Mostrando entradas con la etiqueta Bárbara Blasco. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Bárbara Blasco. Mostrar todas las entradas

viernes, 22 de enero de 2021

DICEN LOS SÍNTOMAS de Bárbara Blasco

Editorial: Tusquets
XVI Premio Tusquets Editores de Novela
Fecha publicación:  Octubre, 2020
Precio: 18,00 €
Género: Narrativa
Nº Páginas: 272
Encuadernación:  Rústica con solapas
ISBN: 9788490668702
[Disponible en eBook;
puedes empezar a leer aquí]


Autora

Bárbara Blasco (Valencia, 1972) trabajó como dependienta, teleoperadora, camarera, ayudante de mago, bailarina de cabaret, empleada de gasolinera, actriz secundaria y vendedora de enciclopedias antes de licenciarse en Periodismo. Ha estudiado dirección cinematográfica en el Centre d’Estudis Cinematogràfics de Catalunya, y guion de cine en la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños, Cuba. Es autora de las novelas Suerte (2013) y La memoria del alambre (2018), y en la actualidad colabora habitualmente en Valencia Plaza e imparte clases en el Taller de Escritura Creativa de Fuentetaja. Con Dicen los síntomas logra, con una escritura sin contemplaciones y muy original, un excelente retrato de una mujer en crisis.

Sinopsis

Aunque Virginia nunca ha mantenido una buena relación con su padre, se siente obligada a visitarlo a diario y a hacerle compañía cuando este es ingresado gravemente enfermo en una clínica de Valencia. Para ella, obsesionada con las dolencias, los síntomas se revelan más sinceros que las palabras. En esa habitación de hospital se ponen a prueba los vínculos con su madre y con su hermana, precisamente en un momento crítico en la vida de Virginia, para quien la maternidad empieza a ser una urgencia. Un nuevo paciente, un hombre enigmático y no carente de atractivo, ocupa entonces la cama vecina. Al principio Virginia apenas cruza con él algunas palabras de cortesía, pero, poco a poco, los dos traban una complicidad ajena a la asepsia del hospital, y acaban creando un pequeño espacio compartido, un lugar en el que cobijarse. Y en el que tal vez, cuando todo esté perdido, surja algo inesperado y auténtico.

[Información tomada directamente del ejemplar]



Dicen los síntomas de Bárbara Blasco es el último Premio Tusquets Editores de Novela, una novela que me ha conducido al descubrimiento de esta autora valenciana, de la que sorprende la cantidad de oficios variopintos que ha tenido en su vida. Basta con echar una ojeada a la biografía que aporta la editorial, y a la entrevista que pudimos hacerle a la autora (puedes leerla aquí), para entender que estamos ante una mujer que no se amilana ante nada, y que siempre ha estado a la búsqueda de su espacio. Ya lo encontró. 

Dicen los síntomas empieza con potencia. Una hija (Virginia) acompaña a su padre en el hospital. El hombre, de 78 años, está muy enfermo, en coma. No sabemos cuánto tiempo lleva así, ni tampoco qué enfermedad le aqueja. No nos importa. Lo único que nos interesa es que está en el hospital, en ese estado que produce una situación comatosa, sin movimiento, sin reacción, como muerto. ¿Acaso puede oír? Eso nadie lo sabe pero estar así, sin opción a réplica, es un aliciente para que Virginia se desahogue. De este hombre, su hija dice que es un egoísta patológico. Lo llama cabrón, quiere que sufra y lo describe como alguien que se burlaba de la ignorancia de los demás. ¿Por qué? De entrada, no lo vamos a saber. 

En el cuidado de este hombre postrado, al que la muerte acecha sin que Virginia muestre la más mínima angustia y desolación, se turnan Esther -hermana de la narradora-, y la madre de ambas. Esther siempre fue la hija predilecta. De niña sufrió meningitis y eso la colocó en una situación privilegiada, de amparo y consentimiento. A Esther se le perdona todo.  Ayuda mucho que sea una mujer centrada, recta, formal. La narradora, ¿no? Las hermanas no se llevan bien entre ellas. Arrastran desde la infancia ese tira y afloja irreconciliable que, a veces, se produce siempre entre hermanos, y que dura una eternidad. 

