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jueves, 3 de julio de 2025

BRAULIO ORTIZ POOLE: ❝La poesía es mi casa y la narrativa es sólo un paisaje que visito de vez en cuando❞

Braulio Ortiz Poole es un reconocido periodista cultural de Sevilla. Leer sus entrevistas y artículos en Diario de Sevilla es casi una obligación. Ha entrevistado a muchísimos más escritores de los que han pasado por este espacio y, en alguna que otra ocasión, hemos coincidido en esas charlas literarias. Amable, afable, cordial, Ortiz Poole escribe para los lectores del periódico, pero también lo hace para sus propios lectores.

La semana pasada tuve la oportunidad de compartir un café con él. Lo vi llegar, andando por la calle, e inmerso en su teléfono móvil. Algo que leía en su dispositivo lo tenía totalmente abstraído. Al verme, se excusó, y me hizo un resumen de los avatares de su vida. Hasta ahí, todo normal. Lo que me emocionó fue que me preguntara por mí, por mis propias circunstancias personales, y eso me hizo ratificar lo que ya suponía, que estaba ante una persona que se interesa por el otro. Ese interés lo vuelca en su propia escritura, en unos tiempos en los que, como él dice en esta entrevista, sólo pensamos en nosotros mismos.

Braulio Ortiz Poole acaba de publicar poemario. Lleva por título Hombres que dicen Aleluya, una suerte de híbrido entre la poesía y el teatro, que cuenta con las acotaciones propias de un texto dramático y tres personajes, tres bailarines que narrarán su interior a través de estos versos.

Os dejo con la entrevista.

Marisa G.- Braulio, recuerdo que te conocí o que hablamos por primera vez con La fórmula Miralbes, aquella novela que publicaste en 2016. Desde entonces, he advertido que te has centrado más en la poesía, ¿cierto?

Braulio O.- Sí. 

M.G.- ¿Por qué? ¿Qué te aporta la poesía que no te aporte la narrativa?

B.O.- Pues mira, es curioso, porque yo vuelvo a mis versos y me reconozco en ellos. Es como si, por alguna razón, fuera más fiel a quién soy en la poesía. En la novela, con eso de que urdes una ficción, de que te vales de unos personajes, quizá se cuelen cosas que, a lo mejor, no te representan tanto. La ficción no la controlas tanto como la poesía. Por eso me identifico más con lo que escribo como poeta y no tanto con lo que escribo como narrador. No reniego de lo que he hecho hasta ahora porque, al fin y al cabo, de todo se aprende y todo va conformando quién eres, pero digamos que la poesía es mi casa y la narrativa es sólo un paisaje que visito de vez en cuando. 

M.G.- La poesía que hoy leemos se aleja muchísimo de aquella que estudiábamos en la época del colegio o del instituto, tan estructurada, con sus cánones. Es un género que ha roto muchos esquemas, el más transgresor, pero, ¿todo vale cuando uno se quiere expresar a través de la poesía? Hay mucha gente que piensa que, hoy día, a cualquier cosa se le llama poesía. ¿Qué es la poesía hoy? ¿Cómo se escribe hoy poesía?

B.O.- Bueno, para mí, la poesía es algo que tiene una música. El ritmo es fundamental, aunque ya no son esas rimas encorsetadas. Sin embargo, a mí me sale de forma natural una cierta métrica, una cierta música. Hay poetas que me han dicho que siempre uso endecasílabos. Es algo que hago sin pensar, me sale de forma natural, de forma intuitiva. Al igual que hay gente que tiene intuición para la música, creo que tengo intuición para los versos, para las rimas internas, para esa música.

M.G.- Yo voy a establecer una especie de comparación entre la forma de escribir poesía hoy día y esas palabras que cierran el libro, las de Vicente Escudero, en las que se hace referencia al hecho de bailar de manera irracional, sin que los músicos tengan partitura o incluso sin que sepan música. Hago como un paralelismo entre esa poesía sin reglas y el hecho de bailar sin ninguna pauta.

B.O.- Sí. De todos modos, voy a volver a la pregunta anterior, a si todo vale. Y no, no todo vale. A mí me parece que hoy hay muchos chavalitos que escriben y publican poesía con mucho éxito, pero abres sus libros y se te cae el alma a los pies. Realmente tienen una expresión muy pobretona. La poesía hay que trabajarla, hay que filtrarla. No se trata simplemente de escribir unos versos adolescentes con los que se vuelca la frustración por un amor insatisfecho. Es algo mucho más complejo. Es una expresión del alma humana y, como tal, tiene que ser compleja porque el alma humana lo es. 

Y, por otro lado, me encantaba esa cita de Vicente Escudero. Realmente es maravilloso ser libre, sentirse libre, pero, para conquistar esa libertad, como hace Rocío Márquez, hay que conocer la tradición. No se da un salto al vacío. La gente que explora la vanguardia o quiere ser revolucionaria, a su modo, da un salto al vacío de manera premeditada. Lo hace porque necesita volar, pero antes ha tenido los pies en el suelo.

M.G.- Hombres que dicen aleluya es el título de este poemario. Me resulta muy original y destacaría tanto el continente como el contenido. No sé si empezar a preguntarte primero por los textos o por la estructura porque, abres el libro, y enseguida entiendes que hay algo más que poemas, una especie de vinculación especial con el teatro que también está presente en este poemario.

B.O.- Sí, de hecho le conté el proyecto a una amiga y me respondió que era como una obra de teatro. No había pensado que quizá tiene cierta dramaturgia, con muchas acotaciones y todo. Pero es que me interesa una poesía que rompe fronteras y coquetea con otras disciplinas porque la vida, al fin y al cabo, es una mezcla.

