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miércoles, 5 de julio de 2017

HISTORIA DE LA GAVIOTA (Y DEL GATO QUE LE ENSEÑÓ A VOLAR) (ANIMACIÓN - 1998).






Año: 1998.

Nacionalidad: Italiana.

Director: Enzo d'Alò

Reparto: --

Género: Animación. Infantil.

Sinopsis: Kenga, una gaviota envenenada por una mancha de petróleo, consigue justo antes de morir confiar su huevo al gato Zorbas, obteniendo de él tres promesas: no comerse el huevo, cuidar de él hasta que se abra y enseñar a volar al recién nacido. La gaviota huérfana es bautizada con el nombre de Afortunada por toda la comunidad de los gatos, que se ha visto involucrada por Zorbas en la tarea de criar a esta insólita hija. La pequeña Afortunada, deberá combatir al lado de sus amigos felinos para impedir la llegada del Gran Ratón que, junto con una horda de ratones, espera en las alcantarillas la ocasión para tomar el poder de la ciudad.


[Información facilitada por Filmaffinity]


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Ayer publicaba la entrevista que le hicimos a Luis Sepúlveda hará unas cuantas semanas. En esa charla salió a la luz las adaptaciones al cine que se han hecho de sus novelas. Concretamente en el año 2000, el director Rolf de Heer llevó a la gran pantalla Un viejo que leía novelas de amor con Richard Dreyfuss de protagonista y actualmente se está preparando la adaptación de Nombre de torero. Pero salió a relucir otro título más, Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar que en 1996 publicó Tusquets y que lleva como subtítulo Una historia para jóvenes de 8 a 88 años. Pues bien, sobre esta adaptación al cine ya me habían hablado algunos amigos, de diferentes edades, con o sin hijos. Todos coincidían que la historia era bellísima y que merecía mucho la pena verla. Así que, aprovechando que ayer hablábamos de Luis Sepúlveda, que hoy es miércoles -toca cine- y que hace mucho que no traigo una película de animación, me ha parecido  que era el momento idóneo para mostraros esta joya que es apta tanto para los niños como para los adultos.

Como dice la sinopsis que aporta Filmaffinity, Historia de una gaviota (y del gato que la enseñó a volar) relata las vivencias de unos gatos con una cría de gaviota. En principio la historia se desglosa en dos partes que convergerán en un punto. Por un lado, en una ciudad portuaria, residen un poeta y su hija Nina. Mientras ella juega, el hombre va construyendo hermosos versos que estimulan la imaginación de la pequeña. Y en esa misma ciudad,  vagabundean por las calles un selecto grupo de felinos -Coronel, Secretario, Sabelotodo, Zorbas y el pequeño Yoyo-, cuya misión principal es librar las inmediaciones del puerto de la presencia de unas terribles ratas lideradas por el Gran Ratón.



Por otro lado, sobre los cielos, y de vuelta de su primera emigración, conoceremos a Kenga, una joven gaviota que vuela a casa con la ilusión de poner su primer huevo. Sin embargo, un terrible suceso se produce cuando se lanza a pescar sobre un banco de arenques. Mientras se sumerge en las cristalinas aguas en busca de su presa, una enorme marea negra lo cubre todo y Kenga queda atrapada en el petróleo. Con mucha dificultad conseguirá remontar el vuelo y sobrevolar la ciudad pero apenas le quedan fuerzas para planear. Lamentablemente caerá en picado pero lo hará sobre el gato Zorbas que intentará salvarla sin conseguirlo. Antes de morir Kenga pone un huevo que Zorbas prometerá cuidar y proteger.

Y digo que no estoy muy de acuerdo con la sinopsis de Filmaffinity porque el objetivo principal de la relación entre Zorbas y el polluelo no será luchar para librar las calles de las nauseabundas ratas sino conseguir que la pequeña gaviota aprenda a volar, vuelva con los suyos y recupere su propia naturaleza. Es un acto de amor que se impone al instinto propio de los gatos.

martes, 4 de julio de 2017

ENTREVISTA a LUIS SEPÚLVEDA (El fin de la historia).

