso del tiempo. Hasta ahogarnos en pena y silencio». [pág. 15]


Eso, de lo que cuesta tanto hablar, de lo que duele tanto que mejor no pronunciarlo, será una de las incógnitas que sobrevuele en la novela. Y luego habrá otra cuestión más, algo que atañe a Inés, a su naturaleza, a su identidad, a su verdadero yo, pero que tampoco será desvelado en los inicios del relato sino que requerirá cierto tiempo. 

Los incomprendidos habla de lo que ocurre en el interior. En el interior de esa casa a la que la familia se ha mudado, donde, al existir más espacio, las distancias entre sus habitantes también se agrandan. Y también de lo que ocurre en el interior de cada uno de los miembros de esa familia, más concretamente, dentro de Javier y de Inés. ¿Cómo eran antes? ¿Cómo son ahora? Los incomprendidos es un relato que habla de generaciones. De aquella a la que pertenecían nuestros padres, de la nuestra, y de la de nuestros hijos. Una novela en la que, analizando el hoy, podemos llegar a comprender el ayer. Y quién sabe si también el mañana. Todo ello haciendo caminar al lector por un sendero, a veces más oscuro que otras, pero siempre con la luz de la esperanza al final del trayecto. 

¿Qué me ha gustado de esta novela?

Acabaría antes si dijera lo que no me ha gustado porque de Los incomprendidos me ha cautivado absolutamente todo. No puedo decir otra cosa. Para empezar, la temática es tan compleja que permitiría escribir tratados y tratados. ¿Cuánto se puede decir de las relaciones entre padres e hijos? Me gusta la forma en la que Pedro Simón aborda el tema. Me gusta esa comparativa que va deshilachando progresivamente sobre el antes y el después. ¿Cómo eran las relaciones de Javier y Celia cuando sus hijos eran pequeños? ¿Cómo es ahora que Inés tiene dieciséis años? 


«De aquellos días ingenuos de los treinta en que Celia y yo todavía pensábamos que no seríamos como los otros padres. De los juegos de mesa entre los cuatro al principio, acalorados y felices»". [pág. 16]

 «Hablo de hoy. De las interminables horas con la puerta cerrada de su dormitorio, de los mutismos, de los malentendidos, de la mecha de la rabia siempre ahí, de sus frustración y también de la nuestra, del brillo de sus ojos y también de su silencio». [pág. 16]


El ayer y el hoy en las relaciones paterno-filiales son dos mundos distintos. Lo curioso es que Javier analiza la relación que tiene con su hija Inés y llega a una conclusión terrible. Porque, no es que él tenga una mala relación con su hija, es que siente que ni tiene relación, y descubrir eso para un padre debe ser como si te cayera encima una tonelada de peso, que te aplasta y te hace sentir un fracasado. Esta novela me ha hecho pensar mucho en los padres.

A mi juicio, Los incomprendidos es una novela que reconcilia. El que se acerque a estas páginas reflexionará inevitablemente sobre sí mismo. Echará la vista atrás y pensará en cómo fueron sus relaciones con sus padres, o cómo son las que mantiene hoy con sus hijos. Me gusta que Simón nos haya ofrecido diferentes puntos de vista, el de Javier - como hijo en el pasado y padre en el presente-, y el de Inés, que vive ahora, en esta preadolescencia, en un caos absoluto. Por eso creo que el lector puede llegar a sentirse doblemente identificado en esta novela, como padre/madre y como hijo/hija. No hay posicionamiento predefinido. Ambos están equivocados y ambos tienen razón. 

Por otro lado, el autor hace un brillante retrato de la adolescencia que, a mis casi cincuenta y tres años, me ha hecho comprender lo que me pasaba cuando tenía quince. Los incomprendidos te aproxima al adolescente que fuiste y a los adolescentes de hoy. Te hace entender lo difícil que resulta esta etapa de transición entre una edad y otra, lo caótico que se vuelve el mundo, en el que todo parece estar patas arriba y en tu contra. Debo decir que me ha dolido profundamente lo que Javier siente, esa sensación de estar haciéndolo todo mal, pero me ha dolido aún más lo que sufre Inés. 

Y luego está la erosión que provocan los hijos en la pareja. Porque Javier y Celia son un matrimonio que se quiere pero ya no son los que eran. La ilusión que sintieron cuando querían y pudieron tener hijos se ha convertido en otra cosa mucho menos luminosa. ¿Se arrepienten de haber tenido hijos? ¿Les ha merecido la pena lo mucho que los hijos le han cambiado la vida? No te voy a desvelar nada, pero sí te diré que a veces estos padres pronuncian frases llenas de rabia e impotencia. Y eso me ha gustado, porque estoy convencida que hay padres y madres que no se atreven a decir lo que verdaderamente sienten. Pero Celia y Javier sucumben cuando ya no pueden más, y verbalizan lo que explota en su interior.

Otro aspecto que me ha gustado mucho de Los incomprendidos es que, en cierto sentido, vamos a encontrar una novela dentro de otra. Javier es editor y en algún momento la novela que está editando se cuela en el relato familiar. Esa historia sobre la que Javier trabaja también habla de familias y de relaciones entre sus miembros y, funciona como un contrapeso.  

