lunes, 23 de septiembre de 2024

LOS SIGUIENTES de Pedro Simón

Editorial: Espasa
Fecha publicación: septiembre, 2024
Precio: 21,95 €
Género: narrativa
Nº Páginas:312
Encuadernación: Tapa dura con sobrecubierta
ISBN:  978-84-670-7174-0
[Disponible en eBook y Audiolibro;
puedes empezar a leer aquí]


Autor

Pedro Simón (Madrid, 1971) es periodista del diario El Mundo y ha obtenido una decena de galardones por sus artículos. Entre ellos destacan el Premio Ortega y Gasset 2015 en la categoría de Periodismo Impreso por su serie de reportajes La España del despilfarro y el Premio al Mejor Periodista del Año de la APM en 2016. En 2020, fue finalista de los premios internacionales de la Fundación Gabo. En 2021 ganó el Premio Rey de España de Periodismo.

Es autor de una docena de libros entre los que destacan sus novelas Peligro de derrumbe, Los ingratos (Premio Primavera de novela 2021) y Los incomprendidos. Ha publicado también las antologías de reportajes Siniestro total, Crónicas bárbaras y Las malas notas y el ensayo Memorias del alzhéimer. Es uno de los autores, junto con Eduardo Madina, Javier Gómez Santander y Antonio Lucas, de Perder la gracia, una crónica generacional a cuatro voces editada por Alfaguara.

Sinopsis

Gabriel, Darío y Carmen son tres hermanos con suertes muy distintas que tienen que asumir una nueva y delicada tarea en sus vidas: ocuparse por fin del padre, Antonio, octogenario y viudo. El plan acordado es compartir los cuidados del anciano a partes iguales y llevarlo de casa en casa con su vieja bolsa de viajes por breves periodos de tiempo.

Así es el comienzo de algo irremediable. Así es envejecer y enfermar. Así acabaremos todos. Así fue el principio y será el final. Pero van pasando los meses y papá empeora. La herida abierta de un antiguo episodio familiar lo acelera todo. Entonces optan por tomar una decisión. 

Esta es una historia que versa sobre la dicha y el dolor de los hijos. Un viaje generacional en torno a la soledad y la culpa, la memoria y el perdón.

Una novela que habla de la necesidad de decir y, también, sobre todo, de la heroicidad de callar. 

[Información tomada directamente del ejemplar]


«Todo el mundo te habla del día en que tu padre no te conocerá, pero nadie te prepara para ese primer día en que tú no conoces a tu padre». [Los siguientes, pág. 227]


En el año 2021, el periodista y escritor Pedro Simón llegó a mi vida. Lo hizo con un premio bajo el brazo, el Premio Primavera de Novela que ese año se otorgó a este autor por la novela Los ingratos. En los círculos literarios suele ser común despotricar de los premios concedidos en esta esfera, especialmente si no se lo conceden a uno. Que si este premio está apañado, que si la calidad de las novelas es inexistente, bla, bla, bla. Es una polémica de la que intento mantenerme al margen pero, para los que tanto hablan, hay que decir y reconocer que Los ingratos fue y es una novela estupenda, que he leído este verano. No obstante, si me aboné a la narrativa de Pedro Simón fue con su obra posterior, Los incomprendidos (puedes leer mi reseña aquí). Admito que la segunda novela me gustó más que la primera. Y debo reconocer ahora que, lo que Pedro Simón ha hecho en Los siguientes, es del todo indescriptible.

¿Conocéis ese latigazo que nos cruza cuando escuchamos una canción al sentir que parece que hablan de nosotros, de nuestras vidas? A mí me pasa también con algunas novelas. Y, hasta la fecha, me ha pasado con todas las que ha escrito el autor. En Los ingratos me sentí parte de la historia a través de un personaje muy secundario, el mongol -término despectivo que a mí se me clava en la piel-. Muchos ya sabéis que tengo una hermana con síndrome de Down a la que adoro. Me volvió a ocurrir con Los incomprendidos, sintiéndome esa tía Clara de la novela, refugio y cómplice de los sobrinos. Y ahora, con Los siguientes, siento que Simón ha calcado mi relación con mis hermanos y mis padresY es que el autor sabe explorar el mundo de las relaciones familiares, como muy pocos saben hacerlo.

Los siguientes habla de abuelos, de hijos y de nietos. Habla de los lazos que se forjan y se destruyen entre estas tres generaciones. Habla de un momento concreto de la vida, esa etapa en que los padres se vuelven hijos y los hijos, padres. Esa última estación en la que el abuelo es consciente del fin de sus días y los de su alrededor asisten a esa decrepitud, casi como convidados de piedra, sintiendo que aquello que ven sus ojos no les pasará a ellos mismos, porque son tan estúpidos que ni siquiera son conscientes de que, en el mejor de los casos, también tendrán que apearse en esa última estación. Los siguientes aborda ese periodo en el que la luz va disminuyendo paulatinamente, y lo hace enfocando el asunto desde distintos ángulos, ofreciendo al lector una visión global de ese momento duro y doloroso que ninguno querríamos vivir. 

Carmen, Darío y Gabriel son tres hermanos, los tres hijos de Antonio, un hombre octogenario y viudo, que cada día puede valerse menos por sí mismo. Carmen y Gabriel, son a la vez, padres de Hugo y Hernán, dos nietos muy distintos pero que podrían ser muy iguales, si la vida dejara de jugar con nosotros, poniéndonos piedras en el camino. Los siguientes narra la historia de unos hijos que tienen que hacerse cargo de un padre cada vez más dependiente. Como ocurre en la mayoría de las familias, los tres tendrán que reorganizar sus vidas para ocuparse del padre, mientras Antonio, rueda como una pelota de una casa a otra, sintiéndose un lastre, una carga para sus hijos, y con el agravante de que, además, acarrea un quintal de sentimiento de culpa con motivo de un episodio del pasado.

Los siguientes habla de enfermedad, de dolor, de muerte, de rabia, de ira, de perdón, con una galería de personajes reducida de las que os paso a dar cuenta.   

Personajes

Las tres voces principales corresponderán a los tres hijos que, en primera persona, nos contarán sus emociones.

Carmen

Ella es la encargada de iniciar la narración con un párrafo que te deja tiritando:


"El primer día que tuve que limpiarle el culo a mi padre, me mentí diciéndome que era igual que cuando se lo limpiaba a mi hijo". [pág. 11]

 

Trabaja como auxiliar de enfermería en una residencia de ancianos. Conoce de primera mano lo que es la vejez, la decrepitud, la muerte. No por tratar a diario con tan desagradables compañeros está más acostumbrada o le resulta más fácil enfrentarse a esas situaciones. Ella misma lo reconoce en esos argumentos que utiliza para convencer a su padre de que no es tan grave que le tenga que limpiar el culo. Hay que dejar de lado el asco y poner cariño a espuertas, como ella misma se dice, para devolver todo lo que otros hicieron por ti. Porque ella sabe que, probablemente para sus padres tampoco resultaba agradable tener que limpiarle el culo cuando era pequeña. Lo hacían sin más y lo hacían con una sonrisa, a pesar del olor nauseabundo o del aspecto de aquello que encontraban en el pañal.

Carmen es la hija que controla la vida del padre. Ella sabe cuándo le toca médico a Antonio, qué pastillas debe tomar, a qué hora debe tomarlas, o cuándo hay que ir a la farmacia para retirar más medicamento. Carmen quisiera tener a su padre bajo su ala las veinticuatro horas del día, pero es imposible. Sus propias obligaciones le impiden atenderlo todo lo que ella querría. Sabe que, como entre sus manos, su padre no estará igual de atendido. Y a veces, aunque una no quiera, aunque se resista, aunque te sientas mal por ello, te ves obligada a tomar una decisión que te pone entre la espada y la pared.

Darío

Lo sabe. Sabe que Carmen es así. No le molesta, pero sí siente a veces que su hermana lo trata como un inútil. 


«Que si necesito lo que sea, que la llame; que nuestro padre hace mejor de vientres (así lo dice ella) después del desayuno; que no me olvide de su salvado pero que tampoco lo atiborre a kiwis; que ya ha hablado con mi vecina dominicana y que lo que necesite; que en el táper van unas alubias muy suavitas y en la bolsa van unas croquetas de jamón congeladas; que no se me pase la cita del viernes con el médico». [pág. 37]

 

Darío es el hijo pequeño de Antonio. Trabaja como guardia jurado en una nave de material informático. Se podría decir que es la oveja negra de la familia, el más «defectuoso», pero hay que reconocer que es un buscavidas, una persona que, en momentos de dificultades, siempre saca la cabeza del agua para respirar. 

El trata a su padre de tú a tú. Para Darío, Antonio no es el padre-niño, sino que sigue siendo un adulto, su padre, a pesar de su vejez y de sus achaques. Darío no entiende a esos hijos que se exasperan con sus padres, porque los tienen que atender, porque ocuparse de ellos les desbarata los planes de fin de semana, el descanso dominical, las vacaciones, o esa escapada a la sierra con los amigos. 


