El día que me cité con Jesús Terrés para hablar de su último libro, Vivir sin miedo, llovía a mares. Fue aquella semana en la que parecía que el mundo se había vuelto del revés. Sevilla recibía la típica lluvia insistente del norte día sí y día también. Pero aquel tiempo intempestivo no impidió que Jesús y yo conversáramos con calma y tranquilidad.
Debo decir que la lectura de este libro, que muchos catalogan como un volumen de relatos, aunque su autor lo percibe más como un diario, me ha abierto puertas a importantes reflexiones, sobre el pasado, el presente y el futuro. Y es que Jesús Terrés recopila en este libro un buen puñado de emociones, compartidas previamente a través de las redes, en las que es fácil identificarse.
Terrés empezó a escribir cartas, a compartir sus emociones en marzo del año 2020. ¿Cómo olvidar esa fecha? Teníamos la pandemia encima, el miedo nos hostigaba, la incertidumbre devoraba las horas de nuestros días y Jesús sintió la necesidad de teclear y plasmar todos los sentimientos que lo atravesaban. Al principio, pocos lectores. Pero a aquellas sesiones de desnudo emocional que tenían lugar los sábados se fueron uniendo más y más gente. Hoy, una selección de todos aquellos textos conforma este libro. Y hoy también, comparto mi charla con su autor.
Marisa G.- Jesús, un placer conocerte y tenerte en Sevilla, aunque sea con esta lluvia.
Jesús T.- Me siento como en casa [ríe].
M.G.- Ya te digo. He estado leyendo tu libro, algunos fragmentos. Y como primera pregunta te planteo una situación. Alguien entra en una librería, coge tu libro, lo abre al azar, lo ojea y es posible que piense que son relatos. De hecho, he leído reseñas que lo catalogan como tal. Sin embargo, yo lo veo de otro modo, como reflexiones íntimas o monólogos interiores. No sé cómo lo percibes tú.
J.T.- Me parece estupendo que cada cual tenga su interpretación del proyecto. Es maravilloso. Lo acepto y ya está. Pero para mí es como una ópera, como un continuo. Es una historia contada poco a poco. Si pienso en relatos, por ejemplo, en literatura americana, son textos muy independientes, que no tienen nada que ver uno con otro. En este caso no es así porque aquí hay un paraguas global que es la mirada emocional sobre la vida de alguien. Así que, para mí no es tanto un libro de relatos como un diario.
M.G.- Este diario lo estuviste compartiendo desde marzo de 2020. Empezaste a compartir estos textos que publicabas cada sábado. Si no me equivoco, el primero, o casi el primero, después de esa breve introducción que aparece en el libro, fue Tengo miedo y no pasa nada. ¿Qué reacción hubo a esas palabras, si hubo algún tipo de reacción?
J.T.- El marco vital de ese texto fue justo el primer fin de semana del encierro, el más severo, cuando no podíamos bajar de casa. Aquello fue muy fuerte. Lo hablaba con mi mujer el otro día. No podíamos pasear, sólo bajar al supermercado. Fue muy heavy lo que vivimos. Creo que lo hemos olvidado un poco o que pensamos que aquello fue una película. Bueno, pues yo empecé aquel primer fin de semana. Por entonces, no había lectores. Creo que sólo había dos, con nombres y apellidos. Pero si escribía, no era para que se leyese o se compartiese. Al principio, era una sencilla necesidad de expresar un miedo, de sentir que necesitaba contar aquello. ¿Qué me está pasando a mí? ¿Qué está pasando?
M.G.- Por aquellas fechas, a cada uno le dio por hacer algo. Era una manera de evadirse. Hubo gente que hizo pan. Otros empezaron a hacer deporte indoor. Otros escribían. Siempre se ha dicho que escribir es una forma efectiva de exorcizar nuestros miedos, de enfrentarnos a ellos. Entiendo que tú has comprobado que realmente eso es así, que funciona.
J.T.- Pues yo ahí, con todo cariño, tengo que decir que no estoy de acuerdo.
M.G.- ¿No?
J.T.- No, porque yo soy muy amigo de la terapia. Hago mucha terapia y respeto mucho el trabajo de los psicoanalistas. Y escribir es escribir y hacer pan es hacer pan. Y para mí escribir se parece más hacer pan que a otra cosa. Creo que los miedos, los conflictos y tus movidas se solucionan con tu terapeuta. Escribir es simplemente contarlo pero no se soluciona.
M.G.- Pero quizá, a la hora de escribir, de plasmarlo en un papel, es una forma de poner nombre a lo que nos ocurre, ¿no?
J.T.- Exacto, sí, esa es la palabra mágica. Cuando tú nombras algo, y da igual que lo escribas, se lo cuentes a tu madre, a tu pareja, a tu novio, a tu novia, ya lo estás sanando un poquito. Es darle luz a ese miedo, es sacarlo a la calle y decir que esto es lo que sientes. Hacer eso es bueno, es sano pero sólo con eso no se arregla.
M.G.- No se soluciona pero se reconoce.
J.T.- Sí, le da luz, que no es poca cosa.
M.G.- Pues, desde ese marzo de 2020, has estado escribiendo. Este libro es una selección de esos mejores textos, ¿qué criterios se han tenido en cuenta para seleccionar estos y no otros?
J.T.- Ha sido muy difícil, muy complicado. Mira, aquí, en Sevilla, entendéis muy bien qué es la musicalidad. Para mí, como lector, la musicalidad es muy importante, tanto dentro de una misma carta como de una carta con las demás. Para mí, esto tenía que ser como una sinfonía en la que nada estorbase y que una cosa te llevara a la otra, como en un flamenco bonito, como en una ópera bonita, en la que las cosas suben, bajan pero en la que nada sobra, ni nada choca. Así que, si un texto no tenía musicalidad con el anterior o con el siguiente, ¡fuera!
M.G.- ¿Y han quedado fuera muchos de ellos?
J.T.- Muchos.
M.G.- Imagino. Leyendo la nota de prensa que manda la editorial se nos dice que este libro contiene cartas íntimas en dos formatos, el literario y el prescriptivo. ¿Te suena esto?
J.T.- Me resulta extraño. Creo que lo dicen porque soy un escritor muy vitalista. Me gusta mucho vivir. Me gusta mucho comer, beber, la alegría, los bares,... Siempre digo que si yo no vivo, no puedo escribir. En mis textos, ya sean literarios o algún encargo -soy periodista-, siempre estoy recomendando cosas. Quizá, por ahí, es por lo que viene la parte prescriptiva. Me gusta recomendar sitios para comer, me gusta compartir mis alegrías, recomendar los sitios en los que soy feliz y si, por ejemplo, me he comido un pescadito muy bueno en el Inchausti, pues decirlo. O una ensaladilla en el Donald, pues también lo digo. Me gusta compartir los sitios en los que soy feliz por eso en mis cartas siempre se cuela la vida.
M.G.- De eso hablaremos en un ratito porque ahora quiero preguntarte lo siguiente. En este libro, ¿encontramos a Jesús Terrés en estado puro o Jesús Terrés es simplemente el mensajero?
J.T.- En estas cartas está el Jesús Terrés más puro que hay. Usando un lenguaje muy taurino, creo que todavía podría acercarme más.
M.G.- Por acercarte se entiende abrirte más.
J.T.- Sí. Cruzarme más pero me falta valentía como escritor. Creo que todavía podría acercarme más, desnudarme más, que haya más sangre.
M.G.- Pero compartes con los lectores una parte muy personal y no sólo tuya, también de tu entorno, de Laura, tu pareja, o de algún amigo, al que mencionas en varias ocasiones. Es decir, no sólo hablas de ti sino también de tus circunstancias, por decirlo de alguna manera.
J.T.- Sí, cuando hablo de un aspecto íntimo de una persona de mi vida, le pregunto: oye, ¿te importa?
Hace poco hemos vivido en casa un aborto muy complicado. Le pregunté a mi mujer si le importaba que hablara de eso, si se sentía cómoda. Porque si ella no está cómoda, no lo comparto. Pero cuando se trata de mí, de mis sentimientos, de mis emociones, mi dolor o mi herida trato de acercarme todo lo posible al acantilado.
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M.G.- ¿Y eso no te deja en una posición muy vulnerable?
J.T.- Sí, muchísimo. Mi vida como escritor es más solitaria de lo que parece. Por las presentaciones puede parecer que hay más gente pero mi vida es muy monacal. Escribo solo, cuando no hay nadie. Y cuando voy a tener un encuentro con lectores, como el que voy a tener hoy, aviso y pido que se me cuide porque no es justo. Lo sabéis todo de mí pero yo de vosotros no sé nada.
M.G.- Jugamos con ventaja.
J.T.- Sí, porque me he desnudado. Me asusta mucho. De hecho, es que ni voy a cenas de prensa. Es raro verme en una. No estoy cómodo.
M.G.- No...
J.T.- No. Prefiero volverme a mi habitación, con mi libro.
M.G.- Y, a la hora de escribir estas piezas, ¿qué te inspira? ¿Qué ocurre en tu vida para decir: Me voy a sentar a escribir sobre esto?
J.T.- La vida. La vida es maravillosa. La gente en la calle, me encanta. Soy un viajero cercano. Me encanta pasear Sevilla, pasear por sus calles, y siempre hago oreja.
