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jueves, 15 de diciembre de 2022

MANUEL VILAS: ❝Escribo poesía para aquellos lectores que no leen poesía❞

Llano, sencillo, cercano, divertido. Manuel Vilas reconoce que le cuesta mucho hablar en serio, por eso hay tanto humor en su literatura. Incluso en un género como es la poesía que, desde los clásicos, ha estado siempre envuelta por un halo de seriedad, de profundidad, de solemnidad, de introspección.  Lo que Manuel Vilas nos propone en Una sola vida se aleja de la concepción clásica de poesía, rompe esquemas, se rebela, innova y apuesta por una poesía omnipresente, diaria, universal, accesible y, haciendo uso de sus propias palabras, para aquellos lectores que no leen poesía.

Hace unas semanas, Vilas visitó Sevilla para presentar esta antología poética que para él no es más que un testimonio vital. En estos poemas encontramos fragmentos de su vida. Y también de su muerte. Mi encuentro con él fue uno de los más divertidos que he tenido en los últimos meses. El texto que sigue no refleja el ambiente distendido, la charla informal, ni el ambiente alegre, así que, más que leer, te invito a escuchar nuestra conversación. Te garantizo que sus ocurrencias te arrancarán una sonrisa y que su carcajada te resultará contagiosa. 

Hablamos de literatura. Hablamos de poesía. Hablamos de Una sola vida.

Marisa G.- Manuel, dice la editorial que Una sola vida es una antología poética pero en las primeras páginas del libro, defines este volumen como un testamento personal. ¿Por qué?

Manuel V.- Porque he elegido los poemas que a mí más me gustaban, aquellos que son más representativos de mi vida y del mundo que me ha tocado vivir. En este sentido, he hecho una ordenación muy personal. En este libro, todo es personal, como toda la poesía. Y testamento, porque ya he escrito mucho y me tocaba hacer un balance. Así que, este libro es como una especie de balance de lo que he vivido y esperemos que tenga mucho que vivir aún.

M.G.- Testamento es una palabra con mucho peso.

M.V.- Sí, pero acabo de cumplir sesenta años. Cuando yo era crío, recuerdo que sesenta años era una edad, yo que sé, terrible. Y ahora, de repente, me han caído a mí. Lo llevo muy mal. No lo acabo de entender. 

Creo que he montado este libro a raíz de que aparezca el número seis en mi vida. Me parece muy duro. (Ríe)

M.G.- Bueno, hay camino todavía. 

M.V.- No, no, si ya lo sé. Hay camino pero también está la idea de que ha pasado el tiempo, que hay muchas cosas que ya has vivido, y eso es lo que provoca la necesidad de hacer un balance. 

M.G.- Me llama la atención algo que se dice en la nota de prensa. Se nos dice que este libro es una antología poética, pero siguiendo el modelo de los poetas renacentistas.

M.V.- Bueno, es una cosa que puso la editora para dar a entender que este libro es como un cancionero de la vida, que era algo que hacían los poetas del Renacimiento. Poemas que estaban fundados en su experiencia vital, lo que luego ha sido la autobiografía moderna. 

M.G.- Y abrimos el libro y en esas primeras páginas cuentas la importancia que tiene la poesía para ti. Es verdad que has escrito novelas y relatos pero, de esas palabras iniciales, se desprende que tú, por encima de todo, te sientes poeta. Y luego, todo lo demás.

M.V.- Sí, me siento poeta. Tengo una idea de la poesía muy amplia. Poesía no es solo la que hay en un libro de poemas, sino que la poesía también está en la necesidad que tenemos los seres humanos de belleza, de plenitud, de amor, de emoción,... Todo aquello que es un plus. Todo aquello que no es solo comer y dormir. Todo aquello que te emocione y que te haga sentir que estás viviendo. A todo eso, yo lo llamo poesía. 

Nicolás Parra, el poeta chileno, decía que todo es poesía menos la poesía. Muchas veces encuentras poesía en la música, en el cine, en la pintura, o en una charla con un amigo. 

M.G.- Esas palabras de esas páginas iniciales las he entendido como una absoluta rendición a la poesía. Como si dijeras, estoy aquí, poesía, haz conmigo lo que quieras porque estoy a tu servicio.

