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viernes, 3 de febrero de 2023

MALDITA ALEJANDRA. UNA METAMORFOSIS CON ALEJANDRA PIZARNIK de Ana Müshell

Editorial: Lumen
Fecha publicación: noviembre, 2022
Precio: 21,90 €
Género: novela gráfica
Nº Páginas:192
Encuadernación: Tapa dura
ISBN: 9788426455598
[Disponible en eBook;
puedes empezar a leer aquí]

Autora

Ana Müshell (Jerez de la Frontera, 1989) es artista e ilustradora. Ha publicado su trabajo en medios como Vogue, GQ y Cinemanía y ha colaborado con numerosas marcas. Tras autoeditar los fanzines Pömelo (2013), Me parece sexy (2016), Vía de escape (2017), Aquí dentro (2018) y Sadness Motel (2018), publicó la novela gráfica Pink Mousse (2017) y la biografía Patti Smith. She has the power, e ilustró la novela gráfica de Henar Álvarez La mala leche (2021). Maldita Alejandra. Una metamorfosis con Alejandra Pizarnik es su último libro, publicado por Lumen.

Sinopsis

En pleno episodio de agorafobia y tras una ruptura amorosa, la protagonista de esta historia decide sumergirse en la enigmática vida de Alejandra Pizarnik, en cuyos diarios y poemas encuentra las palabras exactas para describir sus temores. Hasta que la poeta irrumpe en su apartamento sin previo aviso, con su abrigo negro e inundándolo todo de versos, papelitos llenos de palabras y humo de cigarrillos. Con ella también llegan las flores, los discos de jazz y una multitud de escritores que se mezclan con los platos sin fregar, las cajas de ansiolíticos y antidepresivos, y las copas de vino. ¿Podrá ayudarla la historia de la poeta mítica a comprender sus propios miedos y reconducir su vida?

[Información tomada directamente de la web de la editorial]

En 2022 se conmemoró el 50 aniversario de la muerte de Alejandra Pizarnik. El fatídico hecho ocurrió un lunes, el 25 de septiembre de 1972. Por entonces, yo solo tenía dos años. Ella había cumplido treinta y seis hacía unos meses. Tras trece obras publicadas (más un buen puñado póstumas), definitivamente la depresión pudo con ella. Falleció tras una sobredosis de barbitúricos. Se tomó cincuenta pastillas.

Hoy, el nombre de Pizarnik sigue sonando fuerte. Las letras de la poeta argentina no se han apagado. Ha sido referente para muchos otros escritores y en la literatura, su nombre y su obra, se escribe con letras de imprenta. De Alejandra Pizarnik se ha escrito mucho. Nunca lo suficiente. A aquellos que han puesto su granito de arena para el no olvido, se une ahora Ana Müshell con su libro Maldita Alejandra, aunque el propósito de esta ilustradora jerezana va más allá de rendir un homenaje a la poeta. No busca únicamente Müshell hablar de la poeta, de la mujer y de su obra. El objetivo de la ilustradora tiene también que ver con la necesidad de salir de un lugar que Pizarnik conoció bien. Te cuento.

Maldita Alejandra. Una metamorfosis con Alejandra Pizarnik.

Abre la obra un prólogo rubricado por Luna Miguel, en el que se hace un esbozo de la personalidad de la poeta. Miguel destacará las cualidades que la definían como persona, haciendo referencia a sus virtudes y defectos, y señalando, también que sus escritos funcionan como pócimas sanadoras, a las que personas aquejadas del mal de estos tiempos acuden como si los versos de la argentina fueran esa píldora milagrosa que acaba con cualquier mal. Porque, en palabras de Miguel, este libro ofrece una doble vertiente.


«En este manual de teoría pizarnikiana, que es a su vez el diario personal de una mujer millennial preocupada por el retrato de la salud mental, y que es al mismo tiempo un demasiado-demasiadísimo bello-bellísimo álbum de ilustraciones, cualquier lector o lectora encontrará la literatura necesaria para curar sus heridas». [pág. 11]

 

Miguel apunta con acierto que es complicado hablar hoy de literatura sin que salga a relucir el nombre de Alejandra Pizarnik. Aunque ella pensara que sus poemas no significaban nada, hoy se han convertidos en lema, en santo y seña, en claves personales en forma de tatuaje o letra de canción. Lo que en su día escribió Alejandra Pizarnik sigue resonando en los oídos del mundo, en mil formatos distintos. Que su nombre y su obra no se olvide. 

