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viernes, 30 de diciembre de 2022

Presentación "LAS DUQUELAS" de Manuel Aparicio Villalba

Editorial: Ediciones Alfar
Fecha publicación: septiembre, 2022
Precio: 20,62 €
Género: narrativa
Nº Páginas: 546
Encuadernación: Tapa blanda con solapas
ISBN: 978-84-7898-956-0
[Disponible en ePub]


Autor

Sabemos de Manuel Aparicio Villalba que se asomó prematuramente al mundo una madrugada de 1964. También conocemos que las monjas lo bautizaron antes de

la amanecida, porque un apresurado médico aventuró que el crío no sobreviviría. Su madre narraría de por vida que justo después de echarle el agua, su hijo renació. Quizás aquella experiencia fuera su primer contacto con el realismo mágico.

Se enorgullece de haber cursado la EGB en uno de esos pequeños colegios de barriada obrera, con solo cuatro maestros y aulas compartidas para los primeros cursos. Después vendría un bachillerato por la rama de letras -su pasión- en un instituto público y un COU con clases nocturnas en otro distinto para poder trabajar. Para entonces, había memorizado tanta poesía que jamás necesitó volver a releerla.

Entre turno y turno de trabajo, comprendió que las letras aprendidas no le solucionarían el porvenir. En la universidad cambió la creatividad de la métrica por la mecánica de las integrales dobles y la omnipresencia del arte por la fugacidad

de los balances de situación. La mediocridad tiene su precio. Aun así, fue por aquellos años cuando descubrió la precisión de la prosa.

Hemos oído hablar de su inmensa biblioteca de legajos antiguos y confiesa que desde que comenzó a escribir su primera novela, únicamente lee el diccionario de la RAE con la finalidad de no contaminarse con otras lecturas. Cuando adquieras este libro, estará a punto de llegar a la letra V.

Casualidades de la vida; en ese hospital donde su madre dio a luz, trabaja desde que estudiaba COU. Primero como subalterno, después como directivo, hoy como gestor. Vaticina que seguramente muera allí. «Le debo un éxitus letalis a la estadística del centro», ha referido en el tardeo de las copas.

Sinopsis

Sevilla, verano de 1898. En nuestro puerto sin mar, vagan los perros sedientos a cincuenta grados a la sombra, y los pájaros de tierra se estrellan contra los escaparates de los comercios buscando el refugio del interior.

El 6 julio, el capitán Antoine Morandé arriba en el muelle Camaronero. Trae el encargo de llevar a Francia un piano de gran cola de la firma Piazza que perteneció a la reina María de las Mercedes. Aquello que debía de ser un mero trámite se complica al comprobar que sus ochenta y cuatro teclas suenan a duelo.

A partir de ese momento, nace la leyenda del piano melancólico de los Montpensier y con ella, un relato épico en el que Antoine Morandé, hombre incierto con tres verdades ciertas; una afinadora de piel tibia y manos prodigiosas llamada Artemisa; una contrabandista de ajuares para novias apodada la Tres Ombligos y un oficial de carabineros que cree que Dios dormita bajo el horizonte del Atlántico, tratarán de salvar a María de las Misiones, huérfana bantú de siete años a quien el arzobispo castrense se trajo de ultramar vestida de novicia.

Mezclando la rigurosidad de la crónica histórica con la seducción del realismo mágico, Las duquelas —en caló: los pesares— continúa la saga de los Tiempos del Porvenir iniciada por el autor con El retratista de los niños muertos, transportándonos a una fecha anterior en la que una jovencísima Davinia acaba de finalizar sus estudios y únicamente sale de su mansión de la avenida de las Bombillas para limpiar la tumba de su madre.

[Información tomada directamente del ejemplar]

La Feria del Libro de Sevilla tuvo lugar este año entre los días 27 de octubre y 6 de noviembre. He comentado ya por aquí que su celebración me cogió con el Covid a cuestas, así que estuve confinada todos los días que estuve dando positivo. Qué remedio. Sin embargo, había una cita que corría peligro. Con meses de antelación me había comprometido a colaborar en la presentación de un libro. Las duquelas de Manuel Aparicio Villalba, editada por Ediciones Alfar, se presentaba el último día de feria, y para entonces yo tenía que estar libre de todo virus. Por suerte, así fue.



