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jueves, 25 de junio de 2026

ELVIRA MÍNGUEZ: ❝Escribo sobre mujeres porque soy mujer❞

La pasada primavera, Elvira Mínguez se alzó con el Premio Primavera de Novela con su libro La educación del monstruo. A Mínguez la conocíamos principalmente como actriz de cine y televisión. Recientemente ha participado en el rodaje de Sira, continuación de El tiempo entre costuras, cuyo estreno está previsto para finales de este año, o para principios del 2027. Pero también la conocemos por otros muchos trabajos, dada su larguísima trayectoria en el mundo audiovisual. Recientemente la hemos podido ver interpretando a una cocinera en la película La cena o en las series Marbella, expediente judicial o Vida perraSin embargo, desde que en 2023 publicara La sombra de la tierra, llevada a la televisión, compagina su faceta de actriz con la escritura. 

La educación del monstruo nos habla de tres mujeres, Águeda, Olvido y Matilde, y de tres épocas conectadas. Con una estructura compleja, que entrelaza los tres hilos temporales, esta nueva novela de Elvira Mínguez hace una incursión en el pasado, en la memoria y los recuerdos y en la inmigración española en los años 60, pero también aborda una cuestión más intensa, como es la verdadera naturaleza del ser humano. 

A su paso por Sevilla, tuve la oportunidad de sentarme a hablar con Elvira Mínguez y me contó todo esto.

Marisa G.- Elvira, un placer tenerte otra vez en Sevilla. Qué alegría verte de nuevo.

Elvira M.- Gracias.

M.G.- Bueno, me estoy leyendo tu libro. Voy por la página 200 y vaya…

E.M.- Alguna escena que duele, ¿no?

M.G.- Sí, duele, duele. Pero, en primer lugar, muchas felicidades por tu premio, por el Premio Primavera de Novela. Con la anterior ya te dieron el premio de la crítica en Castilla y León.

E.M.- No, no, quedé finalista.

M.G.- Ah, pues había leído que habías ganado.

E.M.- No, me enteré hace poco porque me lo dijo mi editora pero fui finalista. A mí no me dieron ningún premio.

M.G.- Bueno, pues finalista. Pero ahora sí, con La educación del monstruo te llevas un premio. Ha sido como llegar a la literatura y besar el santo porque la anterior funciono muy bien, hasta el punto de llevarla a televisión, con una serie en la que fuiste guionista.

E.M.- Y directora.

M.G.- Y directora, exactamente.

E.M.- La verdad es que para mí ha sido una sorpresa. Lo del premio pues, qué quieres que te diga, que ha sido algo muy bonito. No me lo podía ni imaginar, te lo aseguro. A pesar de las nominaciones en cine y de los premios pues, no sé, este premio me ha hecho una ilusión que no me ha hecho ningún otro.

M.G.- Llegados a este punto, en el que estás viendo que tus historias y tu forma de escribir gusta a los lectores, ¿has llegado a pensar que, de saberlo, te hubieras puesto a escribir mucho antes?

E.M.- No, no. Estoy convencida de que la escritura ha llegado cuando tenía que llegar. En el fondo, esto no es más que otra forma de contar una historia. Es una manera de narrarme a mí misma. Me parece que es algo que ya hablamos con la novela anterior. Creo que todos necesitamos narrarnos. A la hora de concebir personajes, a la hora de escribir, lo hago de esta manera gracias a todos los años que llevo en lo otro, en el cine. Mi cabeza es visual. Me levanto y paso mucho tiempo visualizando, imaginando, tratando de transcribir al papel lo que veo. Y la manera de concebir a los personajes es la misma que uso cuando interpreto. Los voy creando a base de ir creando atmósferas.

De un modo u otro, voy aplicando lo que he ido aprendiendo durante estos treinta años de interpretación.

M.G.- La primera novela la has llevado al cine, con Carmelo Gómez, además. ¿Cómo es ver tu historia escrita en formato audiovisual? 

E.M.- Cuando escribo no pongo caras, salvo con el personaje que interpreta Carmelo en La sombra de la tierra. Es verdad que, cuando creé a ese personaje, tenía a Carmelo en la mente. Pero en La educación me ha pasado igual. No pongo caras. Cuando los escribo, me imagino cómo se rascan, cómo se mueven, cómo se giran o cómo cogen algo. Y yo hago los mismos movimientos, práctico para ver cómo se extienden los dedos, o cómo hacen esto otro. Puedo tener una idea vaga en cuanto a las descripciones pero no tengo un rosto.

O sea, supongo porque de alguna manera como yo los interpreto, a la hora de escribir, os admiro a ver cómo se rascan, cómo se mueven, cómo se giran, cómo cogen algo, cómo se agachan y lo voy haciendo, ¿sabes? Muchas veces práctico para ver si es entonces extiendo los dedos, no sé qué, no sé cuál. Creo que no sé si será eso, pero no tengo ninguna cara.


[Para escuchar nuestra conversación, clic en el vídeo]

M.G.- La educación del monstruo tiene tres hilos temporales, muy conectados unos con otros. Vamos a ver a los mismos personajes en tres etapas distintas de su vida. A los lectores que se acerquen a este Premio Primavera, ¿qué le contarías sobre esta historia?

E.M.- La educación del monstruo es una novela negra, es un thriller. Es una investigación que va a llevar a cabo Matilde, uno de los personajes. En el año 2014, vamos a ver a Matilde en Madrid y en Valladolid. Ella tiene un niño de cinco años. El niño está jugando, tira la pelota fuera de casa y sale corriendo tras ella. Matilde se va a asustar mucho. Sale detrás del niño. Es un acto reflejo. De repente, conecta con su memoria, con algo que le ocurrió, pero que no acaba de entender muy bien. Es lo que los especialistas llaman un recuerdo involuntario. Se rompe la linealidad del tiempo y lo que pasó hace tiempo se vuelve presente. Riñe al niño, lo manipula con el miedo para que no vuelva a hacer lo que ha hecho. Mira al niño de un modo distinto. Ella se ve como si fuera un monstruo. Matilde no sabe lo que le ocurre, por qué ha reaccionado así, y trata de averiguar qué demonios le ha pasado. De ahí, la veremos en su infancia, en los años 76 y 77. La vamos a ver en el colegio donde estudiaba, un centro dirigido por una monja, la hermana Olvido. Por esos años, en Valladolid rondaba un violador que atacaba a las niñas. Toda la ciudad vive envuelta en ese clima de miedo. 

Por otro lado, también vamos a conocer a los personajes en el año 63. Águeda, la madre de Matilde, y su hermana Teresa, emigran a Alemania, a la ciudad de Düsseldorf.

Poco a poco, con cada hilo temporal, y mucho antes que Matilde, el lector irá uniendo las piezas. De alguna forma, he tejido un tapiz. De hecho, Matilde es vestuarista y se expresa usando términos relacionados con los tejidos, y las texturas.

M.G.- Es un estructura más compleja con la anterior. ¿Cómo te has desenvuelto a la hora de manejar tres tiempos?

E.M.- En un momento determinado pensé en hacerlo por etapas. Por un lado, la parte de Alemania, luego los años 70 y, al final, la de 2014. Pero así no me funcionó. Es lo que te decía, la historia es un tapiz y he ido tejiendo al mismo tiempo que se iba desarrollando la historia. Ha sido más difícil o más pesado hacerlo así porque, cualquier hilo que moviera en una época, modificaba absolutamente todo. Tenía que hacer como encajes de bolillos para un lado y para el otro. 