Resultado de imagen de luis sepúlvedaAutor

Luis Sepúlveda nació en Ovalle, Chile, en 1949. En 1993 Tusquets Editores empezó la publicación de su obra con su célebre novela Un viejo que leía novelas de amor, traducida a numerosos idiomas, con ventas millonarias y llevada al cine con guión del propio Sepúlveda, bajo la dirección de Rolf de Heer y protagonizada por Richard Dreyfuss. Le siguieron las novelas Mundo del fin del mundo y Nombre de torero, el libro de viajes Patagonia Express, y los volúmenes de relatos Desencuentros, Diario de un killer sentimental, seguido de Yacaré y La lámpara de Aladino. Con Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar, Sepúlveda se convirtió en un clásico vivo para muchos jóvenes y escolares. En esa misma tradición, Tusquets Editores ha publicado Historia de un perro llamado Leal. El fin de la historia significa el gran retorno de Luis Sepúlveda, retomando al protagonista de Nombre de torero, Juan Belmonte, con una novela que reúne lo mejor de sus grandes relatos: años de investigación condensados en una narración trepidante escrita a la manera de Chandler. 


Sinopsis


Tras haber librado mil batallas, muchas con Salvador Allende, Juan Belmonte ha depuesto las armas y vive en una casa frente al mar en el extremo sur de Chile, junto a algún amigo insobornable y a su compañera Verónica, que nunca se ha recuperado por completo de la tortura sufrida durante la dictadura. A ese Belmonte crepuscular y desencantado se le aparece el pasado en forma de encargo. Los servicios secretos rusos, que conocen su currículo de experto en guerra subterránea y de francotirador infalible, lo necesitan. Saben de un plan urdido por un grupo de nostálgicos cosacos, decididos a liberar de la cárcel a Miguel Krassnoff, torturador pinochetista condenado por crímenes contra la humanidad. Y quieren que Belmonte, quien tiene una muy buena razón, estrictamente personal, para odiar al «cosaco», los descubra. De la Rusia de Trotsky al Chile de Pinochet, de la Alemania nazi a la Patagonia de hoy, la nueva novela de Luis Sepúlveda atraviesa la historia del siglo XX hasta llegar a las páginas dramáticas donde Belmonte vivirá sus momentos más tensos y decisivos.



[Biografía y sinopsis tomadas directamente de la web de la editorial]

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Por fin le llega el turno a esta entrevista. Hace muchas semanas subí una foto a Facebook en la que se me veía sentada y conversando con el autor chileno Luis Sepúlveda. Creo que es una de las entrevistas que más me han marcado en los últimos tiempos, sin desmerecer a nadie. Más allá de leer las novelas de este autor, también es sumamente recomendable bucear por Internet y aprender sobre su vida. Encarcelado durante la dictadura de Pinochet, embarcó en un barco ballenero y casi pierde la vida en Alemania, aquejado de una enfermedad que, en principio, parecía leucemia.

Luis Sepúlveda regresa al plano literario de nuevo con una novela, El fin de la historia, en la que rescata a un viejo conocido, el personaje Juan Belmonte. El autor, que nos visitó durante el mes de mayo, no solo nos habló de su vida sino que también nos realizó un retrato de su Chile natal que rezumaba nostalgia y cierta amargura. Por supuesto, qué duda cabe, hablamos de literatura y de sus libros. Esto es lo que nos contó.

Marisa G.- Luis qué alegría conocerle. He estado leyendo mucho sobre su vida todos estos días. Me han sorprendido muchísimo todas sus experiencias vitales. Algunas cosas que le han ocurrido no han sido precisamente agradables. No sé si en algún momento, usted se ha arrepentido de algo. Si pudiera dar marcha atrás, ¿haría las cosas de otra manera? ¿Cambiaría algo?

