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viernes, 7 de febrero de 2014

ME LLAMO LUCAS Y NO SOY PERRO de Fernando Delgado.




Editorial: Planeta.
Fecha publicación: Junio, 2013.
Nº Páginas: 144
Precio: 14,90 €
Género: Novela.
Edición: Tapa dura con sobrecubiertas.
ISBN: 978-84-08-11433-8
Autor

Fernando Delgado es autor de nueve novelas: Tachero, premio Benito Pérez Armas 1973; Exterminio en Lastenia, premio Pérez Galdós 1979; Ciertas Personas (1989); Háblame de ti (1993); La mirada del otro (Premio Planeta 1995, llevada al cine por Vicente Aranda); No estabas en el cielo (1996), Escrito por Luzbel (1998), para cuya escritura contó con una beca de creación literaria de la Fundación Juan March; Isla sin mar (2002), De una vida a otra (2009) y También la verdad se inventa (2012). Su poesía se contiene en Proceso de adivinaciones (1981), Autobiografía del hijo (1995), Presencias de ceniza (2001) y El pájaro escondido en un museo (2010).

Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense y periodista en prensa, radio y televisión, publicó también libros de artículos y ensayos como Cambio de tiempo (1994), Parece mentira (2005) y un conjunto de recuerdos de juventud en la isla de Tenerife, donde nació en 1947: Paisajes de la memoria (2010).

Obtuvo el premio Europa en Salerno en 1986, el Ondas Nacional de Televisión en 1995 por su tarea de difusión cultural en los telediarios de fin de semana de TVE, la Antena de Oro de la Asociación de profesionales de radio y televisión ese mismo año y el premio Villa de Madrid de periodismos «Mesonero Romanos» en 2006 por sus artículos en El País. El gremio de bibliotecarios de la Comunidad Valenciana lo distinguió en 2010 como bibliotecario de honor.

Sinopsis

«Si mamá repetía que todo perro quiere ser persona, por algo sería, y no sólo porque yo pretendiera dejar de ser perro».

Lucas es un perro difícil de olvidar. Tiene un sueño: convertirse en niño. Pero en la peculiar familiar con la que vive hay a la vez un niño que quiere ser perro.

Original, sorprendente y repleta de humor, Me llamo Lucas y no soy perro nos regala una curiosa historia a través de la ingenua y certera mirada de un perro.

Sin conseguir explicárselo, naturalmente, la vida de perro de Lucas le permite experimentar el amor y el desamor, la compañía y la soledad, el buen trato y el malo, el confort y la pobreza. Y no sólo en su vida,llena de contrastes, sino en la de los hombres y mujeres que le rodean como silencioso observador de sus comportamientos en una historia llena de peripecias.

Toda una vida en los ojos de un perro. 

[Información facilitada por la editorial]


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Los que seguís este espacio desde hace un tiempo recordaréis que hace unos cuantos meses publiqué una entrada en la que os hablaba de la muerte de nuestra labradora Nuba. Fue el pasado 10 de agosto cuando ella nos dejó. No os miento si os digo que no hay día que no piense en ella y esos recuerdos me dejen una sonrisa en los labios que se entremezcla con la tristeza de mis ojos. Durante mucho tiempo no pude mirar a ningún otro perro por la calle y menos si era un labrador. Hoy el dolor sigue estando ahí pero menos punzante.  

Tenía muchas ganas de leer el libro que os traigo hoy. Lo habían leído en casa y me lo habían recomendado. La verdad es que es una lectura preciosa aunque, para no faltar a la verdad, me he encontrado un tono muy distinto al que esperaba. Creí que Fernando Delgado narraba una historia divertida y alegre desde la perspectiva de Lucas, el labrador protagonista del libro, pero me he topado con un relato enternecedor, duro, dramático y emotivo. Aún no siendo lo que yo había imaginado, tengo que decir que Lucas, Luquitas como lo llama su dueña, me ha ganado el corazón.