El 6 de noviembre amaneció con un sol espléndido y una temperatura muy agradable, lo que animó a los lectores a pasear por la feria. Como digo, era el último día y había que aprovechar. A las doce de la mañana, hora en la que se iniciaba la presentación, la carpa estaba literalmente a rebosar. No era la primera vez que acompañaba a Manuel Villalba Aparicio en la presentación de una novela suya. Ya lo hice en 2019, cuando se presentó su primer trabajo literario, El retratista de los niños muertos, editada por la misma editorial. Por entonces, yo no conocía a Manuel absolutamente de nada. No sabía a qué se dedicaba, desde cuándo escribía, si había publicado con anterioridad, pero cuando leí aquella novela me llevé una enorme sorpresa. Los que leemos asiduamente sabemos que en muy pocas ocasiones se tiene la sensación de estar ante una novela espectacular, y eso era y es precisamente El retratista de los niños muertos. Puedes leer mi entrevista con el autor aquí.

Hoy, Manuel lo ha vuelto a hacer. Las duquelas es una novela tan brutal que no deja indiferente a nadie. Así lo señaló Luis Oliva, el editor, que inició el acto comentando la gran impresión que le había producido conocer la literatura de Manuel Aparicio. «Tiene algo especial que embruja a los lectores», apuntó. Las duquelas no es una segunda parte de la novela anterior, aunque sí tiene algunos puntos en común. En realidad, esta novela sería anterior a El retratista de los niños muertos, y ambas comparten su magia. Oliva calificó al autor como un auténtico crack de la literatura y cree que merece ser reconocido a nivel nacional.

Si os soy sincera, hablar de este libro me resulta complicadísimo porque es una novela de narración tan compleja, que corro el riesgo de quedarme corta o de contar demasiado. Manuel no considera que Las duquelas sea una precuela de la novela previa, aunque es una historia cuya narración tiene lugar en los años previos a aquellos en los que se sitúa la anterior, y en la que aparecen personajes comunes como Davinia, Che, doña Paquita, Antoine Morandé, o Gonzalo Salazar Expósito.

«No me gustaría hablar de precuela. Las duquelas se engloba en una saga que he llamado Los tiempos del porvenir. Dos semanas antes de que se enviara a imprenta El retratista de los niños muertos, le dije a mi editor que añadiera ese subtítulo porque mi intención era hacer una saga. Con esta me he quedado corto. 

Esta saga es como un gran corral de vecinos, por el que se mueven los personajes de los que yo hablo. Uno de ellos es Antoine Morandé, un personaje que fallece en El retratista pero del que me apetecía contar más»

Si El retratista de los niños muertos abarca desde 1905 a 1929, con una pequeña incursión en 1898, Las duquelas se centra precisamente en ese año, en 1898, concretamente entre los días 15 de febrero y 20 de agosto, aunque hay un capítulo introductorio que tiene lugar en 1961 y luego uno intermedio que transcurre en 1910. ¿Qué ocurre en esos meses? No sé ni por dónde empezar. Permitidme que me apoye en la sinopsis para contaros algunos detalles de la novela.

«El año 1898 fue un año donde ocurrieron muchas cosas. De entrada, fue el año en el que más calor hizo. Fue el año en el que Sevilla se quedó sin flores porque todos los puteros las llevaban a la casa de prostitutas, para entregárselas a Che. Fue año de la explosión del acorazado Maine».

El piano y Artemisa.

Por un lado, tenemos un piano que perteneció a la reina María de las Mercedes, reclamado por María Isabel de Orleans y Borbón. Del traslado del piano, ubicado en el Palacio de los Montpensier (Sevilla), hasta el lugar en el que reside María Isabel se encargará un francés, Antoine Morandé, un gabacho aficionado a la fotografía y al flamenco. Él llegará a Sevilla con el propósito de hacerse cargo del piano y llevarlo a destino, pero el instrumento presenta alguna deficiencia.

El piano no funciona bien. Dicen que llora desde que las manos de carita de cielo, como se conoce a María de las Mercedes en la novela, dejó de tocarlo. Y para arreglarlo, le encargan su afinación a Artemisa, empleada de la firma de pianos Piazza, situada en aquellos años en la Plaza de San Fernando, número 5. Artemisa se pasará buena parte de la novela en el Costurero de la Reina, un edificio singular de Sevilla, ubicado cerca del Parque de María Luisa, donde tratará de arreglarlo.

A todo esto, Artemisa no es su verdadero nombre. El pasado de esta mujer también será un punto fuerte de la novela, pero no os desvelo más.

La Tres Ombligos

Ella será otro personaje importantísimo en la narración. Se trata de una contrabandista a la que conoceremos en dos enclaves distintos dentro de la línea temporal. Por un lado, en Cuba. Por otro, en Sevilla. Vive en un corral, en lo que se conoce en esta ciudad como la cava de los gitanos, y digamos que se encarga de los bajos fondos.

María de las Misiones

Se trata de una niña huérfana, de origen bantú, y de siete años de edad. Alrededor de este personaje girará buena parte de la trama de la novela. La pobre criatura no ha tenido una vida fácil y la desgracia no deja de perseguirla. Digamos que un arzobispo con muy malas intenciones anda detrás de ella y buena parte de los personajes se afanarán por salvarla y ponerla a buen recaudo.

