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jueves, 13 de octubre de 2022

Presentación MIENTRAS ALGUIEN NOS RECUERDE de Charo Jiménez

El pasado 28 de septiembre, mi querida amiga Charo Jiménez presentó su cuarto libro, Mientras alguien nos recuerde (Extravertida Editorial) en el Ateneo de Sevilla. A mi Charo la conocí cuando publicó Ara, como el río en 2017 y la reconocí, con la calidez que ella sabe transmitir, entre las páginas de Cenizas y rosas (2020). Regresa ahora esta autora sevillana con un cambio de registro, con una biografía sobre Eulogio Serrano, fotoperiodista nacido el 1 de octubre de 1917 en Riotinto, y que escribió una importante página del periodismo de la época. 

Debo admitir que no conocía a Eulogio Serrano pero todo lo que se contó en la presentación me pareció tan extraordinario que sentí unas ganas inmensas de saber más sobre su vida. Y a ello me dispongo, a encontrar el tiempo necesario para leer lo que Charo Jiménez ha escrito sobre este retratista, en un libro que ella considera más una novela que una biografía o unas memorias. 




Con una nutrida mesa, el acto se inició con la intervención de Manolo Gordo, miembro de la Agrupación teatral Álvarez Quintero, y amigo de Eulogio, que fue fundador de dicha compañía teatral. Gordo, conductor de la presentación en todo momento, dio la bienvenida a una sala repleta de público. Con sus palabras iniciales retrató al fotógrafo como un hombre, «travieso, sin maldad, noble a más no poder, y siempre entrañable», que nunca dejó de ser niño. Comentó que a Serrano lo caracterizaba la alegría, incluso en los momentos más duros. No soportaba la tristeza a su alrededor y siempre recurría al chiste para destensar el ambiente. 

Tras su intervención cedió la palabra al director de la cabalgata del Ateneo de Sevilla, Manuel Sáinz Méndez, quien explicó las conexiones personales que lo unían a Serrano, pero también al teatro. Agradeció que el libro se presentara allí, en aquella institución siempre abierta a la cultura. 



[Fuente: Facebook Charo Jiménez]

Antes de dar paso a las palabras de la autora, la verdadera protagonista de la presentación, tomó la palabra Francisco Correal, periodista muy premiado, afincado en Sevilla, con una reconocida trayectoria profesional, y al que su entorno llama Paquiño. Nacido en Ciudad Real, pero residente en la capital hispalense, llegó a esta ciudad hace cuarenta y cinco años, para hacer simplemente unas prácticas, y ya no se marchó de esta tierra. Él fue el encargado de hacer una semblanza mucho más profunda sobre la figura de Eulogio Serrano, del que se decía que había tenido una vida de novela. Correal leyó un elogioso texto en el que el periodista contó parte de la vida del fotógrafo, habló de su carácter y personalidad, y enumeró buena parte de sus logros. Cámara en triste fue «el complemento perfecto de tantos ríos de tinta y de historias de la ciudad de Sevilla». Mencionó algunos reportajes gráficos de Serrano, como el accidente de avioneta de la Operación Clavel, el 19 de diciembre 1961, «las navidades más tristes de la ciudad»y dijo de él que fue un hombre que tocó varios ámbitos como la radio, la prensa escrita, el cine, el teatro y, por supuesto, la fotografía.

Después de todo lo dicho, le tocaba el turno a Charo JiménezAgradecida por ver la sala llena, comentó que llegó a la vida de Eulogio Serrano, a través de Carmen, hija del periodista, a la que conoce desde que eran pequeñas. Fue su amiga la que le había contado mil batallas y aventuras de su padre. Y un buen día, en marzo de 2019, Charo le propuso escribir una novela sobre Eulogio. «A partir de ahí empezamos a hablar mucho». Comentó que Carmen tiene un legado fotográfico muy importante y que le ha servido para escribir este libro. «Ha sido un trabajo muy diferente a lo que he hecho hasta ahora, una tarea muy laboriosa porque tenía que tocar muchos palos». Pero también reconoció que se siente muy satisfecha con el resultado.





Aunque le costó dar forma a todo al material que manejó, lo que más le importaba era encontrar la voz del retratista. Y añadió que le había advertido a Carmela Serrano que el personaje que iba a encontrar en la novela no era su padre propiamente pero sí alguien que se le parecía mucho. «He intentado entrar en la piel de Eulogio y acercarme lo más posible a su alma»

Mientras alguien nos recuerde ha obligado a Jiménez a entrevistarse con muchas personas que conocieron a Serrano, «y todos han destacado su profesionalidad pero también su calidad humana. Muchos me han dicho que era una bellísima persona».

Por último habló Carmen Serrano, hija del protagonista de la obra. Fue el momento más emotivo de la presentación pues, entre lágrimas, compartió con los asistentes lo que ha supuesto este libro. No dejó de agradecer a Charo Jiménez, a la que ve como a una hermana, el homenaje que le ha hecho a su padre, a través de este libro, un precioso homenaje a un hombre que tenía como banda sonora de su vida el My way de Frank Sinatra, y el que consideraba que un día sin sonreír era un día perdido.

Llegando al final de la presentación, se proyectó el booktrailer realizado por Víctor Sánchez Jiménez, hijo de la autora, que sorprendió a todos los presentes por el cariño que se desprende del mismo. Te animo a darle al play porque es una preciosidad. [Si cargar el vídeo te da problemas, también puedes verlo aquí]






Y ya, para finalizar, y también para recordar la afición de Eulogio Serrano por el teatro, se representó una pequeña pieza teatral, un fragmento del programa El Carpanta y su costilla... o las cosas de Sevilla, que se emitía en Radio Sevilla, a mediados de los años 50. Serrano era quien daba vida al personaje de Carpanta. En esta ocasión, y con la colaboración de Manolo Gordo y de Bella Belmonte, encarnaría al personaje el actor Carlos Ruíz.


 


Se dio por concluido el acto, no sin antes las muestras de cariño, las firmas de libros y las fotografías con la autora. 


