Estamos en plena Semana Santa, una época en la que muchas personas aprovechan los días de fiesta para desconectar, para viajar, para leer. Y aquí vengo yo, a proponeros una lectura que no defrauda, que no solamente te permite revisitar una época, sino conocer a unos de los grandes pintores de nuestro país, Francisco de Goya. El juicio de Luis Zueco conduce al lector al epicentro de la época más desconocida de Goya, una novela que se asoma al proceso inquisitorial al que fue sometido el pintor zaragozano, tras la publicación de una colección de grabados que tituló Caprichos. Goya, que por entonces era pintor de cámara y gozaba de un gran prestigio, costeó de su propio bolsillo la edición y publicación de ochenta estampas de carácter satírico con las que pretendía dejar en evidencia a una sociedad llena de vicios y a unos estamentos que abusaban de su poder. Sobre este asunto, y sobre el proceso de gestación de La maja desnuda, Zueco escribe una novela que desvela la verdadera naturaleza de Goya.
El autor, nacido en Borja, visitó Sevilla hace unas semanas. Creo que es uno de los autores más agradecidos, uno de los que más se involucra en todos los sentidos, cuando se embarca en una nueva aventura literaria, uno de los que más se preocupa a la hora de tender puentes con sus lectores. No sé cuántas vueltas a España habrá dado Luis Zueco desde que publicara aquella trilogía medieval. Con la última novela, nos ha dado una sorpresa. Y es que el #zuecotour, como ha denominado su gira de promoción, viene motorizado. No ha sido difícil ver a Luis llegando a las ciudades con un vehículo serigrafiado en el que se puede leer: «Leer a Luis Zueco es viajar en el tiempo».
De esto, de la novela, y, por supuesto, de Goya, hablamos durante nuestro encuentro. Os dejo con la entrevista.
Luis Z.- Y con la familia.
M.G.- Sí, y con la familia.
L.Z.- Ha sido un paso más. No sé qué será lo siguiente. Todo ha sido precisamente por lo que comentabas, por la gira anterior, que fue tan intensa. No se me hicieron difíciles los viajes pero sí lo fue estar sin mi hija y sin mi mujer. Pensé que eso no podía volver a ocurrir. ¿Cómo podía solucionarlo? Pues viajando juntos. Mi hija es todavía pequeña. Tiene cinco años y puede faltar al colegio pero claro, ¿cómo hacerlo para mover los trastos, las maletas, con mi hija? Tenía que conseguir un vehículo. Se lo dije a la editorial y les pareció buena idea rotular un coche, hacer una especie de gira o de tour, en ese vehículo. Y así llevamos un mes. Está gustando mucho a la gente.
M.G.- Te mueves de un lado a otro haciendo promoción.
L.Z.- Sí, de una punta a otra de España. He estado en Bilbao, Logroño, Burgos, Vitoria, Málaga, Córdoba, Cádiz, Sevilla,...
M.G.- Pues hablemos de tu última novela, El juicio. Has pasado de la Reina Isabel, con aquella trilogía del mundo nuevo o del nuevo mundo, de Colón, del siglo XV y XVI a la figura de Goya y al siglo XVIII y principios del XIX. ¿Por qué se te ocurre escribir una novela sobre Goya? ¿Hay algo de homenaje a un paisano?
L.Z.- Es mucho más complejo que eso. Llevaba muchos años queriendo hacer una novela con Goya. Lo había hablado muchas veces con mi editora pero tenía que ser algo especial. Goya muere con ochenta y cuatro años y en su vida pasaron muchas cosas, tenía que encontrar algo. No tenía ninguna prisa. Así que estuve estudiando el tema. No me fijo en una época, ni en un personaje. Lo que me mueve es una idea.
Por otro lado, quería hacer una novela sobre el arte. Es una materia que me gusta mucho. En un principio quise estudiar Historia del Arte, aunque luego estudié Historia en general. Me gusta mucho la pintura. No la del principio del XIX, sino la de finales o de principios del siglo XX, pero bueno, al final, no deja de ser pintura. Así que tenía todas esas ideas. Se juntaron todas las posibilidades y me planteé escribir una novela en la que explicará qué es el arte, una novela que respondiera a esa pregunta, con Goya como protagonista, al que tenía sentado en el banquillo. Así busqué un episodio de la vida de Goya que me sirviera para arrancar. Me costó mucho pero, al final, encontré los Caprichos, algo misterioso, poco conocido, un episodio importante en la vida y en el arte de Goya, y así surgió la idea.
