martes, 10 de febrero de 2026

ISABEL ARIAS: ❝Hacemos girar nuestra vida alrededor del amor pero los amigos también son importantes❞

Con Isabel Arias hablé por primera vez en 2024, cuando publicó su primera novela, Cuando volvamos a vernos (puedes leer la entrevista aquí). Me gustó lo que ella me contó sobre su vida, lo que la motivó a escribir la novela, el lugar al que la conducía su pasión por los viajes. Ya lo contaba en aquella entrevista. Isabel nos enseña el mundo a través de su cuenta en Instagram, @viajesdelibro, y también de su página web. Sin duda, son buenos lugares para bucear si estás preparando un viaje. Pero la semana pasada tuve la oportunidad de volver a hablar con ella con motivo de la publicación de su segunda novela, Amigos, nada más

En esta nueva novela, Isabel nos propone una historia de amistad. Quizá te resulte curioso que, a pesar que la novela se etiqueta como cozy romance, la palabra amor, y me refiero al amor romántico, no surja en la descripción de este libro. La autora se centra en un tema que me ha resultado muy curioso y que me ha hecho reflexionar. ¿Pueden un hombre y una mujer ser amigos, muy amigos, sin que ocurra nada más? Pues esta es la historia que vamos a encontrar en Amigos, nada más. En este relato conoceremos a Elena, una joven con un problema que la tiene muy acomplejada, tanto, que se ha encerrado en sí misma. Sin embargo, la amistad con Guillermo, casado y padre de un niño, la sacará de su oscuro pozo. ¿Cómo vivirán esta amistad los protagonistas? ¿Qué pensarán los demás de la relación que mantienen? Las respuestas las tienes en la novela. 

De momento, te dejo con nuestra conversación.

© Nines Mínguez 
Marisa G.- Isabel, un placer volver a hablar contigo. Han pasado casi dos años desde que publicaste Cuando volvamos a vernos. ¿Qué tal te ha ido todo durante este tiempo? ¿Qué balance harías de la experiencia? Porque era tu primera novela.

Isabel A.- Pues la verdad es que era todo nuevo. Era muy inconsciente porque  no sabía lo que venía, ni qué esperar, ni tenía nada con lo que comparar. Fue todo un aprendizaje y, la verdad,  que lo disfruté muchísimo. Ahora lo veo todo desde otro lugar. Ya no hay tanta sorpresa pero lo sigo disfrutando igual. 

M.G.- Dicen que con la segunda novela se pasa peor que con la primera, por las expectativas, porque has dejado un listón,...

I.A.- Sí. Con la primera no hay con la que comparar. Simplemente se trata de disfrutar de la aventura. Con la segunda, sientes como más presión. No sabes si irá igual de bien que la primera, si irá peor o mejor. Las expectativas están ahí y se vive con un poquito más de sufrimiento pero con ilusión, igualmente. 

M.G.- Vamos a centrarnos en Amigos, nada más, tu segunda novela. Repasando la conversación que tuvimos con la primera, me comentaste que estabas escribiendo la segunda parte de aquella. ¿Qué pasó? ¿Esta historia se te cruzó en el camino? ¿Le ha tomado la delantera a la otra?

I.A.- Bueno, tengo otra escrita, en la que aparecen personajes de la primera y que está ahí esperando su momento. Pero es verdad que esta historia se me cruzó un poquito de por medio porque trata un tema que a mí me ha interesado mucho siempre, que es el de la amistad entre hombres y mujeres. El tema lo tenía claro pero la historia no acababa de salir. Sin embargo, hice un viaje de trabajo, como hace año y medio, a Chicago. Fui con varios compañeros del trabajo. Íbamos dos hombres y dos mujeres y, estando allí, de repente como que se me encendió la bombilla. Y así me surgió la historia. Volví, lo dejé todo y me puse a escribir. Pim, pam, pim, pam,... hasta que la terminé.

M.G.- El título, Amigos, nada más, parece como una declaración de intenciones, ¿no? Es como decirle al lector que aquí lo que va a encontrar es una historia de amistad y punto. Te confieso que a mí el tema me resultó curioso y me ha dado mucho en qué pensar. ¿De verdad, a día de hoy, levanta todavía tanta suspicacia una relación de amistad entre un hombre y una mujer, sin que se llegue a nada más?

I.A.- Sí, la verdad es que el tema es apasionante. Es algo que siempre me ha llamado la atención. Durante los meses que he estado escribiendo la novela, he hablado con mucha gente, con amigas, con amigos del trabajo y el tema suscita mucho debate. Todo el mundo tiene una opinión al respecto y generalmente es bastante categórica, muy diferentes las unas de la de las otras. Se tiende a tener una opinión muy general pero luego, cuando lo aterriza en su propia pareja, ya no es igual. Es un tema que da bastante juego.

M.G.- Creo que pensar de una determinada forma, no deja al ser humano en muy buen lugar. Me da la sensación que somos muy mal pensados y que nos gusta mucho el chisme.

I.A.- Sí, son coletazos de cuando éramos niños, ¿no? Por ejemplo, cuando estábamos en el cole y veíamos a un chico que siempre estaba con una chica, pues pensábamos que se gustaban, que eran novios. Y realmente, a lo mejor, sólo era una amistad, que se llevan bien. Esa idea, al final, la hemos ido arrastrando hasta la edad adulta. Por eso, si hoy ves en un restaurante a un hombre y a una mujer, siempre pensamos que son pareja y, a lo mejor, simplemente son amigos, amigos que pueden ir perfectamente a cenar, al cine, a ver una exposición, o a cualquier otro lugar, sin que haya nada más.


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M.G.- Exactamente. Mira, voy leyendo por la mitad de la novela y lo que he leído me ha hecho pensar muchísimo. Si vuelvo la vista atrás, y pienso en mis relaciones de amistad, te diré que, siendo sincera, mi relación de amistad con los hombres siempre ha sido más honestas y más duraderas que las que he mantenido con las mujeres. No sé si a ti te ocurre así. 