M.V.- Sí, pero concebida así, de manera ampliada, involucrando a la vida. 

M.G.- Lo que estás diciendo me interesa y quiero conectarlo con mi siguiente pregunta.

Piensa en un lector que llega a una librería, ve tu libro, lo toma, lo abre, mira el índice y encuentra poemas titulados como Balcones, MacDonald's, Iberia, Lavabo. Estos títulos vienen al hilo de lo que estás comentando, que tú encuentras poesía en cualquier cosa que nos rodea y no en el concepto clásico.

M.V.- En Iberia, encuentro poesía cuando suena esa música de cortesía que ponen antes de despegar. En un MacDonald's he encontrado también poesía. En un lavabo, también. La encuentro en todas partes.

En realidad, escribo poesía para aquellos lectores que no leen poesía. Esa ha sido mi cruz toda la vida, intentar ensanchar el género. El género está muy limitado. La poesía ha sido muy endogámica, muy de cuatro o cinco lectores, con un mesías o profeta que impartía doctrina. 

Cualquier lector de novela puede leer este libro. Ahí está la clave. Muchos lectores me vienen y me dicen que leen mis novelas pero que no leen poesía porque no la entienden. Esto me lo dicen muchísimo. Pero esta poesía sí se entiende.

M.G.- Eso me pasa a mí. Te tengo que confesar que no soy lectora asidua de poesía porque no termino de conectar, o conecto  únicamente con autores concretos, o con poemas concretos. Muchas veces se habla de lo que tiene que tener un autor para escribir poesía, -sensibilidad, capacidad de observación,...-,  pero ¿qué tiene que tener el lector para leer y disfrutar de la poesía?

M.V.- Para la mía, saber leer y vivir en este mundo. Saber lo que es un MacDonald's, un coche, un país, y saber que estamos en el 2022. Tener también un poco de curiosidad. 

Mi poesía es una poesía que está escrita con palabras y frases normales. No está fundada en una liturgia que solo conozcamos cuatro, como normalmente pasa con los libros de poesía. De ahí viene el rechazo del género para miles y miles de lectores, que deciden no leer poesía porque no les aporta nada.


[Dale al play si quieres escuchar nuestra conversación]


M.G.- Hablas de ampliar el concepto de poesía. Es cierto que siempre ha sido un género muy encasillado. Cuando lo estudiábamos en clase, nos enseñaban los tipos de versos, nos hablaban de la métrica. Lo más trasgresor era el verso libre. Y claro, abrimos tu libro y vemos que rompes con patrones, con moldes, que la poesía se ha vuelto totalmente maleable y flexible.

M.V.- Totalmente. El verso medido no lo uso porque nadie habla en verso medido. Leo a los poetas clásicos que escriben con octosílabos y con endecasílabos pero porque antes eso daba placer. Pero hoy día, un poema escrito en endecasílabos va a tener lectores muy limitados. La mayoría de ellos rechazarán esa poesía porque no viven en endecasílabos. Imagínate que pones una película y los actores empiezan a hablar en endecasílabos. Apagas la tele a los tres minutos. (Ríe). La poesía se merece tener lectores. Los grandes poetas, al menos los que a mí me han interesado, han aunado lo popular con lo culto. Por ejemplo, Walt Whitman o Federico García Lorca han escrito una poesía popular pero, a la vez, profunda. Lo popular no está reñido con lo profundo, lo que pasa es que es muy difícil que una poesía popular sea también profunda, pero posible, lo es.

M.G.- Encuentras poesía en cualquier lugar, en cualquier sitio. También en los coches. En este libro, encontramos tres textos dedicados a tres coches -Seat 850, Audi 100 y a un Mazda 6-, e incluso a una matrícula. ¿Qué relación tienes con los coches?