M.G.- Un híbrido.

B.O.- Sí y la literatura tiene que estar viva para que te llegue. Me gusta mucho ese cruce de disciplinas, ese cruce de historias, esa amalgama que la hace mucho más rica.

M.G.- A mí me produce mucha curiosidad la forma en la que os surgen las ideas a los que os dedicáis a escribir. ¿Cómo surge este proyecto, Braulio?

B.O.- Yo quería escribir sobre la idea de comunidad. Ahora somos todos muy individualistas y la sociedad se ha estructurado de tal forma que cada uno tiene que pelear por lo suyo y dar la espalda a los demás. Esto es algo que a mí me preocupa. Quizá se deba a mi educación de raíz cristiana pero es que me preocupa comprobar que hemos dejado de mirar al otro. Me da mucha rabia cuando voy andando por la calle, y le cedo el sitio a alguien para que pase, ver que ni da las gracias. Me parece muy triste que hayamos perdido esa comunicación con los demás. Así que buscaba un sitio en el que unos se apoyaran en los otros, que los unos encontraran alivio en los otros, y pudieran desarrollarse gracias a la ayuda de los demás. Por eso pensé que una compañía de danza era perfecta para eso. En este caso, son tres personajes que, por distintos motivos, están perdidos y extraviados pero se encuentran gracias a que el otro les da la mano. La danza me daba la oportunidad de hablar de comunidad y de compañía, de otras maneras de relacionarnos. Me parecía bonito reivindicar eso.



[Si prefieres oír nuestra conversación, play al vídeo]


M.G.-Pero, ¿por qué te fijas precisamente en la danza? Comunidades hay muchas...

B.O.- Porque la danza me emociona un montón. En otras ocasiones he dicho que, cuando veo a alguien bailar, pienso que tengo alma. Es como algo medio espiritual. Es un ejercicio muy físico y, sin embargo, invoca a los dioses, recuerda a los muertos, celebra la vida y el amor. La danza me gusta mucho como espectador y me ha hecho muy feliz. Quería reivindicar eso, la belleza y la alegría, que son tan fundamentales en un mundo tan triste como el que tenemos ahora. También quería dar las gracias a compañeros bailarines, compañeros incluso del colegio, que se han dedicado al baile. También, gracias al periodismo cultural, he conocido a muchos bailarines que han ido creciendo y yo he ido creciendo con ellos, al ver su evolución. 

M.G.- El libro se estructura en cuatro partes, que corresponden a cuatro personajes. Tres de ellos forman parte de la compañía de danza: Gennaro, Mateo y Theo. Y luego tenemos a Enrique, que es un espectador. ¿El lector llega a conocer, de alguna manera, a estos personajes? Por ejemplo, de Gennaro sí vamos a saber que es un bailarín en declive. ¿Llegamos a conocerlos?

B.O.- Espero que sí. Me fascina el material humano. Al escribir, me gusta meterme en los sentimientos de la gente. Esa cosa de encontrar tu lugar o esa necesidad de sentirse querido que tenemos todos. Eso me gusta explorarlo en la  poesía. Así que espero que los lectores conozcan a Gennaro, a Mateo y a Theo, al igual que los conozco yo porque he sentido sus inquietudes y sus esperanzas durante el tiempo que he estado con ellos. 

M.G.- Es curioso el ejercicio que has tenido que hacer porque, generalmente, cuando uno escribe poesía, es más un diálogo entre el texto y el escritor. Sin embargo, en este caso, al meterte en la piel de unos personajes, ha tenido que ser como rizar más el rizo. 

B.O.- Bueno, todo puede parecer muy metaliterario o muy complicado pero, una vez que te dispones a escribir, es fácil meterse en la piel del otro. De hecho, la literatura es eso, ¿no? Intentar deducir qué piensa el otro, y construir un puente que te acerca a los demás.

M.G.- A través de unos de esos personajes vemos que la figura de la madre está muy presente.

B.O.- Sí. Es un personaje que vuela de sus raíces y que las deja atrás. Quería preguntarme qué pasa con los ilusos. De niño siempre fui muy profundo [se sonríe] y, por entonces, ya pensaba qué pasaría cuando nosotros nos fuéramos de casa y dejáramos solos a nuestros padres. Yo soy el sexto de siete hermanos.  Éramos una familia numerosa y, sin embargo, me preocupaba mucho la soledad y el abandono de mis padres. Cuando mi padre murió, mi madre se quedó sola. Creo que ahí tenía una asignatura pendiente, una deuda que quería explorar. ¿Qué pasa con quien quiere irse y deja atrás las raíces? 

Con este personaje, fue su madre la que llevó al niño a la danza y la que le enseñó la belleza. Yo quería dar las gracias a mi madre, que me llevó al cine de pequeño y me hizo amar la cultura. La madre del libro me permitía hablar de la vertiente espiritual del arte. Muchas veces los que somos más descreídos encontramos en el teatro, en la danza, en el cine, en la literatura, un alivio, un consuelo, que a lo mejor el mundo real no nos da, pero sí nos da la ficción. Quería hablar de esa espiritualidad laica, por decirlo de algún modo, de que no somos un mero cuerpo y de la sensación de tener alma. 

M.G.- Dicen de tus poemas, y es algo que ya vimos en el libro anterior, que pones la mirada en la gente más desvalida, más de la periferia. Hay unos versos que te voy a leer: “Niños soldados / en un país sin guerra / disparan / su munición de odio al diferente” o "Aquí, al teatro, / vinimos los hombres que no teníamos casa / mendigos de espíritu,  / los heridos por bala y por hastío". ¿Qué me dirías de estos versos?

