Mostrando entradas con la etiqueta Alejandro Palomas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Alejandro Palomas. Mostrar todas las entradas

jueves, 13 de febrero de 2025

ALEJANDRO PALOMAS: ❝Las madres son esos espejos en los que proyectamos nuestra personalidad❞

Alejandro Palomas y Amalia. Somos muchos los lectores que nos hemos asomado a ese binomio, a ese universo que nos envuelve y nos lleva a un lugar donde el amor, la bondad y la ternura son los sentimientos predominantes. La historia de amor entre Amalia y los lectores se inició hace unos cuantos años, cuando Palomas publicó Una madre. Fue entonces cuando conocimos a una mujer extraordinaria, a una madre que, lo he dicho muchas veces, se ha convertido en la madre de todos nosotros. Amalia vuelve ahora para despedirse. O quizás no. Como Alejandro Palomas dice en esta entrevista no va a decirle adiós nunca pero sólo el tiempo nos descubrirá si habrá un retorno tal y como la conocemos hoy, en formato novela. Lo que sí está claro es que en mayo volveremos a ver a Amalia como personaje de cómic y más adelante también como actriz de teatro. Todo eso y más me contó Alejandro hace unos días, durante el transcurso de una entrevista en la que no tuvimos ni una sola interrupción (cosa extraña). En aquella sala de hotel sólo se escuchaban nuestras voces y dentro de nuestras cabezas, la de Amalia. 

Os dejo con la entrevista.


Marisa G.- Alejandro, un placer tenerte en Sevilla, volverte a ver otra vez desde que en 2022 estuvieras por aquí con Esto no se dice. Han pasado unos años ya. Si te miras por dentro, ¿cómo te ves?

Alejandro P.- Pues estoy mayor.

M.G.- ¿Te sientes mayor? ¿Crees que has envejecido mucho en poco tiempo?

A.P.-  Sí. Sí, creo que me he hecho mayor. No sé cómo explicarlo de otra manera. Hay algunas cosas por las que ya no voy a pasar, cosas que ya no se van a repetir. No sé, siento que me he hecho mayor. ¿Sabes?

M.G.- Es la sensación que tienes y cada uno tiene la suya propia.

Bueno, Alejandro me ha llamado la atención la publicación de Una vida porque recientemente también has publicado El día que mi hermana quiso volar. Casi se solapan porque una es de octubre y la otra de ahora, de enero. ¿Por qué dejar tan poco margen de tiempo entre una y otra?

A.P.- A ver, son sellos distintos, editoriales distintas y grupos distintos. Me he llevado mucho tiempo sin publicar, para lo que yo soy. Me refiero a ficción porque Esto no se dice no era ficción, sino un testimonio. Con lo cual, llevaba como cuatro años y medio sin publicar, pero eso no quiere decir que no haya escrito. Y ese era el problema. Tengo obra creada porque no paro de crear y tenía que empezar a colocar cosas. De hecho, en mayo saco un cómic.

M.G.- Un cómic que está muy vinculado con Amalia.

A.P.- Exactamente. Ha tenido que ser así porque vienen cosas.

M.G.- Hay que ir evacuando.

A.P.- Sí, dando salida. La excusa es que, en este caso, uno es juvenil y el otro adulto y, supuestamente, no se molestan.

M.G.- Pues en Una vida, el lector va a encontrarse con Amalia de nuevo y con sus hijos. Van a sufrir porque tienen que enfrentarse a la enfermedad de Amalia y a sus consecuencias. Desde que salió el libro, te han preguntado muchas veces si este es el fin de Amalia, si no la vamos a ver más en novela. Tú siempre has respondido que nunca se sabe pero Alejandro, independientemente de que volvamos a verla o no, ¿esta novela supone cerrar heridas y dejar atrás el duelo?

A.P.- No lo sé. Creo que voy a seguir con el duelo hasta que me muera. No voy a dejar el duelo por mi madre o por Amalia, por ninguna de las dos. He tenido la suerte, y es algo que veo ahora, de que he tenidos dos madres o una madre desdoblada. La mía la perdí en vida pero no la perdí del todo porque precisamente creo que, viéndolo ahora después de todo lo que ha pasado, creé a Amalia para no sufrir una orfandad del 100%. Con lo cual esta otra, Amalia, esta otra madre, no voy a dejar de trabajar nunca con ella. No va a desaparecer nunca.

M.G.- De una madre nunca se despide uno, aunque ella ya no esté, pero los autores también sufrís un cierto duelo al despedir a un personaje. Especialmente en este caso, que te ha acompañado durante tantos años.

A.P.- Sí, pero no me voy a despedir de ellos. Ya he decidido que no. No se van. Para mí es innecesario que se vayan. Lo paso tan bien con ellos, me divierto tanto,... Mientras los sigan queriendo ahí fuera, voy a seguir trabajando con ellos.

M.G.- Antes de iniciar esta entrevista, te he dicho que esta novela me lo está haciendo pasar muy bien pero también lo estoy pasando regular, en algún momento. Yo también pasé la enfermedad de mi madre y siento mucha empatía con los personajes. ¿Qué emociones te atravesaron a lo largo de la escritura?

A.P.- No me ha sido difícil. No me ha costado escribirla porque escribirla era como volver a tener, volver a estar, y eso para mí era superbonito. De hecho, ha sido la novela con la que más he tardado, con la que más he estado trabajando porque no quería dejarla. Ha sido superbonito estar con ellos. Es la novela que más emociones me ha generado y creo que además eso se transmite, se nota que estoy muy presente. 


[Si prefieres escuchar nuestra conversación, dale clic al vídeo]


M.G.- Los que conocemos a Amalia, sabemos que es una mujer muy excéntrica, hiperactiva, traviesa, revoltosa, en su mundo, tozuda, alocada, anti-sistema, como se dice en la novela. Pero también tierna y bondadosa. Todos estos adjetivos que aplicamos a Amalia, ¿también se podrían aplicar a tu madre?

A.P.- Sí.Todos. No había ni uno que no fuera ella. No he tenido que añadir ni quitar nada. Era así.

M.G.- ¿Y siempre fue así? ¿Fue Amalia así, desde la primera novela? ¿Fue tu madre así a lo largo de toda su vida o hubo evolución?

A.P.- Hubo una evolución a partir de que ella se convirtió en Amalia. Es decir, a partir de que ella, a los 65 años, se divorció y se quedó sola. Desde el momento en que se quedó impar, descubrimos que mi madre era así. A partir de ahí pudo ser lo que ella era. Se descubrió así y la descubrimos así. Antes estaba muy solapada por la sombra de mi padre, con lo cual no sabíamos... Bueno, sabíamos pero no fue ella.

M.G.- No se dejaba ser ella misma.

A.P.- No, no fue ella del todo. Lo fue una vez que se convirtió en una mujer sola. 

M.G.- Se liberó. Pues a mí me gusta mucho Amalia. Ella te puede sorprender en cualquier momento. Se repite mucho en el libro la frase: No digas burradas. Pero, dentro de su absurdo, Amalia tiene un pensamiento muy coherente. Me he reído mucho con sus ocurrencias. Por ejemplo, hay un momento que ella dice que Fer no odia a nadie porque toma Lexatín. Y tú te quedas pensando qué tendrá que ver una cosa con otra pero claro, si te paras un poco y reflexionas, es que tiene toda la lógica. No se puede odiar si eres feliz con el Lexatín. Es decir, hay mucha coherencia dentro de ese absurdo.

A.P.- Es que es muy coherente. Por eso llega tanto, porque inconscientemente a ti no te rechina nada, porque en el fondo te das cuenta de que es así, que es muy lógico lo que dice.

M.G.- Tiene un pensamiento mucho más nítido que el resto de la humanidad.

A.P.- Exactamente. Es como más infantil, pero eso no quiere decir que no sea acertada. Es más pura a la hora de expresar. Es como que ha limpiado las frases de muchas cosas. Como no juzga... Ella piensa que claro, al tomar Lexatín, pues está en paz consigo mismo, con lo cual, no odia a nadie como me pasa a mío como le pasa a todo el mundo.

M.G.- Y es imposible enfadarse con ella. 

A.P.- Imposible porque ella, con esa mirada que tiene sobre el mundo y sobre ellos, pues desarma todo lo que mira. Hay tanta bondad y tanta candidez en lo que hace que es imposible enfadarse con ella, porque enfadarse con ella está mal, incluso habla mal de ti.