Las duquelas es una novela muy coral, en la que entran y salen muchos personajes, algunos reales y otros ficticios. De todos ellos, brillan con luz propia tres mujeres muy potentes: Artemisa, la Tres Ombligos y Davinia, a la que ya conocimos en El retratista de los niños muertos.

«El personaje más potente del libro es María de las Misiones. Lo que pasa es que es tan pequeña que nos olvidamos de ella. Es el pivote central de la novela. 

No sé retratar mujeres que no sean fuertes, poderosas y empoderadas. Siempre he estado rodeado de mujeres así. Siempre. Desde chico, mi hermana me ha enseñado cómo se debe empoderar uno y, junto a ella, he jugado con muchas niñas de pequeño. Y quienes más me han enseñado en mi trabajo han sido las mujeres con las que he trabajado. Y hoy estoy aprendiendo de Susi, la que maneja todo el centro Duque del Infantado. Es decir, las grandes mujeres me han rodeado siempre, con lo cual solo he tenido que coger partes de ellas para mis personajes. Y siempre me he enamorado de grandes mujeres, de las que yo tenía que estar detrás de ellas, y no al contrario»

Pero todo esto es solo la punta del iceberg porque realmente Las duquelas llega mucho más lejos. La ficción se mezcla con la realidad y así, Manuel nos habla de:

- la explosión del acorazado USS Maine en La Habana, en febrero de 1898, y que dio lugar a la guerra de Cuba.

- la boda de Alfonso XII y María de las Mercedes, cómo se conocieron, cómo se comprometieron o qué inconvenientes familiares se encontraron para contraer matrimonio

- la Feria de Abril de Sevilla, cuando se celebraba en el Prado de San Sebastián, y que se inició primeramente como mercado agrícola y ganadero, convirtiéndose posteriormente en lo que conocemos hoy, gracias a un quiebro en el que tuvo mucho que ver la mano de los Montpensier

- el motín que hubo en la fábrica de tabacos, a manos de las cigarreras

Escenarios

Y aunque la acción se desarrolla principalmente en Sevilla, Manuel Aparicio también hace viajar al lector. De su mano, y es así como se inicia el relato, pasearemos por las calles de La Habana, donde la Tres Ombligos regenta un garito de pelea de perros. Por otro lado, en un momento dado, también seremos testigo de alguna reunión que se celebra en el despacho oval. Y como colofón, viajaremos a Holanda, donde uno de los personajes pasará una temporada con sus abuelos.

Por mucho que uno sepa de Sevilla, por muchos años que uno haya vivido en esta ciudad, las novelas de Manuel siempre nos descubren parte de una ciudad que, hasta el momento de la lectura, desconocíamos por completo. Con El retratista de los niños muertos descubrí un asentamiento chabolista -Villalatas-, del que jamás había oído, y eso que su ubicación estuvo situada en el barrio en el que, avanzando el tiempo, yo viví hasta los ocho años. Y lo mismo ocurre con Las duquelas, novela en la que he visto una Sevilla llena de curiosidades, donde he paseado por unas calles con establecimientos tan peculiares como el café cantante El burrero. Un descubrimiento tras otro, me obligaba a detener la lectura para buscar en Internet qué era verdad y qué ficción de toda esa ciudad que se desplegaba ante mis ojos, página a página.

«Todo lo que cuento sobre Sevilla es verdad. La única duda que tengo es la burguesía montaba en globo en el Prado de San Sebastián, como digo en la novela. El resto, todo es verdad. Retrato la Sevilla con los nombres que se usaban a finales del siglo XIX. Por ejemplo, la Plaza del Duque se llamaba entonces la Plaza del Pacífico. He estudiado la ciudad del momento de manera minuciosa, sin dejar nada al azar. Eso ha sido una labor complicada, leyendo muchas tesis doctorales y buscando información. Todo lo relativo a la navegación sobre el río me costó la misma vida porque los cauces fueron cambiando con el tiempo. En esta labor es en la que he perdido la mayor parte del tiempo. Más que en escribir la novela»

Todo lo que ocurre en Las duquelas está perfectamente hilvanado. Se trata de una narración donde no se da puntada sin hilo, donde cada hecho y cada personaje tiene un porqué. Nada se deja al azar.

Las duquelas es una novela para leer con los cinco sentidos, o con seis si los tuviéramos, porque la narración es muy visual, muy sensitiva. Vamos a poder ver las calles de La Habana sin necesidad de viajar a Cuba. Tampoco será necesario haber nacido a finales del siglo XIX para ver con nuestros propios ojos cómo eran las calles de Sevilla, cómo se vestían nuestros antepasados, cómo se relacionaban las personas, o qué establecimientos podíamos encontrar en tal o cual plaza. 