B.O.- Es que es algo que me interesa mucho.  El otro día me hicieron una entrevista y me dijeron que, claro, si uno baila solo en una esquina, pues se ríen de él y lo señalan. Y es que a mí los que realmente me interesan son los señalados. La gente que está bien integrada no tiene tantos problemas o tantas necesidades de ser aceptado como los otros. Me interesan los desvalidos, porque necesitan un abrazo más que nadie. Por eso, mi literatura se acerca mucho a los márgenes, porque creo que allí hay más necesidad de amor y más necesidad de vida. Y a lo mejor la vida se expresa de otro modo, pero ese que baila solo de una forma que puede parecer ridículo a los demás, en realidad tiene mucho valor. Baila solo y reivindica su soledad.

M.G.- Los lectores tenemos la mala costumbre de buscar al autor entre las líneas de su libro. ¿Hay mucho de Braulio Ortiz en este?

B.O.- Por supuesto, sí [ríe]. Estoy yo en todo lo que hago. Lo que decíamos antes que, como narrador, a lo mejor me camuflo más, pero aquí, aunque estoy hablando de otros personajes, el sentimiento de querer ser aceptado que tienen esos bailarines es el que tengo. Hay mucho de mi propia vulnerabilidad en estos poemas.

M.G.- Braulio, creo haber hecho bien los deberes. Me he dado cuenta de que cada una de las partes en las que se estructura el libro se inicia con un texto que forma parte de un artículo firmado por ti y publicado en el periódico. Si no me equivoco...

B.O.- Hay una necesidad de celebración de las cosas pequeñas de la vida y una voluntad de dar las gracias, que ya estaban en esos artículos y que ahora están en el poemario. La RAE define la palabra aleluya como demostración de júbilo y de gratitud. Y este libro quiero hablar también de gratitud.

M.G.- Siempre he envidiado a los que hacéis periodismo cultural. Has hecho muchísimas entrevistas. Yo no soy periodista, es algo que siempre recalco, pero sí he tenido la oportunidad de hablar con muchos escritores, de distintas edades, de distintos géneros. Es algo que me ha enriquecido muchísimo. Quiero pensar que es algo habitual que, a ti, por ejemplo, que has hablado con tantísimas personas, también te ha enriquecido.

B.O.- Claro. De hecho, este poemario puede entenderse como una carta de amor a los bailarines que he conocido en ese tiempo y que me han devuelto la fe en la vida y en la belleza. Y sí, para mí el periodismo cultural es un oficio, una vocación, que me ha hecho crecer muchísimo como persona. Yo no entendería quién soy sin todos estos años de periodismo cultural, que me han enriquecido muchísimo. Con todos los problemas que tiene la profesión, el balance, sin duda, es positivo.

M.G.- Y los textos, los poemas, ¿funcionarían bien si se leen de manera independiente? ¿Podemos abrirlo y leerlo sin seguir orden, sin empezar desde el principio hasta el final?

B.O.- Sí. La experiencia lectora es un acto de libertad. Cada uno puede leer un libro como quiera y muchas veces no importa tanto la trama, el argumento, como lo que te inspire ese fragmento. Y bueno, yo leo muchos poemarios sin orden y me parece fantástico.

M.G.- Hay algunos que sí tienen que ser leídos en orden. Algunos autores señalan que sus poemas hay que leerlos desde el principio al final, por orden.

B.O.- Bueno pero, al final, cada uno hace lo que quiere. El libro es ya del lector.

M.G.- Exactamente, el lector es libre. Hombres que dicen aleluya es el título. Hablamos de exaltación, de júbilo, de dar las gracias. ¿Cómo se gesta el título en tu cabeza?

B.O.- El título fue un poco accidental. Se convocaron unas ayudas a la escritura. Yo tenía el proyecto este, basado un poco en los artículos publicados en la sección Acción de Gracias y pensé en Hombres que dicen aleluya, como título. Me dieron la ayuda pero si cambiaba el título tenía que escribir al ministerio para pedir el cambio y al final, decidí dejarlo como estaba. Pero, en un principio, tuve mis dudas porque sonaba muy parecido al título del libro anterior, a Gente que busca su bandera, y temía que este libro pareciera como una segunda parte. Y no es así. Este es muy distinto al anterior. Tuve mis dudas y nada, al final, lo dejé. Es como mi nombre, Braulio, que suena raro pero ya se me ha quedado. Uno acaba aceptando los nombres que son accidentales. Lo importante es el contenido.

M.G.- Por supuesto, lo importante es el contenido. ¿Y tú, en los versos de quién te fijas, Braulio?

B.O.- De muchísima gente, pero en este libro en particular, por ejemplo, podía haber sido Chantal Maillard, que tiene un libro que se llama Matar a Platón, en el que se narra un accidente de un hombre aplastado por un camión y cómo los testigos van contando la escena. Entonces esa voz externa, esa voz que va recreando la vida, esas voces me parecían muy interesantes, y quizá sea una inspiración. Y luego la parte del espectador, la parte final, que es muy arrebatada, tengo a Luis Rosales como uno de mis referentes. Ese caudal poético que él tiene, tan espiritual y tan hermoso, a mí me ha marcado. Quiero que esté presente en todo lo que hago porque sería un mentor maravilloso.

M.G.- Estamos hablando de danza, Braulio. ¿Tú bailas mucho, aunque sea en soledad?

B.O.- En soledad y en compañía.

M.G.- ¿Bailas mucho? ¿Sí?

B.O.- Sí, me encanta bailar.  Todos somos distintos a la imagen que proyectamos y sé que proyecto la imagen de alguien...

