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miércoles, 4 de noviembre de 2020

REBECCA (INTRIGA - 2020)

Año: 2020

Nacionalidad: Reino Unido

Director: Ben Wheatley

Reparto: Lily James, Armie Hammer, Kristin Scott Thomas, Keeley Hawes, Ben Crompton, Ann Dowd, Sam Riley, Tom Goodman-Hill, Jane Lapotaire, Bryony Miller, Mark Lewis Jones, Bill Paterson, John Hollingworth, Lucy Russell, Julian Ferro, Toby Sauerback, Mark Schneider, Kevin Nolan, Chris Bearne, Keith Lomas, David Appleton, Tony Bligh, Poppy Allen-Quarmby, Ashleigh Reynolds, Jeff Rawle, Stuart Davidson

Género: Intriga

Sinopsis: Una joven (Lily James) contrae matrimonio con un aristócrata (Armie Hammer) y se traslada a vivir a su mansión, de nombre Manderley, situada en Cornualles. Sin embargo, ahí continúa presente la sombra de Rebeca, la anterior mujer del millonario, fallecida en extrañas circunstancias. 

[Fuente: Filmaffinity]


Atreverse a hacer un remake de una obra que Alfred Hitchcock ya llevó al cine me parece un tanto arriesgado. Sin embargo, no son pocos los que lo han hecho. Si echas una ojeada a San Google, te das cuenta de que son una decena o más, los títulos que han pasado de las manos de Hitch a las de un director más contemporáneo. Habría que ver en cada caso, si el resultado ha sido satisfactorio. En lo que se refiere a Rebecca, estrenada en Netflix a finales de octubre, la decepción ha sido mayúscula. 

Sabemos que las comparaciones son odiosas pero es del todo inevitable enfrentarse a esta película sin tener en mente, aquel magnífico largometraje de 1940. No hace falta que os cuente el argumento, ¿verdad?

Partamos de la siguiente premisa: Ben Wheatley se aleja de la obra de Hitchcock para centrarse en el manuscrito original, en la novela de Daphne du Maurier. Bajo ese prisma es normal que nos encontremos con escenas diferentes, la eliminación de algunas y la añadidura de otras. En definitiva, un guion sutilmente distinto. Bueno, es algo lógico, son dos miradas diferentes, dos formas distintas de interpretar una obra, de adaptarla al cine y, por tanto, dos maneras de contar una misma historia. En cualquier caso, el grueso del relato es el mismo. El espectador se encontrará nuevamente con el acoso de la señora Van Hopper, con el taciturno a ratos Max de Winter, con la inocencia de la joven esposa, con la maldad de la señora Danvers y, por supuesto, con Manderley. La misma historia de amor, celos, deshonra, odio,.... pero vista a través de los ojos del siglo XXI. Hagamos una película de época pero con la mirada de 2020. Y no, el resultado no es igual. La Rebecca de Hitchcock contaría con menos recursos tecnológicos, pero tenía el ingenio del cineasta que supo darle a su película la pátina de suspense y misterio que no tiene la versión de Wheatley. La de Hitchcock era romántica y elegante, mientras que la de Wheatley resulta más vulgar, más frívola, mostrando a un matrimonio que comparte dormitorio, con escenas de cama (aunque sin sexo explícito). A la Rebecca de Hitchcock no le hacía falta mostrar los asuntos de alcoba. 

Frente a un remake, cabe preguntarse: ¿Qué aporta esta nueva versión de la historia? Para mí, la respuesta es fácil. Nada. Como adaptación de la obra literaria no seduce. Si además la comparamos con la obra de Hitchcock, ni siquiera se aproxima. Más allá de que el guion sea más o menos fiel al texto original, hay circunstancias que chirrían. Es como si avanzara a trompicones y alguna que otra dificultad se resuelve por el camino más fácil.

En cuanto al reparto y a las interpretaciones, poca cosa. El atribulado Max de Winter está interpretado por Armie Hammer y su trabajo resulta débil y apagado. En cuanto a la esposa, Lili James sí sabe dar a su personaje ese aire de jovencita inocente, sencilla, cándida e inexperta pero no conquista al espectador. Si acaso, Kristin Scott Thomas se acerca a lo que se esperaría de la señora Danvers. Y aunque se mantiene hierática y todo se vuelve oscuro a su paso, le falta la mirada gélida de Judith Anderson. 