M.V.- Mi padre era viajante de comercio. Para él, el coche era una herramienta de trabajo. Mi familia estaba formada por mi padre, mi madre, mi hermano, el coche y yo. De pequeño me di cuenta de la devoción de mi padre por el automóvil, algo que conté en Ordesa. Mi padre estaba obsesionado con dejar el coche a la sombra. Mi madre le proponía a mi padre ir a algún sitio los domingos pero mi padre a veces se negaba porque no había sombra para el coche. Y nos quedábamos en casaHe heredado de mi padre esta querencia por los coches que se convierten en un amigo. El coche que tengo ahora es muy viejo, tiene quince años, pero no lo quiero cambiar porque sería como una traición. A veces me lo quedo mirando y me pregunto quién lo heredará o si acabará en un desguace. Con todo lo que yo he vivido dentro de ese coche. 

M.G.- ¡Un drama!

M.V.- Son esas cosas que están entre la chifladura y la literatura. Pero esto le pasa a más gente porque me lo cuentan. Los padres de mi generación estaban todos obsesionados con dejar el coche a la sombra. 

Vivimos en la cultura del automóvil. Los coches salen en las películas, en la pintura moderna, en la música, en las novelas, ¿por qué no van a salir en la poesía? ¿En la poesía pueden salir criaturas mitológicas pero no coches? Pues yo me rebelo y saco coches. Es que tú sales por esa puerta, y lo primero que te encuentras es un coche.

M.G.- Forman parte de nuestra vida.

M.V.- Exacto. Los coches forman parte de nuestra vida y, por tanto, los saco.

M.G.- Un tema que también sale en este libro, que cierra el volumen pero que, además, es universal, es la muerte. Te imaginas muriendo con ochenta y nueve años, en un hospital. ¿Cómo se construye ese poema?

M.V.- Ese poema es muy irónico y muy divertido.

M.G.- Es que en este libro hay mucho humor.

M.V.- Sí, hay un montón de humor. La fantasía literaria es gratis. No tienes que pagarle a nadie. No la tienes que comprar en una tienda ni tampoco pagar IRPF. La imaginación literaria es revolucionaria. Te puedes montar la película que quieras y yo me monté la película de mi muerte, sin tener que pagarle a nadie, sin tener que ir a comprarla al Corte Inglés, ni declararla en el impuesto de la renta. Es maravilloso. Así que me propuse inventar mi muerte y puse que moría a los ochenta y nueve años. Creo que me he quedado corto. Tenía que haberme puesto noventa y uno o noventa y dos, porque ochenta y nueve son pocos. Fíjate, me quedan solo veintinueve años de vida. (Ríe)

M.G.- Quien sabe, tiremos para delante. Pero, ¿por qué te consideras un iluso, un entusiasta, y un demente?

M.V.- Por esto mismo, por todo esto que digo. Esto es de cretino puro y duro. Los escritores somos unos ilusos. Nos montamos unas películas tremendas y somos como niños. Incluso cabe la posibilidad de que, en realidad, no hayamos entendido nada. Que el mundo sea de los hombres de negocio, de las grandes corporaciones, de los presidentes del gobierno y de los reyes, o de los que tienen el dinero. Nosotros no somos más que unos pardillos, que nos dedicamos a escribir nuestras...., no sé,...

M.G.- ¿Chaladuras?

M.V.- Chaladuras, eso, pero que la realidad se construye con otros mimbres.  Nosotros trabajamos con la libertad, con la ilusión, la fraternidad, el amor a la vida pero luego, lo que hace que funcione el mundo, que haya carreteras, autopistas, hospitales, ejércitos y estados es otra cosa.

M.G.-  Manuel, este volumen contiene poemas, algunos son inéditos, y están los que más te gustan, lo que más te hechizan, los que te perturban,... Pero también hay poemas reescritos. Fue algo que me llamó la atención. Me gustaría saber qué te empuja a reescribir un poema y si ese acto de reescritura no es un poco como traicionar al yo del pasado.

M.V.- Lo que he reescrito son pequeños detalles. La poesía que escribía cuando tenía veintitantos años era muy pedante. A esa edad quieres demostrar que te has leído muchos libros, que conoces muy bien la lengua y el estilo literario, y acabas siendo un pedante. He corregido alguna pedantería de juventud. Tampoco he corregido mucho. Si ves los poemas originales, verás que le he quitado alguna cosa de época, pero no he traicionado lo fundamental. La fuerza del poema está intacta.

