jueves, 5 de febrero de 2026

JUAN MANUEL GIL: ❝Desconfío profundamente de aquellas novelas en las que no veo humor❞

Nunca había leído a Juan Manuel Gil. Conozco sus novelas, los premios otorgados a su narrativa pero jamás había leído nada de su autoría. Me estreno con Majareta y no es mal estreno. La nueva novela de Juan Manuel Gil no pasa desapercibida. No es de esas lecturas que, una vez cerrado el libro, caen en el abismo de novelas leídas, mezcladas unas con otras, de las que sólo recordarás lo básico. Majareta deja huella y es gracias a su original estructura y a un personaje singular.

Leo Almada es conserje en un colegio privado. Reside en el mismo centro y allí se ocupa de las labores propias de un conserje. Es un tipo solitario, introspectivo, silencioso al que muchos (todos) calificaríamos de raro y extraño. Leo es la típica persona que todos miraríamos con recelo, desde la distancia, al que colgaríamos una etiqueta que jamás nos colgaríamos a nosotros mismos. Pero lo cierto es que Leo, probablemente, no es diferente a nosotros. Arrastra una mochila llena de vivencias pasadas que han marcado su presente. Y a Leo, un buen día le dirán que ya no es necesario, que ya no resulta imprescindible y lo jubilarán de manera forzosa. Para Leo, el trabajo ha sido lo único que tenía, así que no se lo tomará muy bien. Hará algo, reaccionará que de una manera que desencadenará todo un escándalo, pero deberás leer la novela para saber qué ocurre. 

De momento, te dejo mi charla con Juan Manuel. 

Marisa G.- Juanma, un placer tenerte en Sevilla, con este tiempo tremendo. 

Juan Manuel G.- Tan del norte, ¿verdad?

M.G.- Sí, están cambiando las tornas y parece que nos estamos contagiando del norte. 

Bueno, antes de iniciar esta entrevista, has mencionado a la Fundación Antonio Gala. Tú fuiste de las primeras promociones que pasó por allí, allá por 2002- 2003, si no me equivoco, con poesía. ¿Crees que tu paso por la fundación ha sido decisivo a la hora de llegar a donde has llegado hoy?

J.M.G.- Sí, lo creo. Por lo menos, a que el camino sea como ha sido.

Mira, una de las cosas que yo descubrí en la Fundación era que había gente que creía en el creador. La Fundación me sirvió, sobre todo, para sentir seguridad, para saber que esa seguridad tiene que estar acompañada de disciplina, de auto-exigencia. La Fundación es un acelerador de partículas, es decir, cada paso que se da ahí dentro son como diez pasos fuera. ¿Por qué? Porque facilitan ese proceso de aprendizaje y de creación. Te rodean de otros artistas, de otras disciplinas, te visitan artistas o escritores a los que tú has leído toda la vida. Por allí pasaba Juan Manuel de Prada, Fernando Delgado, Pepe Hierro, Espido Freire,...  en cuestión de un mes. Claro, yo venía de Almería, quería ser escritor y, de repente, me meten ahí con otros escritores y me empiezan a llamar escritor. Aquello me hizo reflexionar mucho porque empecé a creerme que era escritor. Y aún no había publicado ni un solo libro. Eso es importante. Así que, desde entonces, me ha acompañado la confianza en mí mismo, aunque a veces uno flaquea y tiene sus inseguridades. He aprendido que uno no termina una novela, un libro o un proyecto, si no lo acompaña de disciplina, de renuncia y de sacrificio, en algunos casos. Por supuesto, de gozo, pero también de disciplina.

M.G.- Sí que hace falta. Y Majareta es tu nueva novela. En ella nos vas a contar la historia de Leo, un conserje de un colegio privado, al que jubilan de manera forzosa, y digamos que no se lo toma muy bien. Y aquí viene la pregunta que te haremos todos, ¿en qué momento se te cruza esta historia por la cabeza? Leyendo la novela, tuve la sensación de que quizá hubo un Leo en tu vida de infancia.

