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lunes, 10 de octubre de 2022

VENGO DE ESE MIEDO de Miguel Ángel Oeste

Editorial: Tusquets Editores
Fecha publicación: septiembre, 2022
Precio: 19,00 €
Género: narrativa
Nº Páginas:304
Encuadernación: Rústica con solapas
ISBN: 978-84-1107-156-7
[Disponible en ePub:
puedes empezar a leer aquí]


Autor

Miguel Ángel Oeste (Málaga, 1973) es licenciado en Historia y en Comunicación. Ha escrito las novelas Bobby Logan (2011) y Far Leys (2014), sus cuentos han aparecido en diversas antologías y coordina distintas publicaciones que relacionan cine y literatura. También es autor de varios libros sobre el séptimo arte y de la novela Arena (Tusquets Editores, 2020), «Brutal y potente. Duro y sutil. Me ha gustado mucho. Estoy sin aliento.» (Sara Mesa). Colabora en diversos medios de comunicación, entre ellos El Cultural, Rockdelux, Caimán. Cuadernos de Cine y Fuera de Series. Director y guionista de documentales como Vibraciones, Melillenses o 69 y algo más, forma parte del Comité de Dirección del Festival de Cine de Málaga y de la Semana de Cine de Melilla.


Sinopsis

Un relato devastador sobre el maltrato en la familia, que también es un doloroso retrato sociológico.

Incapaz de visitar a su padre, el narrador de esta historia decide escribir sobre su familia sin contar con ese testimonio. El miedo a estar junto a él lo paraliza. Y así, como una infección que lo invade todo, aflora la narración de este infierno. Su madre, una belleza de menos de veinte años, se dejó seducir por el padre, un hombre dotado de gran encanto entre las amistades y muy generoso con los que le rodeaban en el trabajo, pero un egocéntrico maltratador en casa. En este retrato falsamente doméstico se perfilan los inicios del turismo en la Málaga de los años setenta, cuando el dinero europeo de veraneantes e inversores trajo en plena dictadura una insólita apertura en forma de diversión y juerga, aire fresco para una sociedad que ni en sueños habría imaginado noches de orgías sin fin. Miguel Ángel Oeste desciende al abismo de sus recuerdos y, en una dolorosa investigación, confronta su memoria con la de familiares y conocidos para elaborar un testimonio desgarrador, que a la vez es una crónica de los últimos cuarenta años de este país. Un viaje en el que el miedo es el protagonista, primero como padecimiento y luego como motor de escritura.

[Información tomada directamente de la web de la editorial]

No sé muy bien qué deciros y a la vez os lo quiero decir todo. La lectura de Vengo de ese miedo de Miguel Ángel Oeste marca un antes y un después en mi recorrido literario. Porque nadie puede salir indemne de esta novela. Nadie. Tampoco sé si trazarme una línea imaginaria para hablaros de este libro, una frontera que nada tiene que ver con desvelar más de la cuenta sobre su argumento, sino con el respeto, el respeto a la narración, al narrador, y a la memoria.

Hace un par de semanas hablé con Miguel Ángel Oeste. Fue una conversación libre, ajena a ese encorsetamiento que marca el cuestionario que suelo llevar conmigo cuando me siento a conversar con un autor. Dejé que la conversación volara por los espacios que mi interlocutor marcaba, sin interrupciones, amoldándome al tempo que él pedía, a su discurso, sus recuerdos y sus emociones. Quiero hoy hablaros de este libro, tan oscuro y tan luminoso a la vez, quiero entrelazar mis palabras con las del autor, en un baile dulce y cadencioso, que nos lleve hasta el perdón. Si eso es posible. 

No se puede obviar que Vengo de ese miedo comienza con un inicio demoledor. El autor atrapa al lector en la página 15, la primera del relato. ¿Cómo huir de ese «Quiero matar a mi padre», esa primera frase de la novela, con la que inmediatamente se encienden todas nuestras alertas? ¿Qué piensas tú, lector, al leer una frase tan contundente? Imagino que reaccionarías como yo lo hice, irguiendo el espinazo, con la intriga pegada al esternón. No pude evitar que un pensamiento, intenso como un ramalazo, cruzara mi mente. ¿Qué hijo desea matar al padre? ¿Qué clase de desnaturalización es esta? Pero luego volteé la página y ahí estaba la respuesta.


«Mi padre aún vive.

Se  reproduce igual que la hierba salvaje. Se hace fuerte en lo adverso. Ese es mi padre: mala hierba que crece en cualquier sitio de mi cuerpo tembloroso, apoderándose de mí.

El 16 de julio de 2009, justo a la hora en la que iba a tomar un avión con destino a Praga, mi madre murió ahogada en su propio vómito mientras él estaba borracho. Sospecho que él la mató, también que ya la había matado, poco a poco, a golpes, erosionando su cordura como una lija erosiona la madera. Un símil sencillo, efectivo, igual que las manazas con las que nos pegaba». [pág. 16]


Vengo de ese miedo retrata una historia de maltrato y violencia. Cuentan que el relato contenido en estas páginas tiene tintes autobiográficos, pero no nos quedemos ahí. Oeste quiere dejar claro que hay mucho más. El narrador de esta novela (y dejadme que siempre me refiera al narrador y no al autor del texto) se plantea relatar en este libro sus vivencias durante su infancia y adolescencia, la relación que mantuvo con su padre, -si se le puede llamar así-, la relación que tenían sus padres entre sí, la atmósfera de su hogar. Desde la edad adulta, el narrador regresa al pasado para analizar, con los ojos de hoy, cómo fueron aquellos años y qué huellas han dejado en su camino. ¿Qué imagen tiene él del padre? El narrador cree saber lo que vivió pero a veces le entran dudas. ¿Es real lo que aflora en forma de recuerdo? ¿El padre era tal y como él lo rememora? Para averiguarlo decide entrevistar a diversas personas que trataron con aquel hombre en aquellos años, para ir componiendo así el retrato de una etapa marcada por el miedo, un tiempo en el que el narrador se vuelve un naufrago medio ahogado en un mar en tempestad, capeando temporales de destrucción, de humillación, y de maldad.