I.A.- Sí. Por ejemplo, en la universidad, mi grupo de amigos eran todos chicos. De vez en cuando, alguna chica se sumaba al grupo por temporadas, pero el grupo estable eran todos chicos y con ellos tenía una relación súper buena. Me parecen amistades súper enriquecedoras. Sus puntos de vista sobre algunos temas te aportan otra visión. A mí me da mucha pena que, a veces, sea tan complicada la relación de amistad entre un hombre y una mujer. Sobre todo, si añadimos que el hecho de que, uno de los dos, tenga pareja. Entonces, todo se complica aún más porque ya entra el qué opinará la otra persona, si le parecerá bien, si se sentirá molesta. Sí, me da un poco de pena que se complique todo tanto porque, al final, tienes un amigo o una amiga, y es una persona. ¿Qué más da que sea hombre o mujer, de tu mismo sexo o del otro?

M.G.- La amistad es un puntal importante en la novela pero, ¿qué valor le damos a la amistad hoy? ¿No tendemos a hablar con demasiada ligereza de la amistad? Mucha gente suele decir que tiene treinta, o cuarenta, o cincuenta amigos pero, ¿cuántos de todos ellos son amigos de verdad?

I.A.- Totalmente, por un lado se tiende a pensar que todo el mundo es amigo tuyo. De repente, crees tener doscientos amigos pero, sin embargo, luego no le damos la importancia que tiene la amistad. Actualmente, las relaciones de amistad suelen ser más duraderas que las relaciones. Siempre digo que uno puede imaginarse su vida sin pareja. Incluso los que están en pareja hoy, han pasado temporadas en las que estaban solteros y han sido felices, han seguido con su vida normal. Pero es muy difícil imaginarse una vida sin amigos. ¿Podrías ser feliz sin tener ni un solo amigo? Creo que es muy difícil. Creo que, al final, los amigos están ahí siempre y tienen un papel fundamental en nuestra vida. Están en los buenos y, sobre todo, en los malos momentos, y de cuántos atolladeros o agujeros negros nos han ayudado a salir. Tendemos a idealizar, a hablar, a hacer girar nuestra vida en torno al amor de pareja pero los amigos tienen también un papel importante en  nuestra vida. Por eso, es un tema que no faltará nunca en mis novelas. 

M.G.- La novela obviamente trata de la amistad y a lo largo de ella vamos a ir encontrando citas sobre la amistad, aquí y allá, salpicadas entre los capítulos. De algunas sabemos su autoría pero ¿y del resto? ¿De dónde salen esas citas?

I.A.- Todas vienen un poco a colación en la historia porque todas hacen alusión al tema de la amistad. Como bien dices, algunas de esas citas son conocidas por todos pero otras son cosecha propia o de alguien de mi entorno.

M.G.- Elena es la gran protagonista de esta historia. Es una mujer que se vio envuelta en un escándalo, en su entorno laboral, porque precisamente malinterpretaron la amistad que ella tenía con su jefe. Eso, pues al margen de suponer un duro golpe, le cambió radicalmente la vida. ¿Cómo es Elena y de qué manera la afecta todo lo que le ocurre en el trabajo?

I.A.- Elena llevaba una vida normal, como la que podemos llevar cualquiera de nosotros, y, de repente, con una amistad que tiene con un hombre se ve inmersa en un escándalo. Aquello le afecta a la salud y pierde todo el cabello. Es una chica joven, que se tiene que poner una peluca y no sabe cómo gestionarlo. Elena se encerrará en sí misma, se distancia de sus amigos y se refugia en sí misma y en su hermana, la persona más próxima que tiene. Al final, termina dejando su trabajo, cambiará de vida, mucho más solitaria, hasta que, gracias al poder de la amistad, consigue, poco a poco, volver a la superficie.

M.G.- A raíz de ese escándalo, como tú dices, ella deja el trabajo, y entra en una espiral de estrés que la conduce a desarrollar una enfermedad autoinmune que tiene como consecuencia que pierda todo el cabello. Todos sabemos que, por estrés, se puede perder más cabello pero, por regla general, se recupera una vez que ha transcurrido esa época difícil. Sin embargo, en el caso de Elena no es así. Ella sufre una enfermedad que la va a acompañar hipotéticamente el resto de su vida. ¿Esto es así? ¿Hay casos documentados?

I.A.- ¡Yo misma! 

M.G.- ¿Tú misma?

I.A.- Sí. No sabía que esto ocurría hasta que me ocurrió a mí. Una vez que me pasó, leí mucho sobre el tema e investigué mucho. Le pasa a mucha gente e incluso le puede ocurrir a los niños, algo que me pareció aún más dramático. Efectivamente, es una enfermedad autoinmune. No es que te la genere el estrés. La enfermedad la tienes o no la tienes. Por mucho que te estreses, si no padeces esa enfermedad, no te va a pasar nada en ese sentido. Pero, como todas las enfermedades autoinmunes, una vez que la padeces se alimentan del estrés y te puede desencadenar un brote como el que le ocurrió a Elena o como lo que me sucedió a mí hace varios años, que perdí todo el cabello. Es un golpe muy duro porque es verdad que un hombre puede llegar a entenderlo pero nadie empatiza contigo como lo hace una mujer. Sabemos lo que significa para nosotras. Mujeres que han perdido el pelo por una causa mucho más grave, porque están en tratamiento contra el cáncer y les preocupa muchísimo el tema del pelo. Y piensas, si alguien está luchando por su vida, ¿por qué se preocupa por el pelo? Pues ahí está la importancia porque es que es una cosa que ves todo el rato. Te lo ves en espejos, en reflejos,... Es un tema muy difícil.