Luis S.- No. Si tuviera que dar marcha atrás haría exactamente todo lo que hice, todo igual, porque me siento orgulloso. Esto es algo que le digo muchas veces a mis hijos. Hay pocas satisfacciones más grandes que mirarse al espejo por la mañana y decirse a uno mismo: «Ese tipo de ahí tiene sesenta y siete años y ha sido siempre un tío decente». Eso es una satisfacción enorme.

M.G.- Sesenta y siete años como usted indica y con una vida con mucho movimiento, muchos altibajos, cuando, por regla general, la inmensa mayoría de los mortales, tenemos una vida más plana.

L.S.- A mí es que me tocó nacer en una época muy rica y muy interesante. La segunda mitad del siglo XX fue muy convulsa, llena de sucesos. Tuvimos el Mayo del 68, la revolución china, la revolución rusa, la revolución cubana. Fue el siglo de las grandes expectativas, de los derechos civiles, en Estados Unidos los negros por fin pueden sentarse en un bus al lado de los blancos. El siglo en el que la mujer conquistó casi universalmente el derecho al sufragio, el siglo del feminismo, quizá la revolución más importante de la historia de la humanidad, cuando la mujer por fin toma conciencia de su propio desarrollo, que no tiene que depender del hombre,... Todo eso había que defenderlo, había que jugársela y claro...

M.G.- Ahí estaba usted.

L.S.- Bueno, yo y otros miles más. 

Resultado de imagen de un viejo que leía novelas de amorM.G.- Sí, mucha gente por suerte. Bien, pues en el plano literario y a nivel internacional su voz y su nombre resuenan desde aquella novela maravillosa, Un viejo que leía novelas de amor. Fue un libro que llegó muy lejos. ¿Por qué cree usted que aquella novela funcionó tan bien? Hasta tal punto de llevarla incluso al cine.

L.S.- Funcionó y sigue funcionando. He perdido la cuenta de cuantos millares de ejemplares se ha vendido en el mundo. Sé que está traducida a cincuenta y dos idiomas. Tengo todas las traducciones en casa. Ahora recién en la Bretaña francesa, en Saint-Malo, donde se hace un festival literario muy lindo, para mí es el mejor festival que se hace en el mundo, que se  llama Les Etonnants Voyageurs (Los viajeros encantados) resulta que va a estar dedicado a esa novela porque 25 años de su publicación en Francia.

A aquella novela le dediqué mucho tiempo y me la jugué con ella. Anteriormente solo había publicado unos libros de relatos, tres en concreto, y no tenía ninguna obsesión por publicar rápidamente. Era periodista y estaba feliz con mi profesión. Me ganaba la vida honradamente, eran tiempos dorados y nos pagaban buenos sueldos. Ahora ya todo es muy distinto. En aquellos años fui corresponsal de una revista alemana en Angola, Mozambique, Cabo Verde,... y le quité tiempo al tiempo para escribir. Sabía que para escribir una novela tenía que hacer como Don Quijote, velar y templar armas antes de salir a la aventura. ¿Y cómo? Pues leyendo, escribiendo relatos... Y cuando me planteé la novela sabía que la iba a jugar. Tenía que ser una novela como a mí me gustan que sean las novelas. Quería narrar desde la primera palabra o frase y quería que la novela acabara con la última palabra. Me salió lo que me salió.

Creo que es una buena novela. La gente lo entendió así.


M.G.- Y de toda su trayectoria literaria ¿es entonces la niña de sus ojos? ¿La novela a la que le tiene más cariño, más apego?

L.S.- No, no, no. Evidentemente la quiero, quiero mucho al personaje. Sufrí mucho cuando me plantearon hacer una película porque pensé que me la iban a destrozar. Pero cuando leí el guión, me gustó. Y cuando pude hablar con Richard Dreyfuss y él me manifestó el amor que sentía por ese personaje, me tranquilicé mucho.