Para entender lo que vivió se remonta al pasado. No basta con profundizar en la vida de sus padres, en la de su hermano, en la de sí mismo. Las raíces de lo que germinó en aquel hogar debían venir de lejos. Y por eso indaga en sus bisabuelos, en sus abuelos, pregunta cómo vivieron, dónde se asentaron, quiénes fueron, en qué trabajaron, cómo se relacionaron. No todo el mundo está dispuesto a hablar. No todo el mundo quiere regresar a ese pasado con el que el narrador quiere enfrentarse. Pero, si su propósito es encontrar realmente explicaciones, ¿por qué no ir directamente a la fuente principal? ¿Por qué no presentarse en casa del padre, después de tantos años distanciados, sentarse frente a él, y escupirle una pregunta tras otra? Lo sopesa. Busca en su interior la fuerza necesaria pero solo le sale: 


«Quiero matarlo. Siempre lo he querido. Lo repito y no dejo de hacerlo, como si me proporcionase placer, como si en la repetición fuera posible hallar el valor necesario. Paradójicamente me asalta la idea de llamar a mi padre y entrevistarlo para extraer su visión de los hechos con el fin de plasmarla aquí, en este libro. Pero no me atrevo». [pág. 17]


Leerás en la novela qué le impide dar ese paso, y si logra comprender todo lo que vivió en aquellos años. Dice el autor que esta novela también bebe del thriller psicológico, de esas incógnitas que flotan en el aire, a la espera de respuesta, «mezclado con elementos de género, porque la casa de los padres está tratada como un elemento de terror». Y la curiosidad del lector, que acompaña al narrador en esa búsqueda de cicatrización, también será espoleada por el suceso al que el narrador irá aludiendo de vez en cuando. Cada pocas páginas, nos asalta la palabra «Acacias». Tardaremos en saber qué se esconde tras este nombre, símbolo de horror, de la humillación, de la aberración. El suceso que se esconde tras esa palabra, del que el narrador ni siquiera sabe si encontrará la fuerza para contarlo, mantiene al lector pegado a estas páginas, con un nudo en la garganta.

 

«En mi cabeza espera la palabra "Acacias". Un cohete en su cuenta atrás».      [pág. 97]


Vengo de ese miedo nace de la necesidad de sanación, de un deseo de pasar página, aunque Miguel Ángel cree que la literatura no es catártica ni te va a curar. «Lo máximo que se consigue con la escritura es aceptarse a uno mismo. En realidad, uno no escribe libros sino que son los libros los que le escriben a uno». Cuenta que todas las novelas que ha escrito, de una forma u otra, lo interpelaban. Incluso la que escribió sobre la muerte de Nick Drake en Far Leys.  Pero no todos tienen la misma capacidad para olvidar. Lo sabe bien este narrador que ve cómo su hermano ha conseguido dejar atrás el pasado y encontrar una relativa calma. Pero él no puede. La negrura de su interior tira de él hacia abajo, lo ahoga, lo asfixia, cargando sobre su espalda aquellos años convertidos en un mar de drogas, sexo y alcohol en el que nadaban sus padres. Quiere dejar atrás sus monstruos, esquivar el destino, romper el maleficio, y huir de todo aquello que lo amenaza. Incluso de esa espiral de auto-destrucción con la que, paradójicamente, trataba de mitigar su dolor.

Las dos lecturas de la novela

Por eso este libro se convierte en esa última oportunidad para cerrar la puerta del pasado. Sabe que la escritura no cambiará lo que ocurrió pero «Escribir es mi manera de enfrentarme a él». Porque si no reconstruye la historia del padre, el narrador no podrá reconciliarse con la suya.

Pero Vengo de ese miedo no es solo el retrato de unos años de infancia oscuros y desgarradores. «No he escrito esta novela para el morbo», me contó Miguel Ángel en aquel encuentro. No solo pretende mostrar al niño convertido en superviviente, a aquel que buscaba en sus cómics el único instante de paz, soñando con despertarse un día con algún superpoder que le permitiera matar al malo. Aquel niño, hoy adulto, sigue deseando que algún héroe de infancia, de aquellos que protagonizaban sus tebeos y que su padre un día hizo pedazos, le preste su magia para derrotar al enemigo.


«Solo las lecturas de los tebeos y los libros me protegían, me salvaguardaban durante algunas horas de la locura y la destrucción en la que vivía, de la alarma constante que representaba mi adolescencia». [pág. 287]


Y dice Oeste que este libro es un artefacto estético-literario, mucho más que el retrato de una destrucción porque el relato de aquellos años corre paralelamente a la descripción del proceso creativo. Vengo de ese miedo también es un libro sobre la escritura, sobre el efecto que escribir provoca en el autor y el lector, generando una comunión de íntima conexión entre ambos. «Ese es el gran tema del libro, la escritura y sus efectos», afirma. Pero, ¿cómo escribir cuando hay tanto rencor y tanto odio? Sabe que lo que bulle en su interior condicionará lo escrito, y lucha contra la tristeza, el odio, el sufrimiento y el dolor. «¿Cómo se alcanza esa meta cuando tienes la absoluta certeza de que tu padre es un asesino?».