Personajes

Javier. Cuando los hijos nacen deberían traer un manual bajo el brazo, pero llegan sin una simple hoja de ruta que te permita saber lo que tienes que hacer. En el momento del alumbramiento, la vida cambia para siempre. Javier sabe que se ha equivocado alguna vez. Es normal, a todo el mundo le pasa. Pero hay cosas que le han ocurrido a Javier que no le ha pasado a todo el mundo. ¿Cómo vivir con eso? Javier respira cada día con el peso de la culpa sobre su espalda. Sabremos que arrastra un lastre desde el inicio de la historia. Lo veremos hacerse preguntas que, en un juicio ante la sociedad, sería sentenciado irremediablemente a cadena perpetua. Javier echa de menos aquel padre que fue para Inés. El que ya no es hoy. ¿No le dicen los padres a los hijos que no se acerquen a los desconocidos? Pues eso.


«Hasta que tienen cierta edad, para ellos eres dios. Y luego no digo que seas el diablo, pero sí un padre mortal más, uno que acumula defectos y traiciones, que también miente y hace cómplices a los hijos de sus mentiras, vaya, que dice cosas indebidas, un padre que cruza un semáforo en rojo si no vienen coches, uno que gritando les pide que o griten, que le pregunta a Inés que si ha estado de botellón cuando él se lo ha montado en casa». [pág. 88]


Celia. Llora porque no entiende a su hija y está desesperada. Siente una impotencia tan devastadora que no sabe cómo manejarla y se hunde, y se enerva, y dice cosas que no siente. O sí, pero que otros le reprocharían. Y mira que ella está acostumbrada a lidiar con situaciones difíciles en el hospital, a tratar con delicadeza ciertos asuntos, a tener mano izquierda. Pero en el hogar, ahí siente que pierde una batalla tras otra. Celia tendrá un protagonismo más colateral en esta historia porque el grueso del relato se centra en Javier e Inés.

Inés. Como os dije antes me ha dolido profundamente este personaje. Qué triste me ha resultado meterme dentro de ella para ver lo perdida y confusa que está. Ella sabe perfectamente cuáles son sus defectos, de qué manera tan fría y distante se comporta con sus padres, pero es que está tan desubicada, que no sabe cómo cambiar las tornas. Ese es el precio que Inés, que cada adolescente, tiene que pagar, para poner un pie en la edad adulta.


«Supongo que no me costaría demasiado ser algo más cariñosas, como me pide Diana, esforzarme por hablar, mostrar los sentimientos, controlar la rabia, preguntarle a mi madre por cómo le ha ido el día en el hospital o a mi padre por sus cosas, dejar el móvil un rato, que  ya me vale.

Hago el esfuerzo, lo juro. [...] 

Pero luego entro y los veo allí a los dos y me da pereza todo». [pág. 51-52]


Cuánto desánimo y cuánta desgana, sin que ella sepa muy bien por qué. Los capítulos que corresponden a Inés se te quedan atragantados a la altura de la nuez. Cuesta trabajo verla decir «Lo que me pasa es que no sé muy bien quién soy», y ahí entra en juego lo que os decía al principio, que otra cuestión que no se aborda desde el inicio en la novela, sino de la que se va dejando miguitas de pan a lo largo de todo el relato, afectará a Inés.

Adolescente con cosas de adolescente. Ella habla de sus sentimientos pero también de cómo es su vida, de lo que le atrae, de lo que hace cuando está fuera de casa, de lo que habla con sus amigas. Cuando Inés dice «Si mi padre y mi madre supieran lo que hace alguien de dieciséis años», y a continuación desgrana una enumeración de hechos, pienso en los padres, en lo que deben sentir cuando sus hijos salen de casa, fuera de su control, en la manera en la que escudriñan a sus amistades, entrecerrando lo ojos, tratando de penetrar con la mirada en la verdaderas intenciones de esos amigos que para los hijos se convierten en auténtica familia. Pero como me dijo Pedro Simón en la entrevista que publiqué antes de navidades (puedes leerla aquí): «...todos hemos hecho cosas que a nuestros padres les daba un miedo feroz. Para crecer hay que romper el cascarón». Y tiene razón. Miro hacia atrás y pienso en aquellas fiestas a las que acudía sin que mis padres lo supieran. Eran años en los que el alcohol y especialmente el tabaco me parecía lo más atractivo del mundo. Fumar en la adolescencia te daba ese aire de superioridad, de persona adulta que se comía el mundo. Hoy hay otros alicientes, y los jóvenes se sienten tan atraídos por ellos como nosotros nos sentíamos en nuestra época. Inés siente tanto miedo que busca refugio allá donde cree que hay una mano amiga, sin llegar a ver que sus padres pueden ser el mejor punto de apoyo. 

