
Editorial: Fórcola.
Fecha publicación: 2010
Precio: 9,50 €
Género: --.
Nª Páginas: 78
Edición: Tapa blanda con solapas.
Nª Páginas: 78
Edición: Tapa blanda con solapas.
ISBN: 9788495632199
Autor
Jesús Marchamalo (Madrid, 1960), periodista, ha desarrollado gran parte de su carrera en Radio Nacional y Televisión Española, y ha obtenido los premios Ícaro, Montecarlo y Nacional de periodismo Miguel Delibes, entre otros. Colabora habitualmente en el suplemento literario de ABC, en Muy Interesante, donde tiene una página dedicada al lenguaje, y en el Instituto Cervantes. Entre sus libros destacan La tienda de palabras (1999), 39 escritores y medio (2006), Las bibliotecas perdidas (2008) y 44 escritores de la literatura universal (2009).
Sinopsis
Todos los libros tienen una peripecia, una historia que contar. Los libros hablan del carácter, los intereses y la personalidad de sus propietarios, y también la forma de ordenarlos en nuestras personales bibliotecas aporta datos significativos. Hay quien dice que las bibliotecas definen a sus dueños, y estoy seguro de que es cierto. Como en los estratos geológicos de un yacimiento arqueológico, los libros permiten ir desenterrando los restos de todos nuestros particulares naufragios.
Pero, sobre todo, hay que reconocer a los libros una sorprendente capacidad colonizadora: se extienden por los sofás, toman las repisas, los cabeceros de las camas, las mesillas... Como un ejército victorioso ganan los altillos, los aparadores, las cestas de mimbre donde duermen los gatos. Hay libros indispensables que nos obligan a poseerlos, a conservarlos para hojearlos de vez en cuando, tocarlos, apretarlos bajo el brazo. Libros de los que es imposible desprenderse porque contienen fragmentos del mapa del tesoro.
[Biografía y sinopsis tomadas directamente del ejemplar]
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Antes de nada me gustaría dar las gracias a la blogosfera literaria, así en general, a todos los que la componéis, a los que cada día colgáis las opiniones de vuestras lecturas y a todos los que lanzáis estupendas recomendaciones a diario, porque si no fuera por este mundo yo no hubiera llegado jamás a este autor - Jesús Marchamalo-, del que Meg nos habló en Cazando Estrellas, ni a este libro -Tocar los libros-, del que ya nos habló Marga en Libros, Exposiciones y Excursiones. Me resultaron tan interesantes las publicaciones de este periodista que no tardé mucho en salir disparada a la biblioteca y sacar todo lo que allí pude encontrar de su autoría.
De momento he leído el volumen de menos extensión y del que quiero hablaros hoy, Tocar los libros. Desconozco si me dará lugar a leer los restantes antes de tener que devolverlos, pero lo intentaré porque, tras esta lectura, me he quedado con ganas de más. En caso contrario, por lo menos no me quedaré con el gusto de haberlos podía hojear.
Doy paso a la reseña, anunciando que esta será muy distinta a las anteriores, porque leyendo este libro, poco a poco me fueron surgiendo cuestiones interesantes y se me ocurrió que sería original plantear una batería de preguntas que vosotros, los lectores del blog, pudierais responder en los comentarios. Esto nos permitirá conocernos más, cotillear un poco en los hábitos que tenemos y establecer qué tipo de relación guardamos con los libros. ¿Os animáis a dejarme vuestras respuestas en los comentarios?
Allá voy con las preguntas.
Allá voy con las preguntas.
1. ¿Qué número exacto de volúmenes componen tu biblioteca?
2. ¿Qué libros obran en tu poder de difícil justificación? Me refiero a libros cuya temática sean diferentes a la narrativa, al teatro o la poesía, que verse, por ejemplo, sobre la cría del champiñón en las Urdes.
3. ¿Cómo los ordenas?
4. ¿Te deshaces o te has deshecho alguna vez de algún libro? ¿Cómo lo haces?
5. ¿Lees todos los libros hasta el final aunque lo consideres un aburrimiento?
6. ¿Consideras que hay libros necesarios?
7. ¿Tienes alguna manía a la hora de leer? (Lugar, luz, espacio)
8. ¿Sueles prestar libros o por el contrario te cuesta la misma vida?
9. En caso de haber leído un libro que no fuera tuyo, ¿qué es lo más raro que has encontrado dentro de un libro?
Para romper el hielo, y al mismo tiempo que os comento mis impresiones sobre Tocar los libros, seré yo misma la que abra fuego y conteste en primer lugar. Empiezo.
En respuesta a la primera pregunta diría que, repartidos entre las distintas habitaciones de mi casa -sin incluir los baños (todavía)- conviven conmigo y mi pareja, a modo de gran familia, un total de 1100 volúmenes, libro arriba libro abajo. Para algunos les parecerá una barbaridad pero estoy convencida de que vosotros también rondáis esa cifra o más. En cualquier caso, a mí no me parecen suficientes y a pesar de que ya no sé dónde colocarlos, no dejo de adquirir más y más libros.