M.G.- Cuando presentaste el libro en la librería Alberti, María Fasce hizo la presentación y comentó que con Ordesa pasaste de ser un autor de culto a un fenómeno de masas. Me resultó una expresión curiosa porque, ¿qué prefiere un autor? La idea de autor de culto está muy vinculada a escritores de mucho prestigio.

M.V.- Yo prefiero ser autor de masas. Siendo autor de culto no pagas ni una puta factura. (Ríe). Siendo autor de culto tendrías que llamar a tus lectores para pedirle que pagaran sus diez euros mensuales por ser lectores de autores de culto, para mantener la leyenda. No, no, yo prefiero ser autor de masas, de masas masificadas. 

Lo de autores de culto es una tontería que se inventa la gente para justificar que no te está leyendo nadie. Te leen cinco pero esos cinco, ¡ay que ver qué cinco! (Carcajea con ironía)

M.G.- Claro, los más inteligentes. (Risas)

M.V.- Sí, sí. Te leen cinco pero, ¡hostias!, ¡vaya cinco! Hay que ver lo bien vestidos que van. (Se ríe). No. Yo quiero que me lean cinco millones y me da igual cómo sean, si guapos, feos, bajos, altos,... Me da igual.

No, ahora fuera cachondeo. La literatura es comunicación. La literatura que yo escribo tiene vocación de lector. Si un libro tuyo lo lee poca gente, para mí es un motivo de tristeza. Vanagloriarse porque a uno lo leen pocas personas pero son selectos y eso te convierte en un autor de culto, pues bueno... Si a ti ese autoengaño te sirve... A mí, no.

M.G.- No, a ti no te sirve.

Bueno, el libro se estructura en siete bloques, que corresponden a los siete días de la semana. Dices que esto es como invitar al lector a pasar tiempo contigo. Por ejemplo, hoy es jueves, pues leemos un poema de la sección Jueves.

M.V.- Es una manera de acercarme al lector, confraternizar con él. Es lo que tú acabas de decir, una invitación a jugar. Si hoy es jueves, pues a ver qué dice Vilas del jueves, a ver qué chorrada se le ha ocurrido a este tío para el jueves.  (Ríe).

Soy muy desmitificador de la literatura. Me cuesta mucho hablar en serio. Esa idea del escritor como alguien elegido por los dioses no me gusta. Es más, me resulta patética. Un escritor es un observador, una persona que maneja el lenguaje, y que sabe decir cosas interesantes a los demás. Y ya está. Punto.

M.G.- ¿Y qué criterio has seguido para encuadrar cada grupo de poemas en cada una de las secciones? 

M.V.- Pues, por ejemplo, los que aparecen dentro de Miércoles son los que están dedicados a la familia. La familia de cualquier ser humano, de alguna manera, es el centro de su vida y por eso los agrupé en el centro de la semana. Hice una distribución temática, en función de las obsesiones que tengo. Una de mis obsesiones es la alegría, pues la puse en el Jueves. El paso del tiempo aparece en Martes y Sábado. Otra obsesión mía es la historia, pues la coloqué en Viernes

Es una división chula. Me parece divertida. A mí como lector, si me cae en las manos un libro en el que cada día de la semana se trata un tema, me haría sonreír. También es algo muy inocente. Fíjate que ser más candoroso que ha dividido su producción poética en los días de la semana. Alguien así, a mí me caería bien. 

M.G.- Para terminar, voy a hacerte una pregunta muy superficial pero importante, porque lo primero que nos entra por los ojos, cuando vemos un libro, es la cubierta. Y esta, la de tu libro, es muy austera. Recuerda a la que usaban aquellas pequeñas editoriales, ya desaparecidas, que publicaban colecciones como Grandes clásicos de la Literatura Española.

M.V.- La poesía es tan pobre que no da ni para ponerle colorines en la cubierta. (Carcajea). Es verdad. Un libro de poesía no es como una novela. La producción de un libro de poesía, frente a la novela, es mínima. Es por la austeridad del género. Es un género pobretón, donde se pasa mucha hambre, y por eso todo es austeridad. 

En mi pueblo, cuando se dice que alguien no ha visto hoja verde en su vida, se refiere a que no ha visto mucha prosperidad en su vida. Pues los poetas no han visto hoja verde en su vida.