«El hijo que le dice a su padre: te has meado, o se te ha escapado el pis, o tienes que tener más cuidado, hombre; el que lo trata como a un niño, el que lo mira desde arribita, el que lo da por amortizado, el que le recuerda su mierda, el que le dice en voz alta: ya te measte; ese, decía, ese es un hijo de la grandísima puta sin corazón. Y yo puedo ser un desastre a veces, o no haber acabado ninguna de las tres carreras, o desparramar más de la cuenta, o ser un padrino de mierda que no va a ver a su ahijado porque no sabe ni qué decirle, o acabar a cuatro patas con la cabeza metida en el retrete, pero un hijo de punta no soy. Eso sí que no». [pág. 52]

 

No es mejor ni peor hijo que Carmen. Es distinto. A su modo, también se preocupa de su padre pero prefiere darle cancha, dejarle una pequeña parcela de libertad. Él piensa que si el hombre está enfermo, ¿por qué amargarle los pocos años de vida que le quedan?


«Mi hermana tiene demasiado controlado a papá. Le ordena. Le atosiga. Le coarta la poca libertad que le queda: no bebas esto, no comas lo otro, no salgas así vestido a la calle, no hagas lo de más acá, no hagas lo de más allá, no, no, no». [pág. 140]


A Antonio le gusta estar con Darío. No es que sea un hijo modélico pero, por lo menos le prepara unos cafés milagrosos, que al anciano le revitalizan. 

Gabrie

Es el hijo mayor. Ingeniero de profesión, es el que parece tener una vida más desahogada. Trabaja mucho y viaja también mucho por trabajo, pero cuando llega a casa lo encuentra todo en su sitio gracias a la nómina que le paga mensualmente a Erlinda. Pero siempre se ha dicho que el dinero no da la felicidad y debe ser cierto porque Gabriel es un alma en pena. Su tormenta interior no cesa nunca, y vive sin vivir. Ocho años atrás la vida le sonreía, augurándole un futuro lleno de dicha y felicidad, pero en una milésima de segundo todo cambió.  Desde entonces está metido en un pozo oscuro y frío. Su relación con el padre se quebró en mil pedazos. Refiriéndose al hombre que le dio la vida, dice:


«No soy un monstruo. No soy lo que creen. Pero, ocho años después, me duele verlo». [pág. 67]

 

Gabriel es el personaje que levantará más ampollas en el lector. Está lleno de rabia y de rencor. Él es ese padre que viene a demostrar a otros que sus preocupaciones son estúpidas, que hay cosas mucho más graves por las que preocuparse. ¿Tu hijo no aprueba ni una sola asignatura? ¿Llega borracho a casa todos los fines de semana sin poder tenerse en pie? Qué mierda importa todo eso. Gabriel se cambiaría por ellos sin pensárselo dos veces. Es ese personaje que permite relativizar las preocupaciones.

Si toda la novela erosiona la piel, los capítulos dedicados a Gabriel te arrancarán la piel a tiras. Escuece mucho sentir el dolor de este padre que preferiría mil vives vivir lo que a otros padres ni se les pasa por la cabeza. El tormento que siente Gabriel lo ha dejado hecho un despojo. Quiere perdonar pero no sabe cómo hacerlo. 

Con Gabriel he muerto y he resucitado. De su mano he bajado al infierno y he corrido antes de que llegue ese último instante para buscar la rendición. 

Antonio

Es el padre-niño. Es el «Antonio-sin-Olivia». Si yo me he sentido Carmen al leer esta novela, Antonio sería mi padre. Él es ese autobusero que formó una familia junto a Olivia, la esposa que ya no está, y a la que echa tanto de menos. Con su trabajo, Antonio consiguió sacar a los suyos adelante. Dio estudios a sus hijos y hasta ahorró lo suficiente como para comprarse una parcela en la sierra. Aquel pedazo de tierra fue el logro más grande de Antonio, un terruño al que iban en familia cada fin de semana, donde jugaban sus hijos pequeños, un espacio en el que encontraba felicidad.


«Porque, en la parcela, mi padre se convertía en explorador y en inventor y en albañil y en jardinero y en portero de fútbol y en niño chico». [pág. 111]


Antonio es de la generación PNM (por no molestar). Ya no toma decisiones. En su lugar, ahora la toman sus hijos y lo que ellos digan, bien estará. Si lo ponen allí, bien. Si lo ponen aquí, también bien. Incluso si lo llevan a aquel lugar. ESE. En mayúsculas. Todo está bien para él. Porque Antonio, a sus más de ochenta años lo soporta todo. Los reveses, los desplantes, los envites. Y lo hace con un «No pasa nada, hijo». Pero sí que pasa. Pasa que Antonio guarda un secreto, algo que sus hijos no saben y que, por supuesto, se llevará a la tumba. ¿Qué efecto causaría en los hijos la verdad? Nunca lo sabremos.

Temas

Los siguientes toca temas de carácter universal que a todos, antes o después, en mayor o menor medida, nos afecta. Para empezar, una de las cuestiones que aborda es la del rol del cuidador, asunto que siempre me ha interesado. Sólo los que han tenido que cuidar de una persona dependiente o gran dependiente, o están en ese proceso, pueden entender el desgaste psicológico que supone los cuidados hacia esa persona. Un hijo, con padres que todavía están activos, ágiles de mente, con buena salud, y que se valen por sí mismos para las cuestiones más básicas de la vida, puede llegar a pensar que la vida continuará así sine die. Sin embargo, cuando empiezas a ver que tu padre ya no se puede levantar tan fácilmente de una silla, o que a tu madre se le olvida que tiene la olla puesta en el fuego, o surgen los problemas de salud, uno detrás de otro, es entonces cuando comienzas a verle las orejas al lobo. Y déjame que te diga que, el hecho de que tus padres tengan sesenta o sesenta y cinco años no es garantía de nada, porque conozco a amigos con padres de noventa y tres años que todavía se asean solos y a amigos con padres de setenta que ya no pueden ni levantarse de la cama. 

Sea como sea, e independientemente del número de miembros de la unidad familiar o de la edad de los padres, no deja de ser llamativo que, a pesar de los avances en la sociedad, la mujer sigue ostentando mayoritariamente ese papel de cuidadora, aunque tenga familia propia y un trabajo tan estresante y acaparador como el que pueda tener un hombre. Es lo que le ocurre a Carmen y ella lo expresa dolorosamente bien en las siguientes líneas:


«[...] yo tenía tres bonitas papeletas para hacerme cargo de papá a distancia que mis hermanos no tenían: vivía muy cerca de su piso, trabajaba con ancianos como nuestro padre, era mujer». [pág. 12-13]

 

Todo se tambalea en la vida de una persona cuando, obligada por las circunstancias, tiene que asumir un papel que, hasta la fecha, había ostentado otra persona. Carmen lo entendió perfectamente el día que su madre falleció, porque Olivia se encargaba de todo, de la logística de su hogar y de su marido pero, al fallecer, Antonio quedó a la deriva, se convirtió en Antonio sin Olivia, quedando al cuidado de unos hijos a los que no quería molestar, para los que él se sentía una carga, cayendo el peso más determinante en una hija que ahora, además de las suyas propias, tiene que hacer malabares para asumir otras responsabilidades y obligaciones añadidas.

* El duelo. En la novela se incide mucho sobre un pensamiento que a todos se nos ha cruzado alguna vez por la mente porque, ante el dolor de una pérdida cuesta mucho entender que el día amanezca brillante y soleado, que se escuchen las risas de los niños, que el mundo siga su trajín como si no le importara lo que te ocurre. Son esos días o semanas en los que uno se siente como un extraterrestre, un ser lánguido y desmadejado, que arrastra su pena por las calles, mientras contemplas a los demás vivir como si nada.


«Alguien debería pensar en todo eso cuando llena Madrid de luces de Navidad, Hernán. Debería pensar que hay padres que tienen ingresado un hijo a vida o muerte y salen al mundo exterior de las guirnaldas». [pág. 172]


* La muerte nos iguala. Creo que es uno de los actos de justicia más brillantes de la vida. Carmen, por su trabajo, está en constante contacto con la muerte. Sabe que la figura oscura se pasea por los pasillos de la residencia de ancianos en la que trabaja y que, acostumbra a hacer visitas inesperadas. Hoy le toca al de la 101. Mañana, quizá le tocará al de la 212. Carmen nos habla mucho de la vejez, de la enfermedad y de la muerte. Todas las muertes tienen algo en común. Todas las vidas, no. Ella se hace preguntas que asustan.


«Las vidas no se parecen. Se parecen las muertes. Y eso es lo que me da miedo, me gustaría decirle a veces a Hugo, pero creo que todavía no tiene edad.