La novela viene a contarnos que la escritura es también mecanismo para encontrar respuestas. «Simplemente escribo buscando explicaciones pese a que cuando uno escribe suele terminar descubriendo que solo ha conseguido multiplicar las preguntas». Necesita curarse y cerrar heridas. Por eso busca el modo de lograrlo a través de la escritura, aunque eso suponga volver a revivir a todos los fantasmas del ayer, y reavivar el dolor, el miedo y el sufrimiento. Duda si lo conseguirá, porque «a pesar de que con estas palabras persigo liberarme, perdonarlo y perdonarme, reincido una y otra vez en los reproches, en el resentimiento que expulsa la memoria en forma de recuerdos enquistados. Y sí, soy incapaz de perdonarle en este momento. No sé si lo haré en un futuro o si con la escritura llegaré a lograrlo. Desconozco si esta actitud me vuelve ingrato». 

Confiesa el narrador que escribir este libro fue un proceso doloroso. Iniciado en 2009, mezclando ficción y realidad, asentado sobre una base metaliteraria, tuvo que abandonarlo en un momento puntual de la narración. Pero, lastrado durante demasiado tiempo, sintió que «tenía que terminar este libro para poder empezar a olvidar o, al menos, intentarlo, y para que mis hijas no tuvieran que hacer un viaje siniestro, como yo hago, para saber quién era su padre».

La memoria

Y así se va construyendo la novela, a través de saltos en el tiempo, una escritura sometida a la arbitrariedad de los recuerdos, preguntándose si la memoria realmente es un aliado o un enemigo, si la mente no nos engaña, camuflando los hechos del pasado tras una bruma de ensueños. Por eso el narrador quiere contrastar sus recuerdos con los de otras personas, para dilucidar la auténtica verdad porque se cuestiona si no acostumbramos a añadir o borrar, si la memoria no distorsiona nuestros recuerdos, no los retuerce, seleccionando imágenes y ocultando otras, cada uno movido por su propio interés.


«Antes de ponerme a escribir este libro suponía que no había mucha alegría en el hogar de mi padre, ni en el de mi madre. Sin embargo, cuando he hablado con sus hermanas y con la hermana pequeña de mi madre me han ofrecido la versión opuesta, ellas coinciden en la descripción de hogares agradables, felices. Se sentían una familia. Me pregunto si es una distorsión de la memoria o si realmente fue así». [pág. 48]


Asegura Oeste en nuestra charla que la memoria es una mentira. «Si recordáramos esta conversación dentro de un año, tú la contarías de una manera y yo de otra distinta». Es el mismo mecanismo que afecta a las sensaciones que uno puede tener de otro. Y es ahí donde entra el juego entre ficción y realidad que el autor asegura que existe en esta novela. No se puede ser categórico a la hora de afirmar que todo en este libro es realidad. Ni siquiera el propio autor puede pronunciar tal afirmación porque «el libro en sí es una mentira. Puede ser verdad lo que me ha pasado a mí y lo que cuento, pero la realidad fue posiblemente mucho peor». Así que para él, este libro es una novela, en su concepción más pura. «Sí, tiene partes autobiográficas pero todas las novelas las tienen, incluso las de ciencia-ficción».

El padre

Y poco a poco vamos conociendo a los personajes, formando parte de una familia donde la palabra respeto se confunde con tiranía. A veces cuesta trabajo creer que existan personas con un alma tan negra, que sean capaces de provocar tanta maldad y, a la vez, consigan ser tan habilidosos para mostrar una imagen de sí mismos que no corresponde con la realidad. 

El padre de esta novela es un hombre con dos caras, un tipo que solo se levantaba temprano por diversión y sexo. Provisto de un fuerte magnetismo, sabía cómo ganarse a la gente, cómo camuflar su propia naturaleza para que nadie, fuera de casa, viera el monstruo que podía llegar a ser. Pero también fue un padre que «no dudaba en pisar a todo el mundo», cuando la situación lo requería. Seductor, inteligente y admirado por algunos, solo infringió dolor a sus hijos, los menospreció, los humilló, los hizo añicos, y luego pisoteó sus restos. «Mi padre tenía el ADN de un depredador», leeremos en la novela, y lo veremos destruyendo los sueños de todo el que lo rodeaba porque «menospreciaba todo lo que tuviera que ver con la cultura, el que se encargó de recalcarme que escribir era un fracaso, el que no se cansaba de repetirme que jamás llegaría a ningún sitio por ese camino de perdedores, que iba a estamparme contra la nada y que él estaría ahí para reírse». Encontrarte con este padre provoca pavor. 

La madre y la abuela

No será el único personaje que nos derrote. La madre, fallecida ya, ahogada en su propio vómito, fruto de la ingesta de pastillas y alcohol, era una mujer guapa, que gustaba a los hombres y soñaba con ser modelo. De pequeña, la consideraban una niña buena, «pese al genio y talante rebelde que le salía de vez en cuando», cualidades que le servían para no dejarse dominar por los hombres siendo adolescente. Pero todo se torció. Quiso también estudiar para alejarse de la mediocridad y acercarse a esas niñas pudientes con las que quería identificarse.  Y truncó su camino el mismo día que apareció aquel joven con el que se ennovió y que luego se convertiría en su marido. 


