jueves, 25 de junio de 2026

ELVIRA MÍNGUEZ: ❝Escribo sobre mujeres porque soy mujer❞

La pasada primavera, Elvira Mínguez se alzó con el Premio Primavera de Novela con su libro La educación del monstruo. A Mínguez la conocíamos principalmente como actriz de cine y televisión. Recientemente ha participado en el rodaje de Sira, continuación de El tiempo entre costuras, cuyo estreno está previsto para finales de este año, o para principios del 2027. Pero también la conocemos por otros muchos trabajos, dada su larguísima trayectoria en el mundo audiovisual. Recientemente la hemos podido ver interpretando a una cocinera en la película La cena o en las series Marbella, expediente judicial o Vida perraSin embargo, desde que en 2023 publicara La sombra de la tierra, llevada a la televisión, compagina su faceta de actriz con la escritura. 

La educación del monstruo nos habla de tres mujeres, Águeda, Olvido y Matilde, y de tres épocas conectadas. Con una estructura compleja, que entrelaza los tres hilos temporales, esta nueva novela de Elvira Mínguez hace una incursión en el pasado, en la memoria y los recuerdos y en la inmigración española en los años 60, pero también aborda una cuestión más intensa, como es la verdadera naturaleza del ser humano. 

A su paso por Sevilla, tuve la oportunidad de sentarme a hablar con Elvira Mínguez y me contó todo esto.

Marisa G.- Elvira, un placer tenerte otra vez en Sevilla. Qué alegría verte de nuevo.

Elvira M.- Gracias.

M.G.- Bueno, me estoy leyendo tu libro. Voy por la página 200 y vaya…

E.M.- Alguna escena que duele, ¿no?

M.G.- Sí, duele, duele. Pero, en primer lugar, muchas felicidades por tu premio, por el Premio Primavera de Novela. Con la anterior ya te dieron el premio de la crítica en Castilla y León.

E.M.- No, no, quedé finalista.

M.G.- Ah, pues había leído que habías ganado.

E.M.- No, me enteré hace poco porque me lo dijo mi editora pero fui finalista. A mí no me dieron ningún premio.

M.G.- Bueno, pues finalista. Pero ahora sí, con La educación del monstruo te llevas un premio. Ha sido como llegar a la literatura y besar el santo porque la anterior funciono muy bien, hasta el punto de llevarla a televisión, con una serie en la que fuiste guionista.

E.M.- Y directora.

M.G.- Y directora, exactamente.

E.M.- La verdad es que para mí ha sido una sorpresa. Lo del premio pues, qué quieres que te diga, que ha sido algo muy bonito. No me lo podía ni imaginar, te lo aseguro. A pesar de las nominaciones en cine y de los premios pues, no sé, este premio me ha hecho una ilusión que no me ha hecho ningún otro.

M.G.- Llegados a este punto, en el que estás viendo que tus historias y tu forma de escribir gusta a los lectores, ¿has llegado a pensar que, de saberlo, te hubieras puesto a escribir mucho antes?

E.M.- No, no. Estoy convencida de que la escritura ha llegado cuando tenía que llegar. En el fondo, esto no es más que otra forma de contar una historia. Es una manera de narrarme a mí misma. Me parece que es algo que ya hablamos con la novela anterior. Creo que todos necesitamos narrarnos. A la hora de concebir personajes, a la hora de escribir, lo hago de esta manera gracias a todos los años que llevo en lo otro, en el cine. Mi cabeza es visual. Me levanto y paso mucho tiempo visualizando, imaginando, tratando de transcribir al papel lo que veo. Y la manera de concebir a los personajes es la misma que uso cuando interpreto. Los voy creando a base de ir creando atmósferas.

De un modo u otro, voy aplicando lo que he ido aprendiendo durante estos treinta años de interpretación.

M.G.- La primera novela la has llevado al cine, con Carmelo Gómez, además. ¿Cómo es ver tu historia escrita en formato audiovisual? 