Sinopsis: «Eulogio Serrano no fue un simple poblador de la arrugada faz de la tierra. Fotoperiodista, actorazo impresionante de teatro, cine, radio y televisión, con una vis cómica que ni se puede enseñar ni se puede aprender, que se lleva en la sangre, un andaluz como no hay dos y, por encima de todo, una bellísima persona»», José Luis Garrido Bustamante.

«Delgado como un palodú, defensor a ultranza de la estatura media, narizudo y ojicorto. De profesión: fotógrafo; de condición, actor. Un sinvergüenza pobre, pero honrado y buen actor. Eulogio es puro teatro»,Paco Correal.

«Una de las personas más entrañables y cariñosas que me he encontrado en mi vida. Era el mediador por naturaleza. Tenía un don especial, era pisar el escenario y la gente ya se reía. Su misión fue hacer reír», Manolo Gordo.

«Riotinteño de pro, teatrero hasta la médula, empresario, actor, director, fotógrafo… Sé que el día en que Eulogio se vaya de este mundo, recitando los parlamentos de don Lucio, el de El genio alegre, Sevilla habrá perdido a uno de sus más rendidos enamorados, porque a Sevilla le sobran los piropos, pero le faltan los amores de verdad; de esos que, por toda recompensa, son felices respirando su aire, contemplando su cielo y oyendo sus ecos de inefable armonía […] Cuando llegue la hora de bajar el telón definitivamente, los sevillanos le dediquen el mejor de los homenajes: el del recuerdo y el de la gratitud por habernos hecho a todos un poco más felices», Manolo Barrios.

Estos son algunos de los muchos elogios que, a lo largo de los años, escritores, periodistas y profesionales de la radio, el cine y la televisión han dedicado a Eulogio Serrano, el protagonista de esta historia.

A dos voces, a través de su propio testimonio —escribe sus memorias: Por amor al arte, a las puertas de su ochenta cumpleaños— y de las palabras de su hija Carmela, hacemos un recorrido por sus vivencias, recuerdos y pasiones, su gente y su paisaje. Nos lleva al Riotinto del Año de los Tiros, al Ellis Island de los años 20 del siglo pasado en medio de una diáspora sin precedentes, a Utrera, Jerez, Sevilla… Nos sube al escenario de la Agrupación Álvarez Quintero —que él mismo fundó—, nos baja al terreno de juego del Betis Balompié y el Sevilla Fútbol Club, entramos en los ruedos y en el hogar de Juan Belmonte, nos abre los micrófonos de la radio, revive al Carpanta y su costilla, nos canta el acontecimiento de la primera Misa Flamenca, recrea la Triana de los gitanos de la Cava y nos revela su lado más íntimo y personal.

Y es que, como dice Carmela Serrano, Eulogio vivió una vida de novela.

viernes, 13 de noviembre de 2020

CENIZAS Y ROSAS de Charo Jiménez

Editorial: Triskel
Fecha publicación: Octubre, 2020
Precio: 17,00 €
Género: Narrativa
Nº Páginas: 254
Encuadernación: Rústica
ISBN: 97884122257403
[Puedes empezar a leer aquí;
también disponible en ebook]


Autora

Charo Jiménez nació en Sevilla en 1961. Recuerda su niñez como una etapa sorprendente en la que descubre, gracias a Andersen, Perrault, Rabindranath Tagore..., que los libros guardan sueños y secretos extraordinarios. Ya nunca abandonó su pasión por las letras.

Es licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y ha sido profesora durante muchos años. Por circunstancias ajenas a su voluntad se ve obligada a abandonar las aulas y, tras un periodo de adaptación en el que, como decía Ortega y Gasset, tiene que esforzarse en salvar sus circunstancias para salvarse ella, publica su primera novela Trampantojo (Triskel Ediciones, 2015). Dos años después cuenta la extraordinaria historia de Jánovas, un pueblo del Pirineo aragonés, en su novela Ara, como el río (Triskel Ediciones, 2017).

Cenizas y rosas, su trabajo más personal, trata temas tan delicados como la vejez, la muerte, el duelo y la superación del dolor desde una perspectiva sanadora, profunda y llena de luz.

Sinopsis

¿Cómo afrontaremos el final de nuestra vida? José Martín llega a sus últimos días rodeado de una cuidadora, con la que le cuesta entenderse, y de parte de su familia. El pasado y el presente se mezclan enturbiando la dañada mente de José, aunque en los breves fogonazos de consciencia aún se percata de todo el amor que le arropa, en especial de su hija Beatriz.

Charo Jiménez, con su acostumbrada delicadeza literaria, realiza en Cenizas y rosas una instantánea maravillosa a una realidad de la sociedad actual: el cuidado de nuestros mayores. La inmediatez del día a día y las interminables horas en el trabajo hacen que la longevidad de nuestros abuelos se haya convertido en un dilema en lugar de una bendición. ¿Cómo encararán las familias este nuevo reto del siglo XXI?

[Información tomada directamente del ejemplar]


Yo sabía que me iba a doler. Lo sabía desde aquel momento en el que Charo Jiménez me habló muy por encima sobre lo que estaba escribiendo. Lo sabía desde el instante en el que vi la ilustración de la cubierta. (¿Cómo no pensar en ti, papá?). Lo sabía desde esa tarde de principios de octubre, en la que Charo me entregó su libro y leí la dedicatoria.




Sí, yo sabía que leer este libro me iba a doler y, aun así, me lancé a la lectura. No se trataba de sufrir por sufrir, sino de compartir. Asomarse a otro pozo distinto con aguas igual de negras, donde uno puede verse reflejado.  En eso consiste a veces la literatura, en buscarse a uno mismo.