M.G.- La novela aborda muchos temas pero, de todos ellos, destaca o sobresale esa emigración de españoles a Alemania durante los años 60. Cuentas en la novela que esos españoles, que dejaron este país para buscar una vida mejor, cuando llegan allí se encuentran miseria igualmente, mucha soledad y mucha nostalgia. Se ve muy bien en el personaje de Teresa, de Águeda, o de su marido.

E.M.- Me encanta que me comentes esto. Supongo que a todos los escritores les pasará igual pero, en mi caso, a la hora de documentarme, sufro del síndrome del impostor. Yo no hago un proceso de documentación previo sino que me voy documentando a medida que voy escribiendo, que se me van ocurriendo cosas. En este sentido, cuando me documenté sobre la emigración a Alemania, me topé con algo que me pareció alucinante. Y es que no solo había emigración legal, sino también ilegal. Ellos se marchaban a un país en el que se habla un idioma que no conocen, con un clima durísimo. Y hay algo muy importante que les pasa a todos los emigrados. Tienen que poner buena cara ante sus familias, hacerlos creer que todo va muy bien y que van a ganar mucho dinero. Todos ellos sufren una decepción muy grande porque no se cumplen sus expectativas. Todo esto me pareció muy interesante, como hablar también de la emigración ilegal. Los que emigraban de manera ilegal tenían mucha más libertad para dejar un trabajo y buscar otro que aquellos otros que fueron de manera regular, a través del Instituto de la Emigración. 

M.G.- Pero, ¿en qué consistía esa emigración ilegal? ¿No llevaban permiso de trabajo o cómo era?

E.M.- Te daban un permiso de turista. Algunos entraban y salían, pues depende, algunos lo hacían por Holanda. El visado duraba sólo tres meses. A los tres meses tenían que salir y volvían a entrar con un nuevo visado. Claro, entraban sin un contrato firme pero, al mismo tiempo, eso le daba mucho margen para dejar un trabajo e irse a otro, si se cometían muchas injusticias en el trabajo o si no se les pagaba bien.

M.G.- Y tocas otros muchos temas de mucha importancia. Vamos a ver escenas muy machistas, abordas el tema de la religión a través de esa monja, que se llama Olvido, o el maltrato, la culpa, el pasado que siempre vuelve, ese pasado que tanto trabajo cuesta dejar atrás.

E.M.- Sí, por eso las dos frases de inicio de la novela, la de Virginia Woolf y la de Elias Canetti. Mira me he dado cuenta que hay dos temas que son muy importantes para mí y que, imagino, serán recurrentes. Uno es la memoria y el otro, el tiempo. 

La memoria la necesitamos para construir nuestra identidad. La construimos en base a lo que hemos vivido. Está siempre ahí, permanece, por mucho que le queramos dar vueltas. Sobre la memoria hay muchos estudios pero, realmente, todavía no se sabe tanto como se debería saber. Cuando Matilde tiene ese recuerdo involuntario, ¿cómo se construye un recuerdo? ¿Cuáles son los mecanismos? Creo que la memoria es un tema clave para el ser humano.

M.G.- Los españoles que emigraban de forma legal a Alemania, lo hacían a través del Instituto de Emigración. Luego, cuando ya estaban allí, acudían a esos centros culturales españoles, que eran como un reducto de España en el extranjero. En la novela vamos a verlos en esos centros, donde se sentían, un poco como en casa, y son escenas muy entrañables.

E.M.- Eran centros donde no solamente se reunían los españoles que vivían en el extranjero sino que también eran lugares que permitían al régimen franquista controlar lo que había allí. Incluso Cáritas ejercía también este tipo de labor. De alguna forma, el régimen vigilaba de qué forma calaban las ideas democráticas. El régimen quería seguir controlando, incluso a la gente que vivía fuera de España. En el caso de los personajes de la novela, vamos a ver a Matilde, a Olvido y a Águeda, las tres mujeres protagonistas, que son auténticas heroínas y que se posicionan en contra del sistema. Águeda llega a denunciar en Alemania los malos tratos que ella ve en su casa y se dirige al centro español para denunciarlo allí pero no, no servía. Ellos sabían lo que ocurría en todas las casas, y funcionaban como centros informativos.

M.G.- Águeda, Olvido y Matilde van a ser los tres pilares de la novela. Águeda me roba el corazón. Matilde me recuerda mucho a las madres de hoy, que sobreprotegen a sus cachorros. Y Olvido es esa religiosa que se cuestiona incluso la existencia de Dios. Me parecen tres personajes con una identidad muy rotunda.

E.M.- Sí. En el caso de Matilde, su monstruo es la sobreprotección.  

Algo muy importante en la novela, y de ahí el título, es la existencia de un monstruo real. Hablo de Javier. Como es una novela negra, no estoy haciendo ningún tipo de spoiler. Pero luego, lo que más me interesa es lo que me pasó escribiendo la novela. Quise colocar al lector en un sitio en el que él fuera capaz de reflexionar sobre cuál es el monstruo. ¿O cuáles son los monstruos que no quiero ver? ¿Cuáles son los que desconozco? ¿Cuáles son los que voy a dejar en herencia a mis hijos? Esa era la reflexión que a mí me interesaba.

Cada una de estas mujeres lucha contra el sistema de una manera determinada. Águeda y Olvido denuncian, pero Matilde, lo que hace, de alguna manera, es denunciarse a sí misma. Pone en tela de juicio todo lo que sabe hasta esa conversación final que mantiene con su tía Teresa.

Con respecto a Olvido, te diré que yo soy atea por convicción y por voluntad propia pero he estudiado en un colegio religioso.

M.G.- Has estado en un colegio de monjas.

E.M.- Sí, cuya directora era Olvido pero no la Olvido de la novela.

M.G.- Es que se nota un montón.

E.M.- Todo lo que tiene que ver con el mal me ha interesado siempre muchísimo. Olvido no se cuestiona si existe Dios o no, sino que lo que se cuestiona es si Dios es bueno. 

M.G.- Que exista maldad en Dios.

E.M.- Exactamente. ¿Dios es malo? Esa es la pregunta a la que Olvido intenta dar respuesta. Ese es su monstruo, cómo ella puede sentir, en un momento determinado, que las bases del catolicismo se pongan en tela de juicio. ¿Qué ocurre si insertamos, como variable de la ecuación, la maldad de Dios?

Y en el caso de Águeda, su monstruo es la culpa. Cuando ella se encuentra con un Javier que está despertando a la sexualidad, ella empezará a culparse.

M.G.- Pero Elvira, independientemente de nuestros monstruos internos, hay otros monstruos que surgen a raíz del entorno en el que se crían, o eso pensamos. Es el caso de Javier, un personaje que sufre mucho, pero ¿ese monstruo es víctima de su entorno o el monstruo existe por naturaleza?

E.M.- Esa es una de las cuestiones que el lector tiene que responder. El monstruo, ¿nace o se hace? En el caso de Javier, es un niño abandonado, un niño que ha sufrido maltrato por parte del padre y, por tanto, sus circunstancias pueden llegar a ser un detonante para la construcción de una psicología y una personalidad monstruosa. Pero, además, hay que sumarle otros ingredientes al puchero de Javier, como es ese despertar sexual, o cómo Águeda se va transformando para él en un icono virginal. Todos esos ingredientes son los que acaban configurando al monstruo. Pero monstruosa es también la actitud de Águeda hacia su hija, la educación que le da, la responsabilidad que le echa encima. Y monstruosa es también la superprotección que ejerce Matilde sobre su hijo. O monstruoso es el silencio de las familias de todas esas niñas violadas.