Y llamativa es la banda sonora, pero más por los errores que por los aciertos. En algún momento, la melodía en cuestión encaja con la atmósfera de la escena, pero hay un instante concreto, cuando Max de Winter llega a Manderley con su nueva esposa, en el que suena una canción que te saca completamente de contexto, una melodía que, además, se repite más adelante.

No. Que no. No me ha gustado esta Rebecca. La veo muy descafeinada, insulsa, plana, sin alma. Para mí ha sido una adaptación que no engancha. He leído por ahí que hay que verla alejando a Hitchcock de nuestra mente pero, ¿cómo se hace eso? Creo que nadie, que haya visto la obra de 1940, podrá ver esta sin pensar en aquella. Si es lo que Wheatley pretendía, resulta misión imposible. Y es que se ha metido en un fangal del que solo puede salir con barro hasta las cejas. 



 

Tráiler:                                                                                     





miércoles, 28 de octubre de 2015

SUITE FRANCESA (DRAMA - 2015).

 

Año: 2014.

Nacionalidad: Reino Unido.

Director: Saul Dibb.

Reparto: Michelle Williams, Matthias Schoenaerts, Kristin Scott Thomas, Sam Riley, Margot Robbie, Ruth Wilson, Alexandra Maria Lara, Tom Schilling, Eileen Atkins, Lambert Wilson.

Género: Romance. Drama.

Sinopsis: Año 1940, durante la ocupación alemana del ejército nazi en Francia. Lucile Angellier (Michelle Williams) es una joven que aguarda noticias de su marido, prisionero de guerra, mientras lleva una sofocante existencia junto a su controladora suegra (Kristin Scott Thomas) en un pequeño pueblo francés. Ambas viven ajenas a la realidad de la guerra hasta que un grupo de refugiados parisinos llega a la localidad huyendo de la ocupación, al que le sigue un regimiento de soldados alemanes que establecen sus residencias en los hogares de los habitantes del pueblo. En casa de los Angellier, Lucile intenta en un principio ignorar a Bruno (Matthias Schoenaerts), el elegante y refinado oficial alemán a quien se le ha encargado vivir con ellas. 


[Información facilitada por Filmaffinity]


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Parece que la semana viene dedicada a Irène Némirovsky. Si el lunes os hablaba de una pequeña gran joya, Nieve en otoño, hoy vengo con la adaptación al cine de una de sus novelas más reconocidas, Suite francesa.

Anda que no le tenía yo ganas a esta película. Desde que anunciaron que llevarían la novela a la gran pantalla estuve pendiente del estreno, sin embargo, no la vi hasta pasado un tiempo después de su lanzamiento. 

El cinco de agosto caía fuego sobre Sevilla. El cielo estaba de un color rojizo intenso, en las altas palmeras no se percibía ni una brizna de aire, el bochorno nos impedía respirar y a mí no se me ocurre otra cosa que irme a un cine de verano, el que cada año instala la Diputación de Sevilla en el patio de su sede. Más me hubiera valido quedarme en casa porque disfrutar, disfruté poco.

Comienza la proyección. El sonido del vaivén de los abanicos competían con las notas de una melodía que salía de la pantalla, los espectadores estábamos inquietos, al ambigú no paraba de acudir un chorreo constante de gente en busca de una cerveza o un refresco bien frío que apaciguara el calor tan intenso. Yo no le seguía el hilo a la trama. El cerebro lo tenía medio derretido. Cuando, quedando tan solo treinta minutos para el final - «A ver si termina esto ya por Dios y me voy a mi casa a ponerme bajo el chorro del aire acondicionado»-, de repente se oye un grito y unas voces que solicitaban la asistencia de un médico. El patio de la Diputación entra en revuelo, la película sigue su curso pero ya nadie le presta atención. Sillas que se caen, voces a medio gas y los empleados del cine corriendo de un lado a otro. «Será una lipotimia», pensamos. Pero la cosa se puso mucho más seria cuando, tras otro revuelvo, nuevas voces reclamaban una ambulancia. Se encendieron las luces del cine y se paró la proyección. No sabíamos qué había ocurrido pues todo acontecía en las filas finales. ¿Qué hacer? Yo que soy de naturaleza endeble y empática, me puse tan nerviosa que, de buena gana me hubiera ido en ese mismo momento. A mí la película ya había dejado de interesarme por completo pero llegó la ambulancia, atendieron a la señora enferma y veinte minutos después se retomó la proyección. No fue nada serio. Solo una lipotimia. Pocas se produjeron para el calor infernal que padecíamos.