A la pobre Elena le encasqueté esta enfermedad porque la conocía bien, pero realmente podría haber sido cualquier cosa, como una cicatriz enorme en la cara, una mancha, o cualquier otro defecto, por llamarlo de alguna manera, cualquier cosa que pueda provocar un complejo en una persona. Al final, todo el mundo tiene alguna cosilla ahí que intenta esconder. Luego piensas que si es algo meramente estético, pues bueno, pero luego hay enfermedades graves, que hacen que tu salud se resienta y eso es otra cosa. Lo que he intentado poner de relieve en la novela es que no es más que pelo, algo meramente estético, y que no tiene tanta importancia. Y la gente a tu alrededor tampoco se la da.

M.G.- Te entiendo. A Elena le pones una experiencia que tú viviste en el pasado. Con la anterior novela también me confesaste que a la protagonista le habías prestado cosas tuyas. En este caso, ¿qué más compartes con Elena? Porque ella, al dejar su trabajo en el ministerio, se dedica a escribir libros por encargo. Tú también escribes guías de viaje...

I.A.- Sí, hago guías. No hacemos exactamente lo mismo pero se le parece. En la universidad tenía un amigo que escribía libros por encargo. Me parecía una cosa muy divertida. Cuando tuve que pensar qué ponerle a la pobre Elena una nueva profesión, después de dejar el ministerio, me acordé de aquello. Mi amigo se pasó toda la carrera escribiendo libros de plantas medicinales, de los santos de cada día, de nombres,... Me hacía mucha gracia y se sacaba un dinerillo. De todos modos, Elena y yo compartimos el amor por los viajes y por los libros. Es una gran lectora también.

M.G.- Lucía, su  hermana, será un apoyo muy importante para Elena. Está muy pendiente de ella, la intenta ayudar para que siga adelante, para que no esté tan acomplejada, pero Lucía también tiene lo suyo. Necesita casi tanta atención como Elena. 

I.A.- Sí. Lucía es ese tipo de mujer que también necesitaría un hombro en el que apoyarse pero, al final, ella sola tira del carro, como tantas y tantas mujeres. Ella se ocupa de sus hijos, de su hermana pequeña y, a veces, también necesitaría a alguien que escuchara sus penas. Las disimula muy bien y se encarga de sus hijos y de su hermana pequeña que ha sufrido mucho y en la que se ha volcado absolutamente.

M.G.- Los sobrinos de Elena son dos chicos y hay más personajes masculinos en la novela, como Guillermo y Jon. ¿Qué nos puedes contar de ellos?

I.A.- Pues que trabajan en la misma agencia de publicidad que Lucía y que tendrán bastante protagonismo desde el principio. 

La historia arranca con un viaje que hacen las dos hermanas, un viaje de trabajo de Lucía, al que Elena se incorpora por pasar tiempo con su hermana. En ese viaje, Elena conoce a estos dos compañeros de trabajo de Lucía y surge el flechazo con uno de ellos, con Guillermo, pero no será un flechazo amoroso, sino de amistad. Aunque tengas tus amigos de toda la vida, de repente, conoces a alguien y algo dentro de ti hace click. Esa persona se convierte, de la noche a la mañana, en tu mejor amigo porque compartes muchas cosas con él, tenéis muchas cosas en común y podríais pasar horas hablando. Creo que eso nos ha pasado a todos alguna vez, con gente de nuestro sexo o del contrario, gente a la que te hubiera gustado conocer hace mucho tiempo y tener muchos años de amistad. Pues a Elena y a Guillermo les pasa eso en un viaje a Nueva York. Ahí surgirá la conexión.

M.G.- Y hablamos de amistad entre hombres y mujeres pero, ¿se puede mantener también una amistad profunda e importante con un ex?

I.A.- Creo que sí. Al menos, yo las mantengo con la práctica totalidad de las parejas que he tenido. Me llevo con ellos fenomenal, pero fenomenal. Es verdad que se requiere un periodo de reposo tras la ruptura. Es decir, es complicado que, según terminas la relación, os convirtáis en súper amigos  al día siguiente, pero también te digo que hay casos así. De todos modos, creo que hace falta un poquito de duelo y un poquito de distancia. Pero pasado ese tiempo, es perfectamente posible. Yo lo creo y lo ejerzo. Creo que es muy triste romper todo contacto con la gente a la que has querido tanto, y que ha sido tan importante en tu vida. Si la has querido tanto, será por algo. 

M.G.- Isabel, en esta novela, los personajes se van a mover mucho por los escenarios. En Nueva York, Elena conocerá a Guillermo, pero visitarán juntos muchas otras ciudades. En la novela anterior, escenarios como Londres o París, tuvieron mucho protagonismo. En esta novela, sigues la misma línea. 

I.A.- Sí. Se nota que me gustan los viajes y que los vivo. No concibo escribir historias que no se desarrollen en lugares a los que nos gusta viajar. A mí misma, como lectora, me encanta leer novelas que están ambientadas en otros lugares, en sitios que me gustan o a los que me gustaría ir. Luego, cuando los visito, me encanta recorrer esos escenarios porque, de alguna forma, como que los aterrizas y los haces reales. 

Con la primera novela ya me pasó, y me sigue pasando, que los lectores empezaron a mandarme fotos y vídeos de la librería donde trabajaba Isabel, la protagonista, de Covent Garden. Es algo que me hace mucha ilusión.

M.G.- Cuando vemos a los personajes moverse por las ciudades, se puede decir que el lector también hace ese recorrido y que es capaz de visualizar la ciudad. Eres muy detallista en ese sentido.

I.A.- Sí, mucho. Mira te voy a contar lo que me pasó. Todos los lugares que aparecen en la novela, tanto en esta como en la anterior, existen. Todos son reales y a todos se puede ir. En la primera, ocurrió que la librería que aparece en la historia cambió ligeramente de ubicación. Se mudó a otro local pero en la misma calle. Tuve que reajustar la descripción del local, una vez que terminé de escribir pero, afortunadamente, antes de publicarla. Y con esta, me ocurrió que, la cafetería en la que se encuentran los protagonistas cada día, cambió de nombre cuando ya había terminado la novela y la estaba corrigiendo. No sabía qué hacer. Se lo comenté a mi editor pero es que necesito ser fiel a los lugares y, al final, terminé por cambiarle el nombre y ponerle el actual. Si sé que ahora se llama de otra manera, no puedo dejar el nombre anterior. 