La tía Clara. Es el personaje más luminoso y eso que no está pasando tampoco por su mejor momento. Clara es un referente para Inés, la persona a la que puede contar todo y con la que puede hablar de cualquier cosa. Lo más bonito es que Clara no trata a Inés con condescendencia. Su papel no es el de sobreprotegerla sino todo lo contrario, abrirle los ojos y enfrentarla al mundo. No importa que la tía Clara utilice el término «ascolescente» para referirse a los jóvenes en esa edad tan tonta y despiadada. No lo dice con desprecio sino haciendo alusión a que es una época complicada, en la que todo es un asco. La tía Clara es un personaje maravilloso con el que me he sentido muy identificada. Ya sabéis, no soy madre pero sí soy tía. Y al ver a Clara hablando con Inés, me he visto a mí hablando con Ana, mi sobrina mayor. La tía Clara es la mujer en la que la joven se querría convertir de mayor.

Roberto. Prefiero no hacer un solo comentario sobre este personaje. Es un niño pequeño que quiero que vosotros descubráis. 

Temas

La culpa. Lo he comentado antes. Javier vive bajo el peso de la culpa pero no es el único personaje que tiene ese sentimiento. De un modo u otro, todos se sienten culpables por lo que pasó, por el giro tan terrible que dio la vida de esta familia, por lo que viven hoy en día. La gestión de la culpa es una de las cuestiones que veremos a lo largo de la novela, una gestión para la que necesitan ayuda. Terapia. 

Y luego está el silencio que, poco a poco, ha ido ganando terreno en esta familia. Y en cualquier familia hoy día. Llegas a casa cansado de todo el día, del trabajo, de las responsabilidades, del trajín diario, y cuando cruzas el umbral de la puerta, ¿todavía te queda otra batalla que lidiar? Y no tienes ganas de nada. Ni los padres ni los hijos. Cada uno ocupa un espacio, un rincón de la casa, y unos y otros se hunden en el mutismo, clavan la mirada en el móvil, o en la pantalla del televisor. No hay ánimo para conversaciones sobre facturas, sobre cuestiones domésticas o colegiales, no quedan fuerzas. Y el silencio se va engullendo a cada uno de los miembros de esta familia. Ya no se dicen lo malo, ¿quién quiere provocar una discusión? Pero es que tampoco se dicen lo bueno. Ya no se dicen nada. Y como apunta Pedro Simón en la entrevista (ver enlace más arriba), eso ocurre en una sociedad hiperconectada, donde no hacemos otra cosa más que comunicar y comunicar, lo que hacemos, lo que vemos, lo que leemos, lo que comemos, a dónde viajamos,...  La comunicación digital frente al silencio analógico.

Estilo y estructura

Los incomprendidos se construye sobre una estructura que cuenta con un total de catorce capítulos, encabezados por un nombre -Javier o Inés-, porque cada uno de ellos está dedicado a un personaje, y será uno u otro el que se dirija al lector en primera persona. Simón crea espacios privados para que este padre y esta hija, de manera alterna, nos vayan contando lo que sienten o piensan. Esto será así a lo largo de todo el relato, salvo en el capítulo catorce, donde la voz cambia, y será Clara, la hermana de Javier, la que ponga el cierre a la novela. Pero dentro del mismo capítulo, hay subdivisiones, dependiendo del momento cronológico de la historia o del tema que se esté desarrollando.

Intercalándose en esos capítulos hay partes en cursiva. La persona que escribe esas letras se desnuda completamente, se abre el pecho, deja al aire su corazón, mete la mano en el cajón de los sentimientos y los expone sobre una mesas. Sin artificios, sin dobleces. Estas palabras son un ejercicio de sinceridad, a la vez que de acercamiento. Casi se podrían extraer esos fragmentos de la novela, agruparlos en un aparte, y constituirían la carta de amor más bella que he leído. Cuánta amargura y esperanza hay en esas líneas que a mí me han impresionado tanto. 

Debo mencionar también que me ha gustado mucho la prosa de Pedro Simón. La voz con la que ha vestido a sus personajes es delicada, dulce, tierna. Es una voz con la que se consigue que el lector conecte inmediatamente con todos ellos, con la sensación de fracaso de Javier y Celia, y con la desorientación de Inés. Es una voz que convierte a los personajes en seres cercanos, creíbles, con unas emociones universales, y una forma de expresar sus sentimientos que encajan perfectamente en nuestro mundo. Simón crea personajes de carne y hueso, y para cada uno de ellos construye una personalidad muy verosímil. Los hombres, las mujeres, los adolescentes de esta novela son un reflejo de los que habitan el mundo real.


No debo seguir hablando más de esta novela porque Los incomprendidos no es una novela para hablar de ella. Es una novela para leerla, para dejarte guiar por la mano de Pedro Simón al interior de esta familia, colocándote como un espectador privilegiado, que asiste a una representación privada. 

Como decía al principio de esta reseña, no soy madre pero sí fui hija y Los incomprendidos me ha hecho reflexionar sobre cómo fue mi relación con mis padres, en aquella etapa tan difícil en la que yo pensaba que ellos no me entendían, que no me conocían, y por tanto me sentía un elemento extraño que no encajaba en aquel hogar. Pero este libro también me ha ayudado a entender la adolescencia, lo difícil que es esa etapa y que ahora veo con nitidez desde mi posición de adulta, así como lo complicado que lo tienen los jóvenes  hoy, mucho más de lo que lo tuve yo en su día, porque hoy hay más exigencia, más perfección.

