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viernes, 8 de abril de 2016

LOS AMORES PERDIDOS de Miguel de León.



Editorial: Plaza Y Janés.
Fecha publicación: enero, 2016.
Nº Páginas: 608
Precio: 18,90 €
Género: Narrativa.
Edición: Tapa blanda con solapas.
ISBN: 97884401017278
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Autor


No puedo aportar como currículo más que la rebeldía de un niño que no quiso dejarse abatir por la adversidad. Nací a finales de 1986 en La Laguna, Tenerife, y me crié en el seno de una familia muy humilde en Valle de Guerra, una zona rural de la costa norte de la isla. Con once años empecé a trabajar para ayudar en casa con mis hermanos pequeños: repartí periódicos, colaboré en una procuraduría y fui aprendiz administrativo en unas oficinas mientras estudiaba con los adultos del turno de noche. Cuando tenía quince años, sin haber terminado del todo el último curso de bachillerato, tuve que desistir de la asistencia a las clases. Fui peón albañil, freganchín, pinche de cocina, camarero, ferrallista, operador de guillotina, fotomontador en una litografía y, por último, administrativo en una empresa importadora, hasta el ingreso en el servicio militar. A su término, ejercí de vigilante jurado y me hice programador informático estudiando por mi cuenta. Trabajé como ejecutivo comercial de una importante firma nacional hasta que en 1992 establecí una pequeña empresa, que ha sido mi sustento hasta hoy.




Durante ese largo camino, me acompañó aquel niño enfurruñado que quería escribir, resuelto a forcejear en cada decisión que yo tomaba si a él lo alejaba en su empeño. En la soledad de muchas tardes y en muchas madrugadas insomnes, dejé que me ganara algunas partidas. Pero llegó el día en que tuve la noticia de que Plaza & Janés publicaría mi primera novela, resultado de aquellas vigilias. Quedé tan aturdido que necesité refrescarme la cara. Al levantar la cabeza, encontré a ese niño en el espejo, sonriéndome con malicia. «¿Lo ves?», me dijo, no has hecho sino dar tumbos para llegar renqueando hasta aquí, donde yo te había dicho que estaba tu sitio. Me había ganado la batalla final. «No me lo reproches», le repliqué, «mientras daba esos tumbos te he ido llenando las alforjas de historias para contar». Aceptó la respuesta. Hemos vuelto a ser una sola persona. Tal vez nos alcance el tiempo para escribir otra bonita historia más.


Sinopsis


Los amores perdidos es la historia de los jóvenes Arturo Quíner y Alejandra Minéo, de su relación imposible y de lo que tuvieron que sacrificar por ella. Y de dos familias, los Quíner y los Bernal, enemigas eternas. Y es también la historia de un pueblo canario, El Terrero, de héroes anónimos y caciques ambiciosos, donde las pasiones son arrebatadas, los secretos se desvelan entre susurros y las venganzas se cobran con sangre. 



Los amores perdidos es el poderío de Dolores Bernal, la matriarca despótica que controla el pueblo con mano de hierro; la bondad de Alfonso Santos, el honorable y firme médico que conoce el punto débil de todos sus vecinos; el valor de Rita Cortés, la chica rebelde y excesiva, que huye a la Península para encontrar algo muy diferente a lo que esperaba; o la tenacidad de Ismael Quíner, el noble enamorado que lo ofrecerá todo por la supervivencia de su estirpe. 



Los amores perdidos es un épico y colosal tapiz tejido con estas y otras muchas historias, que afectarán a la pasión de Arturo y Alejandra a lo largo de los años y que les llevará del Terrero a Nueva York, del enamoramiento al desencanto, de la separación al reencuentro para finalmente enfrentarse a un destino incierto.


[Biografía y sinopsis tomadas directamente del ejemplar]


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Permitidme que empiece esta reseña con un texto que no es mío:

«Los amores perdidos es una novela que llegó a las manos de su editor de una manera muy peculiar que merece ser contada. Miguel de León ha sido un lector empedernido desde su infancia, a pesar de las dificultades de su vida. Cuenta que para entretenerse leía cualquier cosa que cayera en sus manos, que siente pasión por las historia y que lo único que le pide a un autor es que no le aburra.