Como bien apunta la biografía de la autora, Cenizas y rosas nos habla de «la vejez, la muerte, el duelo y la superación del dolor», temas universales que, lamentablemente, nos llega a todos. Es muy difícil enfrentarse al deterioro y a la decrepitud de un ser querido. Y resulta triste, y a la vez sorprendente, comprobar cómo la vida se repliega sobre sí misma, convirtiéndonos de adulto en lo que ya fuimos de niños, unos seres indefensos y desvalidos. De todo esto habla Charo Jiménez en esta novela, y lo hace centrándose en dos familias. Por un lado, está Pepe y sus hijos (Beatriz, Cándido y Natalia). Pepe es un hombre mayor. Está viudo y posee un mundo propio, el que su enfermedad ha ido tejiendo dentro de su cabeza. A veces confunde tiempos. Cree vivir en otros muchos más felices, en los que aún podía sentir el calor de su esposa. Su mente le juega malas pasadas y, por suerte, no suele ser consciente de la preocupación que provoca en sus hijos. A Pepe lo cuida una mujer de origen extranjero, pero con frecuencia recibe la visita de sus hijos, especialmente la de Beatriz. Es ella la que está más pendiente de su padre. El tiempo pasa. Irremediablemente, los hechos se precipitarán en la única dirección posible. 

Por otro lado, tenemos a Juana, la que fue esposa de Silverio, la madre de Reme. Él era un borracho y un maltratador. Ella, una mujer de su casa, de esas que llevan el sufrimiento grabado en las arrugas de su rostro. El matrimonio perdió a una hija, y eso ha marcado a todos. Especialmente a Reme que, vencida por las circunstancias, cayó en un profundo hoyo, del que ha conseguido salir. Sin embargo, la infancia que vivió sigue estando ahí. Las desavenencias con sus padres, también. De Juana iremos sabiendo poco a poco. Era una mujer con sueños. Casi estuvo a punto de cumplir algunos. La vida puede ser muy cabrona.

Cenizas y rosas es la historia de Pepe y sus hijos, y también la de Juana y los suyos. Es la historia de los que se van, pero también de los que se quedan. He llorado mucho. Hay pasajes que me han arrancado amargas lágrimas, capítulos en los que he preferido abandonar porque apenas me llegaba el aire a los pulmones. El efecto que causa esta lectura variará de tus circunstancias personales, de las que vives en la actualidad, de las que has vivido recientemente. Todo depende de si tus heridas están cerradas o siguen sangrando. Pero no te asustes. Porque, aunque a mí me ha dejado tocada y hundida, Cenizas y rosas es bella, es hermosa. Esta novela es un canto al amor, a las relaciones paterno-filiales, al consuelo y a la esperanza. 

En cuanto a los personajes, todos te dan ese pellizquito en el corazón. Pepe es un hombre que enamora. Enamoran sus desvaríos, fruto de una enfermedad que lo consume. Enamora un intento de rebeldía, la última ilusión que siente. Y enamora el maravilloso acto de amor cuando su final se acerca. Es inevitable sentir ternura por este personaje, que nos recordará a nuestro abuelo, a nuestro padre, perdido en su retahíla mental. ¿Qué piensa una persona en su senilidad? (Quisiera saber lo que piensas, papá. Aunque te confieso que me da miedo). Y también sabrá arrancarnos una sonrisa con sus ocurrencias. Porque todo en él es pura paradoja. A su alrededor hay tristeza, pero él sonríe. Su llama se va a apando, pero él es un hombre lleno de luz. Consuela a los demás, cuando sería él quien debe recibir consuelo. 

Pero yo siento predilección por Beatriz. Hija que batalla, «tan miedosa y tan valiente a la vez»tirando del carro de su propia vida, mientras siente sobre su espalda el peso de un padre que emprende el camino de no retorno. Beatriz escribe. Asiste a talleres literarios en los que deja fluir su interior, para evadirse del mundo. 


«Dar rienda suelta a la imaginación, escribir sin ocuparme de cuestiones estéticas, volcar mis pensamientos y sentimientos de manera inconexa, irreflexiva tal vez, instintiva -seguro-, visceral -irremediablemente-». [pág. 25]


Beatriz no tuvo una adolescencia fácil. La veremos recordar a su madre aquejada de una dolencia silenciosa, que la dejaba postrada en la cama la mayor parte del tiempo. En esos años en los que hace tanta falta una madre, Beatriz no pudo contar con ella. Ahora la recuerda más que nunca. (Con los años, una se da cuenta que las madres hacen falta toda la vida). Ella y sus hermanos representan esos hijos que no soportan asistir al deterioro de sus padres, que no saben cómo asimilar el verlos vencidos, agotados, cansados de vivir. Enfrentarse a eso es doloroso y complicado, te hunde en el más profundo de los desánimos. Y tienes que obligarte a bracear hasta la superficie, para tomar una bocanada de aire fresco. Oxígeno. Respira. Llega el consuelo, cuando ella reconoce a su padre en sus propios gestos. (Yo también me muerdo el labio inferior cuando hago algún esfuerzo con las manos, papá)


«Viviremos. Mientras haya quien nos recuerde, nos añore, nos sueñe, viviremos».


Cenizas y rosas es pura verdad. Es un reflejo vivo de una realidad compleja. Es el dibujo de ese momento en la vida, tan difícil de tragar, cuando todo se rompe. Hasta las relaciones fraternales más sólidas terminan por agrietarse, cuando las obligaciones y las responsabilidades aumentan. Surgen entonces los reproches, las discusiones, un desahogo que hiere porque siempre hay uno más fuerte que otro, porque siempre hay uno más desgastado que otro, ese uno que termina por explotar y llevarse al resto por delante.

Me paro un momento a pensar. ¿Lo estoy contando bien? ¿Estoy transmitiendo de forma certera lo que ha sido esta lectura? Dudo. Dudo mucho. Leer ha sido como tragar virutas de cristal. Revisar mis notas me ha colocado de nuevo en el ojo del huracán. Pero releo porque a pesar del dolor, también hay belleza en estas páginas. Y llego de nuevo al núcleo duro, y ahí está otra vez ese nudo en la garganta que ni sube ni baja. Cinco líneas que son cinco estocadas, o ese «Que no daría yo», que hace sangrar a cualquiera.


«Estamos rotos por dentro, pero sabes qué, que entre tanto dolor había una belleza enorme y pura y quiero grabar a fuego en mi memoria cada sensación». [pág. 126]


En Cenizas y rosas hay mucho de Charo Jiménez. La he encontrado entre estas líneas. Su sensibilidad grita en cada página. Su emoción se libera. Retales de su vida se esconden. Pero ella siempre encuentra el aliento necesario para enfrentarse a sus propios fantasmas. Lo hace con la prosa, y también con el verso. Charo ha exprimido su corazón sobre estas páginas y nos ha hablado del duelo a su manera. No importa que otros lo hicieran antes.