M.G.- ...más tímido, más retraído,...

B.O.- Sí y, sin embargo, bailar es una de las experiencias más bonita, más liberadora y más gozosa que puede tener el ser humano. Hace una semana estuve en la boda de mi sobrina y no paré de bailar. Me encanta bailar. De pequeño veía los musicales de Gene Kelly y yo quería ser eso. El baile es una rebelión contra el aburrimiento.

M.G.- Te he leído por ahí que tienes en mente escribir algo, y aquí enlazamos con la pregunta de antes, que gire en torno a la figura de la madre. Sé que perdiste a tu madre hace relativamente poco tiempo.

B.O.- Sí, como los dos amábamos mucho el cine, quería hablar de ese vínculo. Éramos dos personas muy diferentes pero nos unía el amor por Cary Grant, por ejemplo. Así que me gustaría hablar de Cary Grant y de madres e hijos.

M.G.- ¿Y serían poemas?

B.O.- No, sería una novela, como una comedia amable.

M.G.- No tengo más preguntas que hacerte. Te agradezco mucho que nos hayamos tomado este café.

B.O.- A ti.

M.G.- Y espero verte con ese libro de la madre. Me encantará leerlo.

B.O.- A ver si puede ser porque las cosas tan sentidas necesitan de su tiempo.

M.G.- Gracias, Braulio.

B.O.- A ti. 

Sinopsis: Este libro está protagonizado por una compañía de danza y transcurre en el tiempo en que se representa un espectáculo, pero sus versos hablan principalmente de la vida. De cómo una serie de personajes heridos encontraron en el arte una forma de prolongar sus sueños y de redimirse. De la importancia de apoyarse en los otros y renunciar al individualismo que pregonan los anuncios. De cómo bailar fue siempre la manera de expresar sentimientos y explicarse lo humano, pero también de invocar a los dioses y anhelar ser eternos. Tras Gente que busca su bandera, que ganó el premio del blog Estado Crítico al mejor libro de poesía editado ese año, Braulio Ortiz Poole regresa con Hombres que dicen Aleluya, un poemario sorprendente que, como el mejor de los bailes, apela a la emoción y la belleza.


martes, 21 de mayo de 2019

ROSA YÁÑEZ: 'Este libro representa un proceso de investigación y búsqueda en mi vida'


Hace un par de meses acudí a una librería cercana a casa para comprar uno de esos libros que a veces se me antojan sin remedio. Mientras el librero me cobraba, mantenía una conversación con otro cliente que había tomado de una estantería un libro de pequeño formato. Llevaba por título Funámbulo y su autora era Rosa Yáñez. No quise inmiscuirme mucho en la conversación pero por lo poco que capté deduje que la autora era sevillana y que el contenido de aquel libro, un compendio de microrrelatos, prometía. En circunstancias normales aquella escena hubiera quedado ahí pero dio la casualidad que esa misma mañana recibí un correo desde la editorial Maclein y Parker para presentarme ese libro concretamente. No podía ser que todo fuera fortuito. Funámbulo se interponía en mi camino y decidí no resistirme. Así que hace solo unas semanas conocí a Rosa Yáñez. Tras leer su volumen de microrrelatos, nos citamos para conversar un poco de su mundo, de sus letras,... He aquí el resultado de aquella conversación.

[Imagen cedida por la autora]
Marisa G.- Rosa, con un poemario a cuestas, me gustaría saber si son los versos los que te empujan al microrrelato o son dos géneros que siempre han coexistidos.

Rosa Y.- Empecé escribiendo poesía y conseguí publicar un par de volúmenes pero me di cuenta que me salían unos poemas muy narrativos, hasta un punto que bordeaba lo que era admisible en prosa poética. Por esas fechas descubrí el microrrelato y pensé que lo que yo quería contar se podía adaptar a ese género y empecé a escribir con la conciencia de que aquello era una cosa narrativa, sin ningún tipo de atadura lírica más que lo que yo misma me impusiera.

M.G.- ¿Pero por qué micro? Me resultan muchos más difíciles que el relato en sí.

R.Y.- Porque soy muy obsesiva y perfeccionista. Suelo darle muchas vueltas a los textos y por eso me viene muy bien que sean cortos. Además que para experimentar y jugar me resultan mucho más cómodos. 

M.G.- En la biografía que se incluye dentro del texto se dice sobre ti que 'escribe para descubrir qué queda sin decir entre las líneas y lee para procurarse una pértiga que le ayude a no caer al vacío'. Esto suena a literatura como tabla de salvación.

R.Y.- Sí, un poco para mantener el desequilibrio. En cierto modo, la literatura tiene ese punto de reflexión.

M.G.- ¿La literatura como medio de entendernos a nosotros mismos?

R.Y.- A nosotros mismos, a los demás, al mundo. Y sí, me interesa mucho qué es lo que queda entre las líneas o lo que no se puede decir. Es algo que me obsesiona mucho. Por eso no puedo pasarme a lo narrativo de forma pura y me tengo que agarrar un poco a lo lírico porque lo lírico está más en la línea de bordear lo que se puede o no se puede decir. Me interesa todo lo que no se dice en nuestra comunicación, todo lo que queda entre lo que quiero decir, lo que digo, lo que tú entiendes, lo que para ti significa. En todo eso, hay algo que a mí me obsesiona.

M.G.- En esas entrelíneas juega un papel muy importante el lector.

R.Y.- Claro, su bagaje, lo que interpreta, sus expectativas,... Muchos textos del libro son muy ambiguos, pero es algo hecho aposta para que cada lector haga una lectura muy diferente.