M.G.- Uno de los hilos argumentales transcurre en Valladolid, en tu Valladolid natal, en los años 70.  ¿Vamos a ver la Valladolid de tu infancia?

E.M.- Sí, absolutamente. En los años 70, había un famoso violador en Valladolid, el violador del ascensor, pero indagando en hemerotecas, leí que, en España, en un sólo día, atrapaban hasta a dos violadores. Hubo momentos en lo que había hasta cuatro. En esos años, Franco ya había muerto pero cuando vivía, eran delitos de los que ni se hablaba. Denunciar que eso ocurría en un régimen dictatorial era algo imposible. Los policías no tenían ni preparación psicológica para enfrentarse a eso. Por eso a Olvido le gusta la psicología y ella, junto al comisario Gutiérrez, se encargará de empezar o de intentar aclarar lo que ocurre.

Por entonces, había mucho miedo en Valladolid. Recuerdo que, para ir a jugar a casa de una amiga, te tenía que llevar un hermano mayor. No te dejaban estar sola en la calle, y todo ese miedo fue calando, poco a poco. 

M.G.- Elvira, y hablando de la documentación, he leído que has hecho uso de una novela gráfica, un género que me encanta, pero al que los lectores se acercan poco. Me ha resultado un dato llamativo.

E.M.- Las novelas gráficas me encantan. De regalo de Reyes siempre pido una novela gráfica. Carlos Sanz me habló de esa novela que me ha servido de inspiración, en la que se habla de una emigración ilegal. Me fue muy útil porque, a partir de ahí, empiezas a buscar información por otro lado.

M.G.- Sí, una cosa te lleva a otra. 

Elvira, tus novelas son siempre de mujeres fuertes y potentes. Y me voy a meter en un jardín porque, ya que escribes tanto sobre mujeres, quisiera preguntarte si, el concepto que tenemos hoy de feminismo está bien entendido o, por el contrario, estamos metiendo en el mismo saco cosas que nos perjudican.

E.M.- Creo que, en un momento de crisis, la mujer pierde cualquier avance que se haya conseguido. Si hay que recuperar ciertas posiciones, las posiciones que se van a vender son las de las mujeres. En ese sentido, vivimos en un momento terrible. Debemos ser conscientes que todas tenemos una responsabilidad de guarda y cuidado de unas con otras. Pero no estoy hablando de feminismo, sino de sentido común. Escribo de mujeres porque soy mujer. Creo en la igualdad de derechos porque soy mujer. Creo en mi libertad y en mi individualidad, porque soy mujer. En los momentos en los que estamos, hay que estar por encima de ciertas cosas, y no perdernos con cosas que sólo nos puede colocar al borde del precipicio.

M.G.- Sí. Bueno, actriz, escritora, madre. ¿Cómo se compagina todo?

E.M.- Duermo poco, lo digo siempre. 

M.G.- Poco, ¿cuánto es?

E.M.- Pues, normalmente unas seis horas. Soy muy inquieta y tengo mucha energía. Luego, es verdad que no tengo el talento de la gestión del tiempo, pero con los años he aprendido a tener la capacidad de priorizar. Tengo muy claro cuál es mi prioridad número uno, mi familia. Si tengo que dejar cualquier cosa por ellos, lo dejo. Tengo también muy claro que la interpretación, el cine o la dirección de la serie es un oficio, como la escritura. Y la vida es otra cosa. Cuando tengo la fecha de entrega muy cerca, me llevo el ordenador a todos lados, pero cuando me apetece estar tirada, también me tiro. 

M.G.- Pues Elvira, muchas gracias por atenderme. Un placer hablar contigo.

E.M.- Muchas gracias a ti.

Sinopsis: Una historia inquietante y profundamente humana que explora cómo el miedo y la memoria pueden marcar una vida para siempre.

Pensamos que el monstruo siempre es el otro: un desconocido que se lleva a una niña en un coche blanco, un hombre que ataca en una calle desierta... ¿Qué pasa cuando descubrimos al monstruo que todos llevamos dentro?

Matilde es la madre entregada y sobreprotectora de un niño de cinco años. Un recuerdo involuntario será el detonante que la lleve a buscar el motivo de esta sobreprotección, que entiende cada día más dañina para su hijo y para ella misma.

Esta es también la historia de la madre de Matilde, Águeda, una joven que en 1963 emigró a Alemania con su familia y convivió bajo el mismo techo con un hombre y su hijo adolescente, un muchacho silencioso que aprendió demasiado pronto el lenguaje de la humillación.

En esta búsqueda Matilde regresará a su infancia, al Valladolid de los años setenta, y a su colegio, dirigido por la hermana Olvido. La ciudad vive sobrecogida por una serie de secuestros y violaciones a niñas que siembran el pánico mientras un silencio ominoso se instala en las familias.

La educación del monstruo es una novela sobre cómo se fabrica la violencia, cómo el miedo se transmite de generación en generación y cómo todos participamos, a veces sin saberlo, en la construcción del depredador.

Porque el monstruo no aparece de la nada.

Se forma en los márgenes.

Se alimenta del silencio.

Y alguien, en algún momento, le enseñó a serlo.


viernes, 17 de marzo de 2023

LA SOMBRA DE LA TIERRA de Elvira Mínguez

Editorial: Espasa
Fecha publicación: febrero, 2023
Precio: 18,90 €
Género: narrativa
Nº Páginas:272
Encuadernación: Rústica con solapas
ISBN: 978-84- 670-6723-1
[Disponible en eBook]

Autora

Elvira Mínguez es una de las actrices cinematográficas más reputadas del panorama audiovisual actual. Ha trabajado a las órdenes John Malkovich, Steven Soderbergh y Asghar Farhadi, entre otros. Entre sus trabajos recientes y más exitosos, destaca su papel de Flora en la adaptación de La Trilogía del Baztán, de Dolores Redondo. Mujer de gran cultura e inquietudes intelectuales, La sombra de la tierra es su primera novela.

Sinopsis

La sombra de la tierra es la historia de dos mujeres o, mejor dicho, de la escalada al poder de una de ellas y la pérdida del mismo de la otra.

Estamos en 1896, en Villaveza del Agua, un pueblo de la provincia de Zamora donde el hambre y la pobreza son las circunstancias vitales de sus habitantes, sometidos a la Garibalda, una mujer viuda y enferma que impone sus propias normas a la comunidad entera.

La dictadura de la Garibalda, el control y la explotación a los que tiene sometidos a los hombres y mujeres del pueblo y el temor reverencial que sienten hacia ella ha llevado a los habitantes de Villaveza a buscar una solución, y esta solución (o eso es lo que creen) es Atilana, una mujer tan dura como sus circunstancias que aspira a conseguir el poder que ostenta la caciquesa.

Enfrentadas desde hace muchos años, el odio las mantiene en pie. La lucha de estas dos mujeres egoístas y manipuladoras arrastrará a todo aquel que esté a su lado. Atilana y Garibalda tan absortas una en la otra, incapaces de ver más allá de su enfrentamiento, no serán conscientes de lo que se está gestando a su alrededor hasta que sea demasiado tarde.

Nadie en el pueblo saldrá indemne de este encono, aunque serán sus hijos, principales víctimas de estas mujeres despiadadas, los condenados a soportar la herencia maldita de estos actos.