Nada más abrir el libro, observamos una dedicatoria extensa, larga, sentida,... pero muy apropiada para este libro y muy original. El autor quiere dedicar su novela a Tonet, Deva, Bout, Ruco, Zaco, Lula,... y a otros tantos perros de amigos y conocidos. Con esta entrada ya me tiene medio ganada. A la extensa relación perruna le siguen dos citas más, una de Anatole France («Hasta que no hayas amado a un animal una parte de tu alma permanecerá dormida») y otra de Fernando Vallejo («La humanidad entera no vale un solo momento de dolor de un perro»). No puedo estar más de acuerdo.

Lucas es un labrador que no quiere ser perro sino niño y su empeño es tal que reitera su deseo una y otra vez, como si por mucho insistir se terminara por cumplir su sueño. Pero, querido Lucas no te equivoques. Ser niño está muy bien, carecen por regla general de malicia, son bondadosos, inocentes, muy ocurrentes y tremendamente observadores, pero los niños crecen y se convierten en hombres y es entonces cuando dejamos mucho que desear. Adiós a la falta de malicia, a la bondad y sobre todo a la inocencia. Claro que hay hombres y hombres pero créeme cuando te digo que ser adulto no es ninguna bicoca.  Los años y la experiencia me han enseñado que un perro al que se cuida y se le da amor, siempre corresponderá al hombre. Si llegamos a casa, vendrá hasta la puerta a saludarnos, saltando de alegría y moviendo el rabo. Si nos marchamos, se quedará triste. Si le damos de comer, girará sobre sí mismo loco de contento,.... Los hombres no hacen eso Lucas. A veces llegamos a casa malhumorados, cansados, fatigados,... y apenas saludamos a los que conviven con nosotros y viceversa. ¿Agradecer porque nos preparen la comida? Rara vez lo verás. No Luquitas. Si pudieras quedarte siendo niño para siempre, tendría un pase, pero no es así. 

A Lucas se le coge cariño desde las primeras páginas. Resulta inevitable sonreír con ternura cuando nos cuenta que, nada más nacer, su madre apenas le prestaba atención por ser el más pequeño de la camada. Entre sus cinco hermanos mayores, Luquitas se siente el patito feo y yo siempre tiendo a ponerme del lado del más débil. 

Por suerte, o quizá no tanta, lo adopta una familia con posibles pero no será aceptado por todos de igual manera. Sus hermanos humanos, Duli y Luci, no son muy cariñosos con él como cabría esperar en unos niños, su padre no lo puede ni ver, el abuelo Veremundo no hace más que comentar que en China se comen a los perros y Lucas ya se imagina al anciano con el cuchillo y el tenedor en las manos. ¿Y qué decir del servicio? Ni siquiera la sirvienta dominicana que trabaja en la casa lo soportará. Pero menos mal que su madre, mamá con él la llama, lo adora. Lucas siente que su mamá lo quiere a él más que a sus propios hijos pero que es incapaz de reconocerlo públicamente por el qué dirán. La relación entre ambos es tan intensa y bonita que a veces llega a emocionar. Hay una buena comunicación entre ambos y eso que Lucas se queja de que nadie lo entiende, cuando resulta que él comprende absolutamente todo lo que los humanos hablan mientras que estos no se enteran de nada. ¡Pero si él habla castellano perfectamente! Y no solo eso, sino que habiendo nacido en Cataluña, también domina el catalán y ni por esas.

Ni que decir tiene que de todos los personajes de este libro me quedo con Luquitas y con su madre. Uno y otro son la parte más noble de la narración. En cuanto a los demás, ¡a la hoguera con ellos! Especialmente con el padre, Eliseo, Pico para los amigos, ese individuo que maltrata al perro, que le llama cabrón e hijo de puta, que le da patadas,... ¡Patadas te daba yo! El pobre Lucas vive con miedo pensando que tarde o temprano lo va a envenenar para librarse de él y eso provocará un desánimo tan absoluto que apenas probará bocado. En mi vida he odiado tanto a un personaje como al tipejo este. Os prometo que era verlo en escena y revolverme en el sillón cual posesa. Maniqueísmo puro.