M.G.- 'Funámbulo' es un volumen con más de cincuenta micros. Te he leído decir en las redes que has sufrido escribiendo este libro, ¿por qué ese sufrimiento?

R.Y.- Porque han sido muchos años y porque, aunque en el libro está todo muy tamizado, hay cosas que me ha costado mucho volcar. Y luego está el síndrome del impostor. Uno puede estar muy convencido de lo que está haciendo, de escribir micros partiendo de la poesía, como hacía yo, y de repente me di cuenta que todo el mundo escribía unos micros que no tenían nada que ver con lo que yo escribía. Por eso empecé a formarme más en este género, empecé a leer incluso temas académicos, análisis, ensayos, los textos de otros microrrelatistas,...

M.G.- ¿Y qué me cuentas de la estructura del volumen?

R.Y.- El libro tiene tres partes. La primera parte contiene los textos que proceden más de la poesía, que son más líricos. En la parte central están los más cercanos a lo que se considera microrrelato, con el uso de clichés o de las herramientas propias del género. En la última parte, decidí que a mí eso no me interesaba, que tenía que recuperar la esencia de lo que es mi forma de ver las cosas y mi forma de contarlas, más relacionado con lo lírico, con lo que no se cuenta, con los límites,... Así que esa parte tiene mis micros raros aunque después de haber aprendido muchas cosas, con lo cual ya no son tan raros. Son un híbrido entre lo ortodoxo y lo que a mí me gusta.

M.G.- Tres partes que corresponden a Origen, Cable y Destino. Todo relacionado con el funambulismo, con ese desequilibrio que no se sí pretendes equilibrar o no.

R.Y.- Creo que no. Estoy siempre en desequilibrio y si por casualidad me equilibro, enseguida me busco algo para desequilibrarme. (Risas)

M.G.- Y a tu juicio, ¿qué define literariamente a los microrrelatos? Me refiero a que, uno puede escribir dos líneas sobre algo pero eso no es necesariamente un microrrelato, ¿verdad?

R.Y.- No pero esta discusión existe también en el cuento. Soy muy fan de Eloy Tizón así que aquí voy a ser muy 'tizoniana'. La idea del post-cuento, de ir quitando cosas hasta justo el momento previo a que se muera el cuento existe en otros ámbitos como en la fotografía. Hay también una post-fotografía. ¿Qué se puede quitar de una fotografía para que siga siendo eso, una fotografía? Todo eso me interesa mucho y es lo que hago en los micros, ir quitando pero sin que deje de ser un micro. ¿Hasta dónde se puede quitar? No lo sé. Imagino que nadie tiene la verdad absoluta sobre esto y que todos nos movemos por pura intuición.

M.G.- Es decir, quitar lo que sobra pero que siga quedando una historia.

R.Y.- Una historia o una sensación. He escuchado a mucha gente decir que escribe para contar historias y no es ni caso. La historia es un elemento más pero a mí lo que me interesa es el ambiente, la sensación, la estructura,... Jugar de algún modo. La historia solo me sirve para hacer lo que quiero hacer pero es secundario.

M.G.- No sé si estarás de acuerdo conmigo. Entiendo los micros como estar en una habitación a oscuras. De repente, alguien enciende la luz unos segundos, ves lo que ocurre en esa habitación y la luz se vuelve a apagar. A partir de ahí el lector puede o no imaginar pero lo que ve, eso es justo el micro.

R.Y.- Andres Neuman contaba una vez que el día de Reyes, sus padres lo ponían a él y a sus hermanos en fila delante de la puerta del salón, abrían un momento la puerta y cerraban. Ellos veían un instante lo que había dentro de la habitación, los regalos e incluso alguno veía hasta a los Reyes. La imaginación se encendía. Neuman dice que así funciona un micro. Tiene que tener esa fuerza expansiva.

M.G.- Sí, así me lo parece. Pero centrándonos en tus textos. Tú misma los defines como raros, hablas de un libro de experimentación,...  Has escrito este libro, se lo das al lector y le dices: 'Toma, ahí lo tienes'. ¿Qué pretendes con el libro realmente? ¿Qué quieres?

R.Y.- Eso, qué quiero yo... (risas). No lo sé, la verdad. Hace unos años tenía mucha obsesión por publicar. Me parecía que el proceso de escritura no estaba completo si no lo escrito no llegaba a un lector y no recibía 'feedback'. Ahora eso me preocupa menos. He encontrado a algunos lectores con los que siento que hay conexión y ese punto de comprensión me atrae. Quizás lo que busco s eso, que alguien me comprenda. El libro representa un proceso de investigación y búsqueda en mi vida. El lector es el que decide si me sigue o no, si llevo razón o no, si me he perdido, si me he caído del cable,... 

M.G.- ¿Y qué te inspira Rosa?

R.Y.- Depende. Los micros de la primera parte son muy audiovisuales, muy sensoriales. 'El día que llovieron corazones' se me ocurrió porque me dio por pensar cómo sonaría un corazón aplastándose sobre el asfalto y con eso tenía que escribir algo. Era una sensación. Otro parte de un paseo por la playa con mucho calor y ese caminar por la arena que a veces tanto cuesta. Esa sensación de repente tenía una carga significativa inconsciente que necesitaba contar. Son cosas más sutiles que una historia en concreto.

M.G.- No ando muy descaminada si en alguno de ellos he percibido un hilo poético.

R.Y.- Sí, eso se ha quedado ahí. Incluso cuando escribo textos más largos, algún cuento, surge así. Forma parte de mi forma de ver el mundo y de contarlo. 

