No sé vosotros pero a mí me hace especial ilusión comprarme la agenda para el próximo año. Es algo que suelo hacer en el mes de diciembre. Acostumbro a acudir a una librería o a una gran superficie, y me paso un buen rato revisando todas las que están a la venta. Me gustan mucho las que tienen las tapas duras, con espiral, para poder pasar las páginas cómodamente, y de tamaño mediano. Pero, en cuestión de agendas, las hay de muchos formatos y tipos. Admito que se me van los ojos para las que son ilustradas. Mientras más colorines, mejor. Y es que encarar un nuevo año, con sus proyectos, citas, sueños y viajes, resulta mucho más agradable si podemos apuntarlos en una página bellamente ilustrada, y con post-it y pegatinas que la hagan todavía más vistosa. Parecerá una tontería pero, en mi caso, me da como buen rollo.
Si te pasa como a mí, quiero contarte que Tantanfan ha lanzado su nueva colección de agendas anuales para empezar 2023 ¡por todo lo alto! Importantes y conocidos ilustradores, como la Vecina Rubia, María Hesse, Defreds, Raquel Riba Rossy y otros tantos, han dado color a estas agendas, repletas de detalles y creatividad.
Las hay llenas de magia, y forradas en tela, como la que ilustra Aitor Saraiba, en la que se recoge leyendas, personajes, divinidades, plantas y antiguas celebraciones, para que le des a tu 2023 un toque místico. Incluye material extra como papeles estampados para envolver o para hacer scrapbooking, e ilustraciones recortables.
Preciosísima es la agenda de La casita de Wendy. 180 páginas llenas de belleza, delicadeza y color. En su interior puedes encontrar esas frases inspiracionales que te animarán cualquier día. También podrás relajarte coloreando alguna ilustración y por supuesto, contarás con un montón de espacio para anotar todo aquello que necesites recordar.
La Vecina Rubia ha llenado de color otro modelo de agenda. Ha apostado por elaborar un diseño exuberante con motivos tropicales, con un interior que no escatima en detalles, para poder organizarte tu semana, tu mes o tu año, y conectar, a la vez, con un universo relajante y creativo por partes iguales.
Raquel Riba Rossy nos presta a su alter ego, Lola Vendetta, para todo el año 2023. Con ella a nuestra lado, no habrá injusticia que se nos pase por alto y convertirá el nuevo año que se acerca en toda una revolución. Esta agenda es mordaz y reivindicativa, como la propia Lola.
Yo os voy a enseñar con más detalle la que ilustra Coco Dávez. A partir de sus trabajos más emblemáticos, la artista madrileña ha diseñado una agenda espectacular. Te sorprenderán sus cuidados acabados y los originales elementos que incluye, como los troqueles que juegan a dar profundidad a sus obras. Todo ello la convierte en una agenda única, llena de color y arte.
Además, dispone de mucho espacio para apuntar todos tus compromisos, si son artísticos mejor. También lleva seis páginas de adhesivos y una página de pósit-it para resaltar los días especiales. En el bolsillo doble podrás guardar las entradas para el cine, el teatro o el catálogo de tu galería preferida.
Las tapas son duras, con páginas a semana vista, espiral, y una goma para cerrarla. El detalle de la goma es fundamental para mí. Os dejo las características completas.
Formato: 16,8 x 22,8 cm.
Formato interior: 16,4 x 22,2 cm.
188 páginas.
6 páginas de adhesivos.
1 página con tacos de pósits.
Bolsillo doble.
Goma de cierre.
Pestañas plastificadas.
Esquinas redondeadas.
Troqueles en portada e interiores.
Tapa dura.
Wire-o.
En el siguiente vídeo puedes ver su interior con más detalle. Ya verás qué bonita es.
En definitiva, este tipo de agendas me parecen un regalo perfecto, tanto para hacérselo uno mismo como para regalar a otra persona. No solo son un instrumento de planificación sino que en ellas encontramos también inspiración, humor, buen rollo, energía,... que nos permite sobrellevar nuestra rutina y ritmo de vida de mejor modo.
¿Eres de usar agenda? Yo no puedo vivir sin mi agenda y estoy deseando empezar a anotar todo lo que quiero hacer este 2023.
Reparto: Bárbara Lennie, Eduard Fernández, Loreto Mauleón, Pablo Derqui, Javier Beltrán, Samuel Soler, Federico Aguado, Lluís Soler, Adelfa Calvo, Dafnis Balduz
Género: Thriller
Sinopsis: Alice, investigadora privada, ingresa en un hospital psiquiátrico simulando una paranoia. Su objetivo es recabar pruebas del caso en el que trabaja: la muerte de un interno en circunstancias poco claras. Sin embargo, la realidad a la que se enfrentará en su encierro superará sus expectativas y pondrá en duda su propia cordura. Un mundo desconocido y apasionante se mostrará ante sus ojos. Adaptación de la novela homónima de Torcuato Luca de Tena.
[Fuente: Filmaffinity]
No recuerdo cuando leí Los renglones torcidos de Dios de Torcuato Luca de Tena. Debió de ser hace mucho tiempo porque solo recuerdo el argumento a grandes rasgos. Un sanatorio mental, una mujer infiltrada, y un secreto por descubrir. Todo ello, mientras se hace un retrato de lo que supone tener una enfermedad mental y vivir recluido en un sanatorio. Esta ha sido una novela que ha caminado en paralelo a mí desde siempre. Aunque parezca increíble, Dios y sus renglones han venido a mí con cierta frecuencia. Ya fuera porque algo me recordara la novela, porque la viera en alguna librería, porque alguien me dijera que la estaba leyendo. Sin duda, para los que quedamos impresionados por aquella historia, la noticia de su adaptación al cine supuso una gran alegría. ¡Qué manera de poner el broche de oro a la cinematografía española del 2022! Una gran novela de la que se esperaba también una gran adaptación. Pero, para gustos, los colores. Si te paseas por algunas páginas encuentras opiniones de todos los gustos. A mí sinceramente me ha sorprendido la cantidad de opiniones negativas que he encontrado. Títulos como «No apta para los amantes de la novela», «Entretenido thriller psiquiátrico, mala adaptación de la novela», «Thriller, pero no Torcuato», todas ellas seguidas, una detrás de otra, en la web Filmaffinity, más un suma y sigue, dejan ver la decepción de muchos espectadores a los que, Oriol Paulo no ha convencido, sintiendo que el director y guionista ha traicionado la esencia de la novela. Yo no voy a llegar a tal extremo. Tampoco me posiciono en el lugar de los más entusiastas. En mi caso, voy a colocarme en un discreto punto intermedio, aunque confieso que me esperaba mucho más de esta película. Como siempre, todo se reduce a las expectativas. Si vuelves a pasarte por esas páginas de opinión, descubres que aquellos que no leyeron la novela, salieron más satisfechos del cine que ese otro grupo que, conociendo la fuente original, decidieron darle una oportunidad a la película.
Pero, por si no tienes idea de qué va esta historia, te la cuento someramente. Alice (Bárbara Lennie) es una investigadora privada a la que el doctor Raimundo García del Olmo, por intermediación del marido de esta, contrata para investigar la muerte de su hijo Damián. Según parece, el joven, que estaba internado en el Sanatorio de Nuestra Señora de Fuentecilla, se suicidó. Padecía esquizofrenia pero su padre cree que, en realidad, fue asesinado. Atrapada por la historia de Damián, Alice acepta investigar el caso. El mejor modo de averiguar la verdad es infiltrarse en el propio sanatorio. Así que, entre ella, el doctor García del Olmo, y su médico de cabecera, el doctor Donadío, preparan la documentación necesaria para que Alice ingrese en el sanatorio, fingiendo sufrir paranoia, diagnostica así tras un grave percance que ocurre en el domicilio familiar. Y para terminar de componer el engaño, contarán también con la ayuda de Samuel Alvar, el director del centro, y amigo personal de García del Olmo, único miembro del equipo de médicos que conoce el auténtico motivo de la presencia de Alice en el sanatorio, y quien le ha facilitado a la misma documentos e instrucciones, vía correo postal, para el acceso al centro.
Así, y mientras su marido cree que Alice viaja a Buenos Aires por motivos de trabajo, la joven entrará en el centro de salud mental, se hará pasar por enferma, mientras averigua qué le ocurrió realmente a Damián. Durante su estancia trabará amistad con algunos trabajadores pero también con algunos internos. Conocerá a Ignacio Urquieta, el loco más peculiar, los gemelos Rómulo y Remo, nacidos en el mismo sanatorio e hijos de dos oligofrénicos, o a Luis Ojeda, al que apodan el gnomo. Alice hará preguntas, aparentemente inocentes, y conseguirá información sobre la estancia de Damián en el sanatorio. Todo parece perfecto hasta que ocurre un accidente, hecho que coincide con el regresodel doctor Samuel Alvar (Eduard Fernández)procedente de un viaje, quien asegura no conocer de nada a Alice y desconocer por completo la labor de investigación que ella está llevando en el sanatorio. Para él, Alice es una enferma que se ha inventado una trama absurda y ridícula, fruto de la paranoia que padece. Y a partir de aquí, comienzan a rodar una pregunta tras otra. ¿Es verdad que Alice está enferma? ¿Dice la verdad pero están conspirando a sus espaldas? ¿Está mintiendo el doctor Alvar? Estas preguntas son las que se formula el equipo médico del sanatorio, como Montse, la subdirectora del centro, que no tiene claro nada de lo que está ocurriendo, o el resto de médicos, a los que también asaltan un buen puñado de dudas. Serán las mismas preguntas que se formule Ignacio Urquieta, el loco que parece más cuerdo de todos. Exactamente las mismas preguntas que también se formulará el espectador. De este modo, la bola se irá haciendo cada vez más grande hasta llegar a un desenlace que, si bien algunos espectadores consideran que es un burdo truco que ni aclara ni explica, a mí no me ha disgustado. Al menos, intuyo por dónde van los tiros.
¿Qué me ha gustado de la película?