A pesar de que el pobre perro vive con ciertos temores, el lector pensará que no tiene motivos para quejarse. Sin embargo, Lucas experimentará lo que se llama vulgarmente «tener una vida de perros». Sus buenos días terminarán por desembocar en un cataclismo, en una aventura incierta, llena de sinsabores. Conocerá lo que es sentirse desgraciado, solo y abandonado, azotado por terribles pesadillas. El hambre y la sed serán constantes y harán de él un saco de huesos llenos de pulgas y chinches. ¡Qué mal lo he pasado leyendo estas páginas! Esto es lo que se llama sufrir con la lectura. No os voy a contar más. Sabed que la historia es dura.


Me llamo Lucas y no soy perro es un libro lleno de humor y ternura, con pesadas reflexiones sobre los humanos, propias de aquel que mira desde la distancia, con la certeza que otorga la objetividad. Entre sus páginas también te encuentras simpáticos comentarios. ¿Sabéis quién es César Millán? Es un adiestrador de perros que conduce un programa en Cuatro. De él, o de alguien similar, dice Lucas que no tiene ni la más remota idea sobre cómo educar un perro. Hay pasajes que te harán reír, como este, y otros que, si amas a los perros, te podrán hacer llorar. 


Me llamo Lucas y no soy perro consta de diversos capítulos sin numerar distribuidos en en tres partes (Lucas en casa, La aventura de Lucas y El regreso de Lucas) que vienen introducidos por una cita literaria. Los capítulos son de extensión corta, con un estilo ameno y ágil. Al llegar al final, desapacible y no sé si esperanzador, encontramos con el epitafio que Lord Byron dedicó a su perro Boatswain. 

lunes, 12 de agosto de 2013

SIEMPRE ESTARÁS CON NOSOTROS.

Hace poco más de un año, cuando este blog no era más que una sombra, publiqué una entrada en homenaje a un ser muy querido para mí. En aquel post hablaba de Lord Byron, el poeta inglés que debió de ser una gran persona a juzgar por los hechos descritos. Lord Byron amaba a su perro Boatswain, de raza Terranova, por encima de todas las cosas. No dudó en lanzarse por la borda de un barco durante una travesía para salvar a su fiel amigo tras caer accidentalmente y tampoco se amilanó cuando su perro contrajo la rabia y se encargó de cuidarlo hasta los últimos días a pesar del peligro que dicha enfermedad suponía para el ser humano. Al morir le erigió un monumento funerario en los jardines de su mansión y le escribió un epitafio que comienza así:  


"Aquí yacen los restos de alguien que poseyó Belleza sin Vanidad, Fuerza sin Insolencia, Coraje sin Ferocidad y todas las virtudes del hombre sin Vicios. Este elogio, que sería Adulación inmerecida inscrito sobre las cenizas humanas, es un justo tributo en memoria de BOATSWAIN, un PERRO, que nació en mayo de 1803 en Terranova y murió el 18 de noviembre de 1808 en Newstead".

Las vacaciones se tiñeron de negro y se cumplieron los más oscuros presagios cuando el 10 de agosto a las 16.30 me llamaron para decirme que Nuba, la labradora de mi hermana, nuestra labradora, un miembro más de la familia, había fallecido. Murió en los brazos de quienes la amaban y rodeada de las personas que la cuidaron y la mimaron. Decir que he llorado su pérdida es poco. Sé que muchas personas no entenderán que se pueda sufrir tanto por la muerte de un animal pero sabed que el amor es universal y no distingue entre bípedos y cuadrúpedos. Sólo los que han tenido un animal a su lado durante años, que nos han hecho compañía y a quien hemos cuidado y mimado pueden llegar a entender que el amor a un animal puede equipararse o incluso superar el que se siente por una persona.

