Mostrando entradas con la etiqueta Héctor Abad Faciolince. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Héctor Abad Faciolince. Mostrar todas las entradas

martes, 22 de noviembre de 2022

HÉCTOR ABAD FACIOLINCE: ❝Soy un escritor que sabe muy poquito❞

Sigo enganchada a aquel El olvido que seremos. Y es que hay lecturas que marcan para toda la vida, que se te pegan a la piel, y ya no hay forma humana de desprenderte de ellas. Tengo muy vívidas las sensaciones que sentí al leer aquella novela, aquel invierno de club de lectura, en el que nos reuníamos un grupo copioso e interesante de lectores. Recuerdo lo que opinaron mis compañeros, tan impresionados como yo. Me recuerdo también buscando más información sobre aquel autor, Héctor Abad Faciolince, y sobre su padre, Héctor Abad Gómez. Empapándome de su vida, examinando las fotografías y los artículos que me arrojaba Internet. Recuerdo lo mucho que celebré cuando supe de la adaptación al cine, lo que me alegré al saber que Javier Cámara daría vida a ese doctor tan humanitario. Me recuerdo viendo la película. Que nada ni nadie me distrajera. 

Al conocer que Héctor Abad Faciolince visitaría Sevilla para promocionar su último trabajo, Salvo mi corazón, todo está bien, y que me podría sentar a conversar con él, pensé que los diez años que llevo al frente de este espacio, dejándome guiar únicamente por lo que dicta mi corazón, haciéndolo lo mejor que puedo con los pocos recursos y conocimientos a mi alcance, dedicándole horas que no tengo, bien merecían la pena por encuentros como este. Así que, hace unas semanas, yo con mis nervios y él con el cansancio natural por estas lides, el milagro se fraguó. Aquí os dejo nuestra conversación. 

Marisa G.- Héctor, por empezar por el principio, por el título. Salvo mi corazón, todo está bien es un verso. Ya usó uno de Borges, en El olvido que seremos. Ahora le toca el turno a Eduardo Carranza.

Héctor A.F.- Sí, como los poetas usan el lenguaje de una manera muy condensada y eficaz, tienen que escoger muy bien las palabras. He usado versos de poetas muchas veces para los títulos. Cuando estoy escribiendo un libro, leo mucha poesía porque es un alimento maravilloso para la prosa y, a veces, leyendo poesía, encuentro el verso adecuado para titular el libro.

M.G.- En esta novela, usted cuenta, a través de la voz de un cura, la historia de otro que está a la espera de un trasplante de corazón. El narrador, Aurelio Sánchez. El que espera el trasplante es Luis Córdoba. Es un relato con visos de realidad porque usted conoció a estos dos personajes, a estas dos personas. ¿Por qué contar esta historia? En un momento de la novela se dice que la enfermedad de Luis es el origen de este relato.

H.A.F.- Sí. La novela es un trasplante de la realidad a la ficción. Conocí a Luis Alberto Álvarez, la persona real en la que se inspira el personaje de Luis Córdoba. Lo conocí en los años 70, en el siglo pasado, en un curso de cineclub sobre neorealismo italiano. Ni siquiera sabía que era cura porque no se vestía con sotana. Supe que era cura mucho tiempo después. Era un hombre que transmitía, que contagiaba un entusiasmo extraordinario por el cine, por la música, por el arte. Era un hombre lleno de vitalidad y de entusiasmo. Pero muchos años después, cuando éramos mucho más amigos y compartíamos grandes comidas, se enfermó del corazón. No podía seguir viviendo en la casa donde vivía porque tenía muchas escaleras y se fue a vivir a la casa de una mujer, madre de dos hijos, que acababa de ser abandonada por su marido. La situación de un sacerdote que entraba a vivir a una casa, y que ocupaba el lugar del padre de familia que se había ido, me pareció el símbolo de algo. ¿De qué? No lo sé, pero pensé en escribir esa historia. 

Finalmente, en la pandemia, cuando todos parecíamos estar enfermos de algo que nos podía matar, como los enfermos del corazón, encontré el ambiente y la forma mental adecuada de la época, para escribir una historia de amenaza de muerte y de enfermedad.

M.G.- ¿Y por qué decidió cambiar los nombres?

H.A.F.- Porque no es una biografía de Luis Alberto Álvarez. Esta novela es lo que muchas personas me contaron sobre él, lo que yo recordaba de él. Muchas personas que hablaban de situaciones iguales me contaban historias distintas. Por un lado, confirmé algo que yo ya sabía, que la memoria es muy frágil y muy fabuladora, que uno, al recordar, involuntariamente inventa. Si dos personas cuentan lo mismo de dos maneras muy distintas, están inventando. No es que mientan, es que no se dan cuenta de que recuerdan de forma diferente. Eso por un lado. Y por otro, cuando el cura de la realidad se va a vivir a esa casa, con dos mujeres y tres niños, sin padre y sin esposo, y se cierra esa puerta, lo que ocurrió dentro de esa casa, yo no lo sé, ni nadie me lo pudo contar. En la novela, lo que pasó dentro de esa casa es algo que yo completo con mi imaginación. Por lo tanto, no tengo derecho a llamar esto de otra forma que no sea novela y por eso también, les tengo que cambiar los nombres a las personas involucradas.