M.G.- Te escuché decir en una entrevista que, tras la muerte de tu madre, nunca te sentiste vacío, sino lleno. Es la misma sensación que yo tuve. Uno piensa que, cuando tu padre o tu madre se van, te vas a quedar hueco, que te va a comer esa orfandad, tan relacionada con la ausencia y el vacío. Sin embargo, tú te sentiste pleno y a mí me pasó exactamente igual.

A.P.- Sí, y es raro. Cuando lo cuentas suena extraño y tienes que explicarlo muy bien. Cuando mi madre murió fue como si me traspasara su energía de alguna manera, como si yo sumara su energía a mi vida. Y sigo sintiendo esa energía, que navega conmigo. Soy más cosas de las que era antes de que ella se fuera. Incluso es una cosa física. Soy de otra manera. 

M.G.- Pero a Fer, el hijo de Amalia, cuando ve que se acerca el final de su madre siente miedo. Es un sentimiento muy humano y que todos experimentamos. Miedo a no saber qué vas a hacer con su vida, si vas a ser capaz de continuar. Antes de fallecer tu madre, ¿sentías eso también? ¿Pensabas que no ibas a ser capaz de levantarte por la mañana y de ponerte a escribir?

A.P.- Llegué a dudar de que pudiera vivir tras la muerte de mi madre. No me veía capaz de seguir adelante. No entendía. De hecho, mi cabeza todavía no entiende que mi madre ya no esté. No entiendo muy bien que no aparezca nunca.

M.G.- No la ves pero sí la sientes. Eso es lo que te hace seguir adelante.

A.P.- Claro. A ver, es que uno es más fuerte de lo que cree. Somos mucho más fuertes de lo que creemos, mucho más resiliente y más resistentes. Normalmente, cuando imaginamos situaciones, las imaginamos mucho más catastróficas de lo que son realmente. Una cosa es la imaginación, que crea monstruos, y otra cosa es la experiencia. Lo bueno de tener una imaginación que crea monstruos es que cuando has creado al monstruo y llega la experiencia y dices: «¡Ah! ¿Era esto solamente? ¡Con lo que yo había imaginado! Bueno, pues si solo es el 30%, pues mira qué bien». Y vives en un constante alivio, porque tu imaginación siempre está creando cosas terribles. Pero sí, yo tenía este terror a cómo iba a ser la vida sin ella. Está claro que hay la vida con una madre y la vida sin una madre. O un padre o una madre. Hay una vida sin, que es la segunda parte de nuestra vida. Y ahí tenemos que aprender a navegar como sea. Como podamos. Cada uno lo hace como puede. Pero yo creía que no iba a ser capaz.

M.G.- Fer, Silvia, Emma... Cada uno de ellos tiene una relación muy distinta con Amalia. Está el que la consiente, el que controla, el que está en una posición intermedia... Es decir, cada hijo tiene una relación diferente con la madre, como nos pasa a todos.

A.P.- Claro, como nos pasa a todos. Lo bueno de esta familia, de estos hermanos, es que son tres y nos dan tres puntos de vista muy claros. Está la cuidadora, porque Emma es muy cuidadora e intenta que siempre esté todo bien. Luego está el conspirador, el que conspira mucho con su madre y juega mucho con la vida. Y también está la otra, la vigilante, la estricta, la que no puede con el desorden. Son arquetipos tan repetidos pero tan reales... Es que entras a una cafetería y escuchas a una madre hablar con sus hijos y sabes que este es este y aquel es el otro, porque se repiten. Somos así. Proyectamos sobre ella nuestra personalidad. Las madres son esos espejos en los que proyectamos nuestra personalidad. 

M.G.- Silvia es la controladora y yo vengo a romper una lanza en su favor. Porque yo soy Silvia. Fui Silvia con mis padres. Yo sabía a qué hora les tocaban las pastillas a mis padres, cuando había que ir al médico, qué había que comprar en la farmacia,... Sé que somos muy cansinas pero lo único que queremos es ayudar.

A.P.- Sí te digo que, si no hubiera Silvias, todos estos tránsitos serían muy difíciles porque, aunque parece que son muy pesadas, todo estaría muy descompensado sin ellas. Al resto, nos ayudan mucho las Silvias. Son difíciles de soportar pero, a la vez, nos ayudan mucho porque hacen un trabajo que nosotros ni sabemos hacer ni queremos hacer. Es el trabajo peor pagado porque además sufren mucho y sufren de una manera muy incómoda. Es incluso incómoda para ellas porque se dan cuenta, pero muy necesarias para que el equilibrio exista.

M.G.- Alejandro, en la novela coincide, aunque no sé si en la vida real también, el deterioro de Amalia con el deterioro de Rulfo, el perro de Fer. A la vez que Amalia enferma más, Rulfo cada vez está más delicado. Es como si la vida le dijera que si quiere arroz, ahí van dos tazas.

A.P.- Es un aprendizaje exprés. Hay tránsitos en la vida en la que no pasa nada, en la que todo está bien, en la que flotas... Y, de repente, un día empiezan a caer fichas de dominó y caen tres a la vez. Y te preguntas que cómo puede ser eso, que por qué te pasa todo a ti. Y no es que te pase todo. Es que, de repente, coinciden dos cosas, dos duelos muy grandes.

En la vida real no fue como se cuenta en la novela. La muerte de mi madre y de Rulfo fue más espaciada en el tiempo pero yo lo recuerdo como si todo hubiera ocurrido a la vez. Curiosamente, el recuerdo hace esas maniobras. Recuerdo los dos duelos juntos porque son los dos duelos que más me han marcado. Para Fer, igual. Uno es el alter ego del otro en el tema del duelo. ´

M.G.- Los perros, tanto Rulfo como Shirley, que es la perrita de Amalia, son hiperintuitivos, muy inteligentes. Saben que algo ocurre a su alrededor.

A.P.- Sí, eso lo he vivido yo.

M.G.- Y yo. Ellos saben que algo malo está ocurriendo. Se arriman al que está sufriendo.

A.P.- En el caso de Shirley, al principio, ella decide apartarse de Amalia porque esa no es su Amalia, no es su madre. Ella se niega al duelo pero cuando percibe que ha llegado el momento real y animal de doler, entonces es cuando ella se pone a su lado y necesita protegerla. Eso para mí es algo brutal que yo viví. Con la perrita de mi madre nos preguntábamos que por qué no quería estar en la habitación. Flipábamos e incluso, a veces, yo me enfadaba. Pero el día que la vi entrar y ponerse encima de mi madre, me dije: ¡Qué bestias son!

M.G.- Es que son tremendos. Muy intuitivos.

Bueno, Mauro es otro personaje importante en la novela, un pilar importante para Amalia, lo más parecido a un compañero o a un amigo verdadero. Yo lo veo como un rey mago.

A.P.- Totalmente.

M.G.- No sé si Mauro existió en la realidad o es fruto de la ficción. Si es solamente fruto de la ficción, a mí me encantaría que hubiera mucha gente como Mauro y me encantaría conocerlas.

A.P.- A mí también. Mauro no existió en la realidad, es ficción, pero sí conocí a un Mauro pero ese Mauro no es el de esta historia.

M.G.- No conectado con esta historia.

A.P.- No. Este tipo de personas son muy necesarias en la vida de las personas y por eso lo añadí a esta novela porque creo que, además, desmontan muchos prejuicios. En un principio, por la diferencia de edad, tú lo ves llegar y empiezas a pensar que se va a aprovechar. Estás todo el rato pensando eso hasta que luego te das cuenta de que es prejuicio tuyo. Me encanta hacer esto con la ficción para que te des cuenta de lo prejuicioso que eres con las cosas.

M.G.- Tocas un tema que me parece muy necesario, hay que sacarlo a relucir porque, desde un punto de vista literario sí se ha tratado pero, desde un punto de vista social, a mi juicio, es una asignatura pendiente. Me refiero a la labor del cuidador, en ese momento en el que los hijos se convierten en padres de los padres. De eso se habla muy poco y se pasa muy mal como cuidador.