En definitiva, Los incomprendidos me ha parecido una novela fabulosa, que me ha hecho sentir muchas cosas, pero que creo que no he sido capaz de transmitiros. Me ha gustado tanto que sería de esos libros que no me importaría volver a leer, solo por volver a acercarme a Javier y a Inés, por volver a ver cómo Pedro Simón sale tan airoso de un relato tan completo como este. No me queda otro más que recomendarla, a padres, madres, hijos, hijas, tíos, tías, abuelos, abuelas. A todo hijo de vecino que quiera comprender a los que siempre fueron incomprendidos.

Me marcho con otro párrafo maravilloso:


«La adolescencia siempre será una edad de doloroso alumbramiento, una edad de abrir puertas que chirrían, de cerrarlas, de llamar con los nudillos y que no te abra nadie, de tirarlas abajo a patadas. Porque vas a tener que ser tú el que lo haga. Abrir, empujar, salir. Igual que un parto. Solo que en esa edad tú eres el que pares y también eres el parido. No hay otra: tienes que darte a luz a ti mismo».. [pág. 276]

 

[Fuente: Imagen de la cubierta tomada de la web de la editorial]

Puedes adquirirlo aquí:


martes, 20 de diciembre de 2022

PEDRO SIMÓN: ❝No hay nada peor que fracasar con un hijo❞

A Pedro Simón lo conocí el año pasado, cuando ganó el Premio Primavera de Novela, convocado por Espasa, con su novela Los ingratos. La pasada edición fue un tanto especial porque, al celebrarse los veinticinco años del premio, se falló también el premio «25 Primaveras», recayendo el galardón en Dimas Prychyslyy por No hay gacelas en Finlandia. Puedes leer la conversación que mantuve con los dos autores aquí.

A poco que te muevas por los distintos blogs y webs literarias sabrás que Los ingratos ha sido una novela que ha obtenido muy buenas críticas, y de la que los lectores han hablado maravillas. No la he leído aún, pero sí he podido leer Los incomprendidos, segunda publicación de este periodista, que me ha dejado totalmente impactada. De mi opinión sobre la novela os hablaré más pronto que tarde. 

Hace unas semanas, Pedro Simón estuvo en Sevilla. Estuvimos conversando sobre esta novela, los hijos (él tiene dos; yo no tengo ninguno), las relaciones familiares, la adolescencia y toda esa temática que se desprende de la lectura. Fue una conversación en la que el autor dijo frases que bien servirían para tatuarlas en nuestra piel, para apuntarlas en la agenda, para subirla al estado o compartirla por redes sociales. Os dejo con nuestra charla.

Marisa G.- Pedro, de Los ingratos a Los incomprendidos. Parece que vas seleccionando colectivos a los que hacer protagonistas de tus novelas.

Pedro S.- Claro, cómo llegan los ingratos a ser los incomprendidos, ¿verdad? Se transforman con el paso del tiempo. De todos modos, los ingratos y los incomprendidos funcionan en la misma sintonía de onda, cuando ya empezamos a tener una edad. 

He querido contar una historia que viene destilada de muchas sobremesas, con amigos, en la que siempre acabamos hablando de los hijos. Tú, aunque no tengas hijos, lo habrás visto.

M.G.- Tengo muchos amigos con hijos.

P.S.- Claro, todos te darán la turra con los hijos. Y cuando son hijos en la edad adolescente siempre hablamos con más frustración, con más pasión, pero también con más incomprensión.

En esta familia, de clase media, acomodada, hay dos hijos y todo va bien hasta que sucede una cosa concreta. Creo que la novela habla sobre muchas cosas, sobre lo que ocupan los silencios, lo que ocupan las cosas que no decimos, cómo las cosas no dichas pero hechas funcionan como una enredadera en la que, poco a poco, se va metiendo en un muro y amenaza con derribar la pared de una familia. Es una novela que habla de la culpa, de la familia y de los celos infantiles y para mí también habla de la gestión del dolor, de cómo gestionamos el dolor y el trauma. Esta familia lo gestiona fatal porque han dejado que los silencios lo ocupen todo. Y luego te das cuenta de que, cuando hablas, los fantasmas se van. El exorcismo tiene lugar. Sin embargo, en casi todos los ecosistemas familiares cuesta hablar mucho por miedo a hacer daño al otro, por no sacar tus fantasmas a airearse. Nos cuesta hablar porque casi siempre todo tiene que ver con lo afectivo y eso nos remueve mucho. Preferimos ese silencio un poco tramposo y un poco tóxico que, desde mi punto de vista, es el principal problema de esta familia, como el de muchas otras.

M.G.- Silencio hay en todas las familias. Incluso cuando no se tienen hijos. A veces las parejas no hablan por no remover la mierda, que se dice vulgarmente. Prefiero callar y estar tranquilo a hablar y que acabemos en bronca.

P.S.- Sí, el silencio como punto final, como síntoma de algo malo, porque cuando el silencio se instala así en una familia significa una derrota.