M.G.- Pues eso mismo te iba a preguntar, si eres de los que escuchan una conversación ajena. Muchas veces, tomando un café a solas en una cafetería me he encontrado a un grupo de amigas, de señoras mayores, teniendo conversaciones interesantísimas. Siempre digo que de esas conversaciones se puede escribir algo.
J.T.- Es que yo me meto en las conversaciones. Siempre con educación. A veces pregunto: ¿en serio? Señora, cuénteme. No sé, me gusta. O hablo con un camarero y le pregunto si pasa algo ese día. Saco mucho de la vida.
M.G.- Sociabilizas.
J.T.- Sí. Me gusta. Como turista. Soy muy escuchado, más que hablado.
M.G.- Jesús, el libro se estructura en tres grandes bloques: Cada día nace el mundo, Un corazón sin amargura, Pese al miedo, eligió vivir. ¿A qué motivo corresponde hacer esta distribución?
J.T.- A que, cuando se hace un libro de artículos o de relatos, tienes dos opciones: ser cronológico o no. Mi anterior libro de textos, Nada importa, no fue cronológico. Los eligió la editora de Círculo de Tiza, Eva. Ella hizo su selección como editora y yo estaba encantado. Pero aquí, estando la Covid en los primeros artículos, era muy difícil no tenerlo presente. En este proyecto sí ha sido muy importante el tiempo, ser fiel a lo que fue pasando en el tiempo, a nivel íntimo, a nivel social. Y son como tres partes: miedo, observación y esperanza.
M.G.- En cualquier caso, no se obliga al lector a leer de forma lineal, ¿no?
J.T.- No, no, no...
M.G.- Porque yo lo he leído a salto de mata.
J.T.- Para nada. El otro día hablé con Toni Segarra, un publicitario al que admiro mucho. En plan broma, y puteándome con cariño, me dijo que mi libro le recordaba a El libro de arena de Borges. Me comentó que ni lo había empezado por el principio ni lo iba a acabar porque se cae. Está ahí. No se iba a leer el comienzo ni se iba a leer nunca el final. Esa idea me gustó. Lo cojo, lo abro, leo un texto. Lo dejo.
M.G.- Dentro de dos semanas, lo vuelvo a coger y leo otro texto.
J.T.- Sí. Y me parece maravilloso.
M.G.- A mí me parece una manera muy bonita e interesante de leer un libro como este, como el tuyo. Creo que, de ese modo, se afianza la relación con el texto.
J.T.- Sí. Además, es mi manera de entender las cartas porque es como un libro de correspondencias. En cada una de ellas hay un mensaje. No dos. No ninguno. Un solo mensaje. Soy muy cuadriculadito,muy monacal y en cada salmo, digamos, hay una cosa que quiero decir. Si lees un texto, vas a aprender una cosa.
M.G.- Aprendes hoy una cosa y dentro de quince días aprendes otra.
J.T.- Exacto. Me pasa que si encuentro dos mensajes en un texto tengo que quitar uno. Me lo autoimpongo. No puedo mandar dos mensajes.
M.G.- Ya. Alguien me dijo hace ya bastante tiempo que el miedo es libre. La teoría la conocemos todos. Sabemos que el miedo está ahí y hay que hacerle frente pero, a la hora de la práctica, ¿cómo se hace para vivir sin miedo o para vivir con miedo?
J.T.- Creo que has dado en la clave. No se puede vivir sin miedo. Se trata de vivir con miedo y de entender que el miedo es un acompañante en la vida. Vamos caminando y tenemos la alegría, tenemos el miedo, tenemos la precaución. El miedo tiene su función. El miedo es el que te avisa por la noche para que no vayas por una calle. Es una alerta que te ayuda. Lo que no puede ser es que el miedo te gobierne, igual que no puede ser que otras cosas te gobiernen. Yo creo que se trata de tener una relación sana con el miedo, más que tratar de eliminarlo, porque no se puede ni se debe eliminar el miedo. Yo creo que se trata de convivir con él, de entender que está ahí y ya está. No tengo la respuesta cuando alguien me pregunta qué pasa cuando el miedo es una montaña. Yo he estado ahí también, cuando el miedo es una montaña. El único consejo que se puede dar es ir pasito a pasito.
Durante un tiempo hice alpinismo, me gustaba escalar. Y me acuerdo que una vez fuimos a escalar una montaña y a mi profesor le dije que no podía escalar esa montaña. Me daba ansiedad. Me respondió que no mirara a la montaña. Tenía que mirar a otro punto, a un árbol. Ese era el objetivo, el árbol. Y después del árbol, una piedra. Y después de la piedra a un risco. Si miraba a la montaña me acojonaba. Me pareció muy inteligente lo que me dijo mi profesor.
M.G.- Hay que aprender, pero cuesta trabajo.
J.T.- Cuesta mucho. Cuesta mucho.
M.G.- ¿Y cuál es tu miedo más terrible?
J.T.- Pues, ahora mismo... Me voy a sincerar mucho. Mi padre murió cuando yo tenía dieciocho años y llegué tarde. Cuando uno tiene dieciocho años es muy complicado. Ahora mismo mi mamá está enfrentándose a ... Se hace mayor, tiene casi ochenta años. No sé cuándo será nuestro último viaje juntos. Me da mucho miedo no pasar tiempo con ella, perderla, no estar a la altura. Ella no me pide nada. No es una madre que me haga chantaje emocional. Pero cada vez que estoy cuatro fines de semana sin verla y pasa el tiempo...
M.G.- Esos cuatro fines de semana ya no vuelven.
J.T.- No vuelven, no. Y el tiempo pasa y sé que me arrepentiré de no estar con mi mamá.
M.G.- Nos ha pasado a todos, Jesús.
J.T.- Ya, pero eso me aterra. Es mi mayor miedo.
M.G.- Bueno. A ver, los textos nacen con la llegada de nuestro amigo coronavirus pero, hasta donde yo he llegado leyendo, el virus no es protagonista en todos los textos. Hay uno en el que se habla del trabajo de los sanitarios y otro en el que se habla de un positivo pero no te centras en contar todo lo que el virus provocaba. La pandemia es un contexto.
J.T.- Exacto, es un contexto. Igual que en los últimos textos está la dana. Son cosas que pasan, pero para mí lo importante siempre son las emociones. Yo no soy un periódico, no soy un diario. No es tan importante qué ha pasado fuera, sino en qué se traduce aquí de ahí. Para mí, la historia está ahí.
M.G.- Y hay un montón de referencias a películas, a series, a música, a libros. La literatura, el cine, la música siempre ha sido una magnífica tabla de salvación. En aquellos momentos nos ayudó mucho ver cine, leer libros,... Nos salvó de acabar medio locos.
J.T.- Especialmente, la literatura. El libro siempre va a sobrevivir. Es el objeto más bello, más bonito, más perfecto que hay. En aquel encierro, se convirtió en un refugio. Pero en un refugio de verdad, emocional, físico, mental.
M.G.- Incluso aunque estuvieras leyendo un drama terrible eso te permitía alejarte de la realidad. Te lanzabas a otro drama diferente. Y también así era una manera de despejar la mente y de vivir otra vida.
J.T.- Completamente. Soy muy optimista y creo que se lee más que nunca. Pese a que se cambien los formatos, ahora se lee más. Una de las cosas buenas que tuvo la pandemia es que nos obligó a todos a volver a los libros. No podías salir, no podías pasear, pues te ponías a leer.
M.G.- Algo bueno tuvo.
Jesús, Vivir sin miedo me suena a título de canción. Creo que hay una canción que se titula así y el miedo vertebra todos los textos pero también hablas de otras cosas. Por ejemplo, soy fiel defensora de vivir el momento, este instante que estamos hablando, que es bellísimo.
J.T.- Sí. He descubierto la cotidianidad a mis cuarenta y ocho palos. Lo feliz que me hace el café de debajo de mi casa, la tortillita de camarones de aquí. Lo sencillo, lo cotidiano. No la promesa de un viaje futuro, sino lo cotidiano.
M.G.- El momento. El ahora.
J.T.- Sí, este ratito, esta conversación, el hoy. En el hoy es donde está la gracia. La gracia no de divertido, sino la gracia casi religiosa, la plenitud. La plenitud está aquí, no está en mañana.
M.G.- Y, al hilo de lo que estamos comentando, una de las mejores citas que he leído y que comparto es la que aparece al inicio del libro, que la vida es disfrutar, buscar las alegrías porque las penas ya vendrán solas y que nunca pienses en ganar, sino en vivir. Creo que es el mejor resumen de lo que estamos hablando.
J.T.- Sí. Esto es de una entrevista de Jesús Quintero, que a mí me gusta muchísimo. Lo amaba muchísimo, aprendo mucho de él. Revisito sus entrevistas, que me gustan mucho. Y esto era una entrevista suya. En mis cartas hablo de lo que quiero y me gusta mucho poner en duda algunas cosas que se dan por hecho, sobre todo, en el mundo masculino, como el éxito. A nosotros nos obligan siempre a estar compitiendo, a ganar. ¿Pero qué es ganar? A mí me enseñaron que ganar era correr más, ser más fuerte. Y no. Jesús Quintero tenía razón ahí. No se trata de ganar.
M.G.- Se trata de vivir.
J.T.- Se trata de vivir.