En Tocar los libros, Jesús Marchamalo nos comenta cuántos libros posee, un cálculo que realizó una noche de insomnio pero, en vez de contarlos uno a uno, estableció una regla matemática para aproximarse a la cifra exacta. Indaga el periodista también en las bibliotecas de conocidos escritores, como Azorín del que se decía que tenía doce mil ejemplares. Pero de todos los que menciona, me deja ojiplática la anécdota sobre Gastón Baquero en cuya casa había «libros por todas partes; amontonados en el pasillo, sobre los muebles, en las sillas, apoyados en pilas en las paredes. Había libros hasta en el cuarto de baño;...» y para muestra esta fotografía.
Entiendo que Baquero no pretendió en ningún momento buscar algún libro concreto porque con tal caos sería imposible encontrarlo. Lo que me lleva a la segunda pregunta: ¿Cómo los ordeno? En mi caso, os contaré que llevo una base de datos por orden alfabético usando la inicial del apellido del autor como referencia. Es el sistema más lógico que se me ha ocurrido pero cuando lo adopté nunca me planteé lo que comenta Marchamalo en el libro.
Visto así, y después de echar una ojeada a mis estantes, me tendría que replantear mi sistema porque, y aquí aprovecho para responder a la segunda pregunta, tengo a Joanne Harris, autora de Chocolate, colindando con un libro bastante hortera. Sí, yo también tengo libros que me harían sonrojar si alguien me preguntara por ellos. Concretamente tengo el honor de poseer el Manual Práctico de la Mujer Liberada de Anthony Hamilton, editado por Edicomunicación, S.A. Un tratado que llegó a mis manos hace muchos años, gracias a un amigo, a un buen amigo -aunque no lo parezca-, como regalo de cumpleaños con el que pretendía gastarme una broma. No me preguntéis de qué va porque no lo he leído jamás. Nada más que el título y la ilustración de la cubierta, como podéis ver, me basta para saber lo que contiene en su interior. Imaginad lo que puede pensar Joanne Harris si sabe que comparte «piel con piel» con esa mujer liberada. Yo creo que se horrorizaría. O no, ¿quién sabe? Pero, ¿entendéis cómo el asunto del orden no es una cuestión baladí?
En respuesta a la primera pregunta diría que, repartidos entre las distintas habitaciones de mi casa -sin incluir los baños (todavía)- conviven conmigo y mi pareja, a modo de gran familia, un total de 1100 volúmenes, libro arriba libro abajo. Para algunos les parecerá una barbaridad pero estoy convencida de que vosotros también rondáis esa cifra o más. En cualquier caso, a mí no me parecen suficientes y a pesar de que ya no sé dónde colocarlos, no dejo de adquirir más y más libros.
En Tocar los libros, Jesús Marchamalo nos comenta cuántos libros posee, un cálculo que realizó una noche de insomnio pero, en vez de contarlos uno a uno, estableció una regla matemática para aproximarse a la cifra exacta. Indaga el periodista también en las bibliotecas de conocidos escritores, como Azorín del que se decía que tenía doce mil ejemplares. Pero de todos los que menciona, me deja ojiplática la anécdota sobre Gastón Baquero en cuya casa había «libros por todas partes; amontonados en el pasillo, sobre los muebles, en las sillas, apoyados en pilas en las paredes. Había libros hasta en el cuarto de baño;...» y para muestra esta fotografía.
Entiendo que Baquero no pretendió en ningún momento buscar algún libro concreto porque con tal caos sería imposible encontrarlo. Lo que me lleva a la segunda pregunta: ¿Cómo los ordeno? En mi caso, os contaré que llevo una base de datos por orden alfabético usando la inicial del apellido del autor como referencia. Es el sistema más lógico que se me ha ocurrido pero cuando lo adopté nunca me planteé lo que comenta Marchamalo en el libro.
«... poner a Sabato al lado del marqués de Sade sólo porque comparten la misma inicial es como sentar juntos en una comida a Zapatero y Zaplana por idéntico motivo» [pág. 35]
Visto así, y después de echar una ojeada a mis estantes, me tendría que replantear mi sistema porque, y aquí aprovecho para responder a la segunda pregunta, tengo a Joanne Harris, autora de Chocolate, colindando con un libro bastante hortera. Sí, yo también tengo libros que me harían sonrojar si alguien me preguntara por ellos. Concretamente tengo el honor de poseer el Manual Práctico de la Mujer Liberada de Anthony Hamilton, editado por Edicomunicación, S.A. Un tratado que llegó a mis manos hace muchos años, gracias a un amigo, a un buen amigo -aunque no lo parezca-, como regalo de cumpleaños con el que pretendía gastarme una broma. No me preguntéis de qué va porque no lo he leído jamás. Nada más que el título y la ilustración de la cubierta, como podéis ver, me basta para saber lo que contiene en su interior. Imaginad lo que puede pensar Joanne Harris si sabe que comparte «piel con piel» con esa mujer liberada. Yo creo que se horrorizaría. O no, ¿quién sabe? Pero, ¿entendéis cómo el asunto del orden no es una cuestión baladí?