M.G.- Si te digo la verdad, desconocía ese proceso inquisitorial al que someten a Goya porque del pintor se ha escrito mucho, se han hecho películas. Y no sé, creo que tenemos una imagen de Goya muy sesgada. Y tú, en esta novela, nos hablas de un Goya muy distinto.
L.Z.- Es que Goya está lleno de estereotipos. Siempre se han centrado en la época final del pintor. Si te das cuenta, todas las ficciones se centran en su época final.
M.G.- En Burdeos.
L.Z.- Eso pero, ¿por qué? Y da igual que sea ensayo, novela, cine,... Es algo que no entiendo. Cogemos al hombre cuando ya tiene ochenta años, que no son los ochenta años de ahora, en un momento de su vida en el que está en Francia, fuera de su país, derrotado, cansando y enfermo. ¿Por qué? Habría que cogerlo en su apogeo, ¿no? Y es en ese momento en el que yo me he fijado, cuando es pintor del rey, una persona muy influyente y, ¿por qué no decirlo? poderosa, fuerte, que rompe y cambia el arte. Pero claro, es más difícil cogerlo ahí por eso nadie se atreve. En ese momento era un Goya divertido, social, que por las mañanas está con el rey, por las tardes habla con la duquesa de Osuna y luego se va de vinos con su amigo Moratín. Ese es el Goya verdadero y no esa especie de genio loco que hemos visto muchas veces.
M.G.- Creo que tenía unos cincuenta y tres años cuando publica los Caprichos, una colección de ochenta estampas que lo colocó en el punto de mira de la Inquisición. ¿Por qué siendo un pintor de cámara tan prestigioso se arriesgó a publicar los Caprichos, que tantos problemas le reportaron?
L.Z.- Y muchos gastos económicos, porque la publicación la pagó él.
M.G.- Se autoeditó, por decirlo de algún modo.
L.Z.- Sí, se autoedita, y paga el anuncio en la primera página del periódico algo que costaba muchísimo dinero. ¿Y por qué lo hace? Porque, en el fondo, es un idealista, un ilustrado, un liberal. Goya no podía quedarse con los brazos cruzados porque no le gustaba lo que veía por las calles de Madrid. Una cosa era lo que se veía en los palacios, que es lo que él retrataba de día, y otra lo que ve cuando recorre las calles de Madrid, llena de mendigos, de huérfanos, de prostitutas, de ignorancia y de abusos. No podía dejar todo eso atrás y actúa publicando los Caprichos y jugándosela. No tenía ninguna necesidad. Aquello no le reportaba ningún beneficio, sino todo lo contrario. Le trajo muchísimos problemas.
M.G.- La Inquisición lo sentó en el banquillo hasta tal punto que se vio obligado a retirar de la venta esa colección de grabados, que cada vez se hacía más famosa. Pero aquel proceso inquisitorial no derivó en nada. Goya se libró. ¿Cómo fue? ¿Tuvo apoyo del rey?
L.Z.- Se libró porque, en primer lugar, retira los Caprichos de la venta a los pocos días. Ojo, aquello fue una derrota para él. Y en segundo lugar, porque se había preparado para lo que iba a venir. Cuando el dibuja los Caprichos lo hace de forma muy ambigua, por eso son tan complicados de entender. Tiene que hacerlos de ese modo para que, cuando vengan a por él, porque sabe que van a venir, nadie pueda acusarlo de forma clara. Si le dicen que sus dibujos acusan al clero, o a la nobleza, él puede responderles que no es así, que no se trata ni del clero, ni de la nobleza, ni de nada que pudiera incriminarle. Lo tenía todo preparado pero, incluso así, lo pasó muy mal durante los cuatro años que tuvo esos grabados en su casa. Al final, tuvo la brillante idea de entregárselos a la Corona. Por eso se salva. De otro modo, él sabe lo que le hubiera pasado.
M.G.- Entre los capítulos de la novela vamos a ver esas ilustraciones, esos grabados. No están los ochenta, imagino.
L.Z.- No, no. Son muchos.
M.G.- Yo he tenido la curiosidad de verlos todos. Me he metido en la página web de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde se pueden ver. Y al hilo de lo que has comentado antes, es cierto que son muy ambiguos. Se ve claramente ese trasfondo alegórico y satírico que tienen los grabados, se nota el propósito, pero en muchos de ellos no encuentro la conexión entre el dibujo y el título al pie que podemos leer. Me ha costado mucho conectar imagen y título.