M.G.- En cualquier caso, Luis Alberto Álvarez, al que llamaban el Gordo porque era una persona de constitución grande, no era un cura al uso. Por lo que se cuenta de él en la novela y por lo que se deduce del texto, no trataba de captar ni evangelizar, y prefería enseñar a través de sus pasiones, el cine y la literatura, antes que a través de las Sagradas Escrituras.

H.A.F.- Tengo entendido que en Sevilla también hubo un cura así.

M.G.- Sí, se menciona en la novela, Manuel Alcalá. 

H.A.F.- De Alcalá oí hablar a un político, a un ministro de Felipe González, a Alfonso Guerra, quien decía que Alcalá tenía un cineclub y le había enseñado a ver cine. 

Creo que ha habido curas así. Los mismos maestros de Luis Alberto en Roma eran hombres así, curas jesuitas muy abiertos a ese último arte, y a ese arte nuevo de la cinematografía, fascinados por él, que le abrieron los ojos. En el cine se conjugaban las artes del oído y de la vista.

Soy ateo pero reconozco que, dentro de la Iglesia, en la arquitectura de las catedrales, en la pintura religiosa, y en la música sacra, se han producido algunas de las obras de arte más maravillosas, más eternas, más inmortales de la historia del arte del ser humano. Entonces, asociar a estos curas con mi novela, con una novela sobre el cine y sobre todo, sobre la ópera, me parecía bien. 

M.G.- Luis Alberto Álvarez o su personaje, Luis Córdoba, era crítico de cine. En la novela se incluyen algunas de sus críticas. Por ejemplo, Pulp Fiction no sale muy bien parada. ¿Esos textos corresponden con la realidad?

H.A.F.- Luis Alberto Álvarez tenía una página de cine, todos los domingos, en el periódico de mi ciudad. Al final de su vida, se publicaron dos tomos con sus críticas cinematográficas. Poco después de su muerte, yo mismo, siendo editor en la editorial de la Universidad de Antioquia, publiqué el tercer tomo de sus últimas críticas de cine. Los tres libros se llaman igual: Páginas de Cine 1, Páginas de Cine 2, Páginas de Cine 3. Cuando él habla de cine, cuando se refiere a algunas películas, muchas veces, y sin comillas, lo que la novela presenta como un diálogo ficticio, en realidad está tomado literalmente, o casi literalmente de las críticas que él escribía. 

M.G.- Hay muchas referencias cinematográficas a lo largo de toda la novela. No sé si estas corresponden a las propias del autor, o a las de Luis Alberto Álvarez. 

H.A.F.- En realidad, soy un escritor que sabe muy poquito. No sé nada de curas. No sé nada de ópera. Sé muy poquito de cine. Lo que sé de literatura se me ha olvidado. Lo que escribo lo hago con la ayuda de mis amigos. Por ejemplo, un amigo me contó que Álvarez organizó el único festival de cine infantil que hubo en Medellín, pero ese amigo no se acordaba de qué películas se proyectaron. Entonces, llamé a mi amigo Fernando Trueba y le conté que estaba escribiendo una novela en la que aparecía un festival de cine infantil, y le pedí que me dijera las diez películas que él consideraba que eran apropiadas para niños, y él me las dijo. Y, como no sé nada de ópera pero el escritor mexicano Jorge Volpi es un gran experto en ópera, hablé con él y me sugirió algunas partes de óperas que podían venir bien para la novela. 

Mi ignorancia, que es muy grande, la puedo suplir con amigos mucho más cultos que yo, y eso queda mucho mejor que si usara mi propio cerebro. Me apoyo en otros.

M.G.- Al margen de Luis Córdoba y el narrador, hay un tercer personaje, Joaquín. Él es el exmarido de Teresa, la señora que acoge en su casa a Luis, una vez que está esperando el trasplante. Quizá me equivoque, Héctor, pero este Joaquín comparte ciertas similitudes con su propia vida. Joaquín también tiene un problema de corazón, como lo ha tenido usted, es ateo, su madre es creyente, su esposa era italiana. Hay ciertos paralelismos.

H.A.F.- Sí, hay cosas tomadas de mí y otras no. Soy bastante ridículo pero Joaquín es más ridículo que yo. Un personaje puede ser uno mismo mejorado o caricaturizado. En mis novelas, hay personajes que se parecen a mí pero que son mucho mejores que yo. Son más cultos, más inteligentes, más altos, más guapos, más agradables que yo pero, en este caso, Joaquín soy yo mismo pero empeorado, disminuido, más frívolo, más superficial, más tonto,... Soy yo pero empeorado.

M.G.- Este libro no solo retrata la historia del personaje, de Luis Córdoba, sino que la novela también sirve de vehículo para hablar de otros temas como la familia, la paternidad, la amistad, la lealtad, el amor,... Es decir, es una novela en la que se habla de muchos temas universales.

