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viernes, 18 de junio de 2021

LAS MANOS DE MI MADRE de Karmele Jaio

Editorial: Booket
Fecha publicación: marzo, 2021
Precio: 9,95 €
Género: narrativa breve
Nº Páginas: 160
Encuadernación: Tapa blanda
ISBN: 9788423359035
[Puedes empezar a leer aquí]

Autora

Karmele Jaio Eiguren (Vitoria-Gasteiz, 1970) es autora de dos novelas, Las manos de mi madre (2008), Música en el aire (2013) y La casa del padre (2020); tres libros de relatos, Heridas crónicas (2004), Zu bezain ahul [Tan débil como tú] (2007) y Ez naiz ni [No soy yo] (2012); y de un libro de poesía, Orain hilak ditugu [Ahora tenemos muertos] (2015). Las manos de mi madre, su primera novela, tuvo una gran acogida, recibió numerosos premios y ha sido traducida a varios idiomas, y su versión inglesa fue premiada con el English Pen Award en 2018; ha sido, asimismo, adaptada al cine y presentada en la 61ª edición del Festival de Cine de San Sebastián. Sus relatos han sido llevados al teatro, seleccionados para la antología Best European Fiction 2017 y publicados en numerosas antologías y en varias lenguas.

Sinopsis

La vida de Nerea pende de un hilo muy frágil. El último golpe lo encaja en un hospital: la memoria de su madre ha quedado severamente perjudicada y prácticamente no recuerda nada.

Nerea vive absorbida por un trabajo que ya no disfruta, lamenta no poder dedicarle a su hija el tiempo que merece y últimamente siente que su matrimonio empalidece. Ahora además arrastra el peso de la culpa por no haber podido detectar a tiempo la crisis que sufre su madre y se ve acorralada por una historia turbulenta del pasado. El precario equilibrio que la sostenía se rompe.

Durante las largas esperas en el hospital advierte que su madre se aferra a un recuerdo que la desmemoria no ha podido barrer. Así, al tiempo que se ve obligada a enfrentarse a su propio pasado, Nerea descubrirá un episodio fundamental de la vida de su madre.

El debut novelístico de una de las voces más potentes del panorama literario vasco. Las manos de mi madre es una historia sobre la vigencia y el peso del pasado, y nos acerca al esfuerzo heroico de una mujer de clase media por mantenerse a flote.

[Información tomada directamente del ejemplar]



Revisando todas las lecturas pendientes de reseñar descubro un terrible error. ¿Cómo se me ha podido quedar atrás la reseña de uno de los libros más bonitos que he leído en estos últimos meses? Juraría que ya os había hablado de este libro. Repaso una por una todas las entradas del blog. Nada, no está. Tan solo he encontrado la entrevista a la autora (que puedes leer aquí), pero la reseña en sí no figura. ¿Y mis notas? ¿Dónde andará esa libreta en la que voy apuntando todo lo que siento con cada lectura? Tampoco aparece. Debí deshacerme de ella. Cuando acumulo varios cuadernos usados, los tiro. Los libros, amontonados en cualquier rincón, ya ocasionan un caos suficiente. Me enfado conmigo misma. Me llevan los demonios. No puedo dejarlo pasar. No puedo dejar de hablaros de una lectura tan hermosa como esta. Decido que no importa. Que en mi memoria siguen frescos mis recuerdos. Las manos de mi madre de Karmele Jaio es de esas novelas que dejan marca, que se quedan grabadas en tu mente. Así que, vuelvo a tomar este libro en mis manos. Lo abro y leo:


«Veo una niña en la orilla de la playa. Levanta un muro de arena mojada, lo moldea con sus manos hasta construir la proa de un barco, y se sienta dentro, de cara a las blancas olas, con los pies al frente. Tiene los pies arrugados, como sus manos. El agua se le acerca, y una ola ataca la parte izquierda de la proa, pero la niña vuelve a levantar el muro y se queda de rodillas, con el tirante del bañador caído del hombro, preparada para hacer frente al siguiente ataque». [pág.5]


Esa niña soy yo. ¿Lo eres tú también? Probablemente. Me vienen a la mente instantáneas similares a la que se describe en la primera página de esta novela. Vuelvo a recordar el olor de la crema solar y siento sobre mi piel, la mano de mi madre resbalando por mi espalda, luchando contra mi inquietud y mis prisas, mis ganas de salir corriendo a la orilla del mar. Ese recuerdo es el que invade a Nerea, treinta años después de un día de playa de su infancia, cuando contempla a su madre tumbada en la cama de un hospital. Así arranca esta historia, con una fotografía, con un recuerdo de infancia nublado por un presente desolador. 

Luisa, la madre de Nerea, está ingresada en el mismo hospital en el que dio a luz a sus dos hijos: a la narradora y a Xabier. Solo que ya no los reconoce. Se pasa el día durmiendo y cuando despierta, no habla, solo sonríe. Tiene Alzheimer. Su memoria se ha borrado del mismo modo que borramos un archivo en el ordenador, pulsando un botón. Para hacerla recordar, el médico le recomienda mostrarle viejas fotografías, que recojan pedazos de su vida. Por eso, en estas páginas encontraremos muchas imágenes en blanco y negro, de Luisa, de su hermana Dolores, de su madre Petra o de su tía Bittori, todas ellas vinculadas al restaurante familiar en el que trabajaban, el Izaguirre. Precisamente, Dolores regresa de Frankfurt al enterarse de la hospitalización de su hermana Luisa.  Ella será un gran apoyo para Nerea cuyo mundo se ha paralizado con la enfermedad y el ingreso de su madre. Se ve obligada a ralentizar su trabajo en la redacción del periódico. También lo hará en su propio hogar, con su marido Lewis y su hija Maialen. Es lo que hacemos todos cuando nos enfrentamos a una situación así, ¿no? Hay que compaginar nuestra vida con las largas jornadas de hospital, en la que somos testigos mudos. Nuestro mundo se detiene de un segundo a otro y no entendemos cómo la vida puede seguir su curso, cómo el resto de la humanidad puede reír, viajar, enamorarse o disfrutar. Pero la hospitalización de la madre no supone únicamente un espejo en el que la hija ve la vejez, la decrepitud y deterioro de Luisa. En las pocas ocasiones en que las que la madre habla, surge un nombre: Germán. Y junto a él, un deseo: ir al faro. ¿Quién es ese Germán? ¿De qué faro habla la madre? La tía Dolores tendrá todas las respuestas.