Alejandra Pizarnik

Pero, ¿quién era realmente Alejandra? Con alusiones a sus textos y diversos fragmentos que se van encajando en este libro, Müshell nos contará a grandes rasgos la vida de Pizarnik. De sus orígenes, sabemos que nació de padres judíos, exiliados de la Europa del Este. En realidad, su verdadero apellido era Pozarnik, «del ruso pozhar, "fuego", algo que convertía a la futura poeta en llama, en una caliente brizna de luz». La poeta, bajita, rara, pero de gran inteligencia, era la menor de la familia y siempre sintió envidia de su hermana Myriam, con la que la comparaban constantemente. Nos cuenta Ana que la madre de Pizarnik era una mujer exigente y que la poeta siempre sintió que era poca cosa. Esa sensación la perseguirá siempre y quizá por eso, en la edad adulta, pensaba que su poesía no interesaba a nadie. Debió de ser una mujer muy insegura, y tanta vulnerabilidad le restaba confianza en sí misma a la hora de hablar. Pizarnik tartamudeaba. 

Nos hablará Müshell de la soledad que acompañó siempre a la poeta, de los padecimientos de sus antepasados, de su testarudez, de sus viajes a París y de lo que ello implicó en su vida. Pizarnik conoció a grandes nombres de la literatura, como Julio Cortázar, y la esposa de este, Octavio Paz o Simone de Beauvoir. Fueron hombres y mujeres que se convirtieron en familia, padres, madres, y hermanos, de cuyas manos ella entró en la literatura. 

Entre las páginas de este libro veremos también el lado más oscuro de la poeta, aquel que la llevó a la terrible decisión de suicidarse.

Ana Müshell

De larva a polilla. Así es la transformación que experimenta la autora a lo largo de las casi doscientas páginas de este libro tan especial. Se trata de una especie de diario, que se prolonga a lo largo de varios meses, con saltos temporales significativos. La primera entrada data del día 13 de enero, donde nos encontraremos a un mujer sin fuerzas para enfrentarse al mundo, sin ánimo para subirse a un nuevo día, en el que las personas nos convertimos en hormiguitas azarosas, que van de aquí a allá, sin parar de correr. Ana no puede.


«Ocho de la mañana. Imposible. Abro los ojos, pero me niego a levantarme.

Empiezo tarde, a las doce. Como si fuera capaz de empezar algo. Hay personas que son productivas, sea lo que sea eso, y luego estamos los insectos que despertamos extraños y que movemos las patitas asustados e incómodos con la realidad. Me refugio debajo del edredón blanco: si salgo tendré que vivir». [pág. 15]


¿Qué le pasa a Ana? Ella nos habla en estas primeras páginas de mudanzas y de amores que ya no están. Son líneas en las que percibimos tristeza, nostalgia, melancolía. Lo que aflige a la autora de la obra la paraliza, la invalida, la neutraliza. ¿Qué mejor manera de exorcizar nuestros demonios que a través de la escritura y la lectura?


«En la mesita de noche: libretas con algunos pensamientos tristes, una botella de cristal llena de agua, un jarrón con flores secas y los diarios de la poeta Alejandra Pizarnik para acompañarme. La niña Alejandra». [pág. 18]


Pero hay más porque, cuando Müshell nos habla de su kit de supervivencia para salir a la calle, compuesto por «pastillas calmantes, refresco con mucho azúcar, música para aislarme, libro que siempre disfruto y el móvil cargado por si tengo que pedir ayuda», sabemos que no es simple desánimo, que el problema que no se debe solo a una crisis amorosa, sino a algo más grave, ya sea provocado por la ruptura sentimental, o por el cúmulo de cosas que sobrellevamos a nuestra espalda cada día.