Lo que más me ha gustado ha sido, sin lugar a dudas, la ambientación.Nada más traspasar los muros del sanatorio, uno se siente rodeado por una atmósfera incómoda y opresiva. Los exteriores del sanatorio nos dejan ver un edificio imponente, aislado del mundo. Movida por la curiosidad, he buscado información sobre el inmueble. Resulta que se eligieron dos localizaciones. Por un lado, la antigua tabacalera de Tarragona. Por otro, la antigua fábrica de la firma Mercedes - Benz, ubicada en Barcelona. Siempre hablamos de directores, guionistas y actores / actrices, pero los equipos técnicos de una película hacen verdadera magia y son capaces de enmascarar la realidad, vistiendo edificios y configurando espacios que nos hacen viajar al pasado. En ese apartado técnico también habría que destacar algunos efectos especiales interesantes.
Las escenas que se desarrollan dentro del sanatorio provocan una sensación grotesca, que se incrementa con el trabajo que hacen los actores y actrices que interpretan a los internos. Algunos están muy bien caracterizados y resultan creíbles en ese mundo propio en el que viven.
Como thriller, la película funciona. Tiene los elementos necesarios para intrigar al espectador. Hay un crimen, una investigación, una supuesta venganza, y un misterio por resolver. Es lo mínimo que se despacha.
¿Qué no me ha gustado de la película?
Aquí viene la madre del cordero. Principalmente, lo que no me ha gustado es su duración. Hay un bloque de secuencias que se repite. Bajo mi punto de vista, la elección de ese recurso corresponde únicamente a la intención de desorientar al espectador, con el objetivo de generarle más intriga. Sin embargo, una vez que las piezas del puzle empiezan a colocarse en su sitio, me pregunté si realmente era necesaria tal reiteración. Al menos, a mí me pareció innecesaria la prolepsis. Así que, si tomamos una sección de la película y la duplicamos, obviamente la película se alarga, y tal cantidad de minutaje -nada menos que ciento cincuenta y cuatro minutos- me ha parecido excesivo.
Por otra parte, los renglones torcidos de Dios no es el equipo médico, no es Alice, no es Heliodoro Almera, marido de esta última, no es el doctor García del Olmo,... No. Los renglones torcidos de Dios son Ignacio, Rómulo, Remo, el hombre elefante, el gnomo, la niña oscilante, o el hombre de cera. Ellos son los que están ingresados en este sanatorio con un trastorno mental severo. Ellos son los que dan título a la obra, los que importan por su esquizofrenia, su paranoia, su fobia, su depresión,... Pero a ellos se les presta poca atención. La película pasa sutilmente por sus trastornos sin que se ahonde mucho en lo que les ocurre. Se potencia más la parte del thriller que aquella otra que Torcuato quiso mostrar en su novela. No se ahonda en el origen del problema de Urquieta. Apenas se habla de los padres de Rómulo y Remo. ¿Qué le ocurre a la niña oscilante? No lo sabemos. Pero Torcuato sí dio mucha importancia a esos personajes. Para ello, optó por pasar unas cuantas semanas ingresado en un sanatorio mental para mimetizarse con los personajes que luego veríamos en la historia. Es decir, el mismo autor de la novela fue una especie de Alice, solo que él no quería investigar un asesinato sino impregnarse de la atmósfera que se respiraba dentro de un manicomio, convivir con los internos, conocer cuáles eran sus padecimientos y cómo era su día a día. Todo ese conocimiento lo volcó en la novela, pero en la película se pasa muy de puntillas por todas estas cuestiones.
Y por último, hay algunos hechos que no me resultan del todo creíbles. A ver cómo lo explico sin entrar en spoilers. Alice, cuando pasa por el control de acceso a la zona de internamiento es despojada absolutamente de todo, salvo de un único libro, elemento importantísimo en la trama. A pesar de las estrictas reglas, la subdirectora del centro hace la vista gorda con respecto a ese libro. A eso se une que Alice consigue cierto material que le ayuda en su investigación con cierta facilidad. ¡Ay, no sé! No recuerdo esos detalles en la novela, pero a mí me parece que esa parte resulta demasiado facilona.
Alice
El personaje es interesante. Alice Gould es una mujer adinerada, elegante, intuitiva. Se comporta de un modo desafiante, exhibiendo su superioridad, incluso frente a los reputados psiquiatras del centro con los que mantiene conversaciones en los que muestra que es una mujer leída. Licenciada en Ciencias químicas, su verdadera vocación es la investigación, a la que se dedica desde hace tiempo, construyendo a su alrededor cierta reputación. Alice tiene magnetismo, sabe vencer y convencer, algo que consigue en las primeras entrevistas con los médicos del centro. Hasta que aparece Samuel Alvar, un titán frente a otro titán, y entonces comienza una batalla campal entre dos mentes privilegiadas. Una tratando de hacerse entender. El otro desbaratando las teorías conspiratorias de Alice. Dos buenos personajes interpretados por dos muy buenos actores.
Reparto e interpretación
Y si antes de ver la película me hubieran dado a elegir entre Eduard Fernández y Bárbara Lennie, sin pensármelo dos veces hubiera elegido al primero. Sin embargo, y tras ver esta cinta en la que ambos actores componen un buen tándem, debo admitir que Lennie me ha gustado tanto como Fernández. Ella es la que ostenta el mayor protagonismo, sin dejar de asomar en pantalla prácticamente toda la totalidad del metraje. Las escenas que comparte con Eduard Fernández adquieren mucha tensión, tanta que se podría cortar. Lennie lo hace muy bien. Su rostro va de la serenidad y la confianza a un mar de dudas, cuando todo se desmorona a su alrededor. Interpreta muy bien los momentos en los que su mente se rompe o aquellas otras escenas en las que la vemos sufriendo los efectos secundarios de los tratamientos a los que la someten.
En cuanto a Eduard Fernández, ¿qué decir? Todo lo que se dice sobre su gran trabajo interpretativo se queda corto. Me gusta la interpretación de este actor en todo lo que le llevo visto. Siempre me convence, con esa seguridad que destila en cada uno de sus personajes. En este caso, metiéndose en el papel del director del centro, me ha encantado esa "chulería" que se marca hacia el final. Ya lo entenderéis cuando la veáis.
La que considero que está muy desaprovechada es Adelfa Calvo, en el papel de la doctora Bernardos. Tiene poco texto y apenas se puede lucir. A mí es una actriz que cada vez me gusta más, versátil y valiente.
Con buena banda sonora, y una composición en los créditos iniciales que me han recordado un tanto al inicio de El resplandor,Los renglones torcidos de Dios sería una película estupenda si no tuviera una magnífica novela como reflejo. Ahora bien, teniendo en cuenta la obra original, este largometraje no ha sido para mí lo que esperaba. Insisto en que es excesivamente larga, que se emplean ciertos recursos que son del todo innecesarios, y que no ahonda en la problemática de los enfermos, temática muy trabajada en la novela. Por lo tanto, Los renglones torcidos de Dios se convierte en un thriller largo que entretiene, pero deja un regusto amargo a los que quedamos fascinados con la novela. En cualquier caso, seguiré viendo las propuestas de Oriol.
A Pedro Simón lo conocí el año pasado, cuando ganó el Premio Primavera de Novela, convocado por Espasa, con su novela Los ingratos. La pasada edición fue un tanto especial porque, al celebrarse los veinticinco años del premio, se falló también el premio «25 Primaveras», recayendo el galardón en Dimas Prychyslyy por No hay gacelas en Finlandia. Puedes leer la conversación que mantuve con los dos autores aquí.
A poco que te muevas por los distintos blogs y webs literarias sabrás que Los ingratos ha sido una novela que ha obtenido muy buenas críticas, y de la que los lectores han hablado maravillas. No la he leído aún, pero sí he podido leer Los incomprendidos, segunda publicación de este periodista, que me ha dejado totalmente impactada. De mi opinión sobre la novela os hablaré más pronto que tarde.
Hace unas semanas, Pedro Simón estuvo en Sevilla. Estuvimos conversando sobre esta novela, los hijos (él tiene dos; yo no tengo ninguno), las relaciones familiares, la adolescencia y toda esa temática que se desprende de la lectura. Fue una conversación en la que el autor dijo frases que bien servirían para tatuarlas en nuestra piel, para apuntarlas en la agenda, para subirla al estado o compartirla por redes sociales. Os dejo con nuestra charla.
Marisa G.- Pedro, de Los ingratos
a Los incomprendidos. Parece que vas seleccionando colectivos a
los que hacer protagonistas de tus novelas.
Pedro S.- Claro, cómo llegan los ingratos a ser los incomprendidos, ¿verdad? Se transforman con el paso del tiempo. De todos modos, los ingratos y los incomprendidos funcionan en la misma sintonía de onda, cuando ya empezamos a tener una edad.
He querido contar una historia que viene destilada de muchas sobremesas, con amigos, en la que siempre acabamos hablando de los hijos. Tú, aunque no tengas hijos, lo habrás visto.
M.G.- Tengo muchos amigos con hijos.
P.S.- Claro, todos te darán la turra con los hijos. Y cuando son hijos en la edad adolescente siempre hablamos con más frustración, con más pasión, pero también con más incomprensión.
En esta familia, de clase media, acomodada, hay dos hijos y todo va bien hasta que sucede una cosa concreta. Creo que la novela habla sobre muchas cosas, sobre lo que ocupan los silencios, lo que ocupan las cosas que no decimos, cómo las cosas no dichas pero hechas funcionan como una enredadera en la que, poco a poco, se va metiendo en un muro y amenaza con derribar la pared de una familia. Es una novela que habla de la culpa, de la familia y de los celos infantiles y para mí también habla de la gestión del dolor, de cómo gestionamos el dolor y el trauma. Esta familia lo gestiona fatal porque han dejado que los silencios lo ocupen todo. Y luego te das cuenta de que, cuando hablas, los fantasmas se van. El exorcismo tiene lugar. Sin embargo, en casi todos los ecosistemas familiares cuesta hablar mucho por miedo a hacer daño al otro, por no sacar tus fantasmas a airearse. Nos cuesta hablar porque casi siempre todo tiene que ver con lo afectivo y eso nos remueve mucho. Preferimos ese silencio un poco tramposo y un poco tóxico que, desde mi punto de vista, es el principal problema de esta familia, como el de muchas otras.