Pero sigamos avanzando con las preguntas. Sobre la cuestión del orden, apunta Marchamalo algunas curiosidades. Por ejemplo, nos recuerda que antiguamente las bibliotecas públicas, con objeto de aprovechar al máximo el espacio, ordenaban los libros por tamaño. Es por eso que, en aquellas fichas amarillentas que consultábamos antaño, antes de que los fondos estuvieran informatizados, figuraban las medidas de los ejemplares. ¿No os acordáis? Yo sí he visto fichas que incluían ese dato, aunque nunca me planteé el porqué. Nunca me acostaré sin aprender algo nuevo.
Y hablando de espacio, ese otro gran problema que tenemos, el autor de Tocar los libros hace un repaso a esta cuestión comentando las prácticas de algunos autores a la hora de luchar contra «la capacidad colonizadora de los libros». Sobre Herman Hesse señala que el autor se limitaba a conservar un número concreto de ejemplares. Si entraba un libro nuevo en su biblioteca, a la fuerza tenía que salir otro, mientras que otros escritores, ni cortos ni perezosos, se dedicaban a arrancar las páginas más aburridas de los libros, de tal modo que, una novela de cuatrocientas páginas bien podía quedarse, después del expurgo, en ciento cincuenta como mucho, con lo que se reducía considerablemente el espacio que ocupaba. Me resulta una medida un tanto drástica pero no deja de ser curiosa.
Yo soy incapaz de profanar un libro de esta manera. Es más, salvo excepciones muy concretas, soy incapaz de deshacerme de un libro, ni siquiera del Manual de la Mujer Liberada que solo lo conservo por su valor sentimental. Antes muero sepultada por un alud literario que desprenderme de libros a los que les tengo verdadero cariño. No importa si ya los he leído. No importa si sé que no los volveré a leer. Me encanta pasar la vista por las estanterías, tocar los lomos, o rememorar las lecturas. Soy una romántica, no lo puedo evitar. En mi casa los libros tienen vida. Nunca fueron objetos decorativos y esto me lleva a referiros ahora la anécdota que Marchamalo cuenta en Tocar los libros sobre esos libros que solo servían para dar un toque de distinción en algunas casas porque «los libros denotan cierta autoridad cultural». Sin embargo, en Rusia, en la época de Catalina la Grande, los libros no eran lo único que constituía un falso decorado. La cosa llegaba mucho más lejos pero os animo a que lo descubráis vosotros mismos con esta lectura.
Y hablando de espacio, ese otro gran problema que tenemos, el autor de Tocar los libros hace un repaso a esta cuestión comentando las prácticas de algunos autores a la hora de luchar contra «la capacidad colonizadora de los libros». Sobre Herman Hesse señala que el autor se limitaba a conservar un número concreto de ejemplares. Si entraba un libro nuevo en su biblioteca, a la fuerza tenía que salir otro, mientras que otros escritores, ni cortos ni perezosos, se dedicaban a arrancar las páginas más aburridas de los libros, de tal modo que, una novela de cuatrocientas páginas bien podía quedarse, después del expurgo, en ciento cincuenta como mucho, con lo que se reducía considerablemente el espacio que ocupaba. Me resulta una medida un tanto drástica pero no deja de ser curiosa.
Yo soy incapaz de profanar un libro de esta manera. Es más, salvo excepciones muy concretas, soy incapaz de deshacerme de un libro, ni siquiera del Manual de la Mujer Liberada que solo lo conservo por su valor sentimental. Antes muero sepultada por un alud literario que desprenderme de libros a los que les tengo verdadero cariño. No importa si ya los he leído. No importa si sé que no los volveré a leer. Me encanta pasar la vista por las estanterías, tocar los lomos, o rememorar las lecturas. Soy una romántica, no lo puedo evitar. En mi casa los libros tienen vida. Nunca fueron objetos decorativos y esto me lleva a referiros ahora la anécdota que Marchamalo cuenta en Tocar los libros sobre esos libros que solo servían para dar un toque de distinción en algunas casas porque «los libros denotan cierta autoridad cultural». Sin embargo, en Rusia, en la época de Catalina la Grande, los libros no eran lo único que constituía un falso decorado. La cosa llegaba mucho más lejos pero os animo a que lo descubráis vosotros mismos con esta lectura.


