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jueves, 25 de junio de 2026

ELVIRA MÍNGUEZ: ❝Escribo sobre mujeres porque soy mujer❞

La pasada primavera, Elvira Mínguez se alzó con el Premio Primavera de Novela con su libro La educación del monstruo. A Mínguez la conocíamos principalmente como actriz de cine y televisión. Recientemente ha participado en el rodaje de Sira, continuación de El tiempo entre costuras, cuyo estreno está previsto para finales de este año, o para principios del 2027. Pero también la conocemos por otros muchos trabajos, dada su larguísima trayectoria en el mundo audiovisual. Recientemente la hemos podido ver interpretando a una cocinera en la película La cena o en las series Marbella, expediente judicial o Vida perraSin embargo, desde que en 2023 publicara La sombra de la tierra, llevada a la televisión, compagina su faceta de actriz con la escritura. 

La educación del monstruo nos habla de tres mujeres, Águeda, Olvido y Matilde, y de tres épocas conectadas. Con una estructura compleja, que entrelaza los tres hilos temporales, esta nueva novela de Elvira Mínguez hace una incursión en el pasado, en la memoria y los recuerdos y en la inmigración española en los años 60, pero también aborda una cuestión más intensa, como es la verdadera naturaleza del ser humano. 

A su paso por Sevilla, tuve la oportunidad de sentarme a hablar con Elvira Mínguez y me contó todo esto.

Marisa G.- Elvira, un placer tenerte otra vez en Sevilla. Qué alegría verte de nuevo.

Elvira M.- Gracias.

M.G.- Bueno, me estoy leyendo tu libro. Voy por la página 200 y vaya…

E.M.- Alguna escena que duele, ¿no?

M.G.- Sí, duele, duele. Pero, en primer lugar, muchas felicidades por tu premio, por el Premio Primavera de Novela. Con la anterior ya te dieron el premio de la crítica en Castilla y León.

E.M.- No, no, quedé finalista.

M.G.- Ah, pues había leído que habías ganado.

E.M.- No, me enteré hace poco porque me lo dijo mi editora pero fui finalista. A mí no me dieron ningún premio.

M.G.- Bueno, pues finalista. Pero ahora sí, con La educación del monstruo te llevas un premio. Ha sido como llegar a la literatura y besar el santo porque la anterior funciono muy bien, hasta el punto de llevarla a televisión, con una serie en la que fuiste guionista.

E.M.- Y directora.

M.G.- Y directora, exactamente.

E.M.- La verdad es que para mí ha sido una sorpresa. Lo del premio pues, qué quieres que te diga, que ha sido algo muy bonito. No me lo podía ni imaginar, te lo aseguro. A pesar de las nominaciones en cine y de los premios pues, no sé, este premio me ha hecho una ilusión que no me ha hecho ningún otro.

M.G.- Llegados a este punto, en el que estás viendo que tus historias y tu forma de escribir gusta a los lectores, ¿has llegado a pensar que, de saberlo, te hubieras puesto a escribir mucho antes?

E.M.- No, no. Estoy convencida de que la escritura ha llegado cuando tenía que llegar. En el fondo, esto no es más que otra forma de contar una historia. Es una manera de narrarme a mí misma. Me parece que es algo que ya hablamos con la novela anterior. Creo que todos necesitamos narrarnos. A la hora de concebir personajes, a la hora de escribir, lo hago de esta manera gracias a todos los años que llevo en lo otro, en el cine. Mi cabeza es visual. Me levanto y paso mucho tiempo visualizando, imaginando, tratando de transcribir al papel lo que veo. Y la manera de concebir a los personajes es la misma que uso cuando interpreto. Los voy creando a base de ir creando atmósferas.

De un modo u otro, voy aplicando lo que he ido aprendiendo durante estos treinta años de interpretación.

M.G.- La primera novela la has llevado al cine, con Carmelo Gómez, además. ¿Cómo es ver tu historia escrita en formato audiovisual? 

E.M.- Cuando escribo no pongo caras, salvo con el personaje que interpreta Carmelo en La sombra de la tierra. Es verdad que, cuando creé a ese personaje, tenía a Carmelo en la mente. Pero en La educación me ha pasado igual. No pongo caras. Cuando los escribo, me imagino cómo se rascan, cómo se mueven, cómo se giran o cómo cogen algo. Y yo hago los mismos movimientos, práctico para ver cómo se extienden los dedos, o cómo hacen esto otro. Puedo tener una idea vaga en cuanto a las descripciones pero no tengo un rosto.

O sea, supongo porque de alguna manera como yo los interpreto, a la hora de escribir, os admiro a ver cómo se rascan, cómo se mueven, cómo se giran, cómo cogen algo, cómo se agachan y lo voy haciendo, ¿sabes? Muchas veces práctico para ver si es entonces extiendo los dedos, no sé qué, no sé cuál. Creo que no sé si será eso, pero no tengo ninguna cara.


[Para escuchar nuestra conversación, clic en el vídeo]

M.G.- La educación del monstruo tiene tres hilos temporales, muy conectados unos con otros. Vamos a ver a los mismos personajes en tres etapas distintas de su vida. A los lectores que se acerquen a este Premio Primavera, ¿qué le contarías sobre esta historia?

E.M.- La educación del monstruo es una novela negra, es un thriller. Es una investigación que va a llevar a cabo Matilde, uno de los personajes. En el año 2014, vamos a ver a Matilde en Madrid y en Valladolid. Ella tiene un niño de cinco años. El niño está jugando, tira la pelota fuera de casa y sale corriendo tras ella. Matilde se va a asustar mucho. Sale detrás del niño. Es un acto reflejo. De repente, conecta con su memoria, con algo que le ocurrió, pero que no acaba de entender muy bien. Es lo que los especialistas llaman un recuerdo involuntario. Se rompe la linealidad del tiempo y lo que pasó hace tiempo se vuelve presente. Riñe al niño, lo manipula con el miedo para que no vuelva a hacer lo que ha hecho. Mira al niño de un modo distinto. Ella se ve como si fuera un monstruo. Matilde no sabe lo que le ocurre, por qué ha reaccionado así, y trata de averiguar qué demonios le ha pasado. De ahí, la veremos en su infancia, en los años 76 y 77. La vamos a ver en el colegio donde estudiaba, un centro dirigido por una monja, la hermana Olvido. Por esos años, en Valladolid rondaba un violador que atacaba a las niñas. Toda la ciudad vive envuelta en ese clima de miedo. 

Por otro lado, también vamos a conocer a los personajes en el año 63. Águeda, la madre de Matilde, y su hermana Teresa, emigran a Alemania, a la ciudad de Düsseldorf.

Poco a poco, con cada hilo temporal, y mucho antes que Matilde, el lector irá uniendo las piezas. De alguna forma, he tejido un tapiz. De hecho, Matilde es vestuarista y se expresa usando términos relacionados con los tejidos, y las texturas.