Vivimos en una era en la que nunca nos hemos comunicado tanto pero nos hemos dicho tan poco. Decir y hablar tiene que ver con hondura, y estamos en lo rápido y en lo urgente. Pocas veces estamos en lo hondo porque eso tiene que ver con desnudarse y con mostrar tus heridas, y con destilarlas con el otro. Esos procesos que tienen que ver más con lo analógico se van difuminando. La trampa es que nos dicen que estamos muy comunicados y que podemos hablar constantemente, pero...

M.G.- De lo importante no se habla.

P.S.- No, de lo importante no se habla. Al revés, todo conspira para que no se hable de lo importante, la familia. 

M.G.- Ya. Bueno, en esta novela hay padres incomprendidos, hijos incomprendidos. Lo que me gusta de esta novela es que se ofrecen dos caras de una misma moneda. Y además es un juego interesante porque el lector se puede sentir identificado como padre o madre, pero también como el adolescente que fue.

P.S.- Sí, quizá por mi formación periodística, sé que la realidad es poliédrica. Hay muchos balcones desde los que ver la realidad. No era muy complicado ponerme en la voz del padre. Soy un tipo que tengo la edad del protagonista, con dos hijos igual que él, aunque los míos sean varones y en su caso no sea así. Pero también quería darle voz a la adolescente, con esa especie de monólogo interior, porque siempre tendemos a prejuzgar a los adolescentes y siempre tendemos a decir que están empanados, que no se enteran de nada, que son unos desagradecidos,... Pero yo quería contar a través de Inés que, detrás de ese mutismo y ese monosílabo, ella también siente, que también le gustaría saber ser cariñosa pero no sabe cómo, que necesita afecto pero no sabe cómo pedirlo, que arrastra una culpa. Creo que es importante mostrar todo eso porque la literatura tiene que tender puentes y quitar etiquetas.

M.G.- Y aunque tengas hijos, ¿te ha costado trabajo meterte en el papel de Inés?

P.S.- Haciendo reportajes he estado muchas veces con muchos adolescentes. También he hablado con muchos psicólogos para elaborar el perfil psicológico de la chica. Tengo dos hijos adolescentes y yo mismo he sido adolescente. No se me olvidan cosas, como esa necesidad de hablar aunque no sabía cómo hacerlo. No se me olvida que yo también me sentía mal porque mis padres pensaran que era el tío más feliz del mundo. Es lo que dice Inés, la adolescencia puede ser un infierno, basta con el cielo de los otros. Basta con que veas que a los otros les va divinamente, que tengan más amigos que tú en Instagram para que pienses que tu adolescencia es una mierda.

La mirada sobre el otro que tienen los adolescentes me parece muy tormentosa. Los que tenemos una edad podemos manejar esa mirada, el ver que al otro le va mucho mejor que a ti, pero una chica o un chaval que está en formación, que le caiga encima esa demanda tan brutal de pureza y perfección me parece complicado. Y en esta familia, donde además hay dos traumas importantes que el lector irá descubriendo, manejar el dolor cuando todo el mundo te está demandando felicidad y éxito es complicado. Creo que, sin lugar a dudas, es más complicado ser adolescente hoy que en nuestra época.

M.G.- De la lectura de tu novela, me ha calado mucho más el mensaje de Inés. Es verdad que padres y madres sufren. Ellos intentan entender a sus hijos y los hijos, a su vez, intentan hacerse entender por los padres, pero los padres tienen un bagaje, una experiencia, una madurez que no tienen los hijos. Estos andan perdidos. Esa parte de Inés es la que más tristeza me ha producido porque está totalmente desorientada, pasando por una etapa muy complicada, de la que solemos pensar que solo tienen tonterías en la cabeza pero, realmente, lo pasan mal. Me ha impactado la parte de Inés más que la del padre, y mira que la del padre es también muy complicada.

P.S.- La adolescencia es ese monstruo que devora a tu hijo y luego te lo devuelve o no. Hay mucha verdad en esta frase. Creo que, casi siempre, te lo devuelve pero todos estamos cansados de ver historias de chavales que se han perdido o que han acabado en lugares peligrosos. Hay un momento fundacional en la que el hijo suelta la mano del padre o de la madre, yendo al colegio, y en la despedida no quiere beso porque les da vergüenza. Ahí se meten en un túnel de lavado que dura años y los chavales salen transformados. En ese periodo, la familia está muy pendiente de lo que pasa, porque eso lo cambia todo. Los que tenemos hijos, nos lo jugamos todo a una carta. A ti te puede ir muy bien en la vida, profesionalmente o afectivamente, pero si a tu hijo no lo has colocado en un lugar de felicidad te vas a considerar un fracasado. Y al revés, si tu vida es una mierda, si te va de pena, pero a tu hijo lo has colocado en un espacio seguro en el que se siente alegre y pleno, entonces vas a considerar que tu vida ha tenido sentido. Y eso es una maravillosa putada porque tú estás poniendo todos los huevos en la cesta del otro. 

Esta familia de clase media, a los que les va bien, tiene mucho miedo. Consideran que puede haber un fracaso por lo que se está cociendo en casa, por esa gestión del trauma, por los silencios, por la culpa, que lo va, poco a poco, ocupando todo. Por eso hay incomprensiones mutuas. Los dos, el padre y la hija, saben que tienen que sentarse a hablar. Los dos saben que tienen que destilar su culpa, que tienen que arreglar los problemas pero no saben cómo hacerlo porque nos da vergüenza mostrar nuestros afectos, mostrar nuestras debilidades y nuestra fragilidad.