En cuanto a la madre, se trata de una mujer sumisa, fiel compañera del hombre enfermo que siempre ostentó el poder. Es una sombra. Lo sabe ella y lo saben sus hijas, pero ese ha sido siempre su papel. La madre siente que su lugar está junto al marido, vigilando cualquier atisbo de vida que ese cuerpo inmóvil pueda mostrar. Le puede el cansancio, la preocupación, la pesadumbre pero ahí está ella, al pie del cañón. Necesita esa dosis diaria de sufrimiento tan propia de las madres de cierta generación. Pero, cuando ya no aguanta ni una hora más, es Virginia quien la suple, a la que pide solícita que no deje solo al padre. Virginia tampoco se lleva bien con la madre. ¿Es el garbanzo negro de la familia? Podría ser. Lo que sabemos de Virginia es que tiene una vida algo más disoluta. A su edad, rondando los cuarenta, y con una licenciatura en Filología a cuestas, trabaja poniendo copas en los bares y no se le conoce pareja estable. ¿Algún problema? No, porque para cubrir esa parcela de su vida, recurre a ligues ocasionales o a aplicaciones de contactos. Sin embargo, Virginia ha sentido el mordisco de la maternidad. Algo llama a su puerta, reclamando un clavo al que agarrarse, pero para cumplir su deseo tendrá que fingir.


 

En una habitación de hospital, de tan escasos metros cuadrados, no hay escapatoria posible. Los encuentros de Virginia con su madre y su hermana son inevitables. Se siente incómoda ante una hermana perfecta, ante una madre afligida. Ella prefiere quedarse sola ante el padre moribundo, con tal de no compartir ni un minuto con otros miembros de su familia. Porque, además, ante ellos y ante el resto del personal sanitario, tiene que fingir, comportarse como el mundo espera de ella, como una hija atribulada por la esperada e inevitable muerte de un padre. Otra vez el fingimiento, un concepto que navega solo por esta novela.

Entre realidad y artificio se pasa las horas metida en aquel hospital. Piensa, reflexiona, medita, conversa con el médico que atiende a su padre, por el que siente una cierta atracción. Pero eso se diluye cuando lleva un nuevo compañero de cama. Se trata de un hombre de sesenta y tantos años, al que conoceremos con el sobrenombre de «el extraño», un individuo que, a priori, se esconde en su propia burbuja, al que nadie visita ni acompaña.


Pero claro, tantas horas allí metidos, a la fuerza ahorcan. Virginia y el extraño comenzarán a hablar, cuando la intimidad, la soledad hospitalaria, la enfermedad, y la incertidumbre los empuje a acercar posturas hasta un extremo que sorprenderá al lector por lo inusual y lo inesperado. Y no os cuento más.

Decía el jurado de este premio, formado por Almudena Grandes, Antonio Orejudo, Eva Cosculluela, o Elisa Ferrer, ganadora de la anterior convocatoria con Temporada de avispas, y Juan Cerezo, que estamos ante un retrato generacional. Sin renegar de las palabras del jurado, a mí no me lo ha parecido. Bajo mi punto de vista, Virginia no es el exponente de una generación concreta. Más bien me parece la representación de un tipo de persona, en crisis, independientemente de su fecha de nacimiento, que no termina de encontrar su espacio. Ella es para mí ese miembro de una familia que no encaja con el resto, y al que todos miran de soslayo. Se siente distinta al resto o quizá sea el resto el que la hace sentir distinta. Es un personaje con el que no siempre va a resultar fácil empatizar. En algún momento de la lectura, anoté en mi libreta la siguiente pregunta: ¿Me cae mal esta tía? Y creo que cae mal, al principio, cuando todavía no conocemos bien al personaje, cuando desconocemos qué se esconde tras ese rencor que ella siente por el padre. Estamos educados para que los padres cuiden de los hijos, y los hijos de los padres, cuando estos se hacen mayores o caen enfermos. Por eso, quizá el lector sienta un poco de repulsa hacia un personaje, hacia una hija que contempla a su padre en las últimas, con tanta malquerencia. Luego, con el avance en la lectura, Virginia irá soltando algún detalle aquí, alguna pista allá, sin ahondar demasiado. Y ahí radicará parte del problema de esta hija.