L.Z.- Es intencionado. El título no te explica el grabado. Te lo complica aún más. Desconocemos si los títulos fue idea de él o Moratín lo ayudó. Esos títulos no van a explicar nada, sino que van a confundir todavía más al que los mira.
En la novela se cuenta una vía de explicación. Hubo algunos ilustrados de la época que escribieron anotaciones manuscritas explicando cada grabado. En España, tenemos tres ediciones con anotaciones, una en la Academia en Madrid, la otra es propiedad de un coleccionista de Pontevedra y la última está en Zaragoza. Debajo de cada estampa, se escribieron cuatro o cinco líneas para explicar el dibujo. Esas anotaciones las hicieron gente de la época y no sabemos si eran correctas o no.
M.G.- Eran interpretaciones propias.
L.Z.- Sí, pero claro, como son anotaciones contemporáneas, podemos decir que son bastante veraces. Y hay más ejemplares así. En Boston hay otro. Es que los dibujos eran tan complicados que la gente hacía eso, anotaciones.
En la novela, hay un momento en el que los personajes tienen que buscar esos ejemplares con anotaciones manuscritas, para que la protagonista principal pueda entenderlos. Lo que Goya hizo en los Caprichos fue una genialidad. Creó algo ambiguo para protegerse pero también algo que te impulsara a reflexionar, a mirar la imagen y a tratar de encontrarle una explicación. Alrededor de los Caprichos se originó un juego en los salones literarios de la época. Abrían el libro por cualquier página, miraban la imagen y tenían que explicar lo que significaba. Reflexionaban sobre la imagen, pero lo mismo esa estampa en concreto los estaba criticando.
M.G.- La colección empieza con un autorretrato del propio Goya y eso me llamó la atención. Siendo una colección con la que se hace crítica de los vicios de la época, ¿por qué pone un autorretrato suyo como estampa inicial?
L.Z.- Bueno, es que los pinta él y los publica él. Ese grabado está firmado como Francisco de Goya, pintor. ¿Y por qué lo hace? El grabado, en aquel momento, era un arte menor pero, al poner su autorretrato al inicio, lo que Goya está diciendo es que los grabados también son arte. Está dando mucho valor al grabado, lo está poniendo, por primera vez, a un nivel muy alto. En esa época no había museos, no era fácil ver un Velázquez. No se sabía quién era Velázquez. Goya hizo copias de Velázquez en grabados para popularizar las obras del pintor, aunque no salió bien.
M.G.- En la Academia están las planchas originales, ¿no?
L.Z.- Sí. Es algo único. Otros artistas también trabajaron el grabado pero sus planchas se perdieron porque siempre se reutilizaban tras la estampación. Se pulían de nuevo y se reutilizaban para otro grabado. Con Goya, tuvimos la suerte de que las guardó en casa. Permanecieron así hasta que las recuperó la Academia de San Fernando mucho tiempo después. Y tenemos las planchas de toda la serie. No sólo tenemos los Caprichos. También tenemos los Desastres de la guerra, los Disparates y la Tauromaquia. Lo tenemos todo. Es una locura. Por eso han salido nuevas ediciones posteriormente. Los Desastres de la guerra y los Disparates no se publican en vida de Goya. No se atrevió. Se publicaron cuarenta años después precisamente porque se habían conservado las planchas. Lo más sencillo del mundo es que se hubieran perdido porque, además, hubo una guerra de por medio, y esas obras no se hubieran conocido nunca. No se conserva una colección de planchas de cobre originales de otra artista tan importante como Goya en ningún lugar del mundo.
M.G.- Al final del libro incorporas un montón de material para disfrute del lector. Podemos leer el anuncio que Goya publicó, en el Diario de Madrid. Un anuncio costeado por él mismo, con un texto larguísimo. Me sonreí al leerlo porque él define estas estampas como asuntos caprichosos.
L.Z.- Sí. Era la manera de hablar de la época. Y dice que son de su invención. Es muy revolucionario porque está diciendo que eso lo ha creado él, que no lo ha copiado, que nadie se lo ha pedido, ni nadie se lo ha encargado. Son unos caprichos y de su invención. Es un texto muy bueno. Buenísimo.
M.G.- Sí. Y los ejemplares se vendían en una tienda de perfumes que había justo bajo su taller.