Pero Las manos de mi madre juega con el pasado y el presente. Mientras que la mayoría de los capítulos narran el ingreso de Luisa, las horas y horas de Nerea junto a ella, la dificultad para compaginar la enfermedad con el trabajo y el ámbito doméstico, otros capítulos, mucho más breves, nos llevarán al pasado, a la adolescencia de Luisa, a aquellos años en los que ella se pasaba el tiempo en la cocina del restaurante Izaguirre, junto a su madre, su hermana y su tía. Esos capítulos nos permitirán conocer a la Luisa joven, nos presentarán a Germán y descubriremos qué ocurría en ese faro que ahora, enferma y postrada en la cama de un hospital, rescata de su memoria.

No obstante, hay otra cuestión del presente que debo señalar. En algún momento, Nerea habla de Carlos, una antigua pareja que un día desapareció sin más. Será un personaje que, hasta el momento, pertenecía al pasado de la narradora. Sin embargo, Carlos reaparece y tal circunstancia acrecienta aún más el caos en el que se ha convertido la vida de Nerea. Sobre Carlos se pasa muy de puntillas. La narración no profundiza demasiado en el personaje, en sus movimientos, en los motivos por los que tuvo que desaparecer. Pero el lector sí intuye que todo ello está relacionado con ETA. La banda terrorista es una sombra en esta novela. Aunque no se la ve, está presente. 


«Salía con Carlos desde los diecisiete años y despareció justo cuando faltaban pocas semanas para cumplir los veintidós. No dio explicaciones a nadie, como tampoco las dieron los otros dos jóvenes del barrio que lo hicieron con él». [pág. 25]


Así pues, los dos hilos temporales de esta novela sirven, por un lado, para reconstruir una vida y, por otro, para descubrirla. Es decir, los capítulos en pasado nos llevan a los recuerdos de Luisa, los únicos que perduran en su memoria. Dicen que los enfermos de Alzheimer no recuerdan lo que almorzaron ese día, pero los recuerdos de verano de hace tantos años están intactos en su memoria. Y los capítulos del presente permiten a Nerea descubrir otra parte de su madre que desconocía, conocer a la mujer que es su madre, a la vez que ella misma reflexiona sobre su vida. Pero, en todas las páginas de este libro, planea la palabra culpa. De hecho, el término aparece bien pronto.

 

«Culpable porque en ese instante no quise ver que tenía encendida una luz roja que me avisaba de que algo le estaba sucediendo, pero no hice nada. Puse mis dedos en los oídos como haría una niña, para no oír nada. No quise ver las señales, aunque las tuviera enfrente. El miedo me impidió verlas». [pág. 12]

 

Nerea se siente culpable por no haber advertido la enfermedad de su madre cuando la tenía delante. ¿Se la puede señalar con el dedo por eso? Creo que no. Lo hablaba el otro día con una amiga. Ser madre o padre debe ser (es) muy complicado pero, ¿qué pasa con los hijos? ¿Qué papel nos toca? No estamos preparados para enfrentarnos al deterioro y la muerte de nuestros padres. Ya lo comentaba Jaio en la entrevista:


«...con el tiempo entendí que si escribí Las manos de mi madre fue porque en mi subconsciente se encendió una alarma, cuando fui consciente de que mi madre había envejecido. Es algo que nos ocurre a todos. Visitas a tu madre y la ves más o menos igual. Sin embargo, casi de un día para otro, te llevas una tremenda sorpresa al comprobar lo mucho que ha envejecido. Creo que aquella preocupación, de la que no era consciente antes, estaba ahí, y fue la que provocó que yo escribiera esta novela»

 

Y es tal que así. Aunque veas a tu madre o a tu padre todos los días, llega un momento en el que la cruda realidad salta a tus ojos y es entonces cuando eres consciente de que esa mujer o ese hombre, que tanto han hecho por ti, ya no volverán a ser los mismos. Cuesta muchísimo trabajo asimilar que mi madre ya no volverá a ponerme crema solar en la espalda, y que mi padre no volverá a arreglarme los estropicios que yo hacía con las manualidades del colegio. Por eso no queremos mirar. No queremos ser conscientes porque en el momento en el que miremos, el mundo se caerá a nuestros pies. No, no estamos preparados para algo así, por muy maduros y adultos que seamos. Y ahora, cuando ya se aproxima el final, es cuando más escuecen esos momentos en los que hemos discutido con nuestros padres, esos días en los que no fuimos a verlos, esos instantes en los que le respondimos con malas palabras. ¿Cómo remediar todo esto?

Pero si Nerea se siente culpable como hija, también le pesa la culpabilidad como madre. Es una mujer actual, trabajadora, que llega a las tantas de la noche a casa, cuando Maialen ya está acostada y dormida. Tiene la suerte de que Lewis trabaja en casa, aunque eso no la libra de ciertas fricciones. A través de Nerea se deja constancia de lo complicada que resulta la vida hoy día. Nuestros tiempos no están hechos para trabajar y cuidar a los mayores. No están hechos para trabajar y atender unos hijos. Eso nos conduce a un estado de estrés y prisas constantes, con la pegajosa sensación de no llegar a todo, o de llegar pero tarde y mal.