H.A.F.- Sí. No es algo que yo haya hecho de forma deliberada pero, cuando uno cuenta una historia, así no tenga una aproximación sociológica, ni teológica, ni quiera demostrar nada, inevitablemente, los temas acuciantes de la sociedad en la que uno vive terminan por aparecer. 

Si la institución familiar está en crisis, si otros tipos de familias surgen y se proponen como alternativas válidas y respetables, aparecen en la novela. Sin querer demostrar nada, pero sabiendo que hay muchos curas que son homosexuales, pues es normal que también aparezcan. Si en Colombia  hay una gran crisis de paternidad y responsabilidad, de padres ausentes, también aparece. Pero todo esto es involuntario. Es como si fuera el espíritu de los tiempos que, irremediablemente impregna las historias que uno escribe, aunque no se quiera. 

Sin hacer sociología y sin tratar de demostrar nada, lo que quiero sencillamente es contar historias claras y simples, pero son historias que se contaminan de la realidad que yo vivo. 


[Si prefieres escuchar nuestra conversación, dale al play]

M.G.- El narrador también es cura y es homosexual, lo dice abiertamente. Hay un momento en el que él confiesa que entró en la iglesia como remedio para la concupiscencia. En ese momento pensé, ¿esto no es igual que los matrimonios en crisis que tienen hijos para arreglar sus problemas?

H.A.F.- Es algo que, aparentemente, está en la iglesia desde San Pablo. Hay un libro de una teóloga alemana que se llama Eunucos para el Reino de los Cielos, -creo que es una frase de San Pablo que aparece en una de sus epístolas-. Es una frase en la que la iglesia se basa tardíamente para establecer el celibato sacerdotal como algo obligatorio. Muchas vocaciones no son absolutamente sinceras por las ganas de ayudar al prójimo o de adorar a Dios sino que, en muchos casos, es para resolver un problema económico, para que en una familia haya menos bocas que alimentar, para que además el hijo reciba una buena educación en el seminario. Y ahí se meten, sin tener vocación religiosa. Y otros, sobre todo en el siglo pasado, cuando la homosexualidad estaba muy mal vista, cuando eran rechazados por las familias, y socialmente abominados y perseguidos, muchachos que sentían esas pulsiones y eran muy creyentes, vieron conveniente meterse a cura, refugiarse en los hábitos, recubrirse del prestigio del sacerdocio, ser casto, no ejercer su homosexualidad, y resolver ese dilema moral. Como teoría, como idea de sublimación y como propósito, es bonito pero en realidad, para muchos de ellos aquello era totalmente impracticable. Creo que ese es el origen de las muchas hipocresías que hay dentro de la Iglesia y de las muchas neurosis que el celibato obligatorio produce, ya sea en curas heterosexuales o curas homosexuales. Es una imposición tardía, que en el cristianismo primitivo no estaba, ni en el judaísmo, ni en las iglesias orientales, creencias que yo respeto. Si alguien quiere ser célibe me parece perfecto, como el que quiere ser soltero o vegetariano, el problema es cuando no es voluntario sino obligatorio para todos los que se metan en esta institución.

M.G.- ¿Está cambiando la Iglesia? El Papa actual se ha pronunciado en algunos asuntos delicados.

H.A.F.- Sí, la Iglesia quiere dar la impresión de ser una institución sólida e inmodificable, que no cambia a lo largo de la historia. Sin embargo, en mi propia historia me he dado cuenta de cómo ha cambiado la aproximación de la Iglesia con respecto a, por ejemplo, los suicidas. Ha aumentado la compasión de la Iglesia. Antes, el suicidio era totalmente abominable y el suicida era alguien que se condenaba automáticamente. Todavía hay pueblos africanos en los que el suicidio es castigado con la pena de muerte. En la Iglesia era castigado con el infierno inmediato. Era como una excomunión póstuma. No se les podía dar una misa, ni enterrar en camposanto. Pero se ha vuelto más compasiva con el suicida y con la familia que sobrevive al suicida. 

Este Papa también ha desarrollado posturas más compasivas, que alimentan menos el sufrimiento humano. Cuando el Papa dice que él no es nadie para juzgar a los homosexuales, cuando él dice que conoce a algunos ateos que son mejores personas que muchos creyentes, aunque eso suene herético y abominable para los católicos, está contribuyendo a que haya una Iglesia menos despiadada, menos tolerante.

Los curas de mi novela, cuando aceptan familias distintas, compuestas por dos hombres, por dos mujeres, familias unidas por el amor y no se les juzga, están dando un paso todavía más adelante en una religión que, basada en el amor, debería ser muchísimo más abierta. No es que yo le pueda dar consejos a la Iglesia, no pertenezco a ella, pero me parece que cualquier acto humano que disminuya el sufrimiento es benéfico para la civilización y para la humanidad. Ojalá la Iglesia diera pasos así, a favor de la tolerancia, la apertura, y el respeto por cualquier manifestación amorosa.

M.G.- Estamos hablando de temas muy serios, de enfermedad, de muerte, pero también es una novela a la que no le falta el humor. Hay momentos en los que me lo he pasado muy bien.

H.A.F.- Menos mal, ¿cuándo te reíste?

M.G.-  Pues en diversos momentos porque Luis Córdoba es un personaje peculiar y que sorprende.