M.G.- Es un estructura más compleja con la anterior. ¿Cómo te has desenvuelto a la hora de manejar tres tiempos?

E.M.- En un momento determinado pensé en hacerlo por etapas. Por un lado, la parte de Alemania, luego los años 70 y, al final, la de 2014. Pero así no me funcionó. Es lo que te decía, la historia es un tapiz y he ido tejiendo al mismo tiempo que se iba desarrollando la historia. Ha sido más difícil o más pesado hacerlo así porque, cualquier hilo que moviera en una época, modificaba absolutamente todo. Tenía que hacer como encajes de bolillos para un lado y para el otro. 

M.G.- La novela aborda muchos temas pero, de todos ellos, destaca o sobresale esa emigración de españoles a Alemania durante los años 60. Cuentas en la novela que esos españoles, que dejaron este país para buscar una vida mejor, cuando llegan allí se encuentran miseria igualmente, mucha soledad y mucha nostalgia. Se ve muy bien en el personaje de Teresa, de Águeda, o de su marido.

E.M.- Me encanta que me comentes esto. Supongo que a todos los escritores les pasará igual pero, en mi caso, a la hora de documentarme, sufro del síndrome del impostor. Yo no hago un proceso de documentación previo sino que me voy documentando a medida que voy escribiendo, que se me van ocurriendo cosas. En este sentido, cuando me documenté sobre la emigración a Alemania, me topé con algo que me pareció alucinante. Y es que no solo había emigración legal, sino también ilegal. Ellos se marchaban a un país en el que se habla un idioma que no conocen, con un clima durísimo. Y hay algo muy importante que les pasa a todos los emigrados. Tienen que poner buena cara ante sus familias, hacerlos creer que todo va muy bien y que van a ganar mucho dinero. Todos ellos sufren una decepción muy grande porque no se cumplen sus expectativas. Todo esto me pareció muy interesante, como hablar también de la emigración ilegal. Los que emigraban de manera ilegal tenían mucha más libertad para dejar un trabajo y buscar otro que aquellos otros que fueron de manera regular, a través del Instituto de la Emigración. 

M.G.- Pero, ¿en qué consistía esa emigración ilegal? ¿No llevaban permiso de trabajo o cómo era?

E.M.- Te daban un permiso de turista. Algunos entraban y salían, pues depende, algunos lo hacían por Holanda. El visado duraba sólo tres meses. A los tres meses tenían que salir y volvían a entrar con un nuevo visado. Claro, entraban sin un contrato firme pero, al mismo tiempo, eso le daba mucho margen para dejar un trabajo e irse a otro, si se cometían muchas injusticias en el trabajo o si no se les pagaba bien.

M.G.- Y tocas otros muchos temas de mucha importancia. Vamos a ver escenas muy machistas, abordas el tema de la religión a través de esa monja, que se llama Olvido, o el maltrato, la culpa, el pasado que siempre vuelve, ese pasado que tanto trabajo cuesta dejar atrás.

E.M.- Sí, por eso las dos frases de inicio de la novela, la de Virginia Woolf y la de Elias Canetti. Mira me he dado cuenta que hay dos temas que son muy importantes para mí y que, imagino, serán recurrentes. Uno es la memoria y el otro, el tiempo. 

La memoria la necesitamos para construir nuestra identidad. La construimos en base a lo que hemos vivido. Está siempre ahí, permanece, por mucho que le queramos dar vueltas. Sobre la memoria hay muchos estudios pero, realmente, todavía no se sabe tanto como se debería saber. Cuando Matilde tiene ese recuerdo involuntario, ¿cómo se construye un recuerdo? ¿Cuáles son los mecanismos? Creo que la memoria es un tema clave para el ser humano.

M.G.- Los españoles que emigraban de forma legal a Alemania, lo hacían a través del Instituto de Emigración. Luego, cuando ya estaban allí, acudían a esos centros culturales españoles, que eran como un reducto de España en el extranjero. En la novela vamos a verlos en esos centros, donde se sentían, un poco como en casa, y son escenas muy entrañables.

E.M.- Eran centros donde no solamente se reunían los españoles que vivían en el extranjero sino que también eran lugares que permitían al régimen franquista controlar lo que había allí. Incluso Cáritas ejercía también este tipo de labor. De alguna forma, el régimen vigilaba de qué forma calaban las ideas democráticas. El régimen quería seguir controlando, incluso a la gente que vivía fuera de España. En el caso de los personajes de la novela, vamos a ver a Matilde, a Olvido y a Águeda, las tres mujeres protagonistas, que son auténticas heroínas y que se posicionan en contra del sistema. Águeda llega a denunciar en Alemania los malos tratos que ella ve en su casa y se dirige al centro español para denunciarlo allí pero no, no servía. Ellos sabían lo que ocurría en todas las casas, y funcionaban como centros informativos.

M.G.- Águeda, Olvido y Matilde van a ser los tres pilares de la novela. Águeda me roba el corazón. Matilde me recuerda mucho a las madres de hoy, que sobreprotegen a sus cachorros. Y Olvido es esa religiosa que se cuestiona incluso la existencia de Dios. Me parecen tres personajes con una identidad muy rotunda.

E.M.- Sí. En el caso de Matilde, su monstruo es la sobreprotección.  

Algo muy importante en la novela, y de ahí el título, es la existencia de un monstruo real. Hablo de Javier. Como es una novela negra, no estoy haciendo ningún tipo de spoiler. Pero luego, lo que más me interesa es lo que me pasó escribiendo la novela. Quise colocar al lector en un sitio en el que él fuera capaz de reflexionar sobre cuál es el monstruo. ¿O cuáles son los monstruos que no quiero ver? ¿Cuáles son los que desconozco? ¿Cuáles son los que voy a dejar en herencia a mis hijos? Esa era la reflexión que a mí me interesaba.

Cada una de estas mujeres lucha contra el sistema de una manera determinada. Águeda y Olvido denuncian, pero Matilde, lo que hace, de alguna manera, es denunciarse a sí misma. Pone en tela de juicio todo lo que sabe hasta esa conversación final que mantiene con su tía Teresa.

Con respecto a Olvido, te diré que yo soy atea por convicción y por voluntad propia pero he estudiado en un colegio religioso.

M.G.- Has estado en un colegio de monjas.

E.M.- Sí, cuya directora era Olvido pero no la Olvido de la novela.

M.G.- Es que se nota un montón.

E.M.- Todo lo que tiene que ver con el mal me ha interesado siempre muchísimo. Olvido no se cuestiona si existe Dios o no, sino que lo que se cuestiona es si Dios es bueno. 

M.G.- Que exista maldad en Dios.