«Mi padre fue a por mi madre, se metió en su cabeza, en su alma, hasta que se la arrancó, hasta que dejó de ser ella». [pág. 57]


La figura de la madre llama poderosamente la atención. Sufre una dependencia afectiva del marido, quizá porque de niña brilló en su vida la ausencia de una figura paterna. Duele mucho ver cómo, poco a poco, va cediendo terreno, adosada a esa imagen masculina tan tóxica y letal. Desgarra ver cómo se posiciona junto a un hombre que envenena la vida de la familia, de una esposa que sucumbe al alcohol y las drogas, empujada por una convivencia denigrante, para tapar su frustración, y de unos hijos a los que su marido maltrataba despiadadamente. Ni las palizas que recibió, ni la humillación a la que estuvo sometida, ni las borracheras de su esposo consiguieron desviarla un milímetro del camino que aquel hombre le marcó. Una madre que no era madre, pero sí esposa sumisa y obediente. Una madre que nunca intercedió por sus hijos, porque estos llegaron sin avisar, y solo se convirtieron en una molestia.

 

«[...] yo estoy quieto, no hago nada, mi madre sangra, un espejo está roto y hay cristales por el suelo, salgo corriendo cuando mi padre se abalanza hacia mí con sangre de mi madre en sus manos, también mi hermano corre, episodios así suceden a menudo, esta es mi infancia y adolescencia, esta es mi memoria». [pág. 25]


Y luego estará la abuela materna que excusa a los hombres alcohólicos. Este narrador busca en casa de los abuelos el refugio que no era su propio hogar, convertido en un lugar oscuro y tenebroso. Y allí, con aquella abuela, en cuyos brazos encontraba un poco de amor, escuchaba disculpas y justificaciones sobre el comportamiento del padre. No es malo, es que el pobre, cuando bebe, se vuelve loco. Frases así han estado a la orden del día en muchos hogares españoles de los años 70 y 80. No sé vosotros, pero yo tengo clavada esa frase dicha en boca de una vecina de mi madre, refiriéndose al marido. He conocido un par de familias así, en las que el alcoholismo era un miembro más. Y dejadme contaros algo. Aquellos maridos fallecieron relativamente jóvenes, y sus viudas, con los años, han recuperado la lozanía que se ajó durante las décadas de convivencia, y ahora las ves, con más de ochenta y pico de años, y parecen haber rejuvenecido. No puedes evitar pensar que es ahora, en estos años de viudez, cuando realmente son felices y viven la vida. Desterraron de su interior el miedo.

Violencia. Miedo. Herencia genética

Y miedo es la palabra que más se repite en esta novela. Miedo. Miedo. Miedo. Miedo. «El miedo que nunca se ha ido. El miedo resucitado con la escritura». No hay emoción más viva en la familia del narrador porque «El miedo había sido un compañero fiel de la familia». El miedo se palpa en estas páginas. Es un miedo atávico, de los que se te meten dentro y no importa si ya eres un hombre hecho y derecho, un padre de familia, con una trayectoria laboral impecable. El miedo está siempre ahí. Un miedo de niño en cuerpo de hombre. «Venimos de una época de mucha violencia familiar, que se quedaba de puertas para dentro y era algo muy normalizado», dice Miguel Ángel.  Una violencia que viene del hombre porque era él el que golpeaba con el puño sobre la mesa. «Esto que vengo diciendo en las entrevistas ha molestado mucho a los hombres».

Pero no solo es un miedo que procede del exterior. También hay miedo al interior propio, a llegar a convertirse en el padre, a volverse un monstruo porque tienes el mal en tu ADN. «Soy el vivo retrato de mi padre y eso me derrumba». Máxime cuando el narrador descubre que su abuelo paterno también bebía y maltrataba a su abuela, y a su hijo, el que luego se convertiría en el padre de esta historia. 


«Mi padre odiaba a su padre. Yo odio al mío. Esa es la herencia que me deja. La herencia del odio. Y la obsesión por vengar el miedo que me ha inoculado».    [pág. 47]


¿Y si un día, algo se activa en su interior y se convierte en su padre? ¿Y si no puede huir de la sangre, de un destino que parece estar marcando a los hombres de la familia? Fue ese miedo lo que más me ha impresionado de esta novela, oler el miedo en las páginas, sentir el temblor del narrador, un hombre cercano a los cuarenta, al recordar los golpes, los gritos, las amenazas. Oeste abre una caja llena de violencia y la vuelca en este libro, un terror que también arrastrará al lector. Lees párrafos y empiezas a temblar, imaginándote la escena con una nitidez tan clara, que basta con apartar la mirada de la lectura y dirigirla a algún lugar de la estancia en la que te encuentras, para ver al padre aporreando la puerta de una habitación tras la cual se esconde un niño asustado y desvalido.


«Me cago en Dios, abre la maldita puerta o la echo abajo, quién coño te crees que eres, estás en mi casa, basura, te voy a reventar como no abras, y los trompazos que no daba en la puerta de mi habitación, ya abollada, sino en mi cabeza, o así lo sentía yo, escondido debajo de las mantas, con el miedo dentro, muy dentro de mí, tanto que notaba cómo roía el corazón, la garganta, las sienes, el estómago». [pág. 76] 


Castigos que pasan de abuelos a padres, de padres a hijos, ¿cómo romper la cadena para que no pasen también a los nietos?