J.M.G.- Bueno, hubo algo parecido a un Leo. Estudié en un colegio público que tenía un conserje, con casa dentro del propio colegio. Aunque ese conserje no se parece en nada al Leo de la novela, lo cierto es que aquel espacio, el tener una casa dentro del propio colegio, me parecía un lugar fascinante, alucinante y, a la vez, terrorífico. Me preguntaba qué habría pasado si mi padre hubiese sido conserje y cuando toca el timbre el viernes a las tres de la tarde, todos se van del colegio y yo, sin embargo, me quedo ahí y tengo que recorrer esos pasillos, o vivir de noche en el propio colegio. Me parecía algo propio de una novela de Stephen King, algo así como El resplandor. Ese recuerdo me ha acompañado durante toda mi vida.

En las charlas con amigos siempre hemos hablado sobre ese conserje, sobre esa casa. Un buen día se me ocurre la posibilidad de contar la vida de un personaje aparentemente secundario en la vida de todos, como puede ser un conserje, y a partir del punto de vista de mucha gente. Uní todo eso y supe que tenía una historia y que lo único que tenía que hacer era trabajarla, estructurarla.

M.G.- La verdad es que la estructura es peculiar, es singular, es original, porque vamos a conocer a Leo a través de todas las declaraciones de ese puñado de personajes que aparecen en la novela. Ellos nos van a contar la percepción que tienen de Leo. Esta estructura me hace pensar en un toque metaliterario, porque da la sensación de que todas las declaraciones de los personajes son los apuntes que el autor va tomando para construir después la auténtica novela.

J.M.G.- Sí, podría ser, ¿no? Es decir, el autor está funcionando como notario de todo lo que tienen que decir, pero la estructura parte también de algo que es muy de la vida.

Mira, una de las experiencias que vivo, desde que doy tumbos con mis libros, es que siempre se me acercan dos, tres o cuatro personas en cada presentación y me dicen una frase que seguro que te suena: «si yo te contara mi vida, tú podrías escribir una novela». Por eso, me interesaba dar la posibilidad a esos personajes de contar su novelita en este libro. Así, cada capítulo es un testimonio. Esos testimonios me van a permitir conocer mejor a Leo Almada, qué ha hecho, por qué lo ha hecho pero, a la vez, me permite conocer la novela de esos personajes.

La labor que tiene aquí el escritor es ser generoso y dar voz. Se va a callar y se va a quedar sentado en una silla que va a ceder al lector, y este va a tener la sensación de estar sentado en la misma silla en la que se sentó el escritor, mientras escuchaba a todos esos personajes.

M.G.- Precisamente, es la voz del autor la que no vamos a escuchar o la vamos a escuchar de manera indirecta a través de las réplicas de esos personajes. Y a mí, Juan Manuel, me ha producido como desasosiego no escuchar la voz del autor. 

J.M.G.- Hay dos cosas esenciales que son marcas de este libro y son dos ausencias. Por un lado, la ausencia del autor pero, aún así, puedes ver su sombra en todos los capítulos. No es una presencia física pero sí es una presencia en segundo plano.  Y luego, por otro lado, la ausencia del personaje principal, del que da título a la novela, del que todo el mundo habla. Leo Almada, el majareta, no está en ningún lado, es un misterio, pero es que la vida tiene también en su corazón un misterio. De hecho, la literatura ha robado esa estructura a la vida. Todos nos movemos precisamente porque aspiramos a construir una posible respuesta para los pequeños o grandes misterios. Coloqué en el corazón de esta novela a Leo Almada e intenté que cada uno de esos personajes contribuyera a crear una especie de red que explicara, en ese momento, quién es Leo Almada y por qué actúa como actúa.

M.G.- Cada uno de ellos nos da su visión, su perspectiva, y cada uno de ellos lo ve de una manera diferente. Generalmente, lo que opinan los demás de uno no siempre coincide con la realidad.

J.M.G.-  No coincide con lo que tú crees que eres, no con la realidad. La realidad es que somos también todo eso que piensan los que nos rodean. Soy el concepto que tengo de mí, lo que siento y lo que pienso, pero también soy un poco esas versiones que tienen de mí los que me rodean. Un concepto lleno de contradicciones, de olvidos, de recuerdos, de verdades, de medias verdades y de mentiras. No podemos desentendernos de eso. Por eso, en esta novela, se genera un caleidoscopio enorme, un mosaico de versiones, que en ocasiones resultan contradictorias, pero que enriquecen el retrato de Leo Almada.