De Dicen los síntomas me han interesado varias cuestiones. La más inmediata es la trama en sí. La novela arrastra al lector a ese lugar en el que nadie quiere estar. Los hospitales no son espacios agradables, ni siquiera para los que van de visita. Uno llega, asoma la cabeza por la puerta de la habitación del enfermo, saluda y se interesa por el estado de salud del yaciente. Pasados los diez minutos de rigor, esos que marcan el protocolo del buen ciudadano, la incomodidad se instala en nuestro cuerpo y comenzamos a sentir un deseo irrefrenable de huir de allí. Blasco recrea con absoluta nitidez ese microcosmos que supone la vida dentro de un hospital. Para uno de los bandos, compuesto por enfermos y familiares, el tiempo se ralentiza, se estira, se vuelve gomoso y apenas avanza. Sin embargo, el otro, conformado por médicos y enfermeros, anda siempre ajetreado, con prisas, dando instrucciones, solicitando pruebas, emitiendo diagnósticos. Por tanto, hay dos tiempos diferentes porque el mundo gira a una velocidad u otra, según te encuentres dentro de una habitación hospitalaria o fuera. Y de igual modo, hay dos actitudes. La inquietud del familiar o enfermo que recibe la noticia funesta y la del médico que habla de la misma noticia, de las enfermedades, síntomas y secuelas, como si comentara los resultados futbolísticos de la semana. Una palmadita en el hombro y se va, dejando en aquel espacio una carga emotiva de difícil digestión.

También me ha intrigado en todo momento esa relación que existe entre Virginia y su padre. ¿Qué ha sucedido entre ellos como para que la hija ni se inmute al ver cómo su padre abandona este mundo segundo a segundo? Lo comentaba hace un párrafo. No hay referencias explícitas. Virginia no cuenta con detalles aquello que ocurrió, sino que, repasando unos recuerdos difuminados, que conecta con la llegada de un ramo de flores a la habitación de su padre, dejará ver al lector algo del pasado, un hecho, una sospecha que se torna certeza.

Narrada en primera persona, única voz que nos permite pegarnos a la piel del personaje, Dicen los síntomas está impregnada de olor a éter. Estamos ante una novela en la que se habla de la enfermedad, y por tanto de la muerte. Pero más allá de ello, también habrá espacio para reflexionar sobre la familia y el amor. Blasco construye un relato intimista, reflexivo, lleno de referencias literarias y cinematográficas, y de frases rotundas, de esas que todo buen lector va subrayando.

Para no dejarla pasar.

Algunos libros y películas mencionados en Dicen los síntomas:

- Canción de tumba de Julián Herbert
- La hora violeta de Sergio del Molino
- Diario del hombre pálido de Gracia Armendáriz
Ebrio de enfermedad  de Anatole Broyard

 ********
- Langosta (Yorgos Lanthimos, 2015)
- Manchester by the sea (Kenneth Lonergan, 2016)

[Fuente: Imagen de la cubierta tomada de la web de la editorial]

Puedes adquirirlo aquí: 



jueves, 17 de diciembre de 2020

BÁRBARA BLASCO: 'Con esta novela, he querido abordar el paso del tiempo dentro de un hospital'

Bárbara Blasco gana el Premio Tusquets Editores de Novela 2020 con Dicen los síntomas. Nada más ver el título, me quedé algo en shock, provocándome una cierta desazón, porque, ¿qué dicen los síntomas? Sin duda, es una pregunta que nos conecta directamente con la enfermedad, el dolor e incluso la muerte. Y mucho de todo esto es lo que podemos encontrar en esta novela, que cuenta con un planteamiento original. Nunca había leído una novela cuya trama se desarrollara prácticamente en su totalidad, entre las paredes de una habitación de hospital. El enfermo es el padre de Virginia (la protagonista), un hombre que está en coma, sin posibilidad de recuperación. Los días transcurren despacio, a la espera de un desenlace esperado, en ese mundo que se construye únicamente en los centros hospitalarios. En un escenario que huele a desinfectante y enfermedad, Virginia entabla amistad con el compañero de habitación de su padre. Reflexiones, anhelos, deseos, amor, sinceridad,... todo ello se dan la mano en una novela de la que os hablaré con detalles más adelante. 