Pero la palabra culpa también está pegada a la piel de la tía Dolores. Todo lo que ocurrió en el pasado con Luisa, todo lo relativo a Germán y al faro, es un lastre para ella. Creo que ahora, cuando ve a su hermana en la cama de un hospital, aferrada a unos recuerdos antiguos, es cuando cobra más consciencia de su culpabilidad. Si hubiera hecho las cosas de otro modo, ¿acaso su hermana estaría ahora en un hospital con un nombre en la boca que no es el de su marido? Dolores ni siquiera quiere contarle a Nerea lo que ocurrió, le cuesta trabajo, se hace la remolona. Para Nerea tampoco será fácil saber que su madre tuvo una vida antes de ser su madre. Es algo que nos ocurre a todos. Así que ambas le deben algo a Luisa y ambas pagarán su deuda con ella en un desenlace, arriesgado, valiente y hermoso, que sirve para que Luisa haga las paces con su juventud, pero también para que las hagan Dolores y Nerea con ellas mismas porque, para lo que ellas dos es pasado, para Luisa se ha convertido en presente. 

Las manos de mi madre remueve por dentro. A mí me ha provocado un aluvión de emociones, contenidas por demasiado tiempo, que he terminado por liberar. He sido Nerea en muchas ocasiones. Me he visto en su pellejo con mis propios padres, encerrada en un hospital, en el que los silencios pesan, en el que el ambiente se llena de olor a medicamentos y a purés, soportando el runrún cansino de un compañero charlatán de habitación. Me molestaba todo porque yo solo quería contemplar las manos de mi padre sobre las sábanas blancas, o las de mi madre que también olían a lejía y a jabón de Marsella cuando yo era pequeña, como las manos de la misma Luisa. He entendido a Nerea, la he comprendido y la he compadecido. Por eso este libro es tan especial para mí porque está cuajado de realidad, de mi realidad. En esto tiene mucho que ver el estilo de Karmele Jaio, la certera decisión de elegir una narración en primera persona, tan intimista, tan pegada a la piel, de tal modo que el lector tiene la impresión estar ante una obra autobiográfica. ¿Acaso Jaio está relatando su propia vida? ¿Es Luisa la madre de la autora, la que tiene un sueño que cumplir, la que está postrada en la cama de un hospital, abandonada a unos recuerdos que se le escabullen? No, la propia autora niega en la entrevista. Los hechos en sí son pura ficción pero lo que sí es real es todo ese alud de emociones por los que pasa Nerea porque todos sus sentimientos, incluido la culpa, son universales. Pero no es este un libro triste sino luminoso, lleno de reconciliaciones y de heridas que van a sanar. 

Una lectura imprescindible. Así califico Las manos de mi madre de Karmele Jaio. Un libro bellísimo y necesario porque en él estás tú como hijo, como niño, como adulto. Porque tú también vas a entender a Nerea, habiendo pasado por lo mismo que ella. O porque tú, que todavía no te has visto en un hospital, contemplando esas manos de tu madre inmóviles, atento a cualquier movimiento emergiendo de ese cuerpo agotado, tendrás un día que enfrentarte a algo así. Es importante estar preparados porque lo que encierra Las manos de mi madre es ley de vida. 

No quiero cerrar esta reseña sin comentaros también que, de esta novela, se hizo una adaptación al cine (tienes el tráiler aquí) y que la foto que figura en la cubierta pertenece al archivo personal de Karmele Jaio. Ahí vemos a la autora de pequeña junto a su madre, que sonríe a cámara. Solo con ver esa fotografía, uno ya intuye que lo que va a encontrar en el interior de este libro es pura emoción. Y me habré dejado tantas y tantas cosas por contaros de esta novela, de apenas ciento cincuenta páginas. Si hubiera tenido mis notas a mano, hubiera sabido contaros más y mejor de esta hermosura. En cualquier caso, todo lo puedo resumir del siguiente modo: Tienes que leerla.

[Fuente: Imagen de la cubierta tomada de la web de la editorial]

Puedes adquirirlo aquí:

jueves, 6 de mayo de 2021

KARMELE JAIO: ❝Las manos de una madre siempre simbolizarán el cuidado y la protección❞

Lo conté por redes. Lo muchísimo que me ha gustado Las manos de mi madre de Karmele Jaio. Es maravilloso toparse con una obra que, en poco más de ciento cincuenta páginas, es capaz de conmover tanto, de remover las entrañas, de enfrentarnos a nuestra propia vida.

Las manos de mi madre es una novela con bagaje. Publicada hace quince años, en euskera, renace ahora en castellano para regocijo de los lectores. Y lo diré cuando publique la pertinente reseña, pero lo digo también ahora. Hay que acercarse a estas manos, dulces, suaves y blancas, porque en ellas muy posiblemente encontraremos la de nuestra propia madre. A mí me ha parecido un reencuentro muy reconfortante.

Hablo con Karmele Jaio.

©Jon Hernáez
Marisa G.- Karmele, tenía muchas ganas de hablar con usted y, de leerla. Especialmente tras la publicación de
La casa del padre, con tan buenísimas opiniones como ha tenido. 

Karmele J.- Sí. Al igual que otros títulos previos, aquí ha tenido muy buena acogida. Pero ha sido al traducirse al castellano, cuando ha podido llegar a muchos más lectores, a los que parece que también ha gustado mucho.

M.G.- Acabo de caer en la conexión que hay entre las dos novelas. Por un lado, La casa del padre. Por otro, Las manos de mi madre. No deja de ser curioso.