M.G.- Son muy distintos unos de otros y muy distintos de otros micros que hemos podido leer en otros autores. Y sin embargo, encuentro nexos entre ellos, cosas que se repiten. Por ejemplo, hay objetos que aparecen con frecuencia o bien identidades -náufragos, sirenas-, también aparecen muchas islas o cuerpos mutilados, protésicos,... ¿Por qué todo esto?

R.Y.- Mi mundo poético tiene esos elementos y los reutilizo con frecuencia. Ocurre lo mismo con los ángeles, por ejemplo. En estos textos también aparecen muchas alas. O como tú apuntas o ya señaló Carlos Frontera en la presentación, hay mutilación. Bueno, son micros con algo de casquería (risas).

M.G.- Por la naturaleza de tus textos, ¿los debemos tomar a pequeños sorbos?

R.Y.- Ha habido quien se ha pegado el atracón.

M.G.- Yo me lo he pegado pero creo que no es el mejor sistema.

R.Y.- No, yo tampoco. Creo que es un libro de mesita de noche, para leer uno y darle vueltas porque, de otro modo, el fogonazo del micro se pierde. Pero eso ocurre con este volumen y con todos los de microrrelatos.

M.G.- Sí, totalmente de acuerdo. Incluso con los cuentos. Hay que leerlos de manera diferente.

R.Y.- O la poesía.

M.G.- Cierto, así es. Pero algunos de tus micros, a pesar de que son peculiares o raros como tú los defines, me han parecido que tienen un punto de realidad. 'Echar de menos' me ha gustado muchísimo. En ese hablas de una abuela que siempre anda buscando cosas por la casa. 

R.Y.- Ese cuento lo escribí inconscientemente. Quería contar esa sensación que a veces nos asalta, la idea de echar en falta algo y no sabes lo que es. Es algo que me pasa mucho y me inventé esa abuela que busca objetos por la casa constantemente. Y resulta que luego mi madre me dijo que eso lo hacía mi abuela y es verdad. Mi abuela hacía eso, se ponía a mirar los cajones porque pensaba que había perdido algo, porque guardaba sus ahorrillos, sus joyitas muy bien guardadas y luego no recordaba dónde las había puesto. Se pasaba el día buscando.

M.G.- Mi madre hacía lo mismo. Por eso cuando lo leí me dije que eso tenía que ser real.

R.Y.- Pero yo lo escribí sin ser consciente de que mi abuela hacía eso.

M.G.- Te falló el subconsciente entonces. Las personas mayores suelen hacerlo. Y Rosa, tu libro no solamente se puede leer sino que también se puede escuchar y ver. Hay un vídeo que narra el micro 'La autopsia de la sirena' que me ha encantado. ¿Por qué no hacerlo con otros muchos micros y solo con uno?





R.Y.- Eso me han dicho (risas). Tendría que dedicarle tiempo. Quizá más adelante. Pero otra cosa que me gustaba era la idea de hacer un volumen ilustrado e incluso me planteé ilustrarlo yo misma porque me gusta el dibujo. Al final no me atreví porque se corre el riesgo de que el dibujo se coma el texto y cambie por completo la interpretación.

M.G.- De todos modos, sí hay algún micro que en origen estaba ilustrado porque lo señalas así en los agradecimientos. 

R.Y.- Sí, hay varios como 'Salto perfecto' o 'Verdadera magia'.  Como son textos que tienen algunos años y me he ido encontrando algunos amigos por el camino que son ilustradores, pues han ido surgiendo esas colaboraciones.

M.G.- ¿Pero no has contemplado nunca la idea de que se editara con esas ilustraciones?

R.Y.- No, la verdad. Sí que hay un diseñador de Barcelona que ilustró 'Verdadera magia'. También ilustró varios relatos de María José Barrios y de más gente. Tiene un proyecto muy bonito, publicar un libro ilustrado con los textos de varios autores pero no lo ha conseguido todavía. Los libros ilustrados son muy caros de editar. Y ya te digo, en mi caso, no me atreví por temor a que el dibujo llamara más la atención que el texto.

M.G.- Bueno, no tiene por qué ser así. Creo que uno y otro pueden complementarse.

R.Y.- Pero hay que hacerlo muy bien. 

M.G.- Eso sí, debe existir un equilibrio entre la imagen y el texto. En cualquier caso, ¿no tienes la sensación de que algún micro daría para más? Por ejemplo, en 'Teoría del caos' me he quedado con ganas de más.

R.Y.- Pues no sé, la verdad. En esa época no tenía aliento largo y no me pareció que tuviera que ampliarlo. Lo cierto es que ahora no soy capaz de escribir micros porque me enrollo. Ahora estoy en época larga.

M.G.- De hecho acabas de presentar un texto muy largo en el registro.

R.Y.- ¡La tesis! Eso sí que es largo, sí. (Risas)

M.G.- (Risas) Imagino... Pero, aparte de la tesis, ¿tienes intención de escribir algo más largo?

R.Y.- Tengo una idea que me ronda la cabeza. Al principio pensé en un relato pero no termina de cuadrarme. Creo que la idea encajaría mejor en una novela pero eso sería un reto para mí por mi obsesión de corregir cada palabra. Creo que sería algo muy complicado.

M.G.- Bueno, las novelas tienen mucha dificultad pero yo soy de las que pienso que los relatos y los micros son más difíciles todavía.

R.Y.- Pero me preocupa mucho el sonido. Si lees los micros en voz alta tienen algo de música y en la novela no puedes mantener esa melodía. Pero bueno, ahora que he acabado la tesis tengo tiempo para experimentar con más cosas.