L.Z.- Sí, justamente, en los bajos de su edificio. Allí vendían licores y perfumes, y más cosas, como abanicos o productos un poco de lujo. Era un único punto de venta de Madrid.
M.G.- Luis, creo que has tenido una primera edición en las manos, ¿no?
L.Z.- Sí, he tenido varias, claro. Ha sido clave para la novela. En casa tengo una quinta edición. Es muy buena. Está muy bien encuadernada y es de finales del siglo XIX. Tenía que tener una para poder ojear los grabados y poder tocarlos. Pero claro, necesitaba ver una primera edición. De hecho, necesitaba ver varias primeras ediciones para compararlas. ¿Y qué ocurrió? Pues que, viendo la edición que está en la Biblioteca Histórica de la Universidad de Zaragoza, ojeándola, y pasando las páginas, me di cuenta de que estaba mal estampada. Tiene fallos de estampación. Por ejemplo, la estampa no está centrada en la página sino que está un poco más baja. En la siguiente página, está un pelín torcida o están mal numeradas o como si el número hubiera secado mal y la tinta se hubiera corrido un poco. Y dándole vueltas a eso, me pregunté cómo podía pasar eso si era un libro de lujo, un libro caro y para las élites. ¿Cómo estaba tan mal hecho? ¿Cómo tenía esos fallos? Parece que se había hecho a toda prisa pero, ¿por qué? Y es que Goya tenía que haber publicado los Caprichos antes. Los tenía terminados desde hacía dos años. Iban a publicarse con otro título, con otra portada diferente pero no los publica. ¿Por qué? No lo sabemos. Yo creo que los publica aprisa y corriendo porque el gobierno está cambiando y se va a quedar sin amigos en el gobierno. Si tarda un poco más, ni siquiera le hubiera salvado el retirarlos de la venta. Así que hace una estampación rápida y los pone a la venta. Tenía prisa en publicarlos porque si no, no hubiera podido hacerlo.
M.G.- Y cuando Goya publica los Caprichos, ya estaba sordo, ¿no? Creo que fue a los cuarenta y nueve años.
L.Z.- Se queda sordo a raíz de una enfermedad muy grave. Se recupera en Sanlúcar de Barrameda, en la casa de un comerciante muy importante, Sebastián Martínez, que casualmente tiene una colección de arte maravillosa. ¿Sabes ese cuadro de Leonardo da Vinci que se vendió hace poco, el más caro del mundo? Pues, en teoría, era suyo. Su colección de arte es muy importante y tiene muchos grabados británicos. Todos esos grabados los vio Goya. Él se recupera allí, y también en Doñana, con la duquesa de Alba, pero le queda la secuela de la sordera. Se piensa que él empezó a dibujar los Caprichos en Cádiz. ¿Por qué? Porque empezó a dibujar otra vez en cuadernos. Él dibujo en cuaderno de joven, y por eso tenemos el Cuaderno italiano y luego tenemos otro cuaderno que lo empieza allí, en Cádiz.
M.G.- ¿Y cómo influye esa sordera en el juicio ante la Inquisición? ¿Y cómo haces para darle voz en la novela?
L.Z.- [Ríe] Es complicado. La sordera es complicada en los diálogos, sí. Con su mujer se comunicaría con gestos, con la mirada. Hay cosas que se entienden dentro de una pareja. Pero con los demás, necesitaría una pizarra o una libreta, no sé. Pero, por otra parte, y aunque no había lenguaje de signos, sabemos que Goya aprende a usar el alfabeto manual, a dibujar letras con las manos. En los anexos de la novela se explica.
M.G.- También se cuenta que se sometió a estimulación eléctrica.
L.Z.- Claro, por intentarlo que no quede. Y también tenemos la duda si aprendió a leer los labios. Yo creo que sí. ¿Cómo no va a aprender Francisco de Goya a leer los labios? Lo que imagino es que lo ocultaba de manera intencionada. Que no le interesaba que se supiera. Yo conozco a gente que lo hace. No es que sean sordas pero sí tienen poca audición y saben leer los labios pero no lo dicen. Imagínate que alguien habla mal delante de ti pensando que eres sorda pero te estás enterando de todo. Es una ventaja, ¿no?
M.G.- Total.
Bueno, estamos hablando mucho de los Caprichos pero en la novela abordas también otra cuestión importante, sobre otro cuadro muy importante de Goya, la gestación de La maja desnuda. Y para ello introduces a un personaje, el de Angélica Díaz. Aquí ya tiras de ficción.