K.J.- Sí, aquí ando con el padre y la madre. No sé a quién voy a sacar en la próxima (Risas). No es algo buscado. De hecho dudé con La casa del padre, con el título, precisamente por lo que estamos hablando, porque ya tenía una novela que hacía referencia a una madre. Pero bueno, al final, así quedó.

M.G.- Son casualidades de la vida. Yo me he centrado en Las manos de mi madre, una novela que me ha encantado. Pero acláreme algo, Karmele. Esta novela creo que se publicó primero en euskera, sobre el 2008, ¿no?

K.J.- Este año se han cumplido los quince años de la publicación en euskera. Luego hubo una pequeña edición en castellano, de la misma editorial, pero tuvo muy poca circulación. Me quedé con la pena de que no llegara a más gente en castellano. Pero, como La casa del padre ha tenido tan buena acogida, Booket me propuso editar Las manos de mi madre, y hacerla llegar a todo el público en general. 

Para mí, no ha sido como si una obra olvidada reapareciera. Este libro me ha acompañado durante estos quince años, ha estado vivo durante todo este tiempo. Se han ido lanzando reediciones anuales en euskera, se ha traducido a otras lenguas, la traducción al inglés recibió un premio, se hizo una película,... Es una novela que, cada cierto tiempo, me ha dado una alegría. 

M.G.- La novela arranca con la hospitalización de Luisa, la madre de la protagonista, de Nerea. Esta circunstancia y otras a las que ella se tiene que enfrentar, supone como un puñetazo, la descoloca mucho y empieza a plantearse muchas cosas.

K.J.- La historia está escrita hace quince años pero encaja igualmente en el modo de vida que llevamos hoy. Actualmente es casi imposible compaginar la vida laboral, con la familiar y con el cuidado a los mayores. Nerea vive sobre el alambre, como vive muchísima gente, intentando llegar a todo pero la enfermedad de la madre le desbarata toda su vida. De repente, se le cae todo lo que tenía construido, y eso hace que vea las cosas desde otro ángulo.

M.G.- Esta circunstancia le sirve para analizar la relación madre-hija, alrededor de la cual hay un sentimiento de culpabilidad muy acusado. Eso es algo muy común en los hijos cuando tenemos que enfrentarnos a la vejez de nuestros padres.

K.J.- Así es. Creo que ese sentimiento de deuda que vemos en la novela sobrevuela sobre todas las personas. Uno de los motivos por los que sentimos culpa es por no haber sido capaz de ver a la persona que existe detrás de esa gran palabra como es madre o padre. Solamente  hemos visto a la persona en su papel de cuidador, pero nunca nos hemos preguntado por la mujer o el hombre que hay detrás. En la novela se produce ese momento de descubrimiento. Nerea entenderá que su madre, además de ser su madre, es también una mujer como ella, a la que le han ocurrido cosas parecidas. Esa culpa surge en buena medida por la invisibilidad de la persona que se esconde detrás de ese rol de madre.

Y luego hay como una culpa por las palabras no dichas, por esos silencios que a veces se producen en las familias, por esa incomunicación. Se puede estar media vida viviendo con una persona bajo el mismo techo y casi no conocerla. Los silencios pueden llegar a arañarnos por dentro cuando nuestros padres fallecen. Es ese momento en el que te das cuenta que no le has dicho todo lo que le tenías que decir. La obra hace hincapié en eso, en la necesidad de demostrar lo que sientes por esas personas.

M.G.- Hay una frase que la tengo muy remarcada. Dice: «Me invaden constantemente recuerdos de situaciones similares, y en todas me veo respondiéndoles sin ganas, ignorándola a veces, contestándoles con monosílabos y desgana. Y ahora me duele». Yo me pregunto, Karmele: ¿Alguna vez se cura ese dolor? 

K.J.- Creo que se puede curar cuando hablamos como adultos con nuestros padres. Cuando las palabras son las que nos pueden curar. Todas esas palabras no dichas hacen mucho daño dentro y la forma de librarse de ese dolor es sacando lo que tenemos en nuestro interior. Nunca es tarde para decirle a una madre lo que ha significado para nosotros. Cuesta mucho, pero es la mejor manera de mitigar ese dolor.

M.G.- Cuando están con vida, sí. Lo malo es cuando han fallecido porque entonces llegas tarde a todo.

K.J.- Eso es. Es otra de las cosas que subraya el libro. Después de muertos no hay nada que hacer. En esta vida que llevamos, estamos constantemente respondiendo a lo urgente, pero nos olvidamos de lo importante, de las personas que tenemos a nuestro alrededor, de las que queremos y de las que tenemos que cuidar.

M.G.- Nerea se cuestiona esto mismo, no solamente con su madre, sino también con su propia hija. El libro nos invita a hacer reflexiones importantes. Para las hijas que ya tenemos una edad, nuestra madre era sinónimo de hogar. Pero claro, los tiempos han cambiado y hoy día, alrededor del papel de la madre, que trabaja fuera, hay como un halo de ausencia, que repercute mucho en los hijos.

K.J.- Bueno las madres de hoy también arrastran esa sensación de culpa por no estar donde, desde pequeñas, nos han enseñado que debemos estar. A pesar de que tenemos una vida laboral, y trabajamos fuera de casa, siempre hemos sabido que uno de nuestros roles importantes es cuidar a las personas de nuestro entorno. Eso lo tenemos metido en lo más profundo de nuestro disco duro. Aunque pensemos que estamos totalmente liberadas de ese rol, no es así, nos sentimos muy culpables de no estar ahí, de no poder estar más tiempo con los nuestros. Es una responsabilidad que debería estar compartida, y no solo con la pareja, sino con toda la sociedad. El cuidado es una responsabilidad de toda la sociedad pero todavía está mayoritariamente sobre las espaldas de las mujeres. Seguimos cuidando más que los hombres y si no lo hacemos nos cae un gran sentimiento de culpa encima.