Da miedo cuando te preguntas: ¿será así la mía? ¿Moriré como mamá? ¿O lo haré como ese cuerpo envuelto en una manta térmica de la carretera? ¿O me iré como esta señora a la que le hago el embozo de la cama? De vieja. De su misma enfermedad. Sola». [pág. 34]


* Las residencias de ancianos. Y entramos para mí, en el tema estrella. Residencia de ancianos, ¿sí o no? Cada uno de los hijos tiene una visión distinta del asunto. Carmen no quiere. Gabriel no ve otra solución posible. Darío siempre anda en el término medio. Y Antonio, lo que digan sus hijos, porque no quiere molestar. En este sentido, la novela escarba en el conflicto moral que asalta a los hijos llegados a ese punto de no retorno. ¿Qué hacer cuando tu padre y tu madre necesitan cuidados que ya no puedes darles? Es durísimo que tengan que abandonar su casa para siempre, pero la vida hoy día está configurada de tal modo que a muchas familias no les queda otro remedio. En Los siguientes, vamos a ver lo que piensan los hijos de esta cuestión, las argumentaciones que esgrimen cada uno, las gestiones que hacen sin que todavía hayan comunicado la noticia al padre.


«Fueron las Navidades más tranquilas y calladas, pero sobre todo las más hipócritas, no me digas que no, Carmen. Una puede engañar a todo el mundo, pero a una misma no, Carmen, a una no. Fueron las Navidades más hipócritas porque los tres hijos sabíamos eso, pero él todavía no». [pág. 177]


Mis propias reflexiones

Pedro Simón vuelve a colocarme entre las páginas de esta nueva novela. Me temo que yo soy Carmen, la controladora. Soy la que sabía cuándo le tocaba médico a mis padres, la que conocía perfectamente las pastillas que se tenían que tomar, a qué hora debían tomárselas, para qué servían y hasta qué efectos secundarios podían tener. Hice amistad con las farmacéuticas del barrio de mis padres, hablé varias veces con sus médicos, con sus enfermeras, con la trabajadora social del centro de salud, con la enfermera de enlace y con las administrativas que gestionaban las citas médicas. A muchos les conté mi vida, me desahogué con ellos, y removí Roma con Santiago para que a mis padres (y también a mi hermana pequeña) les concedieran la ley de dependencia.

A diferencia de Carmen, yo no tuve que limpiarles jamás el culo a mis padres. Pero sí tuve que cambiarle varias veces a mi padre la bolsa de recolección que iba conectada a su sonda urinaria. Os parecerá una asquerosidad pero en aquellos momentos a mí me daba igual. A veces, en ese breve instante que se producía entre desconectar una bolsa y colocarle otra, a mi padre se le escapaba la orina y sí, me mojaba las manos. Yo, como Carmen, jamás usé guantes. Lo podía haber hecho perfectamente. Es más, debía de haberlo hecho pero, yo qué sé, en esos momentos no caí. Algunas tareas cayeron sobre mí de golpe y tuve que aprender como pude. Sustituí los guantes por todo el amor y el cariño.

Y digo que a mis padres no he tenido que limpiarle el culo jamás pero a mi hermana pequeña, a esa belleza de 50 años con síndrome de Down, sí se lo tengo que limpiar de vez en cuando. Y no me importa absolutamente nada hacerlo. Ni me resulta agradable ni desagradable. ¿Acaso mi cuerpo no expulsa lo mismo que el de ella? Lo hago porque tengo que hacerlo, porque ella lo necesita, como lo necesitaré yo algún día, y mientras uso toallitas húmedas a destajo, o cambio un pañal por otro, me río y la hago reír a ella. Ya está. Culo limpio. Hay muchas Carmen en el mundo. 

Pero creo que la gravedad no está en que un hijo o una hija tenga que limpiarle el culo a su padre o a su madre porque ellos ya no puedan hacerlo por sí mismos. Lo más penoso no es lo que los hijos sientan, sino lo que sienten los padres. Debe ser mucho más duro para ellos tener que aceptar que están perdiendo autonomía, que ya van cuesta abajo y sin frenos, que la cosa no va a mejorar sino todo lo contrario. Es decir, la peor parte no se la llevan los hijos como cuidadores, sino los padres como personas dependientes, a los que les asalta una vergüenza infantil. Antonio lo dice muy claro: «un hombre al que su hija le ve el culo es un hombre perdido».

Y si yo soy Carmen, mi padre fue Antonio. Él también compró una parcela con mucho esfuerzo. Encontrar el término parcela en la novela me ha hecho mucha gracia. Debe ser algo generacional. Mi padre no decía vamos al pueblo, o vamos a la urbanización, o vamos al campo, o vamos a la otra casa. No, él decía vamos a la parcela, como lo dice Antonio. Y como Antonio, mi padre fue también inventor (no os imagináis el sistema de riego y canalización de agua que ideó; ni un ingeniero entendía aquello, tan solo él), y también albañil, poniendo ladrillo aquí y allá (todavía me enternece recordar aquella pequeña placa de cemento en la que grabó con sus números algo bailarines la fecha en la que se terminó de construir la piscina), y jardinero, y niño chico. Mi padre, en sus últimos años, se caía con frecuencia. Y siempre se reía de sí mismo. Y nosotros nos reíamos con él. Yo no sé cómo no se abrió la cabeza más de una vez. A veces, lo veías con heridas o chillones. Pero él siempre se reía. Siempre. Hasta que su demencia senil se lo tragó y ya dejó de reír. Qué gran tipo, mi padre. 

Y aquellas caídas, aquellos despistes de mi madre con la comida, la casa manga por hombro porque ya no podían con el día a día nos llevó, o mejor dicho, los llevó a una residencia de ancianos. Fui yo la que, con el beneplácito de mis hermanos mayores, movió los hilos. Porque mi hermana mayor y yo ya no podíamos hacer más de lo que hacíamos. Tres años estuvimos tratando de mantener a flote una casa con tres tripulantes que necesitaban más cuidados cada día. La casa de mis padres llegó a convertirse casi en un sainete, de tanta gente que entraba y salía por la puerta, haciendo lo que podían (unos), lo que tenían la obligación de hacer, a cambio de un estipendio (otros).

La decisión de solicitar plaza en una residencia de ancianos no fue fácil. Las mismas dudas, incertidumbres, miedos que asaltan a los personajes de esta novela nos asaltaron a mis hermanos y a mí. Al conflicto moral interno se unieron, a veces, los comentarios pseudo-inocentes de otras personas, las preguntas cargadas de maldad. Los hijos que llevan a sus padres a una residencia de ancianos son cuestionados y juzgados. Si por algunos fuera, deberían ser quemados en la hoguera. Pero, ¿quién les da derecho a opinar? ¿Acaso saben cómo es tu vida, cuáles son tus obligaciones, tus limitaciones, tus horarios? Hay que ser muy valiente, y no un hijo de puta, para tomar la decisión de trasladar a tus padres a una residencia de ancianos. No nos vayamos a equivocar. Aún recuerdo aquel 25 de julio de 2018 cuando mis padres abandonaron para siempre la casa que los había acogido desde el año 1977. No volvieron a poner un pie en ella. Recuerdo hacer inventario, catalogando lo que tenían que llevarse y lo que no, hacer una lista de las cosas necesarias, meter la ropa en las maletas, un sinfín de bártulos, toda una vida condensada en unas cuantas bolsas. Mi madre preocupada por dejarlo todo en orden. Bajar las persianas, cerrar puertas y ventanas. ¡El gas, que no se nos olvide! Despedirse de los vecinos entre lágrimas. El trayecto en coche hasta la residencia se hizo eterno, tratando de llenar los incómodos silencios con comentarios estúpidos, gastando bromas, procurando quitar hierro al asunto, cuando en el ambiente se sentía la tristeza, densa y pesada. Aire irrespirable. Y luego, al llevar, sacar aquellas vidas del vehículo, con sus pertenencias. Los abrazos, los besos, la congoja en el corazón. «Volveremos pronto a veros». Y la trabajadora social pidiéndonos que dejáramos pasar unos cuantos días, que no fuéramos al día siguiente, ni al otro, ni al otro,...  porque tenían que aclimatarse. «Adiós, papá. Adiós, mamá». Y los hijos mirando hacia atrás mientras se encaminaban hacia la salida, con un dolor interno que quemaba, la boca seca, sin poder tragar. Y luego, al llegar a la calidez de tu propio hogar, sentarte en el sofá, mirando al vacío, con los ojos clavados en la negrura de un televisor apagado, y esa cabeza tuya con miles de pensamientos que te rondan. ¿Estarán bien? ¿Qué pensarán de mí? ¿Se sentirán traicionados o abandonados?