Y este dolor va a generar más dolor. Violencia que genera más violencia. El narrador entra en una espiral de autodestrucción. Quiere silenciar la ira y la rabia que ocupa su interior, y golpea con sus puños las paredes, descargando sobre ellas la impotencia que siente. Se entrena para el dolor, para acostumbrar su cuerpo a las heridas, a la sangre, al desgarro, se preparaba «para cuando mi padre me pegara y así no sufrir tanto». 

¿Cómo se puede vivir en una zozobra constante? ¿Cómo haces para cerrar los ojos, en ese momento de la noche en que uno entrega su cuerpo y su mente al descanso, temiendo que el monstruo llegue borracho a casa y quiera entrar en tu habitación para hacerte una visita? 

Torremolinos y la llegada del turismo

Violencia doméstica. Proceso creativo. Y también retrato socio-temporal. Porque el autor aprovecha el relato familiar para componer un cuadro sobre la Málaga de aquellos años. La acción transcurre en zona costera malagueña, aunque los escenarios, más allá del propio hogar, de la casa familiar -que se vuelve un elemento con vida propia -, no tienen gran transcendencia. Aun así, y a través de la figura del padre, propietario de discoteca y locales de ocio nocturno, Oeste también retrata la sociedad del momento, esos años en los que España se abría al turismo, impulsado por la transición, surgiendo oportunidades de prosperidad y bonanza.

De Torremolinos se cuenta que se convirtió en una fiesta continua, un lugar bullicioso que nació de ese «proceso de metamorfosis social desde la Costa del Sol». Son años de modernidad, de expansión, de llegada de ingleses y alemanes en busca del buen tiempo y de chapuzones en las playas. En ese ambiente, el padre y la madre del narrador descubren un nuevo universo, que les cautivó y por el que se dejaron arrastrar.

Y frente a esa parte de Málaga de dinero, desenfreno, alcohol y fiesta, la otra Málaga. La de las casas de V.P.O., la de los barrios humildes, con gente obrera que ganaba cuatro duros, la cruz de una moneda de la que procedía el padre del narrador. 

Estructura y estilo

Dividida en cinco bloques -Padre, Familia, Madre, Hijas, Padre e hijo-, la novela está escrita en primera persona. El autor la define como una obra descarnada y entiende que el lector se sienta atraído por la parte más oscura del relato, por lo más autobiográfico. Al preguntarle si no consideró escribirla en tercera persona, por aquello de marcar algo de distancia, me respondió que lo intentó, pero a las cincuenta páginas comprendió que la voz era demasiado impostada. Así que se decantó por la primera persona, «pero sin aderezos ni cosas bonitas», y tuvo muy claro que la primera frase del libro tenía que ser «Quiero matar a mi padre» porque «era el sentimiento que tenía y no lo quería ocultar».

Vengo de ese miedo es una novela viva, que va cambiando en su avance. Oeste afirma que el lenguaje, muy directo al principio, se va modificando poco a poco. De ese rencor y rabia que se vislumbra al principio, de una narración llena de reiteraciones, se va pasando a un estilo más sosegado y más reposado.


Creo que debo ir poniendo el punto y final. Esta novela me ha hecho pensar mucho. ¿Cómo se recompone uno después de vivir una infancia así? Esos años, en los que somos como un libro en blanco en el que nuestro entorno, nuestras familias, van dibujando los trazos que luego compondrán nuestra personalidad, nuestro carácter? No dejo de pensar en la enorme y necesaria labor de reconstrucción, en la petición de ayuda, en la mirada de un padre que observa a sus hijas, mientras en su mente asoman escenas del pasado familiar. Dice Oeste de sí mismo que está chalado, pero a mí me parece el más cuerdo de los cuerdos. Y el más valiente, también. 

Cerré la entrevista con una pregunta complicada. 

Marisa G.- Si hubieras tenido la oportunidad de hablar con tu padre antes de morir, ¿qué le hubieras dicho?

Miguel A.Oeste.- Uf,... Eso es algo que se ha quedado ahí. No lo sé. Creo que si hoy siguiera vivo tampoco sería capaz de hablar con él. Es algo que me paraliza. 

Por eso escribe esta novela, para construir algo con lo que poder enfrentarse al padre. Aunque, «la vida real sea otra cosa».

[Fuente: Imagen de la cubierta tomada de la web de la editorial]

Puedes adquirirlo aquí:




lunes, 14 de diciembre de 2020

ARENA de Miguel Ángel Oeste

Editorial: Tusquets Editores
Fecha publicación: Noviembre, 2020
Precio: 18,00 €
Género: Narrativa
Nº Páginas: 304
Encuadernación: Rústica con solapas
ISBN: 9788490668801
[Disponible en eBook;
puedes empezar a leer aquí]


Autor

Miguel Ángel Oeste (Málaga, 1973) es licenciado en Historia y Comunicación. Ha escrito las novelas Bobby Logan (2011) y Far Leys (2014). Sus cuentos han aparecido en diversas antologías y ha coordinado distintas publicaciones que relacionan cine y literatura. Es autor de varios libros sobre el séptimo arte y es director y guionista de documentales.

Sinopsis

Playa, motocicletas, música, cómics y todo un verano por delante en el que el protagonista deberá decidir qué hacer con su vida.

