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lunes, 30 de noviembre de 2015

LA LLUVIA AMARILLA de Julio Llamazares.


Editorial: Seix Barral.
Colección: Booket
Fecha publicación: noviembre, 2001.
Nº Páginas: 144
Precio:  5,59 €
Género: Novela.
Edición: Tapa blanda.
ISBN: 9788432217470


Autor


Julio Llamazares nació en el desaparecido pueblo de Vegamián (León) en 1955. Licenciado en Derecho, abandonó muy pronto el ejercicio de la abogacía para dedicarse al periodismo escrito, radiofónico y televisivo en Madrid, ciudad donde reside. Ha publicado dos libros de poemas, La lentitud de los bueyes (1979) y Memoria de la nieve (1982), que obtuvo el Premio Jorgue Guillén, y un insólito ensayo narrativo: El entierro de Genarín (1981). Ha reunido sus principales artículos en el volumen En Babia (Seix Barral, 1988) y Escenas de cine mudo (Seix Barral, 1993), que le han situado entre las figuras más destacadas de la narrativa española actual. 

Sinopsis

Andrés, el último habitante de Ainielle, pueblo abandonado del Pirineo aragonés, recuerda cómo poco a poco a todos sus vecinos y amigos han muerto o se han marchado a la ciudad. Refugiado entre las ruinas de ese pueblo fantasma, su anciana mente extraviada por la larga soledad sufrida evoca los días en que compartía su tiempo con su esposa, Sabina, y la desapacible aflicción que sintió cuando encontró su cuerpo yerto en el molino, víctima del suicidio, fruto de la desesperación. Se imagina las sensaciones de quien pronto, quizás un grupo de excursionistas en busca de vestigios de otro tiempo, lo encuentre a él bajo el húmedo musgo que ha invadido las piedras, su historia y su recuerdo.

Biografía y sinopsis tomados  directamente del ejemplar]


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No es la primera vez que leía algo de Julio Llamazares. Tiempo atrás asomó por este blog su novela Las lágrimas de San Lorenzo, cuya reseña puedes leer aquí. Aquella novela hablaba de un tiempo de espera, de unos recuerdos, de un padre y de un hijo, de los deseos que no se cumplieron y de los que están por venir. Una novela intimista para la que hay que estar preparados. Y hoy le toca el turno a otra previa que ha constituido una nueva propuesta en el club de lectura y que, pensándolo bien, tiene ciertos puntos de conexión con aquella otra.

Nada más leer la sinopsis de La lluvia amarilla se me vino a la cabeza otra lectura anterior, también descubierta por el club, me refiero a Pedro Páramo de Juan Rulfo (reseña aquí). En ambas hay un pueblo aislado, mucho silencio, desasosiego y muerte. No fui la única que tuvo esa sensación inicial pues muchos coincidimos en que la atmósfera de ambos libros tiene cierto parecido.



Como bien dice la sinopsis, La lluvia amarilla trata sobre el último habitante de un pueblo abandonado. Andrés de Casa Sosa lleva diez años viviendo solo en Ainielle, ese pueblo del Pirineo aragonés cuya vida se ha ido debilitando. La novela arranca en un punto cuanto menos peculiar. Andrés espera paciente la llegada de alguien o sería más correcto decir la llegada de algo. Tras los primeros párrafos entenderemos entonces que Andrés aguarda a la muerte aunque por momentos presentiremos que esta ha llegado ya y Andrés confía en que la próxima visita que reciba sea la de vecinos de los pueblos aledaños que vienen a enterrarlo. 

En ese trance ya culminado o en vías de estarlo, el protagonista narrador de esta novela ocupa la espera con sus recuerdos. De ese modo conoceremos escuetamente cómo ha sido su vida en el pueblo, cuántos hijos tuvo (Andrés, Camilo y Sara) y qué ha sido de ellos, qué le ocurrió a su esposa Sabina y cómo, poco a poco, los vecinos y amigos han ido abandonando paulatinamente Ainielle, ese pueblo sobre el que cae la negrura de la noche y que resiste los últimos envites de su existencia, todo ello descorazonadamente descrito en unos primeros párrafos que perturban. 

La novela pone el foco de atención en el inexpugnable paso del tiempo que todo lo arrasa a su paso. No solo afectará a las personas, mermando sus facultades mentales y su capacidad de movimiento. También se llevará por delante a los animales, a las casas, a los caminos y a los establos... Ainielle hace mucho que sufre el abandono, el deterioro y la podredumbre pero Andrés, siendo el último habitante de la aldea, ¿por qué no decide marcharse como el resto de los aldeanos? ¿Por qué esa obcecación por seguir en un lugar que se cae a pedazos? ¿Por qué no marcharse a Berbusa, al pueblo de al lado, donde la vida no es más fácil pero al menos sí tiene el aliciente de la compañía? La explicación se resume perfectamente en una frase: 


«Pero yo, Andrés de Casa Sosas, el último de Ainielle, ni estoy loco ni me siento condenado, salvo que sea estar loco haber permanecido fiel hasta la muerte a mi memoria y a mi casa,...».
 [pág. 131]

La fidelidad. En esta palabra se resume todo. Fiel a lo que siempre ha conocido, a su pueblo, a su tierra, a ese punto del mundo en el que nació y donde quiere morir. No cabe otra.


Andrés es ese personaje-narrador al que solo le queda esperar. Ya nada tiene por hacer más que enredarse en sus recuerdos mientras llega su última exhalación. No tiene por compañía más que a una vieja perra y así mismo porque «la soledad, es cierto, me ha obligado a enfrentarme cara a cara conmigo mismo» [pág. 40]. Esa perra, que ni siquiera tiene nombre, de igual modo refleja la idea de fidelidad de la que hablaba antes. Jamás se separará de su dueño, ni siquiera cuando no tenga nada para comer o para beber. 

En algún momento podremos pensar que Andrés es un egoísta. No entiende por qué la gente se ha marchado del pueblo y recrimina con duros pensamiento a aquel hijo que un día decidió abandonar a la familia para buscar el futuro en otro lugar. Pero el lector debe poner de su parte. Hay que comprender que Andrés es un hombre que no ha conocido más mundo que el que le rodea. Su pueblo es su universo y tiene muy arraigado en su interior esas enseñanzas antiguas, los padres que cuidan de sus hijos pequeños y los hijos adultos que cuidan de sus padres en la vejez. Eso es lo que Andrés hubiera deseado para sí con su hijo mayor:

«Con Andrés no se iba sólo un hijo. Con Andrés se iban también las últimas posibilidades de supervivencia de la casa y la única esperanza de ayuda y compañía que, en la vejez cada vez más cercana y más temida, su madre y yo tendríamos un día». 
  [pág. 53]

Si no me equivoco la narración se sitúa en los años sesenta y por lo tanto hay cuestiones generacionales y culturales a tener en cuenta. Por eso no podemos enfocarlo desde nuestra perspectiva, no podemos juzgar a un hombre que no conoce más que lo que se le ha enseñado. De ahí que trate con desprecio a su hijo mayor y sin embargo guarde cariñosos recuerdos para Camilo, desaparecido en la guerra, y para Sara, su pobre niña fallecida siendo pequeña pero enterrada en el pueblo.

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