«Y, al final, justo en ese momento en que le abracé y le besé para decirle feliz año, papá -esas tres palabras nada más-, yo me sentí la hija más hija de puta del mundo, la más mala, la más desaprensiva, la más triste, la más equivocada». [pág. 178]


Hoy quiero pensar que no me equivoqué. Pero, ¿y si lo hice y no supe verlo? Quizá debí hacer las cosas de otro modo. Sacrificarme más, quizá. Arrastro el sentimiento de la duda cada día y ya no puedo ni pedirles perdón. 

Mucha gente podrá pensar que este libro es deprimente pero se equivocan. Los siguientes es un continuo aprendizaje, es un constante enfrentarte a lo que viviste, a lo que estás viviendo, a lo que te tocará por vivir. Es un vademécum de la vida, un diccionario emocional que recoge un buen puñado de emociones, las que invaden a los hijos que tuvimos que llevar a nuestros padres a una residencia de ancianos. Algunos lo hicimos con todo el dolor de nuestro corazón pero hay que ser realistas y sí, también hay otro tipo de hijos. Hijos que piensan así:


«Abuelos a los que toda la familia da por amortizados, que es como si estorbaran, como si sobraran, como si ya estuviesen tardando en palmarla porque ni sienten ni padecen y -como le escuché decir por el móvil a una mujer que fue de visita a la residencia - es deprimente gastar un sábado por la tarde en ir a verlos». [pág. 100]

 

Y yo os digo que el gesto de amor más maravilloso que podéis regalar es ir a verlos y darles vuestro tiempo. Hablar incluso con los que no son miembros de vuestra familia, preguntarles por su vida, hundirte en sus miradas y regresar juntos al pasado de su memoria, cogiéndoles la mano.

Estructura y estilo

Los siguientes cuenta con una estructura muy definida. Prácticamente la totalidad de la novela se sustenta sobre un patrón que permite ir alternando las voces de los tres protagonistas. En el último tercio esa estructura cambia ligeramente hacia un capítulo coral, en el que se suman las voces de otros personajes que, hasta el momento, han permanecido en silencio. 

«¡¡Qué tío!! ¡¡Cómo narra!!» Anoté estas dos exclamaciones casi en las primeras páginas de la novela. Y es que es impresionante cómo Pedro Simón es capaz de poner palabras, no ya a los sentimientos que no nos atrevemos a verbalizar, sino incluso a esas emociones que nos da reparo pensar, como si nos avergonzáramos de nosotros mismos. ¿Sabéis lo que os digo? Ese pensamiento que se nos cruza por la mente y nuestro Pepito Grillo nos susurra al oído: ¿Cómo puedes pensar algo así? Simón se lanza de cabeza a esa piscina llena de emociones universales y tan humanas, con las que es fácil conectar. 

A ello se une que a Los siguientes no les falta su punto de misterio. Gabriel es el personaje que más inquietud generará. Sabemos que algo ocurrió. Lo sabemos desde las primeras páginas, pero desconocemos qué puede ser. ¿Por qué Gabriel ha roto relaciones con su padre? Avanzamos en la lectura y Simón se contiene lo justo. No tarda demasiado en lanzar el obús sobre nuestras cabezas. En ese punto el lector se queda en estado de shock. Pero nos esperan más sorpresas porque Antonio, como dije antes, guarda un secreto. Un secreto que podría haberlo cambiado todo.


En definitiva, cada página de esta novela te sacude. Cada una de ellas. Todas. Los párrafos se van sucediendo, colocándote la congoja, la más oscura, a la altura del pecho. La novela te cuestiona, te obliga a preguntarte. ¿Qué hice yo por mi padre? ¿Acaso supe ver que mi madre no me decía esto o aquello por no molestar? Y por no molestar, nosotros, los hijos, quizá demasiados ocupados, demasiados inmersos en nuestras rutinas, no vimos la necesidad de nuestros padres y continuamos con nuestra propia vida, inconscientemente o intencionadamente, ajenos a lo que acontecía a nuestro alrededor. 

Pero no olvides, querido lector, que nosotros seremos los siguientes:


«Tu padre como una novela por entregas de tu yo futuro, del pobre protagonista en que te acabarás convirtiendo. Como en uno de esos folletines que se compraban en el quiosco en los que pone fin».  [pág. 216]


Por cierto, y por destensar el ambiente, ¿os fijasteis en la fotografía de la cubierta? Es muy fácil descubrir a Pedro Simón niño en esa instantánea, ¿verdad?

No dejes pasar esta novela. 

[Fuente: Imagen de la cubierta tomada de la web de la editorial]

Puedes adquirirlo aquí en tapa dura,  aquí en Kindle y aquí en audiolibro.


lunes, 16 de septiembre de 2024

EL TREN FANTASMA de María Oruña y Ana Zurita

Editorial: Anaya
Fecha publicación: marzo, 2024
Precio: 12,95 €
Género: cuento infantil
Nº Páginas:72 
Edad de interés: a partir de 6 años
Encuadernación: Cartonado
ISBN:  978-84-698-9095-0
[Disponible en digital]


Autoras

María Oruña (Vigo, 1976) es autora de la serie de novelas de misterio Los libros del Puerto Escondido, con más de un millón de lectores, y de El bosque de los cuatro vientos, una novela histórica de misterio ambientada en su Galicia natal y tras cuya investigación aparecieron unos legendarios anillos milenarios. Sus novelas han sido traducidas a una decena de idiomas. María inventaba cuentos todas las noches para su hijo, y un día decidió escribir el más divertido de todos: "El tren fantasma", con el que se adentra en el mundo de la literatura infantil.

Ana Zurita cursó Bellas Artes en Valencia, su ciudad natal, y tras finalizar sus estudios comenzó su carrera como ilustradora, especializándose en el libro infantil. Desde entonces ha publicado numerosos cuentos en España, Francia y Estados Unidos, ilustrando los textos de otros autores y también sus propias historias

Sinopsis

A Alan no le gusta irse a la cama. Para ayudarlo a dormir, su padre decide leerle un cuento muy especial: El tren fantasma. Cuando Alan se queda dormido con él entre las manos... ¡se despierta dentro del tren de la historia! Y los fantasmas serán el último de sus problemas: montañas mágicas, tormentas terribles, amazonas con espadas... ¡Menuda aventura le espera!

[Información tomada directamente del ejemplar]

Llega septiembre y, por lo tanto, toca volver a la rutina después del periodo estival. Los niños regresan a los colegios, estrenan material escolar, y se reencuentran con sus compañeros de clase. Las horas de juego se reducen. Los videojuegos, las excursiones, y las aventuras dan paso a un periodo lleno de actividades extraescolares y de deberes. Volver es siempre complicado. Para los niños y para los adultos. Así que, para hacerlo más llevadero, incluso para mí, hoy os traigo la reseña de un cuento infantil que puede venir bien si queréis convencer a los más pequeños de la casa para que se acuesten temprano. Atrás quedan los días de verano con sus despertares tardíos. Ahora toca acostarse antes y madrugar. Por eso, hoy quiero hablaros de El tren fantasma de María Oruña, que edita bajo el sello de Anaya.

Oruña nos sorprendió hace unos cuantos meses con la publicación de este cuento. La autora viguesa nos tiene acostumbrados a otro tipo de libros, a novelas llenas de misterio y suspense, en las que suelen haber crímenes e investigaciones. Sin embargo, el pasado mes de marzo dio un paso más y se adentró en el mundo de la literatura infantil y juvenil. Ella misma nos contaba en la entrevista que nos concedió (puedes leerla aquí) que su intención no era escribir un cuento con objeto de publicarlo, sino que se trataba de un proyecto personal, una historia que quería guardar para sí, como un recuerdo. Sin embargo, al verse animada por otro autor amigo, decidió dar el paso y comprobar si aquella historia que había escrito, más para sí misma que para los lectores, encajaba en el mundo de la literatura infantil y juvenil. Y así fue como El tren fantasma ha llegado a las librerías pero, ¿de qué trata este cuento? Os cuento un poco.

Alan es un niño «rubio y delgado», de seis años de edad, que está lleno de vitalidad y energía. Su mente no para quieta y siempre está imaginando mil aventuras, hasta el punto de no querer irse a dormir por las noches. ¿Por qué perder el tiempo durmiendo cuando ese tiempo se pude emplear en nuevos juegos y aventuras? La madre tratará de convencerlo por todos los medios posibles, intentará hacerle entender que necesita descansar para poder afrontar un nuevo día. Por su parte, el padre le propone leerle un cuento especial«que lleva muchos años en nuestra familia». El niño accede y, acomodado en la cama, el padre se sienta junto a él con un libro en las manos que lleva por título El tren fantasma. Al empezar a leer, padre e hijo descubren que el protagonista de esta historia se llama Teo, un chico que siempre tiene sueño, al que le han encomendado la misión de conducir una locomotora  entre pequeños pueblos de montaña. Los trayectos suelen ser cortos y tranquilos, salvo los días de tormenta, en los que ocurren cosas extraordinarias. 