A.P.- Se habla nada, no se toca, como tantos otros temas, y se pasa muy mal porque no estamos preparados. Nadie nos dice que va a llegar un momento en el que va a ocurrir esto. Pensamos que eso le ocurre a los demás y a que a nosotros no nos va a ocurrir nunca. Lo vemos en nuestros padres con sus padres pero pensamos que eso les ocurre porque ellos son mayores y a que a nosotros, eso no nos va a ocurrir. Pero llega y tenemos padres que se vuelven dependientes y que nos piden cuidados. Y no estamos preparados para eso, ni mental, ni física, ni emocionalmente. Y no hay nada más cansado que cuidar de alguien a quien quieres. Es lo más cansado del mundo. Terminamos todos agotados y no hay nadie, no hay ningún lugar al que acudir. Y además, crees que te está pasando solo a ti, que nadie más te va a entender y que no te puedes quejar porque forma parte de la estructura que hay que cumplir. Y es terrible, la soledad del cuidador es algo terrible.

M.G.- Es agotador psicológicamente.

A.P.- Es terrible, terrible. Yo recuerdo terminar el turno de estar con mi madre, volver a mi casa, tirarme en la cama y pensar que acabe esto ya porque ya no podía más. Era tan cansado... Entre lo que sufres, la pena que tienes, que te toca estar improvisando todo el rato porque hay muchas cosas que desconoces... Entre cambiar, lavar, ejercitar,... Es una tensión horrible. Nunca me he cansado tanto.

M.G.- Te digo que he empatizado mucho con los personajes porque, en mi caso, la cosa se multiplicaba por tres. Tenía un padre, una madre y una hermana con discapacidad. Tres dependientes. Muchos días salía llorando de casa de mis padres.

A.P.- Yo también. ¿Y cómo hacías?

M.G.- Como pudimos. Era un caos. Arreglabas una cosa y se desarreglaba otra.

A.P.- Eso nos pasaba a nosotros también. Siempre tenías la sensación de que no llegas. Todo era muy precario. 

M.G.- Todo lo que haces es nada en comparación con todo lo que tenías que hacer.

A.P.- Exactamente.

M.G.- Había que tomar decisiones, como vemos en la novela, decisiones sobre la salud de los padres. Te asaltan muchas duchas. No saber por dónde salir. Los hijos se sienten mal por aquella vez que les gritaron a los padres. Llega la culpa, el arrepentimiento, el remordimiento,... Otro lastre más en esta situación.

A.P.- Lo de la culpa es terrible. Ves la dependencia de alguien a quien quieres mucho, ves que ya no es quién era, tienes mucha rabia, pero contra la vida, porque te está arrebatando a alguien a quien quieres mucho. Y encima lo que haces es verter la rabia, justamente hacérselo pagar a quien no deberías hacérselo pagar, porque estás cansado, porque estás estresado, porque estás triste. Pero esa persona es el objeto de todo esto, es quien provoca todo esto y, de forma inconsciente, le gritas y la tratas mal. Y luego te sientes tan culpable que es peor. Es una situación muy complicada. Emocionalmente es lo más complicado que he vivido.

M.G- ¿Y enfrentarte a la desnude de tu padre o de tu madre?

A.P.-Ay,... Eso es otra cosa. ¡Uf!

M.G.- Por ahí hemos pasado los que hemos ejercido el papel de cuidador. Esto no lo entiende el que no ha pasado por esa situación.

A.P.- Exactamente. En mi inocencia, nunca imaginé que me iba a tocar tratar con esa intimidad física para la que nadie está preparado. Por favor, que nunca me toque volver a pasar por eso. Dame toda la carga psicológica que quieras pero la física fue terrible para mí. Además es que sientes que estás violentando, que estás entrando en un territorio sagrado y que estás traspasando una frontera. Para mí era horrible.

M.G.- Pero no solo para el hijo o la hija. Cuando le tenía que hacer ciertas cosas a mi padre, pensaba que él, a su vez, estaría pensando que yo lo estaba tocando.

A.P.- ¡Eso! Lo viví muy mal, muy mal. Mis hermanas también pero no tanto, porque parece que, entre mujeres, es distinto. No sé si lo hubiera vivido de forma distinta si fuera mujer. Pero a mí, lo de limpiar a mi madre, lo de bañarla,.. 

M.G.- Se pasa muy mal, sí.

Alejandro, ¿el sentimiento de orfandad nos devuelve al niño que fuimos?

A.P.- Sí, porque nos hace vernos muy pequeñitos, muy pequeños en el mundo, muy solos en el mundo, como cuando eres pequeñito y no tienes recursos. Te dejan en la cuna, en la cama, y no quieres estar solo. ¿Dónde van los adultos cuando se van? ¿A dónde van cuando cierran la puerta de mi habitación? ¿Qué hay ahí afuera? Vuelves un poco a cuando no querías que te dejaran solo. No quieres estar solo. El mundo no está hecho para un niño solo.

M.G.- La novela está dedicada al Santuario Gaia, un espacio que existe de verdad y que tiene su protagonismo en la novela. He buscado información en Internet ¿Qué es realmente este lugar y cómo llegas a conocerlo?

A.P.- Lo conocí hace muchos años, por el año 2000. Lo conocí a través de las redes. Desde entonces, he estado en contacto con ellos. Mi madre era muy fan de estos dos [se refiere a Coque y a Ismael, las personas que regentan el santuario]. Ella era muy fan de todo lo que pasaba allí. Siempre tuvo la fantasía de ir pero se nos pasó el tiempo y no la llevamos. En la novela, Amalia sí visita el santuario y ha sido como cerrar una herida. Mi madre no pudo visitar el santuario pues, por lo menos, que lo visite Amalia y que ella disfrute lo que mi madre hubiera disfrutado.

M.G.- Es un gesto bonito. Y cambias el nombre de tu madre, de tus hermanas, de ti mismo, de la perrita de tu madre, pero no así el de Rulfo, el de Coque, o de Ismael. Eso me llamó la atención. ¿Por qué unos nombres sí y otros no?

A.P.- No sabía cómo llamar a Coque y a Ismael en la novela. Además, quería hacer justicia a la realidad con ellos porque Coque, por ejemplo, es muy fan de Amalia. Pensé que quería dejar escrito lo importante que él ha sido para mi madre y que se sepa. Quiero que él sea parte de este mundo, pero como en tiempo real. Quiero que la gente busque este santuario, que sepa que existe, que sepa un poco cómo es, que sepa cómo es ese lugar que ella miraba tanto, y que puedan participar.

M.G.- La página es muy interesante. Hay fotografías de todos esos animalillos que tienen. Te puede hacer voluntario y hacer donaciones muy económicas.

A.P.- Es un sitio muy bonito y lo hacen tan bien. He ido un par de veces y es un lugar maravilloso. Tienen una vaca que se llama Amalia. Era ciega pero luego recuperó la vida. Mi madre, por supuesto, estaba enamorada de la vaca Amalia.

M.G.- Esa Amalia que quiere llevarse a todos los animales a su casa porque los animales y las plantas son muy importantes en tu vida y en la novela.

A.P.- Ella era así. Mi madre era así. Llegabas a su casa y nunca sabías lo que te ibas a encontrar, a quién había recogido, porque recogía todo lo que encontraba. Teníamos un problema y había que estar siempre como controlándola mucho. Te podías encontrar que estaba merendando con alguien que no procedía. En la vida real lo pasábamos muy mal pero claro, luego lo ficcionas, y utilizas eso para dar una cara amable y divertida. Pero muchas veces no era tan divertido en la vida real porque metía una gata que paría en la casa y nos preguntábamos cómo había conseguido meterla en casa. Ella encontraba los sistemas más... Nunca había una semana de tranquilidad.

M.G.- Al menos, en la novela, sí te puedes permitir tomarte estas cosas con humor porque el humor está muy presente, a través de ella.

A.P.- Sin humor no habría podido sobrevivir en mi vida. No puedo escribir solo drama. No me sale. Tengo que compaginar el drama, con el humor, la vis cómica,... Y ella no es cómica. Ella no es consciente de que es graciosa, de lo que provoca en los demás. Es que ella es así. No es que intente hacer reír a nadie, no. Es así. Nosotros nos reímos pero, a su lado, la gente no se ríe mucho. La gente se desespera. Nosotros nos reímos de la desesperación de los demás y de que tiene un mundo muy peculiar, una mirada muy sana sobre la vida, o muy coherente, como tú dices. Pero estar a su lado, no siempre era cómodo.

M.G.- Te decía antes que me sentía muy unida a ti en este sentimiento de orfandad que los dos tenemos, porque es verdad que podemos tener vidas muy diferentes, pero la muerte, el dolor y la pérdida nos iguala a todos.