E.M.- Exactamente. ¿Dios es malo? Esa es la pregunta a la que Olvido intenta dar respuesta. Ese es su monstruo, cómo ella puede sentir, en un momento determinado, que las bases del catolicismo se pongan en tela de juicio. ¿Qué ocurre si insertamos, como variable de la ecuación, la maldad de Dios?

Y en el caso de Águeda, su monstruo es la culpa. Cuando ella se encuentra con un Javier que está despertando a la sexualidad, ella empezará a culparse.

M.G.- Pero Elvira, independientemente de nuestros monstruos internos, hay otros monstruos que surgen a raíz del entorno en el que se crían, o eso pensamos. Es el caso de Javier, un personaje que sufre mucho, pero ¿ese monstruo es víctima de su entorno o el monstruo existe por naturaleza?

E.M.- Esa es una de las cuestiones que el lector tiene que responder. El monstruo, ¿nace o se hace? En el caso de Javier, es un niño abandonado, un niño que ha sufrido maltrato por parte del padre y, por tanto, sus circunstancias pueden llegar a ser un detonante para la construcción de una psicología y una personalidad monstruosa. Pero, además, hay que sumarle otros ingredientes al puchero de Javier, como es ese despertar sexual, o cómo Águeda se va transformando para él en un icono virginal. Todos esos ingredientes son los que acaban configurando al monstruo. Pero monstruosa es también la actitud de Águeda hacia su hija, la educación que le da, la responsabilidad que le echa encima. Y monstruosa es también la superprotección que ejerce Matilde sobre su hijo. O monstruoso es el silencio de las familias de todas esas niñas violadas.

M.G.- Uno de los hilos argumentales transcurre en Valladolid, en tu Valladolid natal, en los años 70.  ¿Vamos a ver la Valladolid de tu infancia?

E.M.- Sí, absolutamente. En los años 70, había un famoso violador en Valladolid, el violador del ascensor, pero indagando en hemerotecas, leí que, en España, en un sólo día, atrapaban hasta a dos violadores. Hubo momentos en lo que había hasta cuatro. En esos años, Franco ya había muerto pero cuando vivía, eran delitos de los que ni se hablaba. Denunciar que eso ocurría en un régimen dictatorial era algo imposible. Los policías no tenían ni preparación psicológica para enfrentarse a eso. Por eso a Olvido le gusta la psicología y ella, junto al comisario Gutiérrez, se encargará de empezar o de intentar aclarar lo que ocurre.

Por entonces, había mucho miedo en Valladolid. Recuerdo que, para ir a jugar a casa de una amiga, te tenía que llevar un hermano mayor. No te dejaban estar sola en la calle, y todo ese miedo fue calando, poco a poco. 

M.G.- Elvira, y hablando de la documentación, he leído que has hecho uso de una novela gráfica, un género que me encanta, pero al que los lectores se acercan poco. Me ha resultado un dato llamativo.

E.M.- Las novelas gráficas me encantan. De regalo de Reyes siempre pido una novela gráfica. Carlos Sanz me habló de esa novela que me ha servido de inspiración, en la que se habla de una emigración ilegal. Me fue muy útil porque, a partir de ahí, empiezas a buscar información por otro lado.

M.G.- Sí, una cosa te lleva a otra. 

Elvira, tus novelas son siempre de mujeres fuertes y potentes. Y me voy a meter en un jardín porque, ya que escribes tanto sobre mujeres, quisiera preguntarte si, el concepto que tenemos hoy de feminismo está bien entendido o, por el contrario, estamos metiendo en el mismo saco cosas que nos perjudican.

E.M.- Creo que, en un momento de crisis, la mujer pierde cualquier avance que se haya conseguido. Si hay que recuperar ciertas posiciones, las posiciones que se van a vender son las de las mujeres. En ese sentido, vivimos en un momento terrible. Debemos ser conscientes que todas tenemos una responsabilidad de guarda y cuidado de unas con otras. Pero no estoy hablando de feminismo, sino de sentido común. Escribo de mujeres porque soy mujer. Creo en la igualdad de derechos porque soy mujer. Creo en mi libertad y en mi individualidad, porque soy mujer. En los momentos en los que estamos, hay que estar por encima de ciertas cosas, y no perdernos con cosas que sólo nos puede colocar al borde del precipicio.

M.G.- Sí. Bueno, actriz, escritora, madre. ¿Cómo se compagina todo?

E.M.- Duermo poco, lo digo siempre. 

M.G.- Poco, ¿cuánto es?

E.M.- Pues, normalmente unas seis horas. Soy muy inquieta y tengo mucha energía. Luego, es verdad que no tengo el talento de la gestión del tiempo, pero con los años he aprendido a tener la capacidad de priorizar. Tengo muy claro cuál es mi prioridad número uno, mi familia. Si tengo que dejar cualquier cosa por ellos, lo dejo. Tengo también muy claro que la interpretación, el cine o la dirección de la serie es un oficio, como la escritura. Y la vida es otra cosa. Cuando tengo la fecha de entrega muy cerca, me llevo el ordenador a todos lados, pero cuando me apetece estar tirada, también me tiro. 

M.G.- Pues Elvira, muchas gracias por atenderme. Un placer hablar contigo.

E.M.- Muchas gracias a ti.

Sinopsis: Una historia inquietante y profundamente humana que explora cómo el miedo y la memoria pueden marcar una vida para siempre.

Pensamos que el monstruo siempre es el otro: un desconocido que se lleva a una niña en un coche blanco, un hombre que ataca en una calle desierta... ¿Qué pasa cuando descubrimos al monstruo que todos llevamos dentro?

Matilde es la madre entregada y sobreprotectora de un niño de cinco años. Un recuerdo involuntario será el detonante que la lleve a buscar el motivo de esta sobreprotección, que entiende cada día más dañina para su hijo y para ella misma.

Esta es también la historia de la madre de Matilde, Águeda, una joven que en 1963 emigró a Alemania con su familia y convivió bajo el mismo techo con un hombre y su hijo adolescente, un muchacho silencioso que aprendió demasiado pronto el lenguaje de la humillación.

En esta búsqueda Matilde regresará a su infancia, al Valladolid de los años setenta, y a su colegio, dirigido por la hermana Olvido. La ciudad vive sobrecogida por una serie de secuestros y violaciones a niñas que siembran el pánico mientras un silencio ominoso se instala en las familias.

La educación del monstruo es una novela sobre cómo se fabrica la violencia, cómo el miedo se transmite de generación en generación y cómo todos participamos, a veces sin saberlo, en la construcción del depredador.

Porque el monstruo no aparece de la nada.

Se forma en los márgenes.

Se alimenta del silencio.

Y alguien, en algún momento, le enseñó a serlo.


martes, 4 de mayo de 2021

CONVERSANDO CON LOS PREMIOS PRIMAVERA DE NOVELA 2021

El pasado 19 de febrero, se dio a conocer el fallo de la vigesimoquinta edición del Premio Primavera de Novela. Al ser una convocatoria especial, puesto que el premio alcanza su 25ª edición, editorial Espasa y Ámbito Cultural de El Corte Inglés convocaron, con carácter excepcional y único, el premio "25 Primaveras", para novelas escritas por autores menores de treinta años.