La actriz Elvira Mínguez se revela en esta historia como una narradora con una energía extraordinaria, capaz de metabolizar todo su talento dramático y un profundo conocimiento de nuestra literatura en unos personajes trágicos e inolvidables. La lectura de esta novela terrible, y aún así traspasada por la misericordia, que es de la autora pero que nos atañe a todos, tiene el poder catártico, transformador, reservado sólo a las grandes historias.

[Información tomada directamente de la web de la editorial]



Lo comenté cuando publiqué la entrevista, que puedes leer aquí. Me gusta muchísimo Elvira Mínguez como actriz. La posibilidad de haber podido conversar con ella en persona me hace entender la labor tan extraordinaria que hace un actor o una actriz para dar vida a sus personajes. Pienso en su último trabajo, en el papel de Flora Salazar, dentro de la Trilogía del Baztán. Pienso en la mujer con la que conversé en enero. Me sorprende ver dos mujeres tan distintas dentro del mismo cuerpo. En esa diferencia tan abismal que yo percibo es donde radica precisamente una buena interpretación.

Conocedora de la trayectoria de Mínguez, me llevé una gran sorpresa cuando supe que la actriz empezaba a adentrarse en el mundo de la literatura. Si lo piensas un poco, y como ella misma me confesó, no hay tanta diferencia entre escribir o interpretar a un personaje. En el fondo, todo se reduce a crear de la nada, a hacer tangible lo intangible. Y dar cuerpo a una historia es lo que ha hecho en La sombra de la tierra, título que ha supuesto su debut literario. Solo con leer la sinopsis ya me sentí atraída por esta historia, pero el día que me senté a hablar con ella tan solo llevaba unas pocas páginas leídas. Terminé la lectura pocos días después, así que hoy vengo a contaros qué me ha parecido la primera novela de Elvira Mínguez.

Para empezar, te diré que la acción se inicia en el mes de marzo de 1896 y abarca hasta marzo de 1898. Villaveza del Agua, municipio de Zamora, es una localidad real. Será en este pequeño pueblo, que hoy cuenta con ciento setenta y cuatro habitantes, donde tendrá lugar el desarrollo de los hechos. No obstante, debo aclarar que lo que Elvira Mínguez narra en esta novela es pura ficción, totalmente fruto de su imaginación, aunque Villaveza exista realmente. 

Cuenta la novela que, en este pueblo viven dos mujeres: Atilana y Garibalda. La primera...


«Es una mujer alta y fuerte, de cincuenta y dos años, con pelo entrecano recogido en un moño, facciones marcadas, labios delgados y sufridos y unos ojos negros como un pozo rodeados de profundas ojeras». [pág. 15]


La segunda, la describe así:


«... las carnes que sobresalen por los laterales de la butaca, esos pies abotargados y tumefactos que se escpan por los bordes de unas zapatillas deformadas». [pág. 17]


Garibalda padece obesidad mórbida por eso la llaman «la Gorda». Es la figura más importante del pueblo.  No hay nada que ocurra en Villaveza que no llegue a oídos de Garibalda. No hay nada que ella no sepa. No hay nada que se le escape. De hecho, es ella la que dirige los hilos de Villaveza, la que decide cómo, dónde, por qué, para qué,... Todo el que viva en Villaveza tiene que rendir cuentas a Garibalda. Incluso los vecinos, supuestamente de motu propio, acuden a ella pidiendo instrucciones. Un poder desmesurado para una mujer que hace años que no pisa la calle, que vigila el día a día de su pueblo a través de los visillos de una ventana, que no habla por boca propia, sino a través de su hija Tránsito.

El conflicto de esta novela surge pronto. Genaro, el marido de Atilana, al que apodan el putero, ha fallecido. La familia quiere enterrarlo en campo santo. Garibalda y, por consiguiente la mayor parte del pueblo, se niega en redondo. ¿Cómo permitir que un hombre de semejante reputación sea acogido en tierra consagrada? Ni siquiera Agustín, el párroco, puede mediar en este asunto. Aquí se hace lo que Garibalda dicte y mande. Y es que Genaro no era trigo limpio. Tenía deudas de juego, era un maltratador, y se metía en negocios poco claros. Su vida desordenada y poco cristiana da pie a que aparezca Fernando Vacas en la vida de Atilana, pero sobre este asunto no diré más nada. 

La cuestión es que la muerte de Genaro deja a Atilana en una situación de extrema precariedad y dificultad. Una transacción del difunto antes de fallecer coloca a Garibalda muy por encima de Atilana, pero esta última es una mujer orgullosa que sabe plantar cara. Para hacer frente a los contratiempos, la mujer contará con la ayuda de sus hijos. Poco a poco, y provocado por diferentes sucesos en el pueblo, se irán uniendo a su causa otras personas.

La sombra de la tierra es la historia de dos mujeres poderosas en un pueblo pequeño. Villaveza es un municipio donde el odio, el miedo, el rencor y la venganza corren entre sus calles, un pueblo en el que no pocos vecinos tienen secretos, donde antaño ocurrieron cosas que se silenciaron pero que todo el mundo sospecha, donde siguen ocurriendo cosas por las que algunos personajes tomarán drásticas decisiones

Esto es, a grandes rasgos, lo que podemos encontrar en la primera novela de Elvira Mínguez, una historia en la que la actriz y ahora novelista se sumerge en lo más profundo del ser humano para mostrar que, tanto hombres como mujeres, pueden ser auténticos monstruos, y que nos conducirá a un desenlace lleno de sorpresas. Llegando a las páginas finales, el lector descubrirá en una sola palabra la magnitud del odio que se respira en Villaveza, y comprenderá que, en ocasiones, la vida hace justicia, y que los más débiles terminan por encontrar el valor necesario.

Qué me ha gustado de la novela

Las tramas que ocurren en pueblos pequeños siempre me han parecido sumamente interesantes. Ya se sabe que, pueblo pequeño, infierno grande. Resulta paradójico que un lugar en el que todos se conocen, en el que las relaciones suelen ser estrechas y cercanas, se convierta a veces en un auténtico polvorín. Quizá ocurra así porque precisamente todos se conocen y  porque resulta mucho más complicado pasar desapercibido o engañar al prójimo. Villaveza es un infierno en el que sus habitantes se sienten atrapados y del que algunos pretenderán huir. 

Lo que más me gustado de La sombra de la tierra son sus personajes, la construcción de los mismos. Creo que es el punto fuerte de esta novela. Atilana y Garibalda (esos nombres que no están elegidos al azar) son dos mujeres que impactan al lector. Son personajes que rompen totalmente con esa imagen de protección que siempre se le ha asignado a la mujer. Ellas solo piensan en sí mismas, en quedar por encima de la otra, en ostentar el poder. Y los hijos son para ellas meras rémoras, cargas que la vida les ha echado sobre la espalda.

Y aunque ellas dos conformarán el eje sobre el que gira toda la historia, el resto de personajes (abundantes) de los que os hablo más abajo, están igualmente bien construidos, cada uno con su personalidad bien definida, cada uno ocupando un rol específico, cada uno cargando con su propia cruz.

Pero en esta novela no solo vamos a ver la inquina existente entre dos mujeres. Cuando el odio se desborda pude dar lugar al derramamiento de sangre. La parca ronda por las calles de Villaveza. Habrá muertes. Unas, fruto de los ajustes de cuentas. Otras, perpetradas por quienes menos imaginamos y de la forma menos esperada.