Su pasión por la lectura le llevó a leer libros de segunda mano y en cualquier estado, hasta que llegó uno de Gabriel García Márquez por casualidad. Era un libro si cubiertas, del que no podía saber quién era el autor, pero que le dejó marcado para siempre. Años después, cayó en sus manos El coronel no tiene quien le escriba, y tuvo la certidumbre de que tenía origen en la misma mente genial que el ejemplar sin tapas que había llegado desde un lugar ignoto del mundo. Un año después leyó Cien años de soledad, novela que después ha leído más de treinta veces. Desde entonces, Miguel de León se convirtió en un perseguidor sin condiciones de todo cuanto llevara el nombre de Gabriel García Márquez hasta el punto de existir para él en la literatura dos hemisferios, uno habitado por todos los escritores y el otro, por Gabriel García Márquez. Después de muchos años pudo saber al fin el título de aquel libro que conserva sin sus tapas: La hojarasca. 

Miguel de León escribió entonces una novela. Después de buscar editorial y agente y no recibir ninguna respuesta buscó en internet la editorial de Gabriel García Márquez en España. Llamó a Penguin Random House y envió su libro sin agentes ni padrinos. Todas las personas que leyeron el manuscrito quedaron prendadas, hasta conquistar a toda la editorial. 


El final de la historia de Miguel de León es este libro, Los amores perdidos,...»


El texto que acabáis de leer forma parte de la carta de presentación con la que la novela Los amores perdidos llega a los medios de comunicación y a los blogueros. He querido empezar la reseña de este modo porque, sin duda, y tal como se menciona, es una historia que merece ser contada, que no debe quedar únicamente al alcance de unos cuantos, sino que ha de ser conocida por toda la comunidad lectora.

Quizá las palabras de la editorial os parezcan tan solo un artificio publicitario para hurgar en la parte más sensible de los lectores, en esa concepción romántica que tenemos sobre la literatura pero os diré, y creo que algunos de los que pasan por aquí lo pueden corroborar, que basta con leer Los amores perdidos para entender hasta qué punto pasión y literatura conviven en el corazón de Miguel de León. Si además de leer la novela, has tenido la oportunidad de conocer al autor, sentirás que las palabras de la editorial se quedan cortas.

Escribir esta reseña va a resultar muy fácil pero a la vez tremendamente complicado. Fácil porque Los amores perdidos posiblemente es una de las novelas que más me ha gustado de los últimos meses, con esa historia coral y familiar que me ha tenido con el alma en vilo durante unas semanas. Pero será a la vez muy difícil porque dudo mucho que pueda devolver con esta reseña todo lo bueno que la novela me ha dado.

¿Por dónde empezar? Haceros un resumen de la sinopsis no es tarea simple. Los amores perdidos no cuenta con un argumento sencillo en el que todos los personajes y todos los hechos emprenden un breve recorrido lineal de un punto a otro. He llegado a pensar que en este debut de Miguel de León podemos encontrar varias novelas en una. Cierto es que hay un núcleo, un corazón que palpita con ímpetu, un eje que mantiene toda esta fastuosa estructura que el autor ha construido con absoluta maestría, una historia de amor entre un hombre y una mujer, como no has leído otra, un amor puro, honesto, sincero entre Arturo Quíner y Alejandra Minéo.

Los amores perdidos se inicia con dolor, con una carta de ruptura que Arturo recibe desde Nueva York. Es curioso cómo una carta triste llena de líneas oscuras puede contener tanto amor y será así, con la resignación y la pena de un hombre que sabe renunciar por amor y con un acontecimiento que inmediatamente despertará nuestra curiosidad, como el lector se embarca en una preciosa historia que no olvidará jamás.

Juega Miguel de León a dibujar una elipsis en el tiempo, a colocar al lector en el presente con esa carta, punto de inflexión para los amantes, para luego hacernos retroceder a unos años en los que ni Arturo ni Alejandra habían todavía visto la luz. La historia de ambos, su unión, su alegría y su desdicha tendrá mucho que ver con sus ancestros y por eso el autor aprovechará el primer bloque de la novela para establecer los cimientos de lo que será la trama principal, la de Arturo y Alejandra, relación que llegará a su culmen en la segunda parte, antesala de un desenlace maravilloso en el bloque final. Un total de treinta y siete capítulos nos permitirán recorrer sesenta años sin que apenas haya referencias cronológicas. En cualquier caso, el lector tendrá siempre la suficiente información a través de las convicciones sociales o de las actitudes y pensamientos de los personajes, para entender en qué momento de la línea temporal nos encontramos. 