M.G.- Otro personaje que me gusta mucho es la tía Dolores, la hermana de Luisa. Es una mujer que ha hecho su vida en otro país y cuando llega a España para visitar a su hermana, se convierte un poco en el sustituto de la madre de Nerea.

K.J.- Sí, ella vuelve y es ese personaje el que le va a traer a Nerea la voz del pasado de la madre. La tía Dolores le va a transmitir lo que su madre era. Es un personaje importante porque funciona como catalizador, pero también es una mujer con sentimiento de culpa. Le pesa el no haber ayudado a su hermana cuando lo necesitaba. La culpa es algo muy habitual en las mujeres. Nos sentimos señaladas en cuanto nos descuidamos o no hacemos algunas cosas. Pensamos que no estamos respondiendo a las expectativas que se espera de nosotras y eso es un gran problema.

M.G.- Nerea descubre algo del pasado de la madre. Es complicado para un hijo descubrir ciertas cosas de sus padres por lo que comentábamos antes, que no los vemos como hombres y mujeres. Son personas que tuvieron su pasado antes de ser madre o  padre.

K.J.- Exacto. La palabra madre o padre ocupa mucho espacio y no deja ver lo que hay detrás. En cuanto te dicen que tu madre tuvo un novio de joven, enseguida nos ponemos tensos y no queremos saber nada. (Risas)

M.G.- Y para ser una obra tan breve es muy intensa, y toca temas de mucho peso como la enfermedad, la inmigración en el papel de la tía Dolores y también está ETA,  aunque no se mencione explícitamente.

K.J.- Tenía que estar. Hemos vivido con ello y es parte del decorado de la vida. En la obra se habla de una época y una generación muy concreta en la que ETA estaba muy presente. Todo lo que ocurrió en esos años ha condicionado mucho, y especialmente a determinadas personas. Por eso aparece en esta novela, aunque sea a pequeñas pinceladas, porque es otra piedra que llevamos encima durante mucho tiempo.

M.G.-  Buena parte de la acción ocurre entre las paredes de un hospital, en esas horas que Nerea pasa acompañando a su madre. Inevitablemente, leyendo esos pasajes, el lector se impregna de esa sensación tan desagradable que se respira en los centros hospitalarios. 

K.J.- Así es y fíjate que es un entorno en el que predominan las mujeres. ¿Quién está al lado de la cama del enfermo? La mayoría de las veces son mujeres. Me interesaba mostrar este aspecto.

M.G.- Y las fotografías también son importantes en el texto como ese nexo de unión que nos une al pasado. Hay muchas referencias a fotografías antiguas, de cuando la madre era joven. De hecho, la fotografía que se ha usado para la cubierta del libro es de su archivo personal.

K.J.- He utilizado el recurso de la fotografía porque me parecía que una manera muy gráfica de contar el pasado era empleando fotografías. A veces es suficiente ver esa punta del iceberg para imaginar todo lo que hay debajo. Describiendo ciertas escenas del libro me lo imaginaba todo en blanco y negro, como esas fotos antiguas que todos tenemos en casa.

M.G.- Hablaba hace unas semanas con autora que la literatura que llega con mayor impacto al lector es esa que nace de las heridas del autor. No sé si este es tu caso.

K.J.- Bueno, recuerdo ahora una frase de Simon de Beauvoir que decía que los personajes felices no tienen historia. Creo que cuando escribimos indagamos en lo que nos duele, en lo que nos afecta y llevamos dentro. Eso no quiere decir que lo que cuente en la novela sea real, no lo es. Pero sí lo es el sentimiento de hija, de preocupación por la madre cuando enferma.

Al principio, cuando escribí esta novela hace quince años, me la explicaba como una obra con la que quería retratar dos generaciones de mujeres que, siendo tan distintas, en realidad eran muy parecidas. Sin embargo, con el tiempo entendí que si escribí Las manos de mi madre fue porque en mi subconsciente se encendió una alarma, cuando fui consciente de que mi madre había envejecido. Es algo que nos ocurre a todos. Visitas a tu madre y la ves más o menos igual. Sin embargo, casi de un día para otro, te llevas una tremenda sorpresa al comprobar lo mucho que ha envejecido. Creo que aquella preocupación, de la que no era consciente antes, estaba ahí, y fue la que provocó que yo escribiera esta novela. Siempre hay una verdad que se esconde detrás de lo que escribimos. No en la historia en sí, que puede ser algo inventado, pero es posible que queramos estar diciendo algo de lo que ni siquiera somos conscientes.

M.G.- Leyendo esta historia, he reflexionado mucho sobre qué era mi madre para mí. Pienso mucho en ella y en mi padre, que falta desde hace poco. Pero es curioso que, a pesar de lo que dicen las miradas, a pesar de que lo pueden decir los labios, lo que más recuerdo son sus manos. ¿Qué tiene las manos de una madre?

K.J.- Las manos tienen una fuerza tremenda en cuanto al cuidado. De pequeña, si te caías, había una mano que te curaba, que te consolaba. Las manos de una madre siempre simbolizarán el cuidado y la protección, por eso tienen esa expresividad y por eso, siempre recordaremos las manos de nuestros padres. Tienen mucha presencia en nuestra vida. Más de la que imaginamos.

M.G.- Karmele, le agradezco que me haya atendido. Una novela preciosa.

K.J.- Gracias.

Sinopsis: La vida de Nerea pende de un hilo muy frágil. El último golpe lo encaja en un hospital: la memoria de su madre ha quedado severamente perjudicada y prácticamente no recuerda nada.