H.A.F.- Sí, yo quería eso también. Él hacía reír porque era simpático e irónico. La tristeza, la preocupación, la enfermedad tienen que ir mezclados con el humor porque si no la vida se vuelve sin espesor y sin belleza.

M.G.- Como Luis Córdoba tiene un problema de corazón, en un momento dado usted profundiza mucho en la novela, sobre el funcionamiento de este órgano y sus patologías. Aporta muchos datos, con lo cual, creo que se habrá tenido que documentar bastante. Hasta tal punto que el narrador le dice al lector que si se quiere saltarse toda esa información es libre de hacerlo.

H.A.F.- Sí. Es algo que he hecho en muchas de mis novelas. Hay trozos en mis novelas que son digresiones, ampliaciones de algo. A mí me gustan particularmente. Sin embargo, sé que a algunos lectores no lo disfrutan porque quieren la narración pura y dura. Esas digresiones casi siempre son un poco más ensayísticas. Me gustan cuando las leo en otras novelas porque siempre me gusta aprender. 

Para esta novela, me documenté bastante. Leí muchos libros y no exactamente de cardiología, pero sí de divulgación científica sobre el corazón porque mi protagonista tenía una insuficiencia cardíaca y porque yo mismo tenía un problema cardíaco. Estaba muy obsesionado con ese órgano, tan importante que está en la mitad del pecho. Quería entender su funcionamiento. Pensé que algunos de mis lectores podían estar interesados, aunque fuera por mera curiosidad, en saber cómo funciona ese músculo y esa bomba que nos mantiene vivos. Para mí es muy interesante pero si tengo a una lectora o a un lector que solamente le interesa la trama, pues entonces le permito que se lo salte.

M.G.- Me parece muy curioso cómo titula los capítulos, empleando letras del abecedario -A, B, C,-. ¿A qué se debe?

H.A.F.- Hay un motivo secreto. En el capítulo A, el nombre del tema fundamental y secreto de ese capítulo empieza por A. En el capítulo B, igual... Y así. En la Ñ y en la X, las letras forman parte de la palabra importante del capítulo. Quise hacerlo así, como una especie de acertijo para que los profesores se diviertan buscando esa palabra. (Ríe)

M.G.- Mientras escribía esta novela, y como ha comentado, usted sufrió problemas de corazón, al igual que el protagonista. Pero esta escritura también le ha debido de reportar emociones más bonitas porque, si no me equivoco, parte de la novela la escribió en la misma habitación que se escribió Cien años de soledad.

H.A.F.- En la misma habitación, no, porque Cien años de soledad se escribió en una habitación del piso de abajo de esa casa, donde me dieron una beca. Es un cuartito muy pequeño, al que García Márquez le decía la Cueva de la Mafia. En cambio a mí me dieron la habitación más grande de la casa, que fue el dormitorio donde él y Mercedes dormían, que además tenía baño propio. Yo tenía una habitación muy buena y muy luminosa, que miraba a un patio con mucha luz. Estaba muy bien.

García Márquez creía en los fantasmas. Cuando quiso comprar una casa en Cartagena de Indias no fue capaz de comprar ninguna vieja porque decía que esas casas estaban llenas de fantasmas. Él era muy miedoso y muy supersticioso. Pero yo no creo en nada de eso y, sin embargo, cuando residía en la casa en la que me dieron la beca, supersticiosamente pensaba que allí sí estaba el fantasma de García Márquez, pero porque había un perro que no hacía más que ladrar y yo pensaba que él se había reencarnado en ese perro. Cuando en mi novela ladra un perro, en mi mente es el fantasma de García Márquez, protestando por mi indigna presencia.

M.G.- (Risas) Como última pregunta. Siempre pregunto a los autores el porqué de una novela concreta pero nunca les he preguntado por qué escriben, en general. Creo que es una buena pregunta para usted. ¿Por qué escribe Héctor Abad Faciolince?

H.A.F.- A los trece años resolví que quería dedicar mi vida a lo que más me gustaba, el mundo de la lectura y de los libros. Pensé que el horizonte más probable de ese deseo era el fracaso porque la mayoría de los escritores que hay, somos escritores fracasados. Yo también he sido un escritor fracasado en muchos periodos de mi vida. Pero siempre pensé que me dedicaría a los libros. Así que, lo primero que hice, estando estudiando en la universidad, fue escribir reseñas de libros. Al salir de la universidad, empecé a traducir libros. Después fui editor de libros y así fue como edité el último libro del Gordo. Luego fui librero, un fracaso porque no sirvo para el comercio. Después volví a ser otra vez editor y luego, bibliotecario. También fundé con mi esposa una pequeña editorial. Mientras todo esto ocurre, decido ser lector de libros y, cuando soy capaz, escritor. A veces, fracaso. A veces, no. Pero esa es la vida con la que siempre soñé. Si nunca hubiera editado y escrito libros que se leyeran, si nunca me hubieran invitado a Sevilla para presentar un libro -algo con lo que ni soñaba-, tenía claro que por lo menos iba a hacer algo relacionado con ese mundo. Estar al lado de los libros es un sueño cumplido

M.G.- A veces, los sueños se cumplen, Héctor. Y aquí está usted, en Sevilla, para presentar esta novela, Salvo mi corazón, todo está bien. Le agradezco muchísimo que me haya atendido.