También vamos a poder tocar los tejidos de las vestimentas de los personajes, los miriñaques, las mangas de pernil, los trajes de cheviot. O vamos a poder oler las flores que los puteros llevaron a Che, en vez de ver a las gitanas luciéndolas en su pelo para acudir a la feria. Podremos paladear el sabor del coco, del boniato, del melón o del membrillo. Y, por supuesto, también podremos oír música. La que sonaba en las calles de la ciudad o las que tocaba Artemisa al teclado, en su afán por recomponer el piano de los Montpensier, y que compone en la soledad del Costurero de la Reina.

Cuando presentamos El retratista de los niños muertos, Manuel nos explicó que él no tiene trazado de antemano un esquema en el que se recoja la narración con detalla, sino que, partiendo de una idea, se deja llevar.

«Es lo que me está pasando con la tercera. No sé de qué a va a tratar. Con El retratista tenía un pivote inicial y final. En esta, el punto de partida era Antoine Morandé llegando a Sevilla y quería desarrollar una historia personal en relación a María de las Misiones. Pero no tenía nada para el final. 

Escribo los capítulos y voy desarrollando los hechos conforme puedo. La escritura, al primero que debe sorprender es al propio escritor. Como yo no me vaya sorprendiendo día a día tiro el libro y no sigo escribiendo. Y para sorprenderse uno no puede tener un guion. Es más, tuve que cambiar todo el final porque Juana, la correctora, me dijo que ese final no era el correcto. Cambiar el final implica modificar toda la novela. Pero fue necesario para conseguir un desenlace que nadie se pudiera esperar»

El título

Y no fue lo único que tuvo que cambiar. En realidad, la novela se iba a llamar de otro modo.

«La palabra "duquelas" se refiere a las angustias, a los pesares y se escribe como minúscula, aunque en la novela hay una familia a la que se la conoce como las Duquelas. Es la palabra más bonita que tiene el castellano, y procede del vocabulario gitano».

Pero este fue un título de última hora porque durante la mayor parte del proceso de escritura, esta novela se llamaba el Costurero de la reina. Sin embargo, este título podía inducir a error, y se podría pensar que era una guía de Sevilla. Barajó también titularla como El adagio Montpensier, pero al final se decantó por Las duquelas.

¿Y quién es realmente Manuel Aparicio Villalba, capaz de escribir una obra de este calibre? 

Mi compañero en la presentación, Francisco Javier Torrubia, amigo del autor, fue el encargado de dar algunas pinceladas sobre la trayectoria profesional de Manuel Aparicio Villalba, en el sector sanitario. Del autor destacó que es un hombre resolutivo, hecho a sí mismo, que sabe contar las cosas. Voluntarioso y trabajador incansable, compaginó los estudios universitarios con el trabajo. «Comenzó en el Hospital Virgen del Rocío, desde el puesto base, y cuando lo conocí ya era subdirector del centro hospitalario», señaló Francisco Javier.

De nobleza extraordinaria, Torrubia considera que Manuel es un amigo leal y generoso, que se implica en su trabajo por encima del cien por cien. Después de muchos años, la carga de trabajo se aligeró, y Aparicio Villalba se centró en la escritura. «Un día se me presentó en la consulta y me soltó un tocho de papeles», recordó Francisco Javier y le pidió que lo leyera. Confesó que no  sabe muy bien cómo describir la forma de escribir de Manuel. Apuntó que usa un lenguaje exquisito, cuidadoso con una llamativa forma de exponer y describir situaciones y escenas. «Las duquelas te transporta a otra época de Sevilla como igual ocurrió con El retratista, que yo desconocía. Él lo sabe todo de la Sevilla de aquellos años».

Torrubia contó varias anécdotas y mencionó que la forma de escribir de Manuel le recuerda mucho a Gabriel García Márquez. Al preguntarte por su interés literario, Manuel respondió:

«Le debo mucho a la pequeña biblioteca que tenía mi hermana en casa. Cuando yo era muy chico me pasaba horas y horas leyendo. Antologías literarias, cómics e incluso poesía. Era un poquito repelente. Después descubrí a Herman Hesse, libros que le regalaban a mi hermana como Demian, El lobo estepario, Siddhartha,  y luego los leía yo. Llegó un momento en el que empecé a leer a Gabriel García Márquez. Cien años de soledad la leí en la mili, haciendo guardias. Me resultó apabullante. De García Márquez lo leí todo y él me fue llevando a otros autores como Juan Rulfo, o William Faulkner,... A todos los escritores del realismo mágico».