De momento, os dejo con la entrevista a la autora.

Marisa G.- Bárbara, antes de entrar en materia, te diré que me ha sorprendido la cantidad de cosas que has hecho en la vida. Desde teleoperadora, pasando por bailarina de cabaret hasta empleada de gasolinera. Lo mismo sirves para un roto que para un descosido.

Bárbara B.- He hecho muchas cosas pero todas bastante mal. Todo hay que decirlo (risas). Creo que soy bastante vaga y trabajar no me gusta mucho. Bueno, soy vaga para trabajar en lo que no me gusta. He hecho muchos trabajos porque necesitaba el dinero, como todo el mundo, pero me cansaba enseguida. Cuando era más joven, sin tener claro todavía que quería ser escritora, no me veía toda la vida haciendo de ayudante de mago (risas), así que iba cambiando de trabajo cada poco tiempo. Era la precariedad que vivimos ahora, pero un poquito adelantada. No deja ser lo que ocurre hoy, que lo mismo eres licenciada en alguna materia, y te ganas la vida poniendo copas en un bar. 

M.G.- Cierto. Bueno, has ganado el premio Tusquets. ¿Te lo esperabas? ¿Confiabas en que la novela iba a gustar al jurado?

B.B.- No, no. En realidad, era pesimista a ratos. No sé si le ocurrirá lo mismo a todos los escritores, pero a veces pienso que lo que he escrito es una bazofia, y otras veces me da por pensar que es una obra maestra. No será ni una cosa ni la otra, sino un término medio. Pero este año me propuse ir a por algún premio. Se me apetecía intentarlo. Lo de ganar un premio siempre me ha parecido algo muy difícil, pero mi marido estaba convencido de que me iban a dar alguno.

M.G.- Y cayó.

B.B.- Pues sí. De momento, está teniendo razón en todo lo que ha dicho.

M.G.- Pero qué curioso que el año pasado también se lo llevara una valenciana.

B.B.- Por eso, precisamente, pensaba que no me lo iban a dar. Como lo que se suele pensar cuando juegas a la lotería, que si un año cae en tu ciudad, ya no va a tocar al siguiente. Pero el Tusquets es un premio que valora la obra, se leen todos los manuscritos, y eligen el que más les gusta.

A Elisa Ferrer no la conocía, y resulta que vive muy cerca de mí. Somos ruzaferas las dos, y ahora somos amigas, claro. Somos las Tusquets de Ruzafa.

M.G.- (Risas) Bárbara, en la nota de prensa, se habla de un retrato generacional. Si te soy sincera, a mí tu novela no me ha parecido generacional en ningún momento. No sé si tu intención era hacer ese retrato y yo no he sabido captarlo.

B.B.- Pues a mí me pasa lo mismo que a ti. No he pretendido retratar una generación. En cualquier caso, Virginia, una mujer de 40 años, sí comparte problemas con la realidad que vivimos: el trabajo, la maternidad,... Son cosas comunes que veo a mi alrededor y que yo misma he vivido. Es normal que uno escriba desde esa realidad, sobre todo si pretende escribir una novela en clave realista.

M.G.- Lo que está claro es que Dicen los síntomas habla de enfermedad y de muerte. Pero la cosa no se queda ahí. Creo que Virginia emprende una búsqueda de sí misma y trata de encontrar un lugar, su lugar.

B.B.- Pues sí. En principio, Virginia me creció con mucho rencor y muy cabreada con la vida. La vi en un momento de crisis, pero una crisis rumiada durante muchos años. Llega un momento que, de tanto sufrir, la realidad aparece de pronto como un poquita lisérgica. Adquiere visos de irrealidad. Además aparece humor porque todos tenemos un límite en el sufrimiento y Virginia llega a ese límite. Además tiene una voluntad de felicidad muy férrea. A pesar de todo, su intención es buscar esa felicidad. La gente que está muy jodida, inconsciente tiende a buscar la felicidad. 

M.G.- Virginia siente una urgente necesidad de ser madre, como reza la sinopsis. ¿Ella busca esa felicidad de la que hablamos, a través de la concepción de un hijo?