Hay una cosa que está clara, y es que construir una verdad, hacer una foto fija de una verdad, es imposible. Podemos asistir a la creación de un montón de versiones, visiones, puntos de vista sobre algo, pero es que la verdad es constantemente cambiante, está creciendo, no se detiene, está mutando. Así que, muchas veces, las novelas lo que hacen es congelar una de esas verdades, sabiendo que cuando caiga en manos del lector, esa verdad ya será distinta.

M.G.- Me has comentado que a veces has fantaseado con la idea de que tu padre fuera un conserje con casa propia en el colegio. Si cierro los ojos y me imagino a ese conserje viviendo allí, me resulta una figura un tanto siniestra porque, ¿qué hace esa persona cuando el colegio cierra, o en época de vacaciones, sin niños, en un edificio entero para él, con tantas habitaciones? ¿Qué hace ese personaje?

J.M.G.- Es verdad que tiene todos los ingredientes para resultar inquietante pero en la vida es importante vencer ese prejuicio, esa inquietud, ese desasosiego. Lo cierto es que nosotros también podemos resultar inquietantes y desasosegantes para otros. Así que esta novela va un poco de descubrir también que, cuando vencemos el prejuicio, cuando arañamos, o escalamos la tapia y miramos al otro lado, lo que podríamos ver dentro de este hombre, de Majareta, no se aleja demasiado de lo que nosotros somos. Es decir, nosotros también tenemos ese lado inquietante; nosotros tenemos también una parte de majareta; nosotros, en ocasiones, somos retraídos y a veces nos movemos en el silencio. Nosotros tenemos nuestras propias manías y, por supuesto, nuestras fobias. En el fondo, no estamos tan lejos de esa persona que nos crea o nos despierta recelo.


[Si prefieres oír nuestra conversación, dale al play]


M.G.- La novela viene a contarnos también que somos fruto de nuestras vivencias, porque Leo tiene un pasado, que el lector ya irá descubriendo en la novela. Leo es víctima de su propia circunstancia. Realmente, ese pasado, para todos nosotros, es una mochila que condiciona nuestro presente y nuestro futuro.

J.M.G.- Absolutamente. Y si estamos hablando de un pasado que se gesta, que se que cristaliza en la infancia o en la primera juventud, muchísimo más, porque, a esas edades, no tenemos recursos para ordenar, colocar o resolver la ecuación. Terminamos por arrastrarla toda la vida.

Leo Almada tiene su propia mochila. Es una mochila pesada que vamos a ir descubriendo durante el proceso de lectura. Conforme todos van dando su versión, incluso contradictoria, nos vamos a ir acercando a él. Pero no se trata tanto de descubrir, que sí, qué tiene Leo en la mochila, sino, sobre todo, de darnos cuenta de que nosotros también llevamos la nuestra y que nuestra mochila va cargada de dolores, de tormentos, de fragilidades muy parecidas a las de él. En ocasiones somos bastante injustos con esa manera que tenemos de etiquetar lo que nos genera incomprensión. Las personas distintas, el diferente, el raro, el que no actúa como yo, al que no catalogamos dentro del cajón de la verdad, a ese acabamos poniéndole una etiqueta que nos tranquiliza. En este caso, la etiqueta es majareta, algo que puede dañar a la otra persona. Lo que tenemos que hacer es borrar esa etiqueta con la goma, acercarnos a la persona, y preguntarle qué hay ahí.

M.G.- Tocas también algo que me parece muy literario, ese universo insondable que son las relaciones paterno o materno-filiales, las relaciones entre hermanos. Todo eso lo vamos a ver en la novela.

J.M.G.- La familia es un elemento importante en esta novela, probablemente en la que más, pero también es importante en las anteriores. Lo cierto es que la familia, que parece una institución sagrada en esta sociedad, uno de los grandes pilares, puede ser un palacio pero también una ruina absoluta. Incluso siendo un palacio, vamos a encontrar habitaciones cerradas, con sus siete vueltas de llave. ¿Cuánta literatura, cuántas páginas, cuántos libros han nacido precisamente de la familia como tal? Pues en el caso de Leo, la familia es determinante. En principio, es una familia que tenía todo para obtener el reconocimiento social, el reconocimiento económico, en su barrio, sin embargo, te das cuenta de que nada de eso garantiza que sucedan cosas que va a cambiarlo todo. La vida tiene algo de eso, de fichita de dominó, que golpea a otra. Generalmente, las fichas no empiezan en ti, empiezan más atrás, y tú, al final, caerás hacia delante. Solamente tienes que saber de dónde vienes, por qué vienes, y cuando caes, tienes que intentar recomponerte y levantarte. Sin lugar a dudas, la tarea de recomponerte es imposible si no miras hacia atrás y no ves de dónde vienes.