M.G.- Qué triste final el de Jesús Quintero.
J.T.- Muy triste. Las personas tan sensibles...
M.G.- En fin... Y me has comentado que haces terapia. Entiendo que hacer terapia te habrá ayudado a abrirte en este libro, a exponerte, a contar lo más íntimo. Quizá, si no hubieras hecho terapia, este libro no existiría.
J.T.- Sí. La terapia es importante para mí, para mi camino. Para otra persona, a lo mejor es el cante. La vida es muy compleja y no creo que haya un camino bueno para todos. En el mío, la terapia fue como si me estuviera cayendo por un barranco y encontrara un arbolito al que me agarrara. Me agarré a ese. Otro se agarra a otro arbolito distinto, a una guitarra, a la pintura. A mí me salvó hacer terapia. Me ayudó a recolocarme.
Siempre he escrito. Desde que tengo veinte años, escribo y trabajo, cobro y facturo. No me salvó la escritura. Me salvó la terapia. Me salvé yo porque es algo que aprendes. La terapia es sólo una puerta, un instrumento para que tú hagas el trabajo. A mí me sirvió y a cualquier otra persona le puede servir viajar sola, rezar, no sé... Me sirvió a hacerme las preguntas adecuadas. Ojalá hubiera podido hacérmelas ahorrándome tanto dinero y tantas horas. Me hubiera encantando.
M.G.- Bueno, bien está lo que bien acaba.
J.T.- Es mi camino. Lo abrazo con sus sombras y sus luces.
M.G.- He estado bicheando tu Instagram. Está repleto de fotografías bellísimas y de textos. Me pregunto si la idea de recopilar estos textos, ¿se te ocurrió a ti o te viste impulsado por la gente que te lee?
J.T.- Pues impulsado. No soy padre, pese a que he escrito mucho sobre ser padre, ni he plantado un árbol.
M.G.- Pero has escrito un libro.
J.T.- Creo que me hubiera muerto tan feliz sin escribir un libro. Pero, con mi primer libro, me escribió Eva Serrano de Círculo de tiza, me lo propuso y dije que sí. El segundo, pues lo mismo, pero con Destino. Y este ha sido más por las lectoras. Tengo muchas lecturas, afortunadamente, que lectores. Me gusta más hablar con mujeres. Son más emocionales y más sensibles. Fue una petición y me voy dejando llevar. Ninguno de los tres libros ha sido un capricho mío. Tampoco voy a hacer algo que no quiera hacer pero me pareció una buena idea. Pero no fue mía, no quiero tener ese mérito. Ha sido de las lectoras, en este caso.
M.G.- ¿Y da pie a que haya un Vivir sin miedo 2?
J.T.- ¿Por qué no? ¿Por qué no? Yo no pienso en el lector cuando escribo. Me levanto muy temprano, me pongo con mi café, con mi gato, y no hay nadie detrás. Le doy a enviar y me da igual si hay dos personas que diez, que cuarenta mil. Pero hay personas que me transmiten que algunas cartas le tocan, le llenan y eso es muy importante. Me da mucha vergüenza y me da mucha alegría. Pero tengo muy claro que las cosas se acaban y que llegará un día en el que yo me levante y ya está. A mí me gusta cerrar.
M.G.- A veces, alargar es contraproducente.
J.T.- Me pasó con Nada importa, que era un blog. Lo cerré cuando estaba en su mejor momento. No quiero ser como los Rolling Stones. Un día me levantaré y ya está. A otra cosa.
M.G.- Si tienes más proyectos en mente siempre es bueno dejar algo en buena situación que en declive.
J.T.- Que languidezca y tú ahí repitiéndote o traer siempre lo mismo. Nada, eso sí. Voy a dejarme llevar. A ver, a lo mejor hay una segunda parte. Ojalá.
M.G.- Bueno, pues si hay una segunda parte, espero poder verte por aquí. Con menos lluvia y un poco más de sol.
J.T.- Me encantaría.
M.G.- Seguiré leyendo. Algunos textos me han dejado muy, muy tocada. Te agradezco muchísimo que hayas querido plasmar en papel tus emociones para que las podamos tener en casa.
J.T.- Qué bien.
M.G.- Muchas gracias Jesús, por estar en Sevilla. Un placer conocerte y espero verte pronto.
J.T.- Gracias.
Sinopsis: Un canto a la vida, al amor y a la belleza de las cosas sencillas. Los relatos íntimos que han enamorado a más de 35.000 personas. Por el autor de Nada importa y Buscaba la belleza.
Cada sábado por la mañana desde la última semana de marzo de 2020 Jesús Terrés manda un relato íntimo a más de treinta y cinco mil lectores. ¿De dónde nace la necesidad de esta correspondencia sostenida en el tiempo? Del apremio de escribir, de romperse, de no dejar un cajón por abrir, de transcribir la belleza del mundo, de iluminar el camino. Quizá por eso, poco a poco, semana a semana, lectoras y lectores le hicieron un hueco en sus rutinas. Una intimidad compartida que hoy en día supone la newsletter literaria en español más leída. El presente libro muestra una selección de los mejores textos, que giran en torno a la búsqueda, la felicidad en las pequeñas cosas, la valentía para ser uno mismo y la capacidad de encontrar la luz en cada grieta: los grandes temas que han llevado a Terrés a ser uno de los máximos exponentes de la literatura del hedonismo y las emociones.
Alejandro Palomas y Amalia. Somos muchos los lectores que nos hemos asomado a ese binomio, a ese universo que nos envuelve y nos lleva a un lugar donde el amor, la bondad y la ternura son los sentimientos predominantes. La historia de amor entre Amalia y los lectores se inició hace unos cuantos años, cuando Palomas publicó Una madre. Fue entonces cuando conocimos a una mujer extraordinaria, a una madre que, lo he dicho muchas veces, se ha convertido en la madre de todos nosotros. Amalia vuelve ahora para despedirse. O quizás no. Como Alejandro Palomas dice en esta entrevista no va a decirle adiós nunca pero sólo el tiempo nos descubrirá si habrá un retorno tal y como la conocemos hoy, en formato novela. Lo que sí está claro es que en mayo volveremos a ver a Amalia como personaje de cómic y más adelante también como actriz de teatro. Todo eso y más me contó Alejandro hace unos días, durante el transcurso de una entrevista en la que no tuvimos ni una sola interrupción (cosa extraña). En aquella sala de hotel sólo se escuchaban nuestras voces y dentro de nuestras cabezas, la de Amalia.
Os dejo con la entrevista.
Marisa G.- Alejandro, un placer tenerte en Sevilla, volverte a ver otra vez desde que en 2022 estuvieras por aquí con Esto no se dice. Han pasado unos años ya. Si te miras por dentro, ¿cómo te ves?
Alejandro P.- Pues estoy mayor.
M.G.- ¿Te sientes mayor? ¿Crees que has envejecido mucho en poco tiempo?
A.P.- Sí. Sí, creo que me he hecho mayor. No sé cómo explicarlo de otra manera. Hay algunas cosas por las que ya no voy a pasar, cosas que ya no se van a repetir. No sé, siento que me he hecho mayor. ¿Sabes?
M.G.- Es la sensación que tienes y cada uno tiene la suya propia.
Bueno, Alejandro me ha llamado la atención la publicación de Una vida porque recientemente también has publicado El día que mi hermana quiso volar. Casi se solapan porque una es de octubre y la otra de ahora, de enero. ¿Por qué dejar tan poco margen de tiempo entre una y otra?
A.P.- A ver, son sellos distintos, editoriales distintas y grupos distintos. Me he llevado mucho tiempo sin publicar, para lo que yo soy. Me refiero a ficción porque Esto no se dice no era ficción, sino un testimonio. Con lo cual, llevaba como cuatro años y medio sin publicar, pero eso no quiere decir que no haya escrito. Y ese era el problema. Tengo obra creada porque no paro de crear y tenía que empezar a colocar cosas. De hecho, en mayo saco un cómic.
M.G.- Un cómic que está muy vinculado con Amalia.
A.P.- Exactamente. Ha tenido que ser así porque vienen cosas.
M.G.- Hay que ir evacuando.
A.P.- Sí, dando salida. La excusa es que, en este caso, uno es juvenil y el otro adulto y, supuestamente, no se molestan.
M.G.- Pues en Una vida, el lector va a encontrarse con Amalia de nuevo y con sus hijos. Van a sufrir porque tienen que enfrentarse a la enfermedad de Amalia y a sus consecuencias. Desde que salió el libro, te han preguntado muchas veces si este es el fin de Amalia, si no la vamos a ver más en novela. Tú siempre has respondido que nunca se sabe pero Alejandro, independientemente de que volvamos a verla o no, ¿esta novela supone cerrar heridas y dejar atrás el duelo?
A.P.- No lo sé. Creo que voy a seguir con el duelo hasta que me muera. No voy a dejar el duelo por mi madre o por Amalia, por ninguna de las dos. He tenido la suerte, y es algo que veo ahora, de que he tenidos dos madres o una madre desdoblada. La mía la perdí en vida pero no la perdí del todo porque precisamente creo que, viéndolo ahora después de todo lo que ha pasado, creé a Amalia para no sufrir una orfandad del 100%. Con lo cual esta otra, Amalia, esta otra madre, no voy a dejar de trabajar nunca con ella. No va a desaparecer nunca.