L.Z.- Claro porque no sabemos quién es.
M.G.- Pero ¿no se supone que la modelo fue la duquesa de Alba?
L.Z.- Eso es una invención. Lo que pasa es que decir que la modelo era la duquesa de Alba hacía que el cuadro valiera más, económicamente y no artísticamente. Con cualquier cuadro, si sabemos quién es el retratado, vale más. Y si encima es la duquesa de Alba, el precio se dispara. Pero no, no pudo ser la duquesa de Alba. Además es que está demostrado. También se dijo que fue Pepita Tudó, la amante de Godoy pero no, no, tampoco. En realidad, no sabemos quién es. Hay expertos que dicen que no hubo modelo. ¿Por qué? Pues porque los desnudos femeninos estaban prohibidos en la época. Ninguna mujer se iba a atrever a hacer algo así. Da igual que fuera duquesa o campesina. Es que acabaría con su vida, con la suya y con las de sus hijos, nietos,... La iban a marcar para siempre. Además, con un desnudo como el del cuadro, con esa postura, esa mirada,... Goya podía pintar de memoria. Podía pintar a una mujer desnuda sin necesidad de modelo, aunque a mí, en este caso, me cuesta creer que no hubiera modelo. Además era un encargo de Godoy, y conociéndolo, ¿no iba a querer Godoy que el cuadro fuera sobre una mujer real? Creo que tuvo que haberla pero no de cuerpo entero, sino sólo de la cara, por ejemplo... Creo que tuvo que haber una modelo que le sirviera de inspiración.
M.G.- Que no fuera reconocible, ¿no?
L.Z.- Exacto. Es con esa idea con la que juego en la novela. Ahí he tenido que ficcionar porque no sabemos quién fue. Puedo decir que su modelo fue un personaje de ficción. Lo que no puedo decir es que esa persona existió realmente.
M.G.- Me llama la atención que luego pintara La maja vestida.
L.Z.- Esa es otra clave de la novela. La maja desnuda tiene sentido porque es un capricho de Godoy. Es un encargo que él le hace para su gabinete secreto, que está dentro de su palacio, y donde hay más desnudos, como la Venus del espejo de Velázquez. Pero La maja vestida no tiene ningún sentido. Pinta ese cuadro un año después y también es un cuadro para exhibir en ese gabinete, donde sólo hay desnudos. ¿Para qué quieres una mujer vestida ahí? Bueno, en la novela se explica.
M.G.- Uno de los grandes retos de tus novelas es que siempre mezclas muchos personajes de ficción con personajes reales. Eso conlleva la dificultad de traer al personaje real a nuestro tiempo.
L.Z.- No es tan difícil realmente. Le damos mucha importancia a que es novela histórica pero es novela y ya está. Si entiendes la época, la vida del personaje histórico y la respetas, cuando te metes en la novela te tienes que olvidar de donde estás. Tienes que disfrutar de la trama y ya está. Para mí, compaginar personajes de ficción con personajes históricos no me supone ningún problema. Los trato igual. El personaje de ficción lo creo, le doy una personalidad, le doy las reglas de la época, unas características. Lo mismo pasa con el personaje real, sólo que esas características me vienen impuestas. Una vez que sabes cuál es la diferencia entre uno y otro, no tiene que dar ningún pudor trabajar con ambos.
M.G.- Entiendo, pero perfilar al personaje y no alejarse de su verdadera personalidad...
L.Z.- No es complicado si lo tienes claro desde el principio. ¿Cómo funciona Goya? ¿Qué cosas puede o no puede hacer? Sabiéndolo, tiras adelante y ya está.
M.G.- A nivel documentación, ¿qué te ha supuesto escribir esta novela? Porque tienes muchas tablas en lo que se refiere a novela histórica y aunque te guste el arte, esta novela conlleva ese componente adicional. Imagino que has tenido que explicarle a lector cómo se hacían los grabados, por ejemplo. Habrás tenido que involucrarte mucho en las técnicas pictóricas de Goya.