Reunido el jurado, se acordó conceder el Premio Primavera de Novela al periodista Pedro Simón por su novela Los ingratos. En el caso del Premio 25 Primaveras, el galardón recayó en Dimas Prychyslyy por su novela No hay gacelas en Finlandia.

Puedes ver la rueda de prensa en el siguiente vídeo:


[Canal de YouTube Planeta de Libros]


Con los premios concedidos y las novelas en las librerías, los autores iniciaron la promoción y pasaron por Sevilla. Ahí va la conversación que mantuvimos. 

Marisa G.- Lo primero de todo, felicitaros a los dos.

Ambos.- Muchas gracias.

M.G.- Y lo segundo, preguntaros qué os empuja a presentaros al premio.

Pedro S.- A mí las facturas. (Risas).

M.G.- (Risas) La sinceridad por delante.

P.S.- Bueno, ya en serio. He querido explorar esa otra faceta, porque yo soy periodista, que tiene que ver con un aliento estético, aunque creo que un reportaje tiene que tener también una intencionalidad estética. Me interesa que los reportajes emocionen. Pero quería probar esa otra cara y por eso me presenté a este premio.

M.G.- ¿Y tú, Dimas? Además, en tu caso, este premio es de convocatoria única y excepcional. Solo se ha convocado por festejar los veinticinco años del Premio Primavera de Novela. 

Dimas P.- Bromas aparte, a mí lo que me impulsa a presentarme es el desempleo. Aunque sea con carácter excepcional, me alegro que se haya convocado un premio así, para menores de treinta años. Premios de estas características para jóvenes escritores no hay muchos.

M.G.- Pedro, tu novela mira al pasado. Dimas, la tuya mira al presente. En este sentido, ¿hay algo de novela generacional en ambas?

P.S.- Es una buena pregunta. Creo que las dos novelas hablan de la soledad y de las relaciones humanas, de cómo se pervierten. No creo en eso de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Cualquier tiempo pasado es diferente, y en cada tiempo nos relacionamos de modo distinto. Vengo de un mundo analógico, y nos hemos tenido que enfrentar a ese impacto de las pantallas. Somos los últimos bucardos que se relacionan tocándose, hablando sin pantalla líquida de por medio. De eso habla Los ingratos. Y creo que la de Dimas habla de lo que viene después de eso. 

M.G.- De la otra cara de la moneda.

D.P.- Bueno, creo que la mía no es generacional en la medida en la que no describo una sola generación, sino que describo muchas. Es decir, una de las protagonistas tiene noventa y nueve años. Sin embargo, es cierto que la novela está contada desde el ahora más absoluto, mostrando cómo los personajes interactúan, unos con más aciertos que otros. Hay algunos que andan totalmente perdidos y han cambiado su forma de relacionarse. Por lo que he leído, la novela de Pedro tiene una pátina más nostálgica. En mi caso, no es así. Si algo tiene mi novela es la crítica. Me río de los nuevos usos amorosos, me río del patetismo millenials, del mamoneo hípster, y me rio de todo eso porque lo encuentro del todo inexplicable. 


Sinopsis: 1975. A un pueblo de esa España que empieza a vaciarse llega la nueva maestra con sus hijos. El más pequeño es David. La vida del niño consiste en ir a la era, desollarse las rodillas, asomarse a un pozo sin brocal y viajar cerrando los ojos en el ultramarinos. Hasta que llega una cuidadora a casa y sus vidas cambiarán para siempre. De Emérita, David aprenderá todo lo que hay que saber sobre las cicatrices del cuerpo y las heridas del alma. Gracias al chico, ella recuperará algo que creyó haber perdido hace mucho.

Los ingratos es una emocionante novela sobre una generación que vivió en aquella España donde se viajaba sin cinturones de seguridad en un Simca y la comida no se tiraba porque no hacía tanto que se había pasado hambre. Un homenaje, entre la ternura y la culpa, a quienes nos acompañaron hasta aquí sin pedir nada a cambio.


M.G.- Pedro, en el dossier de prensa hablas de tres palabras que para mí son fundamentales, -por favor, perdón y gracia-, como si se hubieran desvalorizado en estos tiempos. 

P.S.- Si. Puedes tener mucho dinero, una casa enorme y una trayectoria profesional brillante pero, en realidad, lo que tienes de verdad es lo que te han enseñado en casa, la educación con la que has crecido. Seguramente, eso tiene mucho que ver con una forma de educar mucho menos blandiblú que la que se emplea ahora, con un modelo de enseñanza menos «osito de peluche», con unos tiempos en los que el esfuerzo tenía mucho más sentido. Y a esas tres palabras que mencionas, añadiría otra: austeridad. Los que nacimos en los 70 nos criamos con austeridad, pero no una austeridad relacionada con la cicatería, sino con la generosidad. Se trata de educar a los tuyos para que sean más con menos. Que puedan crecer y desarrollarse siendo felices, teniendo menos pasta. Viendo las oportunidades que tienen hoy los jóvenes o los adolescentes, y la pinta que tiene esto, que no es muy buena, o sacamos la austeridad de la caja y la ponemos sobre la mesa para educar a los jóvenes como se debe o creo que, si seguimos así, no le hacemos ningún favor.

M.G.- Dimas, tú eres bastante más joven que nosotros. ¿Estás de acuerdo con las palabras de Pedro?

D.M.- Estoy totalmente de acuerdo. Veníamos hablando en el tren precisamente sobre la exigencia. Mi generación es bastante descafeinada. ¿Cómo no se le va a exigir a los niños en los colegios y a los jóvenes en la universidad? A esa falta de exigencia se le unen esas expectativas tan desmesuradas que nos han creado. Nuestra generación no ha crecido con esa austeridad, en sentido positivo, que comenta Pedro. A mí me han dicho que yo iba a ser más rico que mis padres, que iba a tener un trabajo mejor que el de mi padre,... Lo que somos es una generación hiperformada, pero también maleducada. Tampoco sabemos lo que es la resignación. Yo me planto hoy con mis dos carreras, mi máster y mi tesis doctoral para doblar camisas en el Zara y eso se lleva muy mal. Dar gracias por eso, no. Y perdón, pues que nos lo pidan a nosotros. Nos han criado con unas expectativas que luego no se corresponden con la realidad que nos ha tocado vivir. ¿Es un error de los padres? Muy seguramente porque el progreso tiene un tope. 