Ana Müshell sufre de agorafobia. Dícese: «Fobia a los espacios abiertos, como plazas, avenidas, campo, etc». Por eso, la ilustradora se refugia en su casa, con sus libros, sus discos, sus pensamientos. Por eso, rara vez sale a la calle, y si lo hace, viste de negro como si estuviera de luto porque motivos no le faltan, aunque también confiesa que le gusta ese color, y nunca deja atrás todos esos elementos antes descritos que funcionan como anclajes. No es fácil entender a una persona que sufre de algún tipo de fobia, pero todavía es más difícil para el que lo padece explicar lo que le ocurre. Solo las personas que sufren de ansiedad, de ataques de pánico, de depresión,... pueden entenderse las unas a las otras. Quizá por eso Múshell acude a Alejandra Pizarnik para encontrar a una igual, para refugiarse en sus poemas, y con ella, encontrar el camino de vuelta a casa. 


«Reconozco a los que cargan con el miedo dentro de sí: los distingo como iguales por su forma de andar y por la mirada esquiva. Nos gusta el silencio, y la calle es ruidosa y abierta y demasiado expuesta. Nos gusta poder desmayarnos o vomitar sin que nadie nos vea». [pág. 21]


Müshell describe maravillosamente bien el torbellino de emociones terribles y desagradables que azotan a una persona en situación de crisis. Esa necesidad de huir de una misma cuando la gente no para de hablar a tu alrededor, pero no eres capaz de oír ni una sola de sus palabras; cuando sudas como si estuvieras a cuarenta grados, y te sobra la bufanda, el abrigo, el jersey y hasta la piel del cuerpo; cuando sientes que vas a morir de un momento a otro y a nadie le va a importar; cuando las preguntas de la gente que te rodea -«¿pero qué te pasa?, ¿quieres que lleve al médico?, ¿te quieres sentar?»- solo consiguen aumentar aún más las pulsaciones de tu corazón, que está a punto de estallar. Estos pasajes, en los que la autora describe la sintomatología que padece en sus momentos más críticos, me angustiaron, porque sentí el mismo miedo que ella cuando los sufre. Los iguales nos reconocemos, nos entendemos, nos identificamos. 


«Estoy inválida de fuerzas, como si de verdad fuera un bicho pequeño y lento. ¿Qué puede hacer una larva excepto confiar en que no se la coman los cuervos? Espero poder trabajar. Tengo miedo de hundirme, de caer y de no levantarme. He caído ya algunas veces. Cuando el cerebro no va bien, una se siente irremediablemente enferma». [pág. 45]


Acude Ana a la literatura para encontrar refugio. Buceará en la obra y en la vida de Alejandra Pizarnik. ¿Quién mejor que ella para entenderla? La necesitará tanto en su vida que hasta conseguirá materializarla. La poeta deja de ser invisible y se convierte en un ente que se puede ver, que deambula por la casa de Müshell, que conversa con ella, como si fuera la voz de su conciencia, que convive con la ilustradora, compartiendo pensamientos. Ana también le ha ayudado enormemente la literatura, la escritura, la lectura. Me lo contó en la entrevista que puedes leer aquí y escuchar aquí


«Para ella, la escritura se convirtió en una madriguera. En un método de autoanálisis. Había más amistad y más vida en el papel que en las calles. La literatura lo recubría todo». [pág. 50]


Por suerte, con ayuda médica, con el apoyo de aquellos a los que verdaderamente importas, y con paciencia, se puede salir del pozo. Eso veremos en este libro, cómo esa larva que, en un principio, no quiere salir de la cama, se va transformando en algo más liviano, en algo que vuela, en una polilla. Esta es la historia de un camino difícil, de la ruptura con tu peor enemigo que no eres más que tú mismo, de un sendero hacia la luz. 


«La esperanza se refleja en mi copa como una nube blanca que sobrevuela un estanque del color del vino». [pág. 131]


Pero en este libro no solo hay palabras. También nos espera la música entre estas páginas, canciones que funcionan como tablas de salvación en los momentos más oscuros. Suena Billie Holiday, Patti Smith, Bessie Smith O Julia Jacklin. Melodías por y para descubrir. Y es que, nunca fue más cierto aquello de que la música amansa a la fiera, al monstruo que se nos instala dentro y nos asfixia. 