No obstante, a pesar del dibujo tan gris que os estoy trazando, el amor se cuela en estas páginas. El retrato que Elvira Mínguez hace del amor en esta novela se aleja de esa concepción romántica que conocemos. El amor en La sombra de la tierra tiene la misma dureza que esos terruños que los personajes tienen que apartar para labrar la tierra. Es un amor de manos agrietadas, de ojos que buscan respuesta, de mujeres de luto, y hombres que anhelan un resquicio de calor. Es un amor que da sin pedir nada a cambio, casi una condena.

Qué eché en falta

Garibalda y Atilana son dos personajes tan potentes que cuando aparecen su presencia lo llena todo. Desde el inicio de la novela veremos cómo una rehúye a la otra. Atilana no ha entrado nunca en casa de Garibalda. Y esta última lleva mucho tiempo sin salir a la calle. Y a medida que las iba conociendo, más ganas sentía de que se produjera un encuentro cara a cara. Dos titanes frente a frente, dos mujeres rivales, luchando por el poder, dos personalidades poderosas echando un pulso. Son dos mujeres tan fuertes que me hubiera gustado verlas juntas en más ocasiones. Quizá sea eso lo que me ha faltado, verlas más frecuentemente una junto a la otra, para comprobar cómo las chispas se convertían en un gran fuego.

Personajes

Estamos ante una novela muy coral, en la que las dos grandes mujeres estarán rodeadas de un elenco de personajes que contribuyen a crear dramatismo y a retratar la atmósfera del pueblo. Por un lado, tendremos a los hijos, que no son más que las verdaderas víctimas de esta historia. La prole de Atilana está formada por:

Bela, muchacha hermosa, nacida con un ojo de cada color, y de la que su hermana Juventina decía que «con el ojo azul podía ver a las personas por dentro y con el marrón por fuera».

- Juventina (Tina), «fue una niña que se empeñaba en ser una adolescente y ahora es una adolescente de quince años que se empeña en ser mujer». Quizá sea la que viva más al margen de todo el drama que se cuece a su alrededor.

- Baldo tiene una relación muy estrecha con Bela. Ambos saben lo que las paredes de su casa llevan años silenciando. Atilana dirá que es su hijo predilecto, aunque eso podría hacernos pensar erróneamente en una relación madre-hijo basada en el amor. 

- Amparo es para mí el personaje más inquietante. Los silencios de Amparo provocan mucha desazón porque es de pocas palabras, pero su forma de mirar despierta los más profundos recelos.


«Por mucho tiempo que haya pasado en esa casa, a Fernando le cuesta aceptar las maneras que Atilana tiene con su hija, pero en los segundos que Amparo le clava la mirada oscura, a él se le enfría el alma». [pág. 47] 


Los hijos de Garibalda serán Demetrio, el único capaz de hacer frente a su madre y el único que actuará en contra de los intereses de la misma; Tránsito, que mira a su madre sin comprender por qué Garibalda no los ha querido nunca; y Braulio, al que su madre le encarga la misión más difícil que se le puede encargar a un hijo. 

Hijos que no saben querer porque nunca han recibido el amor de una madre. Hijos que quieren huir porque de otro modo temen ser arrastrados a los infiernos.

Por otra parte, tendremos a los vecinos: a Herminia y a su marido Saturio, que regentan la única abacería del pueblo, y no a todos despachan con la misma disposición; a Casilda, que lleva en el pueblo poco tiempo pero que ya conoce a la sombra de qué árbol cobijarse, aunque no puede evitar sentir cierta compasión por Atilana; a Baltasara y a Aquilino, el alguacil;  o a Edelmira. Y luego están los hombres de Monte Coto, ese campamento apartado del pueblo en el que residen los hombres que dejaron atrás a su familia para venir a trabajar en las vías del tren. Todo quedó en un sueño que se desvaneció pero que ha dejado atado a los hombres a esa tierra, a la espera de que se cumpla lo estipulado en sus contratos.


«Monte Coto está formado por un conjunto de seis chamizos en los que se percibe el tiempo que llevan sus habitantes viviendo en ellos; ropa tendida fuera, leña apilada contras las paredes del chamizo y algún mueble desvencijado que necesita reparación». [pág. 61-62]


Y casi como otro personaje más, el propio pueblo. Villaveza del Agua como reflejo de una época en la que las diferencias sociales eran tan evidentes, donde la miseria era el pan de cada día en las familias, una tierra a la que era complicado extraerle el fruto, gente con hambre, gente sin trabajo.

Estilo y estructura

Con un narrador omnisciente y estructurado en capítulos de corta extensión, se nota que Elvira Mínguez procede del teatro y el cine. Llevar años leyendo guiones le habrá ayudado mucho a ser tan concisa en las descripciones. A veces dibuja las situaciones como si fueran acotaciones de un texto teatral que, con cuatro palabras, configuran perfectamente la escena.

A ello se une la elección del tiempo presente para describir los sucesos, como si el lector fuera un testigo inmediato de lo que acontece en Villaveza. Eso nos proporciona la sensación de ser parte del lugar, un vecino más, que va a contemplar atónito lo que ocurre en el pueblo.

El léxico está muy cuidado. Estamos en 1896, en un entorno rural, y Mínguez procura que los personajes suenen como sonarían los hombres y mujeres en ese tiempo y en ese lugar. La autora se encarga de seleccionar palabras y expresiones propias de aquellos tiempos, y que ya se han dejado de oír.


«A pesar de ser mayor que Tina, no hay en su cuerpo nada que anuncie que vaya a manchar pronto». [pág. 21]


Además, y para facilitar la lectura, el volumen cuenta en sus páginas iniciales con lo que solemos llamar un dramatis personae, un listado de personajes que nos recuerda quién es quién en la trama.


La sombra de la tierra creo que es un debut digno. Estamos ante una historia dura que mostrará las vilezas del ser humano, dentro de los límites de un pueblo en el que todo se vive con más intensidad. Un elenco importante de personajes bien construidos y un cúmulo de secretos que llevan ocultos durante años consiguen que esta novela se lea con ganas.  

[Fuente: Imagen de la cubierta tomada de la web de la editorial]

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martes, 14 de febrero de 2023

ELVIRA MÍNGUEZ: ❝Tenía muy claro que quería hablar de la lucha de poder entre dos mujeres❞

Elvira Mínguez es una conocidísima actriz, a la que hemos visto en infinidad de películas y series. Mi primer recuerdo de la actriz está vinculado a una novela de Juan Madrid, Días contados, que Imanol Uribe llevó al cine, con el mismo título, en 1994. No sé cuántas veces habré visto esa película. Primero, porque este largometraje trata sobre un comando de ETA, temática que siempre me atrajo. Segundo, porque tanto Mínguez como Carmelo Gómez, me gustan muchísimo como actores. Entre ese año y el día de hoy, se han ido sucediendo casi una treintena de películas, por no hablar de las series de televisión y las obras de teatro. Su última aparición en pantalla grande ha sido no hace mucho. Elvira Mínguez ha formado parte del reparto de actores y actrices que han encarnado a los personajes de la Trilogía del Baztán (El guardián invisible · Legado en los huesos · Ofrenda a la tormenta) de Dolores Redondo. Concretamente, ella ha dado vida a Flora Salazar. Pero Elvira Mínguez tenía otras inquietudes. La idea de escribir una novela la llevaba rondando desde hace tiempo. Fue en los tiempos del confinamiento cuando la actriz retomó sus notas y decidió dar forma a la historia que el lector va a encontrar en La sombra de la tierra, una historia que enfrenta a dos mujeres -Atilana y Garibalda-, en un entorno rural. Sobre su experiencia con la escritura, la trama, y los personajes hablamos a su paso por Sevilla, hace unos días.

