¡Buenos días! Hoy me vais a permitir que, como siempre, me vaya un poco por las ramas para deciros lo que vengo a contaros, ¿vale?
Empezamos. Bienvenido, no es sólo una fórmula que denota un recibimiento cortés sino también un nombre, el del carnicero de mi calle. Sí, sí, del carnicero. Su carnicería linda puerta con puerta con mi casa y desde que esta aventura bloguera comenzó, Bienvenido ha llegado a formar parte importante de mi vida. No pongáis cara de alucinados. Os explico por qué. Resulta que los carteros de mi barrio, que no solo reparten las cartas sino que también hacen tertulia con los vecinos en las calles, me cuelan las cartas por debajo de la puerta del portal porque a la hora que vienen no suele haber nadie en casa y mi vecina de abajo, la única que tengo, no le abre la puerta ni a San Pedro que bajara a la Tierra para hacer un duplicado de las llaves del Cielo. Hasta aquí no hay ningún problema pero claro, con esto del blog, de vez en cuando llega algún paquete y entonces ahí la cosa se complica. ¿Qué es lo que hace este funcionario de Correos entonces? Pues que le deja mis paquetes a Bienvenido.
Desde el mismo día 27 de diciembre llevo esperando el paquete que me mandaba mi bloguer@ invisible con ansia y deseo y todos los días, de vuelta del trabajo se producía la misma conversación:
—Bienvenido, ¿hay algo?
—No, no han dejado nada.
Día siguiente:
—Bienvenido, ¿hay algo?
Otro día más:
—Bienvenido, ¿hay algo?
—Que nooooooo, que cuando llegue algo ya te avisooo.
Así hasta que el 4 de enero llegó por fin mi paquete. A esas alturas Bienvenido ya no era tan simpático y creo que ha quedado un poco harto de mí. Voy a tener que comer más carne y menos verdura para compensarlo por las molestias.
Por fin mi paquete ya estaba en casa. Subí corriendo las escaleras, lancé el bolso al suelo, entré en la cocina con prisas, busqué las tijeras (las del pescado mismo, estas me valen), rajé la bolsa con desesperación y dentro me encontré con un precioso paquete envuelto en un papel de rayitas rosas y blancas y una pegatina que llevaba mi nombre.
—La cámara,... ¿dónde está la cámara? ¡Necesito la cámara! —gritaba yo por la casa mientras me miraban con cara de espanto.
Después de un par de fotos, quito con cuidado el papel y me encuentro con El camino de los ingleses de Antonio Soler.
—Ohhhhhh... ¡qué bonito!
(Mirada de tonta, como si jamás hubiera visto un libro en mi vida)
—¡Foto, foto!
Lanzo dos fotos más y me senté dispuesta a relajarme un poco y disfrutar de mi libro. Pero ahí no acaban las sorpresas, sino que al pasar la cubierta, me encuentro que dentro hay un nota manuscrita y un preciosíiisimo marcapáginas. ¿A que es bonito?
—Ayyyyyy... ¿Has visto que bonito? (a mi pareja, que no daba crédito al verme en aquel estado)
Pues bien, la artífice de todo esto tiene nombre y apellidos pero nosotr@s la conocemos por un pequeño y simpático animalito.
¿Lo adivináis? Pues sí, se trata de Tizire de El lado frío de mi almohada. La chica de las islas afortunadas se ha tomado muchas molestias para hacerme llegar un libro tan estupendo. Sirvan estas letras para agradecerle de corazón su regalo y aprovecho, faltaría más, para darle las gracias también a Kayena de Negro sobre Blanco porque sin su imaginación y su buen hacer no hubiera regresado a mi juventud. Besos a las dos.