Nuba era pura nobleza y bondad. Le encantaba jugar aunque nunca llegó a entender que tras recoger la pelota tenía que traerla de vuelta para que se la volviéramos a tirar. Era tremendamente glotona y mostraba una alegría inusitada por los suyos. El amor que recibió lo devolvió multiplicado por mil y llenó nuestras vidas de alegrías y juegos.

Con mucho pesar sé que ya no podré llamarte, ni darte besos en la cabeza, ni pasarme las horas acariciando tu barrigota o tu pecho peludo. Ni sentiré más tu aliento caliente sobre mis piernas a la hora de comer, implorándome con los ojos que compartiera contigo aquello que estuviera comiendo. No volveré a ver la alegría en tu rostro al vernos llegar, ni podré comprarte aquellas galletas que tanto te gustaban. La última vez que te las llevé acabamos las dos en el suelo porque tu impaciencia no me dejaba abrir el paquete, ¿recuerdas? Pero, aunque no pueda tocarte, he descubierto que si cierro los ojos puedo verte correr hacia mí con tus orejotas al viento. Si cierro los ojos veo los tuyos color canela adornados con tus pestañas rubias. Si cierro los ojos y me concentro mucho puedo llegar a sentir el tacto de tu pelaje suave y esponjoso.  Al marcharte te llevaste un pedazo de mi corazón y en su lugar dejaste un agujero inmenso que poco a poco intento ir llenando con tus recuerdos. 

Si el 23 de julio de 2012 escribía sobre ti para homenajearte, hoy lo hago para decirte Hasta luego. Tus restos descansan en casa, en tu casa, en el lugar al que llegaste siendo un cachorro y donde has crecido y vivido. Así estarás siempre con nosotros y ese el único consuelo que me queda. Siempre te recordaré y sin temblarme la voz puedo confesarte que te he querido tanto como al ser humano más querido de mi vida. Te llevo siempre en mi corazón. Descansa en paz preciosa Nuba




lunes, 23 de julio de 2012

NUBA

Lord Byron [1]
George Gordon Byron, o Lord Byron como comúnmente se le conoce, nació el 22 de enero de 1788 en Londres y falleció el 19 de abril de 1824 en Messolonghi, Grecia. Famoso por ser uno de los poetas más reconocidos del Romanticismo escribió obras tales como La profecía de Dante, El sueño, Cielo y Tierra, etc. Sin embargo, hoy no pretendo adentrarme en cuestiones literarias ni en valoraciones sobre la poesía de este autor. Si lo saco a relucir en esta reseña de nombre tan breve es porque quisiera sacar a la luz algo que quizás muchas personas no conocen de este poeta y que a mí, sinceramente, me ha impresionado. 

Lord Byron sentía un verdadero amor por los animales, lo que le llevó a criar y cuidar de un cachorro de raza Terranova al que bautizó con el nombre de  Boatswain (Contramaestre) y con el que tuvo un vínculo muy especial. En una ocasión y mientras realizaba un viaje marítimo, su perro cayó al agua, Lord Byron pidió al capitán de la embarcación detener la nave para poder rescatar a su perro, algo a lo que el capitán se negó por lo que, ni corto ni perezoso, el mismo poeta se lanzó por la borda para rescatarlo por sus propios medios.

Cuando contaba con cinco años de edad, Boatswain contrajo la rabia pero a pesar de lo que se pueda pensar,  Lord Byron no se separó de él ni un sólo momento, cuidándolo sin preocuparse de las consecuencias que la enfermedad de su perro podría provocar en su propia salud o de los ataques involuntarios que podría sufrir por parte del animal, motivado por la enfermedad que éste padecía. Lamentablemente su perro falleció, y como si de un miembro más de su familia, Byron lo honró con verdaderas pompas fúnebres. 
Monumento funerario [2]

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