¿Y qué más vamos a encontrar en Los amores perdidos? Pues algo que ha sido muy común en esta España, el enfrentamiento entre dos familias que salpica a diversas generaciones, especialmente en entornos rurales en los que las rencillas por cuestiones de tierras están tan al día. Porque no lo he dicho aún, pero sabed que Los amores perdidos transcurre en un pequeño pueblo canario, El Terrero, que, aunque no existe, perfectamente podría representar cualquier pequeña población no solo ya de las Islas Canarias, sino de cualquier punto de la península. Pues bien, las dos familias serán los Quíner y los Bernal, una familia humilde, honesta y trabajadora frente a otra que abusa del poder, que se vale de su posición para conseguir ampliar su territorio, que maneja los hilos de todos y cada uno de los habitantes del pueblo. Pero el abuso de poder nunca fue buena cosa pues puede ocurrir que venga otro con mayor autoridad y perdamos nuestra posición privilegiada. Y como consecuencia, asesinatos, violaciones, persecuciones, huidas, muerte y desolación. 

jueves, 25 de febrero de 2016

ENTREVISTA a MIGUEL DE LEÓN (Los amores perdidos).

Autor

No puedo aportar como currículo más que la rebeldía de un niño que no quiso dejarse abatir por la adversidad. Nací a finales de 1986 en La Laguna, Tenerife, y me crié en el seno de una familia muy humilde en Valle de Guerra, una zona rural de la costa norte de la isla. Con once años empecé a trabajar para ayudar en casa con mis hermanos pequeños: repartí periódicos, colaboré en una procuraduría y fui aprendiz administrativo en unas oficinas mientras estudiaba con los adultos del turno de noche. Cuando tenía quince años, sin haber terminado del todo el último curso de bachillerato, tuve que desistir de la asistencia a las clases. Fui peón albañil, freganchín, pinche de cocina, camarero, ferrallista, operador de guillotina, fotomontador en una litografía y, por último, administrativo en una empresa importadora, hasta el ingreso en el servicio militar. A su término, ejercí de vigilante jurado y me hice programador informático estudiando por mi cuenta. Trabajé como ejecutivo comercial de una importante firma nacional hasta que en 1992 establecí una pequeña empresa, que ha sido mi sustento hasta hoy.

Durante ese largo camino, me acompañó aquel niño enfurruñado que quería escribir, resuelto a forcejear en cada decisión que yo tomaba si a él lo alejaba en su empeño. En la soledad de muchas tardes y en muchas madrugadas insomnes, dejé que me ganara algunas partidas. Pero llegó el día en que tuve la noticia de que Plaza & Janés publicaría mi primera novela, resultado de aquellas vigilias. Quedé tan aturdido que necesité refrescarme la cara. Al levantar la cabeza, encontré a ese niño en el espejo, sonriéndome con malicia. «¿Lo ves?», me dijo, no has hecho sino dar tumbos para llegar renqueando hasta aquí, donde yo te había dicho que estaba tu sitio. Me había ganado la batalla final. «No me lo reproches», le repliqué, «mientras daba esos tumbos te he ido llenando las alforjas de historias para contar». Aceptó la respuesta. Hemos vuelto a ser una sola persona. Tal vez nos alcance el tiempo para escribir otra bonita historia más.



Sinopsis


Los amores perdidos es la historia de los jóvenes Arturo Quíner y Alejandra Minéo, de su relación imposible y de lo que tuvieron que sacrificar por ella. Y de dos familias, los Quíner y los Bernal, enemigas eternas. Y es también la historia de un pueblo canario, El Terrero, de héroes anónimos y caciques ambiciosos, donde las pasiones son arrebatadas, los secretos se desvelan entre susurros y las venganzas se cobran con sangre.