H.A.F.- Un placer.

Sinopsis: El sacerdote Luis Córdoba está a la espera de un trasplante de corazón. Es un cura amable, alto, gordo, pero su mismo tamaño hace que no sea fácil encontrar un donante. Como los médicos le aconsejan reposo y su residencia tiene muchas escaleras, recibe hospedaje en una casa donde viven dos mujeres, una de ellas recién separada, y tres niños. Córdoba, que es bueno y culto —crítico de cine y experto en ópera—, goza compartiendo lo que sabe con las mujeres sin esposo y los niños sin padre. Pronto se ve envuelto y fascinado por la vida familiar y, sin pretenderlo, empieza a desempeñar el papel de paterfamilias y a replantearse sus opciones de vida.

Salvo mi corazón, todo está bien es la historia de un sacerdote bondadoso —inspirado en un cura real— que pone a prueba sus creencias y su optimismo inquebrantable en un mundo hostil. Su crisis existencial, en medio de personajes llenos de ganas de vivir, nos muestra una visión del matrimonio como una fortaleza sitiada: los que están dentro quieren salir, y los que están fuera quieren entrar.

miércoles, 8 de septiembre de 2021

EL OLVIDO QUE SEREMOS (DRAMA - 2020)

Año: 2020

Nacionalidad: Colombia

Director: Fernando Trueba

Reparto: Javier Cámara, Patricia Tamayo, Juan Pablo Urrego, Nicolás Reyes Cano, Aída Morales, Sebastián Giraldo, Whit Stillman, María Tereza Barreto, Laura Londoño, Elizabeth Minotta, Kami Zea, Luciana Echeverry, Camila Zarate,

Género: Drama

Sinopsis: Narra de manera íntima la historia de un hombre bueno, el médico colombiano Héctor Abad Gómez, carismático líder social y hombre de familia, un destacado médico y activista por los derechos humanos en el Medellín polarizado y violento de los años 70. La trama relata la vida del doctor y padre de familia, preocupado tanto por sus hijos como por los niños de clases menos favorecidas. En su casa se respiraba la vitalidad y la creatividad características de una educación fundamentada en la tolerancia y el amor, pero la violencia ambiental del país condicionaba la vida de todo su entorno.

[Fuente: Filmaffinity]


Cuantísimas ganas tenía de ver esta película desde que supe de su existencia, cuando este año resultó ganadora del Goya a la Mejor Película Iberoamericana. Y es que estoy enamorada de esta historia, de la historia de Héctor Abad Gómez, de la que tuve conocimiento cuando su hijo, Héctor Abad Faciolince publicó la novela que lleva el mismo nombre, en 2006. Leído aquel título que me dejaron en préstamo, no tuve más remedio que comprarlo. ¿No os pasa esto? ¿Que leéis una novela que os han dejado y luego, tras la lectura, sentís que tenéis que tener vuestro propio ejemplar? A mí me ocurre a veces y en esos momentos siento que, entre el libro y yo, se teje un hilo invisible que nos une para siempre.

Pero, vayamos por  partes. ¿Quién fue Héctor Abad Gómez? Nacido en Jericó en 1921, fue un hombre comprometido con sus ideales y firme defensor de los derechos humanos. Casado con Cecilia Faciolince, tuvo seis hijos: Mariluz, Clara Inés, Eva Victoria, Sol Beatriz, Marta Cecilia y Héctor. Ejerció como médico y profesor en Colombia, y abogó por un sistema de salud pública con unas mínimas garantías, luchando por mejorar la calidad del agua a través de la potabilización y fomentando el acceso de la población a las vacunas. Dicen que en sus clases nunca había afirmaciones sino preguntas, porque lo que él trataba de conseguir es que sus alumnos se lo cuestionaran todo y pensaran por sí mismos. Es lo que hacía Héctor Abad Gómez, pensar y destapar la verdad en un país en el que el poder se escribía con letras mayúsculas, donde decir lo que uno piensa, bajo el amparo del libre pensamiento, era una apuesta arriesgada. Y fueron precisamente sus pensamientos, sus conferencias, sus artículos, sus declaraciones,... los que lo condujeron a la muerte. Héctor Abad Gómez fue asesinado el 25 de agosto de 1987. Esta fotografía, en la que se le ve tirado en medio de la calle, cubierto con una sábana empapada de sangre, y rodeado de su mujer y algunos de sus hijos, ocupó y sigue ocupando, cada vez que se recuerda su vida y su muerte, las páginas de los periódicos del mundo.




Centrándonos en la película, el largometraje arranca con Héctor Abad (hijo) residiendo en Torino (Italia). Corre el año 1983 -cinco antes de la muerte de su padre-, y el joven, que por entonces tenía 25 años, pasea por las calles italianas acompañado de la mujer que se convertiría en su pareja. Desde el otro lado del charco le llega la noticia de la jubilación de su padre. En la universidad quieren hacerle un homenaje y Héctor vuela a Colombia para asistir al acto. Son imágenes en blanco y negro, un detalle que tendrá su significado posterior.