Cervezas calientes, vespinos, tiempo muerto sobre la arena blanca de la playa... Un verano inacabable y pegajoso en algún lugar de la costa malagueña y la sensación de que nada bueno va a salir de la adolescencia marginal de Bruno, quien narra las aventuras propias y las de su grupo de amigos. Y aunque su padre le repite que deje los cómics y las novelas y se matricule en derecho, lo cierto es que ni sus progenitores ni los amigos que éstos frecuentan predican con el ejemplo, y Bruno deberá decidir su futuro sin contar con la familia.

[Información tomada directamente del ejemplar]


Miguel Ángel Oeste escribió Arena y lo presentó al Premio Tusquets Editores de Novela. No ganó. Sin embargo, su sorpresa fue mayúscula cuando desde la editorial recibe una llamada para anunciarle que su novela iba a ser publicada. «Esto ha sido otra forma de ganar. Diría incluso que es hasta mejor porque así me ahorro la presión del premio», nos comentó el autor en la entrevista que nos concedió (puedes leerla aquí). 

Arena narra las aventuras de Bruno, un joven de familia desestructurada, parte de un hogar en el que ocurren cosas que se alejan de lo políticamente correcto, de lo que debe ser una familia al uso. La trama se mueve entre los sucesos que ocurren durante un verano y los recuerdos del protagonista, que va dejando un reguero de migas de pan, de tal modo que el lector conocerá cómo ha sido su vida, su entorno familiar, sus amistades,... Poco a poco iremos conformando el mapa emocional de este joven porque, aunque hay varios temas que circunvalan la novela, están tratados de manera sutil, para centrarse especialmente en las emociones de Bruno.

Del argumento no quiero desvelaros nada más. Arena me parece una novela diferente, con su propio código, que acompaña al lector a lo largo de recuerdos, reflexiones y sensaciones, hasta un desenlace en el que tendremos que sacar nuestras propias conclusiones. Por eso creo que no es libro para aquellos acostumbrados a que se lo den todo hecho. Siempre bajo mi opinión, considero que Arena es más una novela para leer entre líneas, para bucear en sus profundidades, sin que nos limitemos a quedarnos en la superficie de lo que se nos cuenta. Esa sutileza en los temas que se abordan es simplemente un mecanismo pues la literatura que gusta a Oeste es esa que sugiere, no la que se muestra abiertamente.

De Arena me han gustado varias cosas. Como le comenté al autor, para mí, esta novela tiene ese toque generacional que traslada al lector a sus veranos de juventud. Aquellos en los que, todos los días eran iguales y, al mismo tiempo, distintos. Jornadas protagonizadas por el tiempo libre, las cervezas, la música, la playa, el sol, las chicas y, por supuesto, los amigos. Junto a Bruno, encontraremos a su tribu, a Pipo, al Bocina y al Manco. Cada uno con sus chicas. A Bruno no se le conoce pareja oficial. Nos asomamos a ese universo de amistad, en el que cada uno posee un apodo, un alias que, en ocasiones, se impone al nombre propio, y al que permanecemos unidos de por vida, porque el «apodo es una marca, una señal, signifique lo que signifique». 

La atmósfera que se respira en la novela es, a mi juicio, uno de los pilares más interesantes de Arena. A veces, el texto se vuelve tan pegajoso y asfixiante como ese calor veraniego que respiran Bruno y sus amigos. El calor se vuelve palpable, el sudor pringoso lo impregna todo, y una sensación incómoda nos acompañará en algunos pasajes de la novela. A su vez, es una novela muy sensorial, donde los olores también están muy presentes. 

Bruno es un personaje del que es difícil despegarse. Narrador en primera persona, el joven se abre en canal para dejarnos mirar en su interior. Entre las páginas de esta novela están sus miedos, sus dudas, y sus anhelos. Me ha parecido peculiar que se trate de un joven al que le apasiona escribir, máxime cuando se ha criado junto a padre que considera la lectura como una pérdida de tiempo. ¿Surge la escritura como método de evasión? Bruno vaga errabundo, intenta sacar la cabeza del agua para respirar, pues está inmerso en una espiral de autodestrucción. Si lo consigue o no, eso lo tendréis que averiguar vosotros al enfrentaros a la novela. 

Y, en paralelo a Bruno, otro personaje muy interesante, el Pérez. Se trata de un vagabundo al que el joven se acerca y busca en más de una ocasión. No es el típico sin techo amorrado a un brik de vino, sino un hombre que lee periódicos. Como nos dijo Oeste, el Pérez se convierte en lo más parecido a un referente que tendrá Bruno. 

Y, aunque hay un hilo conductor, durante toda la lectura he tenido la impresión de que la novela se podía leer sin orden. Los capítulos, algunos de ellos de una brevedad muy significativa, están llenos de recuerdos que invitan a la reflexión.  Por otro lado, los recuerdos de Bruno están tan llenos de realidad que, inevitablemente se tiende a pensar en el préstamo que el propio Oeste ha concedido a su personaje. 

La acción transcurre en Málaga, en el barrio de Pedregalejo, escenario del que destaca la playa Arena blanca. «Toda Málaga se concentraba en esa playa, desde la mañana a la noche, y allí coincidían gente de distinta clase», nos comentó el autor. Se trataba de un enclave ubicado entre dos espigones, que por sus aguas verdes y su arena blanca, era casi una cala tropical. Desaparecida hoy en día, aquel trozo de arena lució toallas de toda índole en los años 80 y 90. Y es precisamente esta última década, el tempo en el que los hechos se desarrollan. No hay referencias explícitas pero sí implícitas, y es fácil adivinar que Bruno y sus amigos se mueven por aquella Málaga que veía desde el mar la preparación de la Expo'92 y las olimpiadas de Barcelona. En cualquier caso, la importancia de la localización geográfica se diluye frente a la temporal. Lo que ocurre en Arena podía haber ocurrido en cualquier otro lugar, pero en algún sitio había que situar los hechos y, para ello, ¿qué mejor lugar que aquel que el autor conoce como la palma de su mano?