«- Cuando hay tormenta y atravesamos esta montaña... a veces ocurren cosas raras». [pág. 24]


Por supuesto, lo que ocurre no os lo voy a contar. Eso tendréis que descubrirlo vosotros junto con vuestros hijos, sobrinos o nietos. Solo os diré que El tren fantasma es una historia llena de magia, con el que la autora no tiene intención de ofrecer ningún tipo de enseñanza moralizante. Este relato no tiene moraleja, ni habla de temas actuales que afectan a los niños, como puede ser el bullying.  Como ella mismo nos dijo en la entrevista: «Este cuento es pura locura para que los niños despierten ese lado aventurero y su imaginación».

Los personajes 

El protagonista principal de este cuento será Alán pero estará rodeado de una variopinta galería de personajes como, por ejemplo, un anciano o una señora que siempre se está desmayado, sobrepasada por la aventura que viven. Al margen de Alan, del que os hablo más adelante, destacaría como personaje interesante a la pequeña Jimena de Monteilheit. Y digo pequeña por su edad pero no por su valor. Jimena es una princesa que rompe totalmente el estereotipo de princesas de cuento.


«No parecía una princesa como las de los cuentos: tenía mirada valiente, su vestido era largo pero ligero, y llevaba una pequeña pero afilada espada en el cinto». [pág. 40]

 

Jimena es una fémina de nuestro tiempo, que lidera a un grupo de hombres, que tiene iniciativa, a la que todos siguen por su valor y su falta de miedo. Jimena desafía y encabeza la acción porque, como dice Oruña en la entrevista, una chica puede dirigir un ejército y un chico puede ser el torpe de la historia.

Las anécdotas de este libro

El tren fantasma está plagado de curiosidades y de hechos vinculados con la vida de su autora. Para empezar, el protagonista se llama Alan, como el propio hijo de Oruña. Este es uno de los cuentos que María le contaba a «su» Alan, cuando era pequeño, que hoy es un joven adolescente. Ella se inventaba historias a la hora de acostar a su hijo y este relato es uno de los que más disfrutaban ambos. Por eso lo plasmó en papel, para no olvidarlo, para recordar siempre esa etapa, ese vínculo madre-hijo, en ese momento tan especial de la noche.

Además, el Alan de ficción vive en un pequeño pueblo de pescadores, en Escocia. La elección del escenario no es baladí. Oruña confiesa haberse inspirado en un pueblo que ella visitó hace muchos años.

«Hace muchos años, antes de ser madre, en una de mis visitas a Escocia, y justo al poco de entrar por la costa, llegas a un pueblecito que se llama St. Abbs, a unos cuarenta minutos de Edimburgo. Cuando lo visité, me pareció muy tranquilo y acogedor. En aquel momento, yo no era escritora sino que era abogada. Recuerdo que pensé que aquel pueblo era un sitio muy bonito para ubicar un cuento infantil o para idear una historia amable, para gente joven, envolvente, acogedora y cálida. Aquella idea se me quedó flotando en la cabeza y, como suele suceder con todas las historias, se fue cocinando poco a poco [..]» (Fragmento de la entrevista).

 

Por otra parte, si la princesa del cuento se llama Jimena es en honor a una amiga del hijo de María. Y si ella reina en Monteilheit es porque «el primer libro con el que yo me morí de risa, pero carcajadas en alto, fue con De profesión, fantasma de Hubert Monteilhet. Es un autor francés que ambientó una historia en Escocia. Es el típico libro de Barco de Vapor, edición naranja. Es una pasada de cuento, con más de cien ediciones. Lo compré siendo adulta y descubrí que era un cuento con un poso de crítica social que yo no había detectado de pequeña».(Fragmento de la entrevista).

Así que ya veis que este cuento, como a veces ocurre con las novelas, bebe de las vivencias propias de la autora.

Las ilustraciones

Las ilustraciones corresponden a Ana Zurita que ha llenado de color cada una de las páginas de este libro. Diría que existe un equilibrio bastante acertado entre texto e ilustración. Algunas escenas vienen acompañadas de los típicos bocadillos que recrean las conversaciones entre los personajes. El color es vivo y vibrante, de tal modo que capta la atención del lector de manera inmediata. 

El propio Alan, protagonista de este cuento, se parece al Alan auténtico, al hijo de María Oruña. «A Ana Zurita le pasé algunas fotos de mi hijo, de cuando tenía seis años, y también tenía el pelo rubito, como de pincho, al igual que el personaje. Es un guiño al verdadero Alan» (Fragmento de la entrevista).




Con un toque de metaliteratura, en El tren fantasma no hay fantasmas. Si acaso, fantasmillas, así que por eso no os preocupéis. Es una historia divertida, con la que los pequeños se van a reír y que pone de manifiesto el poder de la imaginación.

Poco más os puedo decir. Solo animaros a poner al alcance de los más pequeños la literatura de María Oruña.

Os dejo con las palabras que la autora grabó sobre este cuento para la editorial.






[Fuente: Imagen de la cubierta tomada de la web de la editorial]

Puedes adquirirlo aquí en tapa dura y aquí en Kindle


domingo, 15 de septiembre de 2024

NO QUIERO DECIR ADIÓS

Lo último que publiqué en este espacio fue el pasado 25 de julio, con la entrevista a Daniel Fopiani. Ha pasado mes y medio desde entonces y hoy, 15 de septiembre, regreso a este «hogar». Lo hago con ganas pero con bastante dificultad. Hasta justo antes del verano, mi vida estaba configurada de tal manera que me daba tiempo a prácticamente todo lo que me proponía. Sin embargo, hoy las circunstancias han cambiado muchísimo más. Me temo que voy a tener que renunciar a buena parte de mi trajín literario por falta de tiempo. Y escribo estas palabras con cierto sentimiento de tristeza.

Recuerdo que cuando este espacio inició andadura, en el año 2012, la pasión por la literatura y los libros llenaba toda mi vida. He dedicado muchísimas horas de mi tiempo libre a este blog y, aunque esa pasión se sigue manteniendo, es inevitable ir evolucionando, cambiando hábitos, adquiriendo nuevas responsabilidades. Por eso, cuando me empeciné en estudiar otras oposiciones tuve que reducir drásticamente la actividad de Lecturápolis y ahora me veo obligada a acortar aún más la actividad. El nuevo trabajo en el que llevo unos meces casi me fagocita, me deja exhausta, de tal modo que mi cabeza no da para mucho más en la jornada de tarde. A eso se añade que sigo estudiando, así que no sé cómo me voy a organizar para llevar adelante todo lo que tengo en mente. Probablemente todos mis proyectos se derrumben como un castillo de naipes y tendré que tomar decisiones y dar mi brazo a torcer, pero no quiero decir adiós a tantos años en este rinconcito. Porque he estado mes y medio sin escribir una palabra aquí y ha sido sentarme ante este ordenador, y sentir cómo mis dedos vuelan por el teclado, dando forma a lo que bulle en mi interior. Es mi forma de comunicarme, es lo que me hace sentir bien, y renunciar a este lugar sería como renunciar a una parte de mí misma. No quiero hacerlo. Así que, en la medida de lo posible, trataré de compaginarlo todo. Habrá semanas con una o dos publicaciones. Semanas con ninguna publicación. Pero me niego a dar el cerrojazo. No, de momento.

Así que vuelvo y lo hago con ganas. Y espero que esas mismas ganas me ayuden a encontrar la manera de encajarlo todo.

Os digo ¡Hola! desde aquí y espero seguir estando junto a vosotros. Nos leemos.

viernes, 26 de julio de 2024

VACACIONES

¡Buenos días! Como cada verano, Lecturápolis se toma un respiro. El blog queda en pausa hasta mediados de septiembre, por lo que, hasta esas fechas, no se actualizará la página. Me seguiréis encontrando por redes sociales y seguramente seguiré pasando por vuestros espacios para visitaros. Espero que disfrutéis del verano y que leáis muchísimo. 





¡Nos vemos a la vuelta!



jueves, 25 de julio de 2024

DANIEL FOPIANI: ❝Quiero ser un escritor de verdad y no un escritor superventas❞

La última entrevista antes de que Lecturápolis se tome un respiro estival me trae aires de Cádiz. Vuelvo a sentarme de nuevo con Daniel Fopiani, el escritor gaditano al que conocí en 2017, cuando ganó el Premio Valencia Nova de Narrativa en Castellano que otorga la Institució Alfons el Magnànim por La carcoma. En esta entrevista, Fopiani confiesa que hoy día siente un poco de vergüenza al releer aquella historia, unos tímidos inicios que le abrieron las puertas a un sendero mucho más largo y luminoso. Está claro que este autor, sargento de Infantería de Marina, ha ido madurando literariamente con cada nueva novela. La última, El linaje de las estrellas que publica bajo el sello de Espasa, es una apuesta contundente, con una trama que pone sobre la mesa cuestiones de hondo calado. 