Marisa G.- Elvira, me alegro mucho de que hayas venido, de que hayas escrito este libro. He empezado a leer tu novela. De momento, me está sorprendiendo muchísimo y tengo un montón de preguntas que hacerte... 

Elvira M.- No puedo hacerte spoiler de nada, entonces.

M.G.- No, no, no me hagas spoiler (Risas)

E.M.- Es que los hago sin querer y es terrible. Lo intentaré.

M.G.- Bueno, te conocemos por tu faceta de actriz pero en estos días, lo que te preguntaremos todos es cuándo decides escribir esta novela, de dónde nace ese impulso.

E.M.- Nace porque siempre he escrito, en relación con los personajes que tenía que interpretar. De esos personajes, me gusta escribir las circunstancias anteriores, su biografía, lo que van a hacer,...  Ideas. Siempre he escrito muchísimo sobre los personajes porque es algo que me ha ayudado siempre para prepararlos. También he leído mucho. Me gusta mucho leer y mi objeto favorito es un libro. Mi marido y yo vivimos además rodeados de libros. Y un día se me cruzó la idea de que no sabía leer, que tampoco conocía la técnica de la escritura. Busqué un taller y me metí en el de Clara Obligado para aprender básicamente a leer. En ese taller tenía que escribir y durante los años que estuve asistiendo al taller escribí unos monólogos cortos, -cuatro monólogos cortitos-, de unos personajes de la novela, que estaban muertos. En el taller me empezaron a decir que tenía que continuar con ello. Estamos hablando del año 2006. Pero aquello se quedó allí y yo seguía con lo mío, escribiendo a mis personajes, luego lo retomaba, lo dejaba, lo volvía a tomar,... Ese fue el germen de esta novela. Hasta que llegó la pandemia y pensé que era el momento para ponerme en serio.

M.G.- ¿Muchos bloqueos a la hora de escribir?

E.M.- No (rotundo). En este caso, tenía muy claro lo que quería contar. Tenía muy claro que quería hablar de la lucha de poder entre dos mujeres y que quería hablar de las consecuencias de los hechos anteriores, de los abusos, de lo que ocurre con todo eso. No he sufrido bloqueo. La verdad es que me he sentido muy libre, muy a gusto haciéndolo.

M.G.- La sombra de la tierra es una novela que se desarrolla en un entorno rural, protagonizada por dos mujeres, como has mencionado, que tienen una vida complicada. Hay mucho odio y lucha de poder. Te he leído en una entrevista que te has reído escribiendo esta novela. Pero esta es una novela muy dura. ¿Cómo se ríe una con una trama así?

E.M.- Ha habido secuencias en las que me he reído mucho. Se las leía a mi marido, muerta de risa, y él me decía que estaba fatal. Pero sí, sí, me reía. Hay algo en la literatura que yo no tengo en la interpretación, es esa libertad de poder, ese pequeño demiurgo que creo que tenemos todos, que sale y, de repente, dice: pues le voy a hacer aquí a este personaje lo que no está en los escritos. porque me cae mal y ya está. Es la risa que te puede producir en un momento determinado, el sentir ese poder, que puedes hacer lo que quieras. Y sí, me he divertido mucho. Si ocurría algo, eso provocaba una serie de circunstancias y tenía que salir de ese embrollo en el que me había metido. Si pensaba en varias opciones, optaba por alguna, y eso me producía mucha risa.

M.G.- ¿Y también provocas la risa en el lector?

E.M.- Pues todavía no he encontrado a nadie que se haya reído.

M.G.- Bueno, ya te diré si me he reído o no, cuando lo termine de leer.

La acción transcurre a lo largo de veinticuatro meses. Si no me equivoco, son dos años justos, porque va desde marzo de 1896 a marzo de 1898. Ahí te has tenido que empapar del contexto social, político, económico, de todo.

E.M.- Sí. No te diré que el proceso de documentación sea para mí el más bonito pero tal vez de los más bonitos. Todo lo que iba necesitando, lo iba buscando. En este sentido, Amparo, que es mi tía, y tiene ochenta y tantos años, me iba contando algunos recuerdos. Le iba preguntando por la época de las lluvias, por lo que hacían los hombres, o cómo se limpiaban los trillos. He manejado mucha documentación oral. Algunas cosas que ella me contaba me daban alguna idea para la novela. Entonces, me ponía a bucear, a buscar, a documentarme,... Ha sido un proceso precioso. Además, es que te metes en un jardín en el que aprendes y encuentras muchísimas cosas.

En la novela también hay un personaje que se llama Amparo, pero no tiene nada que ver con mi tía. Y Atilana era mi bisabuela, que vivió mucho tiempo después, pero que he enmarcado en esa época. He usado nombres de familiares para los personajes. 

M.G.- El poder juega un papel muy importante en esta novela. Fíjate que, cuando pensamos en poder, inevitablemente se nos viene a la mente antes la figura de un hombre que la de una mujer, y generalmente también lo relacionamos con esferas de alto nivel. Pero en los pueblos el poder es especialmente devastador. Siempre ha estado ahí, siempre hemos visto una figura de poder en los pueblos, que es la que ha manejado todos los hilos. Esto lo vemos en esta novela.

E.M.- Sí, hay un caciquismo. La diferencia es que, efectivamente, en este caso el caciquismo lo ejerce una mujer, de una manera dictatorial y brutal. Eso lo tenía claro desde el primer momento. Quería que fueran dos mujeres muy, muy poderosas, a nivel de cabeza. Quería que fuera un pueblo donde el poder fuera femenino. Quien ejerce el poder es una mujer. Quien impone las normas, las leyes, todo es una mujer. Quería que todo pasara por ella. Tenía muy claro, además que tenían que ser dos mujeres muy, muy, muy cabronas, manipuladoras, odiosas, egoístas, y que no quisieran a los hijos. Porque también hay mujeres así. Tengo la sensación de que, en esta lucha con la que continuamos, no ya por igualdad, sino por la equidad, nos falta esa parte de legitimar también a las mujeres malas. Hay mujeres malas. Somos humanos, y algunas veces somos terroríficos. Somos capaces de lo mejor, pero también de lo peor. Y una mujer es capaz de lo mejor, exactamente igual que un hombre, y también es capaz de lo peor. Pero no estamos habituados a ver ese tipo de mujeres y yo quería sacarlas a la luz, y sacar a la luz las consecuencias de sus actos. Si en vez de dos mujeres, la novela tratara sobre la lucha entre dos hombres, hubiera sigo algo a lo que estamos más habituados. Pero yo no quería eso. Quería que esas dos mujeres tuvieran el poder y ver qué ocurre cuando dos mujeres de ese pelaje ejecutan como ellas lo hacen. Y claro, lo primero que encuentras es que las primeras víctimas son los hijos. Esas son las consecuencias que hay.

M.G.- Sin desvelar nada, habría que decir también que el lector se va a llevar una sorpresa con estos dos personajes, porque en principio pensamos que son personas que comparten espacio y lugar, pero hay por ahí algo que convierte la lucha entre ellas en algo mucho más encarnizado. 

E.M.- A mí me interesaba no juzgar a los personajes. Si me hubiera puesto a juzgar no hubiera podido ponerlos en determinadas circunstancias. No quería juzgar a estas mujeres. Quería que las circunstancias la obligaran a determinados actos y a comportarse de un cierto modo. Todo ello, sin juicio por mi parte. Que sea el lector el que juzgue lo que tenga que juzgar. Y en ese afán de no juzgar, el juicio que hacemos nosotros por ese pasado que tienen en común, es diferente al que tienen ellas. Porque ellas están metidas en ese pasado, forman parte de ese pasado, de su existencia. Así, el juicio que emitimos los que no estamos ahí dentro es mucho más cruento.