M.G.- Silencio hay en todas las familias. Incluso cuando no se tienen hijos. A veces las parejas no hablan por no remover la mierda, que se dice vulgarmente. Prefiero callar y estar tranquilo a hablar y que acabemos en bronca.
P.S.- Sí, el silencio como punto final, como síntoma de algo malo, porque cuando el silencio se instala así en una familia significa una derrota.
Vivimos en una era en la que nunca nos hemos comunicado tanto pero nos hemos dicho tan poco. Decir y hablar tiene que ver con hondura, y estamos en lo rápido y en lo urgente. Pocas veces estamos en lo hondo porque eso tiene que ver con desnudarse y con mostrar tus heridas, y con destilarlas con el otro. Esos procesos que tienen que ver más con lo analógico se van difuminando. La trampa es que nos dicen que estamos muy comunicados y que podemos hablar constantemente, pero...
M.G.- De lo importante no se habla.
P.S.- No, de lo importante no se habla. Al revés, todo conspira para que no se hable de lo importante, la familia.
M.G.- Ya. Bueno, en esta novela hay padres incomprendidos, hijos incomprendidos. Lo que me gusta de esta novela es que se ofrecen dos caras de una misma moneda.
Y además es un juego interesante porque el
lector se puede sentir identificado como padre o madre, pero también como el adolescente
que fue.
P.S.- Sí, quizá por mi formación periodística, sé que la realidad es poliédrica. Hay muchos balcones desde los que ver la realidad. No era muy complicado ponerme en la voz del padre. Soy un tipo que tengo la edad del protagonista, con dos hijos igual que él, aunque los míos sean varones y en su caso no sea así. Pero también quería darle voz a la adolescente, con esa especie de monólogo interior, porque siempre tendemos a prejuzgar a los adolescentes y siempre tendemos a decir que están empanados, que no se enteran de nada, que son unos desagradecidos,... Pero yo quería contar a través de Inés que, detrás de ese mutismo y ese monosílabo, ella también siente, que también le gustaría saber ser cariñosa pero no sabe cómo, que necesita afecto pero no sabe cómo pedirlo, que arrastra una culpa. Creo que es importante mostrar todo eso porque la literatura tiene que tender puentes y quitar etiquetas.
M.G.- Y aunque tengas hijos, ¿te ha costado trabajo meterte en el papel de Inés?
P.S.- Haciendo reportajes he estado muchas veces con muchos adolescentes. También he hablado con muchos psicólogos para elaborar el perfil psicológico de la chica. Tengo dos hijos adolescentes y yo mismo he sido adolescente. No se me olvidan cosas, como esa necesidad de hablar aunque no sabía cómo hacerlo. No se me olvida que yo también me sentía mal porque mis padres pensaran que era el tío más feliz del mundo. Es lo que dice Inés, la adolescencia puede ser un infierno, basta con el cielo de los otros. Basta con que veas que a los otros les va divinamente, que tengan más amigos que tú en Instagram para que pienses que tu adolescencia es una mierda.
La mirada sobre el otro que tienen los adolescentes me parece muy tormentosa. Los que tenemos una edad podemos manejar esa mirada, el ver que al otro le va mucho mejor que a ti, pero una chica o un chaval que está en formación, que le caiga encima esa demanda tan brutal de pureza y perfección me parece complicado. Y en esta familia, donde además hay dos traumas importantes que el lector irá descubriendo, manejar el dolor cuando todo el mundo te está demandando felicidad y éxito es complicado. Creo que, sin lugar a dudas, es más complicado ser adolescente hoy que en nuestra época.
M.G.- De la lectura de tu novela, me ha calado mucho más el mensaje de Inés. Es verdad que padres y madres sufren. Ellos intentan entender a sus hijos y los hijos, a su vez, intentan hacerse entender por los padres, pero los padres tienen un bagaje, una experiencia, una madurez que no tienen los hijos. Estos andan perdidos. Esa parte de Inés es la que más tristeza me ha producido porque está totalmente desorientada, pasando por una etapa muy complicada, de la que solemos pensar que solo tienen tonterías en la cabeza pero, realmente, lo pasan mal. Me ha impactado la parte de Inés más que la del padre, y mira que la del padre es también muy complicada.
P.S.- La adolescencia es ese monstruo que devora a tu hijo y luego te lo devuelve o no. Hay mucha verdad en esta frase. Creo que, casi siempre, te lo devuelve pero todos estamos cansados de ver historias de chavales que se han perdido o que han acabado en lugares peligrosos. Hay un momento fundacional en la que el hijo suelta la mano del padre o de la madre, yendo al colegio, y en la despedida no quiere beso porque les da vergüenza. Ahí se meten en un túnel de lavado que dura años y los chavales salen transformados. En ese periodo, la familia está muy pendiente de lo que pasa, porque eso lo cambia todo. Los que tenemos hijos, nos lo jugamos todo a una carta. A ti te puede ir muy bien en la vida, profesionalmente o afectivamente, pero si a tu hijo no lo has colocado en un lugar de felicidad te vas a considerar un fracasado. Y al revés, si tu vida es una mierda, si te va de pena, pero a tu hijo lo has colocado en un espacio seguro en el que se siente alegre y pleno, entonces vas a considerar que tu vida ha tenido sentido. Y eso es una maravillosa putada porque tú estás poniendo todos los huevos en la cesta del otro.
Esta familia de clase media, a los que les va bien, tiene mucho miedo. Consideran que puede haber un fracaso por lo que se está cociendo en casa, por esa gestión del trauma, por los silencios, por la culpa, que lo va, poco a poco, ocupando todo. Por eso hay incomprensiones mutuas. Los dos, el padre y la hija, saben que tienen que sentarse a hablar. Los dos saben que tienen que destilar su culpa, que tienen que arreglar los problemas pero no saben cómo hacerlo porque nos da vergüenza mostrar nuestros afectos, mostrar nuestras debilidades y nuestra fragilidad.
[Si prefieres escuchar nuestra conversación, dale al play]
M.G.- Esta familia es una familia humilde y sencilla que, inicialmente reside en un barrio de la periferia de Madrid pero que prospera y se mudan a un barrio residencial. Esa mudanza implica también cambios en las relaciones familiares porque se amplían los espacios en los que conviven pero también se agrandan las distancias entre ellos. Eso da que pensar.
P.S.- El padre dice que lo malo de tener una casa más grande es que tocas a más metros pero a menos gente. Esto pasa muchas veces. Al final, el éxito consiste en ser feliz, en que te acuestes tranquilo y no que vivas en una casa más grande. Por cierto, qué mala prensa tiene la felicidad y qué buena prensa tiene lo maldito. Qué buena literatura tiene el malditismo y qué mala literatura tiene la felicidad. Es como cuando vemos a alguien sonriendo por la calle. Nunca pensamos que es alguien feliz sino más bien un idiota. Me parece una barbaridad. No sé si todas las personas inteligentes son felices pero sí creo que lo inteligente es ser feliz. La gente piensa que si eres inteligente solo puedes estar triste y abatido porque el mundo está fatal. No, no te compro eso. Si eres inteligente tienes que ser feliz porque solo vas a vivir una vez. Ese es uno de los mensajes del libro.
M.G.- Pero esta novela tiene un inicio un poco tenebroso. Como todavía no lo he terminado, quería preguntarte si, al final, hay luz, si hay esperanza.
P.S.- Sí, creo que sí. El tiempo es ese monstruo con trastorno obsesivo compulsivo que lo pone todo en su sitio. Me gusta que los libros acaben con luz. Entre otras cosas porque creo que la realidad, o la actualidad, es bastante cabrona, áspera y tóxica, como para que la narrativa no tenga puntos de anclaje, para que no funcione como un respiradero o una ventana abierta.
Un periodista tiene que escribir contra el lector, porque lo tiene que sacar de lo quiere escuchar. Le tenemos que decir que ni unos son tan buenos ni los otros tan malos. Esa es la labor del periodista. Pero la labor del escritor es casi la contraria. Es coger a alguien de la mano, sacarlo del incendio, y llevarlo a un lugar donde respire.
M.G.- En esta novela hay frases tremendas. Si un padre o una madre lee los párrafos de la página 62 y 63, donde Inés dice que si su padre y su madre supieran lo que los jóvenes hacen con dieciséis años, se deben de acojonar con lo que cuenta Inés.
P.S.- Sí, claro. Pero todos hemos hecho cosas que a nuestros padres les daba un miedo feroz. Para crecer hay que romper el cascarón. Creo que hay varios partos en la vida. Uno, cuando te dan a luz. El otro tiene que ver con la adolescencia. Ese es el segundo gran parto. Cada generación tiene derecho a sus propios errores. Yo sé cuáles fueron los de la mía. Ahora, los errores de la generación actual van a tener mucho que ver con la incomunicación y con los silencios.
M.G.- Javier, el padre protagonista dice en un momento dado que no es que él tenga mala relación con su hija. El problema está en que no tiene ninguna relación. Y también encontramos, por lo que se desprende de la lectura, y por lo que oigo en mi entorno, que los hijos parecen que les están perdonando la vida a los padres constantemente. Desde mi posición de no-madre, ¿qué se está haciendo mal? Es que los padres ofrecen la mano a sus hijos pero estos toman el brazo entero y los padres lo consienten.
P.S.- Aquí te respondería el mismo Javier. Te diría aquello de que somos aquella generación que dejábamos el mejor sitio de la mesa para el padre, y ahora lo dejamos para el hijo. Ese es parte del problema fundacional de nuestra generación.