A.P.- A todos. Estamos todos hechos de lo mismo. No hay más. Somos eso y no hay más. Tenemos que pasar por las mismas cosas, todos. Nacer y morir. Y entre una cosa y la otra, los duelos, los encuentros, los reencuentros, los abandonos,... Está todo ahí. El abecedario con el que jugamos, las letras son todas las mismas. Y las combinaciones, casi tan bien. Lo que depende es nuestra capacidad de adaptarnos a lo que la vida nos ofrece. Eso es lo que nos diferencia los unos de los otros.

M.G.- Has comentado antes que en mayo hay un cómic y creo que te he oído decir que también ya obra de teatro programada.

A.P.- Sí.

M.G.- Pero no son adaptaciones de la novela. Entiendo que le vas a dar más vida en formato cómic y en formato teatro.

A.P.- En formato cómic, va a ser una serie. Va a ser un poco como lo que pasó con 7 vidas y Aida. La prota es Amalia. De hecho, se titula Amalia, memorias de una madre incontrolable. Estarán todos los personajes pero será la vida cotidiana de ella. La vamos a ver en todo su esplendor, yendo al mercado,..

M.G.- El día a día.

A.P.- Sí, pero con sus locuras y con sus relaciones. Además engaña a los hijos,.. Bueno, esas cosas que ella hacía. Y la obra de teatro es sobre Una madre. Es la adaptación. Probablemente habrá cosas distintas e introduciremos elementos nuevos.

M.G.- ¿Y habrá tour por España? Porque espero que vengáis aquí.

A.P.- Sí. A mí lo que me gustaría es hacer en teatro lo mismo que he hecho en la ficción. Es decir, hacer Una madre un año, al año siguiente Un perro, al año siguiente Un amor, y al año siguiente Una vida. Todo con los mismos protas. Esa es la idea. Aunque con tener Una madre ya me conformo. Luego ya veremos porque imagínate que no funciona. Pero si funciona bien, puede que se haga.

M.G.- Yo esperaré a ver esa obra en Sevilla.

A.P.- Yo también. Me gustaría.

M.G.- Como última pregunta, he visto que vas a hacer un retiro literario en una localidad de Burgos, del 7 al 9 de marzo. He estado mirando a ver si me apuntaba.

A.P.- Hay otro en Cádiz.

M.G.- ¿Qué me dices? ¿Cuándo?

A.P.- A finales de marzo. La gente que lo hace son LibrArte. Es un sitio tan bonito. Es como un monasterio muy bonito. Ese te queda cerca y es un sitio espectacular. 

M.G.- Pues lo intentaré mirar. Burgos es que me queda un poco lejos. Pero era chulísimo. Dos días y medio.

A.P.- Este es igual pero en el de Cádiz, la noche del sábado hacemos un monólogo poético. En el otro es lectura, silencio, conversar sobre la lectura. 

M.G.- Pues lo miraré por ver si me encaja y me pudiera apuntar.

Alejandro, lo dejamos aquí. Un placer tenerte en Sevilla, leerte, volver a hablar contigo. Esta misma tarde termino de leer la novela porque me queda nada. 

A.P.- Te va a sorprender el final.

M.G.- ¿Tú crees?

A.P.- Sí.

M.G.- Ay, me da un poco de... porque sé lo que va a ocurrir...

A.P.- No. Te va a sorprender. A ver, lo que va a ocurrir, va a ocurrir. Pero no sólo eso.

M.G.- Me dejas ahí con la incertidumbre y con la duda. Bueno, pues esta  noche...

A.P.- Es que yo no podría hacer un final tú prevés y que... Ocurre, pero no... O sea, te vas a desviar a un lugar.

M.G.- Bueno, pues cuando lo termine de leer, te cuento qué me pareció. Muchas gracias, Alejandro.

A.P.- Gracias a ti.

Sinopsis:VUELVE AMALIA. VUELVE UNA MADRE. El cierre de un universo que ha conquistado a más de 150.000 lectores.

¿Cuánto sabe una madre? ¿Cuánto calla, cuánto dice, cuánto miente? Mientras las madres viven, los hijos somos hijos por encima de todo: más hijos que hermanos, más que maridos, más que padres. Colgamos de nuestras madres como el escalador de su mosquetón, no importa la edad, no importa la distancia. Si hasta su muerte mandan sus genes, después de su muerte manda la ausencia. «Si mamá me viera…», «Mamá se estará riendo, seguro», «¿Qué pensaría mamá de esto?». Hablamos con ellas cuando nadie nos mira, porque sabemos que están, aunque no las veamos. Sabemos que son eternas.

La tarde en que Fer, Emma y Silvia llevan a urgencias a su madre, aquejada de lo que parece una leve infección, no imaginan que la vida ha dispuesto para ellos un escenario totalmente inesperado. Al salir del hospital después del breve ingreso, el paisaje familiar es otro: los tres hermanos se convierten a la fuerza en hijos y cuidadores mientras se preparan para la posible orfandad que quizá vaya a dejar tras de sí un ser tan excéntrico e insustituible como Amalia.

Con su excelente prosa emocional, Alejandro Palomas cierra a lo grande el universo narrativo que inició con Una madre y que continuó con Un perro y Un amor, y que vuelve a mostrarnos con un texto intenso, vibrante y lleno de vida en su mejor versión.

martes, 13 de diciembre de 2022

ALEJANDRO PALOMAS: ❝No me arrepiento pero sí he tenido momentos en los que he dudado❞

26 de enero de 2022, el totum revolutum. Alejandro Palomas acude a la radio, a la Cadena Ser, para ser entrevistado por Aimar Bretos, en su programa Hora 25. Durante unos treinta minutos, desvela algo de lo que él ya habló someramente en una columna periodística años atrás, los abusos sexuales que sufrió por parte de un religioso en el centro escolar en el que estudiaba, la Salle de Premià de Mar. Inmediatamente los medios de comunicación y las redes arden. Yo leía en Twitter mensajes de todo tipo, pero trato de huir de esa especie de horda enfervorecida en la que a veces se convierte esa red social, donde todo el mundo sabe de todo y se cree con derecho a hablar de todo. 

A priori pensé que Alejandro Palomas había acudido a aquel programa para hablar de literatura y, de manera colateral, surgió el tema de la violencia, de los abusos sexuales. Pero no, Palomas acudió a dar voz a su testimonio. No había novela que presentar, ni personajes por los que preguntar, ni argumento lleno de emoción y corazón sobre el que conversar. El autor se enfrentaba a sus propios demonios porque aquello que tenía que contar era algo mucho más duro, mucho más oscuro, mucho menos gratificante. Puedes ver y oír la entrevista íntegra que le hicieron en Hora 25 aquí:


[Fuente: web Cadena Ser]

En nuestros tiempos, la actualidad dura lo mismo que, usando palabras de Joaquín Sabina, dos peces de hielo en un whisky on the rocks. Aquella vorágine que se  originó tras las declaraciones del escritor catalán se fue convirtiendo en un murmullo cada más silencioso y estaba sentenciada al olvido, camuflada por otras noticias que iban pisando a las anteriores. ¿Olvidar? No. Alejandro Palomas no olvida ni quiere que lo que han sufrido otras personas en su misma situación sea olvidado. Así que, de la voz radiada salta a la palabra escrita, y publica Esto no se dice (Editorial Destino), el relato completo de aquellos abusos que sufrió cuando tenía entre ocho y nueve años.

Palomas estuvo en Sevilla hace unas semanas. A pesar de que en las entrevistas se suelen colar las voces de las personas que nos rodean, en esta ocasión parece que todo se confabuló para que aquella conversación, llena de tranquilidad, de paz, de sosiego, se produjera sin ningún tipo de interrupción. Hablamos de aquella entrevista en la radio, de su infancia, de su madre, de su reconstrucción. Hablamos de Esto no se dice.

Marisa G.- Alejandro, para empezar esta entrevista, déjame contarte algo, un poco largo. 

Alejandro P.- Dale.