[Si prefieres escuchar nuestra conversación, dale al play]

M.G.- Esta familia es una familia humilde y sencilla que, inicialmente reside en un barrio de la periferia de Madrid pero que prospera y se mudan a un barrio residencial. Esa mudanza implica también cambios en las relaciones familiares porque se amplían los espacios en los que conviven pero también se agrandan las distancias entre ellos. Eso da que pensar.

P.S.- El padre dice que lo malo de tener una casa más grande es que tocas a más metros pero a menos gente. Esto pasa muchas veces. Al final, el éxito consiste en ser feliz, en que te acuestes tranquilo y no que vivas en una casa más grande. Por cierto, qué mala prensa tiene la felicidad y qué buena prensa tiene lo maldito. Qué buena literatura tiene el malditismo y qué mala literatura tiene la felicidad. Es como cuando vemos a alguien sonriendo por la calle. Nunca pensamos que es alguien feliz sino más bien un idiota. Me parece una barbaridad. No sé si todas las personas inteligentes son felices pero sí creo que lo inteligente es ser feliz.  La gente piensa que si eres inteligente solo puedes estar triste y abatido porque el mundo está fatal. No, no te compro eso. Si eres inteligente tienes que ser feliz porque solo vas a vivir una vez. Ese es uno de los mensajes del libro. 

M.G.- Pero esta novela tiene un inicio un poco tenebroso. Como todavía no lo he terminado, quería preguntarte si, al final, hay luz, si hay esperanza.

P.S.- Sí, creo que sí. El tiempo es ese monstruo con trastorno obsesivo compulsivo que lo pone todo en su sitio. Me gusta que los libros acaben con luz. Entre otras cosas porque creo que la realidad, o la actualidad, es bastante cabrona, áspera y tóxica, como para que la narrativa no tenga puntos de anclaje, para que no funcione como un respiradero o una ventana abierta.

Un periodista tiene que escribir contra el lector, porque lo tiene que sacar de lo quiere escuchar. Le tenemos que decir que ni unos son tan buenos ni los otros tan malos. Esa es la labor del periodista. Pero la labor del escritor es casi la contraria. Es coger a alguien de la mano, sacarlo del incendio, y llevarlo a un lugar donde respire.

M.G.- En esta novela hay frases tremendas. Si un padre o una madre lee los párrafos de la página 62 y 63, donde Inés dice que si su padre y su madre supieran lo que los jóvenes hacen con dieciséis años, se deben de acojonar con lo que cuenta Inés.

P.S.- Sí, claro. Pero todos hemos hecho cosas que a nuestros padres les daba un miedo feroz. Para crecer hay que romper el cascarón. Creo que hay varios partos en la vida. Uno, cuando te dan a luz. El otro tiene que ver con la adolescencia. Ese es el segundo gran parto. Cada generación tiene derecho a sus propios errores. Yo sé cuáles fueron los de la mía. Ahora, los errores de la generación actual van a tener mucho que ver con la incomunicación y con los silencios.

M.G.- Javier, el padre protagonista dice en un momento dado que no es que él tenga mala relación con su hija. El problema está en que no tiene ninguna relación. Y también encontramos, por lo que se desprende de la lectura, y por lo que oigo en mi entorno, que los hijos parecen que les están perdonando la vida a los padres constantemente. Desde mi posición de no-madre, ¿qué se está haciendo mal? Es que los padres ofrecen la mano a sus hijos pero estos toman el brazo entero y los padres lo consienten. 

P.S.- Aquí te respondería el mismo Javier. Te diría aquello de que somos aquella generación que dejábamos el mejor sitio de la mesa para el padre, y ahora lo dejamos para el hijo. Ese es parte del problema fundacional de nuestra generación.

De todos modos, creo que siempre ha habido silencios intergeneracionales, entre los padres y los hijos. En nuestra adolescencia, tampoco hablábamos mucho con nuestros padres, pero era un silencio que tenía que ver con lo humano. Nuestros padres venían de un mundo recio, austero, anclado en el medio rural, con cuarenta años de dictadura, bastante tenían con llenar la nevera y desconocían lo de la pedagogía de los afectos. Nadie les había enseñado esto. En cambio, nosotros conocemos la pedagogía de los afectos, nos han hablado de la inteligencia emocional, tenemos libros de auto-ayuda, nos han educado respetando la diversidad,... pero ese silencio sigue estando ahí. Y ese silencio, con los hijos adolescentes, tiene que ver, para mí, más que con lo humano con lo tecnológico. Tú estás al lado de tu adolescente pero él está a kilómetros de distancia. Eso es lo que me da pavor.  

M.G.- Frases como «Ojalá mi padre hubiera muerto en ese avión»«Ojalá no hubiéramos tenido este hijo». Son frases que se dicen en un arrebato, en un calentón. Pero a mí siempre me queda la duda si esos padres sienten una pizca de arrepentimiento, pero nunca lo van a verbalizar.