B.B.- En el fondo, no. El tema del hijo se le ocurre, de entrada, como venganza hacia su padre. Es parte de ese rencor que siente. Virginia siempre ha estado dominada por su padre pero ahora él está enfermo y está a punto de morir, y ella está viva y siente ganas de dar vida. Es doble vida frente a la muerte del padre. Pero bueno, también hay otras razones. El deseo de tener algo suyo, su propio círculo de cariño,...

M.G.-Me gustan mucho las referencias, las anécdotas que se incluyen. Se mencionan las teorías del científico Adrian Owen, hablas de Susan Sontag, o de cómo Buster Keaton se enfrentó a ese trance de perder la vida. ¿Este libro te ha supuesto hacer una búsqueda exhaustiva de esas referencias?

B.B.- Algunas ya las conocía porque la obsesión aparece antes que el libro. De todos modos, no me recuerdo documentándome mucho para escribir este libro. Lo que sí suele ocurrir es que, cuando estás escribiendo una historia, te van surgiendo cosas en el camino o te empiezan a aparecer noticias en Internet, al hilo de lo que estás escribiendo. Es como cuando estás embarazada y solo ves embarazadas por la calle. 

M.G.- O cuando tienes una herida en un dedo y todos los golpes van al mismo sitio.

B.B.- También, también.

M.G.- Y Bárbara, qué bien dibujas la vida dentro de un hospital, una vida que parece que transcurre en otra galaxia. El retrato de ese microcosmos hospitalario en el que la vida y la muerte se dan la mano, y en el que se establecen relaciones muy singulares entre los pacientes y los familiares. Es tan realista que, inevitablemente, todos los que hemos pasado por ahí, nos vamos a ver reflejados.

B.B.- Sí, es un escenario muy literario porque los escritores tratamos de llevarlo todo al límite. Exageramos las emociones de los personajes, las situaciones,.. En ese sentido, un hospital, con la muerte tan cerca, intensifica todo lo que ocurre entre sus paredes. Con esta novela, he querido abordar el paso del tiempo dentro de un hospital. Es un tiempo diferente que no tiene que ver con el tiempo que transcurre fuera de un centro hospitalario. A la vez, hay un tono de irrealidad cuando uno se encuentra en el hospital, tal vez porque no se duerme bien y nos sentimos un poco anestesiados.

M.G.- Y en ese hospital se habla del fingimiento. Hay un par de reflexiones que me parecen muy interesante.


"...una ley que promulga que no será necesario el fingimiento, puesto que estos lugares  (se refiere a los hospitales) ya se edifican sobre él"

 "la vida se compone de tres cuartas partes de fingimiento, un inmenso océano en el que flotan unas pocas verdades como islotes"


B.B.- Creo que era Nietzche quien lo decía, que aprendimos a mentir hace mucho tiempo, pero hemos olvidado que mentimos. Vamos por la vida como si tuviéramos claro ciertas cosas y no tenemos ni idea de nada. No sabemos qué hacemos aquí, no sabemos qué es la muerte, pero fingimos que todo tiene muchísimo más sentido y que no tenemos dudas. Creo que hay situaciones en las que ese convencimiento se tambalea. Virginia está en ese punto, mirando todo ese fingimiento que, por otra parte, hace que las cosas funcionen. 

M.G.- Sin embargo, ella es un personaje muy sincero. Aunque tiene a un padre postrado y moribundo, sigue fiel a sus sentimientos. Es decir, no por tener a un padre a punto de morir, cambia y suaviza lo que siente por él. Y eso es algo que se suele hacer.

B.B.- Bueno, en el fondo, lo hace un poco. La novela está escrita en primera persona. Nos metemos en la cabeza de Virginia y sabemos cómo piensa, por eso podemos leer las dobles intenciones que tienen sus frases. Lo que siente por su padre solo se atreve a decirlo cuando está sola y porque el padre está en coma. Con la madre y con la hermana delante, no se atreve a decir lo que siente realmente por ese hombre que está en la cama de un hospital. Pero claro, en la literatura, la primera persona no habla hacia fuera, sino hacia dentro. 