M.G.- De una madre nunca se despide uno, aunque ella ya no esté, pero los autores también sufrís un cierto duelo al despedir a un personaje. Especialmente en este caso, que te ha acompañado durante tantos años.
A.P.- Sí, pero no me voy a despedir de ellos. Ya he decidido que no. No se van. Para mí es innecesario que se vayan. Lo paso tan bien con ellos, me divierto tanto,... Mientras los sigan queriendo ahí fuera, voy a seguir trabajando con ellos.
M.G.- Antes de iniciar esta entrevista, te he dicho que esta novela me lo está haciendo pasar muy bien pero también lo estoy pasando regular, en algún momento. Yo también pasé la enfermedad de mi madre y siento mucha empatía con los personajes. ¿Qué emociones te atravesaron a lo largo de la escritura?
A.P.- No me ha sido difícil. No me ha costado escribirla porque escribirla era como volver a tener, volver a estar, y eso para mí era superbonito. De hecho, ha sido la novela con la que más he tardado, con la que más he estado trabajando porque no quería dejarla. Ha sido superbonito estar con ellos. Es la novela que más emociones me ha generado y creo que además eso se transmite, se nota que estoy muy presente.
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M.G.- Los que conocemos a Amalia, sabemos que es una mujer muy excéntrica, hiperactiva, traviesa, revoltosa, en su mundo, tozuda, alocada, anti-sistema, como se dice en la novela. Pero también tierna y bondadosa. Todos estos adjetivos que aplicamos a Amalia, ¿también se podrían aplicar a tu madre?
A.P.- Sí.Todos. No había ni uno que no fuera ella. No he tenido que añadir ni quitar nada. Era así.
M.G.- ¿Y siempre fue así? ¿Fue Amalia así, desde la primera novela? ¿Fue tu madre así a lo largo de toda su vida o hubo evolución?
A.P.- Hubo una evolución a partir de que ella se convirtió en Amalia. Es decir, a partir de que ella, a los 65 años, se divorció y se quedó sola. Desde el momento en que se quedó impar, descubrimos que mi madre era así. A partir de ahí pudo ser lo que ella era. Se descubrió así y la descubrimos así. Antes estaba muy solapada por la sombra de mi padre, con lo cual no sabíamos... Bueno, sabíamos pero no fue ella.
M.G.- No se dejaba ser ella misma.
A.P.- No, no fue ella del todo. Lo fue una vez que se convirtió en una mujer sola.
M.G.- Se liberó. Pues a mí me gusta mucho Amalia. Ella te puede sorprender en cualquier momento. Se repite mucho en el libro la frase: No digas burradas. Pero, dentro de su absurdo, Amalia tiene un pensamiento muy coherente. Me he reído mucho con sus ocurrencias. Por ejemplo, hay un momento que ella dice que Fer no odia a nadie porque toma Lexatín. Y tú te quedas pensando qué tendrá que ver una cosa con otra pero claro, si te paras un poco y reflexionas, es que tiene toda la lógica. No se puede odiar si eres feliz con el Lexatín. Es decir, hay mucha coherencia dentro de ese absurdo.
A.P.- Es que es muy coherente. Por eso llega tanto, porque inconscientemente a ti no te rechina nada, porque en el fondo te das cuenta de que es así, que es muy lógico lo que dice.
M.G.- Tiene un pensamiento mucho más nítido que el resto de la humanidad.
A.P.- Exactamente. Es como más infantil, pero eso no quiere decir que no sea acertada. Es más pura a la hora de expresar. Es como que ha limpiado las frases de muchas cosas. Como no juzga... Ella piensa que claro, al tomar Lexatín, pues está en paz consigo mismo, con lo cual, no odia a nadie como me pasa a mío como le pasa a todo el mundo.
M.G.- Y es imposible enfadarse con ella.
A.P.- Imposible porque ella, con esa mirada que tiene sobre el mundo y sobre ellos, pues desarma todo lo que mira. Hay tanta bondad y tanta candidez en lo que hace que es imposible enfadarse con ella, porque enfadarse con ella está mal, incluso habla mal de ti.
M.G.- Te escuché decir en una entrevista que, tras la muerte de tu madre, nunca te sentiste vacío, sino lleno. Es la misma sensación que yo tuve. Uno piensa que, cuando tu padre o tu madre se van, te vas a quedar hueco, que te va a comer esa orfandad, tan relacionada con la ausencia y el vacío. Sin embargo, tú te sentiste pleno y a mí me pasó exactamente igual.
A.P.- Sí, y es raro. Cuando lo cuentas suena extraño y tienes que explicarlo muy bien. Cuando mi madre murió fue como si me traspasara su energía de alguna manera, como si yo sumara su energía a mi vida. Y sigo sintiendo esa energía, que navega conmigo. Soy más cosas de las que era antes de que ella se fuera. Incluso es una cosa física. Soy de otra manera.
M.G.- Pero a Fer, el hijo de Amalia, cuando ve que se acerca el final de su madre siente miedo. Es un sentimiento muy humano y que todos experimentamos. Miedo a no saber qué vas a hacer con su vida, si vas a ser capaz de continuar. Antes de fallecer tu madre, ¿sentías eso también? ¿Pensabas que no ibas a ser capaz de levantarte por la mañana y de ponerte a escribir?
A.P.- Llegué a dudar de que pudiera vivir tras la muerte de mi madre. No me veía capaz de seguir adelante. No entendía. De hecho, mi cabeza todavía no entiende que mi madre ya no esté. No entiendo muy bien que no aparezca nunca.
M.G.- No la ves pero sí la sientes. Eso es lo que te hace seguir adelante.
A.P.- Claro. A ver, es que uno es más fuerte de lo que cree. Somos mucho más fuertes de lo que creemos, mucho más resiliente y más resistentes. Normalmente, cuando imaginamos situaciones, las imaginamos mucho más catastróficas de lo que son realmente. Una cosa es la imaginación, que crea monstruos, y otra cosa es la experiencia. Lo bueno de tener una imaginación que crea monstruos es que cuando has creado al monstruo y llega la experiencia y dices: «¡Ah! ¿Era esto solamente? ¡Con lo que yo había imaginado! Bueno, pues si solo es el 30%, pues mira qué bien». Y vives en un constante alivio, porque tu imaginación siempre está creando cosas terribles. Pero sí, yo tenía este terror a cómo iba a ser la vida sin ella. Está claro que hay la vida con una madre y la vida sin una madre. O un padre o una madre. Hay una vida sin, que es la segunda parte de nuestra vida. Y ahí tenemos que aprender a navegar como sea. Como podamos. Cada uno lo hace como puede. Pero yo creía que no iba a ser capaz.
M.G.- Fer, Silvia, Emma... Cada uno de ellos tiene una relación muy distinta con Amalia. Está el que la consiente, el que controla, el que está en una posición intermedia... Es decir, cada hijo tiene una relación diferente con la madre, como nos pasa a todos.
A.P.- Claro, como nos pasa a todos. Lo bueno de esta familia, de estos hermanos, es que son tres y nos dan tres puntos de vista muy claros. Está la cuidadora, porque Emma es muy cuidadora e intenta que siempre esté todo bien. Luego está el conspirador, el que conspira mucho con su madre y juega mucho con la vida. Y también está la otra, la vigilante, la estricta, la que no puede con el desorden. Son arquetipos tan repetidos pero tan reales... Es que entras a una cafetería y escuchas a una madre hablar con sus hijos y sabes que este es este y aquel es el otro, porque se repiten. Somos así. Proyectamos sobre ella nuestra personalidad. Las madres son esos espejos en los que proyectamos nuestra personalidad.
M.G.- Silvia es la controladora y yo vengo a romper una lanza en su favor. Porque yo soy Silvia. Fui Silvia con mis padres. Yo sabía a qué hora les tocaban las pastillas a mis padres, cuando había que ir al médico, qué había que comprar en la farmacia,... Sé que somos muy cansinas pero lo único que queremos es ayudar.
A.P.- Sí te digo que, si no hubiera Silvias, todos estos tránsitos serían muy difíciles porque, aunque parece que son muy pesadas, todo estaría muy descompensado sin ellas. Al resto, nos ayudan mucho las Silvias. Son difíciles de soportar pero, a la vez, nos ayudan mucho porque hacen un trabajo que nosotros ni sabemos hacer ni queremos hacer. Es el trabajo peor pagado porque además sufren mucho y sufren de una manera muy incómoda. Es incluso incómoda para ellas porque se dan cuenta, pero muy necesarias para que el equilibrio exista.
M.G.- Alejandro, en la novela coincide, aunque no sé si en la vida real también, el deterioro de Amalia con el deterioro de Rulfo, el perro de Fer. A la vez que Amalia enferma más, Rulfo cada vez está más delicado. Es como si la vida le dijera que si quiere arroz, ahí van dos tazas.
A.P.- Es un aprendizaje exprés. Hay tránsitos en la vida en la que no pasa nada, en la que todo está bien, en la que flotas... Y, de repente, un día empiezan a caer fichas de dominó y caen tres a la vez. Y te preguntas que cómo puede ser eso, que por qué te pasa todo a ti. Y no es que te pase todo. Es que, de repente, coinciden dos cosas, dos duelos muy grandes.