L.Z.- Sí, claro. Esta novela tiene una documentación histórica, pero otra artística, que no es la misma. Hace años, quizás no hubiera podido haber escrito esta novela porque no me hubiera manejado con tanta soltura, ni hubiera entendido esa diferenciación. ¿Por qué? Porque en la parte histórica hay más certezas, pero en la artística hay muchas interpretaciones. Tenemos cuadros que son de un pintor y, de repente, sale un estudio y dice que no es cierto. Hay diferentes expertos que dan diferentes opiniones para la misma obra, diferentes puntos de vista. Tenía que abarcarlos todos, hablar con expertos. Para escribir una novela sobre Goya, no puedes decir que has leído todos los libros que hay sobre el pintor porque con eso no basta. Primero, tienes que tener las obras delante, tocarlas y hablar con la gente. Tienes que discutir, dialogar y plantear hipótesis, y que ellos también te digan qué creen o qué dudas tienen. Y ha costado. Me ha costado mucho. Había leído un libro muy importante sobre Josefa, la esposa de Goya. Justo cuando estaba terminando la novela, se publica un estudio sobre esta mujer. El título aparece en la biografía. Ya estaba en la parte final de la novela pero me propuse leer ese libro para coger alguna idea. Fue complicado hacerme con él porque era un estudio de una institución local. Lo pedí y cuando me llegó a casa, resulta que era un libro de mil páginas. ¡Madre del amor hermoso! ¡Mil páginas! No me había fijado en eso cuando lo compré y tampoco se me había pasado por la cabeza que fueran mil páginas. Pues nada. Lo dejé todo parado y me puse a leer y saqué tres detallitos de la vida de Josefa pero que son muy importantes. Luego también me puse en contacto con una experta que me pasó un estudio sin publicar todavía. Y justo antes de que saliera la novela, Taschen sacó una recopilación de toda la obra gráfica de Goya, una recopilación brutal. Pues venga, a comprarla. A veces pasan cosas así. La documentación para una novela como esta es complicadísima.
M.G.- Luis, vamos acabando. Hemos empezado hablando de la promoción, de tu familia. Siempre tienes palabras muy bonitas para ellas, sobre todo, para tu hija. Nunca tienes problemas para ir con ellas a todos lados. Es fácil verlas en las presentaciones. Se involucran o las involucras tú.
L.Z.- Mi hija es muy pequeña todavía. Lo que hace ahora es firmar ella las novelas.
M.G.- ¿Sí?
L.Z.- Sí, pone corazoncitos. Intentamos que no esté en las presentaciones porque entonces, la presentación la tiene que hacer ella. Es que tiene que estar al lado de su padre. Y en una presentación que hicimos en Valladolid, entró muy rápido cuando yo estaba todavía firmando y se puso a mi lado, a firmar con corazoncitos. Y un corazoncito es hasta gracioso. Pero luego empezó a dibujar dos corazoncitos, tres, cuatro,... Y si eran pequeños, dibujaba también estrellas. Aquel día se desmadró. Tuvo que venir mi mujer a rescatarla. Pero ellas están encantadas. Es una experiencia para ella. Además, la gente me pregunta por ella. Y empieza a darse cuenta de las cosas.
M.G.- Cuando sea más mayor, recordará todo esto.
L.Z. - Sí, efectivamente, pero ya hay cosillas.
M.G.- Bueno, Luis. Lo dejamos aquí. Un placer tenerte otra vez en Sevilla, un placer leerte, y nada, para la próxima nos vemos.
Sinopsis: 1799, Madrid. Francisco de Goya y Lucientes, pintor de cámara del rey, anuncia la puesta en venta de un lujoso libro de estampas titulado los Caprichos. Aunque las ventas son un éxito, dos semanas después de publicarlo, Goya lo retira del mercado. Durante los meses siguientes su escandaloso contenido comienza a correr como la pólvora. ¿Por qué Goya esconde su obra más personal? ¿De qué tiene miedo?
Es entonces cuando la joven Angélica Díez llega junto a su padre a Madrid para empezar una nueva vida. La capital se ha convertido en un lugar de contrastes, donde convergen las ideas ilustradas que se propagan por Europa e instituciones como la Santa Inquisición, que se resiste a morir.
Para darse a conocer en la sociedad madrileña, Angélica acude a Goya y le pide un retrato. Sin embargo, la joven ignora que este los unirá en una peligrosa trama relacionada con la Inquisición, los Caprichos y un rumor que podría acabar con el maestro: se dice que Goya ha pintado a una mujer al desnudo.
Mientras la Inquisición intenta juzgar al pintor como un último golpe de efecto para mostrar su poder, Angélica descubrirá algo que Goya siempre supo… No hay arma más afilada que el arte para cambiar la Historia.



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