M.G.- En cualquier caso, tú no cambias la poesía por nada, ¿no?

M.V.- ¡La cambio por un Mercedes ahora mismo! ¿Cómo no la iba a cambiar? No, no... Me quedo con la poesía porque probablemente no me den el Mercedes. (Ríe).

M.G.- Quedémonos con la poesía. Manuel, lo dejamos aquí si te parece. Muchas gracias por la charla.

M.V.- Gracias. 


Sinopsis: «Iluso, entusiasta, clemente, conmigo siempre está ella, la poesía, en todas partes. Una forma inmarchitable de fervor, eso es la poesía. Por ese fervor, para honrarlo y acrecentarlo, he querido reunir en el presente libro los poemas que más me gustan, o los que más me emocionan, o me seducen, o me perturban, o me hechizan. También se publican por vez primera un montón de poemas inéditos. Y he reescrito unos cuantos. Les he dado otro aspecto. Ropa nueva para todos. Día de fiesta para todos. Yo creo que el libro que tiene en sus manos el lector es completamente original. Que es un libro nuevo. No es una antología, sino un testamento personal.

Es una invitación a ti, lector, a pasar una semana conmigo. Son siete días de vacaciones al lado de mi alma, esperando que mi alma sea la tuya».

Siguiendo el modelo de los poetas renacentistas, Manuel Vilas ha compuesto una suerte de autobiografía poética. Un aliento a verdad y a intimidad recorre este libro en el que cuenta su historia sin tapujos al tiempo que, en cierto sentido, también está contando la de todos nosotros.


lunes, 14 de septiembre de 2020

ALEGRIA de Manuel Vilas

Editorial: Planeta
Finalista Premio Planeta 2019
Fecha publicación: Noviembre, 2019
Precio: 21,50 €
Género: Narrativa
Nº Páginas: 350
Encuadernación: Tapa dura con sobrecubierta
ISBN: 9788408217855
[Disponible en eBook, bolsillo
y Audiolibro; puedes empezar a leer aquí]


Autor

Manuel Vilas (Barbastro, 1962) es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Zaragoza. Es autor de una reconocida obra poética: El cielo (2000), Resurrección (2005), Calor (2008), Gran Vilas (2012) y El hundimiento (2015). Su obra lírica, además, se ha compilado en Amor, que reúne lo publicado hasta 2010, y en Poesía completa, de 2016.

Su obra narrativa la inicia España (2008), a la que le siguen Aire nuestro (2009), Los inmortales (2012), El luminoso regalo (2013) y los libros de relatos Zeta (2014) y Setecientos millones de rinocerontes (2015). Es autor asimismo de Lou Reed era español y de Listen to me, un conjunto de sus estados de Facebook. Su última y más exitosa obra es Ordesa (2018), traducida a catorce lenguas. Además ha colaborado con distintos medios, como el Heraldo de Aragón y El Mundo, y diversos suplementos culturales, como «Magazine» (La Vanguardia), «Babelia» (El País) y «ABC Cultural» (ABC). A lo largo de su carrera, ha sido merecedor de múltiples premios y reconocimientos.

Sinopsis

Desde el corazón de su memoria, un hombre que arrastra tantos años de pasado como ilusiones de futuro, ilumina, a través de sus recuerdos, su historia, la de su generación y la de un país. Una historia que a veces duele, pero que siempre acompaña.

El éxito desbordante de su última novela embarca al protagonista en una gira por todo el mundo. Un viaje con dos caras, la pública, en la que el personaje se acerca a sus lectores, y la íntima, en la que aprovecha cada espacio de soledad para rebuscar su verdad. Una verdad que ve la luz después de la muerte de sus padres, su divorcio y su vida junto a una nueva mujer, una vida en la que sus hijos se convierten en la piedra angular sobre la que pivota la necesidad inaplazable de encontrar la felicidad.

A medio camino entre la confesión y la autoficción, el autor escribe una historia que toma impulso en el pasado y se lanza hacia lo aún no sucedido. Una búsqueda esperanzada de la alegría.