Por otra parte, opino que las cosas que se enseñan en casa hay que tamizarlas y pasarlas por el embudo de la actualidad. Esto es algo que planteo mucho en la novela. Por ejemplo, una persona transexual, criada en una familia conservadora del barrio de Salamanca, lo va a pasar mal. En una situación así, esa persona se tiene que rebelar por mucho que quiera a su familia. Si tu familia predica algo que va en contra de lo que tú eres, tienes que cortar lazos con la familia. La familia no es esa institución sagrada que nos venden. Tiene que haber flexibilidad por ambas partes.

M.G.- Por cierto, Dimas, el título de tu novela es muy llamativo. Leo que surge de manera casual, en una conversación con tu pareja, y que esconde una metáfora.

D.M.- Sí, es una metáfora de la libertad, de esto que estamos hablando, de decidir irte de tu núcleo familiar porque no te aceptan como transexual, o como persona que quiere progresar. Este título simboliza también la rareza. Obviamente no hay gacelas en Finlandia, pero en cuanto pronuncias esa frase, lo primero que se te viene a la mente es la imagen de una gacela corriendo por Helsinki.

M.G.- Pedro vuelves tu mirada al mundo rural a través de David, hijo de una maestra de pueblo. Hace décadas, la gente se iba de los pueblos a las ciudades. ¿Ahora no estamos viviendo lo contrario? ¿No hay como un éxodo y la gente está apostando más por el entorno rural?

P.S.- El libro cuenta la historia de una familia que vive en el ámbito rural, condenada, y subrayo lo de condenada, a terminar en la ciudad. Y subrayo lo de condenada porque aquello termina siendo una estafa por muchos motivos. Principalmente porque no había oportunidades para todos. Ahora mismo, nos hemos dado cuenta de que salimos muy rápido de esos ambientes y, de algún modo, estamos pensando en volver. El problema está en que no sé si hemos preparado bien la vuelta. No idealizo el mundo rural porque son sitios complicados en los que vivir. En un pueblo de Zamora, que a las 5 de la tarde sea ya de noche, no haya nada que hacer y no te cruces a nadie por la calle, es una cosa dura. El futuro de los pueblos está en que repiensen los que viven en los pueblos y no los que vamos a pasar el fin de semana y vemos el pueblo como un parque temático. 

De todos modos, y lo he dicho muchas veces, seguramente el verano más feliz que hemos pasado en nuestra vida fue aquel del pueblo. Solo por eso, los pueblos deberían ser declarados santuarios de felicidad.

M.G.- Los mejores veranos de mi vida los he pasado en un pueblo.

P.S.- ¡Lo sabía!

M.G.- Rodeada de olivos. Me lo pasaba pipa andando por el campo.

Dimas, sobre tu novela se habla de hiperconexión y soledad, un contraste brutal, pero es una realidad.

D.P.- Una realidad, sí. Parece contradictorio pero es así. Las redes sociales e Internet es una forma relativamente nueva de combatir la soledad. La soledad no ha cambiado, pero sí se ha incorporado esta forma de combatirla. Esta es la cuestión que abordo en la novela. 

M.G.- ¿Y esa soledad es la que une a toda esta red de personajes?

D.P.- Sí, exacto. Además, hay que tener en cuenta la deformación de conceptos como la amistad, la compañía,... Es algo que hemos vivido durante el confinamiento. Yo no colgaba el teléfono en todo el día. En aquellos meses hablé hasta con gente de la que no sabía nada desde hace muchos años. Y tienes la sensación de estar acompañado pero, en realidad, estaba haciendo el gilipollas, con perdón. Es que estaba solo en casa, delante de una pantalla. Esa es un tipo de soledad. 

M.G.- Estamos enganchados a las pantallas.

D.P.- Esa es la palabra, enganchados. A mí el móvil me da ansiedad. Tengo que estar mirándolo constantemente, aunque no haya sonado, ni me haya escrito nadie. 

P.S.- Los chavales de hoy en día lo tienen más complicado que nosotros por todo esto. Hay más facilidades para que se generen comportamientos adictivos. No sé qué consecuencias tendrá esto. Lo veremos dentro de quince o veinte años. Mi hijo, que tiene dieciséis años, me pidió el otro día que le volviera a poner la aplicación para controlarle el tiempo que pasa con el móvil. Él mismo se dio cuenta y creo que ahí está la clave. Da igual las campañas de publicidad, lo que le digan los padres, o los dispositivos capados, lo único es que ellos se dan cuenta de que ese mundo les quita tiempo para otras cosas. 

M.G.- Pero Pedro, que el problema se está extendiendo a los adultos.

P.S.- Sí, tenemos un cuelgue también.

M.G.- Bueno, hablemos de los personajes. En tu novela hay uno que me encanta. La madre de David es la señorita Mercedes. Yo he tenido una señorita Mercedes en mi vida y quizá por eso me gusta tanto.

P.S.- Es la maestra. Mi madre era maestra rural. Mientras que otro hermano se quedaba en Madrid, mi hermana y yo nos íbamos con mi madre a vivir al pueblo que fuera. Mi madre no era tan moderna como la de la novela pero fue tan pionera como ella. De algún modo era muy exótico que una mujer, en los años 70, trabajara en esta España nuestra. Eran mujeres que se sacaban el carnet de conducir, mujeres que llevaban pelucas, simplemente por cambiar de aspecto. Era algo que se llevaba. Tenían un sentido de la cultura un tanto elevado, empezaban a conocer idiomas. Ese viaje que estas maestras hacían, destino rural a destino rural, era una manera de inmolarse, para aportar un futuro mejor a sus hijos. Luego hablaban en el pueblo de que a su hijo le iba fenomenal en la capital. Ese era realmente el triunfo de estas mujeres. Por eso esta novela se llama Los ingratos porque en nuestras vidas siempre hubo mujeres que estuvieron ahí y que, sordamente, han conseguido que, por ejemplo, hoy estemos reunidos aquí los tres. 

M.G.- Hemos valorado muy poco a esas generaciones que lo han dado todo. Nos hemos dado cuenta ahora con todas esas personas mayores que han fallecido.

P.S.- Así es.


Sinopsis: Mario, dependiente de una librería y recién despedido, pasa las ocho horas de su jornada no laboral en el metro. Ha encontrado en el suelo de un vagón un papel con algo escrito: la lista de la última compra que uno hace en la vida. Tiene que verlo Damián, aspirante a escritor en los ochenta, que decide solicitar la ayuda de Claudia, cuyo trabajo es suplantar a algunos autores en sus redes sociales. Hay una marca en el papel que le resulta familiar y… Aquí empieza la búsqueda que los llevará hasta Olvido, bibliotecaria cómplice; a Aurelio, comisario de policía letraherido, y a Ástrid Lehrer, personaje en busca de autor.

Y mientras estos personajes «que no son capaces de separar el disfrute que les da la ficción del disfrute que les da hurgar en las vidas ajenas» se dedican a hacer de detectives salvajes, Misha batalla con su identidad sexual; su M., Isolina, con el abandono a través de una malsana relación con la comida que comparte con Antonio y Bea, y Zhora, encerrado en su casa, se ha bajado del mundo. Muy cerca de él vive Mar, una anciana de 99 años, contrapunto de paz y comprensión en el que encuentran consuelo los perdidos. Incluido el lector. 