Ilustraciones

Maldita Alejandra es una obra ilustrada. A cada pocas páginas, Müshell nos regala una ilustración en la que predominan los colores oscuros. Aunque, a lo largo de la obra iremos percibiendo cómo el ánimo de la autora se va volviendo más luminoso, las ilustraciones se mantienen en una tonalidad tenebrosa, con tonos negros, ocres, marrones. No hay transición hacia la luz. Nos explica Ana que esa es la paleta cromática que corresponde actualmente con su interior y en la que se siente más cómoda.




Los dibujos están llenos de detalles, a veces ocupando páginas completas, otras solo una parte de la misma. Siempre me ha gustado escudriñar las ilustraciones de los libros, a la búsqueda de aquel objeto que ejemplarice lo que se recoge en el texto. El formato de este libro permite un acercamiento más visual a la problemática que se aborda en el volumen. Más cercano.

Normalizar los problemas mentales


«Al hablar de la salud mental de escritoras como Sylvia Path, Virginia Woolf o Anne Sexton, aún hay quien lo hace con un tono despectivo». [pág. 170]

 

Esta es mi historia. Durante muchos años sufrí ataques de pánico. No es algo que haya desaparecido. El monstruo vive dentro de mí, solo que está en estado latente. Me da miedo verbalizar este pensamiento por si, solo con mentarlo, provoco que se despierte y vuelva a morderme. Fueron años complicados en los que me sentí una inválida. Mi casa era mi refugio. Fuera de ella me sentía demasiado vulnerable. Caminar por la calle se convirtió en una ardua tarea. Me mareaba, me sentía inestable, creía que me iba a caer redonda, así que, siguiendo el consejo de mi hermana mayor, que también conocía los síntomas, andaba muy pegada a la pared y siempre a la sombra. Esa es otra. No soportaba el calor ni el sol directo. Aún hoy, a veces, me angustia sentir mucho calor y que me dé el sol directo en la cara. Eso, en Sevilla, es una gran hándicap. 

Salir con mis amigos también se volvió un problema. Aquí se acostumbra a tapear en la calle, y de pie, alrededor de una mesa alta, y taburetes acordes a la altura de la mesa. No sé comer ni beber de pie. Me agobia. Así que me las apaño para sentarme en cuanto veo la oportunidad. Muchas horas de pie, aumentan mi ansiedad.

Y luego llegó la lluvia. Un día descubrí que el sonido de la lluvia me daba miedo. Si tenía que salir a la calle y estaba lloviendo, entraba en pánico. No me veía capaz de andar bajo un aguacero. Pensaba que me iba a marear y que no podría sentarme en ningún lugar. Yo que, en los momentos más complicados, necesitaba sentarme donde fuera, en un escalón, en el poyete de una puerta, en la acera misma. ¿Pero dónde sentarse si todo estaba mojado? Eso me agobiaba aún más. Aquel miedo duró un año. Un año en el que, cada vez que me levantaba para ir al trabajo y escuchaba que estaba lloviendo, le pedía a mi marido que llevara en coche. A mi trabajo. A un trabajo que andando está a tan solo quince minutos de reloj. Sé que suena descabellado, pero no podía hacer otra cosa.

Nunca pedí ayuda médica. Probablemente fue un error que sufriera todo eso a lo bruto. Pero si no me entendía ni mi marido, ¿cómo le iba a contar todo esto a una persona desconocida, a mis amigos, a un médico? Si no lo entendía ni yo. El único remedio que encontré fue el agua. Siempre llevo una botella de agua conmigo. Siempre. Para mí es como esa mantita que necesitan los niños pequeños para dormir. Beber agua, a pequeños sorbos, me tranquiliza. Al menos, ha sido así hasta ahora. 

Os confieso que escribir estas líneas ha acelerado mi corazón. Siento una mezcla entre vergüenza y miedo, pero es hora de normalizar estos padecimientos. Si Ana Müshell ha contado lo que le pasa, yo también he querido contar lo que me corresponde. Estoy cansada de sentirme y de que me vean como a un bicho raro. Era así como me sentía entonces. Hoy sé que nunca estuve sola, aunque nadie me cogió la mano para decirme que vivía lo mismo que yo. Hoy soy yo la que trato de coger la mano a esas amigas que me dicen que, a veces, no pueden respirar.