M.G.- Garibalda es un personaje con el que es complicado hablar. Has construido un personaje muy peculiar, una mujer que controla todo lo que ocurre en el pueblo sin salir de su casa, y encima que nunca habla por su boca, sino que habla a través de la boca de su hija Tránsito. ¿Por qué ponerle estas características?

E.M.- Porque eso le daba todavía más poder. Garibalda nunca se va a pringar en lo que dice. Garibalda maneja el poder que tiene, además de un poder económico y un poder real, porque todas las tierras son de su propiedad por herencia. Lo que hace es algo que se solía hacer y se suele hacer todavía, aunque antes era mucho más bestia. Les compraban las tierras cuando no tenían dinero y se las alquilaban para que las siguieran trabajando.

Tiene ese poder económico, pero luego tiene también el poder de la información. Ese es el más importante. A través de ese poder es como ella lo sujeta todo. Pero el poder de la información no es solamente lo que ella recibe. La información es un mensaje que uno emite y otro recibe. Si ella no es la emisora, porque habla por boca de su hija, nunca la podrán pillar. Ella coloca a Tránsito de pantalla. Hasta ahí llega. Por eso siempre está de espaldas, y por eso no se dirige nunca de manera directa a otra persona.

M.G.- Hablas de mujeres que no quieren a sus hijos. Atilana es el otro personaje. Esta mujer hace algo curioso en las primeras páginas. Ella protege a su hijo Baldo frente a una situación muy dura en su casa. Entre sus hijas y él, ella se decanta por el hijo. Esto también era muy típico, el decantarse por los varones.

E.M.- Sí, pero no has terminado todavía de leer la novela y no te lo quiero chafar. En este caso, solamente puedo decirte que Atilana se está protegiendo a sí misma.


[Si prefieres oír nuestra conversación, dale al play]


M.G.- Vale, vale. Lo dejamos ahí.

Los hijos son las verdaderas víctimas de esta novela. Hijos que en la situación en la que viven, sueñan con huir, lo que pasa es que tienen muy pocas opciones.

E.M.- Claro, por eso cada uno las busca. Cada uno de ellos va a buscar la forma de poder marcharse de allí. Cada uno busca las posibilidades que están en su mano. Pero lo que es necesario es salir de allí como sea.

M.G.- En este pueblo, donde la lucha radica entre Garibalda y Atilana, está todo el pueblo implicado. Porque claro, hay un montón de personajes que se tienen que decantar por un bando o por otro.

E.M.- A la hora de la verdad, cada uno, cada uno de los personajes de la novela, se decanta por un lado u otro, por decirlo de alguna forma, porque a ellos les interesa. Aunque hay personajes que son de luz y honestos, en realidad, todos funcionan de igual manera, más o menos. Salvo Vacas, Ladis, Saturio o Casilda, la mayoría se mueven por sus propios intereses. Se decantan de un bando u otro en función de lo que en ese momento ellos consideran que les va a venir mejor en un futuro. Claro, sin darse cuenta que estamos hablando del mismo perro con diferente collar. Pero sí, lo hacen por su propio interés.

M.G.- Fernando Vacas es un personaje que tiene importancia en la historia. Por lo que llevo leído, es un hombre justo, ¿no? ¿Qué me puedes decir de él?

E.M.- Fernando Vacas es un hombre que está perdidamente enamorado de Atilana. Construye su Atilana, una mujer que es imaginación. Él idealiza a la mujer que tiene delante. Y llega un momento donde se le cae absolutamente todo y descubre realmente qué clase de mujer es. Pero es un hombre que ha estado desarraigado y que encuentra un hogar en Atilana. Lo que pasa es que terminará por entender que ese hogar tiene goteras, está descascarillado, tiene grietas y tal vez se hunda. Pero es su hogar.

Me interesaba mucho en la novela la cuestión de la identidad de los hombres. En nuestra vida normal, la identidad de las mujeres se construye mediante la relación. Es relacional. La identidad de los hombres, desde la prehistoria, es una identidad individual. Esto es así porque las mujeres hemos estado siempre en grupo, y los hombres, cuando empiezan a explotar la tierra, se van alejando cada vez más, y van construyendo esa identidad individual.

No soy una experta en esto, ni mucho menos, y tal vez lo que te estoy diciendo sea una auténtica barbaridad, puede ser. Pero, por lo que he leído, creo que hay una relación muy curiosa entre el hombre y el trabajo. Tengo la sensación que, hasta día de hoy, esa relación se mantiene. Así, los hombres de Monte Coto, son hombres atados a unos contratos, unos contratos que, en realidad, están en poder de Garibalda, que no van a cobrar nunca, ni se van a hacer efectivos jamás. Sin embargo, esos contratos son los que les confieren identidad a estos hombres. Por primera vez, tienen un papelito donde pone un nombre y donde tienen una función. Están enganchados a esos contratos. Pero, en el caso de Vacas, él no está sujeto a ningún contrato. Para él, su identidad reside en Atilana. Él ha construido su identidad en base a ella.

Hace muchos años, estaba preparando una película en la que hacía un personaje de una esquizofrénica. Estuve trabajando con unos psiquiatras en un hospital de Getafe, viendo enfermos y todo esto. Se me partía el alma con un chico que había allí. Era un chico joven que estaba siempre con un plumífero abrochado. Sería el mes de mayo, hacía calor, y él siempre llevaba el plumífero. Iba siempre como agachado. Hablé con los psiquiatras y les pregunté si aquel chico no se ahogaba con el calor. Me respondieron que, para lavar el plumífero tenían que dormirlo. Él pensaba que, debajo del plumífero, no había nada. A mí aquello se me quedó grabado. Me pareció tremendo. Es decir, la corporeidad de este chico recaía en ese plumífero. Eso es lo que yo quería reflejar con los hombres de la novela. Para Ladislao, su identidad y su corporeidad es Chiri. Al igual que para Vacas, lo es Atilana. Ella es su hogar, para bien o para mal. Para aquel chico, será un plumífero sucio, estará roto, como sea, pero es su identidad. Y eso me gustaba.

En el caso de Ladislao, él está profundamente enamorado de la Chiri pero ella no lo ama. Sin embargo, hay un pacto entre ellos. Chiri respeta que Ladislao la ame. A mí me parecía una relación hermosísima, cimentada más en el respeto que en el amor. Me parece que es un gran compromiso. Me gustaba esa inversión de roles.

M.G.- Elvira, ¿tú cómo definirías tu estilo a la hora de escribir? En las primeras páginas, hay una escena que me gusta mucho, cuando hablas del viento, de ese viento molesto que alborota el pelo de los personajes. Me pareció un pasaje muy sensorial. Estaba leyendo y podía sentir ese aire que a mí me misma me molestaba.