E.M.- Cuando escribo no pongo caras, salvo con el personaje que interpreta Carmelo en La sombra de la tierra. Es verdad que, cuando creé a ese personaje, tenía a Carmelo en la mente. Pero en La educación me ha pasado igual. No pongo caras. Cuando los escribo, me imagino cómo se rascan, cómo se mueven, cómo se giran o cómo cogen algo. Y yo hago los mismos movimientos, práctico para ver cómo se extienden los dedos, o cómo hacen esto otro. Puedo tener una idea vaga en cuanto a las descripciones pero no tengo un rosto.

O sea, supongo porque de alguna manera como yo los interpreto, a la hora de escribir, os admiro a ver cómo se rascan, cómo se mueven, cómo se giran, cómo cogen algo, cómo se agachan y lo voy haciendo, ¿sabes? Muchas veces práctico para ver si es entonces extiendo los dedos, no sé qué, no sé cuál. Creo que no sé si será eso, pero no tengo ninguna cara.


[Para escuchar nuestra conversación, clic en el vídeo]

M.G.- La educación del monstruo tiene tres hilos temporales, muy conectados unos con otros. Vamos a ver a los mismos personajes en tres etapas distintas de su vida. A los lectores que se acerquen a este Premio Primavera, ¿qué le contarías sobre esta historia?

E.M.- La educación del monstruo es una novela negra, es un thriller. Es una investigación que va a llevar a cabo Matilde, uno de los personajes. En el año 2014, vamos a ver a Matilde en Madrid y en Valladolid. Ella tiene un niño de cinco años. El niño está jugando, tira la pelota fuera de casa y sale corriendo tras ella. Matilde se va a asustar mucho. Sale detrás del niño. Es un acto reflejo. De repente, conecta con su memoria, con algo que le ocurrió, pero que no acaba de entender muy bien. Es lo que los especialistas llaman un recuerdo involuntario. Se rompe la linealidad del tiempo y lo que pasó hace tiempo se vuelve presente. Riñe al niño, lo manipula con el miedo para que no vuelva a hacer lo que ha hecho. Mira al niño de un modo distinto. Ella se ve como si fuera un monstruo. Matilde no sabe lo que le ocurre, por qué ha reaccionado así, y trata de averiguar qué demonios le ha pasado. De ahí, la veremos en su infancia, en los años 76 y 77. La vamos a ver en el colegio donde estudiaba, un centro dirigido por una monja, la hermana Olvido. Por esos años, en Valladolid rondaba un violador que atacaba a las niñas. Toda la ciudad vive envuelta en ese clima de miedo. 

Por otro lado, también vamos a conocer a los personajes en el año 63. Águeda, la madre de Matilde, y su hermana Teresa, emigran a Alemania, a la ciudad de Düsseldorf.

Poco a poco, con cada hilo temporal, y mucho antes que Matilde, el lector irá uniendo las piezas. De alguna forma, he tejido un tapiz. De hecho, Matilde es vestuarista y se expresa usando términos relacionados con los tejidos, y las texturas.

M.G.- Es un estructura más compleja con la anterior. ¿Cómo te has desenvuelto a la hora de manejar tres tiempos?

E.M.- En un momento determinado pensé en hacerlo por etapas. Por un lado, la parte de Alemania, luego los años 70 y, al final, la de 2014. Pero así no me funcionó. Es lo que te decía, la historia es un tapiz y he ido tejiendo al mismo tiempo que se iba desarrollando la historia. Ha sido más difícil o más pesado hacerlo así porque, cualquier hilo que moviera en una época, modificaba absolutamente todo. Tenía que hacer como encajes de bolillos para un lado y para el otro. 

M.G.- La novela aborda muchos temas pero, de todos ellos, destaca o sobresale esa emigración de españoles a Alemania durante los años 60. Cuentas en la novela que esos españoles, que dejaron este país para buscar una vida mejor, cuando llegan allí se encuentran miseria igualmente, mucha soledad y mucha nostalgia. Se ve muy bien en el personaje de Teresa, de Águeda, o de su marido.