M.G.- En los agradecimientos mencionas que algunos micros están dedicados a algunas personas. Por poner un ejemplo, hay un micro dedicado a Carlos Frontera, a quien he tenido el gusto de leer y de entrevistar. Te voy a poner en un aprieto, ¿qué opinas de lo que escribe Carlos?

R.Y.- Pues que es fantástico.

M.G.- Me parece un tío muy divertido.

R.Y.- Sí, pero luego sus textos no tienen nada que ver con la diversión. 

M.G.- No, no, para nada. 

R.Y.- He tenido como profesor a Ángel Leiva durante mucho años. Todos sus textos son muy oscuros y muy duros pero luego él es muy alegre y simpático. A Carlos le pasa algo así. Hablas con él, te partes de risa y luego lo lees y te pilla por sorpresa con la profundidad de sus textos. Pero es muy bueno.

M.G.- Sí que lo es. Y Rosa, como última pregunta. Si estás pensando en escribir algo de largo recorrido, ¿la prosa está arrinconando al verso?

R.Y.- Bueno se puede hacer de largo recorrido y que tenga una vis lírica pero si me estás preguntado por la poesía te diré que la he abandonado. El síndrome del impostor me ha vencido. No me siento ahora con autoridad moral para escribir un poema y decir que es poesía. Siento que me falta formación. Aparte de que no tengo aliento de poesía.

M.G.- Pues a otra cosa. Un placer conocerte Rosa. Espero que tus micros lleguen muy lejos y nos volvamos a ver con otro libro. Muchas gracias.

R.Y.- Ojalá. Gracias a ti.

Seguir las intuiciones, las señales, las casualidades es lo que tiene. Una se encuentra en el camino con esas personas llenas de creatividad que vuelcan en sus letras todo un imaginario. Muy pronto os hablaré con detalle de ese volumen de relatos. Mientras tanto, y si vivís es Sevilla, os invito a conocer a la autora que estará firmando en la Feria del Libro de Sevilla, los días 27 y 29 de mayo. Pásate por este enlace y busca la hora y la caseta.




Ficha libro

Editorial: Maclein y Parker.
Encuadernación: Rústica con solapas.
Nº Páginas: 104
Publicación: Enero, 2018
Precio: 14,50€
ISBN: 978-84-949161-7-5
Puedes empezar a leer aquí.
Ficha completa aquí.







viernes, 30 de noviembre de 2018

VAHO de María Iglesias e Irene Mala

Resultado de imagen de vaho de María iglesias
Editorial: Mackein y Parker
Colección: Clemátide.
Fecha publicación:  octubre, 2018.
Precio: 14,50 €
Género: Infantil.

Nº Páginas:  44
Encuadernación: Tapa dura.
ISBN: 978-84-948261-7-7
[Disponible en eBook; 
puedes empezar a leer aquí]

Autoras


María Iglesias (Sevilla, 1976) es periodista y escritora. Autora de la novela Lazos de humo, escribe en eldiario.es y Público.es, ha sido enviada especial de la SER en Lesbos (2018), y coescrito el guion del documental Contramarea. XXV Premio de la Comunicación de la Asociación de la Prensa de Sevilla (2016), empezó en la agencia EFE y el Diario de Sevilla. De 2004 a 2008 trabajó en Nuevos cómicos y Noche sin tregua de Paramount. Luego, hasta 2012, fue redactora y presentadora de reportajes de El público lee, programa de literatura de Canal Sur 2 TV. En 2013 se incorporó a eldiario.es y desde 2015 colabora con el canal de TV franco-alemán ARTE. Es DEA en Literatura y Comunicación (2006) y cuenta con su web: www.periodista-freelance.com


Irene Mala (Sevilla, 1978). Licenciada en Bellas Artes por la Universidad de Sevilla, es autora de numerosos libros infantiles, siendo los más recientes Una de zombis (Thule, 2018), Los siete chivitos y el lobo (Algaida, 2016), La chistera del Dr. Petrov (Thule, 2015) y Diario de un despecho. Tragicomedia del olvido (Thule, 2015). Asimismo, es autora del cartel y la viñeta de la campaña 5 Millones de pasos, de la asociación Andalucía Acoge (2017), de ilustraciones para la publicación El Asombrario (2017) y del cartel de la Feria del Libro de Sevilla 2018. Ha participado en numerosas exposiciones individuales y colectivas a nivel nacional e internacional. www.irenemala.com


Sinopsis

Ada se hace mayor y papá y mamá ya la dejan ducharse sola, aunque no le hace gracia. Sin esperarlo, descubrirá en el baño un superpoder fantástico que se activa gracias al vaho.

[Información tomada directamente de la web de la editorial]