En la vida real no fue como se cuenta en la novela. La muerte de mi madre y de Rulfo fue más espaciada en el tiempo pero yo lo recuerdo como si todo hubiera ocurrido a la vez. Curiosamente, el recuerdo hace esas maniobras. Recuerdo los dos duelos juntos porque son los dos duelos que más me han marcado. Para Fer, igual. Uno es el alter ego del otro en el tema del duelo. ´
M.G.- Los perros, tanto Rulfo como Shirley, que es la perrita de Amalia, son hiperintuitivos, muy inteligentes. Saben que algo ocurre a su alrededor.
A.P.- Sí, eso lo he vivido yo.
M.G.- Y yo. Ellos saben que algo malo está ocurriendo. Se arriman al que está sufriendo.
A.P.- En el caso de Shirley, al principio, ella decide apartarse de Amalia porque esa no es su Amalia, no es su madre. Ella se niega al duelo pero cuando percibe que ha llegado el momento real y animal de doler, entonces es cuando ella se pone a su lado y necesita protegerla. Eso para mí es algo brutal que yo viví. Con la perrita de mi madre nos preguntábamos que por qué no quería estar en la habitación. Flipábamos e incluso, a veces, yo me enfadaba. Pero el día que la vi entrar y ponerse encima de mi madre, me dije: ¡Qué bestias son!
M.G.- Es que son tremendos. Muy intuitivos.
Bueno, Mauro es otro personaje importante en la novela, un pilar importante para Amalia, lo más parecido a un compañero o a un amigo verdadero. Yo lo veo como un rey mago.
A.P.- Totalmente.
M.G.- No sé si Mauro existió en la realidad o es fruto de la ficción. Si es solamente fruto de la ficción, a mí me encantaría que hubiera mucha gente como Mauro y me encantaría conocerlas.
A.P.- A mí también. Mauro no existió en la realidad, es ficción, pero sí conocí a un Mauro pero ese Mauro no es el de esta historia.
M.G.- No conectado con esta historia.
A.P.- No. Este tipo de personas son muy necesarias en la vida de las personas y por eso lo añadí a esta novela porque creo que, además, desmontan muchos prejuicios. En un principio, por la diferencia de edad, tú lo ves llegar y empiezas a pensar que se va a aprovechar. Estás todo el rato pensando eso hasta que luego te das cuenta de que es prejuicio tuyo. Me encanta hacer esto con la ficción para que te des cuenta de lo prejuicioso que eres con las cosas.
M.G.- Tocas un tema que me parece muy necesario, hay que sacarlo a relucir porque, desde un punto de vista literario sí se ha tratado pero, desde un punto de vista social, a mi juicio, es una asignatura pendiente. Me refiero a la labor del cuidador, en ese momento en el que los hijos se convierten en padres de los padres. De eso se habla muy poco y se pasa muy mal como cuidador.
A.P.- Se habla nada, no se toca, como tantos otros temas, y se pasa muy mal porque no estamos preparados. Nadie nos dice que va a llegar un momento en el que va a ocurrir esto. Pensamos que eso le ocurre a los demás y a que a nosotros no nos va a ocurrir nunca. Lo vemos en nuestros padres con sus padres pero pensamos que eso les ocurre porque ellos son mayores y a que a nosotros, eso no nos va a ocurrir. Pero llega y tenemos padres que se vuelven dependientes y que nos piden cuidados. Y no estamos preparados para eso, ni mental, ni física, ni emocionalmente. Y no hay nada más cansado que cuidar de alguien a quien quieres. Es lo más cansado del mundo. Terminamos todos agotados y no hay nadie, no hay ningún lugar al que acudir. Y además, crees que te está pasando solo a ti, que nadie más te va a entender y que no te puedes quejar porque forma parte de la estructura que hay que cumplir. Y es terrible, la soledad del cuidador es algo terrible.
M.G.- Es agotador psicológicamente.
A.P.- Es terrible, terrible. Yo recuerdo terminar el turno de estar con mi madre, volver a mi casa, tirarme en la cama y pensar que acabe esto ya porque ya no podía más. Era tan cansado... Entre lo que sufres, la pena que tienes, que te toca estar improvisando todo el rato porque hay muchas cosas que desconoces... Entre cambiar, lavar, ejercitar,... Es una tensión horrible. Nunca me he cansado tanto.
M.G.- Te digo que he empatizado mucho con los personajes porque, en mi caso, la cosa se multiplicaba por tres. Tenía un padre, una madre y una hermana con discapacidad. Tres dependientes. Muchos días salía llorando de casa de mis padres.
A.P.- Yo también. ¿Y cómo hacías?
M.G.- Como pudimos. Era un caos. Arreglabas una cosa y se desarreglaba otra.
A.P.- Eso nos pasaba a nosotros también. Siempre tenías la sensación de que no llegas. Todo era muy precario.
M.G.- Todo lo que haces es nada en comparación con todo lo que tenías que hacer.
A.P.- Exactamente.
M.G.- Había que tomar decisiones, como vemos en la novela, decisiones sobre la salud de los padres. Te asaltan muchas duchas. No saber por dónde salir. Los hijos se sienten mal por aquella vez que les gritaron a los padres. Llega la culpa, el arrepentimiento, el remordimiento,... Otro lastre más en esta situación.
A.P.- Lo de la culpa es terrible. Ves la dependencia de alguien a quien quieres mucho, ves que ya no es quién era, tienes mucha rabia, pero contra la vida, porque te está arrebatando a alguien a quien quieres mucho. Y encima lo que haces es verter la rabia, justamente hacérselo pagar a quien no deberías hacérselo pagar, porque estás cansado, porque estás estresado, porque estás triste. Pero esa persona es el objeto de todo esto, es quien provoca todo esto y, de forma inconsciente, le gritas y la tratas mal. Y luego te sientes tan culpable que es peor. Es una situación muy complicada. Emocionalmente es lo más complicado que he vivido.
M.G- ¿Y enfrentarte a la desnude de tu padre o de tu madre?
A.P.-Ay,... Eso es otra cosa. ¡Uf!
M.G.- Por ahí hemos pasado los que hemos ejercido el papel de cuidador. Esto no lo entiende el que no ha pasado por esa situación.
A.P.- Exactamente. En mi inocencia, nunca imaginé que me iba a tocar tratar con esa intimidad física para la que nadie está preparado. Por favor, que nunca me toque volver a pasar por eso. Dame toda la carga psicológica que quieras pero la física fue terrible para mí. Además es que sientes que estás violentando, que estás entrando en un territorio sagrado y que estás traspasando una frontera. Para mí era horrible.
M.G.- Pero no solo para el hijo o la hija. Cuando le tenía que hacer ciertas cosas a mi padre, pensaba que él, a su vez, estaría pensando que yo lo estaba tocando.
A.P.- ¡Eso! Lo viví muy mal, muy mal. Mis hermanas también pero no tanto, porque parece que, entre mujeres, es distinto. No sé si lo hubiera vivido de forma distinta si fuera mujer. Pero a mí, lo de limpiar a mi madre, lo de bañarla,..
M.G.- Se pasa muy mal, sí.
Alejandro, ¿el sentimiento de orfandad nos devuelve al niño que fuimos?
A.P.- Sí, porque nos hace vernos muy pequeñitos, muy pequeños en el mundo, muy solos en el mundo, como cuando eres pequeñito y no tienes recursos. Te dejan en la cuna, en la cama, y no quieres estar solo. ¿Dónde van los adultos cuando se van? ¿A dónde van cuando cierran la puerta de mi habitación? ¿Qué hay ahí afuera? Vuelves un poco a cuando no querías que te dejaran solo. No quieres estar solo. El mundo no está hecho para un niño solo.
M.G.- La novela está dedicada al Santuario Gaia, un espacio que existe de verdad y que tiene su protagonismo en la novela. He buscado información en Internet ¿Qué es realmente este lugar y cómo llegas a conocerlo?
A.P.- Lo conocí hace muchos años, por el año 2000. Lo conocí a través de las redes. Desde entonces, he estado en contacto con ellos. Mi madre era muy fan de estos dos [se refiere a Coque y a Ismael, las personas que regentan el santuario]. Ella era muy fan de todo lo que pasaba allí. Siempre tuvo la fantasía de ir pero se nos pasó el tiempo y no la llevamos. En la novela, Amalia sí visita el santuario y ha sido como cerrar una herida. Mi madre no pudo visitar el santuario pues, por lo menos, que lo visite Amalia y que ella disfrute lo que mi madre hubiera disfrutado.
M.G.- Es un gesto bonito. Y cambias el nombre de tu madre, de tus hermanas, de ti mismo, de la perrita de tu madre, pero no así el de Rulfo, el de Coque, o de Ismael. Eso me llamó la atención. ¿Por qué unos nombres sí y otros no?
A.P.- No sabía cómo llamar a Coque y a Ismael en la novela. Además, quería hacer justicia a la realidad con ellos porque Coque, por ejemplo, es muy fan de Amalia. Pensé que quería dejar escrito lo importante que él ha sido para mi madre y que se sepa. Quiero que él sea parte de este mundo, pero como en tiempo real. Quiero que la gente busque este santuario, que sepa que existe, que sepa un poco cómo es, que sepa cómo es ese lugar que ella miraba tanto, y que puedan participar.