La cuestión es que, con todas las ganas que le tenía a la peli, no la disfruté nada de nada pero tenía claro que, en cuanto la sacaran en DVD, la volvería a ver de nuevo. Y esta vez, con sus más o sus menos, sí la he disfrutado mucho más.

Imagino que muchos sabéis que la novela Suite francesa se llevó muchos años metida en una maleta sin que nadie la descubriera. Irène Némirovsky había escrito el manuscrito y antes de ser arrestada y conducida a Auschwitz donde murió, la metió en una maleta que sus hijas guardaron durante años. Hasta 2004, muchísimos años después de la muerte de la autora, su novela no ve la luz y causa un gran estupor entre la comunidad literaria. Dicen que es su mejor obra. Yo ya he leído un par de ellas  y a mí todas me parecen una maravilla. Pero hablemos ahora de la película.

Los hechos transcurren en Bussy, una pequeña localidad cercana a París. Allí vive la señora Angellier y su nuera Lucile. Estamos en 1940. Los alemanes acaban de invadir Francia y Gastón, el hijo de la señora Angellier, está en el frente. Las dos mujeres se encargan de los negocios familiares, el cobro de las rentas de alquileres. Viven bien, en una buena casa, con alimentos suficientes mientras que el resto del pueblo pasa hambre. De todos modos, la gente parece vivir más o menos al margen de la guerra, hasta que las bombas empiezan a caer cerca y un regimiento de soldados alemanes llega al pueblo. Los vecinos de Bussy tendrán que vivir con el enemigo y no solo cruzándose con ellos por las calles sino también dentro de sus propias casas pues las familias han de acoger a oficiales y soldados en sus hogares. El temor se apodera del pueblo. Algunos intentarán un acercamiento para obtener tratos de favor y otros sentirán que tienen que seguir luchando, mientras las jóvenes miran a los soldados alemanes con deseo. Pero, ¡son el enemigo! Son ellos quienes han matado a los maridos, padres, hijos y novios de Francia.

 

A casa de los Angellier llega Bruno, un oficial alemán reservado y muy educado que intenta ocupar el espacio sin interferir ni incomodar demasiado a las señoras. Aunque la señora Angellier ha prohibido a Lucile hablar con el oficial, la joven siente mucha curiosidad, especialmente cuando lo oye tocar una preciosa melodía en el piano, instrumento por el que ella siente pasión y al que se ha visto obligada a renunciar por imposición de su suegra que no quiere melodías hasta el regreso de Gaston. Pero, ¿quién puede poner límites al corazón? Suite francesa narra la historia entre Bruno y Lucile, una relación entre Alemania y Francia en un momento delicado.

No sé exactamente en qué términos se desarrollará la relación entre Bruno y Lucile en la novela, si se profundiza mucho o se desata la pasión. En la película, la cosa parece bastante difuminada. Es cierto que las circunstancias no son las más idóneas para una atracción como la que sienten Bruno y Lucile. «Imposible» es la palabra que más se acerca a la relación que surge entre los dos protagonistas, pues uno es el dominador y el otro, el dominado. Quizás por ello en la cinta todo transcurre con tanta contención, con tanta rienda bien sujeta. Y es que, como dice Lucile hacia el final de la película, la palabra amor nunca fue pronunciada. Pero ¡sí existía! ¿Qué nos queda entonces de la película? Una guerra que sirve de fondo, una relación amorosa en la que, a pesar de los inconvenientes, no se profundiza y una preciosa melodía, eso sí, como hilo conductor de todo el argumento.




Sinceramente, creo que la novela de Irène Némirovsky merecía una apuesta más arriesgada, un tratamiento mucho más emotivo del amor en la enemistad. No voy a negar que la película me ha gustado, que es bonita, pero esperaba que me conmoviera y no lo ha conseguido. 

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