[Información tomada directamente del ejemplar]



La semana próxima, Manuel Vilas visita de nuevo Sevilla. Lo hace dentro de las conferencias y debates sobre literatura que organizan CaixaForum Sevilla, así que me ha parecido interesante aprovechar tal circunstancia para hablaros de su última novela, Alegría, Finalista del Premio Planeta 2019.

[Para acceder a la información, clic aquí]

Tomas este libro en tus manos y te topas de frente con una cubierta refrescante y tranquilizadora. Ves a ese hombre de espaldas, sentado en una silla de playa, con los pies acariciados por el mar, y un cielo que se confunde con el océano, e inmediatamente sientes la imperiosa necesidad de ser él. Luego, lo abres y te das de bruces con las palabras de José Hierro, unos versos que hablan de llegar a la alegría, a través del dolor. Justo ahí, en esas líneas es donde radica la esencia de esta novela, donde queda resuelta la ecuación de este libro. Pero para llegar a esa conclusión, antes debes emprender el viaje que Manuel Vilas te propone, un recorrido a través de sus recuerdos que se van alternando de infinitas reflexiones. Y terminas de leer el libro y regresas a la cubierta, y le dices al tipo que te da la espalda: «Ahora sé que alcanzaste la alegría».

Alegría es mi primer acercamiento a la prosa de Manuel Vilas. Esta novela se considera una secuela o consecuencia de la anterior, Ordesa, con la que obtuvo un enorme éxito. Por eso, cuando me dispuse a leer Alegría, me planteé si no sería más conveniente adentrarme primero en aquella. Al final, desistí de la idea. Probablemente, el resultado de mi lectura hubiera sido diferente de haber seguido un orden. Ya me lo comentó el propio autor cuando se lo pregunté durante la entrevista (puedes leerla aquí). 

¿De qué trata Alegría? Cuatro letras bastan para definir su contenido: V-I-D-A. Por Alegría transitan todas las emociones que componen al ser humano, y por eso, entre las páginas de este libro, el lector puede encontrar amor, dolor, muerte, decepción, angustia, tristeza,... Leer esta novela autobiográfica de Vilas es como lanzarse de cabeza a su piscina familiar, en la que nadan sus padres, sus hijos, su segunda mujer, sus amigos y él mismo. A mí me parece un gesto de generosidad tremendo lo que el autor hace en este libro. Ya ocurrió así con Ordesa, de la que en esta novela dice: «A primeros del año 2018 publiqué una novela, una novela que era el relato de mi vida, ese libro se convirtió en un abismo». Y continúa: «Metí a mi familia en un libro que tenía música y es la cosa más hermosa que he hecho en la vida». En Alegría continúa con ese enfoque, aunque durante nuestro encuentro puntualizó que, en su anterior libro, trataba el universo del hijo, mientras que en esta se adentra en el universo del padre.  No obstante, si se titula Alegría es por algo. Lo resumiría muy bien el primer verso de la cita de José Hierro - «Llegué por el dolor a la alegría»-, como el peaje que tenemos que pagar para entender el placer de las pequeñas cosas, para comprender que la alegría está a nuestro alrededor y basta con poner de nuestra parte para encontrarla. Por eso, la palabra alegría se repite constantemente. Es rara la página en la que no encontremos ese término, que se reitera como un mantra, como si el narrador tratara de atraerla para sí, en una invocación constante.




A lo largo de las trescientas cincuenta páginas, Vilas rememora momentos vividos con su padre, conversaciones mantenidas con su madre, viajes que emprendió con su segunda mujer, o sus hijos, amigos con los que habló, gente a la que conoció. Alegría es una novela que se compone de recuerdos, de remembranzas que le van asaltando como fogonazos de la memoria. Diría que es una novela poco convencional y poco exigente. No obliga al lector a comenzar a leer por la primera página y seguir un camino recto hasta el punto y final. Quizá peco de atrevida si digo que esta novela permite al lector abrir el libro por cualquier parte y leer sin orden ni concierto, pero es así como lo siento. Al fin y al cabo, lo verdaderamente importante son las reflexiones que acompañan a esos recuerdos, todas esas meditaciones del narrador, de Vilas, sobre la pérdida, la soledad, el miedo, la tristeza, el dolor y, por supuesto, la alegría. Por eso creo que es un libro para leer con un lápiz en la mano, o rodeado de esos pequeños post-it de colores que nos servirán para enmarcar frases como: «La condición de padre es la de mendigo del amor» o «Todo ser humano, cuando entra en la vejez profunda, acepta la soledad, en eso pienso mientras voy en el AVE camino de Madrid». 