M.G.- Entre ese caleidoscopio de personajes que vamos a encontrar en la novela, hay muchos dispares, desde un antiguo compañero de clase de Leo, pasando por una bibliotecaria, el padre y la madre del autor, que incluso le hace chantaje emocional, un informante del propio autor,... Son muchos. ¿Por qué estas voces y no otras?

J.M.G.- Mira, en primer lugar, y porque, a pesar de que parezcan personajes muy disparatados y en ocasiones hasta esperpénticos, se parecen muchísimo a personajes que yo he vivido con naturalidad en mi barrio, especialmente cuando era niño. Es decir, el cura ocupaba un papel central, la curandera, el espiritista,... Todo ese tipo de personas que pueden parecer disparatados, lo cierto es que en el barrio los teníamos muy localizados. Y luego, con respecto a la variedad, a esa constelación de personajes, pretendía que fuesen muy reconocibles por parte del lector. Es decir, que cambiándole la profesión a uno o a otro, fuera posible encontrarlo en tu bloque, en tu calle, en tu barrio. En la novela aparece el conductor de un autobús al que tú puedes sustituir por tu frutero o por tu dentista. Es una novela atravesada por personajes de carne y hueso, de los de verdad, de los que te cuentan una historia en la parada de un autobús o de camino al aeropuerto en el taxi. Eso lo hemos vivido todos. Al hacerlo así, me parecía que me ganaría la complicidad del lector, si conseguía que hiciera suya a esta panda de personajes disparatados, que arrastran algún tipo de dolor. Eso es lo que hacemos todos en la vida, arrastrar nuestros dolores, con sentido del humor. 

M.G.- Y por eso, por intentar que el lector conecte con su propia bibliotecaria, su conductor de autobús,... ¿por eso no les pones nombre?

J.M.G.- Eso tiene que ver con algo que he aprendido de la literatura popular, una literatura en la que no es necesario dar nombres para que el lector recuerde una historia y la siga contando. Hay personajes conocidos, como el gigante, el leñador, la pastorcilla,... Es esa cosa que tiene la oralidad, en la que no hacen falta llamarlos por su nombre. No obstante, sí les doy nombre a la familia nuclear, a la madre del conserje, que se llama Blanca, al padre del conserje, y al propio conserje, que se llama Leo. Y luego aparece otro personaje al que también le doy nombre porque he querido hacer un homenaje. Me refiero al mendigo de la novela, que se llama Fernando. ¿Y por qué le puse Fernando? Porque es un personaje que está inspirado en un hombre que vivía en un parque cerca de mi casa y que, una mañana tristísima y desgraciada, amaneció muerto. Me pareció tristísimo que esa persona, que había vivido ahí en un anonimato absoluto, sin ningún tipo de épica aparente, y que parecía que no le importaba a nadie. A mí me interesaba Fernando, así que pensé en meterlo en la novela. Con él he hecho una excepción y lo he llamado por su nombre. Es un hecho que no vale nada, que no cambia nada pero, no sé, yo hablaba mucho con él, y tengo la sensación de que he iniciado una nueva conversación. Cada vez que me acerco a ese capítulo tengo la sensación de volver a charlar con él.

M.G.- Pues es bonito esto, es como darle eternidad. Sigue existiendo, al estar en las páginas de un libro.

J.M.G.- Bueno, sí. La literatura tiene ese poder.

M.G.- Y entre todo ese collage de personajes que van a hablar en la novela, encontramos una voz que se repite, el amigo necesario del autor. Para mí es una de las voces más humorísticas y, a veces, no me queda claro si realmente es amigo o enemigo del autor.

J.M.G.- Sí, sí,.. Por un lado, es cómplice. Como el autor no va a salir en la novela y tiene miedo a perder el control de la propia historia, algo que odia cualquier escritor, ha decidido meter a un cómplice. El amigo necesario del autor es su amigo. Es necesario porque de otro modo la historia se te puede desmadejar pero claro, el problema de meter a personajes en una historia es que se te pueden revelar y volverse en tu contra. 