Los amores perdidos es el poderío de Dolores Bernal, la matriarca despótica que controla el pueblo con mano de hierro; la bondad de Alfonso Santos, el honorable y firme médico que conoce el punto débil de todos sus vecinos; el valor de Rita Cortés, la chica rebelde y excesiva, que huye a la Península para encontrar algo muy diferente a lo que esperaba; o la tenacidad de Ismael Quíner, el noble enamorado que lo ofrecerá todo por la supervivencia de su estirpe.

Los amores perdidos es un épico y colosal tapiz tejido con estas y otras muchas historias, que afectarán a la pasión de Arturo y Alejandra a lo largo de los años y que les llevará del Terrero a Nueva York, del enamoramiento al desencanto, de la separación al reencuentro para finalmente enfrentarse a un destino incierto.

 
[Biografía y sinopsis tomadas directamente del ejemplar]




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A Miguel de León le rebosa alma por los ojos. Si las emociones tuvieran color, en las fotografías que se tomaron durante el encuentro podríamos distinguir con absoluta claridad un halo de distintas tonalidades flotando sobre entrevistadora y entrevistado porque si algo hubo en esa entrevista, fue emoción, y en algunos momentos, muy contenida.

Desprende la biografía del autor la certeza de haber sido un hombre ávido por aprender aunque la vida no se lo pusiera fácil. Autodidacta y hecho amismo, nunca dejó de ser aquel niño que soñaba con convertirse en escritor. 

De Miguel de León te gana su honestidad y sinceridad, su mirada franca y limpia, su humildad y su modestia, cualidades que ha sabido transmitir a algunos personajes de esta novela, de estos amores perdidos que lleva días cautivándome y de la que os daré debida cuenta cuando llegue a su fin. Permitidme que me demore, para que pueda prolongar el disfrute del camino. De momento, os dejo con la entrevista. Esto es lo que Miguel de León nos contó.

 


Marisa G.- Miguel, Los amores perdidos encierra una historia preciosa pero sé, por la nota de prensa que nos ha hecho llegar la editorial, que este libro también tiene una bella historia detrás que nos habla de cómo usted comenzó a escribir, de su pasión por la lectura, de cómo encontró editorial. Cuéntenos un poco.

Miguel de L.- Siempre quise escribir, desde que era un adolescente con quince años. Me gustaba mucho leer porque además, tampoco tenía posibilidad de otras cosas. No había televisión, no tenía dinero para el cine,... Mi único entretenimiento era leer y leí sobre ciencia, filosofía y política. Sé un poco de todo eso gracias a la lectura. Precisamente lo que menos leí entonces fue literatura, algo que me hubiera gustado mucho. Pero yo tenía que trabajar porque mi situación familiar era muy complicada. Era el mayor de cinco hermanos y tuve que abandonar los estudios, bueno, abandonarlos no, simplemente dejé de ir a clase. Me busqué trabajo de lo que fuera. Por eso en la biografía que aparece en el libro figura que he hecho tantas cosas.

M.G.- Muchísimas Miguel.

M.L.- Sí, todas esas cosas fueron de niño. Luego de mayor, tras el servicio militar, me hice informático pero estudiando por mi cuenta, y conseguí trabajo. Estuve una temporada haciendo programación, luego empecé a trabajar para El Corte Inglés, pero vendedor de calle, a puerta fría... Todo esto transcurrió en Gran Canarias. Luego nos mudamos a Tenerife, monté una empresa, me fue muy bien durante muchos años pero llegó la crisis y todo se vino abajo. En aquel desánimo comencé a recuperar las antiguas  historias que tenía, entre ellas un esbozo de novela, que decidí acabar, darle forma y aquí está.

M.G.- Siendo usted un escritor novel, ¿soñó alguna vez con que una editorial importante lo respaldara en su primera novela?

M.L.- No. Nunca llegué a soñar eso. Yo lo suelo decir de broma pero es verdad, para mí es esto ha sido como tocar en la puerta del cielo y que salga a recibirme San Pedro. Plaza & Janés de Penguin Random House,... algo inimaginable. Llevo tocando el cielo desde hace dos años. 

M.G.- Miguel, yo soy de las que leen los libros desde el principio hasta el final, desde la biografía del autor hasta los agradecimientos.