E.M.- Me encanta que me comentes esto. Supongo que a todos los escritores les pasará igual pero, en mi caso, a la hora de documentarme, sufro del síndrome del impostor. Yo no hago un proceso de documentación previo sino que me voy documentando a medida que voy escribiendo, que se me van ocurriendo cosas. En este sentido, cuando me documenté sobre la emigración a Alemania, me topé con algo que me pareció alucinante. Y es que no solo había emigración legal, sino también ilegal. Ellos se marchaban a un país en el que se habla un idioma que no conocen, con un clima durísimo. Y hay algo muy importante que les pasa a todos los emigrados. Tienen que poner buena cara ante sus familias, hacerlos creer que todo va muy bien y que van a ganar mucho dinero. Todos ellos sufren una decepción muy grande porque no se cumplen sus expectativas. Todo esto me pareció muy interesante, como hablar también de la emigración ilegal. Los que emigraban de manera ilegal tenían mucha más libertad para dejar un trabajo y buscar otro que aquellos otros que fueron de manera regular, a través del Instituto de la Emigración. 

M.G.- Pero, ¿en qué consistía esa emigración ilegal? ¿No llevaban permiso de trabajo o cómo era?

E.M.- Te daban un permiso de turista. Algunos entraban y salían, pues depende, algunos lo hacían por Holanda. El visado duraba sólo tres meses. A los tres meses tenían que salir y volvían a entrar con un nuevo visado. Claro, entraban sin un contrato firme pero, al mismo tiempo, eso le daba mucho margen para dejar un trabajo e irse a otro, si se cometían muchas injusticias en el trabajo o si no se les pagaba bien.

M.G.- Y tocas otros muchos temas de mucha importancia. Vamos a ver escenas muy machistas, abordas el tema de la religión a través de esa monja, que se llama Olvido, o el maltrato, la culpa, el pasado que siempre vuelve, ese pasado que tanto trabajo cuesta dejar atrás.

E.M.- Sí, por eso las dos frases de inicio de la novela, la de Virginia Woolf y la de Elias Canetti. Mira me he dado cuenta que hay dos temas que son muy importantes para mí y que, imagino, serán recurrentes. Uno es la memoria y el otro, el tiempo. 

La memoria la necesitamos para construir nuestra identidad. La construimos en base a lo que hemos vivido. Está siempre ahí, permanece, por mucho que le queramos dar vueltas. Sobre la memoria hay muchos estudios pero, realmente, todavía no se sabe tanto como se debería saber. Cuando Matilde tiene ese recuerdo involuntario, ¿cómo se construye un recuerdo? ¿Cuáles son los mecanismos? Creo que la memoria es un tema clave para el ser humano.

M.G.- Los españoles que emigraban de forma legal a Alemania, lo hacían a través del Instituto de Emigración. Luego, cuando ya estaban allí, acudían a esos centros culturales españoles, que eran como un reducto de España en el extranjero. En la novela vamos a verlos en esos centros, donde se sentían, un poco como en casa, y son escenas muy entrañables.

E.M.- Eran centros donde no solamente se reunían los españoles que vivían en el extranjero sino que también eran lugares que permitían al régimen franquista controlar lo que había allí. Incluso Cáritas ejercía también este tipo de labor. De alguna forma, el régimen vigilaba de qué forma calaban las ideas democráticas. El régimen quería seguir controlando, incluso a la gente que vivía fuera de España. En el caso de los personajes de la novela, vamos a ver a Matilde, a Olvido y a Águeda, las tres mujeres protagonistas, que son auténticas heroínas y que se posicionan en contra del sistema. Águeda llega a denunciar en Alemania los malos tratos que ella ve en su casa y se dirige al centro español para denunciarlo allí pero no, no servía. Ellos sabían lo que ocurría en todas las casas, y funcionaban como centros informativos.

M.G.- Águeda, Olvido y Matilde van a ser los tres pilares de la novela. Águeda me roba el corazón. Matilde me recuerda mucho a las madres de hoy, que sobreprotegen a sus cachorros. Y Olvido es esa religiosa que se cuestiona incluso la existencia de Dios. Me parecen tres personajes con una identidad muy rotunda.

E.M.- Sí. En el caso de Matilde, su monstruo es la sobreprotección.  