En este caso, este amigo es necesario y, en ocasiones, sarcástico. Incluso quiere robar el protagonismo al autor, manejar la historia, tirar hacia un lado u otro. Es un personaje que no es una persona concreta de mi vida pero sí es la suma de muchas de ellas. Cuando estoy escribiendo y lo comento con amigos, algunos de ellos siempre dan consejos, siempre te dicen que por qué no hago esto o lo otro. Todos tienen una especie de escritor dentro porque a la gente le gusta haber escrito pero no escribir. Así que he sumado a todas esas personas que me rodean y las he convertido en el amigo necesario del autor. 

M.G.- Es una voz muy buena.

Y no hemos comentado que, cuando a Leo lo van a jubilar de manera forzosa, él tiene una reacción un tanto brusca que el lector descubrirá con la lectura. Porque nosotros, desde la primera página, vamos a saber que Leo ha hecho algo grave y lo descubriremos al final. Pero no es la única intriga con la que cuenta la novela, también tenemos un supuesto suicidio y un crimen del que no se sabe toda la verdad. Añadir estos dos misterios equilibra un poco el peso que soporta Leo en la historia.

J.M.G.- Se trata de diversificar la tensión de la propia novela, no soportarla únicamente sobre un raíl. Necesitas más raíles por las que vaya caminando la propia novela. En este caso, me parece que hay una labor casi detectivesca, de thriller, con un ritmo acelerado, con la intención de mantener la atención del lector.

No sé si estoy en lo cierto pero creo que toda buena novela tiene alma detectivesca en su corazón. Tiene un reto, una pregunta, un misterio que resolver. Incluso toda vida apasionante tiene una especie de misterio que impulsa a vivirla con intensidad, con curiosidad, con ganas, con la esperanza de que, en algún momento, ese misterio se vaya a desvelar. Procuro que mis novelas sean lo más parecido a la vida, que estén muy pegaditas a la vida, a pesar de que puedan parecer disparatadas. Procuro que las preocupaciones de mis novelas sean de la vida, que los personajes sean de carne y hueso, que la manera de hablar de ellos sea muy de la calle. Y que en el corazón de la novela exista un misterio o varios misterios que hagan funcionar a los personajes, y que entren por la primera página y salgan por la última. 

M.G.- Te he escuchado decir en alguna entrevista que esta es tu novela más divertida pero ¿no tiene también un pozo de amargura?

J.M.G.- Totalmente. Probablemente porque, cuanto más tormento, dolor y tristeza hay en el corazón de esta novela, más necesario es el humor. El humor es un buen bálsamo para soportar las inclemencias de la vida. Es ese personaje que te abraza en el camino y te dice que de esta también salimos, y te hace sonreír y te despierta una carcajada en esas situaciones en las que parece que no tiene cabida el humor. Pero el humor no pide permiso a nadie en situaciones de tristeza. El humor es un consuelo que necesitamos en las situaciones de dolor y de tristeza. Yo desconfío profundamente de aquellas novelas en las que no veo humor y de aquellos personajes que, en ningún momento, tiran del sentido del humor y de las presentaciones de libros donde no hay ni una sola sonrisa, ninguna broma, ninguna carcajada, porque me parece algo muy artificioso, algo en lo que la solemnidad lo ha devorado todo. Yo estoy en el otro bando, en el bando en el que la solemnidad hay que arrinconarla, meterla en el trastero y dejar salir sólo cuando corresponde. 

M.G.- Ayer mismo [27 de enero de 2026] presentaste la novela, ¿hubo muchas risas? Creo que te acompañó Daniel Ruiz. 

J.M.G.- Sí. Hubo muchísimas risas porque la gente, en un día lluvioso, de borrasca, hizo el esfuerzo de salir de su casa para asistir a la presentación y sobre todo, porque la gente tenía ganas de pasar un buen rato. Y con la compañía de Daniel, pues las risas están garantizadas. Es un buen cómplice para presentar libros. Nos lo pasamos muy bien, nos reímos mucho. 

M.G.- Juan Manuel, vamos a ir terminando. Hemos hablado de los prejuicios, de las etiquetas, de los rumores, de las diferentes percepciones que se pueden tener de una misma persona, de los barrios que son universo propio. Pero en la novela hay un episodio en el que vamos a ver a unos niños haciendo una terrible travesura. Creo que eres docente y me gustaría saber qué opinas de los niños, si crees que son más crueles ahora que los de generaciones pasadas.