Poco más os pudo o debo contar de este libro. Maldita Alejandra es una lectura preciosa, cercana, instructiva y luminosa. Bajo mi punto de vista, existen cuatro motivos por los que leer este libro:

1.- Porque te gusta la novela gráfica

2.-  Porque quieres saber más sobre Alejandra Pizarnik, de forma amena.

3.- Porque padeces depresión, agorafobia, ansiedad, ataques de pánico, miedos varios, y necesitas verte reflejado en algún espejo.

4.-  Por una mezcla de los otros tres.

Maldita Alejandra, obra dedicada a la madre de Müshell -figura tan importante en su vida como lo fue la madre de Pizarnik-, es de esos libros que te abren puertas hacia otros espacios. Te anima a acercarte a la obra de la poeta argentina, si aún no la conoces, a indagar más en su vida. Y en esa búsqueda me encuentro este documental. Memoria iluminada me parece otro interesante acercamiento a la vida de Pizarnik. Estoy convencida que Ana Müshell ha visto este documental, así que aquí os lo dejo, para poner un un cierre estupendo a la lectura de este libro.





Y para los que padecéis de fobias, os dejo una cita fabulosa y muy esclarecedora que Müshell recoge en el libro. Citando a Christophe André, y a su obra Psicología del miedo, dice:


Las personas fóbicas tienen la tendencia a localizar su atención en ellas mismas debido especialmente a la intensidad de sus emociones negativas. Muy a su pesar, están más atentas a su enfermedad interior que a la situación exterior.


[Fuente: Imagen de la cubierta tomada de la web de la editorial]

Puedes adquirirlo aquí:




jueves, 19 de enero de 2023

ANA MÜSHELL: ❝Alejandra Pizarnik fue un personaje oscurito y estrafalario, pero maravilloso❞

Justo cuando prácticamente teníamos las navidades encima, la ilustradora Ana Müshell visitó Sevilla. Del trabajo de la joven, supe hace algunos años, cuando leí el libro que Henar Álvarez publicó con Planeta y tituló La mala leche (puedes ver la entrevista aquí y la reseña aquí). Sabéis que soy una enamorada de los libros ilustrados y si además sirven de vehículo para conocer a escritores, mejor que mejor. Es el caso de Maldita Alejandra, lo último de Müshell, donde la ilustradora pone el punto de mira en la vida de Alejandra Pizarnik. Sin embargo, este volumen no es meramente una biografía. Maldita Alejandra también es un diario en el que Ana recoge el camino que tuvo que andar, y anda, en un momento complicado de su vida. Apoyándose en los poemas y la vida de la poeta, quien optó por el suicidio cuando tan solo tenía treinta y seis años, Müshell se sumerge en su propia vida, en la grisura de un momento que venía protagonizado por la ansiedad, el miedo, la depresión, la angustia y la agorafobia. De la mano de Pizarnik, Müshell emerge de los abismos y consigue salir a la luz.

Menuda y tímida, Ana Müshell nos habló de este libro a su paso por Sevilla. 

Marisa G.- Ana, un placer tenerte en Sevilla. Yo conocía tus ilustraciones por el libro de Henar Álvarez pero es la primera vez que te leo. Quiero hablar de Alejandra Pizarnik pero también quiero hablar de ti.

Ana M.- De acuerdo.

M.G.- Aunque tú ya has probado a hacer biografía, porque escribiste la de Patti Smith, Maldita Alejandra es una biografía pero también es algo más.

A.M.- Es algo más, claro. Lola, mi editora, lo que quería era sacar de mí una historia muy verdadera, conectada conmigo misma. Si elegí a Alejandra Pizarnik fue porque era la autora a la que estaba leyendo durante mi proceso de recuperación psicológica. Maldita Alejandra es mi propio diario sobre esa recuperación, pero también es un punto de conexión con la biografía de la autora. Hay puntos que yo necesitaba comprender de su biografía para comprender mi propia biografía también. Hablamos de la infancia, del amor, del miedo, de la bibliofilia,... Y también de la muerte, que es un tema muy importante. 