En una búsqueda constante de sí mismo y con tendencia al sufrimiento, el narrador trata de encontrarse en el reflejo de sus padres, que constituyen el pasado, o en el destello de sus hijos, que representan el futuro. Como ya ocurrió en Ordesa, los personajes son melodías para Manuel Vilas. Sus padres (Bach y Wagner), su segunda esposa (Mo de Mozart), sus hijos (Valdi de Vivaldi y Bra de Brahms), a los que deja este libro en forma de legado. Las características que definen el estilo musical de todos estos compositores representan el carácter de cada uno de los personajes. Hubiera estado bien preguntarle en su día con qué compositor se identifica el narrador. En cualquier caso, me he visto reflejada en algunas de las reflexiones de Vilas, en ese recordar constante a los padres que ya no están, en «esa conversación permanente que mantiene la gente de más de cincuenta años con sus difuntos seres queridos». Eso solo lo entiende aquellos a los que nos faltan nuestros padres. 

Pero si hay un personaje especialmente interesante ese será Arnold Schönberg, la personificación de la depresión que amenaza al narrador constantemente. Es como una sombra que acompaña a la voz narrativa, de la que no puede desprenderse, y que empuja al narrador a la idea de no ser merecedor de lo bueno que le ocurre. La existencia de este personaje nos da una pista importante sobre el tono de la novela. Escrita a lo largo de todos los viajes de promoción que hizo para Ordesa, Alegría tiene un tono pesaroso. La muerte merodea por cada página. Incluso el propio narrador apunta: «Yo creo que me estoy despidiendo de este mundo y lo hago a mi manera». Estamos ante una novela que, en ocasiones se vuelve densa. Por eso no creo que sea una novela para cualquier tipo de lector, sino para aquellos que no tienen prisa, para los que gusten de una lectura pausada. Alegría se degusta a pequeños sorbos, como el buen vino, paladeando cada palabra, dejando que su elixir impregne los rincones más profundos de nuestro ser. Hay que dejarla reposar para atrapar todos los matices en su retrogusto. Pero en ningún momento se vuelve  una lectura plomiza, como esa pesadez que nos invade cuando algo nos abruma y nos obliga a caminar sin levantar apenas los pies del suelo. Es más bien todo lo contrario. Esta novela te atrapa en su espiral, te absorbe y, cuando te quieres dar cuenta, no has parado de leer durante unas cuantas horas. Ayuda mucho los pequeños toques de humor, la agilidad en la narración, el fraseo corto, la brevedad de los párrafos, la corta longitud de los capítulos. Incluso hay frases aisladas del resto, como islas diminutas en un inmenso océano.

No sé que más contaros de Alegría. Creo que esta novela solo se puede definir con su lectura, por eso esta reseña está salpicada de citas. Más allá de lo que os he contado, uno de los capítulos más conmovedores para mí, ha sido aquel en el que nos habla de su perro Brod, donde se relata el amor tan profundo que un adulto puede sentir por su perro. O mejor aún, el amor tan profundo que un perro puede tener por su humano. 

Así pues, si te gustan las novelas nostálgicas e intimistas, con tono confesional, en las que abundan las reflexiones personales, entonces Alegría puede ser una gran lectura para ti. Ahora me queda meterme de lleno en Ordesa. Ya os contaré.


Algunos libros y películas mencionados en Alegría:

- Con la muerte en los talones (Alfred Hitchcock, 1959)
- Historias de Filadelfia (George Cukor, 1940)
- Tal como éramos (Sydney Pollack, 1973)
- Cumbres borrascosas de Emily Brontë
- Campos de Castilla de Antonio Machado





[Fuente: Imagen de la cubierta tomada de la web de la editorial]

Puedes adquirirlo aquí:

 
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