M.G.- La página es muy interesante. Hay fotografías de todos esos animalillos que tienen. Te puede hacer voluntario y hacer donaciones muy económicas.
A.P.- Es un sitio muy bonito y lo hacen tan bien. He ido un par de veces y es un lugar maravilloso. Tienen una vaca que se llama Amalia. Era ciega pero luego recuperó la vida. Mi madre, por supuesto, estaba enamorada de la vaca Amalia.
M.G.- Esa Amalia que quiere llevarse a todos los animales a su casa porque los animales y las plantas son muy importantes en tu vida y en la novela.
A.P.- Ella era así. Mi madre era así. Llegabas a su casa y nunca sabías lo que te ibas a encontrar, a quién había recogido, porque recogía todo lo que encontraba. Teníamos un problema y había que estar siempre como controlándola mucho. Te podías encontrar que estaba merendando con alguien que no procedía. En la vida real lo pasábamos muy mal pero claro, luego lo ficcionas, y utilizas eso para dar una cara amable y divertida. Pero muchas veces no era tan divertido en la vida real porque metía una gata que paría en la casa y nos preguntábamos cómo había conseguido meterla en casa. Ella encontraba los sistemas más... Nunca había una semana de tranquilidad.
M.G.- Al menos, en la novela, sí te puedes permitir tomarte estas cosas con humor porque el humor está muy presente, a través de ella.
A.P.- Sin humor no habría podido sobrevivir en mi vida. No puedo escribir solo drama. No me sale. Tengo que compaginar el drama, con el humor, la vis cómica,... Y ella no es cómica. Ella no es consciente de que es graciosa, de lo que provoca en los demás. Es que ella es así. No es que intente hacer reír a nadie, no. Es así. Nosotros nos reímos pero, a su lado, la gente no se ríe mucho. La gente se desespera. Nosotros nos reímos de la desesperación de los demás y de que tiene un mundo muy peculiar, una mirada muy sana sobre la vida, o muy coherente, como tú dices. Pero estar a su lado, no siempre era cómodo.
M.G.- Te decía antes que me sentía muy unida a ti en este sentimiento de orfandad que los dos tenemos, porque es verdad que podemos tener vidas muy diferentes, pero la muerte, el dolor y la pérdida nos iguala a todos.
A.P.- A todos. Estamos todos hechos de lo mismo. No hay más. Somos eso y no hay más. Tenemos que pasar por las mismas cosas, todos. Nacer y morir. Y entre una cosa y la otra, los duelos, los encuentros, los reencuentros, los abandonos,... Está todo ahí. El abecedario con el que jugamos, las letras son todas las mismas. Y las combinaciones, casi tan bien. Lo que depende es nuestra capacidad de adaptarnos a lo que la vida nos ofrece. Eso es lo que nos diferencia los unos de los otros.
M.G.- Has comentado antes que en mayo hay un cómic y creo que te he oído decir que también ya obra de teatro programada.
A.P.- Sí.
M.G.- Pero no son adaptaciones de la novela. Entiendo que le vas a dar más vida en formato cómic y en formato teatro.
A.P.- En formato cómic, va a ser una serie. Va a ser un poco como lo que pasó con 7 vidas y Aida. La prota es Amalia. De hecho, se titula Amalia, memorias de una madre incontrolable. Estarán todos los personajes pero será la vida cotidiana de ella. La vamos a ver en todo su esplendor, yendo al mercado,..
M.G.- El día a día.
A.P.- Sí, pero con sus locuras y con sus relaciones. Además engaña a los hijos,.. Bueno, esas cosas que ella hacía. Y la obra de teatro es sobre Una madre. Es la adaptación. Probablemente habrá cosas distintas e introduciremos elementos nuevos.
M.G.- ¿Y habrá tour por España? Porque espero que vengáis aquí.
A.P.- Sí. A mí lo que me gustaría es hacer en teatro lo mismo que he hecho en la ficción. Es decir, hacer Una madre un año, al año siguiente Un perro, al año siguiente Un amor, y al año siguiente Una vida. Todo con los mismos protas. Esa es la idea. Aunque con tener Una madre ya me conformo. Luego ya veremos porque imagínate que no funciona. Pero si funciona bien, puede que se haga.
M.G.- Yo esperaré a ver esa obra en Sevilla.
A.P.- Yo también. Me gustaría.
M.G.- Como última pregunta, he visto que vas a hacer un retiro literario en una localidad de Burgos, del 7 al 9 de marzo. He estado mirando a ver si me apuntaba.
A.P.- Hay otro en Cádiz.
M.G.- ¿Qué me dices? ¿Cuándo?
A.P.- A finales de marzo. La gente que lo hace son LibrArte. Es un sitio tan bonito. Es como un monasterio muy bonito. Ese te queda cerca y es un sitio espectacular.
M.G.- Pues lo intentaré mirar. Burgos es que me queda un poco lejos. Pero era chulísimo. Dos días y medio.
A.P.- Este es igual pero en el de Cádiz, la noche del sábado hacemos un monólogo poético. En el otro es lectura, silencio, conversar sobre la lectura.
M.G.- Pues lo miraré por ver si me encaja y me pudiera apuntar.
Alejandro, lo dejamos aquí. Un placer tenerte en Sevilla, leerte, volver a hablar contigo. Esta misma tarde termino de leer la novela porque me queda nada.
A.P.- Te va a sorprender el final.
M.G.- ¿Tú crees?
A.P.- Sí.
M.G.- Ay, me da un poco de... porque sé lo que va a ocurrir...
A.P.- No. Te va a sorprender. A ver, lo que va a ocurrir, va a ocurrir. Pero no sólo eso.
M.G.- Me dejas ahí con la incertidumbre y con la duda. Bueno, pues esta noche...
A.P.- Es que yo no podría hacer un final tú prevés y que... Ocurre, pero no... O sea, te vas a desviar a un lugar.
M.G.- Bueno, pues cuando lo termine de leer, te cuento qué me pareció. Muchas gracias, Alejandro.
A.P.- Gracias a ti.
Sinopsis:VUELVE AMALIA. VUELVE UNA MADRE. El cierre de un universo que ha conquistado a más de 150.000 lectores.
¿Cuánto sabe una madre? ¿Cuánto calla, cuánto dice, cuánto miente? Mientras las madres viven, los hijos somos hijos por encima de todo: más hijos que hermanos, más que maridos, más que padres. Colgamos de nuestras madres como el escalador de su mosquetón, no importa la edad, no importa la distancia. Si hasta su muerte mandan sus genes, después de su muerte manda la ausencia. «Si mamá me viera…», «Mamá se estará riendo, seguro», «¿Qué pensaría mamá de esto?». Hablamos con ellas cuando nadie nos mira, porque sabemos que están, aunque no las veamos. Sabemos que son eternas.
La tarde en que Fer, Emma y Silvia llevan a urgencias a su madre, aquejada de lo que parece una leve infección, no imaginan que la vida ha dispuesto para ellos un escenario totalmente inesperado. Al salir del hospital después del breve ingreso, el paisaje familiar es otro: los tres hermanos se convierten a la fuerza en hijos y cuidadores mientras se preparan para la posible orfandad que quizá vaya a dejar tras de sí un ser tan excéntrico e insustituible como Amalia.
Con su excelente prosa emocional, Alejandro Palomas cierra a lo grande el universo narrativo que inició con Una madre y que continuó con Un perro y Un amor, y que vuelve a mostrarnos con un texto intenso, vibrante y lleno de vida en su mejor versión.
¿No os llaman la atención esos crímenes sin resolver que, aquí y allá, han ido salpicando la historia de la humanidad? ¿No os resulta inquietante saber que conocidísimos asesinos, famosos por el modus operandi opor la crueldad de sus crímenes, han escapado de las manos de la policía? Por ejemplo, a mí me sigue fascinando la historia de Jack, el destripador, sobre el que ha corrido ríos de tinta. Su figura ha cautivado a novelistas, a artistas gráficos, a directores de cine,... Mucho se ha dicho y se ha escrito sobre el asesino de Whitechapel, pero no es el único. Si haces una búsqueda en Internet, descubres que Jack no fue el único criminal que supo burlar a la policía. En el mismo saco podemos encontrar a John Biblia, un individuo que en los años 60, más concretamente en 1969, asesinó a tres mujeres en Glasgow. A las tres mujeres las conoció en el mismo lugar, las tres compartían cualidades -todas tenían la menstruación-, las tres perdieron la vida del mismo modo. Sin embargo, la policía jamás consiguió capturarlo. De un día para otro, parece que dejó de perpetrar crímenes. Al menos, del mismo modo que había empleado con Patricia Docker, Jamima McDonald y Helen Puttock. Se piensa que abandonó Glasgow. ¿Seguiría asesinando en otro país, en otra ciudad?¿Es posible que todavía esté vivo? Quien sabe.
John Biblia es un enorme misterio en el que se basa Dolores Redondo para escribir su nueva novela. Esperando al diluvio nos regala una nueva trama de suspense, en la que el lector se encontrará cara a cara con el asesino de Glasgow, un personaje real que se moverá, esta vez, por la ciudad de Bilbao, en un momento especialmente complicado. La acción se sitúa en 1983, más concretamente en agosto de ese año, fecha en la que la ciudad sufrió terribles inundaciones que lo arrasaron todo, en la que fallecieron más de cincuenta personas. Así que, si a un asesino real le unimos un escenario dantesco, más un investigador escocés en un momento delicado de salud, el resultado será una lectura adictiva, como viene siendo habitual con las novelas de Dolores Redondo, que ya ha enganchando a los miles de lectores de la autora donostierra.