Esta es la última entrevista de la temporada. Pero no será la última vez que lea a Daniel Fopiani. Con un poco de suerte, tampoco será la última vez que converse con él. Os dejo con nuestra charla de hace unas semanas.

Marisa G.- Daniel, un placer volverte a tener por aquí, por Sevilla. Qué gusto verte de nuevo y qué gusto verte con una nueva novela, con este linaje de las estrellas. Con la novela anterior ya tocaste el mundo militar, un mundo que vuelves a abordar de nuevo. Parece que ahí has encontrado una fuente de inspiración.

Daniel F.- Bueno, me siento muy cómodo hablando de lo que sé, de mi trabajo. De alguna manera es también una forma de compartir con mis lectores las experiencias que he ido adquiriendo a lo largo de más de quince años de servicio. La novela anterior, El corazón de los ahogados, era más militar que esta. En esa se trataba el tema de la inmigración ilegal, algo en lo que he trabajado durante más de nueve años. Sin embargo, en esta novela, lo militar no cobra tanto protagonismo. Pero lo que sí tenía claro es que quería utilizar la figura del capellán castrense como protagonista.

Cuando ingresé en las Fuerzas Armadas, con dieciocho años, yo pensaba que un capellán castrense era un cura, un sacerdote, un hombre que estaba siempre en soledad, orando. Pero los capellanes castrenses no son así. Son sacerdotes que, si nos destinan a Afganistán o a Irak, ellos vienen con nosotros. Además tienen adiestramiento militar y formación física. Es algo que a mí me llamó mucho la atención y era algo que tenía pendiente de utilizar en una de mis novelas. Es una manera de que la sociedad conozca un poco mejor nuestro trabajo, porque el mundo militar es muy hermético. Muy poca gente ha pisado un cuartel, por eso, hay un par de capítulos en el que describo cómo es el cuartel por dentro, cómo nos adiestramos. Disfruto haciendo esto y me consta que los lectores también lo disfrutan. 

M.G.- Y vuelves a Cádiz. Fíjate que, entre tú y algunos otros autores, estáis convirtiéndola en una ciudad literaria. Me parece fantástico porque ya le tocaba. Además, la ciudad de Cádiz tiene mucha historia.

D.F.- Es una ciudad milenaria. Tiene un casco antiguo histórico precioso. Siempre digo que, los de Cádiz conocemos la fama que tiene la ciudad, con su sol, sus cervecitas en las terrazas, sus gambitas y su carnaval pero también conocemos la otra realidad, esa parte más oscura de la ciudad, con el paro, los barrios humildes, la pobreza,... Son claroscuros con los que podemos jugar. Son herramientas que nos permiten crear un thriller o una novela policíaca. 

Al ubicar la acción en Cádiz también hablo de lo que sé. Cádiz es la ciudad que me ha visto crecer, conozco a su gente, conozco su idiosincrasia, sus calles,... Creo que el lector, sea de Cádiz o no, nota perfectamente que estoy escribiendo de lo que conozco. También me enorgullece saber que hay gente de otra parte de España que puede conocer Cádiz a través de mis novelas. Mucha gente me está diciendo que desconocía que existiera el Panteón de Marinos Ilustres, o el Real Observatorio de la Armada, que es el centro astronómico más importante de España, desde donde se difunde la hora que tenemos en nuestros teléfonos, nuestros relojes,... Me alegra difundir un poco esa cultura, esa riqueza de patrimonio que tenemos.


[Si prefieres oír nuestra conversación, dale al play]

M.G.- Yo, desde luego, no sabía nada de eso. Tocaremos más adelante esos escenarios. Y hablaremos también de Ezequiel Expósito, ese páter castrense del que nos has hablado. Pero hay que decir que la novela arranca con el hallazgo de un cadáver que presenta unas peculiaridades muy concretas. ¿Cuáles son, Daniel?

D.F.- Pues aparece con una esvástica realizada con cortes en la zona abdominal, con la cuenca de un ojo vacía porque le han extirpado un ojo y, además, con una constelación grabada a fuego en la frente. 

Durante el proceso de documentación descubrí que los nazis estaban obsesionados tanto con la astrología como con el ocultismo, llegando a crear sociedades que dependían directamente de la SS. Estas sociedades hacían expediciones por todo el planeta, con el objeto de encontrar el origen real de la raza aria. En la novela se habla de una de esas sociedades, Las mujeres de Vril, que estaban obsesionadas con la estrella Aldebarán, en la constelación de Tauro. El día que fui a documentarme al Observatorio Real de la Armada, que cuenta con una de las bibliotecas científicas más importantes del país, descubrí que tenían un ejemplar del Atlas Coelestis, un volumen único, y estaba abierto justamente por la constelación de Tauro, con la estrella Aldebarán, que es la que más brilla de todas, la misma estrella con la que estaban obsesionadas Las mujeres de Vril. En ese momento me di cuenta de que tenía ante mí la trama perfecta para el thriller que tenía en mente. Fue justo ahí donde me vino la inspiración.

M.G.- Es decir, que llegas de casualidad. 

D.F.- Bueno, pero para llegar de casualidad hay que trabajar y tienes que tener la intención de escribir algo. Yo quería a un capellán castrense como protagonista. Los capellanes castrenses ofician misa en el Panteón de Marinos Ilustres, así que, lo primero que hago es ir allí a documentarme. 

Soy muy fanático de la física teórica, de la física de partículas y me apetecía crear esa dualidad en un sacerdote, que fuera físico, que los hay, como el sacerdote Lemaitre, padre de la teoría del Big Bang. Quería a un sacerdote con dudas, con la mente abierta, como para poder explicar algunas cosas desde el punto de vista religioso, de la fe, de la espiritualidad, y otras, desde la ciencia y la razón. 

El segundo lugar que visito para documentarme es el Observatorio Real de la Armada. Allí descubro el atlas que te comento. Y siempre digo, a día de hoy, tenemos muchas facilidades para documentarnos. Contamos con internet, donde podemos buscar y encontrar todo, pero a mí, lo que siempre me ha servido mucho es acercarme a la gente, a personas especializadas en la temática sobre la que quiero escribir, o ir a ver con mis propios ojos los edificios o los lugares donde quiero ambientar la trama. Así siempre surgen ideas nuevas. Si no hubiera buscado el Real Observatorio por internet nunca hubiese visto el atlas abierto por esa página en concreto.

M.G.- Pero esos lugares no se pueden visitar, ¿o sí?

D.F.-  Sí, se pueden visitar. El Panteón de Marinos Ilustres cuenta con un guía, que aparece en la novela, con nombre y apellido. Y con respecto al Real Observatorio de la Armada, su bibliotecario, que también aparece con nombre y apellido, hace rutas y nos enseña los libros que hay allí.

M.G.- Hablaremos de esos lugares en un momento. Pero, hay que decir que, ese asesinato que ocurre en el Panteón de Marinos ilustres conecta con una trama del pasado, con Alemania, con el Tercer Reich, y el hallazgo de una reliquia que se encuentra en el Tíbet. En la novela nos hablas de la Ahnenerbe, esa sociedad de investigación y enseñanza sobre la herencia ancestral, que tenía un propósito muy concreto, encontrar el origen de la raza aria.

D.F.- Exacto. Y hacían expediciones por todo el planeta. Estuvieron aquí, en España, concretamente en Montserrat, buscando el Santo Grial. También estuvieron en las islas de Gran Canaria, porque pensaban que eran parte de los restos de la Atlántida, de ese continente perdido. Creían que los canarios, con sus ojos claros y el cabello rubio, podían aproximarse al origen de la raza aria. Y luego, también estuvieron en el Tíbet. Es ahí donde se inicia la novela y es ahí donde hallaron una estatuilla, el Hombre de Hierro. Me llamó enormemente la atención saber que esa estatuilla está esculpida en un meteorito que aterrizó hace 15000 años en el este de Siberia. Aquella figura pasó automáticamente a la colección de reliquias sagradas o de objetos de poder del imperio alemán. Ellos pensaban que ese tipo de objetos les daría ventaja para ganar la Segunda Guerra Mundial.

M.G.- Una reliquia que, además, cuenta con un detalle muy curioso. Una esvástica.

D.F.- Sí. Tiene una esvástica rotada a 45 grados en el abdomen. Es la misma esvástica que vamos a encontrar en el abdomen del cadáver que aparecerá en el Panteón de Marinos Ilustres.

M.G.- Antes has dicho que los nazis estaban muy obsesionados con el ocultismo y desconocía la existencia de Las mujeres de Vril. ¿Qué papel jugaban esas mujeres en el Tercer Reich? 