«Nazareth, la profesora del taller, nos dice que todo está dicho, todo está escrito, pero no con nuestra voz, nuestras emociones y nuestras tripas. Y eso convierte nuestras palabras en algo especial y único». [pág. 26]


No. No lo estoy contando bien. No sé si hablaros de ese capítulo de la abuela Carmen, o de ese otro que nos muestra una carta balsámica, o de aquel en el que la luz se apagó. Cenizas y rosas me ha hecho pensar, medir mis propios actos, rebuscar entre mis emociones. He pensado mucho en mi madre. Más aún en mi padre. En un latigazo de dolor, recordé aquellas palabras que él me dijo cuando tenía unos veinte años: «Tú, no me defraudarás». Recuerdo que al escucharlas sonreí, y pensé que mi padre tenía una fe inquebrantable en mí. No sabéis lo mucho que me han marcado esas palabras con el paso de los años. Cada decisión que tomaba, ahí estaban las palabras de mi padre. «Tú, no me defraudarás». Y hasta no hace mucho tiempo, creí firmemente que no lo había defraudado. Hoy no estoy tan segura.  

Cierro esta reseña con el corazón palpitante. Acaricio la ilustración de la cubierta. Y con un suspiro, os invito a asomaros a estas páginas, en las que vais a encontrar la vida misma. Porque nadie es ajeno a lo que aquí se cuenta. 

A esta lectura, volveré.  



[Fuente: Imagen de la cubierta tomada de la web de la editorial]

Puedes adquirirlo aquí

viernes, 27 de julio de 2018

ARA, COMO EL RÍO de Charo Jiménez


Editorial: Triskel.
Fecha publicación: marzo, 2018.
Precio: 17,00 €
Género: Narrativa.
Nº Páginas: 248 
Encuadernación: Cartoné.
ISBN: 978-84-948064-4-5
[Disponible en eBook;
puedes empezar a leer aquí]



Autora

Charo Jiménez nace en Sevilla en 1961. Recuerda su niñez como una etapa extraña en la que descubre, gracias a Andersen, Perrault, Rabindranath Tagore... que los libros guardan sueños y secretos extraordinarios. Ya nunca abandonará su pasión por las letras.

Es licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y ha sido profesora durante más de veinte años. Por circunstancias ajenas a su voluntad, se ve obligada a abandonar las aulas y, tras un periodo de adaptación en el que, como decía Ortega y Gasset, tiene que esforzarse en salvar sus circunstancias para salvarse ella, escribe su primera novela Trampantojo (Triskel Ediciones, 2015).

Ara, como el río es su segunda novela, una historia desgarradora y fascinante que se cruzó en su camino durante un viaje al Pirineo aragonés.

Sinopsis

Tras superar con grandes penurias la Guerra Civil, dos familias aragonesas (los Garcés Castillo; y los Santolaria Campo) deben hacer frente ahora a un conflicto aún más duradero y que les llevará al límite de sus fuerzas: abandonar Jánovas, su pueblo junto al río Ara, ante el desalojo impuesto para la construcción de un nuevo embalse. Comienza entonces una resistencia vecinal heroica y desesperada por mantener intacto un enclave natural y una forma de vida que parece tener sus días contados frente a la tiranía del progreso.

Con sensibilidad y armonía narrativa, Charo Jiménez confecciona en Ara, como el río un testimonio de sufrimientos, luchas y alegrías de las familias de Jánovas a través de unos sucesos que debieron avergonzar a un país entero y que componen la memoria de sus habitantes. En un marco incomparable, el Pirineo aragonés, donde la naturaleza reina de manera indómita, los intereses económicos surgen como agente corruptor del equilibrio ancestral de estos pueblos oscenses con sus bosques, sus montes y, sobre todo, con su río, el Ara.

[Información tomada directamente del ejemplar]


Esta señora es Paca Castillo:

Fragmento programa de la Sexta: 'Salvados' de Jordi Évole

Paca Castillo es una de las protagonistas de la novela de la que quiero hablaros hoy, Ara, como el río de Charo Jiménez. Ya en la entrevista con la autora (que puedes leer aquí) os comenté lo que esta mujer, su familia y todos los habitantes de Jánovas tuvieron que sufrir cuando en la década de los 50, se otorgó a Iberduero la concesión para la construcción de un pantano en el valle del Sobrarbe. Difícilmente los janovenses pudieron imaginar lo que se les venía encima. El arraigo en aquellas tierras, mamado de generación en generación, fue cortado de cuajo. Tenían que abandonar el pueblo, dejarlo todo atrás y comenzar en otro lugar. Aunque muchas familias optaron por aceptar las condiciones propuestas y marcharse, hubo otras que se negaron en rotundo a abandonar lo que era suyo, fruto de su trabajo y esfuerzo. Así comienza la lucha de la familia Garcés Castillo o de los Santolaria Campo, o de los Pera. De las cuarenta y dos familias que habitaban Jánovas al inicio de esta contienda, el 27 de abril de 1965 tan solo permanecían en pie de guerra veinte vecinos. Fueron sometidos a un sinfín de humillaciones por parte de la empresa hidroeléctrica, clamaron justicia con un grito ahogado que fue desoído por la Administración y aunque jamás tuvieron el respaldo de nadie, no cejaron en su empeño. Solo se tenían a sí mismos, su verdad y su fuerza mientras los cascotes de las casas colindantes dinamitadas volaban sobre sus cabezas o mientras se encontraban enormes pilones en el puente colgante sobre el río Ara que impedía la entrada y salida del pueblo. Hasta llegaron a derribar la puerta de la escuela de una patada, mientras los niños estaban en el interior. Querían impedir a toda costa que la vida normal continuara en Jánovas. 