De esa inicial escena introductoria, que más tarde se repetirá, damos un salto en el tiempo hacia atrás. La narración nos lleva al año 1971, cuando Héctor Abad (padre) recibe la visita del doctor Richard Saunders, un profesor de San Francisco, en Medellín. Ambos trabajan en un proyecto en común al que han llamado Future for Childrens, y recorren los barrios más desfavorecidos, tomando muestras de agua y examinando a niños enfermos de tifus y otros males. Héctor hijo lo acompañará en algunas de esas visitas y comprenderá que la vida no es tan placentera para muchos, como lo es para él. 

La vida de Héctor Abad (padre) transcurre pareja a su compromiso con los más desfavorecidos. A pesar de las miserias, de las desigualdades sociales, de las injusticias que veía cada día, era un hombre feliz. En este sentido, la película retrata la importancia de su ambiente familiar. Vemos a un padre adorado y admirado por sus hijos, un padre que trata de inculcar a sus cachorros los valores más primordiales, enseñándoles a ser buenas personas, a respetar a los demás. La imagen que nos muestra la película es la de un hombre que amaba profundamente a los suyos, y que ayudaba a todo aquel que tuviera alguna carencia. Buen esposo y un padre complaciente, que se mostraba duro e inflexible cuando debía serlo. A pesar de no ser creyente, sus hijos sí recibieron una educación religiosa, asunto en el que él no parecía meterse.

La otra cara de la moneda será su faceta profesional y su activismo político. Como se dice en el discurso que da una alumna durante su homenaje por jubilación, Héctor Abad fue un profesor único que no consentía que su voz fuera acallada. Pero ir así por la vida, en un país como la Colombia de esos años, era ponerse en el punto de mira. Eso es lo que ocurrió. En los programas de radio se hablaba del profesor con inquina. Unos lo tachaban de marxista y otros, de conservador. Pero, en realidad, no era más que un hombre justo, que luchaba por los más necesitados y por eso, por señalar las injusticias sociales y el abandono en el que el gobierno dejaba a buena parte de la población, recibió insultos, decoraron la fachada de su casa con pintadas e incluso lo jubilaron antes de tiempo en la universidad. No consiguieron apagar su voz. De hecho acentuó su presencia en el panorama político cuando decide presentarse a alcalde de Medellín, por el Partido Liberal de Colombia. Incluso entre las filas del partido fue una presencia incómoda.

El resultado fue el que ya conocemos, el asesinato a manos de un par de sicarios. Fin.

Hay muchas cosas que me han gustado de esta película. Por un lado, emociona la relación paterno-filial. Héctor padre es abordado desde la óptica de un hijo pequeño que irá haciéndose mayor a lo largo de todo el metraje. La admiración del pequeño se descubre en su mirada pero, a medida que el hijo va madurando, también lo hará su pensamiento crítico. ¿Está su padre actuando correctamente o es un temerario? Y es en ese entorno familiar donde tienen lugar los momentos más emotivos de la película. Las comidas familiares, las reuniones alrededor de un magnetofón que reproduce la voz del padre ausente, o ese suceso trágico que marca el antes y el después en la familia, que desborda al médico desgarrado de dolor. En ese punto, la vida pierde todo su color, de ahí que la cinta transcurra a partir de este momento en blanco y negro. 



Y si aplaudo el uso del color, también tengo que alabar la labor de vestuario, maquillaje y peluquería. En unas simples gafas, las que usa el médico, se detecta el paso del tiempo, aunque algún que otro crédito sobreimpreso nos vas a situar perfectamente en el plano espacio-temporal.  

Pero, lo que más me ha gustado de la película es la interpretación de Javier Cámara. Desconozco lo que opina la crítica profesional pero, en lo que a mí respecta, me quito el sombrero. Solamente por el trabajo que le habrá supuesto adoptar el acento colombiano que, a mi juicio está bastante logrado, el actor tiene toda mi admiración. Tampoco puedo dejar de lado el trabajo de Patricia Tamayo, en el papel de Cecilia, apoyo fundamental de su marido, o el de los actores que dan vida al Héctor hijo en su edad infantil y en la adulta. Creo que el casting hizo una buena elección con los rostros que encarnarían al hijo.

Sin embargo, me ha faltado panorama político. Es cierto que se hace alusión a las bombas que estallan en las calles y en ocasiones se hace referencia a los diversos asesinatos que se producen pero, bajo mi punto de vista, es una cuestión poco explotada, especialmente cuando se trata de unas circunstancias de peso en la trama. Solamente, siendo el final inminente, veremos revueltas universitarias, la temperatura política subirá unos cuantos grados y será entonces cuando Héctor padre se postule como alcalde. Pero he echado en falta algo de más profundidad en estos temas que, a poco que rasgues, son sumamente jugosos.

Con un ritmo pausado, el largometraje tiene una duración de más de dos horas. ¿Se hace pesada? No, aunque tengo que admitir que hay un par de secuencias que me han sobrado. Unas no aportan gran cosa y otras solo sirven para reforzar la idea de hombre cabal y juicioso que siempre fue Héctor padre, aunque en alguna circunstancia su hijo saliera mal parado. El que la hace, la paga.