D.F.- Eran un grupo de mujeres que se dejaban crecer la melena porque pensaban que así tenían mejor conexión con las estrellas. Probablemente fuera un grupo muy aislado, que dependía directamente de la Ahnenerbe. No fueron su mano derecha, pero sí llegaron a estar muy cerca de Himmler, el fundador de la SS. Se supone que estas mujeres, al tener contacto con seres de otros planetas, tenían información privilegiada y acceso a tecnología avanzada que por entonces se desconocía por completo. De hecho, no es difícil encontrar algunos bocetos de la Alemania nazi, que muestran ovnis u objetos voladores. Todo esto viene de la mano de la Sociedad Vril que, al recibir información, se la pasaban directamente al ejército alemán. 

M.G.- Qué curioso.

D.F.- Es curioso y, a veces, resulta poco creíble porque parece sacado de una novela de ciencia ficción, de fantasía,... Pero de esto hace menos de ochenta años. El año que viene es el ochenta aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial.

Lo que planteo en esta novela es qué ocurriría si los grupos de extrema derecha de hoy día siguieran con el pensamiento de la Alemania nazi. Además, juego con la baza de que en Cádiz hubo una gran presencia nazi. Allí hay una playa que se llama Playa de los Alemanes,...

M.G.- Magnífica, por cierto.

D.F.- Preciosa. Hace unos años tuve la suerte de conocer a Wayne Jamison, un periodista especializado en la presencia nazi en la provincia de Cádiz. Él publicó un libro titulado Esvásticas en el sur. Después de leer ese libro me senté con él para resolver todas las dudas que tenía. Yo no quería plantear que hubiese presencia nazi en la provincia de Cádiz sin que eso fuera correcto históricamente. Pero parece ser que es algo que está documentado, que, durante la Segunda Guerra Mundial, tanto el Estrecho como Algeciras eran puntos muy calientes, y por esas aguas recalaban submarinos alemanes. Atracaban allí para abastecerse o para repostar. Después de la guerra, en su huida, Algeciras y toda la provincia de Cádiz se convirtieron en un refugio. Así que tenía las herramientas perfectas con las que me cuadraba todo. Pero, insisto, para que cuadre, uno tiene que indagar, tiene que buscar,... 

M.G.- Sí, porque las cosas no vienen regaladas. 

D.F.- Exacto.

M.G.- Bueno Daniel, en esta novela tocas varios temas. Ya has mencionado que te gusta mucho la ciencia, y tocas el universo, la astrología, el nazismo, el rechazo a los inmigrantes... Concretamente, ciencia y  religión, son temas que te interesan.

D.F.- Sí. Son temas que siempre me han gustado. Como digo, me apetecía reflexionar sobre la ciencia y la religión, como cuestiones que no siempre han estado tan separados o no siempre tan enfrentados. He querido jugar con todos esos conceptos, con la realidad, el universo, las estrellas,... Todos venimos de ese polvo de estrellas, independientemente de la nacionalidad que tengas, independientemente de la religión que profeses o a la que sacrifiques tu vida. Es una idea que ya adelanté un poco en El corazón de los ahogados. Todos somos hijos de la Tierra y todos pertenecemos o venimos del mismo sitio. Es un mensaje que sigue estando en este libro.

En El linaje de las estrellas vamos a ver cómo el sacerdote, además de dedicar toda su vida a la religión, al magisterio de la Iglesia, es licenciado en física de partículas, en física teórica. Sus estudios los inducen a generar más dualidad o fomentar la lucha interior a la hora de explicar el porqué de las cosas. Ese monólogo interior se irá incrementando al descubrir que se ha cometido un asesinato en el lugar donde es párroco oficial, al verse empujado a descubrir lo que ha ocurrido. Ahí empezará a estrechar lazos con la madre de la víctima. Se producirá un cierto acercamiento a medida que vaya avanzando la trama. Al final, el páter se sumirá en un dilema moral que también me apetecía desarrollar en la novela.

M.G.- Hablemos de los  personajes. Ezequiel es ese páter que comentas. Es un hombre que se acerca a los débiles porque él también tiene un pasado que, en cierto modo, lo lastra un poco.

D.F.-  Ezequiel se apellida Expósito. Ese es el apellido que les ponían a los niños que aparecían en las casas de cuna, o de los que se desconocía quiénes eran sus padres o de qué familia venían. Ezequiel fue un niño huérfano, que se crio en una casa cuna de Sevilla, por cierto, muy vinculada con la Iglesia. Quizá, con ese impulso, él inició ya su trabajo, su carrera dentro de la Iglesia. El dolor y la sensación de abandono lo va a perseguir a lo largo de toda su vida. Es algo que vamos a ver en varias escenas de la novela. Ezequiel va a tener una compasión especial por Natalia, la madre del soldado brutalmente asesinado, al ver que la mujer pasa por tanto dolor, por tanto sufrimiento, y estar tan sola. 

Has comentado que también trato la injusticia o las desigualdades que suele haber con los extranjeros, con los migrantes o inmigrantes. Es algo que trabajé con mucha más profundidad en mi novela anterior, aunque en esta también sigue estando presente.

M.G.- ¿Y Natalia?

D.F.- Natalia es una venezolana que abandonó su país para encontrar mayores oportunidades en España, pero aquí se ve sin familia. Está prácticamente sola. Terminó enamorándose de un hombre con el que no le fueron muy bien las cosas, del que, si te apetece, también podemos hablar. Tras la muerte de su hijo, se ve sola. Ezequiel se compadece de ella y siente la necesidad de ayudarla. Quiere hacer todo lo que esté en su mano para aliviar su dolor, ese sufrimiento tan atroz que la está atormentando. 

En esta novela no me valgo tanto del sensacionalismo de los crímenes aunque sí creo que es una de mis novelas más duras. Sobre todo, por ese dolor de la madre, que se transmite constantemente. Es uno de los puntos que más me ha costado a la hora de escribir, el ponerme en la papel de una madre que acaba de perder a su hijo. Cuando hablamos de un soldado que ha fallecido, automáticamente mucha gente piensa en un hombre adulto, aguerrido, apuesto pero cuando yo entré en la Armada tenía dieciocho años recién cumplidos. Era un niño. Ahora, con unas cuantas canas más, cuando veo entrar a los que ingresan en las Fuerzas Armadas, lo que veo son niños a los que todavía les queda mucho por madurar. Madurarán haciendo la mili y así es la víctima de esta novela, un niño de dieciocho años.

M.G.- Roberto es el padre del soldado fallecido, la expareja de Natalia. Ese es el personaje que has mencionado. Es un personaje al que veremos evolucionar. Al principio, lo vamos a ver de un modo pero luego...

D.F.- De primeras, Roberto no va a caer bien. Es una persona que no ha sabido tomar buenas decisiones en su vida. No es muy inteligente. Desde el principio, vamos a ver que se dedica al trapicheo con drogas. Fue denunciado por malos trato por parte de Natalia. Sin embargo, muchos lectores me han dicho que, después de leer la novela, es uno de los personajes que más ha gustado. Me dicen que les parece el más real. De alguna manera, Roberto es un personaje que está inspirado en esas familias humildes o esos barrios más bajos de Jerez, de San Fernando, de Cádiz,..., o de cualquier otra ciudad que conozcamos. Podremos intuir que está siendo utilizado por la abogada que lo defendió en su primer juicio, pero, a medida que se va desenvolviendo la trama, vamos a ver que hay cierta evolución en él y que hay cierto descubrimiento interior en Roberto. Es un personaje que he disfrutado mucho a la hora de escribirlo porque, como digo, es muy real, muy actual.

M.G.- Hay muchos más personajes. Tenemos a Lorenzo, el juez instructor el caso, totalmente volcado en su trabajo, algo que le traerá problemas. Y luego está Jesús.

D.F.- Sí, Jesusito, que me sirve precisamente para hacer que el lector se relaje y para meter ese toque de comedia o humor que yo introduzco en cada una de mis novelas. Vamos a ver sufrimiento y dolor continuo, por parte de la madre de la víctima, pero Jesusito, de alguna manera, rompe con ese sufrimiento extremo. Jesús es un personaje con el que me lo he pasado muy bien. Es una persona que ha dedicado la mayor parte de su vida a los videojuegos. Apenas sale de su habitación. Es también un personaje muy real, como todos esos niños, esas nuevas generaciones que se encierran en sus casas. De hecho, en Japón, hay una auténtica epidemia de niños que sólo viven en su habitación, jugando a videojuegos. Incluso lo pasan mal cuando se ven en zonas exteriores. Me apetecía un poco reflexionar sobre lo que estamos viviendo, con la tecnología, los videojuegos, los podcast, y las redes sociales muy presente.