Los habitantes de Jánovas eran un obstáculo frente a los intereses económicos que se escondían tras la construcción del pantano, un pantano que jamás se llegó a construir gracias a la intervención de Juan Luis Muriel, ex Secretario General del Ministerio de Medio Ambiente que en 2001 firma un informe de impacto medio ambiental negativo, lo que le llevó a perder su puesto de trabajo. Eso sí, el pantano no se construyó pero el daño ya estaba hecho. Hoy, Jánovas es un pueblo abandonado, uno de esos pueblos fantasmas que existen por España, hasta el punto que el cineasta Daniel Calparsoro rodó parte de la película sobre la guerra de Kosovo. Por suerte, y tras una larga batalla, comienza a ser reconstruido por sus vecinos y a tener algo de vida.

Todo esto es lo que se narra en Ara, como el río, aunque la historia se remonta mucho más atrás en el tiempo. La narración se inicia en 1938, cuando, con motivo de la guerra civil, Paca y su familia tuvieron que ser evacuados. Ella tenía entonces nueve años. Le esperaba Francia, primero los campos de refugiados que más bien parecían de concentración, luego un torre agrícola donde convivieron con otros refugiados y trabajan la tierra. Un trágico accidente casi impide que la familia regrese al pueblo cuatro años después. 

De Paca Castillo conoceremos parte de su infancia, su adolescencia, sus primeros trabajos en Barcelona, y ese primer novio que se convirtió luego en marido. En 1947 contrae matrimonio con Emilio Garcés y forman una familia muy numerosa. Pero también sabremos de su amiga María Campo, casada con Antonio Santolaria, de cuya unión nació su hija Nieves y de esta, la nieta Carmen, un personaje que también tendrá un papel importante en esta historia.

De la lectura de esta novela sorprende el valor y la fuerza de los janovenses en general y de Paca Castillo en particular, una mujer que te robará el corazón porque nos dará una gran lección de vida. Tras el abandono paulatino de sus vecinos, ella permaneció sola junto a sus hijos durante veintidós años, resistiendo los envites de un monstruo cuyas garras pretendían destruir toda su vida. Paca es la imagen viva de la valentía, la heroína de esta tremenda injusticia, la fuerza arrolladora que todavía corre por su venas a pesar de tener ya 91 años. Solo por conocerla, por saber de su vida, de lo que tuvo que padecer y sufrir, merece la pena leer esta historia, un relato que yo agradezco a su autora porque, de no haber sido por esta novela, probablemente no la hubiera conocido nunca. Tras la lectura dan ganas de hacer la maleta y marchar a Jánovas, pasear por sus calles abarrotadas de maleza y rememorar cómo debió ser la vida entre aquellos muros en ruinas hasta llegar al río Ara y contemplar sus aguas turquesas.

Sí me gustaría advertir que la historia contiene parte de ficción. Estamos ante una novela y en ella se han insertado algunas pinceladas, mínimas, que se alejan de la realidad. El grueso de la historia, lo importante, lo contundente, es fiel reflejo de lo que se ha vivido en aquel lugar.

Tras un prólogo en el que la autora nos cuenta cómo llegó a Jánovas y cómo descubrió esta historia, la novela se estructura en tres grandes bloques: Antes de ayer, Ayer y Mañana, siendo esta última parte un canto a la esperanza. Charo Jiménez vuelca los hechos con la crudeza que los caracteriza, ahondando en los sentimientos de sus protagonistas, pero sin apelar al sentimentalismo del lector. La historia contiene el drama suficiente como para zarandear las entrañas de todo aquel que se acerque a esta lectura y sentirá que vivirá la injusticia en primera persona, gracias a un estilo que asemeja a una crónica en tiempo real, con capítulos cortos y saltos en el tiempo que nos permiten movernos a lo largo de los más de sesenta años que transitan por la narración. 

Ara, como el río me ha parecido un lectura imprescindible. Es el tipo de novela que resulta necesaria para dar a conocer una injusticia y que permite señalar con el dedo a los culpables. No solo pondrá en tus manos la historia de un lugar pequeño y sencillo sino también la vida de sus habitantes, gente humilde y trabajadora que, de un día para otro, sintió la mordedura de una serpiente. 

No me queda más que recomendaros esta lectura y os garantizo que, tras ella, querréis saber más y concederéis a Paca Castillo un trocito de vuestro corazón. 







 

[Fuente: Imagen de la cubierta tomada de la web de la editorial]
Puedes adquirirlo aquí:


jueves, 19 de julio de 2018

CHARO JIMÉNEZ: 'Jánovas no rebla'

Injusticia es una palabra que me produce náuseas. No soporto la opresión sobre los débiles, la indiferencia ante el sufrimiento o el abuso de poder y de cuestiones de este tipo estuve conversando el otro día con Charo Jiménez, autora de la novela Ara, como el río, editada por Triskel. Pero cada moneda tiene un reverso y la otra cara de esta moneda la protagonizan gente humilde pero valiente, gente sencilla pero con fuerza, gente llana pero con valor. Así han sido siempre los nacidos en Jánovas, un pequeño pueblo del municipio de Fiscal, en pleno Pirineo aragonés que en 1951 recibió un revés del destino. Situado en la comarca del Sobrabe, junto río Ara de aguas turquesas, la empresa Iberduero se hace con la concesión para construir un pantano. El resultado sería no solo un pueblo abandonado sino sepultado por las aguas, como ocurre con otros tantos en los que, durante la época del franquismo, fueron desalojados y ahora no son más que pueblos fantasmas subacuáticos que reaparecen en épocas de importantes sequías. 

Pero no contaba la Administración e Iberduero con los redaños de los janovenses. Buena parte de las familias cogieron su indemnización y marcharon a otro lugar a empezar de nuevo pero no todo el mundo estaba dispuesto a abandonar lo que era suyo, la casa en la que nacieron, la casa en la que habían formado una familia, sus tierras o sus recuerdos. La familia Garcés - Castillo (Emilio y Paca), la familia Santolaria - Campo (Antonio y María) y alguna más hicieron frente a lo que se les venía encima. Fueron veintidós años de lucha, soportando presiones por parte de los operarios de la empresa, recibiendo visitas de la Guardia Civil o conviviendo con el dinamitado de las casas colindantes, mientras los hijos de las familias resistentes jugaban en la calle. Al final, tras peleas, juicios, enfrentamientos y declaraciones a medios de comunicación para dar a conocer lo que se pretendía hacer con estas familias, tuvieron que ceder y abandonar. El pantano no llegó a construirse nunca, después del daño causado y de destruir un pueblo por completo. Jánovas es hoy un pueblo en ruinas pero su gente nunca lo ha abandonado. Actualmente está en proceso de reconstrucción. Solo hace falta tiempo para que vuelva a tener vida.