No hay gacelas en Finlandia es más que una novela: es, además, un puzle con toques de Valle pero a lo Burroughs pasado por Bolaño, que el lector ha de construir con la convicción de que la lectura es una sutil forma de violencia y de que todos, personajes, autor y lectores, somos trozos de papel en recipientes de vidrio.


M.G.- Y Dimas, en tu caso, expones una galería de personajes muy extensa. A mí me ha llamado la atención Claudia, por su vinculación con las nuevas tecnologías, especialmente con Twitter. Sinceramente, para mí, Twitter es muchas veces un nido de víboras.

D.P.- Es lo que es. De un tiempo a esta parte, se habla mucho del síndrome del impostor. Es algo muy de mi generación. Hoy en día, decir que sufres de síndrome del impostor te da cierto caché pero claro, es una forma de redefinir las inseguridades de una generación. Claudia juega a esto. Ella imposta cuentas ajenas de una serie de escritores, que nos pueden recordar a algunos conocidos. Y también lleva cuentas de gente como yo, que acaba de saltar al panorama literario. Ella lo que hace es meterlos en problemas, creando polémica para que los mensajes se viralicen y los personajes tengan algún tipo de relevancia, aunque sea a través de la polémica. Claudia disfruta mucho con todo esto. Se siente muy cómoda en la máscara, opera desde las tinieblas, todo lo contrario de lo que le ocurre a otras personas, que necesitan darse a conocer y construir su identidad.

M.G.- Los temas de una novela y otra son muy distintos. En tu caso, Pedro, la novela habla del paso a la edad adulta, la desigualdad, el mundo rural... En el caso de Dimas, su novela habla de la soledad, las nuevas tecnologías, las relaciones,... Pero en ambas novelas se habla de sexo. En Los ingratos, encontramos la iniciación sexual. En Gacelas... aparece la identidad sexual.

P.S.- Sí, la niñez son los años de descubrimiento, mientras que la adolescencia son los años de las primeras decepciones. Hay cosas que a los niños les da miedo, que tienen que ver con las zonas grises, con las que no ven. En la novela, esa iniciación sexual es muy ingenua. Es como aquella paga que te daban y la gastabas en pagarle a Sarita por enseñarte el culo. Cosas de este tipo. Recuerdo todo aquello con mucha nostalgia. No quiero parecer viejuno, pero antes pensábamos que los pueblos eran algo muy peligroso porque los pozos no tenían brocal, pero a mí me resultan mucho más peligrosas ciertas situaciones actuales. Imagínate, ese sábado por la mañana, con un sol maravilloso que entra por la ventana, escuchando a Mahler mientras tu hijo, con diez años, está sentado en el sofá, enganchado al móvil, y viendo pornografía, que no va a entender, o viendo cómo degollan a un niño. Eso es como darle un plato de callos a un bebé de dos meses. No lo puede digerir porque no tiene estómago para eso. Los peligros de hoy son más jodidos porque son menos obvios y, por lo tanto, son más ineludibles que los de los años 70. Hoy todo es más sutil, más escurridizo, más líquido y por eso es más jodido ser joven hoy.

M.G.- Y en tu caso, Dimas, tenemos a ese personaje y su identidad sexual.

D.P.- Sí, y no solo la identidad sexual, sino la identidad de género. Ese es el problema de Misha. Su madre, con unos sesenta años, no lo sabe encajar y, sin embargo, la tía abuela, que es un mujer de noventa y nueve, es capaz de asimilarlo sin problemas. Aunque no sabe si referirse a ella en masculino o femenino, al menos le pregunta. Es la curiosidad y la necesidad de aprender lo que distingue a estos dos personajes. No se trata de tolerar, sino de interesarse.

M.G.-  Antes has comentado, Dimas, que en tu novela te ríes de muchas cosas. El humor en Gacelas... es trasfondo, elemento de apoyo,... ¿Qué peso tiene el humor en el libro?

D.P.- Hay personajes que son muy humorísticos, por ejemplo, esa mujer de noventa y nueve años, que te digo.

M.G.- Construyendo ese personaje te lo has tenido que pasar muy bien.

D.P.- Sí, sí,... No sabría decirte por qué. Quizá sea porque para mí es una figura ausente. Yo no he tenido una abuela pero me divierte mucho la gente mayor. Me parecen muy divertidas todas esas personas que ya vienen de vuelta de todo, que hacen y dicen lo que quieren. Esa mujer está inspirada en distintas personas que conozco y tiene cualidades que he tomado prestadas de personas reales.

M.G.- Para terminar, Pedro, ¿siempre seremos unos ingratos?

P.S.- Sí. Creo que es algo muy natural. Tampoco hay que rasgarse las vestiduras. Son ingratitudes condenadas a repetirse, de generación en generación. Lo único es que tenemos que racionalizarlo y saber que tenemos que dar las gracias antes de que sea tarde. Cuando hablo con mis amigos, antes de colgar el teléfono, les digo que los quiero. Y a mi madre se lo digo de vez en cuando, aunque suene cursi. Trato de hacer esa gimnasia. No quiero llegar a un tanatorio y pensar que tenía que haber dicho más te quiero.

M.G.- Para luego es tarde. Bueno, chicos, muchas gracias por este ratito. Felicidades de nuevo.

P.S.- Gracias a ti.

D.P.- Gracias.

lunes, 15 de junio de 2020

EL CORAZÓN CON QUE VIVO de José María Pérez "Peridis"

Editorial: Espasa
Premio Primavera de Novela 2020
Fecha publicación: mayo, 2020
Precio: 19,90 € 
Género: Narrativa
Nº Páginas:  360
Encuadernación: Tapa dura con sobrecubierta
ISBN: 9788467057737
[Disponible en eBook]


Autor

José María Pérez González, más conocido como Peridis, es arquitecto, dibujante, divulgador del patrimonio cultural y escritor. Además de las viñetas que publica en El País desde la fundación de este periódico, es colaborador en el programa Aquí la Tierra de TVE y en A vivir que son dos días de la Cadena Ser. También en TVE dirigió y presentó el documental Las claves del románico.

Entre otras muchas distinciones, es doctor honoris causa por la Universidad de Valladolid y recibió el Premio Nacional de Restauración y Conservación de Bienes Culturales 2018.

Es autor de diversos libros sobre humor, sátira política y divulgación de arte como La luz y el misterio de las catedrales (2012) y Hasta una ruina puede ser una esperanza (2017), entre otros.

En 2014 obtuvo el Premio de Novela Histórica Alfonso X el Sabio con Esperando al rey. En 2016 publicó La maldición de la reina Leonor y en 2018 culminó su Trilogía de la Reconquista con La reina sin reino.