M.G.- Cuando ayer tarde me puse a pensar cómo plantear esta entrevista, lo primero que se me vino a la cabeza fue preguntarte por qué ahora. Creía que era una buena pregunta para romper el hielo. Más tarde, me puse a leer las primeras páginas del libro y me encontré con que tú te quejas precisamente de esa pregunta, un interrogante que te hacemos todos, y que tú consideras que no tiene cabida en un testimonio como este. Argumentas que, con esa pregunta, es como si pusiéramos en duda lo que nos cuentas, que te cuestionamos, que pensamos que tienes otras intenciones. Me sentí mal al leer aquello porque, con mi «por qué ahora», yo no pretendía cuestionar nada. Jamás dudé de ti. Es más, yo misma me respondí, y me dije que probablemente hablabas ahora porque a tu madre, fallecida, ya no le podía hacer daño lo que se dijera. Y precisamente, en esas páginas iniciales explicas que cuando los periodistas te han hecho esta pregunta, siempre has respondido que el motivo es tu madre. Sin embargo, ese no era el verdadero motivo. Avanzo en la lectura y leo que hablas ahora porque ya no tienes miedo, porque un testimonio como el tuyo no puede caer en el olvido, porque necesitas compartir tu terrible experiencia con otras personas que hayan pasado lo mismo, que has hablado cuando has podido. Y yo me pregunto: ¿por qué no dar esa respuesta cuando te han preguntado?

Alejandro P.- Porque no lo sabía.

M.G.- ¿No lo sabías?

A.P.- No.  Cuando un superviviente de este tipo de trauma infantil habla, no sabe por qué lo hace. Es algo en lo que se trabaja después de hacerlo. Es algo visceral. Hay un resorte que se toca de manera inconsciente, que no llegas a ver ni a conocer en ese momento, y que te hace saltar, que te hace hablar. Luego es cuando tienes que hacer el trabajo de reflexión sobre por qué ahora, qué ha pasado, hacia dónde voy,... Es una reacción inconsciente. No es una acción, es una reacción.

M.G.- Cuando fuiste al programa de la radio, a Hora 25 de la Cadena Ser, ¿ibas ya con la idea de hablar sobre todo esto?

A.P.- Fue algo que yo ofrecí. Fue una iniciativa propia. Contacté con Aimar, le propuse lo que quería contar, le consulté, y viajó a Barcelona para hacerme la entrevista.

M.G.- Y de la radio al papel. No es lo mismo contar en treinta minutos lo que te ha pasado que escribir todo un libro. Imagino que has tenido que escarbar en tus recuerdos, que probablemente estarían muy escondidos para no herirte. Habrá sido especialmente doloroso.

A.P.- Para mí no fue doloroso porque yo ya había hecho ese ejercicio. Es algo que llevo trabajándolo en terapia durante muchos años. De todas formas, cuando di esa entrevista y las que vinieron después, aquello se convirtió en un pico de actualidad que después desapareció. Desde el principio estaba muy preocupado porque sabía que estaba viviendo un pico de actualidad, que estaba en la cresta de una ola, y me daba mucho miedo que esa actualidad desapareciera. Y así fue. Se dejó de hablar de esto. Así que pensé que tenía que ser yo quien consiguiera que esto se tratara como una realidad constante y existente en nuestra sociedad, y no como un pico de actualidad. Mi fórmula es la escritura, por eso lo llevé al papel.

M.G.- En las primeras páginas del libro intuyo varias emociones. Entre ellas, el arrepentimiento porque, si hubieras sabido todo lo que se originó, ¿no lo hubieras hecho?

A.P.- No me arrepiento pero sí he tenido momentos en los que he dudado. Mi vida ha cambiado internamente mucho más de lo que yo creía que iba a cambiar. Pero siempre han podido más las ganas de conseguir que cambien cosas para las personas que no pueden estar en mi piel. Cuando he dudado por mí, mi visión de los demás no me ha permitido seguir dudando.

M.G.- ¿Y rabia?

A.P.- No, rabia no hay. Y eso es algo que sorprende mucho. No tengo rabia ni rencor. Todo eso pasó. Ha habido cosas que han podido más que la rabia. Ha habido mucha más culpa, mucho más sentimiento de soledad, de no pertenecer a nadie, de silencio,... De muchas otras cosas que han ensombrecido la rabia. 

No ha habido rabia porque tampoco ha habido odio. No he sabido hacerlo. Te lo cuento como una carencia porque no es que esté orgulloso de eso. Simplemente es que no he sabido tenerlo. 

M.G.- Has mencionado la palabra culpa. Es algo por lo que te quería preguntar. En este tipo de situaciones, cuando un niño sufre abusos sexuales, es habitual que sienta culpa. Suelen pensar que lo que les ocurre es porque se lo merecen. 

A.P.- Sí, es así. Siempre hay un porcentaje altísimo de casos en los que lo que predomina es la culpa. En mi caso particular, con un motivo muy claro, y con una causa muy explícita. Quien abusaba de mí me repetía siempre: ¿ves lo que me haces hacer? Con lo cual, él ya imprimía la culpa sobre mí. Yo no tenía que imaginar que era culpable sino que ya me lo estaba diciendo el propio abusador. Pero normalmente no es así, no suele haber una frase explícita. Sin embargo, el sentimiento de culpa es lo primero que te impregna porque tú crees que si te pasa a ti, y no le pasa a los demás, es por algo que haces tú. No piensas que te ocurre porque haya un perverso suelto que te escoge a ti como diana. Eres demasiado pequeño para comprender eso.

M.G.- Y fíjate que, cuando tú cuentas lo que te ocurrió, otras personas declaran también haber sido niños abusados, incluso a manos del mismo maltratador. No estabas solo.

A.P.- Pero por eso las víctimas no hablan porque creen que están solos, porque creen que son los únicos o las únicas. Y, en cuanto hablas, te das cuenta de que no eres el único, de que estás muy acompañado, de que los supervivientes del mismo terror son muchos. En ese momento llega un tipo de alivio que es muy sanador. La culpa retrocede. Te das cuenta de que has estado culpándote de algo que, en realidad, no tenía ningún sentido. 

M.G.- Estamos muy acostumbrados a que tú nos regales novelas preciosas, preciosas historias. Esto, obviamente, no es una novela. Es un testimonio donde no cabe la ficción, por lo tanto, todo lo que se cuenta en este libro es absolutamente verídico.

A.P.- Totalmente. No hay ni un ápice de ficción y también eso me lleva a que haya sido el libro más fácil para mí. Ha sido un libro facilísimo para mí porque solo he tenido que contar la verdad. No he tenido que ficcionar, no he tenido que inventar, no he tenido que imaginar. Sí he tenido que ordenar pero la escritura de este libro ha salido tal y como ha llegado a ti. No ha habido ninguna construcción sino que ha salido así. 

M.G.- Todavía no me he adentrado en la lectura, pero sí he hablado con mucha gente que lo han leído o lo están leyendo. Todos, o muchos, coinciden en que han tenido que parar de leer para respirar porque se quedan sin aliento mientras leían. A mí eso me impacta porque me considero una persona empática, a la que le afecta mucho el sufrimiento de los demás, y, en cierto sentido, te confieso que me da un poco de miedo.

A.P.- No, no deberías tener miedo. Siempre digo que este libro es un viaje de la conmoción a la emoción. Tú vas a salir de este libro como sales de Una madre, como sales de Un amor. De eso me encargo yo. Yo sé tratar muy bien al otro. Si se trata de hacer un viaje difícil, siempre voy a preocuparme de que salgas con la emoción a flor de piel, y no con la conmoción a flor de piel. 


[Si quieres escuchar nuestra conversación, dale al play]

M.G.- Hace unos meses hablé con otro autor, en cuya novela contaba el maltrato que había recibido por parte de sus padres. 

A.P.- ¿El autor malagueño de Tusquets?

M.G.- Sí. Un libro tremendo. 

A.P.- No la he leído todavía. La tengo, pero no la he leído.

M.G.- A él le habían pasado cosas horribles, y yo lo miraba y pensaba cómo era posible que aquel hombre, después de lo vivido de niño, haya podido reconstruirse para convertirse en un padre de familia, con un trabajo bonito, con una vida llena de luz. ¿Cómo se reconstruye uno? ¿Qué has hecho tú, Alejandro?

A.P.- Me he reconstruido gracias a mi madre. He tenido una madre maravillosa, que ha estado siempre detrás de mí. Ha sido mi flotador, mi boya, mi faro,... Me ha cuidado muchísimo. Ella sabía de dónde venía yo, y me veía como un material muy frágil. Ella aparentemente era muy frágil pero no lo era. Y también me he reconstruido gracias a la literatura, a la escritura y a la lectura. Mi madre fue muy lectora y ella fue la que me introdujo en la lectura. Ahora que hablo contigo pienso que ella sabía que me estaba entregando a un mundo, que no era este, y que me iba a ayudar a soportar este. Lo consiguió porque yo empecé a entender que había otras realidades distintas, en las que no había este peligro ni este terrible dolor que yo sufría. Cuando yo leía, me metía tanto en los libros que dejaba de existir esta agresión a la que yo estaba expuesto. Así que, lo que me ha salvado ha sido la literatura y mi madre. Es lo que me ha ayudado a reconstruir el Alejandro niño en el Alejandro hombre.