M.G.- A través de tu libro, el lector va a conocer no solamente a la poeta sino también a la persona. Nos cuentas que era terca, que pensaba que su poesía no le interesaba a nadie, era depresiva, muy auto-crítica. Parece una persona con muchos recovecos, y muchas luces y sombras.

A.M.- Sí. Siempre digo que es un personaje escurridizo. Así la reconocen sus propias biógrafas oficiales, que fueron amigas suyas. Era un personaje difícil de captar. De ahí lo de maldita, como una queja con cariño hacia ella, porque no termino de captarla, porque me refugio en su poesía, en su miedo y en sus palabras, pero no soy capaz de ver su cara. Es un personaje que se auto-disfrazaba de poeta maldita, aunque tenía muchísimo humor, muchos amigos y una vida muy plena, aunque ella tirara siempre hacia esas sombras, esos cuervos y ese jardín en el que se refugiaba. Era un personaje enigmático que te absorbe.

M.G.- Comentas en este libro que, en algún momento te ha costado extraer el significado de su poesía.

A.M.- Sí, pero es algo irremediable. Si eres capaz de sacar un significado pleno a su poesía, háztelo mirar porque está llena de unos matices que te van cambiando. Su poesía te va llevando a un sitio y a otro, y ellos mismos se transforman a través de tu lectura. Es bonito tener su poesía en tu mesita de noche para poner palabras a tu miedo o a tus inquietudes.

M.G.- Me quiero centrar un momento en la madre de Alejandra Pizarnik, pero también en la tuya. Es una figura que aparece en este libro, en la vida de las dos, y que es realmente importante.

A.M.- En mi diario hablo del duelo. Es algo universal. Se debería hablar del duelo porque no pasa nada, hablar de la muerte de una madre antes de tiempo, para lo que nadie está preparado nunca. Ese era mi contexto para hablar de la oscuridad.

En el caso de Alejandra Pizarnik, su relación con su madre era extraña. Su madre tenía esa preferencia por su hija Miriam, la antítesis de Alejandra. Siempre tuvo esa sombra sobre ella, la frustración de no ser para su madre lo que quería que fuera. Desde pequeña, Alejandra Pizarnik fue un personaje oscurito y estrafalario, pero maravilloso. Los padres son un punto clave para la formación de uno mismo, de los propios miedos, desde la infancia hasta la adultez. 

M.G.- Hablando de familia, al margen de la que le venía impuesta, ella fue construyendo otra familia a través de todas esas personas que fue conociendo en sus viajes. ¿Qué supuso para ella vivir en París, y conocer a tanta gente importante con la que se codeó?

A.M.- Ese es otro punto de conexión que tengo con Alejandra. Cuando paso muchísimo miedo y soy capaz de verbalizarlo, se lo cuento a mi familia sanguínea, con la que tengo la suerte de contar, pero también a mi otra familia, a mis amigos, que son los que me reordenan la vida, y los que me ayudan a subir hacia arriba. 

En el caso de Alejandra, ella se refugió en la literatura y, por lo tanto, en los grandes escritores y escritoras que la rodearon. Para ella fue clave ese viaje a París en los sesenta, donde coincidió con Cortázar y con su mujer, o con Simone de Beauvoir. Fueron como su familia y la metieron en ese círculo literario que ella necesitaba para desarrollarse como escritora. También coincidió con Borges y Octavio Paz, que fue como su padrino. Creo que esa fue su verdadera familia y la que le enseñó a vivir de la literatura. 


 



M.G.- Este libro también nos ayuda a acercarnos a ti, como escritora, como ilustradora, como persona,... Entiendo que este libro te ha ayudado a pasar de ser esa larva que vemos inicialmente a ese insecto alado al final. Porque, para Alejandra, escribir era una suerte de madriguera y un método de auto-análisis. Imagino que para ti habrá sido algo parecido.

A.M.- Sí, total. De hecho, muchas personas están reseñando Maldita Alejandra como si fuera una oda a la lectura. Cuento mi experiencia desde la agorafobia, una fobia que hace que estés muy metida en tu interior, que tengas mucho miedo al exterior y, por lo tanto, la vida se te reduce mucho en experiencias. Así que recurrí a la música, al cine y, sobre todo, a la lectura. La lectura fue mi refugio contra la agorafobia.