Y Lorenzo es la parte más judicial o más policial que vamos a ver en El linaje de las estrellas. Lorenzo es el juez que instruye el caso de la muerte de David Lucero, el soldado fallecido en el Panteón de Marinos Ilustres. Me sirve para mostrar al lector esa parte de la instrucción de un caso. En los primeros capítulos coloco un informe forense o actas judiciales, o explico cómo es el proceso del levantamiento de un cadáver. En este sentido, tengo la suerte de estar asesorado por dos de mis mejores amigos, dos guardias civiles. Uno de ellos, en concreto, es sargento de la Guardia Civil y está encuadrado en la policía judicial, en una unidad de investigación. A golpe de teléfono o con un café de por medio, puedo resolver las dudas que se me plantean sobre los procedimientos, tanto policiales como judiciales. Lorenzo será quién mantenga el eje central de la investigación porque, por otro lado, Ezequiel hará sus propias pesquisas.

M.G.- Efectivamente, Ezequiel se va a interesar por la muerte de este chico que aparece muerto en el panteón, pero no hemos dicho exactamente dónde aparece. Será dentro de un estanque que hay en el interior del edificio. Me he quedado alucinada.

D.F.- ¿Lo has buscado por internet?

M.G.- Sí, sí.

D.F.- El cenotafio es la sala más impactante y más emotiva de todo el panteón. Es una especie de estanque, como bien comentas, que contiene agua de todos los océanos del mundo y que, de alguna manera, pues sirve para rendir homenaje a todos aquellos que han perdido la vida por España. Y me parecía un lugar fantástico para que, en ese estanque, apareciese flotando el cadáver que va a dar inicio a esta novela.

M.G.- La fotografía que vi me pareció impactante. Y Daniel, has comentado que introduces informes judiciales, actas, pero también hay dibujos, tablas, mensajes de WhatsApp, códigos de QR,... Todo es muy dinámico.

D.F.- Mira, en esta novela me ha pasado una cosa. A medida que iba escribiendo capítulos fui dándome cuenta de que todos mis personajes eran dependientes del teléfono móvil. El sacerdote tiene teléfono móvil. Natalia tiene teléfono móvil. La policía o la unidad investigadora se comunica a través de correos electrónicos y de whatsapp. Entendí que estaba haciendo un retrato de la sociedad sin darme cuenta porque todos y cada uno de nosotros somos prácticamente dependientes del teléfono móvil. Así que, una vez que descubro esto, aprovecho para hacer una crítica sobre la capacidad de atención que estamos perdiendo por culpa de los teléfonos móviles. Y no es sólo un problema de las nuevas generaciones. Me considero una persona adulta y me he dado cuenta que, si por ejemplo, estoy leyendo un libro, cada vez que acabo un capítulo tengo el vicio de mirar el móvil. Eso nos pasa a todos hoy pero es algo que no nos pasaba hace tres o cinco años. Miramos el móvil, y si vemos que no tenemos nada, caben dos opciones: o nos olvidamos del móvil o caemos en el error de entrar en ese bucle infinito de la información. Son temas que he querido tratar en El linaje de las estrellas. Y siempre hablamos de lo mismo. Está bien que haya una trama que atrape y mantenga al lector enganchado pero, por otro lado, hay que hablar de muchas otras cosas que nos está pasando como sociedad. Hay que hacer crítica y, de alguna manera, hacer reflexionar a los lectores para ver si así podemos cambiar algo, aunque sea durante unos días. Por ejemplo, con esto que te comento del móvil.

M.G.- ¿Podríamos decir que esta es tu novela más compleja?

D.F.- Yo diría que sí, claro. Y quiero que la siguiente aún lo sea más.

M.G.- Pues sí que te vas a complicar.

D.F.- A ver, por complejo se puede entender una trama enrevesada y, quizá, no voy tanto por ahí. Lo que quiero es superarme con cada novela, en el sentido de que la narrativa sea mejor o haya una mejor literatura. Eso es lo que siempre me ha obsesionado. Cuanto tengo que estructurar la novela me lo paso muy bien. Me pongo mi pizarrita, voy creando personajes, y voy haciendo conexiones. La fase de la documentación también es una parte que disfruto mucho pero lo que realmente me frena es el proceso de escritura. Quiero hacer de Daniel Fopiani una voz que se identifique, tener una voz propia, que es lo más difícil para un escritor. Pero es cierto que cada vez me voy viendo un poco más cómodo, voy entendiendo dónde meter una metáfora o dónde yo entiendo que debe estar, dónde hacer una comparación, un juego narrativo, dónde romper la estructura.  Eso es lo que realmente disfruto de la escritura de un libro pero, ¿qué ocurre? Pues que es lo que más me frena. 

M.G.- Te entiendo. Pues últimas dos preguntas, Daniel. Por un lado, ¿qué evolución has notado desde La carcoma?

D.F.- Noto un salto, como digo, en la narrativa y en la manera de contar. Lo que no ha cambiado son las ganas de seguir aprendiendo y las ganas de seguir depurando. Muchos, cuando comenzamos, pensamos que, si alcanzamos éxito editorial, ya no queda nada más que hacer, sino simplemente seguir publicando novelas y vivir del cuento, por decirlo de una manera rápida. La carcoma es una novela de la que yo, a veces, siento un poco de vergüenza, aunque hay muchos lectores que me dicen que es la que más les gusta. Pero esa novela la escribí con veintidós años. Ahora siento que escribo mucho mejor. Es una novela de la que me siento muy orgulloso pero considero que las que vinieron después están mucho mejor escritas. La melodía de la oscuridad fue la primera que publiqué con el grupo Planeta, sin desmerecer ninguna de las otras editoriales. Pero yo nunca sentí que ya estaba el camino hecho, sino todo lo contrario. Pensé que, si había escrito esa novela y la había comprado una gran editorial, tenía que hacer cosas mejores para que mis lectores vieran que seguía trabajando, que me lo tomo en serio. Quiero ser un escritor de verdad y no un escritor superventas. Vender está muy bien. La primera edición de esta novela se agotó en veinticuatro horas. Eso se lo debo a la generosidad y a la amabilidad de mis lectores, a los que han leído mis anteriores novelas. Y luego, el boca a boca ha conseguido que otros nuevos lectores se hayan sumado. Todo eso está muy bien y me hace muy feliz pero yo no empecé a dormir tranquilo hasta que, dos o tres días después de publicar El linaje de las estrellas empecé a recibir las primeras opiniones. Es algo que me pasa con todas las novelas. Cuando algunos lectores me empezaron a decir que la novela estaba de maravilla, que estaba muy bien escrita, que la trama gustaba... ahí fue cuando me tranquilicé. Entonces me dije que el trabajo ya estaba hecho y que ahora tocaba disfrutar de la promoción, de hablar con la prensa,... Las ventas no es que no me importen, pero lo que realmente me quita el sueño es saber que estoy haciendo bien mi trabajo. 

M.G.- ¿Y cómo otros autores y amigos te ves dejando el trabajo, dejando el ejército, para dedicarte únicamente a escribir? 

D.F.- No voy a negar que eso sea un sueño. Es un futuro que me gustaría alcanzar. No obstante, considero que, en la actualidad, tengo un trabajo bastante bueno. Ahora mismo me encuentro destinado en Madrid y puedo compaginar perfectamente el mundo de la escritura con el ámbito militar. Soy militar desde los dieciocho años. Empecé a escribir con quince o dieciséis. Ambos oficios han estado presentes siempre a lo largo de mi vida y no me importaría imaginar un futuro en el que ambos oficios siguieran presentes. Hay veces que me imagino dedicándome únicamente a la literatura, despertándome por la mañana, haciéndome un café en casa, y poniéndome a escribir. Y otra veces me imagino estando de misión, desplegado en zona de operaciones, escribiendo en una libreta. No sabría decirte. Ambas opciones son buenas. No sé qué ocurrirá en el futuro. Lo que sí es cierto es que mis condiciones laborales ahora mismo son muy buenas y estoy muy contento con los dos trabajos.

M.G.- Pues Daniel, un placer volverte a ver con otra novela. Y espero verte con la siguiente.

D.F.- En un par de añitos, que es lo que tardo.

M.G.- En un par de años, sí. Gracias.

D.F.- A ti. 


Sinopsis: Un perturbador viaje que comienza en un mar de sangre y termina en el abismo del cielo nocturno

En el Panteón de los Marinos Ilustres de San Fernando ha aparecido el cuerpo de un joven soldado salvajemente mutilado. Una esvástica realizada con cortes aparece en el cadáver y el homicidio no tarda en acaparar la atención mediática cuando se filtra un dato aún más perturbador: el asesino dejó las tripas de la víctima a la vista, simulando con los intestinos un cordón umbilical.

Ezequiel Expósito, capellán castrense, inicia su propia investigación al tiempo que estrecha lazos con la madre del soldado, una venezolana llamada Natalia cuya vida ha estado sembrada de amarguras.

Este asesinato llevará a Ezequiel a descubrir la existencia de una misteriosa secta, pero también a redescubrir sus verdaderos orígenes y a una reflexión sobre lo que más le ha interesado en la vida además de Dios: el universo.

Con un estilo literario, lacerado, violento y visual, Daniel Fopiani nos ofrece su novela más original, con una ambientación exquisita y un protagonista memorable.





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