M.G.- Sin embargo, me viene ahora a la mente una entrevista tuya en la que decías que tampoco habías hablado mucho con tu madre de todo esto.

A.P.- No. Nunca. Ahora me doy cuenta de que fue un error. Yo no hablaba de esto porque yo no quería hacerle daño. Y ella no lo hablaba conmigo porque entiendo que tampoco quería hacerme daño. Con lo cual, el uno por el otro, no hablábamos de esto. Creo que fue el único tema entre nosotros que nunca volvimos a tocar. Ahora me gustaría tenerla aquí y hablar con ella. 

M.G.- ¿Qué crees que te diría?

A.P.- Creo que me sorprendería. Mi madre tenía la capacidad de sorprender siempre. Cuando creías que estaba en un lugar muy profundo, estaba en uno muy superficial, y cuando creías que estaba en un lugar muy superficial, estaba en un lugar muy profundo. Creo que a ella le iría muy bien hablar de esto. Sería una conversación muy sanadora para mí pero, especialmente, para ella. 

M.G.- En esas primeras páginas dices que vas a intentar referirte a ella lo justo e imprescindible pero luego, te pones a leer al azar, y es que está en cada página. Eres una prolongación de tu madre.

A.P.- Totalmente. Y ella era una prolongación mía. Éramos como dos náufragos en la misma balsa, agarrados al mismo mástil. Éramos una prolongación el uno del otro, muy diferentes, muy alejados a veces, pero era imposible pensar en un mundo sin ella. Es terrible. De hecho, siempre me preguntan si hay un Alejandro antes y después de este libro y la respuesta es no. Hay un Alejandro antes y después de la muerte de mi madre. 

M.G.- Tuviste una reunión con el presidente del Gobierno. Fue algo me llamó la atención, que un escritor tenga una reunión con un político. ¿Tienes fe en la política? ¿Crees que aquella reunión está dando o dará sus frutos?

A.P.- Fui a esa reunión por un tema muy concreto: los abusos infantiles cometidos por los miembros de las órdenes religiosas. Hablamos de eso y se tomaron unas decisiones políticas que creo que no han llevado a nada, sinceramente.

Es cierto que, en este gobierno, se ha dado un paso de gigante en la defensa del menor y en la defensa de los derechos de los niños. Eso es así, en general, con la aprobación de la nueva ley. Pero en el caso específico de los abusos cometidos por miembros de las órdenes religiosas no se ha adelantado nada. No ha habido una voluntad real. 

M.G.- La Iglesia tiene muchos tentáculos.

A.P.- La Iglesia es omnipresente y «omnipoderosa». Me he dado cuenta de que es muy complicado, y de que tengo una mirada muy utópica también. No sabía la magnitud del ámbito contra el que yo estaba intentando luchar. Realmente, creo que no hay una voluntad política para acometer esto. No sé cuál es la solución. Pero eso me ha situado también en el mapa, en mi mapa personal y en el mapa social. He entendido que hay otras fórmulas para llegar a los sitios y yo soy muy pertinaz. No entiendo un «no» por respuesta. Así que ya llegaré donde quiero llegar, pero habrá que buscar otros modelos.

M.G.- Has concedido muchísimas entrevistas desde que hablaste el pasado enero. Generalmente, por tu profesión, sueles tratar con el periodismo cultural que, salvo excepciones, acostumbra a ser amable. Pero este tipo de libro te ha puesto en contacto con otro tipo de periodismo. ¿Cómo te ha tratado la prensa?

A.P.- Me ha tratado muy bien porque la que me iba a tratar muy mal no me ha tratado. Las cartas han estado muy claras. Hay una parte de la prensa que no ha tocado el tema, no me ha entrevistado, me ha ignorado por completo por su ideología, y el resto han sido muy cuidadosos. En general, en el noventa y nueve por ciento de los casos, debo dar las gracias. También es cierto que, dependiendo del tipo de programa o el tipo de medio, sabía hacia dónde iba. Pero había que dar difusión a esto. Yo quería cambiar las cosas y tenía que llegar a todos los estratos y a todas las casas. Quería crear consciencia social y la sociedad somos todos. Dentro de los medios que realmente me abrieron las puertas, el trato ha sido muy bueno.

M.G.- ¿Y la sociedad, en general? Sabemos que ha habido insultos.

A.P.- Han habido tres modelos de reacción. Por un lado, empatía y solidaridad absoluta. Después, otra parte que opina que qué pena que esto ocurra pero es mejor que no lo toquemos porque nos violenta. Y por último, la parte menos frecuente, o la que menos se manifiesta, que muestra odio por alguien que dice la verdad. Hay odio a la honestidad. Es una de las lacras que tenemos aquí.

M.G.- El sacerdote, el maltratador en cuestión, murió hace poco. ¿Qué sentiste?

A.P.- Nada. En un principio, sentí extrañeza porque murió tres días antes de que se publicara el libro. Parecía como diseñado por un plan infinito. Pero también sentí que se iba parte de mí. Es que era parte de mi vida, una parte terrible pero una parte mía. Fue como un duelo de lo malo. Él se ha llevado una parte importante de mí. 

M.G.- Este secreto con el que has vivido pegado a tu piel, ahora que ya es vox populi, ¿te ha liberado?

A.P.- Me confunde. De repente estoy como desnudo en una plaza. He pasado de vivir atrincherado en un castillo a verme desnudo en mitad de una plaza. Es una situación de absoluta vulnerabilidad. Menos mal que el mundo me trata bien, pero podían tratarme muy mal. He arriesgado mucho pero soy así. Me gusta el riesgo. Y me libera el hecho de pensar que todo esto sirve para que muchas personas que han pasado, o estén pasando por esto, vean que no están solas y que no están locas. Una de las cosas que te pasan es que crees que estás loco. El diálogo contigo mismo es como un circuito cerrado y llega un momento en el que no sabes qué es inventado, si la culpa es toda tuya. Te sientes solo en una caverna. Así que, si esto sirve para otras personas que estén o hayan estado como yo, me parece maravilloso.

M.G.- Este tema siempre me ha interesado. He visto mucho documental y una miniserie que se titula Examen de conciencia. Imagino que la has visto.

A.P.- Sí.

M.G.- Pues en esa serie o en algún documental, se veía como las víctimas habían estado viviendo junto a su abusador toda la vida, en el mismo pueblo, en la misma ciudad, y habían ido a llamar a su puerta para pedirles una explicación. El maltratador a veces responde que no recuerda nada. Me parece tremendo, tanto por la desfachatez de un lado como por la valentía del otro.

A.P.- Es curioso porque el abusador infantil normalmente dice que no recuerdan que eso nunca ocurrió, que él nunca habría sido capaz de hacer algo así. Se horroriza ante la posibilidad de haber hecho algo así, cuando tú eres la prueba viviente. Pero te lo niegan. Por eso, nunca me acerqué, nunca quise saber nada, ni nunca lo busqué. Yo sabía que esto iba a ser negado. Es demasiado atroz como para que un hombre reconozca eso delante de su víctima o del superviviente de lo que él le ha hecho. Esto no lo hace nadie. Es muy raro que esto ocurra. Es imposible.

M.G.- En el hipotético caso de que hubiera habido un perdón, ¿te hubiera valido?

A.P.- No (rotundo). El perdón es algo muy vacío. Hay muchas otras cosas delante del perdón. El perdón es un proceso que se trabaja durante mucho tiempo. Requiere aproximación, colaboración, empatía, solidaridad, cosas que un hombre de esas características no tiene. Es un trabajo en balde.

M.G.- Para terminar, no sé si toda esta vorágine te permite centrarte para escribir otra historia diferente.

A.P.- Sí, sí, sí. Estoy en ello. Esto forma parte de mí. Ha sido así siempre. No estoy viviendo nada especial. Sigo siendo el mismo. Y sí, estoy escribiendo. De hecho, estoy escribiendo mucho. Estoy súper creativo porque veo que formo parte de una comunidad. Hasta ahora estaba solo y tenía una pequeñísima comunidad, pero ahora me muevo con más libertad dentro de mí mismo, con lo cual estoy más aliviado.