M.G.- Virginia es como la oveja negra de su familia, mientras que su hermana es la perfección. Los padres no tienen el mismo apego por una hija que por otra porque, los padres no quieren a todos los hijos por igual, ¿verdad?

B.B.- No. Aunque no sé si, en este caso, se puede hablar de amor, pero desde luego, los padres no consideran a todos los hijos por igual. Ni tampoco reparten los roles de igual modo. Cada hijo se supone que tiene un papel muy concreto. 

En la novela dejo muchas cosas a la sombra, porque tampoco me apetecía escribir una novela centrada únicamente en la relación padre-hijo. Parte del misterio que aparece en la novela, tiene que ver con la razón por la que Virginia no se ha entendido nunca con su padre. Se explica un poco, pero no quise entrar mucho en ese asunto. Además, el padre está en coma, por lo que ni siquiera él podría explicarlo. En cualquier caso, sí es el padre el responsable de que Virginia no se lleve bien con la hermana ni con la madre.

M.G.- Y esa madre, que vive en un sufrimiento constante. Ahí sí he visto un pelín de retrato generacional, de esas madres de una cierta época, que necesitan sufrir un poquito cada día.

B.B.- Ese sufrimiento ha estado asociado a una generación de mujeres, a las que se les ha enseñado que tenían que sufrir. Casi que, para ser una mujer como Dios manda, hay que sufrir, sin derecho a disfrutar. A mí es un personaje que me da mucha pena. La madre de Virginia es casi un estereotipo, en el que muchas mujeres de cierta edad se podrían ver reflejadas.

M.G.- Y hay otro personaje más, muy interesante, y que genera cierto suspense. Me refiero al compañero de habitación, un hombre enfermo cuyo nombre solo sabremos al final. Mientras tanto, Virginia se refiere a él como "el extraño". De su discurso se pueden subrayar muchas cosas. Me resulta brillante su opinión sobre la sobreexposición en redes sociales.


"El anonimato se ha convertido en un nuevo lujo. Poder vivir libres de miradas ajenas pronto estará solo al alcance de unos pocos. Algo tan barato como la intimidad se ha vuelto un privilegio"


B.B.- Desgraciadamente es algo que estamos viviendo. El extraño representa justo lo contrario al teatrillo que tienen montado Virginia y su familia, ese fingimiento del que hablábamos antes. El extraño es un hombre que le gusta la sinceridad pero además, está en unas circunstancias concretas que lo liberan de la servidumbre, y de estar dando una imagen. Es un hombre crítico con la nueva realidad que vivimos. Además, me gustaba también el juego de las apariencias y de la verdad. Hay mucha gente que parece que se preocupa por los demás y resulta que luego es muy insensible. Pero el extraño, que parece un hombre duro, inhumano y maleducado, resulta que es una persona muy sensible y considerada, que no quiere molestar a nadie.

M.G.- Para terminar Bárbara, me llamó la atención que la sinopsis ubica la trama en una clínica de Valencia, pero la ciudad queda tan difuminada, que el hecho de que transcurra en Valencia es meramente anecdótico.

B.B.- Totalmente. La ciudad no es ningún personaje. El hospital tiene tal fuerza de succión que se ubique donde se ubique, se come a la ciudad.

M.G.- Pues te doy la enhorabuena por este premio y las gracias por haberme atendido.

B.B.- Muchas gracias a ti. 

Sinopsis: Aunque Virginia nunca ha mantenido una buena relación con su padre, se siente obligada a visitarlo a diario y a hacerle compañía cuando este es ingresado gravemente enfermo en una clínica de Valencia. Para ella, obsesionada con las dolencias, los síntomas se revelan más sinceros que las palabras. En esa habitación de hospital se ponen a prueba los vínculos con su madre y con su hermana, precisamente en un momento crítico en la vida de Virginia, para quien la maternidad empieza a ser una urgencia. Un nuevo paciente, un hombre enigmático y no carente de atractivo, ocupa entonces la cama vecina. Al principio Virginia apenas cruza con él algunas palabras de cortesía, pero, poco a poco, los dos traban una complicidad ajena a la asepsia del hospital, y acaban creando un pequeño espacio compartido, un lugar en el que cobijarse. Y en el que tal vez, cuando todo esté perdido, surja algo inesperado y auténtico.


Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...