M.G.- No porque, además, los lectores vamos luego a buscar esos sitios. 

I.A.- Claro, claro. Sí, pero eso requiere un trabajo de revisión.

M.G.- En la novela hay muchas referencias literarias, cinematográficas, gastronómicas. Entiendo que son tus propias referencias, ¿no, Isabel?

I.A.- Sí, total. Hay muchas referencias que comparto con mucha gente. Debe quedar poca gente en el planeta que no haya visto la serie Friends. Con algunos amigos siento que la serie está integrada en nuestra vida, pero día a día. Muchas veces hacemos referencias a algunos capítulos y todos entienden porque han visto la serie. Me gusta porque, al final, es la naturalidad de las conversaciones del día a día, igual que en nuestra vida real. Los personajes también viven en el mundo real y son grandes lectores. He hecho guiños a diversas novelas que a mí me han encantado.

M.G.- Y guiños también a personas reales. En la novela hablas de la ilustradora Pepa G. Ramos. La he buscado y es una persona real. 

I.A.- Claro, es amiga mía. Pepa tiene una historia fascinante. Ella no pintaba. Empezó a hacerlo en la pandemia y comenzó a vender su arte en Nueva York. Efectivamente, como aparece en la novela, ella está todos los años en el mercado de Navidad de Union Square. Como los personajes estaban en Nueva York en esa época pues quise hacerle un guiño.

M.G.- Y para ir terminando, una de esas citas que aparecen en el libro dice: "Ver a alguien con un libro que te gusta es como ver un libro recomendándote a una persona".  ¿Recuerdas haber vivido una situación así?

I.A.- Sí, muchas veces. Como soy tan cotilla, cuando veo la foto de la casa de alguien y me fijo que hay libros al fondo, amplío la foto para ver qué libros son. Así es mi nivel de curiosidad. Siempre que veo a alguien leyendo, me fijo en el título del libro. Hay libros que, en un momento dado, se ponen de moda y ves a mucha gente leyéndolo, pero, cuando de repente ves uno que te leíste hace mogollón de tiempo, y que te gustó mucho, te entran ganas de acercarte a la persona que lo está leyendo porque sientes que esa persona te va a caer bien. 

M.G.- ¿Y cuál ha sido el último libro que te han recomendado?

I.A.- Pues fue ayer mismo. Me recomendaron el de Ana Milán [se refiere a Bailando lo quitao], que salió a la venta el mismo día que el mío. Lo tengo aquí para leerlo porque, efectivamente, me han hablado maravillas de este libro.

M.G.- Pues tomo nota. Isabel, muchas gracias por atenderme. Ha sido un placer volver a hablar contigo. Me lo estoy pasando muy bien con tu novela, tan animada, tan entretenida. Me encanta recorrer esas ciudades que nos propones y me parece que has elegido un tema muy original.

I.A.- Ay, muchas gracias.

M.G.- Te mando un saludo.

I.A.- Adiós, hasta luego.

Sinopsis: Decían que no podían ser solamente amigos…, pero ellos decidieron intentarlo

La vida de Elena da un giro inesperado cuando, tras verse inmersa en un escándalo, pierde su cabello y con él su autoestima. Decide renunciar a su trabajo y reinventarse; encuentra refugio en su hermana Lucía y en sus sobrinos, pero poco a poco se va aislando de sus mejores amigos.

Dos años más tarde, en un viaje a Nueva York con su hermana, Elena conoce a Guillermo, y entre ellos surge una conexión especial. Casi nadie a su alrededor cree que sea posible la amistad sincera entre un hombre y una mujer que acaban de conocerse sin que también exista una atracción física o sexual, pero ellos se empeñarán en demostrar lo contrario. Incluso… a la mujer de Guillermo.

Amigos, nada más es un reconfortante cozy romance que avanza entre amistades complejas y amores a destiempo, una historia sobre la capacidad para afrontar los traumas y las situaciones difíciles a través del humor y el amor en todas sus formas.


jueves, 5 de febrero de 2026

JUAN MANUEL GIL: ❝Desconfío profundamente de aquellas novelas en las que no veo humor❞

Nunca había leído a Juan Manuel Gil. Conozco sus novelas, los premios otorgados a su narrativa pero jamás había leído nada de su autoría. Me estreno con Majareta y no es mal estreno. La nueva novela de Juan Manuel Gil no pasa desapercibida. No es de esas lecturas que, una vez cerrado el libro, caen en el abismo de novelas leídas, mezcladas unas con otras, de las que sólo recordarás lo básico. Majareta deja huella y es gracias a su original estructura y a un personaje singular.

Leo Almada es conserje en un colegio privado. Reside en el mismo centro y allí se ocupa de las labores propias de un conserje. Es un tipo solitario, introspectivo, silencioso al que muchos (todos) calificaríamos de raro y extraño. Leo es la típica persona que todos miraríamos con recelo, desde la distancia, al que colgaríamos una etiqueta que jamás nos colgaríamos a nosotros mismos. Pero lo cierto es que Leo, probablemente, no es diferente a nosotros. Arrastra una mochila llena de vivencias pasadas que han marcado su presente. Y a Leo, un buen día le dirán que ya no es necesario, que ya no resulta imprescindible y lo jubilarán de manera forzosa. Para Leo, el trabajo ha sido lo único que tenía, así que no se lo tomará muy bien. Hará algo, reaccionará que de una manera que desencadenará todo un escándalo, pero deberás leer la novela para saber qué ocurre. 

De momento, te dejo mi charla con Juan Manuel. 

Marisa G.- Juanma, un placer tenerte en Sevilla, con este tiempo tremendo. 

Juan Manuel G.- Tan del norte, ¿verdad?

M.G.- Sí, están cambiando las tornas y parece que nos estamos contagiando del norte. 