J.M.G.- En términos generales, diría que no. Estoy convencido de que no son más crueles. No creo que sean más crueles que los de mi época, o por lo menos, los de mi barrio, donde salíamos a defender cada tarde de verano, atravesando cualquier límite que nos hubiesen puesto y protagonizando alguna fechoría, que luego he contado en el libro y que los lectores creen que son ficción. No creo que sean más crueles, lo que ocurre es que, en los tiempos que corren, esa crueldad se ve amplificada por las redes sociales. Se pone encima una lupa de aumento a todo lo que ocurre. Esto también tiene una parte buena, que nos permite reflexionar y preocuparnos por esa realidad. 

Soy profesor de secundaria y mis alumnos me han enseñado algo, que aplico a mis novelas. Ellos son un público implacable, que no soportan el aburrimiento y no se lo toleran a nadie. Esto es algo que me ha permitido desarrollar una especie de músculo, de conexión, de emoción, de tensión en mis propias clases. Si quiero que aguanten cuarenta minutos atentos a algo, que ya te digo yo que la sintaxis y la morfología no es fascinante, tengo que construir una buena historia. Y si funciona con ellos, puedo decirte que va a funcionar con todo el mundo, porque son un público feroz.

A veces, cuando he tratado de que se acerquen a un libro se han quejado porque, después de leer diez páginas, dicen que no pasa nada. Yo les respondo que, hombre, son diez páginas nada más, que lean algo más. No, no, es que son diez páginas, me dicen. Y yo he reflexionado mucho sobre esa frase: «Aquí no pasa nada». Me di cuenta de que tenían razón, de que en las novelas tienen que pasar cosas, las cosas que tú decides como escritor. No tienen que ser las cosas que ellos esperan que pasen, pero algo tiene que pasar. Así que escribí este mandamiento en un folio, lo imprimí, lo enmarqué y lo puse en mi estudio. Pone: «Que pasen cosas». Y cada vez que me siento a escribir, leo ese mensaje y empiezo. 

M.G.- Última pregunta. De todos los personajes que has creado, ¿crees que Leo va a ocupar un lugar inolvidable?

J.M.G.- Sí, seguro, porque creo que es un personaje que tiene mucho de mí. Tiene más de mí de lo que estoy dispuesto a reconocer. En ocasiones, me he sentido como Leo Almada, incomprendido, y he tenido la necesidad o la única opción de refugiarme en el silencio. Como Leo he recurrido a la lectura, como ese abrazo, como esa habitación en la que sentirme cómodo, donde tener a alguien con quien conversar a través de los libros. Así que creo que Leo ha llegado a mi vida para quedarse.

M.G.- Pues Juan Manuel, un placer. Encantada de haberte conocido, de hablar contigo, y muchas gracias por atenderme. 

J.M.G.- El placer ha sido mío. 

Sinopsis: Todo el barrio conoce su historia, pero nadie conoce la verdad. La más divertida y brillante novela de Juan Manuel Gil.

Después de más de treinta años de servicio en la conserjería de un colegio, Leo Almada, el majareta, es prejubilado inesperadamente. Este hecho lo llevará a protagonizar un perturbador episodio en el que los principales afectados serán los alumnos del centro. Conmocionados por lo ocurrido, todos en el barrio compartirán cuanto saben de él y opinarán sobre las razones que llevaron a este hombre a cometer lo que para algunos fue una locura y, para otros, la peor de sus pesadillas.

Majareta es una deslumbrante novela compuesta por los testimonios de aquellas personas que conocieron a su protagonista. Todos parecen tener algo que decir sobre el conserje, sus inquietantes hábitos, sus secretos inconfesables y los motivos por los que siempre fue considerado uno de los hombres más raros del barrio; también uno de los más buenos, tiernos, discretos y generosos. De este modo, asistimos a la formación de una luminosa y disparatada constelación de relatos en la que se revela una vida hecha de contradicciones, verdades a medias, mentiras necesarias y giros inesperados.

Con una originalidad desbordante, Majareta es una obra que hace de la oralidad y del humor su manera de llegar al corazón de esos tormentos que a veces arrastramos durante toda una vida. La nueva novela de Juan Manuel Gil es profundamente divertida, única y vibrante hasta la última página, y nos adentra en esa luminosa ficción que nos permite desentrañar la oscura realidad. 


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