Nerea vive absorbida por un trabajo que ya no disfruta, lamenta no poder dedicarle a su hija el tiempo que merece y últimamente siente que su matrimonio empalidece. Ahora además arrastra el peso de la culpa por no haber podido detectar a tiempo la crisis que sufre su madre y se ve acorralada por una historia turbulenta del pasado. El precario equilibrio que la sostenía se rompe.

Durante las largas esperas en el hospital advierte que su madre se aferra a un recuerdo que la desmemoria no ha podido barrer. Así descubrirá Nerea un episodio fundamental de la vida de su madre, al tiempo que se ve obligada a enfrentarse a su propio pasado.


lunes, 24 de julio de 2017

EN AUSENCIA DE BLANCA de Antonio Muñoz Molina.

 Editorial: Booket.
Fecha publicación:  noviembre, 2009
Precio: 6,95 €
Género: Novela.
Nª Páginas: 144
Edición: Tapa blanda.
ISBN: 9788432250538
Autor

Antonio Muñoz Molina nació en Úbeda (Jaén) en 1956. Cursó estudios de periodismo en Madrid y se licenció en historia del arte en la Universidad de Granada. Ha reunido sus artículos, reconocidos en 2003 con los premios González-Ruano de Periodismo y Mariano de Cavia, en volúmenes como El Robinson urbano (1984; Seix Barral, 1993 y 2004). Su obra narrativa comprende Beatus Ille (Seix Barrall, 1986 y 1999), El invierno en Lisboa (Seix Barral, 1987 y 1999), que recibió el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Literatura, ambos en 1988, Beltenebros (Seix Barral, 1989 y 1999), El jinete polaco (1991; Seix Barral, 2002), que ganó el Premio Planeta en 1991 y nuevamente el Premio Nacional de Literatura en 1992, Los misterios de Madrid (Seix Barral, 1992 y 1999), El dueño del secreto (1994), Nada del otro mundo (1994), Ardor guerrero (1995), Pleniluo (1997), Carlota Faingberg (2000), En ausencia de Blanca (2001), Sefarad (2001; Seix Barral, 2009), Ventanas de Manhattan (Seix Barral, 2004), El viento de la Luna (Seix Barral, 2006), y La noche de los tiempos (Seix Barral, 2009). Desde 1995 es miembro de la Real Academia Española. Vive en Madrid y Nueva York y está casado con Elvira Lindo.

Sinopsis


Mario lo tiene todo para ser feliz. Tiene trabajo, salud, amigos, pero sobre todo tiene a Blanca en su vida. Sus compañeros de la Diputación se quedan a tomar cervezas después del trabajo y miran a las mujeres que pasan por la calle como si fueran lobos, pero Mario no. Porque, en palabras del autor, «él tenía el privilegio de desear por encima de todas las mujeres a aquella con la que se había casado».

Blanca es el polo opuesto de Mario. Todo lo que él tiene de conformista lo tiene ella de inquieta. Le apasiona el arte, especialmente la pintura, y se pasa la vida de exposición en exposición. 

Tras uno de sus viajes, Mario nota que Blanca ha cambiado. Pero, ¿realmente ha cambiado tanto «su» Blanca o es que se trata de otra persona? ¿Qué hacer, acostumbrarse a vivir en ausencia de Blanca, o rebelarse contra la situación?


[Biografía y sinopsis tomadas directamente del ejemplar]

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Las novelas de Antonio Muñoz Molina siempre me han parecido un confortable refugio. Guardo un gratísimo recuerdo de las que han pasado por mis manos y ahora, tras escribir su biografía, mi pensamiento se ha quedado prendado de El invierno en Lisboa, un título que me ha parecido muy sugerente y del que me han entrado ganas inmediatas de buscar información. Pero hoy vengo a hablaros de una novela corta que también posee un título alentador y curioso, En ausencia de Blanca

Estamos ante una novela de algo menos de ciento cincuenta páginas, que narrará la cotidianeidad doméstica de una pareja con un final abierto a múltiples interpretaciones y empiezo así, directamente, hablando del final, porque cuando llegas al desenlace de En ausencia de Blanca, un desenlace que ya se anticipa en parte en el primer capítulo, otorgando a la historia un enfoque circular, es inevitable preguntarte qué es lo que ha ocurrido realmente. He leído diversas opiniones en las que me ha parecido vislumbrar distintas hipótesis y curiosamente ninguna de ellas coincide con la mía. Esta es la magia de la literatura. Pero vayamos por parte.

Como digo, la novela se inicia con un primer capítulo que sumerge al lector en una bruma indecisa para provocarnos la misma incertidumbre que sentirá el protagonista en la situación que le toca vivir. Mario se pregunta si la mujer que vive con él sigue siendo su esposa Blanca pues, aunque en apariencia son los ojos de Blanca, la boca de Blanca, la piel de Blanca y la indumentaria de Blanca, hay pequeños detalles que le harán dudar. Y con esas dudas nos adentraremos en el segundo capítulo que se retrotrae al pasado y donde realmente se inicia la historia.

Mario López es un funcionario de la Diputación de Jaén. Delineante de profesión, de familia  humilde y criado en un ambiente rural, dejó su pueblo atrás para mudarse a la capital tras aprobar sus oposiciones. Tiempo atrás conoció a Blanca, una joven sumida en un profundo pozo de drogas y alcohol del que la rescató para convertirse en su mujer. Mario vive única y exclusivamente para su trabajo y su mujer Blanca. Más allá de estos dos ámbitos no hay más mundo, no hay más interés. Jamás se permite un respiro con sus compañeros tras la jornada laboral, pues no hace más que contar las horas para salir corriendo a su casa donde ella lo espera. Si su jefe lo retiene algo más de la cuenta se incomoda, si tiene que acudir a una celebración ineludible no deja de mirar el reloj. Blanca es su universo, su sanctasantórum, el único refugio en el que él se siente a gusto pues no encaja entre sus compañeros que solo se quejan de sus mujeres y hacen bromas soeces, algo que Mario no entiende, ni tampoco encaja con los amigos de Blanca, pseudo-intelectuales que tienen opinión de todo aunque sea una ridiculez. Fuera de la seguridad de su hogar junto a Blanca, Mario se siente un extraño. 