P.S.- Quien te diga que no, miente. Por supuesto que muchas veces te arrepientes de haber tenido hijos. A veces los querrías matar. Igual que hay veces que ellos te querrían matar a ti. Pero bueno, aquí estamos. Y estamos vivos. Lo importante es lo que digo en la dedicatoria, para todos aquellos que, a pesar de todo, se levantan cada mañana y lo vuelven a intentar. Educar va de esto. El que se cansa educando, pierde. Lo que los adolescentes necesitan, a pesar de que no quieran hablar, es que tú hables con ellos. A pesar de que no quieran tu ternura, tienes que seguir dándoles cariño, y pasándoles la mano por el hombro. A pesar de que no quieran reglas, tienes que ponerles normas feroces. Cuando un padre tira la toalla, ha perdido. Te hablo de las cosas más pedestres, como hacer la cama. Como digas que vas a hacer la cama porque vas a tardar menos que si se lo pides a tu hijo, pierdes porque resulta que vas a hacer la cama todos los putos días de tu vida. En cuanto a lo importante, a ese voy a seguir dando con el pico a este muro que no acabo de romper, como tires el pico por cansancio, has perdido para siempre. Ese muro termina por caer si sigues dando con el pico. Lo tengo claro. 

M.G.- A pesar de escuchar constantemente «quépesadoeres»,  como se dice en la novela.

P.S.- Claro. A pesar de ese «quépesadoeres». Sí, es así. Creo que soy un padre razonablemente pesado.

M.G.- ¿Alguna vez le has preguntado a tus hijos qué clase de padre eres?

P.S.- No, no, no se me ocurría. Ellos ya se encargan de decírmelo sin que se lo pregunte. (Ríe). No me ponen muy buena nota. Pero, una vez alguien de mi trabajo me dijo una cosa interesante. Yo, antes de tener hijos, estaba un poco asustado por esa idea de exigencia y perfección. Tú, que no tienes hijos, seguro que alguna vez te has preguntado cómo la gente se atreve a tenerlos, con lo complicado que es. Yo estaba acojonado pero, un día, una compañera que tiene cuatro hijas me dijo que mis hijos me tendrán que querer con mis errores, igual que yo quise a mis padres con los suyos. Es una obviedad pero a mí aquello me relajó mucho. Yo quiero a mis padres imperfectos y aspiro a que mis hijos me quieran con mis errores, y con mis salidas de tono, y con mis pesadeces.

M.G.- Con los años, uno termina por recordar las virtudes de los padres y por reírse de sus defectos.

P.S.- Claro.

M.G.- Y antes de iniciar la entrevista hablábamos de la tía Clara, un personaje importante en esta novela. ¿Qué hay entre sobrinos y tíos para que exista esa conexión tan especial como vemos en el libro?

P.S.- ¿Y tú me lo preguntas?

M.G.- Y yo te lo pregunto. (Risas)

P.S.- Mira, creo que una tía o un tío que no tiene hijos, pero tiene sobrinos, es el mayor regalo que puede tener un adolescente. Es como una madre o un padre, pero sin lo malo de una madre o un padre. Son gente que hablan sin filtro a los adolescentes y a los padres de estos, si hay confianza.  Es gente muy generosa, que comparte su tiempo con ellos, que está muy pendiente de sus afectos. Uno no envejece tanto porque cumpla muchos años sino cuando no deja que lo aplaste el dolor. Y la tía Clara, que no tiene hijos, es el personaje más libérrimo porque, aunque ella tenga su dolor, no ha dejado que la aplaste. Es fácil conocer a tíos de treinta años que parecen muy viejos, porque su mierda la ha gestionado mal, y a gente de setenta y cinco u ochenta años que parecen jóvenes porque su mierda la han gestionado bien. Pues estos tíos, si tienen ese punto de luz, de gestionar bien, como le pasa a la tía Clara, me parece de las personas más importantes que pueda tener un adolescente. He tenido tíos con hijos y tíos sin hijos. Mis tíos sin hijos son inolvidables. Mis tíos con hijos son otra cosa. El tío Paco y la tía Clara de la novela son dos personajes inspirados en familiares míos.

M.G.- Oh...

Bueno, ahora quiero pronunciar una palabra pero no sé si debo. Si no debo, tú me dices que la borre.

P.S.- No pasa nada.

M.G.- Quiero hablar de la palabra adopción. ¿Podemos hablar de ello?

P.S.- Bueno, vamos a contar algo de la novela pero si tú quieres, hablamos.

M.G.- De esas adopciones que son un riesgo.

P.S.- Sí. No sé qué contestarte. Nadie me ha preguntado esto porque, como sale en el capítulo cuatro de la novela...  Las adopciones son un riesgo. Tener hijos es un riesgo. Lo que te cambia la vida es tener hijos. Te cambia mucho más la vida tener un hijo que tener dos. Y también creo que todos los niños son adoptados. Incluso los biológicos. En realidad, los hijos no son tuyos. Son de la calle, son de la sociedad, de sus amigos, de sus abuelos, de sus compañeros de clase, de su tía, del barrio en el que viven.  

Para el tema de la adopción he hecho una labor de documentación importante, hablando con expertos, con técnicos, que llevan estos temas. Para mi alivio, padres que están en este proceso y que tienen hijos adoptados me han dicho que les ha gustado mucho la novela y se han visto reflejados.