Pero también hay otras novelas también por ejemplo La historia de la gaviota y el gato que le enseño a volar,...

M.G.- De la que también  hay una adaptación.

L.S.- Sí hay una película de animación muy bonita. Patagonia Express es también una novela que me gusta. Ahora estamos preparando la película de Nombre de torero. 

Me gusta mucho escribir y me gusta hacer las cosas bien. Es verdad que me exijo mucho, de ahí que mis novelas sean breves. Creo en la brevedad. Soy un enamorado de mi idioma porque este idioma permite la brevedad, la concisión de la manera que no permiten otros idiomas como el alemán, el inglés, el francés o el italiano, idiomas que hablo y sé lo que digo. Por eso detesto los que hacen arabescos raros con el idioma porque son incapaces de encontrar las palabras precisas para decir lo que hay que decir. 

M.G.- Otra gran ventaja de nuestro idioma es que con una misma palabra se pueden definir muchos conceptos.

L.S.- Es un idioma que te permite ser muy conciso, jugar.

Mira, hay una anécdota que se cuenta y que yo creo que debe ser verdad. Hemingway hablaba más o menos español, lo aprendió en Cuba. En España lo chapurreó un poco pero en Cuba fue donde lo perfeccionó. Dicen que cuando una vez alguien le leyó en español el comienzo de El viejo y el mar, comentó que sonaba mucho mejor en español que en inglés. (Risas)

M.G.- (Risas) ¡Qué halago! 

Pues después de todas esas novelas que ha escrito llega ahora con El fin de la historia, donde usted rescata a un antiguo compañero literario, a Juan Belmonte, el que fue protagonista de Nombre de torero, una novela que se publica en 1994. ¿Por qué rescatar a ese personaje después de tantos años?

L.S.- Esa pregunta es muy interesante. Voy a intentar ser conciso aunque lo que te voy a contar es largo.

Nombre de torero, la escribí en la peor situación que te puedas imaginar. Vivía en Alemania y un día empecé a sentirme mal, con muchos dolores, estaba muy enfermo. Fui al médico y me diagnosticaron leucemia. Me dijeron que me quedaban seis meses de vida. Sin embargo, me vio otro médico, un rumano muy inteligente que me dijo que aquello no era leucemia sino otra cosa. Era un tipo muy, muy inteligente. Me dijo que yo tenía que ser o latinoamericano o kurdo, le respondí que era latinoamericano. Me preguntó si había estado en la cárcel, le dije que sí 

- ¿Cuánto tiempo? Casi  tres años. 
- ¿Dónde? En tal sitio, le dije. Y pidió un mapa.
- ¿Cómo era? Húmedo, frío y terrible
- ¿Lo pasaste mal? Sí, muy, muy mal. 
- ¿Y la alimentación? Inexistente, le respondí. Salí de la cárcel pesando casi 48 kgs. 

Me preguntó si conocía que existieran casos de tuberculosis. Y efectivamente hubo muchos casos. Pues bien, aquel médico me dijo que yo había contraído la tuberculosis pero como era un tipo seguramente de una estructura muy fuerte, sano, no se manifestó como se manifiesta a todo el mundo, con el bacilo de Koch en los pulmones. 

- El maldito bacilo se te alojó en el peor lugar, en la columna vertebral. Tienes tuberculosis ósea y vas a quedar inválido. 
Vale pero ¿me voy a morir?
- No, no... 
- Vale perfecto. Solo inválido.
- Salvo que me permitas realizar un experimento contigo. Estoy desarrollando un antibiótico que no me permiten usarlo porque la OMS no lo ha aprobado y me voy a arriesgar a que me quiten el título de médico contigo si me das tu autorización para probarlo. En ese caso, lo primero que voy a hacer es inmovilizarte durante medio año. Totalmente inmóvil. Te voy a meter como en una especie de sarcófago, pero dejándote los bracitos fuera, y te voy a dar ese antibiótico durante seis meses. Vas a gritar de dolor pero creo que va a resultar. 
- Vale, lo acepto. 