De todos modos, creo que siempre ha habido silencios intergeneracionales, entre los padres y los hijos. En nuestra adolescencia, tampoco hablábamos mucho con nuestros padres, pero era un silencio que tenía que ver con lo humano. Nuestros padres venían de un mundo recio, austero, anclado en el medio rural, con cuarenta años de dictadura, bastante tenían con llenar la nevera y desconocían lo de la pedagogía de los afectos. Nadie les había enseñado esto. En cambio, nosotros conocemos la pedagogía de los afectos, nos han hablado de la inteligencia emocional, tenemos libros de auto-ayuda, nos han educado respetando la diversidad,... pero ese silencio sigue estando ahí. Y ese silencio, con los hijos adolescentes, tiene que ver, para mí, más que con lo humano con lo tecnológico. Tú estás al lado de tu adolescente pero él está a kilómetros de distancia. Eso es lo que me da pavor.
M.G.- Frases como «Ojalá mi padre hubiera muerto en ese avión». «Ojalá no hubiéramos tenido este hijo». Son frases que se dicen en un arrebato, en un calentón. Pero a mí siempre me queda la duda si esos padres sienten una pizca de arrepentimiento, pero nunca lo van a verbalizar.
P.S.- Quien te diga que no, miente. Por supuesto que muchas veces te arrepientes de haber tenido hijos. A veces los querrías matar. Igual que hay veces que ellos te querrían matar a ti. Pero bueno, aquí estamos. Y estamos vivos. Lo importante es lo que digo en la dedicatoria, para todos aquellos que, a pesar de todo, se levantan cada mañana y lo vuelven a intentar. Educar va de esto. El que se cansa educando, pierde. Lo que los adolescentes necesitan, a pesar de que no quieran hablar, es que tú hables con ellos. A pesar de que no quieran tu ternura, tienes que seguir dándoles cariño, y pasándoles la mano por el hombro. A pesar de que no quieran reglas, tienes que ponerles normas feroces. Cuando un padre tira la toalla, ha perdido. Te hablo de las cosas más pedestres, como hacer la cama. Como digas que vas a hacer la cama porque vas a tardar menos que si se lo pides a tu hijo, pierdes porque resulta que vas a hacer la cama todos los putos días de tu vida. En cuanto a lo importante, a ese voy a seguir dando con el pico a este muro que no acabo de romper, como tires el pico por cansancio, has perdido para siempre. Ese muro termina por caer si sigues dando con el pico. Lo tengo claro.
M.G.- A pesar de escuchar constantemente «quépesadoeres», como se dice en la novela.
P.S.- Claro. A pesar de ese «quépesadoeres». Sí, es así. Creo que soy un padre razonablemente pesado.
M.G.- ¿Alguna vez le has preguntado a tus hijos qué clase de padre eres?
P.S.- No, no, no se me ocurría. Ellos ya se encargan de decírmelo sin que se lo pregunte. (Ríe). No me ponen muy buena nota. Pero, una vez alguien de mi trabajo me dijo una cosa interesante. Yo, antes de tener hijos, estaba un poco asustado por esa idea de exigencia y perfección. Tú, que no tienes hijos, seguro que alguna vez te has preguntado cómo la gente se atreve a tenerlos, con lo complicado que es. Yo estaba acojonado pero, un día, una compañera que tiene cuatro hijas me dijo que mis hijos me tendrán que querer con mis errores, igual que yo quise a mis padres con los suyos. Es una obviedad pero a mí aquello me relajó mucho. Yo quiero a mis padres imperfectos y aspiro a que mis hijos me quieran con mis errores, y con mis salidas de tono, y con mis pesadeces.
M.G.- Con los años, uno termina por recordar las virtudes de los padres y por reírse de sus defectos.
P.S.- Claro.
M.G.- Y antes de iniciar la entrevista hablábamos de la tía Clara, un personaje importante en esta novela. ¿Qué hay entre sobrinos y tíos para que exista esa conexión tan especial como vemos en el libro?
P.S.- ¿Y tú me lo preguntas?
M.G.- Y yo te lo pregunto. (Risas)
P.S.- Mira, creo que una tía o un tío que no tiene hijos, pero tiene sobrinos, es el mayor regalo que puede tener un adolescente. Es como una madre o un padre, pero sin lo malo de una madre o un padre. Son gente que hablan sin filtro a los adolescentes y a los padres de estos, si hay confianza. Es gente muy generosa, que comparte su tiempo con ellos, que está muy pendiente de sus afectos. Uno no envejece tanto porque cumpla muchos años sino cuando no deja que lo aplaste el dolor. Y la tía Clara, que no tiene hijos, es el personaje más libérrimo porque, aunque ella tenga su dolor, no ha dejado que la aplaste. Es fácil conocer a tíos de treinta años que parecen muy viejos, porque su mierda la ha gestionado mal, y a gente de setenta y cinco u ochenta años que parecen jóvenes porque su mierda la han gestionado bien. Pues estos tíos, si tienen ese punto de luz, de gestionar bien, como le pasa a la tía Clara, me parece de las personas más importantes que pueda tener un adolescente. He tenido tíos con hijos y tíos sin hijos. Mis tíos sin hijos son inolvidables. Mis tíos con hijos son otra cosa. El tío Paco y la tía Clara de la novela son dos personajes inspirados en familiares míos.
M.G.- Oh...
Bueno, ahora quiero pronunciar una palabra pero no sé si debo. Si no debo, tú me dices que la borre.
P.S.- No pasa nada.
M.G.- Quiero hablar de la palabra adopción. ¿Podemos hablar de ello?
P.S.- Bueno, vamos a contar algo de la novela pero si tú quieres, hablamos.
M.G.- De esas adopciones que son un riesgo.
P.S.- Sí. No sé qué contestarte. Nadie me ha preguntado esto porque, como sale en el capítulo cuatro de la novela... Las adopciones son un riesgo. Tener hijos es un riesgo. Lo que te cambia la vida es tener hijos. Te cambia mucho más la vida tener un hijo que tener dos. Y también creo que todos los niños son adoptados. Incluso los biológicos. En realidad, los hijos no son tuyos. Son de la calle, son de la sociedad, de sus amigos, de sus abuelos, de sus compañeros de clase, de su tía, del barrio en el que viven.
Para el tema de la adopción he hecho una labor de documentación importante, hablando con expertos, con técnicos, que llevan estos temas. Para mi alivio, padres que están en este proceso y que tienen hijos adoptados me han dicho que les ha gustado mucho la novela y se han visto reflejados.
M.G.- Hablemos ahora del proceso de escritura de la novela. Se va alternando la voz de Javier y la de Inés, pero dentro del mismo capítulo no hay una narración continua. Vas dando saltos, como haciendo flash en escenas concretas.
P.S.- Me salió así de la tripa, como si estuviese mirando un álbum de fotos y recordase cosas. De hecho, hay saltos hacia delante y hacia atrás. A veces se habla de la adolescencia del padre y al momento de la adolescencia de la hija. Esto tiene que ver con una escritura automática, de alguien que está meditando sobre su hija, por eso hay pensamientos que van y vienen. La estructura de esta novela es más compleja que la de Los ingratos. Es menos lineal. Además, en esta hay una novela dentro de la propia novela.
Escribo sobre cosas que tienen que ver con lo visceral, con lo emocional, con los sentimientos, la familia. Pero este libro no tiene nada que ver con el anterior. Creo que en la familia está todo porque es como una especie de terrario, donde hay una serie de animalillos. Hay la misma temperatura y la misma humedad para todos, pero cada animalillo se comporta de un modo diferente. En la familia está el odio, la soledad, el amor, la culpa, el olvido, los celos,... Está todo ahí. Me apetecía escribir sobre todo esto. Estuve escribiendo en muchos pueblos de Zamora y Guadalajara.
M.G.- Aislado.
P.S.- Sí y no lo he pasado nada bien escribiendo. Creo que lo he pasado peor con esta novela que con Los ingratos. Las dos tienen un pulso muy sentimental pero esta me ha costado más, porque la otra la veía por el retrovisor, pero esta tiene que ver con mi día a día, con mi relación de pareja, con mis hijos. No han sido los mejores meses de mi vida.
M.G.- Antes te decía que la parte de Inés me ha impactado mucho pero también hay que reconocer que Javier hace un ejercicio de desnudez, de despojarse de todo en la novela. Le escribe como un carta a su hija, a la que se entrega, sin artificio.
P.S.- Pues por eso te digo que no lo he pasado bien escribiendo. Escribir tiene que ver con desnudarte. Lo que decíamos antes, hablar de tu culpa, de tu miedo,... Javier es un tipo que necesita hablar. En esta familia, todos necesitan hablar y no lo hacen. Por eso, todos terminan en terapia. Cuando no hablamos viene la metástasis y se te lleva por delante. La psicóloga le pide al padre que le escriba a la hija todo lo que no se atreve a decirle. En esa carta hay un desgarro. Muchos padres que han leído la novela me han dicho que han tenido que cerrar el libro varias veces porque les tocaba muy de cerca. Se pasa muy mal con los hijos. Es con lo que peor se pasa. No hay nada peor que fracasar con un hijo. Por eso el padre está tan cagado de miedo.
M.G.- Ya. Y como última pregunta, ¿esta novela te ha servido para acercarte a tus hijos o para pulir la relación con ellos?
P.S.- No era la intención. Ni siquiera aspiro a que mis hijos me lean. Quiero que mis hijos lean. A secas. Y también aspiro a que escriban. Me refiero a dirigirse al otro, a que lo escuchen, a que se pongan en la piel del otro. Un libro es un manojo de llaves que te sirve para abrir muchas puertas. Quiero que mis hijos cojan el llavero. Es lo que quiero.
M.G.- A ver si lo consigues.
P.S.- Ahí estamos. O no haber tenido hijos, que diría el otro, ¿no? (Se ríe)
M.G.- Allá tú. (Risas). Bueno, pues lo dejamos aquí. Un placer hablar contigo, Pedro. Me encanta volverte a ver.
P.S.- Fenomenal. Muchas gracias.
Sinopsis: "Somos esa generación que en su infancia dejaba el mejor sitio de la mesa para el padre y que ahora se lo deja al hijo. Eso somos", dice Javier, el padre.
"La adolescencia puede ser un infierno. Basta con el cielo de los otros. Es suficiente con que te los imagines más felices y más guapos que tú y sin el nudo que sientes dentro", dice Inés, la hija.