Bueno, antes de iniciar esta entrevista, has mencionado a la Fundación Antonio Gala. Tú fuiste de las primeras promociones que pasó por allí, allá por 2002- 2003, si no me equivoco, con poesía. ¿Crees que tu paso por la fundación ha sido decisivo a la hora de llegar a donde has llegado hoy?

J.M.G.- Sí, lo creo. Por lo menos, a que el camino sea como ha sido.

Mira, una de las cosas que yo descubrí en la Fundación era que había gente que creía en el creador. La Fundación me sirvió, sobre todo, para sentir seguridad, para saber que esa seguridad tiene que estar acompañada de disciplina, de auto-exigencia. La Fundación es un acelerador de partículas, es decir, cada paso que se da ahí dentro son como diez pasos fuera. ¿Por qué? Porque facilitan ese proceso de aprendizaje y de creación. Te rodean de otros artistas, de otras disciplinas, te visitan artistas o escritores a los que tú has leído toda la vida. Por allí pasaba Juan Manuel de Prada, Fernando Delgado, Pepe Hierro, Espido Freire,...  en cuestión de un mes. Claro, yo venía de Almería, quería ser escritor y, de repente, me meten ahí con otros escritores y me empiezan a llamar escritor. Aquello me hizo reflexionar mucho porque empecé a creerme que era escritor. Y aún no había publicado ni un solo libro. Eso es importante. Así que, desde entonces, me ha acompañado la confianza en mí mismo, aunque a veces uno flaquea y tiene sus inseguridades. He aprendido que uno no termina una novela, un libro o un proyecto, si no lo acompaña de disciplina, de renuncia y de sacrificio, en algunos casos. Por supuesto, de gozo, pero también de disciplina.

M.G.- Sí que hace falta. Y Majareta es tu nueva novela. En ella nos vas a contar la historia de Leo, un conserje de un colegio privado, al que jubilan de manera forzosa, y digamos que no se lo toma muy bien. Y aquí viene la pregunta que te haremos todos, ¿en qué momento se te cruza esta historia por la cabeza? Leyendo la novela, tuve la sensación de que quizá hubo un Leo en tu vida de infancia.

J.M.G.- Bueno, hubo algo parecido a un Leo. Estudié en un colegio público que tenía un conserje, con casa dentro del propio colegio. Aunque ese conserje no se parece en nada al Leo de la novela, lo cierto es que aquel espacio, el tener una casa dentro del propio colegio, me parecía un lugar fascinante, alucinante y, a la vez, terrorífico. Me preguntaba qué habría pasado si mi padre hubiese sido conserje y cuando toca el timbre el viernes a las tres de la tarde, todos se van del colegio y yo, sin embargo, me quedo ahí y tengo que recorrer esos pasillos, o vivir de noche en el propio colegio. Me parecía algo propio de una novela de Stephen King, algo así como El resplandor. Ese recuerdo me ha acompañado durante toda mi vida.

En las charlas con amigos siempre hemos hablado sobre ese conserje, sobre esa casa. Un buen día se me ocurre la posibilidad de contar la vida de un personaje aparentemente secundario en la vida de todos, como puede ser un conserje, y a partir del punto de vista de mucha gente. Uní todo eso y supe que tenía una historia y que lo único que tenía que hacer era trabajarla, estructurarla.

M.G.- La verdad es que la estructura es peculiar, es singular, es original, porque vamos a conocer a Leo a través de todas las declaraciones de ese puñado de personajes que aparecen en la novela. Ellos nos van a contar la percepción que tienen de Leo. Esta estructura me hace pensar en un toque metaliterario, porque da la sensación de que todas las declaraciones de los personajes son los apuntes que el autor va tomando para construir después la auténtica novela.

J.M.G.- Sí, podría ser, ¿no? Es decir, el autor está funcionando como notario de todo lo que tienen que decir, pero la estructura parte también de algo que es muy de la vida.

Mira, una de las experiencias que vivo, desde que doy tumbos con mis libros, es que siempre se me acercan dos, tres o cuatro personas en cada presentación y me dicen una frase que seguro que te suena: «si yo te contara mi vida, tú podrías escribir una novela». Por eso, me interesaba dar la posibilidad a esos personajes de contar su novelita en este libro. Así, cada capítulo es un testimonio. Esos testimonios me van a permitir conocer mejor a Leo Almada, qué ha hecho, por qué lo ha hecho pero, a la vez, me permite conocer la novela de esos personajes.

La labor que tiene aquí el escritor es ser generoso y dar voz. Se va a callar y se va a quedar sentado en una silla que va a ceder al lector, y este va a tener la sensación de estar sentado en la misma silla en la que se sentó el escritor, mientras escuchaba a todos esos personajes.

M.G.- Precisamente, es la voz del autor la que no vamos a escuchar o la vamos a escuchar de manera indirecta a través de las réplicas de esos personajes. Y a mí, Juan Manuel, me ha producido como desasosiego no escuchar la voz del autor. 

J.M.G.- Hay dos cosas esenciales que son marcas de este libro y son dos ausencias. Por un lado, la ausencia del autor pero, aún así, puedes ver su sombra en todos los capítulos. No es una presencia física pero sí es una presencia en segundo plano.  Y luego, por otro lado, la ausencia del personaje principal, del que da título a la novela, del que todo el mundo habla. Leo Almada, el majareta, no está en ningún lado, es un misterio, pero es que la vida tiene también en su corazón un misterio. De hecho, la literatura ha robado esa estructura a la vida. Todos nos movemos precisamente porque aspiramos a construir una posible respuesta para los pequeños o grandes misterios. Coloqué en el corazón de esta novela a Leo Almada e intenté que cada uno de esos personajes contribuyera a crear una especie de red que explicara, en ese momento, quién es Leo Almada y por qué actúa como actúa.

M.G.- Cada uno de ellos nos da su visión, su perspectiva, y cada uno de ellos lo ve de una manera diferente. Generalmente, lo que opinan los demás de uno no siempre coincide con la realidad.