M.G.- No sé si sigues luchando por liberar a Susi, la elefanta.

A.P.- Esa es otra de mis luchas. Tengo tres luchas. Una, que el centro escolar en el que yo estuve sea siempre un centro seguro para los niños que estudien en él. Dos, que el zoológico de mi ciudad deje de existir, para que mi ciudad sea un lugar mejor que el que yo encontré cuando nací. Y tres, que el bosque que estoy creando termine de afianzarse y se convierta en un referente, para que todos aquellos que quieran hacer algo por el planeta puedan tener un espejo en el que mirarse.

M.G.- Pues lo dejamos aquí, Alejandro. Te agradezco muchísimo esta conversación. Suerte en todos tus proyectos y mucho ánimo.

A.P.- Gracias.

Sinopsis: Un relato vivo, emocionante, valiente y esperanzador frente el mayor de los males: el abuso a un niño.

Este es el libro más luminoso, impactante y real que alguien puede escribir. Tras una niñez marcada por los abusos sexuales, años de eterno acoso escolar y una hipersensibilidad que en no pocas ocasiones lo llevó al borde del suicidio, Alejandro Palomas hila en estas páginas un relato sereno y electrizante con el que sobrevuela sin filtro los recuerdos de infancia, la relación sin igual con su madre, la sombra de un padre finalmente desaparecido y el poder de la imaginación y de la escritura como la última tabla de salvación. Este es el testimonio más sincero de un hombre que apostó por vivir y que lo consiguió gracias a su pasión por inventar y compartir mundos, siempre desde la ternura y el humor, y que ahora transforma su vida en la mayor de las historias.

La literatura le permitió crear universos imaginarios mejores que la vida que le rodeaba y con los años estas ficciones le han ayudado a encontrar las palabras para mostrar toda la verdad.


lunes, 15 de noviembre de 2021

UN PAÍS CON TU NOMBRE de Alejandro Palomas

Editorial: Destino
Fecha publicación: septiembre, 2021
Precio: 19,50 €
Género: narrativa
Nº Páginas:400
Encuadernación: Tapa blanda con solapas
ISBN: 9788423359882
[Disponible en eBook y Audiolibro;
puedes empezar a leer aquí]


Autor

Alejandro Palomas (Barcelona, 1967) es licenciado en Filología Inglesa y máster en poética por el New College de San Francisco. Ha compaginado el periodismo con la traducción de importantes autores y con la poesía (Quiero y Una flor). Entre otras, ha publicado las novelas El alma del mundo, Agua cerrada y El tiempo que nos une. En 2016 recibió el Premio Nacional de Literatura Juvenil por Un hijo, cuya secuela, Un secreto, se publicó en 2019. La exitosa trilogía Una madre, Un perro y Un amor (Premio Nadal 2018) retrata a una familia que ha enamorado a miles de lectores. Con Un país con tu nombre (Destino, 2021) inicia un nuevo universo literario. Su obra ha sido llevada al cine y al teatro y se ha traducido a más de veinte lenguas.

Sinopsis

Jon, cuidador de elefantes en el zoo, y Edith, viuda que vive con sus once gatos, son los únicos habitantes de una aldea abandonada. Vecinos solitarios primero y ahora buenos amigos, no imaginan que la noche en que la veleta del viejo campanario gira sobre sí misma, el ojo del tiempo se posa sobre la aldea y la vida de ambos está a punto de girar con ella.

La llegada de la primavera trae consigo una inesperada decisión por parte de la dirección del zoo, a la que se suma un perturbador anuncio: el Ayuntamiento al que pertenece la aldea restaurará la casona en ruinas del lago para convertirla en hotel rural. La doble noticia cambiará de golpe las vidas de Jon y Edith, empujándolos a dar un paso hasta entonces tímidamente contemplado.

La amistad entre Jon y una callada elefanta llamada Susi, la relación entre Edith y su hija Violeta, desencontradas durante décadas, y una hora de la noche —«la hora trémula»— en la que pasa todo y todo queda conforman Un país con tu nombre: una historia sobre el amor en mayúsculas, la honestidad con los propios sueños y sobre la libertad llevada a su expresión más pura.

[Información tomada directamente de la web de la editorial]



Hay novelas de las que cuesta mucho hablar. La incapacidad no deriva de la falta de datos, emociones o sensaciones que uno quiere transmitir sino de hacerlo con el orden y la nitidez que la obra requiere. Meterse de ello en una novela de Alejandro Palomas es tener la certeza de terminar vapuleado por un tsunami de conmociones. ¿Cómo contar todo lo que nos hace sentir con sus libros? No lo sé. Reviso mis notas, trato de ordenarlas esquemáticamente sin encontrar un bosquejo satisfactorio. Realmente no sé por dónde empezar porque las novelas de Alejandro Palomas constituyen un todo, un universo imposible de fragmentar.  

Con esta mezcla de desazón y plenitud a la vez vengo hoy a hablaros de Un país con tu nombre, una novela con la que otros lectores se han deshecho en halagos. No es para menos. Me uno a todas esas sensaciones maravillosas que otros han sentido. Pero, si me preguntaras de qué va la novela, te diría que, si nos atenemos a la superficialidad de su trama, se podría decir que Un país con tu nombre narra la historia de dos seres solitarios, de Edith y de Jon. Ambos viven en una aldea abandonada, alejados del asfalto, el ruido, las prisas, los nervios y el runrún diario. Pero esta novela llega mucho más lejos.  

Edith

Tiene setenta y seis años, y once gatos. Durante diecinueve años fue la esposa de un abogado belga «que ordenaba los calzoncillos por colores y a las amantes por edades». De aquella relación nació Violeta, lo único bueno que le queda de aquellos años. Porque el verdadero amor lo ha vivido con Andrea, otra abogada, con la que mantuvo una relación durante veintiséis años, hasta que esta falleció no hace tanto. 


«... a mi esa capacidad de vivir como si la vida fuera lo de menos era lo primero que me había enamorado de ella y lo que siguió enamorándome hasta que ya no estuvo». [pág. 15]


Desde entonces Edith está sola. A pesar de que Andrea le pidió que no se quedara en aquella aldea cuando ella falleciera, no ha querido alejarse de esa vieja rectoría rehabilitada en hogar, o no ha sabido cómo dejar atrás un lugar en el que ha sido tan feliz, y en el que ha estado residiendo durante treinta años. 

Hasta hace muy poco, solo tenía a Violeta, esa hija que ronda la cincuentena, y vive en Noruega, con la que conversa telefónicamente en ocasiones. Madre e hija tienen la típica relación de ni-contigo-ni-sin-ti que muchas hijas hemos tenido con nuestras madres. Violeta sufre a su madre en la distancia. Y la madre también tiene que soportar los enveses de su hija. Pero bajo esos desencuentros hay un profundo amor. 

Jon 

Tiene cincuenta y nueve años. Se mudó a aquella aldea con su hermana Mer hace tres, justo cuando Edith llevaba ya dos de viudedad. De todos modos, Mer no se quedó en aquel lugar mucho tiempo. Profesora en la universidad, y científica de profesión, a veces emprende largos viajes por el mundo para estudiar colonias de animales, lo mismo da que sean pingüinos que caimanes. En cambio Jon tiene un trabajo más estable, como veterinario en un zoo. Como cuidador de elefantes, cada día coge su moto para abandonar el bosque y meterse en el hormigón. No le importa demasiado porque trabaja en el mejor lugar de la ciudad, donde «el ruido es otro y el aire también».


«Mi destino es una pequeña república independiente encajonada en el meollo de la red gris de calles y avenidas: un planeta mínimo poblado de cientos de vidas que nadie muralla de ladrillos, seto y alambre». [pág. 27]


Y en ese reducto, Jon tiene una misión, la de cuidar a la elefanta Susi, con la que establecerá un vínculo especial. En su trabajo también conocerá a Suzume, una niña asiática que acude al zoo todos los días con la tarea de contar flamencos, y cuyas sentencias caen en Jon y en el lector como auténticos obuses. Suzume es de esos personas que se meten dentro para siempre, en cuyo interior habita todo un abismo, un pozo terriblemente negro. Porque Suzume no lo sabe pero está marcada. Jon, también. De hecho, su nombre es Jonás pero lo acortó en Jon cuando sufrió una repentina tartamudez, tras vivir una experiencia traumática a los siete años de edad.  