Y me quedé pensando que lo mismo iba a estirar la pata. Tenía más o menos la idea de esa novela en la mente. Me propuse crear un personaje al que darle mi biografía, ¿por qué no? Que haga todo lo que yo he hecho. Que pase por todo lo que yo pasé. Aunque también hay algunas cosas inventadas porque yo jamás fui matón de un burdel pero él sí (risas). Y la novela la escribí, me curé y se publicó. 

Con el tiempo siempre me he preguntado qué sería del personaje y me planteé rescatarlo algún día. Y ese día llegó con El fin de la historia una novela que nace partiendo de un hecho real que es el siguiente. En el año 2005, al palacio de gobierno de Santiago de Chile, que llamamos coloquialmente La moneda, llegó una delegación muy rara, unos tíos vestidos con ropas raras. Eran cosacos. La gente que los vio pensó que eran una delegación del Teatro Bolshói, el ballet ruso y no, eran cosacos de verdad que habían ido a comprar la libertad de un criminal que se llamaba Miguel Krassnoff, condenado ya varias veces de por vida. Claro, la primera gestión de la presidenta Bachelet fue explicarle que así no funcionaban las cosas, que existían tres poderes independientes, que aquel tío era un asesino y un criminal y que iba a morir en la cárcel. Los tipos la amenazaron diciendo que aquello iba a poner en peligro las relaciones comerciales entre la Federación rusa y Chile. Hasta ahí llega la historia real.

Pero cuando a ti te viene la idea de una novela, abres una puerta y esa puerta te lleva a un país que se llama ucronía, y la ucronía tiene una especie de felpudo, como el de Ikea, que dice «Y si pasara esto. Y si ocurriera esto,...» Y así surgió la novela con el único personaje que mejor encajaría en un argumento así, Juan Belmonte, por eso lo convoqué de nuevo.

M.G.- ¿Y por qué el nombre de Juan Belmonte, exactamente? Los que no hemos leído esa novela, inevitablemente lo relacionamos con el torero.

L.S.-  Claro. Estando en el hospital, cuando empecé a construir el personaje, yo veía de leer Fiesta de Hemingway. No soy amante de los toros pero en aquella novela me gustó el hombre. No era un patán. Era un tipo noble. Debía de ser de sentimiento generosísimo por cómo lo describe Hemingway. Pensé que era un honor que un personaje se llamara así, para que no lo olvidaran. De ahí que a mi Belmonte, cada vez que va a alguna parte siempre le dicen lo mismo que se llama igual que un famoso torero.

M.G.- Luis, en Nombre de torero, la trama giraba alrededor de un tesoro robado por los nazis. En El fin de la historia aparecen los rusos que pretenden liberar a un torturador pinochetista, como usted comenta, condenado por crímenes contra la humanidad. Dice la faja de la novela que estamos ante una novela policíaca pero no es una novela policíaca al uso, ¿verdad?

L.S.- No, no. Hoy en día se encasillan las cosas pero no lo es aunque por algunos aspectos de la trama se podría catalogar así. Se inscribe más bien en algo que se llama la novela negra latinoamericana que ha violentado los géneros. Toma algo de la literatura de viajes, de la literatura de aventuras, de la historia social del último tiempo que permite además dar, sin inventarte nada, una visión distanciada de algunos hechos históricos. Los hechos que se narran en la novela realmente ocurrieron, lo que pasa es que nadie se había preocupado nunca de meterlos en una novela. 

Y algo muy importante, cuando se narran ciertos acontecimientos históricos, especialmente duros y difíciles. Hay que ser tremendamente pudorosos con las víctimas. Hay gente que no ha superado algunos sucesos.

El libro está dedicado a Carmen Yáñez, mi compañera, mi mujer, que pasó por muchos momentos terribles en el campo de concentración que aparece en la novela.




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