Cuando yo era pequeña, el día de Reyes tenía una magia especial que hoy ha perdido algo de brillo. Recuerdo que, desde muy temprano, los niños de cada casa tomábamos las calles para enseñar a nuestros amigos lo que sus Majestades nos habían traído. Ellas, con sus carritos y sus muñecos. Ellos, con sus balones y camiones. El mundo era así de estereotipado y vivíamos encorsetados y clasificados. Sinceramente, tampoco es que nos ocurriera nada malo pero por suerte hemos avanzado y este sería un tema del que podríamos hablar largo y tendido. Será en otra ocasión. La cuestión era que las calles y las plazas de los barrios se llenaban de bullicio y movimiento desde primeras horas y los padres se unían a aquella fiesta. Hoy las cosas son bien distintas. Es muy raro que ese día especial te encuentres con algún niño jugando en la calle. Y si el día está nublado y hace frío, ni te cuento. Y es que las costumbres y los usos, unido a otras cuestiones de índole social, han cambiado los hábitos de los más pequeños. En lo que se refiere al entretenimiento, hoy existe mucha tecnología al alcance de los hijos, que no digo que esté mal, porque esa realidad virtual también activará una parte importante del cerebro, pero creo que se han quedado muy atrás otro tipo de juegos, más manuales, más creativos, más de interacción con otro ser humano. ¿Dónde quedan los juegos en la calle? Y lo que es más importante, ¿dónde quedan los libros? En nuestros tiempos, ver a un niño leer es un mirlo blanco. Muchas veces lo he comentado con lectores y autores y encuentro opiniones para todos los gustos. Algunos opinan que los niños leen y otros que las estadísticas cuentan otra historia. Lo cierto es que yo no hago más que mirar a mi alrededor y solo veo niños absortos contemplando una pantalla.  Niños y padres, todo hay que decirlo. Y de verdad, me da mucha pena. No será porque no existen libros infantiles, no será porque no existen editoriales que apuestan fuerte por esos pequeños lectores que serán la promesa del futuro. No sé. Creo que estamos haciendo algo mal, por eso me parece fantástico que se publiquen libros como el que os traigo hoy.

En Vaho vamos a conocer a Ada, una niña a la que no le gustan las obligaciones ni que le impongan lo que debe hacer. ¡Y es que nunca la dejan jugar! Es comprensible. Su madre insiste en llevarla al colegio, en llevarla a hacer la compra, ¡incluso que se bañe todos los días! ¡Y encima, sola! Una auténtica lata. Sin embargo, y a pesar de sus reticencias, descubrirá que el cuarto de baño esconde un mundo lleno de fantasía donde Ada puede dejar volar su imaginación. Allí, y a través el vapor de agua, la pequeña viajará a otros lugares y las gotas de agua al caer le contarán emocionantes historias. Sus ensoñaciones serán a veces interrumpidas por la voz de su madre, una mujer que vive en ese mundo de adultos tan estresante, con tantas preocupaciones y agobios, algo que termina por saturar a la pequeña. Por suerte, la madre termina por entender las necesidades de su hija y llegan a un acuerdo. 

Vaho | María Iglesias e Irene Mala | Maclein y Parker | Editorial de libros independiente | Venta de libros online
[Imagen tomada de la web de la editorial]

Vaho es un libro que quiere potenciar la importancia de la imaginación en los más pequeños. ¿Quién no se ha imaginado alguna vez siendo niño que viajaba a la Luna? ¿O navegaba en un barco pirata? Yo solía jugar a indios y vaqueros con mi hermana pequeña, simplemente enganchando una sábana al somier de muelles de la cama superior de una litera. Así conseguía hacerme una tienda de campaña. Otras veces, mi hermana y yo nos mudábamos a la cama de mis padres y usábamos la larga almohada como canoa. Nos montábamos en ella a horcajadas y simulábamos que descendíamos por un río turbulento, volcando y cayendo al agua-colchón. ¿Qué sería de nosotros sin la imaginación? Incluso de mayores no dejamos de soñar con toda clase de sortilegios.

Pero Vaho no solamente pretende hacer un alegato en favor de la imaginación, la fantasía y los sueños. Este volumen infantil quiere llegar más lejos haciendo hincapié en la necesidad de unir lazos entre padres e hijos. Los adultos viven en un mundo de locos, donde todo son prisas y aceleración. Nunca tenemos tiempo para nada, ni siquiera para nuestros hijos, quienes se ven relegados a hacer sus deberes en solitario, a jugar sin compañía, a refugiarse en el mundo de las 'maquinitas'. Vaho quiere transmitir un mensaje a los padres. Debemos llegar a un acuerdo con los hijos, por el bien de ellos, de su educación y desarrollo, pero también por nuestro propio bien. Necesitan parte de nuestro tiempo y los padres los necesitan a ellos. Y es que esto lo habré escuchado mil veces: 'Mis hijos se están criando solos'. ¿No tenéis esa sensación? Conciliar la vida laboral y familiar es muy complicado hoy en día pero algo habrá que hacer, aunque sea apartar el cansancio diario al llegar a casa y sentarnos con nuestros hijos, jugar con ellos, leerles un cuento,... En definitiva, convivir. Claro que todo esto lo dice alguien que no tiene hijos pero me pongo en vuestro pellejo.

Con poco texto, lo que más llama la atención en Vaho son las ilustraciones de Irene Mala. Sus dibujos nos muestran personajes algo desproporcionados, de cabeza grande y pies pequeños. Me gusta fijarme en los detalles más mínimos, y encuentro que son ilustraciones muy cuidadas donde vamos a ver a la madre de Ada, una mujer trabajadora y con conciencia social, portando una bolsa reutilizable para la compra. Hay que educar desde pequeñitos. Por otra parte, y en cuanto a la paleta cromática, los dibujos generalmente muestras tonos pastel que en ocasiones se vuelven más oscuros, cuando Ada comienza a soñar y se mete en mundos llenos de magia.

Ha sido divertido conocer a Ada. También ha sido muy instructivo conocer a sus padres y verlos compaginar el trabajo y la familia. Estamos ante un cuestión de largo desarrollo pero en unas pocas páginas, Iglesias y Mala, lanzan un par de mensajes de interés: imaginación y conciliación.

Ahora toca ponerlo en práctica. Comencemos regalando libros a los hijos y pasando tiempo con ellos, mientras los leemos juntos. 

Cierro esta reseña con el anuncio de la presentación de este libro. Será mañana en Botica de Lectores, Sevilla. 









 

[Fuente: Imagen de la cubierta tomada de la web de la editorial]
Puedes adquirirlo aquí:

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