Sinopsis

En la romería del día del Carmen en el pueblo de Paredes Rubias, Esperanza se encuentra con Lucas, recién licenciado en medicina y con ganas de hacerse un lugar en el mundo. Tienen toda la vida por delante y el convencimiento de que están llamados a ser los dueños de su destino.

Y sin embargo...

Dos días más tarde de aquel baile, la guerra irrumpe violentamente en el pueblo, sembrando la destrucción y el odio entre sus gentes. Las familias de los dos jóvenes están en bandos enfrentados y Gabriel, el hermano de Lucas, es hecho prisionero y condenado a muerte. En medio de esa desgracia, un gesto tan valiente como inesperado tendrá un valor trascendental.

Partiendo de los relatos que le contaron en su comarca, en el límite entre Palencia y Cantabria, José María Pérez, Peridis, nos conmueve con una novela apasionante sobre el poder de los afectos, la fuerza de la dignidad y la necesidad de la reconciliación sincera.

Una historia que nos recuerda que, por encima de las ideologías, están siempre las personas y que, en los momentos decisivos, podemos ser capaces de lo mejor.


[Información tomada directamente de la web de la editorial]


La guerra civil sigue siendo objetivo literario. Es fácil encontrar novelas que retraten la contienda desde el bando republicano o desde el bando nacional, desde el sur de España o desde el norte, a través de familias pudientes o de aquellos más humildes. Siempre hay algo que contar sobre la guerra civil porque tres años dieron para muchas miserias y calamidades y, en este país, nadie se libró. Por eso, es habitual encontrar grandes relatos cuando uno rasca en el pasado de las familias, cuando se abre esa caja de latón llena de cartas y fotografías, que muestran a hombres y mujeres trazados en blanco y negro. Los unos en uniforme. Las otras, sonrientes y con sus mejores galas. "Para Antonio, de su novia Matilde que lo quiere mucho". En esas viejas fotografías posan nuestros abuelos, nuestros padres, nuestros tíos o nuestros hermanos. ¿Falangistas? ¿Republicanos? Es lo de menos. Lo importante es que todos ellos tienen una historia que contar, como la que José María Pérez "Peridis" ha recogido en El corazón con que vivo.

El corazón con que vivo traslada al lector a Palencia. En Paredes Rubias, una pequeña localidad que perfectamente podría representar a Ollas de Paredes Rubias, viven dos familias. Por un lado, los Beato, encabezado por don Honorio, un prestigioso médico, falangista, viudo, y con tres hijas como tres soles: Felicidad, Esperanza y Caridad. Por otro, los Miranda, con don Arcadio a la cabeza, también médico y titular de Paredes Rubia, republicano y con tres hijos: Gabriel, Lucas y Jovita. La vida sigue su curso, cada cual con sus rutinas y sus cuitas. Es el 16 de julio, día de la Virgen del Carmen. En el valle de San Millán se celebra una romería a la que acuden todos los vecinos de los pueblos de la comarca. Allí están los Beato junto a los Miranda. ¿Qué importa que unos sean falangistas y otros republicanos? Es tiempo de risas, cantes y bailes. Los adultos hablan de altercados, líos de política que se han acrecentado con la muerte de Calvo Sotelo, pero todo eso está muy lejos de ese valle. Mientras, los jóvenes se buscan con los ojos, se dicen requiebros y sueñan con un futuro en común. Nada les hace presagiar que la vida les va a cambiar tanto en tan solo dos días, porque lo que estaba lejos, también llegó, como una ola, hasta aquellos parajes.

El alzamiento de las tropas trastocará por completo la vida de estas familias. Los que estaban en el poder quedaron relegados a la condena, los que hasta ahora habían permanecido callados, comenzaron a pregonar sus ideas políticas, ocupando la primera línea y haciéndose dueños de todos los estamentos. Republicanos y falangistas. Falangistas y republicanos. Hoy arriba y mañana abajo. Y todo este caos político-militar arrasa con el orden social, con las gentes, con las familias, con los hombres y mujeres, que ahora miran con recelo a sus vecinos. Unos arremeten estocadas, mientras los otros tratan de esquivarlas. Y en esas están don Honorio y don Arcadio, y las hijas de uno y los hijos de otro. Las relaciones personales fundadas en la praxis profesional se retuercen y los noviazgos quedan suspendidos en el aire. ¿Qué sabe el amor de ideología? Nada. Pero en la práctica, hay que mantener las apariencias, so pena de perder la vida y llevarte la de tu familia por delante. 

No obstante, aunque la guerra "no es un problema de buenas o malas personas. Este es un problema de bandos", hay corazones en los que no enraíza el odio, ojos que no pueden mirar hacia otro lado y bocas que no pueden delatar, ni condenar al prójimo a una muerte segura. En los malos momentos, hay personas que sacan lo mejor de sí mismas, sin importarles más allá que lo que les dicta el corazón. Eso es lo que vamos a ver en esta novela, a republicanos salvando a don Honorio y a sus hijas, de acabar en manos violentas. A falangistas tratando de ayudar a republicanos de las aberraciones del odio y la guerra. ¿Cómo lo hicieron? Con valor, humildad, dignidad y humanidad.


La vida de mi hijo Gabriel corre serio peligro. Por la amistad que nos unió en nuestra juventud cuando éramos escolares y estudiábamos medicina en Valladolid, ayúdame, por favor. Eres el jefe de la Falange todavía, o lo eras hasta esta mañana. Tienes mucho predicamento entre los eclesiásticos de esta provincia. Sabes que mi hijo es el autor del himno a la Virgen que se venera en esta comarca y uno de los miembros más destacados de su cofradía. Siempre ha sido un muchacho honesto y virtuoso. Eres testigo de que Gabriel ha trabajado codo con codo conmigo sin importarle honorarios ni dedicación. Sus desvelos por los enfermos y los desfavorecidos exceden con mucho lo que nos exige la deontología profesional. Por lo que más quieras, Honorio, te ruego por Dios que, como es muy probable que yo no pueda hacerlo, pongas de tu parte todo lo que consideres necesario para salvar la vida de mi hijo [Pág. 71]


Ya sabemos que la guerra civil fue un despropósito tras otro. Conocemos cómo se desarrolló esta contienda, quienes vencieron, quienes tuvieron que huir a los montes, quienes fueron fusilados y cuántos años de dictadura nos esperaba. Pero no sabemos lo que le ocurrió a la familia de estos dos médicos, cómo tuvieron que enfrentarse a unos años terribles, cómo cambiaron sus relaciones, en un pueblo pequeño donde todos se conocían, donde hasta ahora todos convivían en paz, con sus cosas, pero en paz. Y eso precisamente lo que Peridis quiere relatarnos. Ahora bien, quiero recalcar que no estamos ante una novela de la guerra civil. Como el autor nos comentó en la entrevista publicada hace unos días: "El tema principal de esta novela es lo que le pasa a la gente durante la guerra civil o en los tiempos de posguerra, con la declaración de la Ley de Responsabilidad Políticas, de Franco." Por eso Peridis construye una novela muy coral, con un elenco extenso de personajes, a cual más interesante. 