Mientras os cuento mis impresiones sobre la lectura de la novela, os dejo por aquí la entrevista a la autora.

Charo Jiménez junto al río Ara

Marisa G.- Charo, me ha resultado curioso leer en la biografía que acompaña el libro que tú recuerdas tu niñez como una etapa extraña.

Charo J.- Sí. Soy hija única y mi madre siempre estuvo enferma. La recuerdo con periodos de estar metida en la cama. Esto marca mucho cuando eres una niña. Siempre estaba deseando que nos reuniéramos con los primos, que vinieran amigos a casa pero con mi madre enferma no era posible organizar estas reuniones y visitas con la frecuencia que me hubiera gustado. Siempre eché mucho de menos tener hermanos. Así que, la figura de mi padre fue fundamental porque él ejerció de padre y de madre a la vez. También fue él el que me despertó el amor por los libros porque solía leerme cuentos y libros en la cama antes de dormir. Y sí fue una etapa extraña porque, aunque lo pasé muy bien y me sentí una niña querida, también lo pasé mal al ver que mi madre no era como las demás.

M.G.- Te refugiaste en los libros. 

CH.J.- Sí. Además fui una niña muy tímida y al mismo tiempo extrovertida. Necesitaba ese roce con otros niños.

M.G.- 'Ara, como el río' es tu segunda novela. La anterior es 'Trampantojo' también la publicaste con Triskel. Debe ser muy emocionante ver tus historias en una librería.

CH.J.- Sí que lo es. La verdad es que escribo desde siempre pero nunca tuve la idea de publicar, quizá por lo que te acabo de decir, que soy una persona tímida. Sin embargo, cuando terminé de escribir 'Trampantojo', se lo di a leer a algunas personas de mi entorno y fueron ellas las que me empujaron a presentarla a alguna editorial. Coincidió también que se dieron una serie de circunstancias personales para contar con el tiempo que requiere esta labor y con más tiempo libre me planteé escribir esa primera novela, echando mano de algunas cosillas que ya tenía escritas de antes.

M.G.- Y con esta segunda novela te haces eco de unos hechos reales que ocurren en el Pirineo aragonés. En el prólogo cuentas que la historia se te cruzó en el camino pero ¿cómo descubriste realmente todo lo que ocurrió en Jánovas?

CH.J.- Fue durante un viaje familiar que hicimos en 2015. Teníamos la idea de visitar algún pueblo deshabitado del valle de la Solana pero al pasar por una carretera encontramos un cartel que ponía 'Descarte Ya' y vimos un mirador desde donde se ven las ruinas del pueblo, el puente colgante, y las aguas turquesas del río Ara. Volvimos al tiempo, y aunque el pueblo lo están reconstruyendo y suele haber gente trabajando, tuvimos la suerte de encontrarlo vacío y pudimos pasear a nuestro aire por allí. Junto a la Casa del Pueblo hay un cartel que cuenta la historia de lo que sucedió. Lo leí y me quedé impresionada al saber que había un matrimonio que vivió casi veinte años entre ruinas. ¿Cómo es posible que algo así ocurra? Sentí algo especial y salí de allí con la idea de localizar a esas personas para que me contaran la historia en primera persona y escribir algo. 

M.G.- Imagino que cuando regresaste indagaste más, buscarías información en Internet. No sé si por entonces ya se había emitido el programa que Jordi Évole grabó sobre este caso (puedes verlo aquí).

CH.J.- No. Ese programa salió por noviembre de 2015 aunque imagino que lo habrían grabado con bastante antelación. Y sí, empecé a buscar información, contacté con una historiadora que había escrito un ensayo sobre Jánovas y fue ella la que me puso en contacto con las familias. Uno de los miembros es sevillano y fue con esa persona con la primera que contacté. Después, a principios de noviembre, regresé al Pirineo y conocí al resto de los personajes, sobre todo a la familia Garcés.

M.G.- La novela la escribes con saltos en el tiempo porque si no me equivoco, la historia comienza en 1938 y creo que llegas hasta el 2001, por lo menos, la segunda parte llega hasta esa fecha.

CH.J.- Sí. Sabes que la novela está estructurada en tres partes: 'Antes de ayer', 'Ayer' y 'Mañana'. Esta última parte no tiene una fecha concreta. He querido dejarlo en el aire, como un mañana esperanzador que ojalá no tarde mucho en suceder. Pero sí, efectivamente la historia se inicia en 1938 con el exilio de la familia de Paca Castillo a Francia, siendo ella una niña. El 2001 es una fecha muy importante porque marca el principio de la esperanza, cuando se emite un informe de impacto medioambiental negativo. Fue la primera victoria que ellos pueden saborear.

Por otra parte, no quise que la estructura fuera lineal. Me gusta que haya saltos en el tiempo pero con cierta continuidad. Al menos es lo que he pretendido en esta novela. 

M.G.- El libro es un retrato de las conversaciones que has mantenido con los protagonistas pero también insertas algo de ficción para rellenar algunas lagunas.

CH.J.- La historia está muy pegada a la realidad porque mi intención es que todo el mundo conozca lo que pasó allí pero sí hay parte de ficción. Es lo que más me ha costado, encontrar el equilibrio entre lo que sucedió realmente y lo que sale de mi imaginación. He procurado ser muy respetuosa. Los personajes reales son los enemigos del escritor porque te juegas mucho y por eso desde el respeto he intentado que la realidad y la ficción se mezclen. Pero estoy satisfecha con el resultado. 