Poco más os desvelo de esta novela. La frase que se incorpora en la sinopsis resume perfectamente el interior de este libro porque, realmente, entre estas páginas asoma la playa, la música, los cómics y un verano entre los amigos, durante el cual Bruno tendrá que enfrentarse a su futuro. 





[Fuente: Imagen de la cubierta tomada de la web de la editorial]

Puedes adquirirlo aquí:

martes, 1 de diciembre de 2020

MIGUEL ÁNGEL OESTE: 'Quiero que esta novela ensucie, como ensucia la arena de la playa'

No pudo ser. El novelista Miguel Ángel Oeste tenía previsto visitar Sevilla el pasado día 19 de noviembre para presentar su última novela, a la que ha titulado Arena (Tusquets Editores), pero como viene siendo habitual en los últimos meses, el coronavirus obligó a cancelar el evento.

Arena fue presentada por Oeste al premio Tusquets Editores de Novela en su última edición. No ganó pero aún así, la editorial quiso publicar esta novela que «narra las aventuras de Bruno, que vive su adolescencia marginal entre cervezas calientes, vespinos, tiempo muerto sobre la arena blanca de la playa, cómics, música y novelas, mientras decide su futuro sin contar con la familia».

Con Miguel Ángel Oeste hablamos hace unos días sobre esta novela, en la que resplandece la juventud y el tiempo, dos de las obsesiones del autor.

[Fuente: Planeta de libros]
Marisa G.- Miguel Ángel resulta llamativo la manera en la que se ha publicado esta novela, un poco como a la sombra de esas segundas oportunidades que a veces surgen en la vida.

Miguel A. O.- Como digo, esto ha sido otra forma de ganar. Diría incluso que es hasta mejor porque así me ahorro la presión del premio. 

La editorial Tusquets se ha volcado conmigo. Me han tratado de una forma increíble y estoy realmente contento. Para mí, ha sido muy gratificante publicar con ellos, un sello en el que también figuran nombres como Almudena Grandes, Fernando Aramburu, Daniel Ruiz, Antonio Orejudo, Luis Landero, o escritores extranjeros como Haruki Murakami. A la vez, es una gran responsabilidad. A ver ahora cómo lo recibe el público. De momento, está teniendo buena acogida y eso tranquiliza. 

M.G.- Pues cuéntame el porqué de esta novela. 

M.A.O.- Nunca me planteo un porqué. Ni me lo planteé con la anterior ni con esta. Cuando escribo, lo único que pretendo es indagar y experimentar. Busco sensaciones para comunicar o compartir. Me gustan las historias sobre la juventud. Me gusta leer novelas o ver películas que tienen a gente joven como protagonistas. Creo que la infancia y la juventud nos influyen muchísimo, pero no solo a nivel de vivencias, sino también en relación a todo lo que vemos o escuchamos, a todo lo que leemos. Es una época en la que se configura nuestro carácter, nuestra personalidad.

Los temas que se tratan en esta novela, de los que mejor no hablar mucho, están muy latentes en el texto. No he querido profundizar mucho porque creo que la literatura no debe ser explícita. Es mucho mejor esa literatura que sugiere, que seduce o que provoca sensaciones encontradas.

M.G.- La historia transcurre en Málaga.

M.A.O.- Sí, pero del mismo modo que las novelas de Marsé transcurren en Barcelona. Se trata de un espacio geográfico que conozco bien, y que me ha permitido darle más autenticidad a la historia. En cualquier caso, lo que se narra en Arena podía suceder en otro lugar distinto. 

M.G.- Totalmente de acuerdo. En cualquier caso, ese Málaga, tú Málaga, ya estaba presente en tu primera novela, precisamente por lo que comentas, por conocer bien el escenario.

M.A.O.- Exacto, aunque los escenarios de Arena no tienen nada que ver con lo que son ahora. El espacio geográfico se ha transformado, como también hemos cambiado nosotros. En la novela hablo de una zona de Málaga que para mí era como un universo, donde ocurrían un montón de cosas. Toda Málaga se concentraba en esa playa, desde la mañana a la noche, y allí coincidían gente de distinta clase. Pero no hablo de esos espacios con nostalgia, sino que vuelvo a ellos con una mirada más ambigua, a través de un personaje inocente y tierno, que también experimenta dolor. Bruno es un personaje que se autodestruye pero a la vez tiene reacciones muy emotivas.

Quiero que esta novela ensucie, como ensucia la arena de la playa, con esos granos que se te pegan a la piel y son muy difíciles de quitar.

M.G.- Verano, sol, playa, arena, amigos que se conocen por apodos,...  Muchos de los recuerdos que construyen esta novela parecen tan reales que, inevitablemente, he pensado que has volcado mucho de tu juventud en estas  páginas. 

M.A.O.- Sí, sí. Como dicen algunos buenos escritores, en toda literatura reside algo autobiográfico. En esta novela hay componentes autobiográficos, pero están filtrados o deformados. Arena intenta explorar esa zona más gris de la moral, la incapacidad de comunicarnos cuando somos más jóvenes.