Javier y Celia son un matrimonio de clase media con un hijo pequeño y una hija preadolescente. Él trabaja en una editorial y ella en un hospital; él arregla vidas de mentira y ella arregla vidas de verdad. Tratan de prosperar, se mudan a un barrio mejor, la cotidianidad. Podría ser la historia de muchos. Hasta que tiene lugar una excursión a Pirineos que lo cambia absolutamente todo.
Esta es la historia de un viaje al abismo que habla de otros muchos viajes. El viaje de la infancia a la convulsa adolescencia. El que va de la algarabía infantil al silencio más sepulcral. El de los padres que caminan detrás con su culpa y llegan tarde. El de los abuelos que fueron delante y a los que nadie escucha. El que hace alguien para salvar una vida. También es la historia de ese otro viaje al que todos tenemos miedo: el que habla de nuestro pasado más oscuro y secreto.
Los incomprendidos es una novela sobre la soledad familiar, la incomunicación entre padres e hijos, el horror de decir, pero también, y desde la primera página, sobre la esperanza.
Llano, sencillo, cercano, divertido. Manuel Vilas reconoce que le cuesta mucho hablar en serio, por eso hay tanto humor en su literatura. Incluso en un género como es la poesía que, desde los clásicos, ha estado siempre envuelta por un halo de seriedad, de profundidad, de solemnidad, de introspección. Lo que Manuel Vilas nos propone en Una sola vida se aleja de la concepción clásica de poesía, rompe esquemas, se rebela, innova y apuesta por una poesía omnipresente, diaria, universal, accesible y, haciendo uso de sus propias palabras, para aquellos lectores que no leen poesía.
Hace unas semanas, Vilas visitó Sevilla para presentar esta antología poética que para él no es más que un testimonio vital. En estos poemas encontramos fragmentos de su vida. Y también de su muerte. Mi encuentro con él fue uno de los más divertidos que he tenido en los últimos meses. El texto que sigue no refleja el ambiente distendido, la charla informal, ni el ambiente alegre, así que, más que leer, te invito a escuchar nuestra conversación. Te garantizo que sus ocurrencias te arrancarán una sonrisa y que su carcajada te resultará contagiosa.
Hablamos de literatura. Hablamos de poesía. Hablamos de Una sola vida.
Marisa G.- Manuel, dice la editorial que Una sola vida es una antología poética pero en las primeras páginas del libro, defines este volumen como un testamento personal. ¿Por qué?
Manuel V.- Porque he elegido los poemas que a mí más me gustaban, aquellos que son más representativos de mi vida y del mundo que me ha tocado vivir. En este sentido, he hecho una ordenación muy personal. En este libro, todo es personal, como toda la poesía. Y testamento, porque ya he escrito mucho y me tocaba hacer un balance. Así que, este libro es como una especie de balance de lo que he vivido y esperemos que tenga mucho que vivir aún.
M.G.- Testamento es una palabra con mucho peso.
M.V.- Sí, pero acabo de cumplir sesenta años. Cuando yo era crío, recuerdo que sesenta años era una edad, yo que sé, terrible. Y ahora, de repente, me han caído a mí. Lo llevo muy mal. No lo acabo de entender.
Creo que he montado este libro a raíz de que aparezca el número seis en mi vida. Me parece muy duro. (Ríe)
M.G.- Bueno, hay camino todavía.
M.V.- No, no, si ya lo sé. Hay camino pero también está la idea de que ha pasado el tiempo, que hay muchas cosas que ya has vivido, y eso es lo que provoca la necesidad de hacer un balance.
M.G.- Me llama la atención algo que se dice en la nota de prensa. Se nos dice que este libro es una antología poética, pero siguiendo el modelo de los poetas renacentistas.
M.V.- Bueno, es una cosa que puso la editora para dar a entender que este libro es como un cancionero de la vida, que era algo que hacían los poetas del Renacimiento. Poemas que estaban fundados en su experiencia vital, lo que luego ha sido la autobiografía moderna.
M.G.- Y abrimos el libro y en esas primeras páginas cuentas la importancia que tiene la poesía para ti. Es verdad que has escrito novelas y relatos pero, de esas palabras iniciales, se desprende que tú, por encima de todo, te sientes poeta. Y luego, todo lo demás.
M.V.- Sí, me siento poeta. Tengo una idea de la poesía muy amplia. Poesía no es solo la que hay en un libro de poemas, sino que la poesía también está en la necesidad que tenemos los seres humanos de belleza, de plenitud, de amor, de emoción,... Todo aquello que es un plus. Todo aquello que no es solo comer y dormir. Todo aquello que te emocione y que te haga sentir que estás viviendo. A todo eso, yo lo llamo poesía.
Nicolás Parra, el poeta chileno, decía que todo es poesía menos la poesía. Muchas veces encuentras poesía en la música, en el cine, en la pintura, o en una charla con un amigo.
M.G.- Esas palabras de esas páginas iniciales las he entendido como una absoluta rendición a la poesía. Como si dijeras, estoy aquí, poesía, haz conmigo lo que quieras porque estoy a tu servicio.
M.V.- Sí, pero concebida así, de manera ampliada, involucrando a la vida.
M.G.- Lo que estás diciendo me interesa y quiero conectarlo con mi siguiente pregunta.
Piensa en un lector que llega a una librería, ve tu libro, lo toma, lo abre, mira el índice y encuentra poemas titulados como Balcones, MacDonald's, Iberia, Lavabo. Estos títulos vienen al hilo de lo que estás comentando, que tú encuentras poesía en cualquier cosa que nos rodea y no en el concepto clásico.
M.V.- En Iberia, encuentro poesía cuando suena esa música de cortesía que ponen antes de despegar. En un MacDonald's he encontrado también poesía. En un lavabo, también. La encuentro en todas partes.
En realidad, escribo poesía para aquellos lectores que no leen poesía. Esa ha sido mi cruz toda la vida, intentar ensanchar el género. El género está muy limitado. La poesía ha sido muy endogámica, muy de cuatro o cinco lectores, con un mesías o profeta que impartía doctrina.
Cualquier lector de novela puede leer este libro. Ahí está la clave. Muchos lectores me vienen y me dicen que leen mis novelas pero que no leen poesía porque no la entienden. Esto me lo dicen muchísimo. Pero esta poesía sí se entiende.
M.G.- Eso me pasa a mí. Te tengo que confesar que no soy lectora asidua de poesía porque no termino de conectar, o conecto únicamente con autores concretos, o con poemas concretos. Muchas veces se habla de lo que tiene que tener un autor para escribir poesía, -sensibilidad, capacidad de observación,...-, pero ¿qué tiene que tener el lector para leer y disfrutar de la poesía?
M.V.- Para la mía, saber leer y vivir en este mundo. Saber lo que es un MacDonald's, un coche, un país, y saber que estamos en el 2022. Tener también un poco de curiosidad.
Mi poesía es una poesía que está escrita con palabras y frases normales. No está fundada en una liturgia que solo conozcamos cuatro, como normalmente pasa con los libros de poesía. De ahí viene el rechazo del género para miles y miles de lectores, que deciden no leer poesía porque no les aporta nada.
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M.G.- Hablas de ampliar el concepto de poesía. Es cierto que siempre ha sido un género muy encasillado. Cuando lo estudiábamos en clase, nos enseñaban los tipos de versos, nos hablaban de la métrica. Lo más trasgresor era el verso libre. Y claro, abrimos tu libro y vemos que rompes con patrones, con moldes, que la poesía se ha vuelto totalmente maleable y flexible.
M.V.- Totalmente. El verso medido no lo uso porque nadie habla en verso medido. Leo a los poetas clásicos que escriben con octosílabos y con endecasílabos pero porque antes eso daba placer. Pero hoy día, un poema escrito en endecasílabos va a tener lectores muy limitados. La mayoría de ellos rechazarán esa poesía porque no viven en endecasílabos. Imagínate que pones una película y los actores empiezan a hablar en endecasílabos. Apagas la tele a los tres minutos. (Ríe). La poesía se merece tener lectores. Los grandes poetas, al menos los que a mí me han interesado, han aunado lo popular con lo culto. Por ejemplo, Walt Whitman o Federico García Lorca han escrito una poesía popular pero, a la vez, profunda. Lo popular no está reñido con lo profundo, lo que pasa es que es muy difícil que una poesía popular sea también profunda, pero posible, lo es.
M.G.- Encuentras poesía en cualquier lugar, en cualquier sitio. También en los coches. En este libro, encontramos tres textos dedicados a tres coches -Seat 850, Audi 100 y a un Mazda 6-, e incluso a una matrícula. ¿Qué relación tienes con los coches?
M.V.- Mi padre era viajante de comercio. Para él, el coche era una herramienta de trabajo. Mi familia estaba formada por mi padre, mi madre, mi hermano, el coche y yo. De pequeño me di cuenta de la devoción de mi padre por el automóvil, algo que conté en Ordesa. Mi padre estaba obsesionado con dejar el coche a la sombra. Mi madre le proponía a mi padre ir a algún sitio los domingos pero mi padre a veces se negaba porque no había sombra para el coche. Y nos quedábamos en casa. He heredado de mi padre esta querencia por los coches que se convierten en un amigo. El coche que tengo ahora es muy viejo, tiene quince años, pero no lo quiero cambiar porque sería como una traición. A veces me lo quedo mirando y me pregunto quién lo heredará o si acabará en un desguace. Con todo lo que yo he vivido dentro de ese coche.
M.G.- ¡Un drama!
M.V.- Son esas cosas que están entre la chifladura y la literatura. Pero esto le pasa a más gente porque me lo cuentan. Los padres de mi generación estaban todos obsesionados con dejar el coche a la sombra.
Vivimos en la cultura del automóvil. Los coches salen en las películas, en la pintura moderna, en la música, en las novelas, ¿por qué no van a salir en la poesía? ¿En la poesía pueden salir criaturas mitológicas pero no coches? Pues yo me rebelo y saco coches. Es que tú sales por esa puerta, y lo primero que te encuentras es un coche.