Dolores Redondo estuvo en Sevilla hace unas semanas. Con la Giralda de testigo, conversamos de crímenes, de asesinos, de Bilbao y de novelas que tardan en escribirse treinta y nueve años. Os dejo con la entrevista.
Marisa G.- Dolores, un placer conocerte y hablar contigo. Es la primera vez que lo hacemos. Para abrir la entrevista, me gustaría comentarte que tu trayectoria ha sido el sueño de cualquier autor. ¿Lo que estás viviendo ha sido un sueño hecho realidad o tú te propusiste desde primer momento llegar a este punto?
Dolores R.- Evidentemente, si no te sostiene un sueño cuando arrancas en aquello en lo que te vayas a dedicar, vas mal. No creo que nadie abra una tienda o ponga un restaurante, o empiece a pergeñar lo que será un puente sin soñar con cumplir su objetivo. Tiene que haber un sueño detrás. Ahora, también era difícil prever que se pudiera llegar hasta aquí, que pudieran pasar las cosas que me han ido pasando. Pero la literatura tiene esa magia. Tú propones y el lector dispone.
M.G.- Es así. El lector es soberano.
Alrededor de tu trabajo hay muchas novedades. No solo están las novelas que vas publicando, algunas han pasado incluso a formato gráfico, algo que desconocía por completo.
D.R.- Sí, sí, casi todas. Se ha publicado el cómic de El guardián, El legado, Ofrenda a la tormenta y Todo esto te daré.
M.G.- No lo sabía. Lo he descubierto al mirar la web de la editorial. Me he llevado una grata sorpresa porque me encanta el género.
D.R.- A mí también. Yo, que no sé dibujar nada, flipo con las adaptaciones. Me parece muy bien. Si están en cine, ¿por qué no en gráfico?
M.G.- Claro. Y al cine viene otra adaptación en camino si no me equivoco, y además tenemos la reedición de tu primera novela, Los privilegios del ángel.
Dices que esta novela te ha costado escribirla treinta y nueve años. ¿Cómo es eso?
D.R.- Es un juego, por supuesto. Mira, muchas veces me preguntan de dónde surge la idea de una novela pero no siempre lo tengo claro porque, a veces, es una mezcla de cosas. Sin embargo, con esta novela, sé que la idea del escenario viene de aquel día de agosto que iba en tren y al llegar a Bilbao me encontré el fin del mundo. Tenía catorce años, iba sola, a cargo de otras personas que iban también en el tren. No había teléfono móvil para llamar a mi casa y saber cómo estaba mi familia. El tren se detuvo, y estuvo horas y horas parado. Solo nos llegaban rumores de la gente que trabajaba en las vías, de los obreros que estaban moviendo la tierra, que solo decían que Bilbao estaba destruido, que habían muerto muchísimas personas, que era la ruina total, que había llovido en todas partes, en toda Euskadi, en Burgos, en Cantabria. Allí parados no hacía más que preguntarme por mi casa. Yo conocía Bilbao, aquello era como la Naval de Cádiz, y si me decían que el agua se lo había llevado todo, ¿qué no podía haberle ocurrido a una casita pequeña? Fue terrible. Aquello me impactó tanto que siempre supe que lo escribiría un día. Pero claro, se tienen que ir juntando elementos.
John Biblia, el asesino
La elección de Bilbao como escenario también tiene que ver con el hallazgo de John Biblia, un asesino real que cometió sus crímenes en Glasgow, en 1969, y desapareció. Mató a tres mujeres. A las tres las había conocido en la misma discoteca. Las violó, las estranguló. Las tres tenían la menstruación en el momento de su muerte. Cuando la policía se dio cuenta de que tenían a un gran depredador, desapareció.
Lo que establezco en esta novela es que pudo haber venido a Bilbao porque siempre ha habido una grandísima conexión naviera entre las dos ciudades. Bilbao se parecía mucho a Glasgow en aquel momento, incluso en el modo en el que la ría entra en la ciudad, como ocurre con el río Clyde en Glasgow. La zona industrial que se movía alrededor del río era muy similar. Bilbao contaba además con una vida nocturna extraordinaria, como Glasgow, y ese era el territorio de caza de John. Me parecía que Bilbao era un escenario perfecto. Además, se da la casualidad de que en ese momento, Bilbao tenía un montón de elementos que la hacen muy interesante. Se estaba viviendo la guerra de las banderas, estaba la kale borroca, existía mucha tensión política, y se hablaba de que iba a haber un encuentro del gobierno español con ETA. Leyendo los periódicos de la época, no te explicas cómo no explotara todo por todas partes. Era un hervidero social y económico. Y también empezaron a llegar los primeros efectos, que luego serían terribles, de la reconversión naval, y que afectó a todos los grandes puertos.
M.G.- A John Biblia llegas a través de un libro. Para mí, una de las mejores maneras de llegar a los sitios.
D.R.- Sí, a través de un libro. Leo a muchísimos autores ingleses y escoceses, porque me gusta mucho cómo escriben. Muchas veces basan sus novelas en hechos reales. De John Biblia supe a través de una novela de Ian Ranking, en la que encontramos un imitador de John Biblia. Cuando llegué al final del libro, yo que siempre me leo los agradecimientos y las explicaciones, él contaba cómo en ese momento se iba a desenterrar el cadáver de un agresor sexual que se creía que era John Biblia. Finalmente, parece que no era él. Sin embargo, aquello me puso tras su pista y me propuse saber más sobre aquel hombre.
John Biblia pasó a la historia como pasó Jack, el destripador, como un asesino convertido en leyenda, precisamente porque nunca lo capturaron. La diferencia es que John Biblia podría estar vivo todavía. Era un hombre muy joven cuando cometió esos delitos y mucha gente le vio. De hecho, la hermana de la tercera víctima estuvo con él durante buena parte de la noche, y lo acompañó durante un tramo del regreso en taxi. Ella dio una descripción para hacer un retrato robot, participó durante años en cientos de ruedas de reconocimiento. Se llevó a cabo un gran trabajo policial porque se llegó a descartar a cinco mil sospechosos.
Hace unos meses se estrenó en la BBC unos podcasts de una periodista, que lleva un montón de años investigando el caso John Biblia, y un documental. Creó mucha paranoia social. Había tantos pasquines por todos lados con su cara que la gente creía verlo en cualquier sitio. Hubo un momento en que la policía tuvo que extender unos carnets que justificaban que el portador ya había sido descartado como sospechoso, para evitar linchamientos. Hubo gente que estuvo a punto de acabar mal parada.
[Si prefieres escuchar nuestra conversación, dale al play]
M.G.- Creo que fue por el testimonio de un testigo, por lo que se le puso el apodo de John Biblia.
D.R.- Sí. Él siempre se presentaba como John. Muchos oyeron decir que se llamaba así. Pero lo de Biblia viene porque algunos dijeron que hacía mención a los salmos, y a pasajes de la Biblia. De ahí, el apodo.
M.G.- Si uno teclea John Biblia en Google aparece muchísima documentación, muchos artículos sobre aquel asesino. Imagino que toda esa información te habrá ayudado a perfilar al personaje. Sin embargo, tú dices que la labor de documentación para esta novela ha sido mucho más ardua que para las restantes.
D.R.- Sí, por muchas razones. Es una novela histórica, un género al que le tengo mucho respeto. Soy muy amiga de Santiago Posteguillo y lo que hacen los historiadores como él me parece excepcional. Escribir histórica obliga a un cuidado que ahora he visto en primera persona. El momento político y social que se recoge en la novela me ha obligado a entrevistar a la parte policial, a la Ertzaintza que aquel momento sacaba su primer reemplazo policial a la calle; a la policía armada de aquel tiempo, para saber cómo era la tensión que vivían en la calle; a políticos de la época; a los que participaron en los rescates de la riada. Me he tenido que empapar de los periódicos para conocer la atmósfera política, social y económica del momento. Todo no tiene por qué aparecer en la novela pero el escritor lo tiene que conocer.
Pero además creo que el lector va a disfrutar mucho al ver cómo ha cambiado el tratamiento policial desde 1969 hasta ahora; cómo eran esas primeras teorías que establecían los policías de la época para justificar las agresiones de John Biblia; cómo el asesino podía detectar a las mujeres que tenían la menstruación, qué pulsión lo movía a matar de una manera tan violenta. Las primeras teorías parecen de andar por casa. Parecía que no tenían ningún conocimiento del mundo criminal, ni del mundo de la mujer,... Claro, hay que tener en cuenta que no había ni una sola agente femenina en la policía.
Por otra parte, el asesino me ha obligado a replantearme algo que la policía de la época no hizo. Es decir, mirar desde el punto de vista de las víctimas. ¿Por qué las eligió a ellas? Había que haber partido de ahí pero claro, la victimología era algo que entonces no conocían. Para ello pedí ayuda a un psicólogo y psiquiatra experto en abusos, al que le pregunté por qué el agresor podría elegir a mujeres con la menstruación. Lo que me sugirió me obligó a tener que cambiar el planteamiento de cómo iba a tratar al agresor en la novela. La posibilidad de que su pulsión pudiera provenir de que él también hubiera sido una víctima me pareció aterradora. No es la primera vez que me ocurre esto. Amaia Salazar también era una víctima, pero en su caso era al revés. Por ser víctima se convierte en paladín defensor de todas las víctimas y no en asesina.