Algo muy importante en la novela, y de ahí el título, es la existencia de un monstruo real. Hablo de Javier. Como es una novela negra, no estoy haciendo ningún tipo de spoiler. Pero luego, lo que más me interesa es lo que me pasó escribiendo la novela. Quise colocar al lector en un sitio en el que él fuera capaz de reflexionar sobre cuál es el monstruo. ¿O cuáles son los monstruos que no quiero ver? ¿Cuáles son los que desconozco? ¿Cuáles son los que voy a dejar en herencia a mis hijos? Esa era la reflexión que a mí me interesaba.

Cada una de estas mujeres lucha contra el sistema de una manera determinada. Águeda y Olvido denuncian, pero Matilde, lo que hace, de alguna manera, es denunciarse a sí misma. Pone en tela de juicio todo lo que sabe hasta esa conversación final que mantiene con su tía Teresa.

Con respecto a Olvido, te diré que yo soy atea por convicción y por voluntad propia pero he estudiado en un colegio religioso.

M.G.- Has estado en un colegio de monjas.

E.M.- Sí, cuya directora era Olvido pero no la Olvido de la novela.

M.G.- Es que se nota un montón.

E.M.- Todo lo que tiene que ver con el mal me ha interesado siempre muchísimo. Olvido no se cuestiona si existe Dios o no, sino que lo que se cuestiona es si Dios es bueno. 

M.G.- Que exista maldad en Dios.

E.M.- Exactamente. ¿Dios es malo? Esa es la pregunta a la que Olvido intenta dar respuesta. Ese es su monstruo, cómo ella puede sentir, en un momento determinado, que las bases del catolicismo se pongan en tela de juicio. ¿Qué ocurre si insertamos, como variable de la ecuación, la maldad de Dios?

Y en el caso de Águeda, su monstruo es la culpa. Cuando ella se encuentra con un Javier que está despertando a la sexualidad, ella empezará a culparse.

M.G.- Pero Elvira, independientemente de nuestros monstruos internos, hay otros monstruos que surgen a raíz del entorno en el que se crían, o eso pensamos. Es el caso de Javier, un personaje que sufre mucho, pero ¿ese monstruo es víctima de su entorno o el monstruo existe por naturaleza?

E.M.- Esa es una de las cuestiones que el lector tiene que responder. El monstruo, ¿nace o se hace? En el caso de Javier, es un niño abandonado, un niño que ha sufrido maltrato por parte del padre y, por tanto, sus circunstancias pueden llegar a ser un detonante para la construcción de una psicología y una personalidad monstruosa. Pero, además, hay que sumarle otros ingredientes al puchero de Javier, como es ese despertar sexual, o cómo Águeda se va transformando para él en un icono virginal. Todos esos ingredientes son los que acaban configurando al monstruo. Pero monstruosa es también la actitud de Águeda hacia su hija, la educación que le da, la responsabilidad que le echa encima. Y monstruosa es también la superprotección que ejerce Matilde sobre su hijo. O monstruoso es el silencio de las familias de todas esas niñas violadas.

M.G.- Uno de los hilos argumentales transcurre en Valladolid, en tu Valladolid natal, en los años 70.  ¿Vamos a ver la Valladolid de tu infancia?

E.M.- Sí, absolutamente. En los años 70, había un famoso violador en Valladolid, el violador del ascensor, pero indagando en hemerotecas, leí que, en España, en un sólo día, atrapaban hasta a dos violadores. Hubo momentos en lo que había hasta cuatro. En esos años, Franco ya había muerto pero cuando vivía, eran delitos de los que ni se hablaba. Denunciar que eso ocurría en un régimen dictatorial era algo imposible. Los policías no tenían ni preparación psicológica para enfrentarse a eso. Por eso a Olvido le gusta la psicología y ella, junto al comisario Gutiérrez, se encargará de empezar o de intentar aclarar lo que ocurre.

Por entonces, había mucho miedo en Valladolid. Recuerdo que, para ir a jugar a casa de una amiga, te tenía que llevar un hermano mayor. No te dejaban estar sola en la calle, y todo ese miedo fue calando, poco a poco. 