M.G.- Antes has comentado que, cuando escribes, buscas emociones. En todo momento, he tenido la sensación de que te dejas llevar. Aunque hay un hilo narrativo definido, me parece un libro un tanto errático. No solo en la historia en sí, sino también en la estructura, con esos capítulos tan cortos que se alternan con otros mucho más largos. 

M.A.O.- Me interesa mucho la escritura y el lenguaje. La estructura está muy meditada, como también lo está el ritmo. Son las sensaciones de Bruno las que van marcando la pauta. En realidad, lo que les ocurre a los jóvenes durante ese verano es lo de menos. Lo que más importancia tiene son esas emociones que te comento. Por otra parte, he querido ir mucho al grano. En ningún momento he querido lanzarme a hacer descripciones largas y detalladas. 

M.G.- Hemos hablado del espacio geográfico pero no del temporal. Cuéntame algo.

M.A.O.- La historia se desarrolla en el año 92, lo que se deduce de diversas referencias, porque tampoco se menciona de manera explícita. Fue un año que, con la expo y las olimpiadas, España entró en la modernidad. Sin embargo, también había mucha miseria, que se trata de eliminar o, al menos, de enmascarar.

M.G.- Te he leído decir que esta novela ha sufrido un constante proceso de reescritura, alentado por voces muy conocidas de la literatura, como Daniel Ruiz o Juan Bonilla. ¿Qué te han ido aportando cada uno de ellos?

M.A.O.- Juan Bonilla fue mi primer editor y es mi primer lector. Le mando todo lo que escribo porque es muy honesto en su criterio. A Dani le pasé la segunda o la tercera versión, y él me fue comentando lo que le gustaba, lo que creía que funcionaba o no. He tenido muy en cuenta las impresiones de todos los que ha ido leyendo el texto. Creo que uno está demasiado cerca de lo que hace, y siempre se necesita una serie de filtros que te haga ver la historia desde otro punto de vista.

M.G.- En la novela se inciden con frecuencia en diversos conceptos. En las primeras  páginas me llamó mucho la atención el concepto que tiene Bruno sobre la felicidad. Él ve a gente feliz, pero parece que esa felicidad se le escapa de las manos constantemente. 

M.A.O.-  Cuando uno es joven, los referentes siempre están en la familia, en los padres. Pero los padres de Bruno no son un ejemplo a seguir, no son buenos pilares. A él no hay quién lo sostenga, no tiene a nadie y por eso no puede ser feliz. Fíjate que, para él, lo más cercano a un referente es el Pérez, un tipo que vive en la calle, un vagabundo.

M.G.- Y el hecho de venir de una familia desestructurada, ¿lo empuja a buscar refugio en el sexo?

M.A.O.- No, el sexo no es refugio para él. En realidad, es una zona oscura que contribuye a su autodestrucción. En la novela, el sexo es algo muy turbio, que ni siquiera le hace disfrutar. Es algo muy desasosegante, algo muy dañino. Probablemente, el sexo es para él la única forma de sentirse vivo. 

M.G.- Lo que está claro es que Arena es una novela muy sensorial. Hay un montón de referencias al calor, al sudor, a los olores. A veces, he tenido una sensación muy pegajosa.

M.A.O.- He pretendido que sea muy sensitiva, que todas esas sensaciones sean casi como un personaje más. Quería que la lectura fuera emocional, tanto para bien como para mal. No sé si lo he conseguido. Eso lo tiene que decir los lectores. 

M.G.- Miguel Ángel, la publicación de esta novela ha coincidido con otra obra tuya, con un cuento infantil.

M.A.O.- Sí, con Carlota quiere leer. Es muy distinto a la novela, claro. Estoy también muy satisfecho con este cuento, que fomenta el amor por la lectura, y la cultura, lleno de bondad y que además explora el tema de ser diferente. Hemos hecho un vídeo de animación con el que estoy muy contento. Este cuento es algo muy cálido, mientras que Arena es un texto muy frío, aunque se desarrolle en verano.

M.G.- Por terminar, tú que tienes vinculación con el cine, me gustaría preguntarte si crees que el sector logrará recuperarse con facilidad, una vez que consigamos salir de esto. 

M.A.O.- La cultura está muy penalizada en este país. Si antes de la pandemia ya estaba mal, ahora... Esto ha hecho y está haciendo mucho daño. No sabría decirte si el cine logrará recuperarse o no. Nadie sabe nada. Lo peor es que no hay ningún tipo de apoyo. Sinceramente, soy muy escéptico. Vivimos en una sociedad muy inmediata, donde no se tiene en cuenta ni la educación ni la cultura. ¿Tú crees que van a cambiar las cosas?

M.G.- En su día tenía esperanza, pero ya no. Miguel Ángel, no te robo más tiempo. Lo dejamos aquí. Muchísimas gracias por atenderme y espero que Arena funcione realmente bien.

M.A.O.- Muchas gracias a ti.


Sinopsis: 
Playa, motocicletas, música, cómics y todo un verano por delante en el que el protagonista deberá decidir qué hacer con su vida.

Cervezas calientes, vespinos, tiempo muerto sobre la arena blanca de la playa... Un verano inacabable y pegajoso en algún lugar de la costa malagueña y la sensación de que nada bueno va a salir de la adolescencia marginal de Bruno, quien narra las aventuras propias y las de su grupo de amigos. Y aunque su padre le repite que deje los cómics y las novelas y se matricule en derecho, lo cierto es que ni sus progenitores ni los amigos que éstos frecuentan predican con el ejemplo, y Bruno deberá decidir su futuro sin contar con la familia.

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