M.G.- El libro sirve para dar visibilidad a este tipo de trastornos, a la agorafobia, a la ansiedad, los ataques de pánico. Son padecimientos que deberíamos normalizar como si fueran un resfriado. Y aunque vamos avanzando, a los que sufrimos estos trastornos (y me meto en el saco) se nos sigue viendo como bichos raros.

A.M.- Sí, como bichos kafkianos. 

M.G.- Cierto. He sufrido muchos ataques de ansiedad. Los días de lluvia no podía salir de mi casa. Y mi marido no lo entendía.

A.M.- Claro. Es muy complicado convivir con alguien que tiene algún tipo de trauma o de trastorno. No pasa nada. Son palabras que suenan como muy fuerte pero solo se trata de algo que está mal, como el que tiene una pierna rota, y hay que trabajarlo. El cerebro forma parte del cuerpo y también se estropea. A veces viene incluso estropeado de fábrica. Ahora se está haciendo un ejercicio muy guay de visibilizar y normalizar. Hoy en día es muy corriente decir que estás asistiendo a terapia. O que en la infancia te pasó algo y lo estás trabajando. Es muy bonito ver que la gente habla de esto con naturalidad. 

M.G.- Hay pasajes en los que me he sentido muy muy identificada. Describes muy bien esas sensaciones que se sienten cuando estamos en pleno ataque de pánico. Yo me quedaba totalmente paralizada y no me podía mover. Pero tengo que confesarte que a me da mucho respeto leer sobre estos temas porque me da miedo pensar que, ese monstruo que está dormido dentro de mí, puede despertar de nuevo. No sé si a ti te ocurre igual.

A.M.- Sí, sí, sí. Hay una parte del libro en la que yo le cuento a una amiga que tengo un problema mental y además estoy leyendo a Alejandra Pizarnik. Mi amiga me responde: ¡Lo que te faltaba! Con la literatura pasa igual que con el cine. Hay películas para las que no se tiene cuerpo, porque sabes que va a incidir en cosas en las que no es necesario ahondar. Hay que saber cuál es el momento para leer o meterse en cierta historia. Sé que es duro leer. Cuando lees síntomas, el cuerpo los va asimilando porque la lectura consigue que te metas de lleno en esas sensaciones. Es normal.

M.G.- Pero es importante conocerse y también conocer de dónde venimos. Las personas que sufrimos este tipo de problemas, si echamos la vista atrás y miramos a nuestros familiares, solemos encontrar a algún miembro de nuestra familia con el mismo problema.

A.M.- Sí. La ansiedad siempre ha estado ahí y el miedo forma parte de la vida. Ahora no le puedo preguntar a mis abuelas, pero si le hubiera preguntado si sufrieron ansiedad, seguro que me hubieran respondido que toda la vida. 

En terapia aprendí que es muy importante saber de dónde vienes. Genéticamente hay mucha predisposición. Si en tu ADN viene esa ansiedad, esa depresión continua, y el ambiente en el que te has criado es muy propicio a la ansiedad, mi psiquiatra y yo decimos que lo tienes de fábrica. Ya vienes químicamente predispuesto a no afrontar bien ciertos problemas, a hundirte de otra manera, a tener una sensibilidad muy fuerte. No pasa nada. Uno debe aprender a comprenderse, y comprenderse te lleva a tener menos miedos.  Está bien ahondar, saber qué pasa en tu familia, averiguar si alguien más ha sufrido esto y verás que no estás sola.

M.G.- Vamos a hablar de las ilustraciones, una parte muy importante del libro. Los dibujos del inicio son muy oscuros. Y aunque vemos que, poco a poco, el personaje va evolucionando a mejor, las ilustraciones no cambian de tonalidad. Siguen siendo oscuras. No hay transición sino que se mantiene la misma paleta cromática.

A.M.- Ahora mismo estoy en un momento artístico con esa tonalidad. Me gustan los colores ocres y los tonos tierra, que el negro esconda cosas, un tipo de atmósfera que, en este caso, desde Lumen se me permitía explorar. En otros trabajos de publicidad, el color funciona de otra manera, pero como Maldita Alejandra es un trabajo tan personal, necesitaba esa atmósfera interior. Hay luz pero muy tenue. Tengo que dar las gracias a Lumen por respetar mi paleta cromática y por dejarme expresarme así.