Edith y Jon

Así pues tenemos dos personajes que no son tan distintos como parecen. No voy a desvelarte en qué se parecen esta mujer y este hombre, qué nexos tienen en común porque sería darte demasiados detalles de la trama. Lo único que te puedo adelantar es que un día, por un hecho fortuito, unirán sus vidas y emprenderán juntos un camino hasta un desenlace que viene a corroborar que nunca, nunca es tarde. Para casi nada. 


[Fuente: canal YouTube Planeta de Libros]

¿Qué me ha gustado de esta novela? 

Le comentaba a Alejandro en una conversación que mantuvimos en septiembre (puedes leerla aquí) que me costó un poco entrar en la historia. En Un país con tu nombre los personajes guardan secretos, se reservan una parte de la verdad, cada uno amparado en sus propios motivos. En este sentido, a la novela no le falta su dosis de suspense, aspecto que enriquece toda historia. Sin embargo, y a medida que avanzaba en la lectura, empecé a sentir que el autor se demoraba demasiado en desvelar alguna brizna de esa intriga que sobrevuela toda la historia. Confieso que en algún momento me paré y pregunté en voz alta: Pero, ¿cuándo me vas a contar algo, que ya estoy llegando al final? Y en esa última página entendí que no importaba la meta, sino el camino. Dice Alejandro Palomas, y no le falta razón, que «lo que yo pretendo es que disfrutes del recorrido, que te pares cuando quieras, que mires, que respires, que pienses y me sientas muy cerca. En mis novelas estoy cerca de ti constantemente, preguntándote, mirándote, empujándote,...»

Por otra parte, Un país con tu nombre aborda a través de sus personajes temas de mucha profundidad, que te hacen reflexionar sobre ti mismo o sobre la sociedad en la que vivimos. De entrada, y como suele ocurrir en sus novelas, el autor nos habla del amor en toda su extensión. No hay fuerza más poderosa que el amor, al menos, no la hay en las novelas de Alejandro Palomas. Y ese amor abarca a todos, y a cada uno de los seres vivos de esta historia. El lector se enfrentará al amor de pareja, al materno-filial, al fraternal, al amor entre amigos y al que podamos sentir por los animales. Incluso, se tocará el amor que estos últimos pueden sentir por un ser humano. ¿Quién no se ha sentido querido por su gato, su perro, o su elefante? Lo que Jon va experimentar con Susi es fruto de esa unión y ese compromiso que adquirimos con los animales. Por eso, esta novela se convierte también en un alegato en contra de los zoológicos. El propio autor quiere concienciar al lector de la realidad que se vive en estos lugares, y lo hace a través de sus testimonios en las entrevistas que concede, pero también a través de diversos pasajes de esta novela, como el que sigue:


«No hay más que ver a Freddy, el rinoceronte, conviviendo con su propia sombra en el limbo de su foso. quieto durante horas, con la cabeza gacha y la mirada perdida en la pared, como si quisiera leer en ella los porqués y para qué de su historia, esa mirada que muchos tienen en el zoo y que nadie quiere ver, ni quienes los atendeos ni las familias que traen a sus niños a pasar el día entre unos animales que no entienden que los miren por ser lo que son, que no saben descifrar esas risas ni esa curiosidad que a algunos de ellos les recuerdan infiernos pasados en circos, jaulas y peceras». [pág. 201]

 

Y siguiendo con la línea de temas, hay que señalar que el autor ahonda en la soledad, en la que viven Jon y Edith, unida además a la pérdida de un ser querido, a ese duelo con el que cada uno lidiamos a nuestra manera. En esta novela más de un personaje tendrá que despedirse definitivamente de alguien a quien ama. Todo el que haya pasado por ese trance sabrá lo complicado que es levantarte un día con un agujero en el pecho y una profunda sensación de vacío. Edith trata de recomponerse cada día por la ausencia de Andrea, a la que recuerda constantemente, en un intento de no olvidar jamás, de volver a traerla a su lado. De duelo también sabe Palomas tras la pérdida de su madre a la que él, y me atrevería a decir también los lectores, estaba tan unido. Por eso creo que esos pasajes en los que se habla del dolor por el adiós son especialmente vívidos y emocionantes, porque son fruto de la experiencia propia. Y por eso, los que hoy somos huérfanos, podemos vernos reflejados en el dolor de los personajes con una claridad meridiana.

Pero si hay un tema que sobresale sobre todos los demás es la lucha por los sueños. No importa la edad que tengas, no importa cuál sea tu situación personal, dónde vivas o con quién. Si tienes un sueño, ve a por él. No hay nada más ilusionante que emprender un proyecto, comenzar a dar los primeros pasos hacia ese objetivo que tenemos en mente, poniendo todo de nuestra parte y sin tirar la toalla. Sobre sueños saben mucho los personajes de esta historia, y se aferrarán a ellos para salir del atolladero emocional en el que estaban hundidos. 

Las citas de la novela

Son varias las citas que os he ido dejando porque todas ellas os pueden ayudar a haceros una idea de lo que contiene este libro.  ¡Y qué trabajo me ha costado no ir subrayando frases aquí y allá! No acostumbro a mancillar las páginas de una novela. Si veo una frase que me gusta, paro la lectura y la anoto en el bloc. Pero con Un país con tu nombre era prácticamente imposible. A cada pocos párrafos sentía un puñetazo en el estómago, una presión en el esternón o me asomaba una sonrisa dulce en los labios. Estoy convencida de que cada uno de los lectores de esta novela tendrá sus propias citas, aquellas que, según sus circunstancias personales, dibujen mejor su trayectoria vital o su existencia. Estas son las mías: 

 

«Sabía porque lo había vivido antes con mamá, que discutir con quien ya se va es sumar un nudo al recuerdo que habrá de llegar y que esos nudos se ulceran y atoran el duelo». [pág. 16]

¿Hay mejor modo de expresar el arrepentimiento que sentimos al recordar cómo nos comportamos con quien ya no está? No somos conscientes de que la vida es finita, de que los que amamos no estarán un día y en vez de cuidarlos, respetarlos y empatizar con ellos, sacamos el energúmeno que reside dentro de nosotros, arrasamos, sin importarnos nada, sin pensar un solo segundo si estamos haciendo lo correcto. Luego llega el remordimiento y la culpa. 


«Las casas están construidas sobre frases, silencios y esperas, por eso los siglos no pueden con ellas. Están demasiado habitadas». [pág. 17]

Siempre digo que, lo que ocurre dentro de una casa solo lo saben de verdad los que habitan en ella. Las casas están llenas de nosotros mismos, de nuestras alegrías y nuestras penas, de nuestros miedos y nuestros anhelos. Por eso Edith no quiere abandonar su casa, tras el fallecimiento de Andrea, porque sabe que, de un modo u otro, las paredes de ese hogar están impregnadas del gran amor de su vida. 


«Cuando una persona se muere, ¿ya no está nunca o puede estar igualmente aunque no las veas?» [pág. 365]

La más demoledora. ¿Qué responderías tú? Me decía Alejandro Palomas, aquella mañana soleada de septiembre: «Que no los veamos no quiere decir que no estén. Están. Mi madre está conmigo, todos los días, porque yo la noto y la siento. Pero lo que me falta es abrazarla. Es lo que llevo peor. No ver no quiere decir que no exista». Su respuesta no tiene nada que ver con religión o creencias cristianas, sino con los vínculos que establecemos con las personas en este mundo, con esa poderosa unión del alma. Yo también creo que están, aunque no los pueda ver.

Hay muchas más frases como estas pero busca las tuyas en la lectura.  

Estructura y estilo

Un país con tu nombre está escrita en primera persona, a través de las voces de Edith y Jon, que se van alternando capítulo a capítulo. Estructurada en seis bloques, Palomas despliega en estas páginas ese estilo tan intimista al que nos tiene acostumbrados. Sus novelas hablan de personas más que de hechos, porque lo que realmente importa es el universo de sus personajes que nos hablarán desde el corazón, consiguiendo con su sinceridad que conectemos profundamente con ellos.


Poco más os puedo contar de esta novela, de este aluvión de emociones que el autor nos regala. Así que, desde aquí, solo me queda recomendarlo. 


[Fuente: Imagen de la cubierta tomada de la web de la editorial]

Puedes adquirirlo aquí:


Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...