Las duquelas es una labor de ingeniería, un arduo trabajo narrativo que atrapará al lector en el interior de una historia llena de conexiones, con unos personajes potentes, psicológicamente muy bien perfilados, donde la realidad se mezcla con la ficción, gracias a esas ensoñaciones que nos permite el realismo mágico. No os la perdáis.

La presentación finalizó con una actuación musical, a cargo de Bethany  Neumann.

[Fuente: Imagen de la cubierta tomada de la web de la editorial]

Puedes adquirirlo aquí:


viernes, 28 de junio de 2019

MANUEL APARICIO VILLALBA: 'No he querido escribir un best-seller sino una buena obra literaria'.

Por este espacio han pasado algunas novelas de las que he hablado con exacerbado entusiasmo. No suele ser habitual. Por regla general, voy recomendando títulos que me han gustado en mayor o menor medida pero muy rara vez pongo el grito en el cielo. Sin embargo, hoy voy a gritar bien alto porque El retratista de los niños muertos, esta novela con este título tan sugerente, bien merece la pena. Tuve la oportunidad de acompañar al autor, Manuel Aparicio Villalba, en la presentación, junto al periodista de ABC, Andrés González-Barba. Ambos coincidimos en que la novela es maravillosa. 

Y permitidme que rescate las palabras que Felipe Benítez Reyes usó en la entrevista que publiqué ayer. El autor gaditano dijo: Hay autores menores que tienen una marca distintiva absolutamente exclusiva y que convierten lo que hacen en algo muy interesante. No puedo más que encuadrar a Manuel Aparicio Villalba en esa definición. La lectura de su novela, la primera que escribe y la primera que publica, me ha conducido a una historia absolutamente contundente y sólida, con unos personajes potentes e inolvidables, humildes pero valientes, a los que le tocó vivir en una época complicada pero de la que muchos salieron fortalecidos y una estructura medida al milímetro. Cuando llegué a la última página ya me encontraba en estado de shock. No podía dar crédito a lo que había leído. 

Para poneros en antecedentes, os diré que El retratista de los niños muertos narra la historia de un asentamiento sevillano conocido como Villalatas, del que desconocía su existencia y eso que viví de pequeña sobre aquellos terrenos. Allí fueron a parar las personas más humildes de la ciudad,  entre otras la propia abuela del autor, aunque lo que se cuenta en esta historia bien podría haber sucedido en cualquier otro punto del mundo porque Sevilla solo se nombra una vez y queda muy desdibujada. Mezclando acontecimientos históricos con otros extraídos de su propio magín, Manuel Aparicio ha construido personajes tan creíbles que hasta he buscado dónde está enterrado Gonzalo Salazar Expósito, uno de los personajes protagonistas de la novela. A ese nivel de credibilidad llega la historia. 

No quiero resultar cansina ni insistir demasiado por evitar un efecto rebote. Solo os diré que El retratista de los niños muertos es una grandísima novela, una historia que entra en vena de forma directa y con unos personajes tan poderosos a los que creerás con fe ciega. Os dejo con la entrevista al autor.


Marisa G.- Manuel, esta es tu primera novela, y menuda novela has escrito, amigo. Cuando empezaste a escribirla, ¿eras consciente del calibre de la historia que tenías entre manos?

Manuel A.- Es la primera novela que escribo, sí, pero llevo muchos años siendo creativo, poniendo en marcha proyectos en mi trabajo que requerían informes y escritos. En el mundo hospitalario he dado muchas conferencias, y por algunas de esas ponencias he recibido algún que otro premio, alguna distinción por la manera de comunicar, exponer o presentar un proyecto. Y llegó un momento en el que sentí muchas ganas de escribir una historia, justo cuando decidí cambiar de cargo en el área hospitalaria para tener más tiempo libre. Ese tiempo lo invertí en ser creativo para mí. 

M.G.- ¿Pero cómo surge la historia?

M.A.- Yo tenía claro el escenario. Tenía que ser en Villalatas donde se desarrollara la historia que quería escribir, un lugar del que tenía recuerdos aunque no hubiera vivido allí nunca. Mis padres y mis abuelos me contaban cosas de Villalatas, tanto que me podía imaginar las escenas que ellos me narraban e incluso había noches que yo soñaba con ese lugar. 

Por otro lado, también tenía el primer recuerdo de mi madre cuando era muy pequeña. Me contó que vio volar el Graf Zeppelin, o el 'Chipilín' como ella lo llamaba, por el cielo de Sevilla. Ese recuerdo, el de una niña que vivía en Villalatas, con las penurias que pasó, huérfana de padre y madre desde muy pronto, que tuvo que pasar su niñez y adolescencia con su abuela, a esa niña la imagino viendo el dirigible surcando el cielo de Sevilla por aquellos campos  y pienso que tuvo que ser grandioso para ella. Tanto es así que yo me obsesioné por buscar fotos del zepelín por Sevilla. 