Por su parte Blanca es absolutamente lo contrario. Criada en una familia desahogada, se dedica a la vida contemplativa mientras se escuda en grandes proyectos de trabajo que jamás salen adelante. Es una mujer caprichosa, inestable, voluble e inconstante. En su interior hay ambición, ganas de realizarse, de aprender y enriquecerse culturalmente, pero nada le cuaja porque no sabe ni lo que quiere.


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¿Cómo es la relación entre Mario y Blanca? Sumisión y entrega serían las palabras que definirían el tipo de matrimonio que conforman esta pareja. Mario depende emocionalmente de Blanca a niveles superlativos. Él la idealiza, la endiosa, le atribuye virtudes que en realidad son defectos y le perdona todo tipo de excentricidades, desánimos y rabietas. Sin embargo ella es incapaz de valorar el amor de Mario y en su lugar le recrimina su sencillez y su falta de ambición, cuando precisamente es la sencillez lo que hace al personaje atractivo porque a Mario no le hace falta mucho para ser feliz. Se basta con estar casado con Blanca, algo de lo que él mismo se sorprende en ocasiones. ¿Cómo es posible que una mujer como ella se haya fijado en él?

Pero, ¿qué es lo que estos dos personajes me han hecho sentir? Digamos que me he sentido en un continuo vaivén. Confieso que me han dado ganas de abofetear a Mario y pedirle que se quiera un poquito, que no se deje manipular por la pérfida Blanca, a quien he cogido una manía espantosa, porque Blanca es una mujer que no valora lo que tiene, que se aburre con todo, que piensa que lo mejor le corresponde por derecho propio pero, por otro lado, Blanca también ha sufrido mucho y tiene un punto de víctima. No voy a negar que en algún momento me he sentido un poco Blanca, una mujer con ansias de aprender y de hacer mil cosas, de indagar en su entorno cultural, de desplazarse hasta el lugar donde la vida bulle en mil actividades. Pintura, música, literatura, teatro... todo le interesa. Y con esa parte de Blanca me he identificado solo que Muñoz Molina la lleva a un extremo que me parece peligroso. Y en ese maremágnum de vitalidad incontrolada que la posee estará siempre Mario, dispuesto y ansioso por conceder a Blanca lo que guste porque él tiene miedo, miedo a perder su punto de anclaje, un temor que se acrecentará cuando Blanca pronuncie con frecuencia un nombre. 

¿Y por qué se pregunta Mario si Blanca sigue siendo Blanca o es una impostora? Bueno, ahí entra en juego lo que comentaba antes de las interpretaciones. Sin ahondar mucho para no destripar la trama, pienso que ella toma una decisión que Mario no está dispuesto a asumir y se crea su propio artificio, un espejismo que nunca podrá compararse con la realidad, de ahí las dudas. Pero esta es una visión muy subjetiva, es la conclusión a la que el texto me ha conducido a mí y a ti probablemente te lleve por otros derroteros.  

En ausencia de Blanca es pura narración, sin apenas diálogos, en solo diez capítulos. Cuenta con una prosa exquisita y selecta, algo pomposa en ocasiones que intuyo pretende acentuar el tono sarcástico e irónico que a veces tiene el texto.  Una lectura pausada que, a pesar de su brevedad, requiere un paseo reposado por sus páginas y que te hace pensar. A mí me hizo reflexionar sobre las relaciones de dependencia, sobre la entrega y la recepción, sobre el amor idealizado y lo que esperamos de él, sobre el paso del tiempo y la caída de la venda que tapaba nuestros ojos pero también me hizo pensar en ese momento en el caes en picado, sin paracaídas, cuando lo que creías que era para siempre se hace añicos. Mario y Blanca no componen una pareja tan disparatada. Más bien lo contrario. Hay muchos Marios y muchas Blancas a nuestro alrededor, incluso nosotros mismos podemos llegar ser ellos.


 
[Algunas imágenes e ilustraciones tomadas de Google]


Retos:

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lunes, 30 de noviembre de 2015

LA LLUVIA AMARILLA de Julio Llamazares.


Editorial: Seix Barral.
Colección: Booket
Fecha publicación: noviembre, 2001.
Nº Páginas: 144
Precio:  5,59 €
Género: Novela.
Edición: Tapa blanda.
ISBN: 9788432217470


Autor


Julio Llamazares nació en el desaparecido pueblo de Vegamián (León) en 1955. Licenciado en Derecho, abandonó muy pronto el ejercicio de la abogacía para dedicarse al periodismo escrito, radiofónico y televisivo en Madrid, ciudad donde reside. Ha publicado dos libros de poemas, La lentitud de los bueyes (1979) y Memoria de la nieve (1982), que obtuvo el Premio Jorgue Guillén, y un insólito ensayo narrativo: El entierro de Genarín (1981). Ha reunido sus principales artículos en el volumen En Babia (Seix Barral, 1988) y Escenas de cine mudo (Seix Barral, 1993), que le han situado entre las figuras más destacadas de la narrativa española actual. 

Sinopsis

Andrés, el último habitante de Ainielle, pueblo abandonado del Pirineo aragonés, recuerda cómo poco a poco a todos sus vecinos y amigos han muerto o se han marchado a la ciudad. Refugiado entre las ruinas de ese pueblo fantasma, su anciana mente extraviada por la larga soledad sufrida evoca los días en que compartía su tiempo con su esposa, Sabina, y la desapacible aflicción que sintió cuando encontró su cuerpo yerto en el molino, víctima del suicidio, fruto de la desesperación. Se imagina las sensaciones de quien pronto, quizás un grupo de excursionistas en busca de vestigios de otro tiempo, lo encuentre a él bajo el húmedo musgo que ha invadido las piedras, su historia y su recuerdo.