M.G.- Elvira, y hablando de la documentación, he leído que has hecho uso de una novela gráfica, un género que me encanta, pero al que los lectores se acercan poco. Me ha resultado un dato llamativo.

E.M.- Las novelas gráficas me encantan. De regalo de Reyes siempre pido una novela gráfica. Carlos Sanz me habló de esa novela que me ha servido de inspiración, en la que se habla de una emigración ilegal. Me fue muy útil porque, a partir de ahí, empiezas a buscar información por otro lado.

M.G.- Sí, una cosa te lleva a otra. 

Elvira, tus novelas son siempre de mujeres fuertes y potentes. Y me voy a meter en un jardín porque, ya que escribes tanto sobre mujeres, quisiera preguntarte si, el concepto que tenemos hoy de feminismo está bien entendido o, por el contrario, estamos metiendo en el mismo saco cosas que nos perjudican.

E.M.- Creo que, en un momento de crisis, la mujer pierde cualquier avance que se haya conseguido. Si hay que recuperar ciertas posiciones, las posiciones que se van a vender son las de las mujeres. En ese sentido, vivimos en un momento terrible. Debemos ser conscientes que todas tenemos una responsabilidad de guarda y cuidado de unas con otras. Pero no estoy hablando de feminismo, sino de sentido común. Escribo de mujeres porque soy mujer. Creo en la igualdad de derechos porque soy mujer. Creo en mi libertad y en mi individualidad, porque soy mujer. En los momentos en los que estamos, hay que estar por encima de ciertas cosas, y no perdernos con cosas que sólo nos puede colocar al borde del precipicio.

M.G.- Sí. Bueno, actriz, escritora, madre. ¿Cómo se compagina todo?

E.M.- Duermo poco, lo digo siempre. 

M.G.- Poco, ¿cuánto es?

E.M.- Pues, normalmente unas seis horas. Soy muy inquieta y tengo mucha energía. Luego, es verdad que no tengo el talento de la gestión del tiempo, pero con los años he aprendido a tener la capacidad de priorizar. Tengo muy claro cuál es mi prioridad número uno, mi familia. Si tengo que dejar cualquier cosa por ellos, lo dejo. Tengo también muy claro que la interpretación, el cine o la dirección de la serie es un oficio, como la escritura. Y la vida es otra cosa. Cuando tengo la fecha de entrega muy cerca, me llevo el ordenador a todos lados, pero cuando me apetece estar tirada, también me tiro. 

M.G.- Pues Elvira, muchas gracias por atenderme. Un placer hablar contigo.

E.M.- Muchas gracias a ti.

Sinopsis: Una historia inquietante y profundamente humana que explora cómo el miedo y la memoria pueden marcar una vida para siempre.

Pensamos que el monstruo siempre es el otro: un desconocido que se lleva a una niña en un coche blanco, un hombre que ataca en una calle desierta... ¿Qué pasa cuando descubrimos al monstruo que todos llevamos dentro?

Matilde es la madre entregada y sobreprotectora de un niño de cinco años. Un recuerdo involuntario será el detonante que la lleve a buscar el motivo de esta sobreprotección, que entiende cada día más dañina para su hijo y para ella misma.

Esta es también la historia de la madre de Matilde, Águeda, una joven que en 1963 emigró a Alemania con su familia y convivió bajo el mismo techo con un hombre y su hijo adolescente, un muchacho silencioso que aprendió demasiado pronto el lenguaje de la humillación.

En esta búsqueda Matilde regresará a su infancia, al Valladolid de los años setenta, y a su colegio, dirigido por la hermana Olvido. La ciudad vive sobrecogida por una serie de secuestros y violaciones a niñas que siembran el pánico mientras un silencio ominoso se instala en las familias.

La educación del monstruo es una novela sobre cómo se fabrica la violencia, cómo el miedo se transmite de generación en generación y cómo todos participamos, a veces sin saberlo, en la construcción del depredador.

Porque el monstruo no aparece de la nada.

Se forma en los márgenes.

Se alimenta del silencio.

Y alguien, en algún momento, le enseñó a serlo.



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