Además, siempre me ha gustado la Historia del siglo XX y he leído mucho sobre los acontecimientos del mundo pero con los años uno se va volviendo más localista y a mí me ocurrió eso a los 40 años. Fue entonces cuando empecé a añorar cosas de mi niñez. Me puse a buscar cosas de Sevilla, historias de mi barrio, el Cerro del Águila, y me iba a los mercadillos del Charco de la Pava y de la Alameda, buscando libros antiguos, fotos, postales,... Todo eso creó un mundo en mi cabeza que tenía que narrar de alguna manera.

M.G.- Pero la novela comienza con un acontecimiento histórico ocurrido fuera de Sevilla, con la matanza del Barranco del Lobo aunque es solo una puerta de entrada porque la novela no va de ese hecho. ¿Por qué elegir ese arranque?

M.A.- Por empezar de algún modo y porque quería contextualizar la historia en el tiempo. Si lo elegí fue, en primer lugar porque no quería un hecho histórico muy conocido, y en segundo lugar por todos los despropósitos que se produjeron. De todos modos, la novela, como bien sabes, no trata de ese desastre. Aquel hecho solamente me sirvió para posicionar a algún personaje, pero luego no tenía ni idea de cómo continuaría la historia. Ojalá yo fuera un escritor que pudiera tener todo el relato en la cabeza pero no es así. En cualquier caso, creo que es bueno no tener ese relato interiorizado porque no te encasillas. Me costaba trabajo saber lo que iba a escribir dentro de dos días, incluso había momentos en los que me quedaba en blanco una semana porque no me gustaba cómo iba avanzando.

M.G.- Cuéntame qué era Villalatas.

M.A.- Villalatas surge en 1923. Anteriormente era uno de los treinta y tantos suburbios que había en Sevilla. A finales del siglo XIX, y principios del siglo XX,  la situación sanitaria en la ciudad era demoledora. Ya lo menciona el doctor Hauser en un informe en el que pone en evidencia la infra-vivienda, la falta de alcantarillado y red de abastecimiento,... Sevilla vivía intramuros y los únicos barrios que había por fuera era la Macarena, la Calzada y Triana. Con motivo de la Exposición Iberoamericana de 1929 muchos obreros del campo se desplazan a la ciudad para trabajar en las muchas obras que se están produciendo con motivo de la exposición. Cuando llegan aquí se encuentran que no había viviendas para ellos. Por otra parte, todo el círculo de suburbios que rodea Sevilla y que formaban el gran cinturón de la miseria se desaloja porque Primo de Rivera ordena que hay que hacerlo desaparecer para que los extranjeros que vengan a la exposición no vean todo eso. Así que se sacó a toda la gente de sus chabolas y los llevaron a Villalatas, una zona que comprende desde lo que hoy vemos frente al centro comercial Los Arcos, llegaría por un lado al Polígono La Negrilla y por otro al Parque Amate.

M.G.- ¿Cuánta gente vivía allí?

M.A.- Unos 35000 habitantes. Era el suburbio más grande que había en Europa.

M.G.- Y no tenía calles como las que conocemos hoy. En la novela se habla de transversales.

M.A.- Sí, transversal 1, transversal 2,... La gente que vivía allí las denominaba así. Luego estaban las perpendiculares. Era una gran cuadrícula. De hecho, el barrio de El Cerro también está construido así.

M.G.- ¿Y hasta cuándo duró aquel asentamiento?

M.A.- Se fue eliminando paulatinamente. Se supone que lo más grande desapareció después de la guerra civil pero siguió existiendo un núcleo chabolista hasta que en los años 50 se empieza edificar los tres barrios que se levantan en la zona. Muchos de los vecinos de ese asentamiento se quedaron a vivir allí y ocuparon una de aquellas viviendas.

M.G.- ¿Y Sevilla por qué aparece tan camuflada en la novela?

M.A.- Porque no quería un libro de Sevilla.

M.G.- Pero vas dando pistas.

M.A.- Sí, pero quería huir del tópico de Sevilla, que se mira demasiado el ombligo. Quería una novela universal porque para mí Villalatas era como Macondo o Comala, un lugar que se puede transportar a cualquier sitio. De todos modos, el sevillano sí se va a dar cuenta que la ciudad está ahí pero el que lo lea de fuera, lo mismo le va a dar que la historia ocurra en Sevilla que en otro lado.



M.G.- Hablemos de los personajes, uno de los principales es Gonzalo Salazar Expósito. Un chico que crece en Villalatas y se hace adulto en ese asentamiento. Me gustaría que definieras un poco este personaje.