E.M.- Qué bonito. En base a esa inversión de roles, de la existencia de una mujer en un pueblo, con tanto poder, y encima, que ejecute ese poder de la manera que lo hace, necesitaba que la novela fuera verosímil para que el espectador se creyera todo eso. Y para poder hacerla verosímil, tenía que enganchar al lector y meterlo conmigo en la historia. Si lo relato sin más, me podían decir que nadie se cree que hubiera una mujer que hiciera esto. Necesitaba que el lector se metiera conmigo en el fango. Esa era una de mis mayores obsesiones. Mi cabeza, debido a mi trayectoria, es visual y tiene movimiento. Quiero decir, veo a los personajes, veo cómo se mueven, veo cómo respiran, veo cómo tal. Veo todo esto. Si conseguía transmitir eso y ponerlo en el papel, iba a conseguir que el espectador, no que se metiera en la novela de una forma intelectual, sino que se fuera acoplando y una vez que estuviera ya acoplado, ya lo tenía enganchado. Es verosímil. Sea lo que sea.

M.G.- Entiendo que tu bagaje como actriz te ha servido a la hora de escribir esta novela. Tú manejas textos, tienes que manejarlos a diario, leerlos, aprendértelos. Supongo que todo ese trabajo te ha servido para eso que estás contando, para hacerla visual.

E.M.- Claro, totalmente. Absolutamente. Tanto el tratamiento de los personajes como el dibujo de los mismos. Te diría hasta al milímetro de los personajes secundarios, que para mí son verdaderamente los necesarios a la hora de poder contar la historia. Necesitaba que esos personajes secundarios fueran potentísimos, estuvieran tan bien definidos para el lector como los principales, que el lector consiguiera colarse en la cabeza de todos ellos. Esto solo lo he podido hacer gracias a esa trayectoria. Para la interpretación, lo que hago es construir personajes, parto de ellos, de una serie de circunstancias.

M.G.- Estamos hablando de 1896 a 1898, de un entorno rural, y veo que el léxico está muy cuidado. Encontramos expresiones que son propias de la época, que ya no se utilizan, pero sí eran habituales en un pueblo y en aquellos años.

E.M.- Sí. Mi madre era de un pueblo de Zamora, aunque no de Villaveza del Agua. Lo de Villaveza fue por una cuestión de documentación. Me venía bien que la historia se desarrollara allí. Y mi familia por parte de padre es de Valladolid. Pero, la familia de mi marido y mis suegros son de un pueblo de Castilla-La Mancha. Allí hemos pasado algún tiempo. Y me encanta el lenguaje que se emplea. Me pirran las palabras. Me gusta escucharles decir lo que dicen. Todo eso se me va quedando. Escucho expresiones y me voy a ver de dónde vienen. 

Estos personajes tenían que hablar de una manera en concreto. Además, me he permitido que Bela y Baldo fueran muy poéticos.  Si te paras a pensar en ellos te preguntas cómo es posible que tengan esta cultura, o cómo pueden hablar de esta manera. Quería que fuera así para ayudar a construir la sensibilidad del personaje.  

M.G.- Has comentado el escenario, Villaveza del Agua. Es un municipio real que te venía bien por diversas circunstancias, pero hay que decir que esta historia es totalmente ficción.

E.M.- Exactamente. Eso lo aclaro al final. Imagínate, pobrecillos. Me han escrito gente de Villaveza, dándome las gracias. Es un pueblo muy pequeñito y no lo conozco, pero me dan las gracias por haberlo puesto en el mapa. Les he prometido que, en cuanto pase esto, me voy a coger el coche y me voy a ir allí a comer un día con ellos y a conocerlos. Y, por supuesto, les he dicho que nada de lo que cuento es real ni tiene que ver con ellos. Pero necesitaba un pueblo como este porque resulta que sí que es verdad que, una de las primeras vías del tren, la primera que iba hasta Galicia, se empieza a construir en esos momentos. Iba de Medina del Campo, un pueblo de Valladolid, hasta Zamora, y pasaba por Villaveza del Agua. Ese iba a ser el trazado pero, al llegar a Villaveza, se encontraron acuíferos y todo lo que construían se venía abajo. A mí me venía perfecto para la novela porque me imaginé a un grupo de hombres trabajando allí, que vienen de otros lugares, que no tienen familia. Pero como todo se va al garete, la mayoría se marcharía pero otro grupo de hombres se quedaría allí porque no tienen otra cosa ni otro sitio al que ir. Y ahí los dejé.

M.G.- Vamos a terminar con una pregunta, con algo que me llama la atención y que me gusta. Cuando leemos un libro y hay muchos personajes, me gusta que se nos facilite lo que es habitual en teatro, lo que llamamos el dramatis personae. Al inicio de esta novela, tú colocas una lista de personajes. No es habitual. ¿Por qué decides incluirla?

E.M.- Por los nombres. Cuando lo empezó a leer alguna persona cercana me preguntaban que de dónde demonios había sacado estos nombres. Creo que fue un amigo el que me dijo que se había tenido que hacer una lista con los personajes, para saber quién era cada uno. Y ahí pensé que tenía que ponérselo fácil a los lectores. Para mí son nombres muy habituales pero no para todo el mundo. Por ejemplo, Juventina era mi abuela; Atilana era mi bisabuela. Yo los he oído toda la vida, pero entiendo que son nombres curiosos.

M.G.- Además, en aquella época, era muy habitual lo del nombre que casi definía a la persona. Por ejemplo, llamarse Tránsito.

E.M.- Tránsito se llama una prima de mi madre. A mí me encanta ese nombre. ¿Cómo no se va a llamar Tránsito la hija de Garibalda si ella es el tránsito de lo que le dice la madre a ella? Y Garibalda era una vecina real de Atilana. Se llevaban muy bien pero claro, con esos dos nombres, solo podía haber hostias. Atilana que viene de Atila, y Garibalda, de Garibaldi. Con lo cual, tortas seguro.

M.G.- Elvira lo dejamos aquí, si te parece, que está la compañera esperando.

E.M.- Sí, claro. Muchas gracias

Sinopsis: Un drama rural en la línea de Los santos inocentes o Intemperie, casi un western en la España profunda.

«Serán los hijos los que se conjuren contra el silencio de los padres para arrancar a la tierra de su sombra»

La sombra de la tierra es la historia de dos mujeres o, mejor dicho, de la escalada al poder de una de ellas y la pérdida del mismo de la otra.

Estamos en 1896, en Villaveza del Agua, un pueblo de la provincia de Zamora donde el hambre y la pobreza son las circunstancias vitales de sus habitantes, sometidos a la Garibalda, una mujer viuda y enferma que impone sus propias normas a la comunidad entera.

La dictadura de la Garibalda, el control y la explotación a los que tiene sometidos a los hombres y mujeres del pueblo y el temor reverencial que sienten hacia ella ha llevado a los habitantes de Villaveza a buscar una solución, y esta solución (o eso es lo que creen) es Atilana, una mujer tan dura como sus circunstancias que aspira a conseguir el poder que ostenta la caciquesa.

Enfrentadas desde hace muchos años, el odio las mantiene en pie. La lucha de estas dos mujeres egoístas y manipuladoras arrastrará a todo aquel que esté a su lado. Atilana y Garibalda tan absortas una en la otra, incapaces de ver más allá de su enfrentamiento, no serán conscientes de lo que se está gestando a su alrededor hasta que sea demasiado tarde.

Nadie en el pueblo saldrá indemne de este encono, aunque serán sus hijos, principales víctimas de estas mujeres despiadadas, los condenados a soportar la herencia maldita de estos actos.

La actriz Elvira Mínguez se revela en esta historia como una narradora con una energía extraordinaria, capaz de metabolizar todo su talento dramático y un profundo conocimiento de nuestra literatura en unos personajes trágicos e inolvidables. La lectura de esta novela terrible, y aún así traspasada por la misericordia, que es de la autora pero que nos atañe a todos, tiene el poder catártico, transformador, reservado sólo a las grandes historias.

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