En definitiva, El olvido que seremos es una película con dos caras. Por un lado, la colorida felicidad familiar, enturbiada por ese episodio trágico que ocurre dentro del hogar, mucho antes del asesinato de Héctor padre. A partir de ahí, la historia cobra un viso mucho más dramático, acentuado por el empleo de una fotografía en blanco y negro. Así hasta llegar al crimen. Y también es una oda a la familia, al amor, al compromiso, a la tolerancia, al respeto, a la justicia, a la bondad,... A todo eso que hoy está tan devaluado y desdibujado. El olvido que seremos es el retrato de un hombre bueno al que le arrebataron la vida simplemente por señalar lo que otros hacían mal.

De la escena final no os cuento nada para no romper el hechizo, pero sí os comento que, si queréis profundizar en la figura de este médico, tenéis el documental Carta a una sombra, dirigida por la nieta del médico e hija de Héctor Abad Faciolince. También tenéis aquí una entrevista de la BBC al hijo, con motivo del estreno de la película.

La tenéis en Netflix.



Tráiler:




viernes, 29 de abril de 2016

EL OLVIDO QUE SEREMOS de Héctor Abad Faciolince.


 Editorial: Seix Barral.
Fecha publicación: 2007.
Nº Páginas: 280
Precio: 18,50 €
Género: Narrativa.
Edición: Tapa blanda con solapas.
ISBN: 978-84-322-1242-0


Autor 

Nació en Medellín, Colombia. En esta ciudad realizó estudios —todos inconclusos— de medicina, filosofía y periodismo. Después de ser expulsado de la Universidad Pontificia Bolivariana (por un artículo irreverente contra el Papa) viajó a Italia, donde se graduó en literaturas modernas. Regresó a Colombia en 1987, pero ese mismo año, después de que los paramilitares asesinaran a su padre y de recibir amenazas contra su vida, se refugió en Italia, donde fue lector de español hasta 1992. Nuevamente en Colombia, trabajó como traductor del italiano e inició su carrera de escritor. Ha publicado, además de Angosta (Seix Barral, 2004), otras tres novelas: Asuntos de un hidalgo disoluto (1994), Fragmentos de amor furtivo (1998) y Basura (2000), con la que obtuvo el Primer Premio de Narrativa Innovadora de la Casa de América de Madrid. Ha publicado además un libro de cuentos, Malos pensamientos (1991); de viajes, Oriente empieza en El Cairo (2001); un diccionario personal, Palabras sueltas (2002), y un libro de género incierto, Tratado de culinaria para mujeres tristes (1996). Su obra ha sido traducida al inglés, italiano, alemán, portugués y griego. Actualmente trabaja como columnista en la revista Semana, de Bogotá.


Sinopsis

El médico Héctor Abad Gómez dedicó sus últimos años, hasta el mismo día en que cayó asesinado en pleno centro de Medellín, a la defensa de la igualdad social y los derechos humanos. El olvido que seremos es la reconstrucción amorosa y paciente de un personaje; está lleno de sonrisas y canta el placer de vivir, pero muestra también la tristeza y la rabia que provoca la muerte de un ser excepcional.

Conjurar la figura del padre es un reto que recorre consagradas páginas de la historia y de la literatura. ¿Quién no recuerda las obras de Kafka, Philip Roth, Martin Amis o V. S. Naipaul sobre su verdadero o cuestionado progenitor? Ahora será también difícil olvidar este libro desgarrador de Héctor Abad Faciolince escrito con valor y ternura. 

[Biografía y sinopsis tomadas directamente del ejemplar]



************************************



Dicen que los que se van no nos abandonan totalmente si conseguimos mantenerlos en la memoria y recordarlos con frecuencia. No sé si os ha pasado alguna vez, eso de pensar en esos seres queridos con más frecuencia ahora que no están que cuando vivían. No deja de ser curioso, como tampoco deja de serlo que recurramos a la memoria para aliviar un dolor enraizado. Pensar, recordar, vivir,... En cualquier caso, ¿quién recordará a los que recordamos hoy cuando nosotros ya no estemos? ¿Los que vengan detrás los recordarán? ¿Cuánto tiempo nos recordarán a nosotros? Sí, para ser viernes esta entrada está resultando bastante deprimente pero son reflexiones a las que te conduce El olvido que seremos, una novela de Héctor Abad Faciolince que hemos leído recientemente en el club de lectura, en la que el autor hace un profundo homenaje a su padre, Héctor Abad Gómez. 

Con este título tan precioso, un verso del poema Epitafio de Jorge Luis Borges, el autor nos acerca a la figura de un hombre que le marcó para siempre, un médico, defensor de los Derechos Humanos, del que jamás  había oído hablar. Al igual que nos descubren lugares, los libros nos descubren personas y con la lectura de El olvido que seremos he hecho un gran descubrimiento. 