M.G.- Como comentas, la novela comienza con ese exilio a Francia. Ellos consiguen regresar a Jánovas para años después tener que abandonar el pueblo de nuevo. No deja de ser curioso que por distintos motivos tuvieron que dejar su tierra dos veces a lo largo de sus vidas. Me pareció muy significativo que el destino les hiciera esta jugada.

CH.J.- Hay una escena en la que Asunción, la madre de Paca Castillo, estando en Francia y tras un suceso terrible que les ocurre allí, se plantea no regresar. Pero el padre de Paca lo tenía clarísimo. Había que volver porque la fuerza de la tierra les tira mucho y eso es algo que se nota cuando hablas con ellos. El destino hizo lo que hizo pero ellos lucharon por cambiar las cosas.

M.G.- La palabra justicia tiene mucho peso en la novela, es como un grito ahogado. Narras un pasaje en el que los habitantes de Jánovas pleitearon contra Iberduero, pierden y los condenan a pagar. Y claro, leyendo esa parte, yo me imagina la escena y veía claramente a las familias desvalidas, con su verdad por delante y poco más. Iberduero seguro que tenía un buen equipo de abogados pero, ¿a ellos quién los defendían?

CH.J.- Nadie. Ellos iban a pecho descubierto, con su verdad porque creían que con eso era suficiente y no lo fue. Les hicieron perrerías, los acusaron de mil cosas, destrozaron todo lo que pudieron... Total para nada porque desde el principio se sabía que el pantano no se iba a construir, que había muchos intereses, que no era rentable y que aquello olía a chamusquina.

M.G.- ¿Pero eso lo pensaban los habitantes de Jánovas o la empresa?

CH.J.- Los habitantes. En Huesca había un abogado que los orientó un poco y les dio algo de información para que no estuvieran tan ciegos. Pero todo era muy difícil. Paca siempre ha dicho que las personas no valían nada y que ella no conoce la justicia. Realmente era un grito ahogado. La justicia es algo universal. Emilio Garcés concedió muchas entrevistas en la radio y en los medios de comunicación. Esto no fue un hecho desconocido, al revés, hay documentos gráficos importantes. Él repetía muchas veces que la rebeldía contra la injusticia era algo nato en él y creo que por ese motivo he conectado muy bien con ellos. Me siento muy identificada con lo que les ocurrió porque yo también salto cuando veo que se ha tratado de forma injusta a una persona.

Ruinas de Jánovas


M.G.- Te has entrevistado con Paca, con sus hijos,... ¿quién de todos ellos te ha impresionado más?

CH.J.- Para mí Paca es una persona especial. Desde que comenzó la lucha es la única que sigue viva. Tiene 91 años y está cansada de vivir pero es muy luchadora, lo ha sido siempre. Todavía tiene su genio y es la que más me impresionó incluso antes de conocerla. Cuando me acerqué a la información disponible que hay en las redes ya me di cuenta que es una mujer impresionante. No me decepcionó conocerla en absoluto, más bien lo contrario. Es una mujer extraordinaria, hecha de una pasta especial. Y sus hijos también, porque ellos han heredado toda la fuerza de su padre y de su madre, todo ese amor por la tierra, un amor incondicional y se están dejando la vida en esta lucha. 

Aparte de la familia Garcés y los Santolaria-Campos, hay otras familias como la de Óscar Espinosa. Todos han sido muy generosos. Es muy difícil que a una persona ajena le abran las puertas de la casa y las de su corazón, especialmente en temas que son muy difíciles porque las heridas están muy abiertas. Yo les pedía que me contaran cómo lo vivieron, lo que sentían y cómo era su día a día. Insisto, han sido muy generosos conmigo. 

M.G.- Para reconstruir la historia has usado toda la información que ellos te han facilitado, el ensayo que antes has comentado. ¿Habrás leído todo lo que hay sobre este asunto en Internet?

CH.J.- Sí y también algún libro sobre el exilio. He estado documentándome bastante tiempo. 

Otra cosa que me ha preocupado mucho es intentar mantener la atención del lector en todo momento. He intentado cuidar mucho la tensión narrativa y le he dedicado mucho tiempo.

M.G.- Pero en un libro como este, tienes dos caminos. O mostrar únicamente los datos de manera muy objetiva o volcarte en el lado humano que creo que es lo que tú has pretendido, sacar la parte más íntima y más personal de los protagonistas. Creo que eso es lo que más engancha.

CH.J.- Sí, esa ha sido mi intención. Al mismo tiempo he querido homenajear a estas personas.

M.G.- Bueno hay un par de cameos en esta novela. Por un lado, sale José Antonio Labordeta que se involucró mucho en esta historia e hizo por ellos los que puedo y, por otro lado, la Bella Dorita. Por lo que hemos comentado antes de iniciar la entrevista, creo que esta aparición es fruto de tu imaginación, ¿o hay algo más?

CH.J.- Bueno, bueno,... Vamos a dejarlo un poco abierto. No quiero desvelar más de la cuenta (Risas)

M.G.- (Risas) Perfecto. Y luego hay otro personaje que a mí me interesa mucho, es el técnico que redactó el informe de impacto medioambiental negativo, Juan Luis Muriel.

CH.J.- Sí, el que fue Secretario General del Ministerio de Medio Ambiente. Ese hombre es para ponerle su nombre a la plaza mayor cuando terminen de levantar el pueblo. Cada vez que hablo de él se me llena la boca de orgullo porque es la integridad absoluta y encima en política. Un bicho raro, vamos.

M.G.- Hasta tal punto de que llegó a perder su trabajo.

CH.J.- Así fue. Él viajó a Ordesa acompañando a Isabel Tocino, la que por entonces era ministra de Medio Ambiente. Iban a inaugurar unos accesos y se encontró con un grupo de mujeres y niños, junto a un hombre rana, con un tocho de papeles. Era toda la documentación que hasta entonces tenían para entregársela a la ministra y suplicarle por favor que estudiara el caso. Juan Luis cuenta que la ministra le dio el tocho en el helicóptero de vuelta. ¡Mírate esto porque aquí hay algo!, le dijo. Y sí, Juan Luis lo miró y llegó hasta el final. Él se convirtió en una figura clave en este caso.

M.G.- Sufrió muchas presiones.

CH.J.- Sí, muchas y perdió su trabajo, como bien dices.