J.M.G.-  No coincide con lo que tú crees que eres, no con la realidad. La realidad es que somos también todo eso que piensan los que nos rodean. Soy el concepto que tengo de mí, lo que siento y lo que pienso, pero también soy un poco esas versiones que tienen de mí los que me rodean. Un concepto lleno de contradicciones, de olvidos, de recuerdos, de verdades, de medias verdades y de mentiras. No podemos desentendernos de eso. Por eso, en esta novela, se genera un caleidoscopio enorme, un mosaico de versiones, que en ocasiones resultan contradictorias, pero que enriquecen el retrato de Leo Almada.

Hay una cosa que está clara, y es que construir una verdad, hacer una foto fija de una verdad, es imposible. Podemos asistir a la creación de un montón de versiones, visiones, puntos de vista sobre algo, pero es que la verdad es constantemente cambiante, está creciendo, no se detiene, está mutando. Así que, muchas veces, las novelas lo que hacen es congelar una de esas verdades, sabiendo que cuando caiga en manos del lector, esa verdad ya será distinta.

M.G.- Me has comentado que a veces has fantaseado con la idea de que tu padre fuera un conserje con casa propia en el colegio. Si cierro los ojos y me imagino a ese conserje viviendo allí, me resulta una figura un tanto siniestra porque, ¿qué hace esa persona cuando el colegio cierra, o en época de vacaciones, sin niños, en un edificio entero para él, con tantas habitaciones? ¿Qué hace ese personaje?

J.M.G.- Es verdad que tiene todos los ingredientes para resultar inquietante pero en la vida es importante vencer ese prejuicio, esa inquietud, ese desasosiego. Lo cierto es que nosotros también podemos resultar inquietantes y desasosegantes para otros. Así que esta novela va un poco de descubrir también que, cuando vencemos el prejuicio, cuando arañamos, o escalamos la tapia y miramos al otro lado, lo que podríamos ver dentro de este hombre, de Majareta, no se aleja demasiado de lo que nosotros somos. Es decir, nosotros también tenemos ese lado inquietante; nosotros tenemos también una parte de majareta; nosotros, en ocasiones, somos retraídos y a veces nos movemos en el silencio. Nosotros tenemos nuestras propias manías y, por supuesto, nuestras fobias. En el fondo, no estamos tan lejos de esa persona que nos crea o nos despierta recelo.


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M.G.- La novela viene a contarnos también que somos fruto de nuestras vivencias, porque Leo tiene un pasado, que el lector ya irá descubriendo en la novela. Leo es víctima de su propia circunstancia. Realmente, ese pasado, para todos nosotros, es una mochila que condiciona nuestro presente y nuestro futuro.

J.M.G.- Absolutamente. Y si estamos hablando de un pasado que se gesta, que se que cristaliza en la infancia o en la primera juventud, muchísimo más, porque, a esas edades, no tenemos recursos para ordenar, colocar o resolver la ecuación. Terminamos por arrastrarla toda la vida.

Leo Almada tiene su propia mochila. Es una mochila pesada que vamos a ir descubriendo durante el proceso de lectura. Conforme todos van dando su versión, incluso contradictoria, nos vamos a ir acercando a él. Pero no se trata tanto de descubrir, que sí, qué tiene Leo en la mochila, sino, sobre todo, de darnos cuenta de que nosotros también llevamos la nuestra y que nuestra mochila va cargada de dolores, de tormentos, de fragilidades muy parecidas a las de él. En ocasiones somos bastante injustos con esa manera que tenemos de etiquetar lo que nos genera incomprensión. Las personas distintas, el diferente, el raro, el que no actúa como yo, al que no catalogamos dentro del cajón de la verdad, a ese acabamos poniéndole una etiqueta que nos tranquiliza. En este caso, la etiqueta es majareta, algo que puede dañar a la otra persona. Lo que tenemos que hacer es borrar esa etiqueta con la goma, acercarnos a la persona, y preguntarle qué hay ahí.

M.G.- Tocas también algo que me parece muy literario, ese universo insondable que son las relaciones paterno o materno-filiales, las relaciones entre hermanos. Todo eso lo vamos a ver en la novela.

J.M.G.- La familia es un elemento importante en esta novela, probablemente en la que más, pero también es importante en las anteriores. Lo cierto es que la familia, que parece una institución sagrada en esta sociedad, uno de los grandes pilares, puede ser un palacio pero también una ruina absoluta. Incluso siendo un palacio, vamos a encontrar habitaciones cerradas, con sus siete vueltas de llave. ¿Cuánta literatura, cuántas páginas, cuántos libros han nacido precisamente de la familia como tal? Pues en el caso de Leo, la familia es determinante. En principio, es una familia que tenía todo para obtener el reconocimiento social, el reconocimiento económico, en su barrio, sin embargo, te das cuenta de que nada de eso garantiza que sucedan cosas que va a cambiarlo todo. La vida tiene algo de eso, de fichita de dominó, que golpea a otra. Generalmente, las fichas no empiezan en ti, empiezan más atrás, y tú, al final, caerás hacia delante. Solamente tienes que saber de dónde vienes, por qué vienes, y cuando caes, tienes que intentar recomponerte y levantarte. Sin lugar a dudas, la tarea de recomponerte es imposible si no miras hacia atrás y no ves de dónde vienes.

M.G.- Entre ese caleidoscopio de personajes que vamos a encontrar en la novela, hay muchos dispares, desde un antiguo compañero de clase de Leo, pasando por una bibliotecaria, el padre y la madre del autor, que incluso le hace chantaje emocional, un informante del propio autor,... Son muchos. ¿Por qué estas voces y no otras?