Si haces una búsqueda en Internet bajo la referencia «Héctor Abad Gómez» te aparecerá muchísima información. Héctor Abad, médico de profesión, nació en Jericó (Antioquía) en 1921 y murió  en Medellín en 1987, tras ser asesinado a plena luz del día. Comprometido con la sociedad que le tocó vivir, luchó en favor de una salud pública al alcance de todos para mejorar las condiciones de los más desfavorecidos, haciendo especial hincapié en la medicina preventiva con el objeto de evitar enfermedades y males mayores. Pero sus ideas no fueron siempre bien acogidas y tuvo más de un roce con compañeros de profesión o con el órgano directivo de la Universidad de Medellín en la que ejercía como profesor. Aquello le obligó a exiliarse por temporadas pero continuó poniendo en práctica sus ideas en otros países menos desarrollados. 

¿Cómo, quién y por qué asesinaron a Héctor Abad? Hay múltiples reportajes y artículos en periódicos digitales pero aquí lo que nos interesa es saber qué nos cuenta el autor en esta novela y a eso voy. 

Héctor Abad Faciolince tira de sus recuerdos de niño para narrarnos parte de su biografía, cómo era su familia, su infancia, su adolescencia, su época estudiantil y sus primeros trabajos, todo ello como excusa para hablarnos de su padre hasta el mismo momento de su muerte, cuando el autor contaba con 28 años. Nacido en el seno de una familia numerosa, con cinco hermanas más, se forja una relación intensa y poderosa entre padre e hijo, como si fueran una isla en medio de un mar de mujeres. Dice Héctor Abad que el amor que él profesaba a su padre era profundo y animal, muy superior al que sentía por su madre, una mujer más seria y más estricta pero profundamente generosa, al menos es lo que yo he advertido tras la lectura. 

El autor describe a su padre como un hombre que no tenía nada suyo. Ayudaba a todo aquel que se lo pidiera y no le importaba incluso dar dinero a quien más lo necesitaba. La madre, más allá de recriminar la actitud del marido, le dejaba hacer pero la economía familiar se resentía y por eso decidió abrir una empresa. De ahí que antes dijera que me ha aparecido una mujer generosa, que en vez de actuar en contra lo hace a favor, encargándose de traer sustento a casa, consiguiendo que su empresa prospere y crezca en una época en la que una mujer empresaria podía resultar incómodo. Y en el plano familiar, Héctor Abad sentía delirio por sus hijos, a los que trataba a todos por igual, sin distinción de edad o género, permitiendo que pensaran por ellos mismos, dándole medios para que se forjaran un pensamiento a través de los libros de su biblioteca, lecturas que no todo padre pondría al alcance de unos niños.

«Sin este amor desmesurado que me dio mi papá, yo hubiera sido alguien mucho menos feliz». [pág. 25]

Héctor Abad Gómez prefería ser médico de la calle y no médico de consulta, siempre procurando buscar soluciones a cuestiones sanitarias que la sociedad obviaba. Empeñado en prevenir antes que curar, venía a decir que, en esos barrios pobres de Colombia, bastaba con abastecerlos de agua potable e incrementar la higiene, no solo personal, sino de las calles, las viviendas... Solo con eso podría reducirse el porcentaje de enfermedades y fallecidos. Leer en boca de su hijo todo lo que este hombre hizo o pretendía hacer me condujo a una reciente conversación que mantuve con mi médico no hace mucho. Hablábamos de la Seguridad Social, un sistema realmente importante al que no siempre valoramos pues estamos acostumbrados a su existencia en nuestro país cuando en otros lugares del mundo no existe. Sin embargo, los gobiernos y sus recortes se lo están cargando. Decía mi médico que la Seguridad Social ya no hace medicina preventiva a nivel usuario o de consulta, sino que simplemente se limita a curar cuando el problema ha surgido. Esto provoca un profundo malestar en el paciente que siente que no está siendo atendido como debería y que, a la postre, cuando el leve síntoma se ha convertido en gran problema, resulta el más perjudicado. Héctor Abad prefería atajar los problemas antes de que se manifestaran pero sus ideas resultaban ¿demasiado modernas? No lo sé. La cuestión es que se granjeó muchos enemigos porque ponía en tela de juicio la labor de los demás. Tan diferentes eran sus ideas, lo señalaban tanto, que hasta resultaba complicado encontrar un colegio a los niños. No todos los directores de los centros educativos estaban dispuestos a acoger en sus aulas a la prole del doctor Héctor Abad. De ideas izquierdistas fue considerado un peligro en las aulas de la conservadora Universidad de Medellín, pues podía sembrar en la mente de sus alumnos la semilla de la libertad y el libre pensamiento y eso resultaba altamente perjudicial.

Siendo médico, es obvio que la medicina sea uno de los temas que más se toquen en la novela pero habrá otros tantos como la religión. Su esposa, Cecilia Faciolince era sobrina del arzobispo y se crió con él. La madre del autor se educó con una fuerte carga religiosa que intentó transmitir a sus hijos, algo en lo que el médico no se metía. Dejaba que cada uno eligiera su camino pero, con un toque de humor, el autor nos cuenta que el mujerío de su casa estaba enfermo de catolicismo y que su padre venía a ser el remedio a tanta beatería. 

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...