M.G.- Forman parte de nuestra vida.
M.V.- Exacto. Los coches forman parte de nuestra vida y, por tanto, los saco.
M.G.- Un tema que también sale en este libro, que cierra el volumen pero que, además, es universal, es la muerte. Te imaginas muriendo con ochenta y nueve años, en un hospital. ¿Cómo se construye ese poema?
M.V.- Ese poema es muy irónico y muy divertido.
M.G.- Es que en este libro hay mucho humor.
M.V.- Sí, hay un montón de humor. La fantasía literaria es gratis. No tienes que pagarle a nadie. No la tienes que comprar en una tienda ni tampoco pagar IRPF. La imaginación literaria es revolucionaria. Te puedes montar la película que quieras y yo me monté la película de mi muerte, sin tener que pagarle a nadie, sin tener que ir a comprarla al Corte Inglés, ni declararla en el impuesto de la renta. Es maravilloso. Así que me propuse inventar mi muerte y puse que moría a los ochenta y nueve años. Creo que me he quedado corto. Tenía que haberme puesto noventa y uno o noventa y dos, porque ochenta y nueve son pocos. Fíjate, me quedan solo veintinueve años de vida. (Ríe)
M.G.- Quien sabe, tiremos para delante. Pero, ¿por qué te consideras un iluso, un entusiasta, y un demente?
M.V.- Por esto mismo, por todo esto que digo. Esto es de cretino puro y duro. Los escritores somos unos ilusos. Nos montamos unas películas tremendas y somos como niños. Incluso cabe la posibilidad de que, en realidad, no hayamos entendido nada. Que el mundo sea de los hombres de negocio, de las grandes corporaciones, de los presidentes del gobierno y de los reyes, o de los que tienen el dinero. Nosotros no somos más que unos pardillos, que nos dedicamos a escribir nuestras...., no sé,...
M.G.- ¿Chaladuras?
M.V.- Chaladuras, eso, pero que la realidad se construye con otros mimbres. Nosotros trabajamos con la libertad, con la ilusión, la fraternidad, el amor a la vida pero luego, lo que hace que funcione el mundo, que haya carreteras, autopistas, hospitales, ejércitos y estados es otra cosa.
M.G.- Manuel, este volumen contiene poemas, algunos son inéditos, y están los que más te gustan, lo que más te hechizan, los que te perturban,... Pero también hay poemas reescritos. Fue algo que me llamó la atención. Me gustaría saber qué te empuja a reescribir un poema y si ese acto de reescritura no es un poco como traicionar al yo del pasado.
M.V.- Lo que he reescrito son pequeños detalles. La poesía que escribía cuando tenía veintitantos años era muy pedante. A esa edad quieres demostrar que te has leído muchos libros, que conoces muy bien la lengua y el estilo literario, y acabas siendo un pedante. He corregido alguna pedantería de juventud. Tampoco he corregido mucho. Si ves los poemas originales, verás que le he quitado alguna cosa de época, pero no he traicionado lo fundamental. La fuerza del poema está intacta.
M.G.- Cuando presentaste el libro en la librería Alberti, María Fasce hizo la presentación y comentó que con Ordesa pasaste de ser un autor de culto a un fenómeno de masas. Me resultó una expresión curiosa porque, ¿qué prefiere un autor? La idea de autor de culto está muy vinculada a escritores de mucho prestigio.
M.V.- Yo prefiero ser autor de masas. Siendo autor de culto no pagas ni una puta factura. (Ríe). Siendo autor de culto tendrías que llamar a tus lectores para pedirle que pagaran sus diez euros mensuales por ser lectores de autores de culto, para mantener la leyenda. No, no, yo prefiero ser autor de masas, de masas masificadas.
Lo de autores de culto es una tontería que se inventa la gente para justificar que no te está leyendo nadie. Te leen cinco pero esos cinco, ¡ay que ver qué cinco! (Carcajea con ironía)
M.G.- Claro, los más inteligentes.(Risas)
M.V.- Sí, sí. Te leen cinco pero, ¡hostias!, ¡vaya cinco! Hay que ver lo bien vestidos que van. (Se ríe). No. Yo quiero que me lean cinco millones y me da igual cómo sean, si guapos, feos, bajos, altos,... Me da igual.
No, ahora fuera cachondeo. La literatura es comunicación. La literatura que yo escribo tiene vocación de lector. Si un libro tuyo lo lee poca gente, para mí es un motivo de tristeza. Vanagloriarse porque a uno lo leen pocas personas pero son selectos y eso te convierte en un autor de culto, pues bueno... Si a ti ese autoengaño te sirve... A mí, no.
M.G.- No, a ti no te sirve.
Bueno, el libro se estructura en siete bloques, que corresponden a los siete días de la semana. Dices que esto es como invitar al lector a pasar tiempo contigo. Por ejemplo, hoy es jueves, pues leemos un poema de la sección Jueves.
M.V.- Es una manera de acercarme al lector, confraternizar con él. Es lo que tú acabas de decir, una invitación a jugar. Si hoy es jueves, pues a ver qué dice Vilas del jueves, a ver qué chorrada se le ha ocurrido a este tío para el jueves. (Ríe).
Soy muy desmitificador de la literatura. Me cuesta mucho hablar en serio. Esa idea del escritor como alguien elegido por los dioses no me gusta. Es más, me resulta patética. Un escritor es un observador, una persona que maneja el lenguaje, y que sabe decir cosas interesantes a los demás. Y ya está. Punto.
M.G.- ¿Y qué criterio has seguido para encuadrar cada grupo de poemas en cada una de las secciones?
M.V.- Pues, por ejemplo, los que aparecen dentro de Miércoles son los que están dedicados a la familia. La familia de cualquier ser humano, de alguna manera, es el centro de su vida y por eso los agrupé en el centro de la semana. Hice una distribución temática, en función de las obsesiones que tengo. Una de mis obsesiones es la alegría, pues la puse en el Jueves. El paso del tiempo aparece en Martes y Sábado. Otra obsesión mía es la historia, pues la coloqué en Viernes.
Es una división chula. Me parece divertida. A mí como lector, si me cae en las manos un libro en el que cada día de la semana se trata un tema, me haría sonreír. También es algo muy inocente. Fíjate que ser más candoroso que ha dividido su producción poética en los días de la semana. Alguien así, a mí me caería bien.
M.G.- Para terminar, voy a hacerte una pregunta muy superficial pero importante, porque lo primero que nos entra por los ojos, cuando vemos un libro, es la cubierta. Y esta, la de tu libro, es muy austera. Recuerda a la que usaban aquellas pequeñas editoriales, ya desaparecidas, que publicaban colecciones como Grandes clásicos de la Literatura Española.
M.V.- La poesía es tan pobre que no da ni para ponerle colorines en la cubierta. (Carcajea). Es verdad. Un libro de poesía no es como una novela. La producción de un libro de poesía, frente a la novela, es mínima. Es por la austeridad del género. Es un género pobretón, donde se pasa mucha hambre, y por eso todo es austeridad.
En mi pueblo, cuando se dice que alguien no ha visto hoja verde en su vida, se refiere a que no ha visto mucha prosperidad en su vida. Pues los poetas no han visto hoja verde en su vida.
M.G.- En cualquier caso, tú no cambias la poesía por nada, ¿no?
M.V.- ¡La cambio por un Mercedes ahora mismo! ¿Cómo no la iba a cambiar? No, no... Me quedo con la poesía porque probablemente no me den el Mercedes. (Ríe).
M.G.- Quedémonos con la poesía. Manuel, lo dejamos aquí si te parece. Muchas gracias por la charla.
M.V.- Gracias.
Sinopsis: «Iluso, entusiasta, clemente, conmigo siempre está ella, la poesía, en todas partes. Una forma inmarchitable de fervor, eso es la poesía. Por ese fervor, para honrarlo y acrecentarlo, he querido reunir en el presente libro los poemas que más me gustan, o los que más me emocionan, o me seducen, o me perturban, o me hechizan. También se publican por vez primera un montón de poemas inéditos. Y he reescrito unos cuantos. Les he dado otro aspecto. Ropa nueva para todos. Día de fiesta para todos. Yo creo que el libro que tiene en sus manos el lector es completamente original. Que es un libro nuevo. No es una antología, sino un testamento personal.
Es una invitación a ti, lector, a pasar una semana conmigo. Son siete días de vacaciones al lado de mi alma, esperando que mi alma sea la tuya».
Siguiendo el modelo de los poetas renacentistas, Manuel Vilas ha compuesto una suerte de autobiografía poética. Un aliento a verdad y a intimidad recorre este libro en el que cuenta su historia sin tapujos al tiempo que, en cierto sentido, también está contando la de todos nosotros.
26 de enero de 2022, el totum revolutum.Alejandro Palomas acude a la radio, a la Cadena Ser, para ser entrevistado por Aimar Bretos, en su programa Hora 25. Durante unos treinta minutos, desvela algo de lo que él ya habló someramente en una columna periodística años atrás, los abusos sexuales que sufrió por parte de un religioso en el centro escolar en el que estudiaba, la Salle de Premià de Mar. Inmediatamente los medios de comunicación y las redes arden. Yo leía en Twitter mensajes de todo tipo, pero trato de huir de esa especie de horda enfervorecida en la que a veces se convierte esa red social, donde todo el mundo sabe de todo y se cree con derecho a hablar de todo.
A priori pensé que Alejandro Palomas había acudido a aquel programa para hablar de literatura y, de manera colateral, surgió el tema de la violencia, de los abusos sexuales. Pero no, Palomas acudió a dar voz a su testimonio. No había novela que presentar, ni personajes por los que preguntar, ni argumento lleno de emoción y corazón sobre el que conversar. El autor se enfrentaba a sus propios demonios porque aquello que tenía que contar era algo mucho más duro, mucho más oscuro, mucho menos gratificante. Puedes ver y oír la entrevista íntegra que le hicieron en Hora 25 aquí:
En nuestros tiempos, la actualidad dura lo mismo que, usando palabras de Joaquín Sabina, dos peces de hielo en un whisky on the rocks. Aquella vorágine que se originó tras las declaraciones del escritor catalán se fue convirtiendo en un murmullo cada más silencioso y estaba sentenciada al olvido, camuflada por otras noticias que iban pisando a las anteriores. ¿Olvidar? No. Alejandro Palomas no olvida ni quiere que lo que han sufrido otras personas en su misma situación sea olvidado. Así que, de la voz radiada salta a la palabra escrita, y publica Esto no se dice (Editorial Destino), el relato completo de aquellos abusos que sufrió cuando tenía entre ocho y nueve años.