La belleza de esta novela no radica únicamente en su trama sino también en su nacimiento. Lo cuenta el autor en un prólogo, en el que se narra un encuentro fortuito en el interior de un tren, camino a Santander. Durante el trayecto, Peridis es reconocido por un viajero, familiar de un antiguo médico de Paredes Rubias, de cuyo atuendo destaca la singularidad de unos gemelos de oro. El desconocido asegura que en esas piezas de joyería "está contenida la historia de toda nuestra familia y un pedazo de la historia de España". Y en ese viaje, Peridis escuchará la historia familiar de aquel viajero, de sus abuelos, de sus tíos, de los vecinos de un pueblo que el autor llegó a conocer bien. Así pues, estamos ante un relato real, en el que el autor habrá tenido que ficcionar aquellas lagunas imposibles de rellenar más que con la imaginación, pero siempre manejando un nutrido grupo de personajes que son reales en su mayoría, y a los que el autor, como digo, llegó a conocer. 

Y si la trama es interesante, hay que señalar que el aspecto más destacable de esta novela es la construcción de los personajes. Todos ellos, falangistas y republicanos, están muy bien perfilados y poseen la suficiente profundidad psicológica para llegar a conocerlos bien. 


Familia Beato (falangistas)

Don Honorio: Viudo. Médico. "...falangista convencido era católico y monárquico a machamartillo". Jefe de Falange Española en Paredes Rubias hasta el momento del alzamiento. Dirigía una clínica en Cubillas del Monte que fue arrasada y destrozada por los republicanos. A él y a su familia les toca huir cuando los nacionales llegan al pueblo para evitar las represalias del otro bando.

Sus hijas Felicidad y Caridad, tendrán un protagonismo algo menor que Esperanza. Esta última forma parte de la Sección Femenina de Falange.  Aunque contribuye a la causa nacional, también intercede en favor de amigos republicanos apresados y condenados a muerte, ayudada por su amiga Mariana. Esperanza es uno de los personajes que más me ha gustado, humana, de corazón bondadoso, acepta con resignación los designios que la vida le depara, y antepondrá el bien de los demás por encima de sus propios principios.


Familia Miranda (republicanos)

Don Arcadio: Viudo. Médico titular de Paredes Rubias. Será arrestado al interceder en un tiroteo del bando nacional, en el que muere de forma accidental un anciano. Tendrá que enfrentarse a situaciones que jamás hubiera imaginado, viendo a sus pacientes de siempre, que ahora lo encañonan con un arma. 

Sus hijos Gabriel y Lucas también son médicos. El primero, además, es Concejal del Ayuntamiento. Se atrinchera en el interior de la casa consistorial a la llegada de las tropas nacionales. Hombre íntegro, de ética y moralidad intachable. Sabe que ahora está en el bando equivocado y enfrenta su designio con gran entereza. El segundo, será llamado a filas en paradójicas circunstancias. Sin embargo, todo es válido si con ello se salva de la muerte. Su profesión le proporcionará cierta protección. 

Jovita también es hija de don Arcadio. Es la maestra del pueblo pero le han arrebatado la plaza por ser republicana. Su marido, Ubaldo, es el alcalde de Piedras Rubias por el Frente Popular que ganó las últimas elecciones. El alzamiento le coge de visita en Madrid. Todos lo daban por muerto.

Ajenos a las familias, pero con gran protagonismo también, encontramos a Mariana, falangista, y amiga de Esperanza. Su padre Segundo muere accidentalmente. 

Candelas, una joven roja de Piedras Negras. Su padre ha sido detenido y estará en paradero desconocido durante mucho tiempo. Además, está muy vinculada a los Beato y a los Miranda, por dispares circunstancias.

Germán Blanco, médico republicano y amigo de los Miranda. Personaje inspirado en Hernán Blanco, abuelo de Pablo Casado, actual líder del Partido Popular. 

El corazón con que vivo ahonda en las relaciones de todos estos personajes, mostrando la guerra civil como un telón de fondo. Como decía al principio, el amor no entiende de ideología y estos personajes tendrán que superar todos los obstáculos que les impone la guerra para hacer caso a lo que les dicta el corazón. "El amor, la amistad, la dignidad, la lealtad, son los valores fundamentales de esta historia. Son valores necesarios que hay que mantener, incluso en momentos tan dramáticos como una guerra civil", afirma Peridis en la entrevista.

Estructurada en cincuenta capítulos de corta extensión, que se distribuyen a lo largo de cuatro grandes bloques, la novela narra en sentido lineal los diversos avatares que acontecen a estos personajes desde julio de 1936 a octubre de 1941.  Aderezando la narración, el lector encuentra letrillas de canciones, poemas de Lorca, versos reales de algún personaje, bandos, informes y transcripciones de discursos, como el de Queipo de Llano, emitido por Radio Sevilla, que a mí me ha puesto los vellos de punta.


"Vayan las mujeres de los rojos preparando sus mantones de luto.  `[...] Por ello, faculto a todos los ciudadanos a que, cuando se tropiecen con uno de esos sujetos, lo callen de un tiro. O me lo traigan a mí, que yo se lo pegaré".


Todas estas piezas dan verosimilitud a una trama y a unos personajes que ya la ostentan por derecho. 

Con una levísima pizca de humor que, en ocasiones asoma entre los diálogos de las muchachas, para restar algo de seriedad a las circunstancias, El corazón con que vivo es una novela dramática pero con un desenlace esperanzador. Dicen que el amor todo lo puede, que no hay mal que dure cien años y que todo tiene remedio menos la muerte. Así es. Así lo viven Esperanza, Lucas, Mariana, Germán, Gabriel,... todos estos personajes a los que le tocó vivir los años de la guerra, pero a los que también les tocó hacer frente a una posguerra, en la que España no solamente estaba dividida sino destrozada. Solo quedaba aferrarse a la familia, al amor, y luchar por los sueños.

Me ha gustado mucho esta novela. Me ha encantado conocer a estos personajes, tan cálidos y tan humanos, hombres y mujeres que fueron un ejemplo, que apartaron de su lado la traición y mostraron la bondad que anidaba en su corazón, ya fuera falangista o republicano.

Así que, solo me queda recomendaros esta novela que demuestra que la reconciliación es posible. Una historia con la que Peridis ha ganado el Premio Primavera de Novela 2020. Un relato que también ha salvado a su autor de su propio naufragio. Aquí nos lo cuenta todo.



[Fuente: Imagen de la cubierta tomada de la web de la editorial]

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