M.A.- Gonzalo tiene poco carácter, poca fuerza, no tiene armas para luchar contra la vida y las pocas que tiene se las arrancan. Tuvo una infancia y juventud muy desgarradora y nunca supo sobreponerse. Tenía que acabar como acaba, no podía ser de otra manera, porque era su sino. Y no desvelo más nada.

M.G.- Pero es un personaje que te sirve de puente hacia los personajes que tú realmente quieres destacar, que son Che y Davinia, ¿no?

M.A.- Gonzalo es el pivote de las dos. A través de él, Che y Davinia se conocen, a través de él gira la historia de las dos y a través de él, gira el sufrimiento de las dos. Porque además Gonzalo tiene la capacidad de hacer desgraciado a todo aquel que lo rodea.

M.G.- En cuanto a Che, creo que es una mujer que se forja a sí misma a través de todas las penalidades que le toca vivir, y Davinia tiene buen fondo, es lógica y justiciera.

M.A.- Pero Davinia impone justicia porque ella tiene el mundo a su favor. En realidad, yo quería dos mujeres que se complementasen. Son las dos caras de una misma moneda aunque hay diferencias entre ellas porque Che tiene que buscarse a sí misma y buscar los tiempos del porvenir, lo hará duramente lo que le dejará un rasgo de mártir para toda la vida. Por su lado, Davinia no pretende ser mártir de nada pero ella no soporta la injusticia. Mientras Davinia mira los ojos del mundo, Che mira los ojos de su familia, de su hijo concretamente. Davinia no cree en Dios porque no cree en nada que inventen los hombres y Che no cree en Dios pero cree en todos sus santos. Ambas son mujeres fuertes, que pueden aleccionarnos a todos, tienen un carácter de supervivencia en una época de finales del siglo XIX y principios del siglo XX en el que todo era complicado. 

M.G.- Pero hay más mujeres en la novela, como doña Paquita, la dueña del burdel, o la Valenciana,... féminas que también tienen su peso en la novela.

M.A.- Si, y no olvidemos a Cristina Salazar, la madre de Gonzalo, que para mí es una joya de personaje. Es la que soporta todo el realismo mágico que tiene la novela, con su capacidad de interpretar tanto el pasado como el futuro, estando toda la vida viviendo en un prostíbulo.

Y luego está Josefa, el personaje femenino más real de la novela porque Josefa es mi abuela. Ella es una auténtica mujer de Villalatas, con esa fuerza que la caracteriza.

M.G.- Porque Manuel, el narrador de la historia hipotéticamente eres tú y eres el que cuenta la historia de Josefa, de tu abuela, y que te sirve para contar la historia de Villalatas.

M.A.- Se supone que el narrador en primera persona soy yo, aunque no sea yo. Y sí cuento la historia de mi abuela. Además la cuento como lo hacen las personas mayores, con saltos en el tiempo y no de manera lineal. Aparte de que me gusta balancear la novela, también quería reflejar esa manera que tienen las abuelas de contar la cosas, sin orden o sin darle importancia a ciertas cosas. 

M.G.- En relación a esos saltos en el tiempo, el lector tiene que poner de su parte para seguir el hilo de la trama. La novela es un puzle que nosotros tenemos que recomponer en nuestra cabeza. Pero en tu caso, ¿cómo lo has hecho? No se si construyes la historia de forma lineal y luego la rompes...

M.A.- No. La he escrito, como se suele decir en mi pueblo, a salto de mata.

M.G.- Eso implica un esfuerzo tremendo.

M.A.- Sí e implica también tener la novela en la cabeza las veinticuatro horas del día. Tenía que tenerlo todo muy claro, saber que si ponía algo en un página,  luego tenía que retroceder otras tantas hacia atrás, para modificar lo anterior o incluir alguna frase que diera sentido al conjunto. Pero esa es la gran potencia que debe tener un escritor. No he querido escribir un best-seller sino una buena obra literaria y para ello tenía que utilizar los recursos más complicados. Quería algo que fuera potente y fuerte, con un esquema complejo. 

M.G.- Me has contado que siempre te gustó mucho la Historia contemporánea, que has leído mucho, que has buscado fotos y postales, pero teniendo en cuenta que Gonzalo es fotógrafo, también habrás tenido que informarte sobre las técnicas fotográficas de la época.

M.A.- He tenido que buscar mucha información. Las únicas fotografías que he hecho han sido con el móvil porque creo que nunca he tenido una cámara de fotos. No me han llamado nunca la atención ni tampoco me gusta mucho mirar fotos. La novela tiene un importante trabajo de documentación, no solo en este asunto de las fotografías sino también en lo relativo al Barranco del Lobo o en lo referente a la sociedad de la época porque he querido hacer un retrato fiel. Por otra parte, también he tenido que buscar información sobre la ropa, automóviles o diligencias. Me ha ayudado mucho la colección de fotografías que tengo. Me ponía a mirar las fotos y a imaginarme escenarios a través de las fotografías. Creo que la novela es muy visual precisamente por esto mismo.