[Si prefieres escuchar nuestra conversación, dale al play]

M.G.- En estas ilustraciones, no solo vemos a Alejandra Pizarnik sino que también te dibujas a ti misma. Al dibujarte, ¿qué percepción tienes de ti? Dibujarse a una misma no debe ser fácil.

A.M.- No, por eso soy polilla. Tenía muy claro que quería a Alejandra Pizarnik, quería dibujarla, homenajearla, ponerla en el salón de mi casa. El dibujo me permitía traérmela en cuerpo. Pero yo tenía que ser algo que se transforma, algo que pesa al principio, y luego se convierte en volátil. Por eso me venía muy bien la metamorfosis de la polilla. Era algo kafkiano. Cuando leí La metamorfosis de Kafka me dije a mí misma que yo era ese bicho. Todo el mundo es ese bicho alguna vez, que se siente incómodo con la realidad. Todo esto me permitía salir de mi propio retrato sin caer en una verborrea autobiográfica. Todo eso ya estaba en el diario y no tenía que repetirlo en las ilustraciones. 

M.G.- En este libro no solo hablas de Alejandra sino que hablas con Alejandra. El personaje es un ente fantasmagórico que vive y convive contigo. Me parece una interacción muy interesante.

A.M.- Es parte del juego. El dibujo y la escritura te permiten crear otros mundos, abrir un boquete en la realidad y tomarte la licencia de traerte a la poeta maldita por excelencia hasta mi salón. También me permite ficcionar con mi propia terapia contra la agorafobia, por ejemplo, cuando salgo a la calle a comprarle tabaco, o ir con ella a comprar libros. He mezclado mi rutina con la suya, cuando le preparo café,... Es lo bonito del dibujo. Me he divertido muchísimo.

M.G.- El libro está estructurado como si fuera un diario. Abarca desde el 13 de enero al 2 de septiembre, si no me equivoco, con saltos en el tiempo. ¿En qué medida lo que se narra en cada una de esas entradas corresponde con la realidad o son un artificio?

A.M.- Está ficcionado. Mi trabajo con la psiquiatra sigue a día de hoy y espero que siga porque me está ayudando totalmente. Pero necesitaba acortarlo en el tiempo. Quería contar el tema de los fármacos, cómo me han funcionado a mí los ansiolíticos, los antidepresivos, en un espacio de tiempo concreto. Además teníamos que ponerle fin a esta historia de oscuridad y luz, a la vez. 

M.G.- Para finalizar, en el libro no solo vamos a ver poesía sino también música. Me gustan mucho las referencias musicales y me has descubierto algunos grupos. No solo leíste mucho sino que, como dijiste antes, la música también te ayudó mucho como salvavidas.

A.M.- Total. La música es terapia. Hay una parte del libro en el que sale La Javanaise de Serge Gainsbourg Es una canción que arrojó un chorro de luz  en mi cocina, mientras regaba mis plantas, le hacía café a Alejandra, y preparaba la escritura de ese día. La música es muy necesaria y te puede llevar a otros matices en tu día a día que son muy sanos.

M.G.- Ana, no te robo más tiempo. Me alegra verte y conocerte. Espero que te vaya muy bien y sigas subiendo.

A.M.- Muchas gracias. Gracias de verdad por tus preguntas.


Sinopsis: En pleno episodio de agorafobia y tras una ruptura amorosa, la protagonista de esta historia decide sumergirse en la enigmática vida de Alejandra Pizarnik, en cuyos diarios y poemas encuentra las palabras exactas para describir sus temores. Hasta que la poeta irrumpe en su apartamento sin previo aviso, con su abrigo negro e inundándolo todo de versos, papelitos llenos de palabras y humo de cigarrillos. Con ella también llegan las flores, los discos de jazz y una multitud de escritores que se mezclan con los platos sin fregar, las cajas de ansiolíticos y antidepresivos, y las copas de vino. ¿Podrá ayudarla la historia de la poeta mítica a comprender sus propios miedos y reconducir su vida?


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