Palomas estuvo en Sevilla hace unas semanas. A pesar de que en las entrevistas se suelen colar las voces de las personas que nos rodean, en esta ocasión parece que todo se confabuló para que aquella conversación, llena de tranquilidad, de paz, de sosiego, se produjera sin ningún tipo de interrupción. Hablamos de aquella entrevista en la radio, de su infancia, de su madre, de su reconstrucción. Hablamos de Esto no se dice.
Marisa G.- Alejandro, para empezar esta entrevista, déjame contarte algo, un poco largo.
Alejandro P.- Dale.
M.G.- Cuando ayer tarde me puse a pensar cómo plantear esta entrevista, lo primero que se me vino a la cabeza fue preguntarte por qué ahora. Creía que era una buena pregunta para romper el hielo. Más tarde, me puse a leer las primeras páginas del libro y me encontré con que tú te quejas precisamente de esa pregunta, un interrogante que te hacemos todos, y que tú consideras que no tiene cabida en un testimonio como este. Argumentas que, con esa pregunta, es como si pusiéramos en duda lo que nos cuentas, que te cuestionamos, que pensamos que tienes otras intenciones. Me sentí mal al leer aquello porque, con mi «por qué ahora», yo no pretendía cuestionar nada. Jamás dudé de ti. Es más, yo misma me respondí, y me dije que probablemente hablabas ahora porque a tu madre, fallecida, ya no le podía hacer daño lo que se dijera. Y precisamente, en esas páginas iniciales explicas que cuando los periodistas te han hecho esta pregunta, siempre has respondido que el motivo es tu madre. Sin embargo, ese no era el verdadero motivo. Avanzo en la lectura y leo que hablas ahora porque ya no tienes miedo, porque un testimonio como el tuyo no puede caer en el olvido, porque necesitas compartir tu terrible experiencia con otras personas que hayan pasado lo mismo, que has hablado cuando has podido. Y yo me pregunto: ¿por qué no dar esa respuesta cuando te han preguntado?
Alejandro P.- Porque no lo sabía.
M.G.- ¿No lo sabías?
A.P.- No. Cuando un superviviente de este tipo de trauma infantil habla, no sabe por qué lo hace. Es algo en lo que se trabaja después de hacerlo. Es algo visceral. Hay un resorte que se toca de manera inconsciente, que no llegas a ver ni a conocer en ese momento, y que te hace saltar, que te hace hablar. Luego es cuando tienes que hacer el trabajo de reflexión sobre por qué ahora, qué ha pasado, hacia dónde voy,... Es una reacción inconsciente. No es una acción, es una reacción.
M.G.- Cuando fuiste al programa de la radio, a Hora 25 de la Cadena Ser, ¿ibas ya con la idea de hablar sobre todo esto?
A.P.- Fue algo que yo ofrecí. Fue una iniciativa propia. Contacté con Aimar, le propuse lo que quería contar, le consulté, y viajó a Barcelona para hacerme la entrevista.
M.G.- Y de la radio al papel. No es lo mismo contar en treinta minutos lo que te ha pasado que escribir todo un libro. Imagino que has tenido que escarbar en tus recuerdos, que probablemente estarían muy escondidos para no herirte. Habrá sido especialmente doloroso.
A.P.- Para mí no fue doloroso porque yo ya había hecho ese ejercicio. Es algo que llevo trabajándolo en terapia durante muchos años. De todas formas, cuando di esa entrevista y las que vinieron después, aquello se convirtió en un pico de actualidad que después desapareció. Desde el principio estaba muy preocupado porque sabía que estaba viviendo un pico de actualidad, que estaba en la cresta de una ola, y me daba mucho miedo que esa actualidad desapareciera. Y así fue. Se dejó de hablar de esto. Así que pensé que tenía que ser yo quien consiguiera que esto se tratara como una realidad constante y existente en nuestra sociedad, y no como un pico de actualidad. Mi fórmula es la escritura, por eso lo llevé al papel.
M.G.- En las primeras páginas del libro intuyo varias emociones. Entre ellas, el arrepentimiento porque, si hubieras sabido todo lo que se originó, ¿no lo hubieras hecho?
A.P.- No me arrepiento pero sí he tenido momentos en los que he dudado. Mi vida ha cambiado internamente mucho más de lo que yo creía que iba a cambiar. Pero siempre han podido más las ganas de conseguir que cambien cosas para las personas que no pueden estar en mi piel. Cuando he dudado por mí, mi visión de los demás no me ha permitido seguir dudando.
M.G.- ¿Y rabia?
A.P.- No, rabia no hay. Y eso es algo que sorprende mucho. No tengo rabia ni rencor. Todo eso pasó. Ha habido cosas que han podido más que la rabia. Ha habido mucha más culpa, mucho más sentimiento de soledad, de no pertenecer a nadie, de silencio,... De muchas otras cosas que han ensombrecido la rabia.
No ha habido rabia porque tampoco ha habido odio. No he sabido hacerlo. Te lo cuento como una carencia porque no es que esté orgulloso de eso. Simplemente es que no he sabido tenerlo.
M.G.- Has mencionado la palabra culpa. Es algo por lo que te quería preguntar. En este tipo de situaciones, cuando un niño sufre abusos sexuales, es habitual que sienta culpa. Suelen pensar que lo que les ocurre es porque se lo merecen.
A.P.- Sí, es así. Siempre hay un porcentaje altísimo de casos en los que lo que predomina es la culpa. En mi caso particular, con un motivo muy claro, y con una causa muy explícita. Quien abusaba de mí me repetía siempre: ¿ves lo que me haces hacer? Con lo cual, él ya imprimía la culpa sobre mí. Yo no tenía que imaginar que era culpable sino que ya me lo estaba diciendo el propio abusador. Pero normalmente no es así, no suele haber una frase explícita. Sin embargo, el sentimiento de culpa es lo primero que te impregna porque tú crees que si te pasa a ti, y no le pasa a los demás, es por algo que haces tú. No piensas que te ocurre porque haya un perverso suelto que te escoge a ti como diana. Eres demasiado pequeño para comprender eso.
M.G.- Y fíjate que, cuando tú cuentas lo que te ocurrió, otras personas declaran también haber sido niños abusados, incluso a manos del mismo maltratador. No estabas solo.
A.P.- Pero por eso las víctimas no hablan porque creen que están solos, porque creen que son los únicos o las únicas. Y, en cuanto hablas, te das cuenta de que no eres el único, de que estás muy acompañado, de que los supervivientes del mismo terror son muchos. En ese momento llega un tipo de alivio que es muy sanador. La culpa retrocede. Te das cuenta de que has estado culpándote de algo que, en realidad, no tenía ningún sentido.
M.G.- Estamos muy acostumbrados a que tú nos regales novelas preciosas, preciosas historias. Esto, obviamente, no es una novela. Es un testimonio donde no cabe la ficción, por lo tanto, todo lo que se cuenta en este libro es absolutamente verídico.
A.P.- Totalmente. No hay ni un ápice de ficción y también eso me lleva a que haya sido el libro más fácil para mí. Ha sido un libro facilísimo para mí porque solo he tenido que contar la verdad. No he tenido que ficcionar, no he tenido que inventar, no he tenido que imaginar. Sí he tenido que ordenar pero la escritura de este libro ha salido tal y como ha llegado a ti. No ha habido ninguna construcción sino que ha salido así.
M.G.- Todavía no me he adentrado en la lectura, pero sí he hablado con mucha gente que lo han leído o lo están leyendo. Todos, o muchos, coinciden en que han tenido que parar de leer para respirar porque se quedan sin aliento mientras leían. A mí eso me impacta porque me considero una persona empática, a la que le afecta mucho el sufrimiento de los demás, y, en cierto sentido, te confieso que me da un poco de miedo.
A.P.- No, no deberías tener miedo. Siempre digo que este libro es un viaje de la conmoción a la emoción. Tú vas a salir de este libro como sales de Una madre, como sales de Un amor. De eso me encargo yo. Yo sé tratar muy bien al otro. Si se trata de hacer un viaje difícil, siempre voy a preocuparme de que salgas con la emoción a flor de piel, y no con la conmoción a flor de piel.
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M.G.- Hace unos meses hablé con otro autor, en cuya novela contaba el maltrato que había recibido por parte de sus padres.
A.P.- ¿El autor malagueño de Tusquets?
M.G.- Sí. Un libro tremendo.
A.P.- No la he leído todavía. La tengo, pero no la he leído.
M.G.- A él le habían pasado cosas horribles, y yo lo miraba y pensaba cómo era posible que aquel hombre, después de lo vivido de niño, haya podido reconstruirse para convertirse en un padre de familia, con un trabajo bonito, con una vida llena de luz. ¿Cómo se reconstruye uno? ¿Qué has hecho tú, Alejandro?
A.P.- Me he reconstruido gracias a mi madre. He tenido una madre maravillosa, que ha estado siempre detrás de mí. Ha sido mi flotador, mi boya, mi faro,... Me ha cuidado muchísimo. Ella sabía de dónde venía yo, y me veía como un material muy frágil. Ella aparentemente era muy frágil pero no lo era. Y también me he reconstruido gracias a la literatura, a la escritura y a la lectura. Mi madre fue muy lectora y ella fue la que me introdujo en la lectura. Ahora que hablo contigo pienso que ella sabía que me estaba entregando a un mundo, que no era este, y que me iba a ayudar a soportar este. Lo consiguió porque yo empecé a entender que había otras realidades distintas, en las que no había este peligro ni este terrible dolor que yo sufría. Cuando yo leía, me metía tanto en los libros que dejaba de existir esta agresión a la que yo estaba expuesto. Así que, lo que me ha salvado ha sido la literatura y mi madre. Es lo que me ha ayudado a reconstruir el Alejandro niño en el Alejandro hombre.