M.G.- La novela, como hemos comentado, recoge acontecimientos históricos como lo ocurrido en el Barranco del Lobo, las revueltas que hubo en la ciudad, o el vuelo del zepelín pero también hay otros, hipotéticamente históricos, que son fruto de tu imaginación. Sé que no soy la única que ha buscado información sobre una supuesta exposición de fotos o una subasta en Christie's.

M.A.- Si un lector no se cree lo que estoy contando en la novela, en algo estoy fallando. La mejor ficción es aquella que te la crees como auténtica. 

M.G.- ¡Pero si es que yo he intentado averiguar dónde está enterrado Gonzalo! Hasta ese extremo me he creído todo lo que me has contado.

M.A.- (Risas) Cuando se la di a leer a algunos amigos bastante lectores también les pasó igual. Estuvieron buscando la subasta y algunas cosas más.

M.G.- Me lo creo. Yo paraba la lectura y me ponía a indagar en Internet. No había manera de encontrar información sobre algunos hechos y es que eran inventados. Pero hablando de otra cosa, en la novela, al margen del drama, el dolor, el sufrimiento,... también tiene algún punto de humor que rompe y libera tensiones.

M.A.- Para ello eché mano de los gitanos con los que he querido ser muy delicados. Algún día escribiré sobre cómo los gitanos fueron expulsados de la Cava de los Gitanos. Esa es otra historia negra de nuestra ciudad. Ellos están muy presentes en la novela pero mejor no desvelar nada. De todos modos, esos puntos de humor demuestran que esta historia, a pesar del drama, también puede levantar alguna sonrisa.

M.G.- Manuel, juegas mucho con el lenguaje. Me llamó mucho la atención una arenga militar construida de tal manera que, al leerla, le vamos dando el ritmo apropiado.

M.A.- No hay ninguna coma, efectivamente. Así hablaban los militares. Está hecho con todo el propósito. Me resultó muy complicado y tuve que cambiarla muchas veces pero quería que el lector sintiera que verdaderamente le estaba hablando un militar.

M.G.- También hay otra escena que se describe usando la jerga cofrade. Es una novela muy pensada, muy medida, muy meditada.

M.A.- No hay nada al azar. Tengo treinta y cinco borradores, imagínate la de correcciones que he hecho. El primer manuscrito tenía sesenta y cuatro mil palabras y ahora tiene cerca de cien mil. Ese primer borrador tenía solo cuatro capítulos pero, cuando la mandé a la agencia literaria Exit para valorarla, me dijeron que era mejor cortar los capítulos porque el lector necesitaba sus pausas para leer. Así lo hice, y creo que la novela ha ganado en estructura pero también creo que ha perdido fuerza.

M.G.- ¿Podemos pensar que habrá una segunda parte?

M.A.- El subtítulo lo dice 'En los tiempos del porvenir'. Hay algunos personajes muy potentes que pueden ser protagonistas de otras historias.

M.G.- Y en ello estás.

M.A.- En ello estoy pero de eso no te cuento nada mientras estés grabando (Risas)

M.G.- (Risas) Conforme. Y como última pregunta, has mencionado antes el realismo mágico. Entiendo que tú reconoces a tus influencias literarias en esta novela.

M.A.- Toda la influencia. Soy un enamorado de Gabriel García Márquez, del que me he leído todo del derecho y del revés. Me gusta mucho Juan Rulfo, William Faulkner,... todo lo que huela a realismo mágico me encanta. Por otra parte, también me gusta mucho toda la literatura latinoamericana. ¿Cómo es posible que escriban de ese modo?

M.G.- Manuel, pues muchas gracias por compartir este momento conmigo. Sinceramente te felicito porque la novela es maravillosa. Espero que tengas mucho éxito y que muchos lectores se acerquen a conocer a todos estos personajes que has creado.

M.A.- Me alegro que te haya gustado. Muchas gracias a ti.

El retratista de los niños muertos obtuvo una nota de 10 puntos en el informe que Santi Baró, de la Agencia Literaria Exit, emitió tras la lectura. Yo no soy crítica literaria pero sé reconocer cuando una obra es buena y está bien escrita y en ese sentido, no puedo estar más de acuerdo con la puntuación otorgada por Baró. No te la pierdas.




Ficha novela

Editorial: Ediciones Alfar.
Encuadernación: Tapa blanda con solapas.
Nº Páginas: 360
Publicación: Mayo, 2019
Precio: 18,00 €
ISBN: 978-84-7898-820-4
Disponible en e-Book
Ficha completa aquí.






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