M.G.- Hablemos ahora del proceso de escritura de la novela. Se va alternando la voz de Javier y la de Inés, pero dentro del mismo capítulo no hay una narración continua. Vas dando saltos, como haciendo flash en escenas concretas.

P.S.- Me salió así de la tripa, como si estuviese mirando un álbum de fotos y recordase cosas. De hecho, hay saltos hacia delante y hacia atrás. A veces se habla de la adolescencia del padre y al momento de la adolescencia de la hija. Esto tiene que ver con una escritura automática, de alguien que está meditando sobre su hija, por eso hay pensamientos que van y vienen. La estructura de esta novela es más compleja que la de Los ingratos. Es menos lineal. Además, en esta hay una novela dentro de la propia novela. 

Escribo sobre cosas que tienen que ver con lo visceral, con lo emocional, con los sentimientos, la familia. Pero este libro no tiene nada que ver con el anterior. Creo que en la familia está todo porque es como una especie de terrario, donde hay una serie de animalillos. Hay la misma temperatura y la misma humedad para todos, pero cada animalillo se comporta de un modo diferente. En la familia está el odio, la soledad, el amor, la culpa, el olvido, los celos,... Está todo ahí. Me apetecía escribir sobre todo esto. Estuve escribiendo en muchos pueblos de Zamora y Guadalajara.

M.G.- Aislado.

P.S.- Sí y no lo he pasado nada bien escribiendo. Creo que lo he pasado peor con esta novela que con Los ingratos. Las dos tienen un pulso muy sentimental pero esta me ha costado más, porque la otra la veía por el retrovisor, pero esta tiene que ver con mi día a día, con mi relación de pareja, con mis hijos. No han sido los mejores meses de mi vida. 

M.G.- Antes te decía que la parte de Inés me ha impactado mucho pero también hay que reconocer que Javier hace un ejercicio de desnudez, de despojarse de todo en la novela. Le escribe como un carta a su hija, a la que se entrega, sin artificio.

P.S.-  Pues por eso te digo que no lo he pasado bien escribiendo. Escribir tiene que ver con desnudarte. Lo que decíamos antes, hablar de tu culpa, de tu miedo,... Javier es un tipo que necesita hablar. En esta familia, todos necesitan hablar y no lo hacen. Por eso, todos terminan en terapia.  Cuando no hablamos viene la metástasis y se te lleva por delante. La psicóloga le pide al padre que le escriba a la hija todo lo que no se atreve a decirle. En esa carta hay un desgarro. Muchos padres que han leído la novela me han dicho que han tenido que cerrar el libro varias veces porque les tocaba muy de cerca. Se pasa muy mal con los hijos. Es con lo que peor se pasa. No hay nada peor que fracasar con un hijo. Por eso el padre está tan cagado de miedo.

M.G.- Ya. Y como última pregunta, ¿esta novela te ha servido para acercarte a tus hijos o para pulir la relación con ellos?

P.S.- No era la intención. Ni siquiera aspiro a que mis hijos me lean. Quiero que mis hijos lean. A secas. Y también aspiro a que escriban. Me refiero a dirigirse al otro, a que lo escuchen, a que se pongan en la piel del otro. Un libro es un manojo de llaves que te sirve para abrir muchas puertas. Quiero que mis hijos cojan el llavero. Es lo que quiero.

M.G.- A ver si lo consigues.

P.S.- Ahí estamos. O no haber tenido hijos,  que diría el otro, ¿no? (Se ríe)

M.G.- Allá tú. (Risas). Bueno, pues lo dejamos aquí. Un placer hablar contigo, Pedro. Me encanta volverte a ver.

P.S.- Fenomenal. Muchas gracias.


Sinopsis: "Somos esa generación que en su infancia dejaba el mejor sitio de la mesa para el padre y que ahora se lo deja al hijo. Eso somos", dice Javier, el padre.

"La adolescencia puede ser un infierno. Basta con el cielo de los otros. Es suficiente con que te los imagines más felices y más guapos que tú y sin el nudo que sientes dentro", dice Inés, la hija.

Javier y Celia son un matrimonio de clase media con un hijo pequeño y una hija preadolescente. Él trabaja en una editorial y ella en un hospital; él arregla vidas de mentira y ella arregla vidas de verdad. Tratan de prosperar, se mudan a un barrio mejor, la cotidianidad. Podría ser la historia de muchos. Hasta que tiene lugar una excursión a Pirineos que lo cambia absolutamente todo.

Esta es la historia de un viaje al abismo que habla de otros muchos viajes. El viaje de la infancia a la convulsa adolescencia. El que va de la algarabía infantil al silencio más sepulcral. El de los padres que caminan detrás con su culpa y llegan tarde. El de los abuelos que fueron delante y a los que nadie escucha. El que hace alguien para salvar una vida. También es la historia de ese otro viaje al que todos tenemos miedo: el que habla de nuestro pasado más oscuro y secreto.

Los incomprendidos es una novela sobre la soledad familiar, la incomunicación entre padres e hijos, el horror de decir, pero también, y desde la primera página, sobre la esperanza.


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