Biografía y sinopsis tomados  directamente del ejemplar]


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No es la primera vez que leía algo de Julio Llamazares. Tiempo atrás asomó por este blog su novela Las lágrimas de San Lorenzo, cuya reseña puedes leer aquí. Aquella novela hablaba de un tiempo de espera, de unos recuerdos, de un padre y de un hijo, de los deseos que no se cumplieron y de los que están por venir. Una novela intimista para la que hay que estar preparados. Y hoy le toca el turno a otra previa que ha constituido una nueva propuesta en el club de lectura y que, pensándolo bien, tiene ciertos puntos de conexión con aquella otra.

Nada más leer la sinopsis de La lluvia amarilla se me vino a la cabeza otra lectura anterior, también descubierta por el club, me refiero a Pedro Páramo de Juan Rulfo (reseña aquí). En ambas hay un pueblo aislado, mucho silencio, desasosiego y muerte. No fui la única que tuvo esa sensación inicial pues muchos coincidimos en que la atmósfera de ambos libros tiene cierto parecido.



Como bien dice la sinopsis, La lluvia amarilla trata sobre el último habitante de un pueblo abandonado. Andrés de Casa Sosa lleva diez años viviendo solo en Ainielle, ese pueblo del Pirineo aragonés cuya vida se ha ido debilitando. La novela arranca en un punto cuanto menos peculiar. Andrés espera paciente la llegada de alguien o sería más correcto decir la llegada de algo. Tras los primeros párrafos entenderemos entonces que Andrés aguarda a la muerte aunque por momentos presentiremos que esta ha llegado ya y Andrés confía en que la próxima visita que reciba sea la de vecinos de los pueblos aledaños que vienen a enterrarlo. 

En ese trance ya culminado o en vías de estarlo, el protagonista narrador de esta novela ocupa la espera con sus recuerdos. De ese modo conoceremos escuetamente cómo ha sido su vida en el pueblo, cuántos hijos tuvo (Andrés, Camilo y Sara) y qué ha sido de ellos, qué le ocurrió a su esposa Sabina y cómo, poco a poco, los vecinos y amigos han ido abandonando paulatinamente Ainielle, ese pueblo sobre el que cae la negrura de la noche y que resiste los últimos envites de su existencia, todo ello descorazonadamente descrito en unos primeros párrafos que perturban. 

La novela pone el foco de atención en el inexpugnable paso del tiempo que todo lo arrasa a su paso. No solo afectará a las personas, mermando sus facultades mentales y su capacidad de movimiento. También se llevará por delante a los animales, a las casas, a los caminos y a los establos... Ainielle hace mucho que sufre el abandono, el deterioro y la podredumbre pero Andrés, siendo el último habitante de la aldea, ¿por qué no decide marcharse como el resto de los aldeanos? ¿Por qué esa obcecación por seguir en un lugar que se cae a pedazos? ¿Por qué no marcharse a Berbusa, al pueblo de al lado, donde la vida no es más fácil pero al menos sí tiene el aliciente de la compañía? La explicación se resume perfectamente en una frase: 


«Pero yo, Andrés de Casa Sosas, el último de Ainielle, ni estoy loco ni me siento condenado, salvo que sea estar loco haber permanecido fiel hasta la muerte a mi memoria y a mi casa,...».
 [pág. 131]

La fidelidad. En esta palabra se resume todo. Fiel a lo que siempre ha conocido, a su pueblo, a su tierra, a ese punto del mundo en el que nació y donde quiere morir. No cabe otra.


Andrés es ese personaje-narrador al que solo le queda esperar. Ya nada tiene por hacer más que enredarse en sus recuerdos mientras llega su última exhalación. No tiene por compañía más que a una vieja perra y así mismo porque «la soledad, es cierto, me ha obligado a enfrentarme cara a cara conmigo mismo» [pág. 40]. Esa perra, que ni siquiera tiene nombre, de igual modo refleja la idea de fidelidad de la que hablaba antes. Jamás se separará de su dueño, ni siquiera cuando no tenga nada para comer o para beber. 

En algún momento podremos pensar que Andrés es un egoísta. No entiende por qué la gente se ha marchado del pueblo y recrimina con duros pensamiento a aquel hijo que un día decidió abandonar a la familia para buscar el futuro en otro lugar. Pero el lector debe poner de su parte. Hay que comprender que Andrés es un hombre que no ha conocido más mundo que el que le rodea. Su pueblo es su universo y tiene muy arraigado en su interior esas enseñanzas antiguas, los padres que cuidan de sus hijos pequeños y los hijos adultos que cuidan de sus padres en la vejez. Eso es lo que Andrés hubiera deseado para sí con su hijo mayor:

«Con Andrés no se iba sólo un hijo. Con Andrés se iban también las últimas posibilidades de supervivencia de la casa y la única esperanza de ayuda y compañía que, en la vejez cada vez más cercana y más temida, su madre y yo tendríamos un día». 
  [pág. 53]

Si no me equivoco la narración se sitúa en los años sesenta y por lo tanto hay cuestiones generacionales y culturales a tener en cuenta. Por eso no podemos enfocarlo desde nuestra perspectiva, no podemos juzgar a un hombre que no conoce más que lo que se le ha enseñado. De ahí que trate con desprecio a su hijo mayor y sin embargo guarde cariñosos recuerdos para Camilo, desaparecido en la guerra, y para Sara, su pobre niña fallecida siendo pequeña pero enterrada en el pueblo.

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