M.G.- ¿Has hablado con él?

CH.J.- Sí, sí, somos amigos ya. Él sigue teniendo relación con ellos. Suele ir a la fiesta de San Miguel en Jánovas. 

Cuando presenté la novela en Aínsa, se me acercó una chica y me dijo que ella había sido una de las niñas que había recibido a la ministra y a Juan Luis cuando fueron a la inauguración en Ordesa. Me hizo mucha ilusión que se acercara.

M.G.- Charo, ¿y cómo definirías el estilo del libro? A mi juicio es como una crónica en tiempo real. Has expuesto el lado humano de los protagonistas pero sin apelar al sentimentalismo de los lectores. Más o menos nos vienes a decir 'Esto es lo que ha ocurrido. Esto es lo que le han hecho a estas personas. Aquí os lo cuento y juzgad vosotros'. No sé si tú lo ves así.

CH.J.- Lo veo así. Por la implicación emocional, era muy difícil para mí distanciarme de la historia y ser un narrador lo más objetivo posible. He escrito la historia riendo y llorando. Ha sido muy duro, hasta el punto de que esa parte que he titulado 'Mañana' es donde realmente me he liberado a través de unos personajes que, esta vez sí, son ficticios. En esa parte es donde me desahogo. Escribir la novela ha sido meterme en la piel de estas personas y vivir lo que ellos vivieron, así que, esa tercera parte ha sido una vía de escape.

M.G.- ¿Paca ha leído el libro?

CH.J.- Paca lo tiene, se lo puse en las manos pero me dijo que no sabía si lo leería entero antes de morir pero bueno ha ido leyendo algunas cosillas. Yo también le he leído algunos pasajes cuando he ido a visitarla. 

M.G.- Y volviendo al estilo. Cuando vas narrando a veces empleas tres adjetivos separados por una barra invertida. Esto es algo que también hace Fernando Aramburu en 'Patria'. Él me contó que lo hacía porque había emociones y hechos que necesitaban la suma de varias palabras o adjetivos para describirlos bien. No sé si tú lo haces por el mismo motivo. 

CH.J.- Me encanta que me hagas esa pregunta porque leí 'Patria' cuando prácticamente tenía terminada la novela. La primera vez que me encontré con esto que comentas me alegró mucho. La razón es esa, sí. Cuando intentas definir o encontrar el adjetivo exacto te vienen un par de ellos más que redondean un poco más, le dan contundencia y matizan.

M.G.- Imagino que grababas las conversaciones. Es agradable ver cómo se expresan por esas tierras. No sé si te ha costado mantenerte fiel a su forma de hablar, a usar términos como 'sascorromoñado' o 'esgalichau'. Ellos tienden a terminar las palabras es 'au'.

CH.J.- Investigué un poco en el habla aragonesa. De hecho he usado algunas palabras que ellos realmente no usan pero antes les he consultado si estos términos son de habituales. He querido mantener y no alterar su forma de hablar porque eso le da identidad al texto. 

M.G.- El pueblo se está reconstruyendo como ya has comentado. Pero, ¿las tierras siguen perteneciendo a Endesa, la actual concesionaria, o las familias las han recuperado ya? 

CH.J.- Ellos empezaron por su cuenta a reconstruir el pueblo aunque todo pertenecía a Endesa pero, con el tiempo, han ido llegando a acuerdos y van comprando sus tierras. 

M.G.- ¿Como que comprando? ¿Es que encima tienen que pagar por lo que era suyo y le quitaron?

CH.J.- Pues sí. Han tenido que pagar 34 veces el precio de aquella época. No les reconocen el deterioro evidente cuando ellos dejaron unas casas y ahora les devuelven unas ruinas. 

En cualquier caso, y después de muchos años de lucha, se están consiguiendo muchas cosas mirando al futuro, intentando aparcar un poco el pasado, lo que sufrieron y vivieron, el rencor... Aquello sucedió así y merecen una disculpa pública por el daño ocasionado, tan injusto, tan prolongado en el tiempo, el coste humano tan inútil que se ha pagado y todo para nada. Pero ellos quieren cerrar ese capítulo de sus vidas y mirar con esperanza al futuro. 

Me hizo mucha ilusión ver que ellos tienen esa esperanza que yo intento reflejar en la tercera parte del libro. Son gente alegre que, a pesar de tantas angustias, de luchar contra viento y marea, quieren dejar eso atrás y mirar al futuro.

M.G.- ¿En qué situación está el pueblo ahora? ¿Hay mucho reconstruido? ¿Vive gente allí ya?

CH.J.- No. Todavía no pero hay unas tres casas casi listas. La casa en la que nació Paca está prácticamente acabada. Y luego, Óscar Espinosa está construyendo una casa rural. Está muy ilusionado con el proyecto.  Jánovas no rebla, como dicen allí. Desde luego aprendes una lección de vida enorme. Hay que plantarle cara a la vida y luchar por lo que tú realmente quieres. Aunque haya que dejarse la piel.

M.G.- Pues Charo, te agradezco que me hayas descubierto esta historia  tan fascinante. Me parece un homenaje precioso a una gente humilde y sencilla. Y esperemos que Jánovas vuelva a renacer y que Paca lo vea. Muchas gracias.

CH.J.- Ojalá. Gracias a ti.

Jánovas no fue el único pueblo que vivió aquel desastre. En el Valle de la Solana le tocó a otros tantos con sus respectivas familias, a Albella, a Lavelilla, a Lacort o a Santa Olaria. Poneros en la piel de estas personas. Pensad que llegan a vuestra casa un día diciendo que la tenéis que abandonar porque van a construir una gasolinera. Pensadlo un momento y sentiréis lo que los Garcés o los Santolaria sintieron en aquellos años. La injusticia.



Ficha novela

Editorial: Triskel.
Encuadernación: Cartoné.
Nº Páginas: 248
Publicación: Enero, 2018
Precio: 17,00€
ISBN: 978-84-94864-4-5
Disponible en e-Book
Puedes empezar a leer aquí.
Ficha completa aquí.





[Imágenes: Cortesía Charo Jiménez]
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