Noah, el personaje
La parte bonita de la novela es Noah, el investigador escocés, que no se llama así por casualidad. Es como el Noé del diluvio, que llega a Bilbao en un barco. Su obsesión no es construir un arca sino capturar a este tipo. Y lo hace en el momento más difícil de su vida porque se está muriendo. Tiene los días contados y ha decidido que va a dar sentido a su vida y a su muerte, culminando la investigación, cazando a este tipo o muriendo en el intento. Pero se le irán complicando mucho las cosas porque el tipo de enfermedad que tiene le va a sumir en un estado físico de lo más miserable. De pronto entenderá que el tiempo se acaba.
Creo que la belleza de la novela, a nivel literario, tiene que ver con el camino personal de alguien que ve que la vida se le termina, dejando muchas cosas en el camino. Tendrá que sobreponerse al dolor, en unas circunstancias miserables, porque su enfermedad lo deja postradísimo, para seguir persiguiendo a un asesino del que no tiene nada seguro. Amo a este personaje. Me ha encantado acompañarle y me tiene fascinada.
M.G.- Has comentando la documentación que has manejado pero, a raíz de la enfermedad de Noah, también has tenido que hablar con gente que te han orientado.
D.R.- Mi documentador es uno de los mejores del mundo, de lo mejorcito de España y de Andalucía. Es el doctor Manuel Anguita, presidente de la Asociación Española de Cardiología, y que ejerce en el Reina Sofía de Córdoba. Es colaborador por segunda vez, y ya se ha convertido en un amigo entrañable y muy querido. Él me ha hecho amar la cardiología. Se ha convertido en mi segunda gran pasión. La evolución que nuestra sociedad ha vivido desde aquellos años ha sido tremenda en muchas cosas. Una de ellas ha sido en el tratamiento de algunas enfermedades pero también en el tratamiento a las personas. Hemos hecho válidas a personas que antes quedaban relegadas como si no valieran para nada.
En la novela hay un personaje que tiene parálisis cerebral y que he querido retratar porque en mi infancia, traté con dos niños que tenían parálisis cerebral. Tuve la suerte de conocerles, y ver cómo se sobreponían a todas las dificultades y aprendían en un tiempo en el que ni siquiera se les escolarizaba. Para ellos, no había nada en este mundo. Pero eran personas que tenían mucho que dar, que dieron y que siguen dando mucho a todos los que los han conocido. Así que, ahí hay un homenaje a estas personas.
Homenaje a la radio
Y luego también hay un gran homenaje a la radio porque tuvo un papel importantísimo en la catástrofe. Hay un momento en la novela en el que, cuando no queda nada, queda la radio. La música de los 80 tiene un papel importantísimo, así como la vida nocturna de Bilbao. Había bares de todas las clases. Se podía escuchar heavy, punky, música disco, rock alternativo,... De todo. La gente se movía de un local a otro y surgían grupos por todas partes. Muchos lectores se van a sentir cercanos. La radio me sirve para tejer una red de comunicación entre los personajes, que se dedican canciones. Yo misma hacía esto. Recuerdo tener catorce años y llamar a la radio para dedicar alguna canción. Siempre le digo a mis hijos que aquellas emisoras locales, a las que llamabas para dedicar canciones, eran como las redes sociales de ahora. Con esos programas te enterabas de quién era el cumpleaños, dónde trabajaban los que llamaban, a quién le había nacido un hijo, quién se iba a casar,... Lo sabías todo por la radio. De vez en cuando, alguien te dedicaba una canción y volabas.
M.G.- Eso era una maravilla.
Y Dolores, ¿cómo enfocas la narración de esta novela? Son capítulos cortos, imagino que tienen mucho ritmo, y te centras en escenas o personajes concretos. No solo vamos a ver al asesino y al investigador, sino que también hay otros personajes que protagonizan enteramente algún capítulo.
D.R.- Tenía que retratar toda esa sociedad desde la discriminación que sufría Rafa por su parálisis cerebral hasta esos primeros días de la policía autonómica en una situación política y social muy agitada.
En la historia aparece un policía recién salido de la academia, lleno de idealismo y súper orgulloso, que piensa que va a cambiar el mundo y que lo va a hacer todo bien. Y luego también hay una mujer tras la barra de un bar de Bilbao, que encarna un espíritu que yo conocí y que me he encontrado muchas veces. Son esas personas que te encuentras con toda la simpatía del mundo, detrás de la barra de un bar, que te hacen sonreír, que te hacen sentir que formas parte de un lugar al que acabas de llegar. Vas a ese bar, no por el café, sino que vas por la persona que está detrás de la barra. Son personas que te ayudan a sentirte integrado, que según te ven entrar por la puerta, saben ponerte el café como tú lo quieres. Es algo que vale muchísimo. Me encanta ese tipo de personas, así que, ahí está.
M.G.- La climatología está muy presente en tus novelas. Es la primera vez que te escucho decir que te defines como una autora de tormentas, una definición que me ha encantado y que es muy acertada. Esa climatología, en tus historias, es casi un personaje más.
D.R.- Lo es. Además, en esta novela, no me la he tenido que inventar. Sé que en Elizondo no llueve tanto como cuento en la saga pero en Bilbao sí que llovió. Esa parte está tomada de la prensa. En los días previos a la gran gota fría, llovió muchísimo y eso contribuyó a que la tierra estuviera tan anegada que, cuando cayó la gota fría, las colinas que rodeaban Bilbao se vinieron abajo. Hubo un corrimiento de tierras enorme que sepultó parte del centro de la ciudad.
El tipo de tormentas que me gusta, como verás en la novela, no está solo por fuera. No es que solamente llueva mucho, y que se produzca un cataclismo. Es que también está por dentro de los personajes. Ellos están en su noche más oscura, tienen frío, están mojados, están solos, y tienen miedo. Pero también tienen amor. Hay un momento en el que un personaje dice que solo hay dos cosas en la vida: el amor y el miedo. Y las dos las aprendemos en casa.
M.G.- Ya para terminar, con esta novela se dice que se inicia un nuevo ciclo narrativo. ¿Eso quiere decir que se inicia una saga?
D.R.- Significa justamente lo contrario. Ya he escrito una trilogía, que se convirtió en la saga de Amaia Salazar, y ahora estoy buscando una manera distinta de contar historias al lector. Lo que sí te puedo decir es que es el inicio de algo, es la punta de un iceberg, pero no es una trilogía ni una saga al uso. Es mi trabajo como novelista, intentar contar la historia del mejor modo, intentar contarla de una manera diferente, y llegar al lector de una manera distinta. Espero conseguirlo. Es como una fiesta sorpresa a la que os tengo que llevar con los ojos cerrados. Espero que os guste mucho cuando la veáis.
M.G.- Me dejas con mucha curiosidad.
D.R.- En las siguientes novelas empezaréis a percibir hacia dónde voy, pero lo que quiero es que, al llegar al final, el viaje os haya gustado.
M.G.- A mí, particularmente, me encanta que me hagas viajar al norte porque soy del sur y soy una enamorada de toda la cornisa cantábrica.
D.R.- Que sepas que cuando voy a Alemania siempre me dicen que les encantan mis novelas en el sur.
M.G.- Claro, en el sur de Europa (Risas)
D.R.- Soy el norte aquí. Pero en Europa soy el sur.
M.G.- Es otra forma de verlo. Lo dejamos aquí, Dolores. Te agradezco muchísimo que me hayas atendido. Muchas gracias por venir a Sevilla y por esta novela.
D.R.- Gracias a ti y a Sevilla, por este sol.
Sinopsis: Un salvaje asesino en serie. Una búsqueda hasta el último latido. Una ciudad amenazada por un diluvio.
Entre los años 1968 y 1969, el asesino al que la prensa bautizaría como John Biblia mató a tres mujeres en Glasgow. Nunca fue identificado y el caso todavía sigue abierto hoy en día. En esta novela, a principios de los años ochenta, el investigador de policía escocés Noah Scott Sherrington logra llegar hasta John Biblia, pero un fallo en su corazón en el último momento le impide arrestarlo. A pesar de su frágil estado de salud, y contra los consejos médicos y la negativa de sus superiores para que continúe con la persecución del asesino en serie, Noah sigue una corazonada que lo llevará hasta el Bilbao de 1983. Justo unos días antes de que un verdadero diluvio arrase la ciudad.
Dolores Redondo se autodefine como «una escritora de tormentas» y con esta nueva novela, basada en hechos reales, nos conduce hasta el epicentro de una de las mayores tormentas del siglo pasado a la vez que retrata una época en plena ebullición política y social. Es un homenaje a la cultura del trabajo lleno de nostalgia por un tiempo en el que la radio era una de las pocas ventanas abiertas al mundo y, sobre todo, a la música. Y es también un canto a la camaradería de las cuadrillas y a las historias de amor que nacen de un pálpito.
Una obra deslumbrante con unos personajes que nos llevan de la crueldad más espantosa a la esperanza en el ser humano.