M.G.- Sin embargo, me viene ahora a la mente una entrevista tuya en la que decías que tampoco habías hablado mucho con tu madre de todo esto.
A.P.- No. Nunca. Ahora me doy cuenta de que fue un error. Yo no hablaba de esto porque yo no quería hacerle daño. Y ella no lo hablaba conmigo porque entiendo que tampoco quería hacerme daño. Con lo cual, el uno por el otro, no hablábamos de esto. Creo que fue el único tema entre nosotros que nunca volvimos a tocar. Ahora me gustaría tenerla aquí y hablar con ella.
M.G.- ¿Qué crees que te diría?
A.P.- Creo que me sorprendería. Mi madre tenía la capacidad de sorprender siempre. Cuando creías que estaba en un lugar muy profundo, estaba en uno muy superficial, y cuando creías que estaba en un lugar muy superficial, estaba en un lugar muy profundo. Creo que a ella le iría muy bien hablar de esto. Sería una conversación muy sanadora para mí pero, especialmente, para ella.
M.G.- En esas primeras páginas dices que vas a intentar referirte a ella lo justo e imprescindible pero luego, te pones a leer al azar, y es que está en cada página. Eres una prolongación de tu madre.
A.P.- Totalmente. Y ella era una prolongación mía. Éramos como dos náufragos en la misma balsa, agarrados al mismo mástil. Éramos una prolongación el uno del otro, muy diferentes, muy alejados a veces, pero era imposible pensar en un mundo sin ella. Es terrible. De hecho, siempre me preguntan si hay un Alejandro antes y después de este libro y la respuesta es no. Hay un Alejandro antes y después de la muerte de mi madre.
M.G.- Tuviste una reunión con el presidente del Gobierno. Fue algo me llamó la atención, que un escritor tenga una reunión con un político. ¿Tienes fe en la política? ¿Crees que aquella reunión está dando o dará sus frutos?
A.P.- Fui a esa reunión por un tema muy concreto: los abusos infantiles cometidos por los miembros de las órdenes religiosas. Hablamos de eso y se tomaron unas decisiones políticas que creo que no han llevado a nada, sinceramente.
Es cierto que, en este gobierno, se ha dado un paso de gigante en la defensa del menor y en la defensa de los derechos de los niños. Eso es así, en general, con la aprobación de la nueva ley. Pero en el caso específico de los abusos cometidos por miembros de las órdenes religiosas no se ha adelantado nada. No ha habido una voluntad real.
M.G.- La Iglesia tiene muchos tentáculos.
A.P.- La Iglesia es omnipresente y «omnipoderosa». Me he dado cuenta de que es muy complicado, y de que tengo una mirada muy utópica también. No sabía la magnitud del ámbito contra el que yo estaba intentando luchar. Realmente, creo que no hay una voluntad política para acometer esto. No sé cuál es la solución. Pero eso me ha situado también en el mapa, en mi mapa personal y en el mapa social. He entendido que hay otras fórmulas para llegar a los sitios y yo soy muy pertinaz. No entiendo un «no» por respuesta. Así que ya llegaré donde quiero llegar, pero habrá que buscar otros modelos.
M.G.- Has concedido muchísimas entrevistas desde que hablaste el pasado enero. Generalmente, por tu profesión, sueles tratar con el periodismo cultural que, salvo excepciones, acostumbra a ser amable. Pero este tipo de libro te ha puesto en contacto con otro tipo de periodismo. ¿Cómo te ha tratado la prensa?
A.P.- Me ha tratado muy bien porque la que me iba a tratar muy mal no me ha tratado. Las cartas han estado muy claras. Hay una parte de la prensa que no ha tocado el tema, no me ha entrevistado, me ha ignorado por completo por su ideología, y el resto han sido muy cuidadosos. En general, en el noventa y nueve por ciento de los casos, debo dar las gracias. También es cierto que, dependiendo del tipo de programa o el tipo de medio, sabía hacia dónde iba. Pero había que dar difusión a esto. Yo quería cambiar las cosas y tenía que llegar a todos los estratos y a todas las casas. Quería crear consciencia social y la sociedad somos todos. Dentro de los medios que realmente me abrieron las puertas, el trato ha sido muy bueno.
M.G.- ¿Y la sociedad, en general? Sabemos que ha habido insultos.
A.P.- Han habido tres modelos de reacción. Por un lado, empatía y solidaridad absoluta. Después, otra parte que opina que qué pena que esto ocurra pero es mejor que no lo toquemos porque nos violenta. Y por último, la parte menos frecuente, o la que menos se manifiesta, que muestra odio por alguien que dice la verdad. Hay odio a la honestidad. Es una de las lacras que tenemos aquí.
M.G.- El sacerdote, el maltratador en cuestión, murió hace poco. ¿Qué sentiste?
A.P.- Nada. En un principio, sentí extrañeza porque murió tres días antes de que se publicara el libro. Parecía como diseñado por un plan infinito. Pero también sentí que se iba parte de mí. Es que era parte de mi vida, una parte terrible pero una parte mía. Fue como un duelo de lo malo. Él se ha llevado una parte importante de mí.
M.G.- Este secreto con el que has vivido pegado a tu piel, ahora que ya es vox populi, ¿te ha liberado?
A.P.- Me confunde. De repente estoy como desnudo en una plaza. He pasado de vivir atrincherado en un castillo a verme desnudo en mitad de una plaza. Es una situación de absoluta vulnerabilidad. Menos mal que el mundo me trata bien, pero podían tratarme muy mal. He arriesgado mucho pero soy así. Me gusta el riesgo. Y me libera el hecho de pensar que todo esto sirve para que muchas personas que han pasado, o estén pasando por esto, vean que no están solas y que no están locas. Una de las cosas que te pasan es que crees que estás loco. El diálogo contigo mismo es como un circuito cerrado y llega un momento en el que no sabes qué es inventado, si la culpa es toda tuya. Te sientes solo en una caverna. Así que, si esto sirve para otras personas que estén o hayan estado como yo, me parece maravilloso.
M.G.- Este tema siempre me ha interesado. He visto mucho documental y una miniserie que se titula Examen de conciencia. Imagino que la has visto.
A.P.- Sí.
M.G.- Pues en esa serie o en algún documental, se veía como las víctimas habían estado viviendo junto a su abusador toda la vida, en el mismo pueblo, en la misma ciudad, y habían ido a llamar a su puerta para pedirles una explicación. El maltratador a veces responde que no recuerda nada. Me parece tremendo, tanto por la desfachatez de un lado como por la valentía del otro.
A.P.- Es curioso porque el abusador infantil normalmente dice que no recuerdan que eso nunca ocurrió, que él nunca habría sido capaz de hacer algo así. Se horroriza ante la posibilidad de haber hecho algo así, cuando tú eres la prueba viviente. Pero te lo niegan. Por eso, nunca me acerqué, nunca quise saber nada, ni nunca lo busqué. Yo sabía que esto iba a ser negado. Es demasiado atroz como para que un hombre reconozca eso delante de su víctima o del superviviente de lo que él le ha hecho. Esto no lo hace nadie. Es muy raro que esto ocurra. Es imposible.
M.G.- En el hipotético caso de que hubiera habido un perdón, ¿te hubiera valido?
A.P.- No (rotundo). El perdón es algo muy vacío. Hay muchas otras cosas delante del perdón. El perdón es un proceso que se trabaja durante mucho tiempo. Requiere aproximación, colaboración, empatía, solidaridad, cosas que un hombre de esas características no tiene. Es un trabajo en balde.
M.G.- Para terminar, no sé si toda esta vorágine te permite centrarte para escribir otra historia diferente.
A.P.- Sí, sí, sí. Estoy en ello. Esto forma parte de mí. Ha sido así siempre. No estoy viviendo nada especial. Sigo siendo el mismo. Y sí, estoy escribiendo. De hecho, estoy escribiendo mucho. Estoy súper creativo porque veo que formo parte de una comunidad. Hasta ahora estaba solo y tenía una pequeñísima comunidad, pero ahora me muevo con más libertad dentro de mí mismo, con lo cual estoy más aliviado.
M.G.- No sé si sigues luchando por liberar a Susi, la elefanta.
A.P.- Esa es otra de mis luchas. Tengo tres luchas. Una, que el centro escolar en el que yo estuve sea siempre un centro seguro para los niños que estudien en él. Dos, que el zoológico de mi ciudad deje de existir, para que mi ciudad sea un lugar mejor que el que yo encontré cuando nací. Y tres, que el bosque que estoy creando termine de afianzarse y se convierta en un referente, para que todos aquellos que quieran hacer algo por el planeta puedan tener un espejo en el que mirarse.
M.G.- Pues lo dejamos aquí, Alejandro. Te agradezco muchísimo esta conversación. Suerte en todos tus proyectos y mucho ánimo.
A.P.- Gracias.
Sinopsis: Un relato vivo, emocionante, valiente y esperanzador frente el mayor de los males: el abuso a un niño.
Este es el libro más luminoso, impactante y real que alguien puede escribir. Tras una niñez marcada por los abusos sexuales, años de eterno acoso escolar y una hipersensibilidad que en no pocas ocasiones lo llevó al borde del suicidio, Alejandro Palomas hila en estas páginas un relato sereno y electrizante con el que sobrevuela sin filtro los recuerdos de infancia, la relación sin igual con su madre, la sombra de un padre finalmente desaparecido y el poder de la imaginación y de la escritura como la última tabla de salvación. Este es el testimonio más sincero de un hombre que apostó por vivir y que lo consiguió gracias a su pasión por inventar y compartir mundos, siempre desde la ternura y el humor, y que ahora transforma su vida en la mayor de las historias.
La literatura le permitió crear universos imaginarios mejores que la vida que le rodeaba y con los años estas ficciones le han ayudado a encontrar las palabras para mostrar toda la verdad.