J.M.G.- Mira, en primer lugar, y porque, a pesar de que parezcan personajes muy disparatados y en ocasiones hasta esperpénticos, se parecen muchísimo a personajes que yo he vivido con naturalidad en mi barrio, especialmente cuando era niño. Es decir, el cura ocupaba un papel central, la curandera, el espiritista,... Todo ese tipo de personas que pueden parecer disparatados, lo cierto es que en el barrio los teníamos muy localizados. Y luego, con respecto a la variedad, a esa constelación de personajes, pretendía que fuesen muy reconocibles por parte del lector. Es decir, que cambiándole la profesión a uno o a otro, fuera posible encontrarlo en tu bloque, en tu calle, en tu barrio. En la novela aparece el conductor de un autobús al que tú puedes sustituir por tu frutero o por tu dentista. Es una novela atravesada por personajes de carne y hueso, de los de verdad, de los que te cuentan una historia en la parada de un autobús o de camino al aeropuerto en el taxi. Eso lo hemos vivido todos. Al hacerlo así, me parecía que me ganaría la complicidad del lector, si conseguía que hiciera suya a esta panda de personajes disparatados, que arrastran algún tipo de dolor. Eso es lo que hacemos todos en la vida, arrastrar nuestros dolores, con sentido del humor. 

M.G.- Y por eso, por intentar que el lector conecte con su propia bibliotecaria, su conductor de autobús,... ¿por eso no les pones nombre?

J.M.G.- Eso tiene que ver con algo que he aprendido de la literatura popular, una literatura en la que no es necesario dar nombres para que el lector recuerde una historia y la siga contando. Hay personajes conocidos, como el gigante, el leñador, la pastorcilla,... Es esa cosa que tiene la oralidad, en la que no hacen falta llamarlos por su nombre. No obstante, sí les doy nombre a la familia nuclear, a la madre del conserje, que se llama Blanca, al padre del conserje, y al propio conserje, que se llama Leo. Y luego aparece otro personaje al que también le doy nombre porque he querido hacer un homenaje. Me refiero al mendigo de la novela, que se llama Fernando. ¿Y por qué le puse Fernando? Porque es un personaje que está inspirado en un hombre que vivía en un parque cerca de mi casa y que, una mañana tristísima y desgraciada, amaneció muerto. Me pareció tristísimo que esa persona, que había vivido ahí en un anonimato absoluto, sin ningún tipo de épica aparente, y que parecía que no le importaba a nadie. A mí me interesaba Fernando, así que pensé en meterlo en la novela. Con él he hecho una excepción y lo he llamado por su nombre. Es un hecho que no vale nada, que no cambia nada pero, no sé, yo hablaba mucho con él, y tengo la sensación de que he iniciado una nueva conversación. Cada vez que me acerco a ese capítulo tengo la sensación de volver a charlar con él.

M.G.- Pues es bonito esto, es como darle eternidad. Sigue existiendo, al estar en las páginas de un libro.

J.M.G.- Bueno, sí. La literatura tiene ese poder.

M.G.- Y entre todo ese collage de personajes que van a hablar en la novela, encontramos una voz que se repite, el amigo necesario del autor. Para mí es una de las voces más humorísticas y, a veces, no me queda claro si realmente es amigo o enemigo del autor.

J.M.G.- Sí, sí,.. Por un lado, es cómplice. Como el autor no va a salir en la novela y tiene miedo a perder el control de la propia historia, algo que odia cualquier escritor, ha decidido meter a un cómplice. El amigo necesario del autor es su amigo. Es necesario porque de otro modo la historia se te puede desmadejar pero claro, el problema de meter a personajes en una historia es que se te pueden revelar y volverse en tu contra. 

En este caso, este amigo es necesario y, en ocasiones, sarcástico. Incluso quiere robar el protagonismo al autor, manejar la historia, tirar hacia un lado u otro. Es un personaje que no es una persona concreta de mi vida pero sí es la suma de muchas de ellas. Cuando estoy escribiendo y lo comento con amigos, algunos de ellos siempre dan consejos, siempre te dicen que por qué no hago esto o lo otro. Todos tienen una especie de escritor dentro porque a la gente le gusta haber escrito pero no escribir. Así que he sumado a todas esas personas que me rodean y las he convertido en el amigo necesario del autor. 

M.G.- Es una voz muy buena.

Y no hemos comentado que, cuando a Leo lo van a jubilar de manera forzosa, él tiene una reacción un tanto brusca que el lector descubrirá con la lectura. Porque nosotros, desde la primera página, vamos a saber que Leo ha hecho algo grave y lo descubriremos al final. Pero no es la única intriga con la que cuenta la novela, también tenemos un supuesto suicidio y un crimen del que no se sabe toda la verdad. Añadir estos dos misterios equilibra un poco el peso que soporta Leo en la historia.

J.M.G.- Se trata de diversificar la tensión de la propia novela, no soportarla únicamente sobre un raíl. Necesitas más raíles por las que vaya caminando la propia novela. En este caso, me parece que hay una labor casi detectivesca, de thriller, con un ritmo acelerado, con la intención de mantener la atención del lector.

No sé si estoy en lo cierto pero creo que toda buena novela tiene alma detectivesca en su corazón. Tiene un reto, una pregunta, un misterio que resolver. Incluso toda vida apasionante tiene una especie de misterio que impulsa a vivirla con intensidad, con curiosidad, con ganas, con la esperanza de que, en algún momento, ese misterio se vaya a desvelar. Procuro que mis novelas sean lo más parecido a la vida, que estén muy pegaditas a la vida, a pesar de que puedan parecer disparatadas. Procuro que las preocupaciones de mis novelas sean de la vida, que los personajes sean de carne y hueso, que la manera de hablar de ellos sea muy de la calle. Y que en el corazón de la novela exista un misterio o varios misterios que hagan funcionar a los personajes, y que entren por la primera página y salgan por la última. 

M.G.- Te he escuchado decir en alguna entrevista que esta es tu novela más divertida pero ¿no tiene también un pozo de amargura?