M.L.- Todo es novela.

M.G.- Sí, y siempre hay detalles interesantes. En su novela, al margen del argumento, hay dos cuestiones que me han resultado sumamente curiosas. Por un lado, la nota de prensa comenta que su autor de cabecera es Gabriel García Márquez. No sé si usted estará de acuerdo conmigo en que se puede notar esa influencia de Gabo en Los amores perdidos.

M.L.- Claro, claro y además no renuncio a ello, no me ofende para nada. Estuve veinte años aprendiendo a escribir con, y no como, el maestro y ahora llevo otros veinte años intentando que no se me note pero bueno...

M.G.- Se le nota un poquito (risas), pero es muy bonito. 

M.L.- Pero no me importa. Si me parezco un poquito al maestro, bien, ya está, no pasa nada, está todo dicho.

M.G.- No, no, claro que no pasa nada, a mí me ha gustado mucho encontrar ese rastro. Y por otro lado, en la biografía que figura en el libro aparece una frase preciosa que dice así:


«Durante este largo camino, me acompañó aquel niñeo enfurruñado que quería escribir, resuelto a forcejear en cada decisión que yo tomaba si a él lo alejaba de su empeño».

¿Se podría decir que hoy podemos leer Los amores perdidos gracias a aquel niño en lugar de dar las gracias al adulto?

M.L.- Sí, es indudable. Él fue el que venció. El adulto se topó en su camino con una crisis tremenda, que lo obligó a cerrar su empresa. Todo se vino abajo pero, por suerte, se cerraba una puerta para abrirse otra. En un momento muy duro para mí, recibí la llamada de la editorial para confirmarme que publicarían mi novela y entonces me acordé de aquel niño, de aquel niño de dieciséis años del que se reían todos cuando decía que quería ser escritor.

M.G.- Algunos sueños se cumplen. Usted lo ha conseguido.

M.L.- Sí, se me ha cumplido un sueño.

M.G.- Pues entremos en materia. La sinopsis que aporta la editorial permite al lector hacerse una idea del argumento pero me gustaría que fuera usted mismo, con sus palabras, el que nos explicara qué nos vamos a encontrar en Los amores perdidos.

M.L.-  Yo espero que los lectores se encuentren con una novela llena de momentos de emoción. Sé que es muy arriesgado, que soy como un funambulista sobre un cable y que, en cualquier momento, me pudo caer pero prefiero vivir el riesgo, correr el riesgo de intentar emocionar. Si consigo emocionar a dos o tres personas, me va a dar igual que luego venga un crítico y me diga que soy un desastre de escritor. Si consigo emocionar a un lector, habré alcanzado mi objetivo. Yo disfruto con un libro que me emociona y me gustaría que mi libro emocionara a los lectores. ¿Cómo creo que se consigue eso? Pues escribiendo sobre personas que te las podrías encontrar cuando vas a comprar el pan, escribiendo sobre aquellas cosas que nos hacen ser lo que somos, humanos, hablar de las emociones del corazón,... Creo que eso es lo que hacía García Márquez también. Es lo que yo intento.

De los sesenta o setenta personajes que aparecen, hay como veinte que son muy rotundos e inequívocos, con un extenso desarrollo, y tienen mucho de psicología. Es muy trabajoso pero el resultado merece la pena.

M.G.- ¿Pero cómo se maneja a tanto personaje? 

M.L.- Intento trabajar la psicología de los personajes, aunque realmente no tengo una técnica. Digamos que cobran cuerpo delante de mí. Algunos se dejan llevar con docilidad y otros se oponen totalmente a lo que yo pretendo de ellos y, al final, terminan ganándome la partida.

M.G.- Adquieren vida propia.

M.L.- Sí. Mira, Rita Cortés es un personaje que asume su libertad de tal manera que no nos esperamos nunca que sea como es. Ella parece una mujer muy contradictoria. Por un lado está lo que persigue y por otro lo que desea. El lector quizá no entienda por qué actúa así pero ella tiene una razón que además es contundente.

Cuando creé el personaje de Rita quise hacerla de un modo y es como si ella se hubiera negado al papel que le tenía preparado. Al final, hizo lo que quiso.

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