J.M.G.- Totalmente. Probablemente porque, cuanto más tormento, dolor y tristeza hay en el corazón de esta novela, más necesario es el humor. El humor es un buen bálsamo para soportar las inclemencias de la vida. Es ese personaje que te abraza en el camino y te dice que de esta también salimos, y te hace sonreír y te despierta una carcajada en esas situaciones en las que parece que no tiene cabida el humor. Pero el humor no pide permiso a nadie en situaciones de tristeza. El humor es un consuelo que necesitamos en las situaciones de dolor y de tristeza. Yo desconfío profundamente de aquellas novelas en las que no veo humor y de aquellos personajes que, en ningún momento, tiran del sentido del humor y de las presentaciones de libros donde no hay ni una sola sonrisa, ninguna broma, ninguna carcajada, porque me parece algo muy artificioso, algo en lo que la solemnidad lo ha devorado todo. Yo estoy en el otro bando, en el bando en el que la solemnidad hay que arrinconarla, meterla en el trastero y dejar salir sólo cuando corresponde. 

M.G.- Ayer mismo [27 de enero de 2026] presentaste la novela, ¿hubo muchas risas? Creo que te acompañó Daniel Ruiz. 

J.M.G.- Sí. Hubo muchísimas risas porque la gente, en un día lluvioso, de borrasca, hizo el esfuerzo de salir de su casa para asistir a la presentación y sobre todo, porque la gente tenía ganas de pasar un buen rato. Y con la compañía de Daniel, pues las risas están garantizadas. Es un buen cómplice para presentar libros. Nos lo pasamos muy bien, nos reímos mucho. 

M.G.- Juan Manuel, vamos a ir terminando. Hemos hablado de los prejuicios, de las etiquetas, de los rumores, de las diferentes percepciones que se pueden tener de una misma persona, de los barrios que son universo propio. Pero en la novela hay un episodio en el que vamos a ver a unos niños haciendo una terrible travesura. Creo que eres docente y me gustaría saber qué opinas de los niños, si crees que son más crueles ahora que los de generaciones pasadas.

J.M.G.- En términos generales, diría que no. Estoy convencido de que no son más crueles. No creo que sean más crueles que los de mi época, o por lo menos, los de mi barrio, donde salíamos a defender cada tarde de verano, atravesando cualquier límite que nos hubiesen puesto y protagonizando alguna fechoría, que luego he contado en el libro y que los lectores creen que son ficción. No creo que sean más crueles, lo que ocurre es que, en los tiempos que corren, esa crueldad se ve amplificada por las redes sociales. Se pone encima una lupa de aumento a todo lo que ocurre. Esto también tiene una parte buena, que nos permite reflexionar y preocuparnos por esa realidad. 

Soy profesor de secundaria y mis alumnos me han enseñado algo, que aplico a mis novelas. Ellos son un público implacable, que no soportan el aburrimiento y no se lo toleran a nadie. Esto es algo que me ha permitido desarrollar una especie de músculo, de conexión, de emoción, de tensión en mis propias clases. Si quiero que aguanten cuarenta minutos atentos a algo, que ya te digo yo que la sintaxis y la morfología no es fascinante, tengo que construir una buena historia. Y si funciona con ellos, puedo decirte que va a funcionar con todo el mundo, porque son un público feroz.

A veces, cuando he tratado de que se acerquen a un libro se han quejado porque, después de leer diez páginas, dicen que no pasa nada. Yo les respondo que, hombre, son diez páginas nada más, que lean algo más. No, no, es que son diez páginas, me dicen. Y yo he reflexionado mucho sobre esa frase: «Aquí no pasa nada». Me di cuenta de que tenían razón, de que en las novelas tienen que pasar cosas, las cosas que tú decides como escritor. No tienen que ser las cosas que ellos esperan que pasen, pero algo tiene que pasar. Así que escribí este mandamiento en un folio, lo imprimí, lo enmarqué y lo puse en mi estudio. Pone: «Que pasen cosas». Y cada vez que me siento a escribir, leo ese mensaje y empiezo. 

M.G.- Última pregunta. De todos los personajes que has creado, ¿crees que Leo va a ocupar un lugar inolvidable?

J.M.G.- Sí, seguro, porque creo que es un personaje que tiene mucho de mí. Tiene más de mí de lo que estoy dispuesto a reconocer. En ocasiones, me he sentido como Leo Almada, incomprendido, y he tenido la necesidad o la única opción de refugiarme en el silencio. Como Leo he recurrido a la lectura, como ese abrazo, como esa habitación en la que sentirme cómodo, donde tener a alguien con quien conversar a través de los libros. Así que creo que Leo ha llegado a mi vida para quedarse.

M.G.- Pues Juan Manuel, un placer. Encantada de haberte conocido, de hablar contigo, y muchas gracias por atenderme. 

J.M.G.- El placer ha sido mío. 

Sinopsis: Todo el barrio conoce su historia, pero nadie conoce la verdad. La más divertida y brillante novela de Juan Manuel Gil.

Después de más de treinta años de servicio en la conserjería de un colegio, Leo Almada, el majareta, es prejubilado inesperadamente. Este hecho lo llevará a protagonizar un perturbador episodio en el que los principales afectados serán los alumnos del centro. Conmocionados por lo ocurrido, todos en el barrio compartirán cuanto saben de él y opinarán sobre las razones que llevaron a este hombre a cometer lo que para algunos fue una locura y, para otros, la peor de sus pesadillas.

Majareta es una deslumbrante novela compuesta por los testimonios de aquellas personas que conocieron a su protagonista. Todos parecen tener algo que decir sobre el conserje, sus inquietantes hábitos, sus secretos inconfesables y los motivos por los que siempre fue considerado uno de los hombres más raros del barrio; también uno de los más buenos, tiernos, discretos y generosos. De este modo, asistimos a la formación de una luminosa y disparatada constelación de relatos en la que se revela una vida hecha de contradicciones, verdades a medias, mentiras necesarias y giros inesperados.

Con una originalidad desbordante, Majareta es una obra que hace de la oralidad y del humor su manera de llegar al corazón de esos tormentos que a veces arrastramos durante toda una vida. La nueva novela de Juan Manuel Gil es profundamente divertida, única y vibrante hasta la última página, y nos adentra en esa luminosa ficción que nos permite desentrañar la oscura realidad. 


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